“La Amistad Vaciada”

¿Por qué nos inunda una sensación de pureza al recordar aquellas amistades de la infancia?

Quizá sea porque a esa edad uno era capaz de elegir a los amigos que realmente le eran afines y de defenderlos como si fueran hermanos.

Uno elegía sin prejuicio, interés o cortesía a aquellas personas que le hacían bien y nos resistíamos como locos a esos amigos que intentaban imponernos nuestros padres, por ser los hijos de sus amigos.

Uno se relacionaba con todos, pero a los amigos los elegía únicamente con el corazón.

Los amigos representan la memoria de aquello que fuimos y encontrarte con uno de esos amigos antiguos es recordar anécdotas que habías olvidado y recuperar esos trozos de vida, que de tanta vida, uno va borrando sin querer de su memoria.

Ellos son los testigos de algo que fuimos; de algo en lo que creímos con devoción, de miles de aventuras y de aquel desengaño, que desde hace siglos ni nos duele ni recordamos; pero que ellos sí recuerdan como si fuera ayer.

Lo maravilloso de la amistad de la niñez es que uno es querido así, con lo puesto y sin haberse convertido en nada específico en la vida.

Ni éxito ni fracaso corrompen a una amistad que se regala y se recibe sin condición ni status.

Esos amigos son incapaces de respetarte como a un gran profesional o como a un personaje famoso, no leerán tus libros ni comprarán tus cuadros más que por compasión, porque para ellos seguirás siendo siempre aquel que eras, cuando no eras nada más que su amigo.

De niño uno es tan sólo un nombre sin apellido, una posibilidad, un hoy, un presente, y si es amado, es amado tal y como es.

Luego el tiempo va pasando y la vida nos conduce por caminos nuevos, en donde el contacto indicado se vuelve necesario para llegar adonde queremos llegar.

Y cada vez más, uno empieza a coincidir con gente que le conviene pero le aburre.

Uno va cediendo y ampliando el círculo y sin embargo, siente que cuanto más grande es, más solo está.

Si tuviera que contar entre mi nuevo millón de amigos a uno sólo que me quiera con lo puesto, me sobrarían 9 dedos.

Uno ha dejado de ser sólo un nombre para ser también un apellido, un puesto en una empresa, una casa en un barrio, un socio del club, una cuenta en un banco, un currículum, una libreta de contactos y un historial socioeconómico. Pero lo realmente triste, es serlo también para el amigo.

La amistad se neutraliza y se vacía de su antiguo contenido para llenarse de litros y litros de nuevos intereses. Y se ha vuelto tan frágil, que ya no es posible hablar ni de política ni de filosofía, porque la amistad corre el riesgo de romperse.

Y es que esta nueva amistad no resiste a la ideología.

Aquella fortaleza que caracterizaba a todo vínculo firme e incorruptible, hoy ha mutado en una interesada cordialidad, sólo apta para hablar del tiempo, de las series y de los viajes. Todo lo demás, resulta peligroso para una amistad vaciada.

La neutralidad se ha vuelto un elemento fundamental para todo aquello que es incapaz de resistir a una opinión distinta.

La amistad suele sentirse como una reunión de trabajo; uno se prepara para decir lo que hay que decir y para callar lo que hay que callar. Y uno vuelve igual de agotado de estar con los amigos, que de trabajar en la oficina.

Y es que lo antinatural agota, como agota meter tripa para la foto de playa. Y en cuanto se apaga la cámara, uno respira aliviado.

Lo más importante para preservar una amistad vaciada es mantener una ficticia coincidencia y la frivolidad siempre activa para nutrir la neutralidad y preservarla tibia, políticamente correcta, interesada y conveniente.

Uno recuerda con nostalgia las veces en que dio la cara por un amigo o lo defendió a muerte, aún sin tener razón.

Hoy, primero piensas en aquello que puedes perder si lo haces y te quedas callado y en tu sitio.

Éramos incondicionales, inconscientes, arriesgados, desinteresados y valientes.

No importaba la verdad, lo que importaba era el amigo.

La neutralidad era una palabra demasiado larga para nuestro corto vocabulario, que no entendía de intereses sino de amor.

JR

“La Construcción de la Autoestima”

Mucho se habla hoy en día de la necesidad de conocer nuestro propio valor y de hacerlo valer ante los demás.

