“El dar y recibir, ese acto de igualdad”

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“Por qué me odias, si nunca te he ayudado? dice un dicho ancestral indio que me llevó mucho tiempo comprender. ¿Cómo puede uno odiar a quien le ayuda? me preguntaba a menudo, pensando en que había algo extraño detrás de esta frase incomprensible.

Pero el tiempo me ha enseñado que en realidad el agradecimiento sólo lo sienten los humildes. Aquellos  que ante la mano que se extiende logran elevarse a un plano de importancia y que en vez de sentirse en inferioridad de condiciones con respecto al otro, sienten que la ayuda recibida ha reforzado su propio valor.

Uno generalmente no desea que nadie le ayude porque al ayudarte,  el otro asume una posición de poder ante ti, que hace que inevitablemente te sientas en inferioridad de condiciones. Nos han enseñado que quien tiene más es quien da al que tiene menos. ¿Pero quién desea sentirse menos que otro? 

El rencor del ayudado surge de esta sensación de inferioridad que provoca el percibir que el otro tiene mas poder que tú.  Aquel que recibe la ayuda, en vez de sentirse importante se siente humillado y esto sucede porque sólo aquel que se sabe a si mismo valioso es capaz de ser agradecido.

Su agradecimiento nunca alude a la superioridad del otro, sino al valor que el otro ha sabido reconocer en él.

Sólo aquel que se sabe igual a los demás, mas allá de las circunstancias puntuales de ese momento, es capaz de dar sin humillar y de recibir sin sentirse humillado.

 

JR

 

” Hay muchas formas de dar y de recibir, pero todas nos reflejan” JR

“El Engaño Positivo”

_ ¿Qué le ha pasado a tu padre que no ha venido a la reunión del grupo?

_ Está enfermo.

_ Verás, eso no es real, tu padre sólo piensa que está enfermo. Si su mente pensara a partir de ahora que está sano, entonces verás como se sanará. Vé y dile de mi parte que debe pensar en positivo.

Unas semanas después…

_ Tu padre no ha vuelto a la reunión. ¿Le has pasado mi mensaje?

_ Si, pero verás, ahora piensa que está muerto.

 

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El pensamiento positivo se ha puesto de moda y contra eso no hay quien pueda, pero cuando el exceso de optimismo comienza a lindar con la estupidez, entonces se transforma en una ideología preocupante.  

Suele ser mas llevadero encontrarse en la calle con alguien positivo que con alguien negativo, aunque para ser sinceros, cuando cualquiera de las dos tendencias se manifiesta públicamente en exceso, cansa igual cualquiera de las dos.

El positivo que no es capaz de observar la realidad con una mirada crítica y punzante en determinadas ocasiones, emite un hedor a ignorancia que alerta, resultando ser además un ser aburrido. Al fin de cuentas ¿qué sabor tiene la vida sin un poco de observación crítica, combinada con una pizca de maldad elocuente?  

Es cierto que el positivismo está muy masificado, pero esto sucede porque los procesos extremos de la positividad y de la negatividad son mucho mas cómodos porque no requieren de un ningún proceso mental creativo.

Basta con decir que todo es bonito y maravilloso para convertirnos en seres encantadores y adaptables a cualquier velada. No habremos aportado gran cosa, pero en muchas ocasiones ser simplemente un ornamento sonriente resulta ser mas que suficiente.

Todos sabemos que aquel que es verdaderamente punzante y gracioso, lo es porque es inteligente. Y no es extraño descubrir que los seres mas inteligentes que conocemos, tiendan muchas veces a la negatividad; un enemigo contra el cual todo ser extremadamente pensante debe siempre luchar. Pero para ser justos, la ignorancia se presenta en los dos grupos sin discriminar a nadie.

La capacidad de ver suele traer algunos inconvenientes y aquellas personas que tienen por costumbre mirar mucho, envidian a aquellos a quienes todo les sorprende y a quienes el mundo les pilla siempre por sorpresa. 

Vivimos en un mundo que nos impulsa hacia el positivismo constantemente, aún a costa de negar la realidad que sucede a nuestro alrededor. Y a quienes muchos utilizan como excusa para no entrar jamás  en acción. Cuando todo va extremadamente bien, no hay nada para hacer y cuando todo va extremadamente mal, tampoco. Por lo cual, los elementos comunes en estas dos tendencias extremas ( positivismo y negatividad) son la pasividad y la inacción en el individuo que las padece.

El mensaje cultural ya no se enfoca sólo en la distracción y en el mirar para otro lado, sino que ahora se promueve la actitud de convertir a la realidad en algo distinto a lo que es. No es casual que la nueva moda sea la realidad virtual, porque ésta es el nuevo producto comercial que alivia esta antigua patología que sufre desde siempre la humanidad. 

Saltamos la negatividad creativa para pasar a la fantasía, pero siempre esquivando la realidad, como si se tratara de un obstáculo dentro del juego.

Este hábito hacia los extremos se cultiva en pos de alcanzar un estado que nos preserve de ser realistas y de vernos a nosotros mismos actuar en consecuencia a nuestra realidad.

