“DATAFOBIA”

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Muchos afirman que en donde hablan los datos se callan todas las teorías, pero yo creo que inevitablemente siempre surgen otras nuevas.

Uno solía leer datos y porcentajes en revistas financieras y científicas; pero hoy están en todos los artículos filosóficos, porque esta nueva tendencia: “el dataismo” ha generado una euforia típica del deslumbramiento que produce lo nuevo, y sostiene que todo aquello que pueda ser medido debe ser medido y contabilizado.

Estas nuevas corrientes que consideran al dato y a la información obtenida (el big data) como a la única e irrefutable verdad, sostienen que el dato proporciona una información absoluta e incomparable sobre el ser humano y desde todas las perspectivas posibles.

Y seguramente sea cierto, ya que controlan cada una de las entradas que hacemos en internet ya sea para comprar, consultar, opinar, “compartir”o leer.

¿Pero controlar es conocer? 

El ser humano tiene un estilo mucho mas lineal y narrativo que el dato, como creo que es también el estilo de la historia, de la vida, del autoconocimiento, el de todos los procesos y también el de la Filosofía.

Mientras que el dato es algo acabado y cerrado, sin continuidad, el ser humano es un “ human being” o un humano que está siendo, por lo cual nunca es algo terminado.

El dataismo asusta igual que cualquier otra ideología extremista, porque vaya uno a saber quién y cómo controla todos esos datos y con qué beneficio.

La utilidad del dato está principalmente enfocada hacia fines económicos y políticos y resulta alarmante como dentro de este nuevo sistema se han establecido distintos grupos sociales o castas, que nos agrupan según nuestro perfil de consumo, nivel económico, social y tendencia política.

Uno se pregunta con cierto resquemor en cuál de todos estos nuevos estratos psicopoliticos y socioeconómicos estará ubicado y reza para no pertenecer al grupo al que ellos bautizaron internamente como “waste” (desperdicio o basura); porque con tanto reciclaje, uno teme que los verdes le conviertan en mobiliario o en tinta de impresora 3 D en caso de extrema necesidad.

El dataismo no es un fenómeno aislado, sino que es una tendencia bastante contagiosa y avanza como las pestes del medioevo.

Nos hemos acostumbrado a controlarlo todo, numerando y contabilizando hasta las respiraciones diarias, a modo de medicina preventiva. 

Y en cada paseo turístico oigo a algún viejecito  que comenta _ “Hoy anduve 3 kilómetros, 3 mil pasos y tuve un millón y medio de pulsaciones por segundo”_  y yo pienso para mis adentros: qué pérdida de tiempo para alguien tan anciano el haberse puesto a contar y haberse perdido de disfrutar del paseo, y más, siendo candidato a quedarle tan pocos.

Pero contabilizar el rendimiento, las calorías, la temperatura corporal, la glucosa en sangre, se ha establecido hoy como una forma de autocontrol saludable sin fecha límite. mucho más que disfrutar de los momentos de felicidad, que son justamente esos, en los que uno se olvida de contar y el tiempo pasa volando.

Hoy se miden las pulsaciones incluso aquellos que practican meditación; esas prácticas espirituales que importaron desde la India a Occidente y que ahora se usan aquí con fines anti estrés; pero sus practicantes curiosamente no dejan nunca de contar, para ver si mañana superan o disminuyen el rendimiento espiritual y lo suben al Facebook

Yo me lo imagino al Budha observando a estos extremistas del rendimiento con las pulseras de cuentas tibetanas y el iWatch en la misma muñeca, midiendo a base de pulsaciones los likes del nirvana.

Hay en la autogestión de esta contabilidad autómata típica del dataismo, una falta de profundidad y de sentido alarmantes, que en la juventud uno hasta perdona, pero en la vejez resultan irritantes.

Y a uno se le viene entonces a la cabeza aquella casta dataista “waste” y se enfoca entonces en no desperdiciar con gilipolleces el poco tiempo que le queda.