La aparición de coaches que nos ayuden a mirarnos de una manera más positiva y de darnos el empuje necesario para atrevernos a conseguir nuevos objetivos, está en auge.

Pero lo que he observado es que en ocasiones, lo que se consigue con el coaching, no es afirmar la autoestima, sino crear una nueva forma de dependencia.

La gente comienza a depender del coach para todo y éste se convierte en ocasiones, en nuestro consultor económico y financiero o en nuestro consejero espiritual permanente, del que ya no sabemos prescindir.

Muchos han tenido la fortuna de venir de un hogar en donde se promovía la autoestima; padres y madres que les decían a sus hijos lo valiosos que eran y lo capaces que serían de conseguir todos sus sueños en la vida.

Yo conocí a un padre que se deshacía en ponderaciones hacia sus hijos y los hijos salían al mundo sintiéndose altos, guapos,capaces y estupendos, aunque no lo fueran tanto.

Construirse un ego es fundamental para sobrevivir en este mundo. Sin él no se llega a ningún sitio, pero no existe una única forma de conseguirlo.

Aunque el apoyo familiar en la autoestima es recomendable para todo ser humano, no es el único camino viable hacia ella.

En ocasiones, el que nadie crea en ti y el que nadie espere nada de ti, es justo la gasolina que se necesita para conseguir el éxito.

¿Cuántas historias conocemos de personas por las que nadie daba un duro y que con el tiempo nos han dejado boquiabiertos?

Por eso, no es bueno desanimarse ante la falta de fe o confianza ajena, ya que muchas veces, aquel mal presagio malintencionado e incluso el mal deseo de los demás, es la fuerza más poderosa de todas, para movernos hacia el éxito.

Hace muchos años compré una parcela llena de malas hierbas y de piedras. Y allí donde no crecía mala hierba, era porque un pedrusco lo impedía.

Solían decirme con cierto realismo mezclado con envidia y desprecio “esto jamás será un jardín, olvídate”

Y yo, que no sabía nada de jardinería, pero que siempre voy en contra de lo que piensa el público en general, encontré un nuevo motor en mi vida: construir mi jardín.

Hoy mi jardín es un vergel en el medio de una sierra.

En mi caso, descubrí en el impedimento y en la condena ajena al fracaso, una motivación poderosisima. Y descubrí también a esa voz interior que nos dice :”ya vas a ver tú, de lo que yo soy capaz”

Hay una cierta malevolencia en empeñarse en demostrar el error del mal presagio ajeno, pero yo puedo asegurar que de ella, se obtiene una fuerza inigualable.

Por lo cual, he llegado a la conclusión de que en el caso de no haber recibido una autoestima en casa o de nuestro entorno, existen muchas otras maneras de conseguirla por nosotros mismos o yendo a contracorriente.

Uno nunca debería victimizarse por la falta de confianza que nos tienen los demás, ni compadecerse de su destino o por la incomprensión o falta de apoyo que recibimos, sino que por el contrarío, deberíamos transformar esa fuerza en contra, en energía.

Lo importante es construirse una autoestima y alcanzar nuestros sueños y si alguien tiene que quedarse boquiabierto y mordiéndose la lengua después … ¡mucho mejor!

JR

“Inmortalidad interrumpida”

La inmortalidad fue siempre observada como esa eterna permanencia a la que la mayoría aspiramos.

Muy pocos son los que consideran haber vivido lo suficiente y se entregan al descanso eterno agradecidos y satisfechos.

La mayoría seguimos aferrados como sea y de cualquier manera al vicio de permanecer y si nos toca marchar y nos enteramos de ello, maldecimos nuestro destino y a todo aquel que se nos cruce en el camino.

Nunca del todo resignados en nuestra lucha por la eternidad, intentamos poco a poco y racionalmente convencernos de que la inmortalidad desgraciadamente, no será posible.

Si personas maravillosas, indispensables y creativas se han ido prematuramente ¿Por qué no debería irme yo? ¿Qué me hace merecedor de una ventaja por sobre aquellas mentes brillantes y creativas como la de Sócrates, Platón, Aristóteles, Camus, Modigliani o Leonardo?

