“DATAFOBIA”

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Muchos afirman que en donde hablan los datos se callan todas las teorías, pero yo creo que inevitablemente siempre surgen otras nuevas.

Uno solía leer datos y porcentajes en revistas financieras y científicas; pero hoy están en todos los artículos filosóficos, porque esta nueva tendencia: “el dataismo” ha generado una euforia típica del deslumbramiento que produce lo nuevo, y sostiene que todo aquello que pueda ser medido debe ser medido y contabilizado.

Estas nuevas corrientes que consideran al dato y a la información obtenida (el big data) como a la única e irrefutable verdad, sostienen que el dato proporciona una información absoluta e incomparable sobre el ser humano y desde todas las perspectivas posibles.

Y seguramente sea cierto, ya que controlan cada una de las entradas que hacemos en internet ya sea para comprar, consultar, opinar, “compartir”o leer.

¿Pero controlar es conocer? 

El ser humano tiene un estilo mucho mas lineal y narrativo que el dato, como creo que es también el estilo de la historia, de la vida, del autoconocimiento, el de todos los procesos y también el de la Filosofía.

Mientras que el dato es algo acabado y cerrado, sin continuidad, el ser humano es un “ human being” o un humano que está siendo, por lo cual nunca es algo terminado.

El dataismo asusta igual que cualquier otra ideología extremista, porque vaya uno a saber quién y cómo controla todos esos datos y con qué beneficio.

La utilidad del dato está principalmente enfocada hacia fines económicos y políticos y resulta alarmante como dentro de este nuevo sistema se han establecido distintos grupos sociales o castas, que nos agrupan según nuestro perfil de consumo, nivel económico, social y tendencia política.

Uno se pregunta con cierto resquemor en cuál de todos estos nuevos estratos psicopoliticos y socioeconómicos estará ubicado y reza para no pertenecer al grupo al que ellos bautizaron internamente como “waste” (desperdicio o basura); porque con tanto reciclaje, uno teme que los verdes le conviertan en mobiliario o en tinta de impresora 3 D en caso de extrema necesidad.

El dataismo no es un fenómeno aislado, sino que es una tendencia bastante contagiosa y avanza como las pestes del medioevo.

Nos hemos acostumbrado a controlarlo todo, numerando y contabilizando hasta las respiraciones diarias, a modo de medicina preventiva. 

Y en cada paseo turístico oigo a algún viejecito  que comenta _ “Hoy anduve 3 kilómetros, 3 mil pasos y tuve un millón y medio de pulsaciones por segundo”_  y yo pienso para mis adentros: qué pérdida de tiempo para alguien tan anciano el haberse puesto a contar y haberse perdido de disfrutar del paseo, y más, siendo candidato a quedarle tan pocos.

Pero contabilizar el rendimiento, las calorías, la temperatura corporal, la glucosa en sangre, se ha establecido hoy como una forma de autocontrol saludable sin fecha límite. mucho más que disfrutar de los momentos de felicidad, que son justamente esos, en los que uno se olvida de contar y el tiempo pasa volando.

Hoy se miden las pulsaciones incluso aquellos que practican meditación; esas prácticas espirituales que importaron desde la India a Occidente y que ahora se usan aquí con fines anti estrés; pero sus practicantes curiosamente no dejan nunca de contar, para ver si mañana superan o disminuyen el rendimiento espiritual y lo suben al Facebook

Yo me lo imagino al Budha observando a estos extremistas del rendimiento con las pulseras de cuentas tibetanas y el iWatch en la misma muñeca, midiendo a base de pulsaciones los likes del nirvana.

Hay en la autogestión de esta contabilidad autómata típica del dataismo, una falta de profundidad y de sentido alarmantes, que en la juventud uno hasta perdona, pero en la vejez resultan irritantes.

Y a uno se le viene entonces a la cabeza aquella casta dataista “waste” y se enfoca entonces en no desperdiciar con gilipolleces el poco tiempo que le queda.

Este dataismo es eso mismo que enferma a algunas mentes digitales que piensan que la vida empieza y acaba en un Mac Book, en la partida de fortnite, en la cantidad de likes o de retuits o en la selfie de Instagram y que el paisaje que se ve a través de la ventana, es una locación 6 D de realidad virtual.

O esos que escogen a la novia llenando una planilla que les asegure al menos un 80 por ciento de probabilidades de éxito porque el objetivo es la eficiencia y el rendimiento más óptimo, incluso en la vida conyugal.

Y cuentan las copulas y los orgasmos semanales con especial detalle, para mantener el rendimiento adecuado y poder llamar al abogado a tiempo en caso contrario y así no perder la posibilidad de encontrar a Grey.

La infalibilidad y el máximo rendimiento son la finalidad última del dato, no lo es la felicidad, la construcción, el conocimiento ni la experiencia.

Pareciera que uno ya no tiene tiempo ni de enamorarse ni de equivocarse con tanto posgrado por delante y tanto menos de sufrir, si el dolor puede ser evitado con pastillas o con un buen dato recopilado a tiempo.

Todo está automatizado y librado al dato como hacían nuestras abuelas con el tarot. Uno se fía hoy ciegamente del dato, como lo hacían ellas antaño de la superstición.

Reconozco que frente a este nuevo KGB digital soy impotente, pero mi derecho a la resistencia lo ejerzo igualmente y lo aplico ocultando siempre mi información, usando perfiles falsos y múltiples, según el medio y mintiendo sistemáticamente en todas las encuestas.

Los dataistas no soportan ni la espera, ni el riesgo y desean contabilizar, manipular y organizarnos a todos el futuro, diciéndonos además, que nos hacen un favor y que todo es para que estemos más cómodos. Cuando la realidad es que tu data la utilizará siempre aquel a quien menos le importas.

Mi resistencia a su promesa de “veracidad” es mentir todo lo posible, para que todos los datos les salgan siempre mal y para que vean que los seres humanos aún tenemos algunos recursos para hacer valer nuestro derecho al secreto.

JR

 

 

“ La infalibilidad del Big Data no ha tenido en cuenta ni a los mentirosos, ni a los impredecibles” JR

 

 

 

 

 

 

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