Este dataismo es eso mismo que enferma a algunas mentes digitales que piensan que la vida empieza y acaba en un Mac Book, en la partida de fortnite, en la cantidad de likes o de retuits o en la selfie de Instagram y que el paisaje que se ve a través de la ventana, es una locación 6 D de realidad virtual.

O esos que escogen a la novia llenando una planilla que les asegure al menos un 80 por ciento de probabilidades de éxito porque el objetivo es la eficiencia y el rendimiento más óptimo, incluso en la vida conyugal.

Y cuentan las copulas y los orgasmos semanales con especial detalle, para mantener el rendimiento adecuado y poder llamar al abogado a tiempo en caso contrario y así no perder la posibilidad de encontrar a Grey.

La infalibilidad y el máximo rendimiento son la finalidad última del dato, no lo es la felicidad, la construcción, el conocimiento ni la experiencia.

Pareciera que uno ya no tiene tiempo ni de enamorarse ni de equivocarse con tanto posgrado por delante y tanto menos de sufrir, si el dolor puede ser evitado con pastillas o con un buen dato recopilado a tiempo.

Todo está automatizado y librado al dato como hacían nuestras abuelas con el tarot. Uno se fía hoy ciegamente del dato, como lo hacían ellas antaño de la superstición.

Reconozco que frente a este nuevo KGB digital soy impotente, pero mi derecho a la resistencia lo ejerzo igualmente y lo aplico ocultando siempre mi información, usando perfiles falsos y múltiples, según el medio y mintiendo sistemáticamente en todas las encuestas.

Los dataistas no soportan ni la espera, ni el riesgo y desean contabilizar, manipular y organizarnos a todos el futuro, diciéndonos además, que nos hacen un favor y que todo es para que estemos más cómodos. Cuando la realidad es que tu data la utilizará siempre aquel a quien menos le importas.

Mi resistencia a su promesa de “veracidad” es mentir todo lo posible, para que todos los datos les salgan siempre mal y para que vean que los seres humanos aún tenemos algunos recursos para hacer valer nuestro derecho al secreto.

JR

 

 

“ La infalibilidad del Big Data no ha tenido en cuenta ni a los mentirosos, ni a los impredecibles” JR

 

 

 

 

 

 

“La Democratización de la Vigilancia”

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Cuando necesito información sobre alguien, lo mejor es consultárselo a mi sobrina de quince años, quien a pesar de su cara de ángel, se ha convertido en una efectiva espía digital.

Ella sabe adonde están todos sus conocidos, amigos, familiares y vecinos en tiempo real, donde veranean, donde compran, donde cenaron anoche, cuando salen y cuando regresan de viaje e incluso en qué hotel se han hospedado y hasta los lugares que han visitado.

Ella no accede a toda esta data de forma ilegal, sino que esta información es ofrecida y expuesta por los vigilados de forma voluntaria. 

Pero curiosamente, no encontrarás información sobre ella en las redes sociales, porque mi sobrina ha descubierto que el poder no está en mostrarse y en exponerse, sino en observar sin ser visto.

La transparencia voluntaria a la que nos prestamos gustosos en estos tiempos, sin que nadie nos obligue a ella, nos expone y nos convierte en seres vigilados por entes invisibles.

En un principio la idea de la red social era que la vigilancia fuera mutua o recíproca, porque esto equiparaba entonces el poder. Si yo sé todo sobre ti, pero tú sabes todo sobre mí, la relación de poder queda igualada, porque frente a una total transparencia mutua, los dos tenemos el mismo poder sobre el otro; y ese poder lo da el acceso a la información del otro. 

El aumento imparable de la información proporcionada voluntariamente en redes sociales se debe además, a que se cuenta con los egos, que en su afán natural por superarse entre sí, llevan al límite su búsqueda de atención y exposición de la intimidad, aumentando día a día el caudal y la intensidad de la información proporcionada. (porque el ego suele ser generalmente proporcional al nivel de auto exposición)

En esta modalidad transparente cada uno entrega al otro una total visibilidad motivada en muchos casos por el ego, pero dispensada a modo de confianza, que termina convirtiéndonos en una sociedad de control, controlada. 