Ante la imposibilidad de permanecer, comenzamos entonces a aspirar a otro tipo de inmortalidad, que no es otro que el de dejar un legado, una huella, un recuerdo que permanezca para siempre en la memoria de la humanidad.

Muchos grandes hombres, conscientes de una muerte inminente se dedicaron presurosos a escribir sus memorias; procurando así, plasmar su vida con la secreta intención de hacerlo antes de que lo hiciera otro, que no tuviera con ellos la misma benevolencia.

Y es que la historia cambia mucho según quien la escriba. No es lo mismo que cuente tu historia tu abuela, que tu exesposa o tu vecino.

El problema con la especulación de la inmortalidad es que suele ser impredecible.

Uno cree que será recordado por alguna obra específica y luego termina siendo inmortalizado por algo totalmente distinto e inesperado.

Yo recuerdo a una empresaria que fue precursora en el mundo del aeróbic, abrió gimnasios y creó innovadoras técnicas del body- fit en los años 80.

Pero un día, en una clase de gimnasia televisada, a la pobre mujer se le escapó un pedo en cámara y fue finalmente ese pedo, lo que la inmortalizó para siempre.

Ya nadie se acordó jamás de su impresionante trayectoria empresarial, sino que pasó a ser reconocida como la señora del pedo, para toda la eternidad.

Es por eso, que hagas lo que hagas, nunca sabes qué será, lo que finalmente te inmortalice.

Esto mismo sienten los artistas, que son plenamente conscientes de que a nadie le interesan realmente sus obras, sino sus pedos.

Y por eso andan siempre con cuidado a base de pastillas de carbón y de discursos armados acordes a la ideología de turno, disimulando como sea, para evitar el pedo en cámara.

La industria del chisme se basa principalmente en inmortalizar el mal olor por sobre cualquier otro talento o aporte valioso de un artista.

¿A quién le importa verdaderamente el arte, la ciencia o la cultura?

El interés del cotilla vira siempre de la obra a la persona.

Y aquella aspiración al legado inmortal, trabajada en la novela o sobre el lienzo, pasa a ser sólo un decorado para el chisme; que es en realidad lo único que importa.

Conscientes de este viraje, el mundo de las redes sociales ha optado por simplificarnos el camino.

¿Para qué perder tiempo en hacer o crear algo trabajoso que nos inmortalice, si en realidad lo que interesa es el pedo?

Las redes se han llenado entonces de aspirantes a inmortales, sin obras maestras, pero que saben qué vende y qué permanece.

Más de la mitad de la humanidad está en redes sociales inmortalizándose a diario entre escándalos, tonterías, eructos, culos, tetas, insultos y demás olores imperecederos; intentando hacerse famosa, facturar, ser trending topic, you tuber o influencer y permanecer lo máximo posible en el instante de la eternidad prefabricada.

Pero desafortunadamente, la gran ironía de la verdadera inmortalidad es que sólo permanecen en ella, aquellos que se han entregado al momento, desvinculados del entorno, reacios a la mirada externa, trabajando en esa oscuridad en la que trabaja la autenticidad, la ciencia y la verdad.

Alejados del ruido y de toda aspiración a permanecer, de la opinón y del comentario; con ese único apego al instante intuitivo que requiere la genialidad.

Esa creación que sólo nace en silencio y en privado y en donde el autor desaparece, para que lo que perdure no sea él, sino su obra.

Lo demás…son sólo pedos.

JR

“La Imagen como prisión”

“De todas las libertades la mas difícil de conseguir es la liberación de nuestra propia imagen” JR

Recuerdo cuando hace muchos años pasé un par de meses en un ashram al sur de la India.

La habitación que me dieron tenía una cama sencilla bajo una pequeña ventana y un baño sin espejo.

Los primeros días eché en falta el espejo, pero ni bien fueron pasando las semanas, me olvidé completamente de él y también de mí.

Los días se sucedían entre meditaciones, charlas, cantos, danzas y trabajos comunitarios y poco a poco, comencé a olvidarme por completo de aquel rostro que me identificaba, como quien olvida las caras de aquellas personas a las que ha dejado de frecuentar hace muchos años.

Se desdibujan las facciones, se confunden los contornos y al final sólo quedan esos aromas que nos devuelven las presencias y el eco de las risas de los buenos momentos compartidos.

