“Ética y Estrategia”

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En el mundo posmoderno la empresa ha dejado de ser esa entidad en donde se trataba sólo de obtener beneficios y de distribuir dividendos entre los accionistas, para convertirse en un ente que aspira a contribuir con el bien común; sea éste humanitario, científico, cultural o ecológico.

La desaparición de aquella moral religiosa del sacrificio y de bordes estrictos de aquel “dar hasta que duela”, ha sido superada por una nueva moral, que no se basa ya en una caridad impuesta desde el exterior, sino que procura darnos una conciencia de responsabilidad; moldeable, individualista e indolora; pero más acorde a los nuevos tiempos. 

En vista de la aparición de un consumidor responsable, hiperinformado y que posee una amplitud enorme de productos similares entre los cuales elegir, la empresa debe ahora diferenciarse del resto, no sólo en calidad, imagen, precio, comunicación, innovación y diversidad de productos; sino también éticamente.

En las escuelas de negocios desde hace años se viene formando a profesionales en una conciencia ética y en la capacidad  para diseñar nuevas estrategias que enamoren al consumidor y rentabilicen a la empresa. 

Hoy se invierte en el corazón y cada empresa busca su alma. ¿Qué es lo que la mueve? ¿En qué invierte? ¿En qué cree? ¿Cuáles son sus valores?  Son algunas de las preguntas que se hace el neoconsumidor antes de elegirlas.

En este rediseño moral de la empresa se han involucrado los filósofos y los coaches como parte del staff, a modo de evangelizadores New age, que van moldeando al personal en concordancia con la nueva ética empresarial elegida por la marca.

De esta re programación no se libran ni los altos directivos, que son reeducados sistemáticamente en los nuevos valores y en los nuevos comportamientos que exige esta nueva era empresarial. 

Para buscar su alma cada empresa elige un mecenazgo a conciencia y acorde con su imagen y procura que su generosidad esté siempre a la vista y bien comunicada.

La solidaridad mediática es un negocio win- win, (en donde todos ganan) y aporta en estos tiempos muchos más beneficios que cualquier otra campaña publicitaria de producto. 

Esta estrategia publicitaria se ha difundido también entre actores, periodistas, artistas, deportistas, políticos y banqueros, que hoy recurren a una vistosa solidaridad como método para ganarse la simpatía y el corazón del público.

La caridad espectáculo que pone a la causa en primer plano es el escaparate perfecto para venderse sin hablar de sí mismo o del producto y guardando un disimulado segundo plano, ya que está comprobándose que a menor ostentación, mayor es el impacto que produce esta estrategia.

Si bien es cierto que las empresas colaboran hoy como nunca antes en labores humanitarias y sociales, impulsando la investigación científica y protegiendo el medio ambiente, no debemos olvidar que estas responsabilidades le corresponden en realidad a los estados con el dinero público,pero ante la falta de responsabilidad política son las empresas las que hoy toman las riendas.

Por eso el votante es cada vez más propenso a confiar más en empresarios y menos en políticos.

El mundo va cambiando y va despertando con su movimiento nuevas formas de conciencia y alertándonos sobre las ventajas que éstas nos aportan a corto y a largo plazo.

A aquellos que vaticinaban destinos catastróficos para esta sociedad insaciable de consumo, debo decirles que la sociedad nunca antes en la historia habia sido tan responsable sobre su papel en el planeta.

El consumo, lejos de destruir la conciencia, la ha creado. 

Hoy el Business ya no es sólo business. Hoy el business es ético y la ética es business; porque nos compensa a todos y además, paga buenos dividendos.

 

JR

“Existencia a la Carta”

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De niño lo que más me impactaba era la multiplicidad de opciones que ofrecían los menús de los restaurantes.

Nosotros vivíamos en un entorno rígido, de normas sociales estructuradas, que a la vez moldeaban el pensamiento y las preferencias, acotando los espacios en donde elegir.

Las opciones por aquel entonces eran pocas y las conocidas por todos, pero el menú del restaurante con sus 10 páginas llenas de platos, eran para mí un deleite en donde se nos permitía ocasionalmente, saborear las delicias de la libertad y elegir ese día lo que íbamos a comer.