“Tienes que pensar en positivo” es el mensaje dirigido a las masas constantemente. “Y hacer como si la parte negativa de la realidad no existiera”. Porque sólo es necesario que exista tu deseo. En tu deseo, eres tú quien crea la realidad. Pero nadie nos lee la letra pequeña; esa que dice que un deseo sin una acción consecuente es solamente un juego mental muy entretenido.

Y así vivimos  consumiendo fantasías en pos de crear nuevos deseos que inplican a su vez nuevas negaciones, para aparcar temporalmente en ese mundo imaginario, en donde las cosas son como desearíamos que fueran, pero nunca como son en realidad.

Es cierto que la mente es capaz de abastecernos de un mundo propio y éste suele ser un espacio creativo maravilloso, pero cuando la realidad es completamente distinta a nuestra fantasía sobre la realidad, entonces en vez de propiciar en el individuo una acción creativa consecuente, propende a la estupidez  

Porque a veces por mucho que intentes negarla, la realidad se presenta allí y te estalla inesperadamente en la cara, mientras tú estabas soñando con otra cosa. 

Gracias a los negativos creativos; a aquellos que desconfiaron del positivismo abúlico masificado; es que han acontecido los grandes progresos de la humanidad y que se han evitado grandes desgracias.

Si Einstein hubiera sido un físico positivo y hubiera permanecido contento y entretenido con la teoría de la gravedad de Newton, nunca se hubiera planteado otra alternativa.

Por lo cual los contentos inactivos contemplativos son necesarios para la quietud y la alegría, y los negativos activos son necesarios para la evolución de la humanidad y para evitar catástrofes. 

Como siempre, el único riesgo sigue siendo ser auténtico y atenerse a las consecuencias de lo real.  Pero mientras tanto, uno debería conformarse con ser profundamente negativo cuando amerita serlo y profundamente positivo cuando no nos queda otra opción que la felicidad.

JR

“Dicen que la mentira engaña y la verdad no. Pero a mi me han engañado las dos. Ni una era tan cierta, ni la otra era tan mentirosa” JR

 

 

 

 

 

“El Error del Curioso”

“Lo primero que descubre un niño curioso es lo poco que saben los adultos”

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Si convenimos en que tanto el bien como el mal son construcciones culturales creadas por el entorno en donde crecemos; (ese lugar en donde uno aprende lo que es bueno y lo que es malo), podremos entender que hay distintas acepciones para el bien y para el mal, según  las diferentes culturas.

Hay culturas por ejemplo, en donde la sumisión de la mujer está bien vista y sin embargo hay otras, en donde esto mismo es la representación del mal. No podemos entonces decir que alguien es malo por haber aprendido como bueno aquello que nosotros hemos aprendido como malo, porque en realidad su mirada sólo es el resultado de una mente que ha sido formateada de una forma distinta a la nuestra. Y seguramente, aquello que para nosotros es bueno, en otra cultura se instruya como malo.

La relatividad del bien y del mal es evidente y por ende, sólo representa a conceptos que no se comparten universalmente.

Sin embargo, hay algo que sí compartimos mas allá de la cultura o del formato mental que cada individuo haya adquirido. Y ese elemento es el error.

El error es universal y es el mismo para todos, aunque no todos erremos en las mismas cosas, ni con la misma frecuencia. Sin embargo, el hecho de errar es inherente al ser humano y lo único que es común en todos.

No solemos dar al error la importancia que se merece, a pesar de haber sido una constante en la historia de la humanidad como parte de la estructura del ser humano. Si nos remontamos a la Biblia por ejemplo, queda claro que mas allá del bien o del mal, es el “error” de Adán aquello que crea nuestro mundo.

Si vemos al error con una mirada optimista podemos considerarle como a la luz que ilumina la comprensión de lo correcto, o ese fondo oscuro sobre el cual destaca aquello que no supimos ver como acierto en el momento en el que cometimos el error. 

El error, cuando es visto como una oportunidad se convierte en el escalón necesario hacia el acierto y resulta ser de esa forma, mucho mas tolerable que cuando sólo nos conduce a una condena sin salida.

Es cierto que no todos erramos de la misma manera ni con la misma asiduidad, pero también es cierto que quien no se mueve en direcciones distintas, suele errar mucho menos.

Por lo cual no errar, no siempre es sinónimo de virtud o de inteligencia, sino que muchas veces es un signo de inmovilidad. Quien no mira mas allá de lo cotidiano tiene muchas menos posibilidades de equivocarse que aquel que es curioso.

Seguramente no fueron ni el bien ni el mal los que llevaron a Adán al error, sino simplemente la curiosidad.

Aquel que no es curioso no tiene grandes posibilidades de errar, ni tampoco grandes posibilidades de descubrir algo nuevo.

Pero existe un error que cuesta perdonar y perdonarse y es aquel error que se repite, porque no es el error lo que más duele, sino la sospecha sobre la falta de inteligencia que existe en todo aquel que repite siempre los mismos errores.