En esa época no había ni móviles, ni selfies, ni Instagram, por lo cual, mi desconexión de la imagen fue total.

Noté como al desprenderme de mi propia imagen comencé a mirar con mucha más atención y claridad otras cosas.

Uno se pierde de vista y comienza a ver desde un lugar más amplio, una vez que la prisión de la identificación se ha esfumado.

(Nótese que al perder de vista la propia imagen la mirada se ensancha como la mirada de los insectos)

Y uno se entrega a una observación distinta sin ataduras, prejuicios, bordes ni pasado.

Sucede algo parecido cuando uno es un turista en tierra extranjera. Uno sabe que no pertenece al entorno, ni a sus costumbres, ni a ninguna de las múltiples ataduras que nos impone toda pertenencia.

Es por eso que ser turista nos relaja tanto. Uno está, pero sin ser parte de nada. Uno flota en un limbo de observación y de disfrute, liviano como un extranjero, despegado de lo propio y despegado de lo ajeno.

Al regresar a casa unos meses más tarde hice escala en Frankfurt y entré en el baño del aeropuerto. La sensación de volver a verme en el espejo fue como la del colegial, que cuando suena el timbre, vuelve resignado del recreo al aula.

Uno entra porque no le queda otra, a un cuerpo, que sabe que no le refleja para nada bien.

Uno adquiere con la propia imagen, un contrato de pertenencia junto a las garantías, caducidades y condiciones que esa imagen le impone; sus cuidados, sus normas, su estatus, sus beneficios y también sus dolencias.

Muchas veces a lo largo de mi vida sentí la maravillosa sensación de ser plenamente libre, pero de todas las libertades que experimenté en la vida, liberarme de mi imagen fue sin duda, la más liberadora.

JR

“El Estorbo”

No han parado los mensajes cariñosos por el día de la mujer en toda la red; ni tampoco las reivindicaciones pertinentes, ni las nuevas exigencias, ni ese eterno y cansino reproche sobre la desigualdad.

Todos sabemos que estar conformes no está bien visto en una sociedad que enaltece a la protesta constante, como si fuera un vicio, que de no ejercerse de forma cotidiana y persistente, te condenara a la sumisión.

El deber es protestar aunque uno esté conforme, porque la protesta permanente también es parte de esta nueva ideología occidental autodestructiva.

Eso si, puedes protestar siempre que tu protesta pertenezca a la lista de las protestas admitidas; (mujer, racismo, desigualdad, inclusión, género, antisistema o clima) pero cualquier otra demanda te llevará seguramente a pasar la noche en un calabozo.

Las marcas no dan puntada sin hilo y son conscientes de que hacerle la pelota a la mitad de su mercado en el día de la mujer es parte del negocio.

Pero el problema es que uno nunca está seguro de cuáles son las palabras indicadas para hacer un anuncio o una felicitación.

Es difícil acertar en un mercado que siempre encuentra el error discriminatorio en todo aquello que observa.

Nunca he visto una predisposición más dispuesta que la del ofendido. Siempre está dispuesto a ser una víctima y cualquier palabra le vale para lograr su objetivo: ofenderse.

“Igual”, “distinto”, terminar con una “a” o con una “o” pueden ofender, si no se opera con sumo cuidado.

Es por eso, que ante la duda a ser inevitablemente condenado, lo mejor es abstenerse y pasar el día de largo, como quien habita distraído y sin saber bien qué día es.

Con el COVID es fácil excusarse y decir que uno ya no sabe si está en Febrero o en Abril y todo el mundo se lo traga, porque estamos acostumbrados ya, a lidiar con todo tipo de patologías mentales post COVID.

El mercado de los psicólogos y psiquiatras se ha ampliado y las farmacias y los laboratorios seguirán facturando cuando se esfume el virus, porque nos quedarán todos los locos que ha dejado el cultivo malintencionado del pánico.

El problema intrínseco parece ser una desigualdad perturbadora, más parecida a una rivalidad entre sexos, que a la búsqueda de un sano equilibrio entre los dos.

Un amigo mío tenía una esposa feminista y cuando tuvieron a su primer hijo y había que cambiarle el pañal al bebé, tenían que ir siempre los dos a hacerlo.