Hoy sin embargo, prefiero los menús escuetos de pocos platos, porque el exceso de posibilidades me agota.

Y el mismo agobio que me provocan los menús con demasiadas opciones, lo siento también con la televisión; aquella oferta inmensa que hace sólo unas décadas me emocionaba, hoy me satura y siento que este exceso de posibilidades es quien me ha devuelto a la lectura.

Cuando llevo a mis hijos a comer fuera  intento obligarles a pedir todo lo que nunca cocinamos en casa, impulsándoles a probar cosas nuevas y deseando que ellos también aprovechen esa libertad, de la misma forma en que lo hacía yo. Pero he comprendido que es inútil intentar que alguien que no ha conocido su falta, la valore como uno.

Mis hijos, acostumbrados a esta nueva sociedad psicologizada, en donde todo se les consulta y se debate, condenan cualquier signo de autoridad como a un ultraje a su derecho de ser libres.

Sin duda el derecho fundamental que nos ha ofrecido la Democracia es el derecho al cambio y a la diversidad de pensamiento y de opciones.

La Democracia ha terminado con aquellos sistemas autoritarios y disciplinarios que  imponían rigidez tanto en lo social, como en lo económico o en lo político y hoy todo está sujeto a la opción, a la opinión y al cambio.

En estas últimas décadas al individuo se le ha abierto un horizonte que hasta entonces le era desconocido; un ámbito móvil que le autoriza al libre deslizamiento de un lado hacia otro, en todos los aspectos de su vida.

Nadie está ya aprisionado a un ámbito físico, social o económico definitivo, ni condenado a permanecer siendo pobre, inculto, o a pasar socialmente inadvertido, porque hoy el individuo tiene posibilidades de cambiar su realidad privada, social o económica si lo desea y si está dispuesto a hacerlo.

Esta democratización del mundo se ha ido colando en todos los ámbitos y uno puede hoy ser quien desee ser y diseñar su propia vida a la carta.

La sociedad disciplinaria, en donde los sistemas morales establecían el comportamiento de los individuos se ha remplazado por una sociedad psicológica y permisiva, abierta a todo y enemiga de toda censura; en donde todo es viable y todas las opciones están siempre disponibles.

Pero pareciera que nuestra sociedad actual no se limitara ya a ofrecer una multiplicidad de opciones y a diversificar la tolerancia, sino que nos incita y nos impone el cambio, como única forma de existencia libre.

La quietud y la inmovilidad son hoy sinónimos de falta de libertad, aún aunque las elijas, porque existe un mandato tácito hacia el cambio que hoy en día, lejos de representar la posibilidad y disponibilidad de opciones, se ha convertido en una obligación.

Las nuevas ideologías sostienen que uno ya no está definido ni siquiera por la propia naturaleza y que la libertad de elegir, no excluye ni siquiera a la realidad de ser un hombre o ser una mujer.

A los niños se les enseña desde muy pequeños un panorama de “vida a la carta” en la que se les ofrece todas las opciones disponibles, pero mucho antes de que aparezca en ellos la necesidad de buscar esas opciones.

Si bien la libertad en dosis adecuadas resulta estimulante para los niños, en dosis extremas sin embargo, puede provocar mucho desconcierto, porque para poder manejar la libertad, uno necesita conocer primero sus propios bordes.

Existe actualmente una nueva dictadura de la libertad, que no deja el espacio necesario para esta auto delimitación personal, ni para el crecimiento, ni para la maduración.

Cuando pienso en esta sobredosis de libertad desde edades tan tempranas, me invade una sensación de vértigo y de vacío y me imagino flotando en el espacio, en un entorno totalmente ilimitado y abierto, en donde me encuentro igual de impotente que un esclavo y ansío desesperadamente encontrar algo fijo a lo que ceñirme; algo que me contenga y me limite.

¿Será así como se sienten estos niños?

Y es en esas pesadillas de libertad, en donde los límites dejan de parecerse a una privación de opciones, para ser en cambio, lo que nos salva.

JR

 

 

 

“La cultura del Bienestar”

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Todo aquello que se acelera va incursionando inevitablemente en otros mundos. Uno avanza y a medida que avanza, va descubriendo espacios nuevos que anhela conquistar.