El inconveniente es la incompatibilidad que existe entre la transparencia y el poder, porque el poder necesita de la confianza, mientras que la transparencia la elimina, en pos de un control que nos iguala. 

Es por eso que el verdadero poder del político radica en la confianza que deposita en él su pueblo y ese es el verdadero poder de cualquier líder: la confianza de sus seguidores. Sin esa confianza, ni la política ni ningún tipo de liderazgo es posible. 

El problema que surge en las sociedades transparentes como la nuestra, es que la confianza está siendo desplazada por la transparencia y se le exige al líder político la total transparencia en todo momento, lo que pone de manifiesto a pueblos sumamente desconfiados de sus líderes ( no sin motivos) y produce a líderes con mucha menos capacidad de acción política.

La confianza era ese espacio en donde uno dejaba de saber; porque confiar era una entrega voluntaria de poder de acción, un voto de confianza que eximía al otro de la obligación a la información permanente.

En las relaciones de confianza, tanto públicas como privadas, se le permitía al otro la accion libre, sin el control desmedido que exige actualmente un pueblo con linterna.

Toda confianza para suceder, necesita de ese espacio libre de información, porque si ya lo sé todo en tiempo real sobre ti ¿ De qué me sirve tenerte confianza?

La confianza es ya un valor del pasado, porque en un mundo transparente como el nuestro, en donde no hay espacio que no exija ser iluminado por el foco de la autoexposición, es quien controla la información quien ha tomado el mando. 

 

JR

 

 

“El cuarto poder es hoy el nuevo tirano” JR

 

 

“Costumbre de Certeza”

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Todo aquello que se repite a diario se va haciendo costumbre.

Uno se acostumbra a la queja y a la infelicidad, igual que se acostumbra a ser dichoso, porque todas las costumbres se alimentan de las mismas pequeñas cosas y de muchos días de práctica.

Mientras alguien se acostumbra a ser dichoso y aprecia lleno de alegría una mañana de sol, otro se empeña en ver a esa misma mañana como a una nueva amenaza de rayos UVA.

Algunos se acostumbran a los vicios y otros a las manías y en dosis muy elevadas resultan ser igual de perjudiciales los dos, porque tanto la adiccion del primero como la intolerancia del segundo, se vuelven destructivos para nosotros mismos y aburren y avergüenzan al entorno.

Lo mejor es no volverse ni tan vicioso ni tan maniático; pero teniendo que elegir, es siempre más recomendable estar un poco borracho para soportar al maniático.

Es imprescindible preguntarnos de vez en cuando, a qué cosas nos estamos acostumbrando, porque hay costumbres que más vale erradicar de cuajo, ni bien nos entre la sospecha de que pudiesen convertirse en un mal hábito.

Uno de los riesgos de un mal hábito cuando se hace costumbre, está en que la descendencia tienda a endiosarlo y a perpetuarlo; con ese afán que tenemos siempre por enaltecer cualquier vicio o manía, sólo por considerarles antiguos y familiares.

Hay que acostumbrarse a desacostumbrarse de todo aquello que nos haga ruido, porque no por muy repetidas que estén las cosas, tienden a ser ciertas, saludables o correctas. 

Uno debe dudar de todas las historias porque todas las historias tienen mil miradas distintas y sólo basta preguntarse, qué cosas contaría de los tiempos que corren, nuestro vecino.

Seguramente su lectura de la actualidad sería muy distinta a la nuestra y da curiosidad imaginarse las cosas que contarán en 100 años los libros de Historia sobre nuestra historia. ¿Será mi versión o la del vecino?

Por eso es importante desconfiar debidamente de todas las historias y deshacerse de cualquier costumbre de certeza, que inutilice a la inteligencia y premie sólo a la memoria, porque no por mucho repetir se sabe o se conoce.

Al fin y al cabo la Historia es sólo la historia del hombre y difícilmente nos sirva aprenderla de memoria, sin detenernos a estudiar bien al personaje en su tiempo.