No bastaba con que uno de los dos progenitores cumpliera con la tarea, porque si el niño cagaba, los cagados debían ser los dos o mejor dicho, los tres.

Que uno cambiara el pañal mientras el otro veía la tele o charlaba en el salón con amigos, suponía una espantosa desigualdad.

Siempre me intrigó el destino de aquellos pobres niños, que con el tiempo comprenderían que su existencia implicaba más una rivalidad y un castigo para sus progenitores, que una alegría conyugal.

Y esto mismo siento cuando me piden que organice un programa digital de desarrollo emocional para niños.

Explicarle a un niño la definición de amor, de dedicación, de disfrute familiar, resulta una tarea muy triste para alguien que aprendió todo eso sin un profesor.

Uno tenía una mamá en casa, ni directora de una multinacional, ni adicta al Facebook, que te leía un cuento, te jugaba al parchís, te cortaba el pelo, te cocinaba rico, te ayudaba con los deberes y te rascaba la espalda antes de dormir.

Y uno aprendía así lo que era el amor, sin necesidad de un profesor, ni de un psicólogo o de un tutorial de youtube.

Esas madres como la mía, son las mujeres oprimidas e infelices por las que protestan y de las que reniegan las feministas en los días como el 8 de Marzo.

Sin embargo, la sonrisa de esas madres oprimidas, que criaban a niños felices sin publicarlo en redes sociales, ya no se ven mucho a la salida del cole.

Hoy las madres liberadas son las que van siempre fruncidas, tironeadas por el trabajo, el pilates, la peluquería, el éxito, la competencia, la dieta keto, la marcha feminista, el LinkedIn, el Instagram y el WhatsApp.

Son tan libres que ya no tienen tiempo de contarte un cuento, ni una anécdota divertida, ni de cantarte una canción, o de prepararte un postre rico y necesitan a un profesor que le explique on line al pequeño estorbo, lo que es el amor.

JR

“El Corazón de un Desafinado”

En un mundo en donde el reconocimiento público se ha vuelto la meta de la gran mayoría, no es de extrañar que se utilicen todos los medios posibles para conseguirlo.

Los escándalos y las publicaciones cotidianas en internet desatan y viralizan a una masa descontrolada y descerebrada que apoya la barbarie en todas sus versiones y la rentabiliza con sus views.

La viralidad que consigue la tontería, la perversión, la maldad y la superficialidad no la consigue ninguna otra publicación inteligente, artística o trabajada.

Todos deberíamos conformarnos con conseguir a un pequeño nicho de seguidores que compartan nuestros pequeños intereses, sin sentir la imperiosa necesidad de vendernos a toda costa, a cualquier precio y al mejor postor.

La cultura del éxito nos ha promocionado a personajes exitosos en todos los ámbitos, pero no nos olvidemos de que al mirarnos al espejo, sabemos que somos más parecidos al antihéroe de lo que nos parecemos al héroe.

Y por más que al salir de casa debamos llevar puesta la capa de superman para poder sobrevivir en un mundo de egos enormes, sabemos que por dentro vamos siempre con lo puesto.

Cuando mi hijo de 8 años se presentó con ilusión al coro del colegio y fue rechazado por tener la voz muy grave, volvió a casa de lo más sentido.

No había aplicado para participar en un musical de Broadway, ni para un concurso de eunucos, sino para un coro infantil escolar poco codiciado por el alumnado, voluntario y no remunerado y sin aspiraciones a participar en competiciones locales ni internacionales.

Que “los desafinados también tienen corazón” nos lo cantaba Joao Gilberto en portugués hace muchos años y no estaba errado, porque el corazón de un desafinado, en ocasiones suele ser más grande y original que el de la estrella del musical.

Joao Gilberto no sólo era desafinado y cuando la orquesta tocaba para un lado, el cantaba para el otro, sino que cantando al revés de la música, inventó un nuevo género musical llamado “Bossa Nova”.

No es de extrañar que nos enganchen tanto los antihéroes en películas y en series, y el motivo no es otro, que la propia identificación.

¿Quién no se siente un antihéroe en gran parte de su vida cotidiana?

No vamos a negar de que también hay momentos en que sentimos que nos comemos el mundo…y todo hay que decirlo, pero frente al espejo y cuando nadie nos ve, sabemos que el papel de héroe permanente nos queda demasiado grande.

