Del “Nice” al “Real”

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“Be nice” es el mandamiento que el mundo civilizado ha establecido como virtud en el mundo de los buenos. Y cuanto más civilizado es un pueblo, más “nice” se vuelve.

Una cosa es ser educado y otra muy distinta es ese empalagoso “nice incondicional” a base de hipocresía que hoy tanto se fomenta.

Uno debería aprender a ser normal desde pequeño, a pedir cuando necesita, a agradecer cuando le dan, a exigir cuando se le escatima, a amar cuando se siente amado, a reír cuando le hace gracia, a estar triste si hay motivos, a enfadarse si la circunstancia lo amerita y a reconocer como falsedad cualquier reacción que no responda a sus verdaderos sentimientos.

El adoctrinamiento en la hipocresía positiva no debería administrarse en los niños desde tan pequeños, ni en dosis tan elevadas, como se hace actualmente en el mundo de los buenos.

Mas allá de ir con cuidado para no herir deliberadamente a nadie, la falsedad debería tratarse como a esa excepción piadosa, que uno debe hacer de vez en cuando, más que como a una forma de vida.

El no herir y el respetar la libertad de otro individuo debería ser nuestra primera norma, junto con la exigencia de esas mismas consideraciones para con nosotros.

Y nuestra meta debería ser la de llegar a ser justos, no buenos. Porque la bondad en dosis elevadas malogra tanto como la maldad.

Es por eso que un niño al que se le permite todo por pura bondad, se vuelve malo, dañino, caprichoso y carnaza disponible para todos los vicios.

Ser demasiado bueno genera inevitablemente un resultado demasiado malo. Por eso la bondad nunca fue una virtud divina, como lo es la justicia.

 Quien sólo está enfocado en convertirse en bueno, pierde además el valioso tiempo que tiene para descubrir quién es. Y sólo quienes se conocen a sí mismos pueden llegar a ser justos, porque el uno es la medida del todo.

Quienes adoctrinan en la santidad en cambio, evitan el uno y el autoconocimiento del que hablaba Sócrates y focalizan al niño desde pequeño en un ejemplo a imitar, un Dios, un maestro o un profeta al que tienen que seguir y copiar, desviándoles de esa manera de su propio camino.

La imitación te aleja de ti y es una empresa destinada al fracaso, por ser totalmente opuesta al ser uno mismo, que es en realidad tu único ser posible.

Tú solo puedes ser tú y yo sólo puedo ser yo.  Y esto es lo que cualquier niño debería responder a sus sacerdotes. ¿Qué hay tan malo en mi, para tener que pasarme la vida intentando ser otra persona? 

Cuando la patología “nice” se lleva al extremo, no solamente irrita e incita a la violencia al que recibe ese dulzor fingido, que destila hedor a falsete por los cuatro costados, sino que aspira a adiestrar a las nuevas generaciones en la hipocresía radical a base de ejemplo. 

Al cumplir los 20 años de edad, el individuo formateado en el programa “nice” se encuentra en facebook con un millón de amigos, pero sintiéndose muy solo. _ “Están todos menos yo”_ piensa, al darse cuenta de que no sabe bien quien es.

El psicólogo o el sacerdote, que se aseguraron el trabajo futuro colaborando en los programas educativos para el formateo en masa de estas mentes “nice”,  le dirán a su cliente 20 años más tarde y sin ningún remordimiento, que durante los próximos 25 años las terapias estarán ahora enfocadas en ayudarle a encontrar a su yo auténtico.

El individuo que ha gastado ya miles de dólares en educación, pensando que ésta consistía en un camino de conocimiento, seguido de un adiestramiento acorde a cada originalidad, seguirá gastando a partir de ahora y hasta la edad de su jubilación una cantidad similar en terapias, retiros espirituales, cursos de milagros e insight, para reeducar esa mentalidad formateada en el “nice” y conducirla ahora hasta el “real”.

La otra opción disponible en estos casos,  aunque más riesgosa por supuesto, es la de tomar el atajo de las drogas, que le proporcionarían al individuo la sensación de lo real, pero sólo por un tiempo limitado.

Las crisis de identidad son muy frecuentes en el mundo de los clones y son poco comunes en el mundo de los individuos.

La rentabilidad de estas crisis la aprovechan los buenos; aquellos que primero crean el mal y luego amablemente se benefician también al intentar curarlo.

Psicologicamente nos han dañado más las religiones que las guerras, por eso uno aprende con el tiempo a temer mas a los buenos que a los malos, porque el bueno crea al fanático, que es de donde surgen luego todos los males.

Y aunque el daño de los buenos sea menos notorio en un principio que el del malo, su silencioso trabajo lo hace aún  más profundo y difícil de sanar que el mal de los malos. 

Por el contrario, quien siempre se supo un individuo particular y libre, con posesion de sus capacidades de reacción individuales a estímulos distintos, no presenta generalmente la patología de no saber quién es, ni se cuestiona semejantes cuestiones existenciales.

Quien cuando está contento ríe y cuando está triste llora, cuando está enfadado se enfada, cuando te quiere se nota y cuando no te quiere también; vive de una forma auténtica conociendo tanto  sus motivaciones como sus reacciones. Y es en esa familiaridad con lo real que se vuelve capaz de moderarse según las circunstancias.

Porque la moderación real no es negación ni bloqueo, sino un esfuerzo consciente por reducir la intensidad de un impulso. Y en este proceso hay conciencia.

Vivir en el mundo de los falsos agota al falso y tensiona al receptor del falso,  porque uno no sabe en qué momento esa psiquis oprimida explotará y le clavará  a uno un puñal en el estómago, hastiada de ser “nice” toda la vida.

En cambio, con los reales uno se siente a salvo. Su sonrisa no es forzada y si se ríen de tu broma es porque fuiste de verdad gracioso. Su tono de voz te hace sentir como a un individuo al que se respeta y se valora y eso siempre tranquiliza,

Existe en el adiestramiento del “nice”una forma de sugestión que desvaloriza al individuo desde pequeño. A los niños se les habla como si fueran estupidos y sin ningún respeto se les evita la verdad enseñándoles a vivir en un mundo de mentiras, en el que admirar la vestimenta del emperador desnudo es lo correcto y ser un hipócrita es ser un hombre normal.

Nadie niega que a la hipocresía haya que aprenderla, pero siempre siendo consciente de ella.

Cuando uno es un hipócrita tiene que saber que está siendo un hipócrita.

El problema surge cuando el hipócrita se considera un santo. 

Ser real no es ni ser un santo, ni ser un maleducado, sino ser capaz de reconocerse a uno mismo en cada circunstancia.

JR

 

“La verdad da miedo porque como no tiene amigos ni familia, no siente la obligación de tener que quedar bien con nadie” JR

 

 

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