Para llegar a la conclusión de que toda certeza es relativa, he presenciado el relato de una pelea entre dos niños de la escuela. Cada uno contaba una historia distinta sobre el origen, el transcurso y el desenlace de la misma riña, de la cual no hubo testigos.

Este episodio me llevó a desconfiar de todas mis certezas sobre los enfrentamientos de los libros de Historia, porque de todas las historias, el único misterio será siempre la verdad.

JR

“ La inteligencia se obstruye con el exceso de memoria porque para conocer es necesario olvidar” JR

“Censura a la Diferencia”

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Hablar de multiculturidad y de diferencias es hoy en día arriesgarse a la censura y a la malinterpretación y son pocos los que se atreven a tocar estos temas sin temor, en una época en donde las sensibilidades se han inflado tanto, en pos de la obtención de atención y de poder.

Hace poco tiempo un profesor americano al que admiro profundamente aceptó dar una conferencia sobre el nuevo desafío de interculturalidad, que nos exige este siglo 21. Y para hacerlo, eligió como portada una imagen del dibujante y escritor Quino, en donde se muestra la diversidad en una actitud amigable y en un espacio en donde todos parecen disfrutar de esa cercanía.

Esta imagen que para mí transmitía una maravillosa inocencia sin malas intenciones, fue sin embargo censurada en la conferencia porque se alegó que los estereotipos de la imagen eran ofensivos  para los distintos colectivos.

Como Quino no vivió dentro de este momento histórico, en donde los movimientos del “black lives matters” el “me too” y el muro de Mexico ocupan hoy todas las portadas, es muy posible que no llegara a comprender hasta qué punto hoy en día todo molesta, todo hiere, todo discrimina y altera hasta la patología la sensibilidad del mundo occidental. 

La ofensa descripta en el estereotipo de Quino es la de representar al negro negro, al oriental oriental, al musulman musulman, al indígena indígena y al blanco blanco, habiendo tantas otras combinaciones distintas y posibles en la mezcla genética. O sea que la ofensa ¿es en realidad la representación de la sintetización?

Por más que haya miles de variantes distintas, el dibujo de Quino (a quien muchos catalogan ahora de racista) intentaba enfatizar y sintetizar una convivencia amigable entre todas las diferencias y no enfatizar la diferencia en sí, aunque el problema actual sea sin duda la aceptación de la diferencia.

Porque no hay que olvidar que este es un siglo en donde el eslogan de la igualdad es nuestro estandarte. 

¿Pero en una igualdad tan igualadora adónde se ubica la realidad? Porque aunque todos insistamos en erradicar la desigualdad (sobre todo la desigualdad de oportunidades) las diferencias en los resultados de las mismas oportunidades seguirán siempre existiendo y nos demostrarán que por más que intentemos igualarlo todo, la diferencia es la expresión innata de la libertad del individuo.

En un mundo sistemáticamente igual ¿en dónde queda entonces la diferencia?¿ Y en dónde queda ubicada la libertad de la existencia?

Existe actualmente una tendencia a utilizar cualquier cosa bien intencionada como material de protesta y de reivindicacion, aún sin existir ni ofensa, ni malas intenciones y este es un comportamiento muy habitual en estos tiempos en los Estados Unidos, en Europa y en America Latina y que dista mucho de ser altruista.

Esta tendencia a sentirse permanentemente ofendido o atacado está fomentada y alimentada por movimientos políticos cuya intención no es la lograr de una convivencia pacífica entre los distintos colectivos, sino todo lo contrario; se fomenta y se alienta el odio de los colectivos considerados oprimidos, hasta la violencia.

No se busca el mejoramiento de las oportunidades para los grupos más desfavorecidos, fomentando una actitud amigable y de colaboración y de integración, sino que se cultiva un ambiente de descontento, de odio y de rencor, necesarios para todo quiebre social, que viene seguido de una nueva forma política. 

La mira de estos grupos políticos está permanente puesta en encontrar la ofensa en todo e inventarla si hace falta, para seguir construyendo el camino hacia el quiebre social que les ubique en el poder. 