Hay en el antihéroe una sensibilidad innata a los niños, algo de sinceridad que con los años vamos perdiendo, una espontaneidad creativa a la que encerramos con cuatro candados para no desentonar con el entorno y a quien con el tiempo, olvidamos por completo.

Al pasar los años, uno se vuelve a mirar al espejo consciente y orgulloso de su propia evolución, pero sin dejar de añorar jamás a aquel corazón desafinado.

JR

( a Mindele)

“Elegir en la Era del Millón de Opciones”

Si algo nos ha ofrecido la Democracia es la posibilidad de elegir libremente según nuestras preferencias.

Hoy existe libertad para casi todo. Uno puede elegir y elegirse frente a una paleta de opciones de lo más diversa; pero al mismo tiempo, esa misma infinidad de opciones tiende a inmovilizar al sujeto; que frente a tal multiplicidad se bloquea en vez de sentirse liberado.

La cantidad de grados y de posgrados universitarios es tan amplia y diversa que el estudiante suele permanecer en un enorme signo de interrogación frente a la infinidad de opciones que hoy posee.

Hay para todos y para todos los gustos; pero el problema ya no es la falta de posibilidades, sino la falta de saber cuál de todas es la mía.

Toda opción nace de un deseo. El deseo de alguien que en algún momento deseaba poder hacer algo específico que no existía. Fue ese deseo lo que hizo nacer a la opción.

Aquella inexistente posibilidad hoy existe, pero lo que falta es quien verdaderamente la desee.

Existe una tendencia creciente a la abulia, que es esa pasividad o flojera de todo aquel que lo tiene todo y que se ha olvidado de desear.

El abúlico desea por vicio, por aburrimiento, pero no con la pasión que origina una opción.

Hay tanto disponible y sin embargo, tan poca disposición.

Siempre creímos que la abundancia solucionaría todas las carencias, pero toda abundancia trae consigo carencias distintas.

Quien ha carecido de algo y ha deseado aquello con pasión, no quiere que sus hijos carezcan de esas mismas cosas.

Los padres intentamos que nuestros hijos no carezcan de nada, pero corremos el riesgo de procrear a gente carente de pasiones.

Existe en la necesidad una fuerza que no se encuentra en la abundancia, ni se aprende con un coach.

Y si hay algo bonito en toda pasión es lo incontrolable del deseo que se traduce en vocación; ese amor por lo que uno ha elegido.

Yo agradezco el haber nacido en una época de pocas opciones; en donde existían unas 8 carreras universitarias disponibles y unas pocas opciones de vida que conducían todas a un mismo lugar, porque en este mundo tan multiopcional viviría seguramente muy perdido y abrumado por un abanico de posibilidades inconmensurables.

Hace unos días le pregunté a un gran chef cual de todos sus platos era su preferido. Me respondió: el huevo frito.

Entendí que lo que verdaderamente somos se esconde muchas veces, en lo más sencillo.

JR

“Infectado Acomplejado”

De todas las aleatoriedades que presenta la vida, la salud es sin duda la más impredecible de todas.

Uno puede ir por la vida presumiendo de que es muy sano, hasta que te detectan una enfermedad incurable.

Por lo cual, no es bueno colgarnos aquellos méritos que no nos son propios.

Muere antes el sano de la picadura de un mosquito que el enfermo de cancer terminal, porque gozar de una buena salud no es garantía de vida.

La enfermedad nunca es merecida; toca a cualquiera y en cualquier momento y sentirse superior a los demás por estar sano o por no haberse contagiado de algún virus, es una de las vanidades más ridículas de las que pueda presumir un ser humano.

Lo bueno de esta pandemia es que nos ha ayudado a descubrirnos el carácter.

Los valientes y los cobardes se han puesto en evidencia, los solidarios y los miserables, los cuidadosos y los traicioneros y los juzgones; esos que quemarían sin dudar en la hoguera a quien se baje un poco la mascarilla.

Luego nos extrañamos de aquellas épocas de barbarie en donde se quemaban a las brujas de Salem y nos preguntamos … cómo se podía ser tan cobarde y tan cruel con los demás…Lo seguimos siendo señores, sólo han cambiado las ropas y el skyline de las ciudades.

