“Empatizar con el Pueblo”

Empatizar es prestar atención al dolor del otro, es hacer una pausa, acortar las distancias y acercarse al que padece.

Hay gente que es naturalmente más empatica que otra, y son los dolores sufridos, quienes nos vinculan irremediablemente al dolor ajeno.

Quien no ha sufrido nada, lo tiene más difícil, porque la escasez de sufrimiento hace mucho más complicado ese tipo de acercamiento.

A veces los “no empaticos” no lo son por “malos”, sino por mera ignorancia y por desconocimiento de lo que es el dolor.

Muchas veces en la vida uno se pregunta para qué sirve sufrir y a veces no encuentras respuesta. Pero si hay algo que el dolor nos aporta, eso es sin duda, la posibilidad de la empatía.

Quien ha sufrido alguna vez, tiene disponible el desarrollo de esa capacidad, y digo disponible, porque no todo el mundo aprovecha el sufrimiento, ni lo capitaliza transformándolo en capacidad empatica.

Una vez a la semana suelo utilizar el transporte público y lo hago adrede y como un ejercicio para no perder el contacto con la realidad. Creo que salir del habitáculo automovilístico, de vez en cuando, nos previene del aislamiento y nos embebe de lo que pasa en el mundo.

En el aislamiento uno comienza a creer, que la realidad es eso cotidiano que uno vive en su propio mundo. Sin duda esa es “una” realidad, pero no es “la” realidad.

Cuando subes al metro en hora punta, te percatas de que en ciertas percepciones a la distancia, estabas equivocado.

Uno ve las caras, las posturas, el cansancio, la pobreza; la incertidumbre de los jóvenes y la resignación de los ancianos; el consuelo y la compañía permanente del móvil (que funciona a la vez de espejo y de escudo), las soledades, las pequeñas generosidades a bordo, la indiferencia y el hartazgo.

Los médicos recomiendan no perder nunca el contacto con la realidad porque perderlo implica también, perder la cabeza.

Quien vive en una realidad ficticia por demasiado tiempo, tiende a sufrir una desconexión a la que llaman locura. Y hay muchos tipos de locuras; pero todas ellas coinciden, en mayor o en menor grado, con una apatía hacia el mundo; porque la locura es un tipo de aislamiento patológico del que no puedes regresar.

Siempre recuerdo aquella anécdota en la que Churchill tenía que tomar la terrible decisión de rendirse ante los nazis o de luchar contra ellos hasta el final.

Churchill sube al metro por primera vez en su vida y empieza a preguntarle a los viajeros del metro qué hacer.

La gente rechaza fervientemente la posibilidad de rendirse ante el mal o de pactar con Hitler para prevenir una guerra y Churchill confirma, que el pueblo es mucho más valiente de lo que él creía.

Hay en esa anécdota además, una solicitud de permiso para el dolor y para el sacrificio; que es la actitud de un buen servidor del pueblo.

Los políticos hoy en día dan primordial importancia a las palabras, a la imagen, a la pose y a la buena comunicación; pero sólo como un medio para convencer a sus audiencias.

Son como aquellos sofistas contra los que Sócrates protestaba; diciendo que la dialéctica no era ética, porque no buscaba la verdad.

Convencer, no implicaba decir la verdad, porque para los sofistas la verdad nunca fue importante.

La mala comunicación no siempre se debe a un problema de dialéctica, sino que muchas veces, es un problema de distancia.

Y son la falta de verdad y de empatía, las verdaderas barreras del lenguaje.

JR

“High Castle y de lo que nos salvamos”

Reconozco estar enganchado a la nueva serie de Prime “High Castle” basada en el libro de Philip K Dick “The man in the High Castle” de 1962.

Esta historia nos muestra una realidad posible, en la que los japoneses y los nazis son quienes ganan la Segunda Guerra Mundial y nos propone pensar cómo hubiera sido el mundo en ese caso.

Es muy contemporáneo presenciar la crítica permanente a los Estados Unidos y se ha vuelto cool y propio de gente que se cree intelectualmente superior el criticarles en todo, mientras disfrutan de una libertad de expresión que se la deben a los americanos y se toman el café en el Starbucks desarrollando su micro emprendimiento desde su Mac, rezan al Dios al que prefieren y se detienen luego en el Auto Mac para retirar su pedido on line.

Pocas cosas me alteran más que la incoherencia, el doble discurso, la moral de cartón y las convicciones en papel pintado.

Si bien es cierto que Hiroshima y Nagasaki fueron dos masacres inhumanas, también es cierto que gracias al poder armamentistico de los Estados Unidos, fueron ellos y los aliados quienes ganaron la guerra.