La pluriculturidad y la multiculturalidad son por definición la presencia de distintas etnias en un mismo espacio, pero no implican una relación entre ellas.

Sin embargo, la palabra que mejor  explica el fenómeno actual es la interculturalidad que es por definición la relación de las distintas etnias dentro de un mismo espacio.

Seguramente en esta definición estos grupos censurarían también la palabra “etnia”, por considerarla ofensiva, por lo cual seguiríamos eternamente sin poder hablar de este proceso tan urgente con comodidad, porque todo lo que digas será siempre utilizado en tu contra y como elemento de quiebre del diálogo.

Cuando las cosas no tienen manera de nombrarse sin ofender a nadie, entonces dejan de hablarse y se abandona el diálogo, quedando disponible sólo un único discurso o un único pensamiento: el discurso del ofendido, sin posibilidad de réplica.

¿Quién se atreve a replicar nada, si todo lo que diga será tachado de racista, sexista  etc?

Esta censura a la diferencia hace que sea imposible tratar los temas para encontrarse las soluciones.

La ofensa es una táctica muy hábil de poder. Uno se ofende, entonces la charla se interrumpe y el que se ofende hace callar al otro y gana. 

Estos temas se han vuelto tabú o inombrables porque ya nadie se atreve a disentir del discurso único. Y se fomenta la culpabilizacion sistemática del colectivo blanco, como generador de todos los problemas de los demás colectivos.

Poco a poco y a fuerza del insulto sistemático y curiosamente no censurado a este colectivo (white trash o basura blanca) se localiza al problema de la desigualdad en un grupo determinado: la culpa de todo la tienen los blancos. 

La problemática con aquello que se vuelve inombrable, como fue en su momento el sexo, es que el tema sigue  percibiéndose como un problema; porque la cualidad de aquello que no puede nombrarse ( al ser censurado)  es su persistencia y la continuidad de su percepción como la de un problema que en vez de tratarse con normalidad, sigue creciendo por debajo hasta que te estalla en la cara. 

Pero lo que se nos escapa, es que justamente es en la continuidad del problema, en donde radica su fuerza o su poder. 

Cuando un problema se soluciona o se supera, todos aquellos que vivían de ese problema ya no pueden vivir más de él y tienen que buscarse otra forma de sustento.

Porque ante la solución de cada problema, uno debe inventarse una nueva forma de existencia, que suele llevar mucho más esfuerzo que la antigua y sistemática protesta de toda la vida.

Hoy en dia la gente está callada y con miedo a decir algo que pueda ofender a alguien, e incluso yo, entro ya con cierto resquemor al “ Small World” de Disneyland Paris, por temor a que a la salida me llamen promotor del estereotipo racista creado por Walt Disney.

JR

 

“ Cuando cada uno cargue con sus culpas, no habrá culpables” A. Porchia

“ El Agobio Amable”

 

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Desde la invención del Whats App, (esa aplicación que todos utilizamos permanentemente), una nueva forma de comunicación efectiva, afectiva y a veces agobiante, se ha instalado entre nosotros.

Si bien la comunicación es necesaria y nos mantiene al tanto de todo lo que sucede en el mundo, el exceso de comunicación puede resultar no sólo asfixiante, sino también una forma de dominio muy sutil y enfermizo, aunque generalmente vaya disfrazado de cariño y de cercanía.

Yo agradezco que en mi juventud no existieran estas cosas y haber disfrutado la oportunidad de tener espacios de “nada”.

Si alguien te llamaba a casa y el teléfono comunicaba, (cosa muy frecuente en una casa con 5 hermanos), o insistía hasta el cansancio o llamaba a otra persona.

Uno sin duda perdía algunas oportunidades, pero también se libraba de la obligación de tener que estar siempre disponible.

En aquella época uno podía estudiar, leer un libro, ver una película en familia, tocar un instrumento, estar en silencio, cenar sin interrupciones o aburrirse, sin necesidad de tener que estar en línea con alguien.