Cuando mi familia y yo pasamos el coronavirus sin ninguna complicación más que las molestias típicas de una gripe fuerte con tos, mis amistades me recomendaban no contarlo a nadie, para no ser estigmatizado.

Yo sin embargo, lo iba contando a todo el mundo, porque creía que la Edad Media ya había sido superada y porque siempre consideré que haber pasado una enfermedad podía conllevar un aporte de data valioso para cualquier otra persona, en vez de significar una vergüenza para mi.

Siempre admiré a los supervivientes de cancer y de todas esas duras patologías, que luchan con ímpetu y con dignidad y a quienes miro con admiración y respeto y de quienes siento que tengo mucho para aprender.

Pero parece que hay ciertas enfermedades que deberían darnos más vergüenza que otras. O contarse únicamente cuando ya no es posible seguir ocultándolas.

Es muy común que la gente esconda la dolencia, mientras va presumiendo sin pudor de su prepotencia y es que somos así, solemos equivocar mucho las vergüenzas.

Cuando observamos los alarmantes datos de los contagios por coronavirus en el mundo nos llama mucho la atención de que nadie conocido lo haya pasado. ¿Adónde están todos los contagiados?

Según mis amistades, están todos escondidos para no ser estigmatizados.

Pasa lo mismo que en las elecciones de 2016 en los Estados Unidos cuando ganó Trump sin que nadie confesara haberlo votado.

Y es que así funciona la condena a la estigmatizacion y el miedo que genera es igual en todos lados.

También están aquellos que alardean de que sus mentes fuertes les previenen de cualquier clase de enfermedad. “Las mentes fuertes somos immunes” me dijo un amigo hace unos días, ahora, lo malo de la locura es que no hay forma de auto percibirla, sino que siempre te la terminan detectando los demás.

Hay orgullos que matan y con la salud la mejor actitud es siempre la humildad, porque ella no discrimina a nadie y mucho menos a los sanos.

Y así van escondiéndose los millones y millones de infectados acomplejados, cómplices de la locura colectiva, en este mundo tan verde y solidario con el lejano y tan cruel y despiadado con el vecino.

Se comportan como si el coronavirus fuese una enfermedad crónica y eterna que no se cura nunca, contagiosa, vergonzosa y digna de estigma.

Como sospechaba, han cambiado las catedrales, pero la actitud medieval sigue siendo viral.

JR

“La peligrosidad de Vivir”

Durante estos tiempos de virus y de una prolongada y masificada campaña del miedo, muchos han confirmado su sospecha de que evidentemente, vivir era muy peligroso.

He notado últimamente, que toda la gente aprehensiva y temerosa que conozco, habita estos tiempos con la moral mucho más alta. Y no es otra cosa que la sensación de complacencia que otorga la confirmación de la propia sospecha.

-“Yo lo sabia…” parecen murmurar entre dientes, presumiendo de que por fin, sus vidas llenas de miedos, de fobias y de alergias, no sólo estaban justificadas, sino que ahora son trending topic global.

Lo sorprendente de esta pandemia no es que nos haya hecho valorar lo que teníamos antes, como dicen algunos, sino que nos haya inducido tan rápidamente hacia un pánico colectivo e irracional y hacia un aislamiento voluntario y patológico.

Siempre observé a mi alrededor vidas llenas de vida y vidas llenas de nada. Y curiosamente, los seres más aprehensivos y temerosos en esta pandemia son aquellos que tenían vidas llenas de nada.

Los otros, siguen viviendo sin miedo, por lo cual, sospecho que la nada tiende a querer prolongarse indefinidamente en el tiempo, se cuida y se cultiva como si fuese valiosa.

La nada y el miedo se atraen y se potencian mutuamente y donde hay miedo no crece nunca nada.

Hace unos años, una amiga mía decidió estudiar para ser científica. A los pocos meses le pregunté cómo iba la carrera y me respondió que cuanto más estudiaba, más miedo a todo tenía.

“Que estemos vivos es un verdadero milagro” me decía, conociendo ya en profundidad, todos los ataques de agentes externos a los que un ser vivo está expuesto a cada instante.

Mi amiga no ha salido de su casa desde Marzo del 2020 y sigue aún, voluntariamente encerrada allí.