Porque lo imperdonable no es el error, sino el haberlo cometido y no haber aprendido nada.

JR

“Todos los errores que me han llevado a un aprendizaje me los he perdonado. Pero lo que uno no se perdona, es errar sin haber descubierto en donde yacía escondido el néctar de su error. Lo que uno no se perdona es la falta de inteligencia.” JR

“¿El estúpido es el otro?”

“Me mantengo atento a aquello que creo estúpido en igual medida que a aquello a lo que creo inteligente, porque he encontrado mucha estupidez en quienes creía inteligentes y mucha inteligencia en quienes creía estúpidos” JR

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Estamos acostumbrados a etiquetar a las personas colocándoles en grupos; como por ejemplo en el de los buenos, en el de los malos, en el de los inteligentes o en el de los estúpidos; como si las personas pudiesen ser agrupadas de un modo definitivo en uno u otro casillero, sin que sea la circunstancia quien en realidad se ocupe momentáneamente de ubicarnos dentro de uno u otro grupo en ocasiones distintas.

Quien se asiente voluntariamente dentro de alguno de estos grupos de forma permanente sea quizás el verdadero estúpido, al mantenerse inmóvil dentro de una categoría fija en la cual las personas dejan de ser personas.

Nadie es siempre bueno, ni siempre malo, ni siempre inteligente, ni siempre estúpido, porque éstas son sólo distintas posibilidades que van cambiando de acuerdo a la circunstancia en la que te encuentres y a las desiciones que tomes frente a ellas.

Uno se reconoce un estúpido en un congreso de cirugía vascular cuando uno no sabe nada de medicina, o en una clase de física cuántica si uno es un contable, o en una finca arreando y vacunando ganado si uno es un físico cuántico. Razón por la cual la posibilidad de sentirnos estúpidos tiene mas que ver con la circunstancia en la que nos encontremos en cada momento, que con una condición inamovible.

Es por eso que hay grupos en los cuales uno se siente inteligente y hay otros grupos en los cuales uno se siente un estúpido. Quizás uno no sea en realidad un estúpido permanente, sino que la sensación de estupidez momentánea se deba simplemente a que uno se encuentra en ese momento en el grupo equivocado.

Sospecho que es la pertenencia de forma inamovible y voluntaria a un sólo grupo lo que acarrea la inevitable carrera hacia la estupidez permanente, porque la estupidez no es otra cosa que la incapacidad de mover la mente en direcciones distintas sin dificultad.

El estúpido permanente es alguien que de tanto mirar siempre lo mismo y de la misma manera se ha quedado fijo en su enfoque, perdiendo el contacto con la realidad y con las necesidades de su entorno.  

Es por eso, que para evitar la estupidez a la que todos somos igual de propensos nos recomiendan la movilidad; esa manía de ir hurgando en distintos ámbitos para darnos cuenta de que el otro no siempre es tan estúpido, ni nosotros somos siempre tan inteligentes.

JR

“Distinguir entre lo Aleatorio y lo Justo”

“Toda cosecha favorable exhibe el trabajo y la confianza del hombre en la benevolencia del Universo”  

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El mundo nos muestra todos los días toda clase de injusticias, y sufrimos al ver cómo duele la vida a todos aquellos que no poseen nuestra suerte. Habitamos un mundo hecho de contrastes, pero que a su vez también nos ofrece oportunidades para apreciar hechos justos.

En muchas ocasiones la justicia aparece, como por ejemplo cuando vemos que aquel que trabajó duro progresa, o como cuando aquel que no se ha esforzado fracasa.

Pero he notado en general, que en vez de apreciar estos vislumbres de justicia que se nos presentan a diario, optamos por envidiarlos en el caso del éxito, o por compadecerlos en el caso del fracaso.

La envidia es una actitud muy común en aquel que considera injusto al resultado generado por el esfuerzo del otro. Solemos envidiar, en vez de admirar y aprender del trabajo y de las renuncias que ha hecho el otro para conseguir sus objetivos. 

Y compadecernos, es la actitud que tenemos hacia las desgracias aleatorias que la vida presenta a veces, pero equivocadamente también es la actitud  que ostentamos en aquellos casos en los que el fracaso ha sido claramente el resultado de una falta de esfuerzo.

Nuestra naturaleza codiciosa nos impide además, ser conscientes de la justicia en nuestra propia vida, porque siempre creemos que merecemos más. Y a la vez tampoco apreciamos la justicia que hay en la vida ajena,  porque en vez de reconocer el esfuerzo del otro, optamos por poner en duda cualquier resultado favorable, alegando que el otro no se lo merece y que es injusto.

El universo y nuestra vida son una combinación permanente de aleatoriedad  y de justicia y saber distinguir a la una de la otra, es un trabajo de conciencia que nos lleva toda la vida.

¿Qué ha sido aleatorio en mi vida y qué ha sido justo?  Hay en ella victorias y fracasos; muchos han sido aleatorios, pero todos los demás han sido justos.

 

JR

 

“En todo encuentro siempre de más o de menos, como si lo justo nunca me encontrase atento” JR