Hoy en cambio, las comunicaciones son en ocasiones atocigantes. Estamos  permanentemente en línea con el novio, con los padres, con los amigos o con los hijos a quienes además, localizamos 24 horas al día con una aplicación radar.

El control y el mensajito son continuos y a toda hora y ni siquiera el vivir en el extranjero te garantiza el poder escapar de este agobio amable.

Pero como todo este aburrimiento canalizado en la comunicación se hace en nombre del amor, del interés y de la preocupación, se soporta en silencio; porque quien como yo se atreva a decir en voz alta que esto es un infierno, es catalogado de sociopata insensible.

La gente ya no tiene tiempo ni de vivir las vacaciones porque la foto, el Instagram o el mensajito instantáneo interrumpen todos los momentos.

“¿Cómo has pasado tu viaje?”- “En línea contigo. No me quedó tiempo para vivir nada más”.

Hoy en día la comunicación es un nuevo mandato y está sobrevalorada porque se la considera una parte escencial de la autoexposición imprescindible para el éxito. 

Pero también se considera a la comunicación como forjadora de todos los vínculos; aunque no hay duda de que en muchas ocasiones algunas distancias resultan ser mucho más saludables que ciertas cercanías.

Hace un tiempo un vecino de mi barrio sugirió armar un chat para poder conocer a todos los vecinos. Este era un barrio sumamente pacifico, en donde nadie se conocía y vivíamos en paz; pero a partir de este chat amistoso comenzaron las riñas, las peleas, las discusiones políticas y los insultos entre toda la comunidad, que hasta la aparición del chat había convivido siempre pacíficamente y a una sana distancia.

Esta innovadora tendencia a la cercanía y a la intimidad obligada con todo el mundo, no sólo resulta muchas veces en conflicto, sino que además es una utopía muy dañina que intenta anular el espacio privado.

El nuevo mandato de tener que estar permanentemente comunicados, generando y compartiendo información personal, no sólo provoca inestabilidad y desconcentración en unos y en otros, sino que además nos impide la oportunidad de nuestros espacios de soledad.

Y la soledad, que hoy es catalogada como un elemento altamente peligroso, era lo que nos daba estabilidad, reflexión, autonomía y paz. 

Mi hijo pequeño que es un chico muy querido por sus compañeros, siempre está rodeado de niños y niñas en el patio. Yo pensaba que era muy feliz siendo tan popular, pero el otro día me confesó que su situación era insoportable. “Todos me hablan sin parar y a veces hasta me mareo, entonces propongo jugar al escondite y me escondo en un aula vacía y así consigo estar un rato en silencio”.

En una generación en donde el ruido es una constante y la comunicación es potenciada incesantemente por el exceso de información y de competencia, la necesidad de generar espacios de silencio resulta urgente. 

Pero el silencio no es sólo la ausencia del sonido de una voz, sino también la ausencia del ruido digital.

Hay silencio en el juego libre, en la danza no pautada, en la contemplación desinteresada, en la música o en cualquier actividad recreativa cuyo único fin sea el disfrute.

Este exceso de comunicación disfrazado de interacción amable es en muchas ocasiones una forma de violencia y de control igual al de la gestapo.

“¿Adónde estás? ¿Qué haces? ¿Qué estás pensando?  Estabas en línea ¿con quién chateabas? ¿Has visto la foto de perfil de Fulanito? ¿Por qué has cambiado tu estado? Creo que Mengano me ha bloqueado.¿Un tic, dos tics, leído? ¿Hora de tu última conexión? ¿Te gusta?”

Y basta con que compres algo por internet para que de pronto en todas tus aplicaciones comiencen a ofrecerte amablemente un millón de accesorios para tu compra. Y entonces, comienzas a sospechar que de verdad estás viviendo bajo la mirada de la policia nazi.

Mi padre siempre decía “ No news, good news” ( sin noticias, buenas noticias) y tenía razón, porque la verdadera amabilidad no es la que te hostiga con información o te interroga permanentemente, sino la que te regala tu espacio y tu derecho al silencio.