Por lo cual, no sé si será una buena científica o no, pero definitivamente el saber la ha conducido a una académica locura.

Muchos aseguran que para vivir intensamente hay que estar un poco loco, pero cuando veo a los encerrados, me pregunto si dejar de vivir en vida, no es en realidad la verdadera locura.

El trasfondo de la paranoia actual está en que hemos borrado a la muerte de nuestra agenda mental.

Nos hemos olvidado de que estamos en esta vida para vivir y para morir. Y si no es hoy, será mañana, pero es inevitable.

Que un chico de 20 años piense en la muerte es raro, pero que una persona de más de 80 años no lo haga, es patológico.

Un mundo en donde los viejos se sorprenden y se horrorizan ante la probabilidad de morir, es señal de que la muerte se ha eliminado hasta niveles alarmantes.

Pero existe una única cosa que podemos evitar y eso es el vivir muertos, podemos evitar desaprovechar la única oportunidad que tenemos de estar vivos, antes de que los presagios de mi amiga la científica acaben para siempre con nosotros.

Vivir siempre fue peligroso, pero no atreverse a hacerlo es una verdadera locura.

JR

“Elecciones Discriminadas”

La consigna de nuestras mentalidades contemporáneas consiste en propender hacia la autonomía y la independencia.

Todos hemos ido aprendiendo, nos guste o no, a amoldarnos a los nuevos tiempos y a sus nuevos paradigmas inclusivos; con coraje, con convicción o aceptación; pero ante todo, con respeto y elegancia.

Hoy, cada uno es dueño de su propio cuerpo, de su sexo, de su reproducción, de su muerte y de todas las elecciones que atañen a su libertad individual.

La eutanasia, el aborto, la maternidad subrogada, la libertad sexual o la elección del propio género, son algunas de las concesiones que nos atañen desde niños y por ley a casi todos.

Y todo aquello que vaya en contra de esas libres elecciones es considerado ilegal o discriminatorio.

Hemos conseguido a través de los siglos, ser nosotros quienes decidamos sobre nuestro propio cuerpo.

Podemos incluso decidir ser hombres, ser mujeres o ser seres “fluidos” (personas que fluyen de una sexualidad a otra, sin identificarse con ninguno de los dos sexos).

También podemos decidir si abortamos o si seguimos adelante con un embarazo, o si afrontamos una enfermedad mortal u optamos por la eutanasia.

Sin embargo, la aplicación de la vacuna contra el COVID no parece seguir este mismo patrón y comienza a circular que será obligatoria, con la excusa de que la negativa a darnos dicha vacuna, expone a los demás a una cruel enfermedad.

Pero en el caso de haber pasado la enfermedad y de haberla superado con mis propias defensas o simplemente, de no fiarme de los efectos colaterales de la vacuna a corto y a largo plazo. ¿Por qué estoy obligado a dármela?

¿No soy acaso dueño de mi cuerpo?

¿No era “my body my choice” el lema de toda esta civilización liberada occidental?

Este tipo de imposiciones nos sobresalta a todos aquellos que creemos vivir en un mundo en donde tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra propia vida, a cada momento.

La elección de ponernos o no una vacuna de dudosa efectividad y de múltiples efectos colaterales, pareciera no pertenecer al resto de libertades inclusivas, tan promocionadas por los movimientos de izquierdas.

Toda esa “libre elección”sobre el propio cuerpo, de pronto desaparece ante una imposición que descarrila el argumentario de libertad y de autonomía, en el que se nos ha ido adoctrinando durante décadas.

¿Soy o no soy dueño de mi cuerpo?

¿O es que sólo soy dueño de mi cuerpo para aquellas cosas que concuerden y promocionen a la ideología de turno?

¿Es acaso el concepto de libertad una falacia, acomodada a los intereses creados? ¿Una libertad que va variando de entonación y de color según la conveniencia del partido?

¿Es la liberación contemporánea un deseo real de libertad o es una excusa para fracturar aún más el tejido social, fomentando la creación de bandos rivales que fortalecen a los gobernantes y debilitan a los gobernados?

Hay un virus mucho más peligroso dando vueltas, uno que no se esquiva con vacunas y es la manipulación reiterada y organizada, que arrea a las vacas hacia el matadero, tarareándoles cánticos de libertad.

JR