“Retrato de un Infectado”

Si todo viaje nos desapega de lo cotidiano y nos hace conscientes de que poseemos una liviandad extraña a la que percibimos como libertad, el encierro nos proporciona justamente la sensación contraria.

La pesadez de los días que se van tornando casi todos iguales, junto a las mismas caras que se conjugan además, con la falta de ocurrencia para los menús del día y para los juegos y entretenimientos compartidos.

Pero toda esa problemática tan habitual y masificada, se vuelve frívola en el momento en el que aparecen los síntomas del virus en tu casa.

Entonces, aquel encierro pasa a ser el paraíso, frente al encierro de aquel que empieza a sentir que la muerte por coronavirus no era algo de lo que morían los otros, sino algo que empieza a pasarle a uno.

Hoy no es tiempo para enfermos y si te enfermas, lo mejor es curarte en casa para no ir a parar a un gimnasio lleno de camas, en donde serás un número entre miles y en donde estarás totalmente aislado de tus familiares hasta que te den el alta o mueras.

Frente a los síntomas del contagiado, uno al principio lo minimiza, luego si avanza lo asume y acata entonces las normas del paracetamol, que es totalmente inútil para curar el coronavirus, pero que es el remedio que dan a todos los gilipollas que llaman por teléfono.

Mientras te dilatan la muerte con paracetamol en casa, por si te mueres antes de gastarles un test o de ocuparles una cama, genial.

Y sino, puedes volver a insistir y pedir una cita para que te hagan el test en un par de semanas, dando tu dni y tus datos para que ellos te tengan localizado y controlado.

Si no llegas vivo a la cita, genial, entonces no estarás en el conteo de muertos por coronavirus y así reducirás el número de víctimas publicadas oficialmente.

Si en cambio resistes y te presentas al test y das positivo, entonces sabes que no verás más a nadie y que te recluirán inmediatamente en un predio con camas de militares de campaña.

Muchas personas, frente a aquel escenario desolador, intentaron huir para volver a morir o a curarse en casa, pero fueron más tarde denunciadas por familiares o vecinos, localizados por la Policia y devueltos al predio hospitalario de las camas de campaña.

Por eso la mayoría no vamos a ir a hacernos el test.

Como la medicina privada fue intervenida ni bien empezó la cuarentena, da igual que hayas pagado toda la vida una mutua privada; hoy irás directamente al hospital público, para dejarles el sitio en la clínica privada a los políticos de izquierdas y a sus familiares, que evitan los hospitales públicos a toda costa.

Una vez dentro del predio público empieza el otro viaje, aquel en el que descubres que no eres nada, ni eres nadie.

Unos enmascarados te revisan dos veces al día y te medican con cosas que nadie sabe que son y si no te coges algún otro virus hospitalario, puede ser que con el tiempo te recuperes y vuelvas a tu casa.

O que no tengas tanta suerte y la cosa se complique y no dispongas de un respirador a tiempo para poder salvarte la vida.

En ese caso, te embolsarán junto a los otros cientos de cadavéres diarios y te llevarán a la pista de patinaje sobre hielo habilitada como morgue.

Esta pandemia es también un viaje sin duda hacia una muerte desagradable y solitaria como nunca nadie se la imaginó.

Uno siempre fantaseó con una despedida, con el calor de la gente cotidiana alrededor, con esos últimos mensajes, esos últimos abrazos, ese cariño queal final de cuentas, es lo único que va a extrañar.

Lo más duro de esta pandemia es la soledad mortal a la que nos condena.

Una muerte en la más absoluta soledad, rodeados de astronautas encapuchados desconocidos, como si fuera uno el último protagonista de una película de ciencia ficción.

Frente a tal escenario uno se mantiene encerrado en casa con alegría y va buscando en las redes muchas sugerencias de medicación que puedan serle útiles y si tienes mucha suerte, te encuentras en el viejo cajón de las medicinas de casa aquella caja de pastillas contra la malaria, que tu hijo se olvidó en casa cuando se fue a trabajar a Nepal.

Y entonces, pasas a considerarte salvado.

En el fondo sabes muy bien que la azitromicina a tiempo y el Hydroxychloroquine que recomendó Trump es lo único que te puede salvar de terminar en el predio de las camas de campaña.

Y aunque se haya prohibido su venta al público para desestimar su recomendación (porque la izquierda odia mucho más a Trump de lo que le interesa combatir al coronavirus) es sin embargo, lo que está salvando a mucha de la gente que se cura en casa.

Paralelamente nos intentan lavar ahora la imagen de China, pero hay que ser muy estúpido o muy comunista para no ver quienes fueron los que crearon, silenciaron y desparramaron por occidente el virus chino. Dejaron abiertas sus fronteras todo el tiempo y cuando remitieron los casos en su país y estallaron en Europa y en USA, se cerraron al mundo.

Este virus es un viaje, pero puedes elegir de la mano de quien lo haces, mientras tengas disponibles las opciones.

JR

2 comentarios en ““Retrato de un Infectado”

  1. De nada, buscad en la página oficial de twiter de Donald Trump. El anuncia que la combinación de dos medicinas azitromicina y el clorito de sodio son eficaces para combatir el coronavirus. Acto seguido, todos los estados republicanos y los paises de izquierda como España, prohibieron su venta. Hoy es difícil de conseguir pero no imposible. Suerte!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s