Y ese tipo de cercanía, que como todo equilibrio es difícil de conseguir, se logra viviendo feliz y dejando también vivir feliz y en paz al otro.

JR

 

 

“No hay nada más dañino que el aburrimiento mal canalizado” JR

“Amén Digital”

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Una vez intentaron insultarme y me llamaron “impredecible”, algo a lo que a partir de ese momento consideré como a una de mis escasas virtudes. Y una de esas pocas, que uno debe empeñarse en no domesticar jamás.

La predictibilidad no sólo te vuelve un tipo sumamente aburrido, sino también poco inteligente, porque uno se acostumbra a ir siempre por los mismos caminos, dejando de ver el entorno cambiante que le rodea y creyendo que éste siempre es y será el mismo.

Y así es como la predictibilidad se vuelve peligrosa para uno y para el entorno, porque cuando el mundo cambia, la respuesta debe ser también diferente.

Un primo mío que practicaba ser ciego para saltarse la mili, solía entrar en su casa cada noche sin encender ninguna luz, pero eso le exigía que el ambiente estuviera siempre igual y ordenado de la misma manera, porque en cuanto algo estaba fuera de lugar, se la pegaba contra algo.

Otra de las consecuencias de ser impredecible es la poca información que los demás pueden acumular sobre uno, porque según qué cosa y en qué circunstancias te ubicas arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda o en el centro, como deberíamos hacer todos; ya que la inmovilidad dificulta mucho la visión del panorama general y genera además entumecimiento muscular. 

Otro impedimento de la impredictibilidad  es la pertenencia a los grupos, porque el grupo te exige una concordancia incondicional, que no sólo dificulta la libertad y atrofia la inteligencia, sino que anula además toda posibilidad de opinión, obligándote al like como a aquel amén que se nos exigía responder después de las palabras de cualquiera; aunque no estuviéramos de acuerdo en la mayoría de los puntos expuestos.

La concordancia es sin lugar a dudas la condición imprescindible para pertenecer a cualquier grupo, porque en cuanto empiezas a desentonar, rápidamente te bloquean o te eliminan.

También existe la posibilidad de que los predecibles formen un grupo paralelo y te vayan dejando solo en el grupo anterior. Y un día por casualidad descubras que eres el administrador y el único miembro que queda en un grupo de predecibles fugados, incapaces de decir nada de frente, ni de soportar el dejar de mirarse al espejo del pensamiento idéntico.

El like no sólo reafirma la amistad y genera una sensación de felicidad en aquel que lo recibe, sino que obliga también a la continuidad. ¿Si ayer me pusiste un like, por qué hoy no me lo pones? ¿Es que hoy ya no te gusto?

Pero también perturba aquel likeador incondicional, porque con ellos empiezas a dudar si en realidad el like es un botón fijo, que mantienen siempre pulsado para que creas que todo lo tuyo les gusta, o si en realidad te likean porque no te leen.

La búsqueda del like genera patologías de lo más extrañas y también múltiples adicciones, como sucede con cualquier otro tipo de obsesión por la aprobación y por la reafirmación externa.

Uno se vuelve entonces como los drogadictos, dispuesto a hacer lo que sea por obtener su dosis diaria de adulación y de concordancia.

Algunos se hacen amigos de cualquiera, otros se fotografían desnudos, algunos se filman teniendo sexo o sufriendo accidentes y hay muchos otros extremistas, que se graban suicidándose. Todo sea por el like y por la búsqueda de la concordancia, aunque sea en el espanto.

Ser impredecible te permite escapar del compromiso del like incondicional y te da la posibilidad de disentir y de pensar por ti mismo y diferente a cómo pensabas ayer y a cómo pensarás mañana, porque los impredecibles no se sienten coaccionados ni siquiera por sí mismos.

Pero aún a pesar de sus múltiples soledades, la impredictibilidad es de todas las virtudes, la que más huele a libertad. 

 

JR

 

“ La liberación es completa cuando se libera de la aprobación de los unos, de los otros, de la del maestro, de la de uno mismo y finalmente se libera de la liberación” JR