Y convengamos que este hecho fue una salvación para todos; incluidos los japoneses y los alemanes; que quien sabe hoy, el horror en el que vivirían.

Y ni hablar de todos los intelectuales, los ecologistas, los filósofos, los rebeldes, los científicos y los intelectualmente superiores que hubiésemos perdido, de haber ganado los nazis.

Todos ellos estarían enterrados o alienados y trabajando bajo las órdenes del imperio japonés o del Reigh.

En esa posible realidad que nos plantea la serie, la única libertad hubiera sido la de servir a los fines del imperio y cualquier opinión contraria hubiera sido sistemáticamente perseguida, catalogada de traición a la patria y condenada a muerte.

Es interesante pensar de vez en cuando en las opciones posibles, sobre todo porque ayuda a valorar lo que uno tiene y también promueve el agradecimiento hacia todos aquellos que crearon nuevas posibilidades para el florecimiento de la libertad.

Si bien la Historia es una asignatura pesada cuando está mal enseñada porque consiste en una memorización sistemática de fechas y acontecimientos aislados y sin sentido relacional; cuando uno empieza a encontrarle el sentido y a descubrir la relación entre nuestro ayer y nuestro hoy, empieza a darse cuenta a quienes debe estarle agradecido.

Actualmente hay una vara de medir muy desigual con unos y con otros. Hay a quienes se les perdona cualquier barbaridad y hay a quienes se juzga eternamente y de manera implacable.

Y es generalmente con los promotores y defensores de la libertad con quienes solemos ensañarnos más y ser injustamente más duros; muchas veces por desconocimiento, otras por envidia o por no desentonar con la tendencia impuesta por las masas y por el periodismo marxista, o simplemente por ignorancia y por no detenernos nunca a pensar, en lo que sería de nuestra vida, si los defensores de la libertad, en aras del “flower power” y del “make love not war”, no hubieran tenido ningún poder armamentistico disponible y nos hubieran dejado a todos, en manos de los japos y de los nazis.

JR

“Sobreprotecciones que Amputan”

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Existe un fenómeno creciente de hijos que no crecen por padres que no sueltan.

La sobreprotección es un problema cada vez más habitual y normalizado en nuestro mundo bajo el nombre de “cuidados”. Pero hay cuidados que no dejan crecer, ni permiten al hijo hacerse fuerte para superar los desafíos y las dificultades que le presentará la vida.

Nada hay más perjudicial para la autoestima que sentirse un inútil y aunque resulte muy cómodo ser un inútil,  esa comodidad pasa, tarde o temprano, una factura psicológica difícil de afrontar.

No son pocos los jóvenes de 20 y 30 años dependientes, incapaces de ser felices y de encontrarle el sentido a la vida. Y no suelen ser personas con grandes dificultades ni dramas personales; sino en su mayoría hijos exigentes y malcriados de padres y abuelos longevos y sobreprotectores, que creyeron que asfaltando el camino de sus hijos y nietos, la vida les sería más fácil.

Pero más fácil, no es sinónimo de más feliz.

Para ser feliz hay que conocer el pesar, el esfuerzo, el sacrificio y las renuncias. No se llega por el camino de lo fácil a la felicidad.

Las intenciones son siempre buenas, de eso no cabe duda, pero el daño de una sobredosis de ayudas y de cuidados intensivos crea a seres dependientes, con baja autoestima y propensos a la debilidad de carácter; que sucumben ante la más mínima dificultad; que se rinden fácilmente, se enferman con la más mínima corriente de aire y son incapaces de adaptarse a condiciones adversas.

La cultura contemporánea nos anima permanentemente a la sobreprotección. Estamos demasiado preocupados por ellos todo el tiempo, la tecnología, el medio ambiente, la falta de trabajo, las nuevas realidades políticastodo nos preocupa y nos alarma en exceso.

Parece como si quisiéramos dejarles todo solucionado, no vaya a ser que ellos tengan que hacer un esfuerzo y solucionarse el mundo que les espera, como hicimos nosotros con el desastre que nos encontramos. 

Cuando observo con espanto nuestro enfermizo esmero por dejarles todo ya organizado, me pregunto si esta actitud es de verdad amor o es en realidad una infravaloración enmascarada.

Quizás este exceso de preocupación sea el indicio de que verdaderamente estamos convencidos de haber criado con éxito a una generación de pusilánimes e inútiles.

JR

“El sobreprotector dice “lo hago porque te quiero” y el chico escucha “lo hago porque no confío en ti” JR