El impulso imperante de auto superación no se limita en estos tiempos al ámbito de lo profesional y de lo material, sino que poco a poco, avanza también hacia el mundo de las sensaciones. Uno debe ahora además de progresar, sentirse bien. 

El superhombre ya no desea superarse con el único fin de alcanzar un éxito que le permita el acceso a las cosas y a una reputación, sino que va más allá y anhela ahora conseguir un bienestar, al que aspira llegar con ese mismo tipo de esfuerzo.

Toda auto superación va ligada a una sobrexigencia, que por supuesto supone un sufrimiento y un cansancio, porque todo aquello que se fuerza, duele; como duelen las piernas después de una clase de gimnasia.

La cultura del bienestar impone a las sensaciones placenteras como objetivo y nos mentaliza en que cada acción debe de estar unida siempre a una sensación de placer que la valide. “Si no lo gozas, no sirve”.

Pero el trabajo, esa actividad forzosa a la que estamos obligados, corre un grave peligro porque inevitablemente en cada ocupación, siempre hay sensaciones desagradables. Y por muy maravilloso que se pinte a un trabajo, todo trabajo tiene su parte pesada, su esfuerzo y su lado oscuro, porque esa es la cualidad intrínseca del trabajo.

Por lo cual, esta nueva imposición de ser siempre felices y de sentirnos siempre bien, genera un cortocircuito en todo ser humano trabajador y sobre todo en las nuevas generaciones, que aún no conocen el trabajo y que esperan de él una sensación de bienestar continua y prometida, que por supuesto no encontrarán al 100 por cien jamás en ninguna ocupación. 

Esta tendencia hedonista que considera al placer como objetivo último se propaga ya por todos lados.

Existe un mercado emergente focalizado en las sensaciones que conquista todos los ámbitos.

Los placeres 360 grados triunfan y a la vez confunden y provocan sensaciones contradictorias en los individuos que no las alcanzan, y que dudan, de si el problema son ellos o es el trabajo.

En estos tiempos la atención no está puesta en la utilidad del producto, sino en las sensaciones que provoca y en el ambiente placentero en el cual se lo presenta. Hoy importa más el packaging, la decoración y el perfume ambiental de la tienda, que la utilidad del producto en si mismo.

Se motiva al consumo, ya no por la necesidad del objeto, sino por las sensaciones placenteras que produce el consumir. 

_“Lo importante es que te sientas bien” _ es la consigna en estos tiempos. 

Pero sentirse bien todo el tiempo no sólo es imposible, sino que además se convierte en un nuevo mandato.

En esta búsqueda prioritaria por “sentirse bien” parecen ya no importar las consecuencias que produzca un comportamiento hedonista e irresponsable, en una sociedad cada vez más enfocada en el sí mismo y en la búsqueda de la sensación como norma y habituada al dopaje en todas sus variantes como única opción para encajar dentro de esta tendencia que sólo admite a una sensación: el placer.

Todas las demás sensaciones quedan vedadas del abanico sensorial contemporáneo. 

Esta búsqueda frenética por el placer 360 grados no está acotada a una juventud ávida de experiencias, sino que no tiene límite de edad y nos ha acostumbrado cada vez más, a la proliferación de hogares rotos, porque para quien busca un placer siempre renovado, una relación estable o una familia resultan un impedimento. 

Pero la imposición de la cultura del bienestar es más dañina en aquellas sociedades en las que no se han alcanzado los niveles de progreso adecuados, porque esta consigna del placer como objetivo último, aumenta la sensación de precariedad, de sufrimiento, de desigualdad y de resentimiento en poblaciónes carenciadas.

Desgraciadamente, se ha malinterpretado al bienestar y se lo ha establecido como a un derecho universal, en vez de entenderlo como al resultado del desbordamiento de la abundancia.

La abundancia que produce el trabajo, es lo que crea el bienestar y no al revés. Y pretender un bienestar sin hipertrabajo, resulta altamente perjudicial para cualquier sociedad. 

La abundancia es el resultado natural  de una sociedad hiperproductiva que enfocada en el trabajo, deja como consecuencia y como opción, la posibilidad de un bienestar.

El superhombre productivo es sin embargo, quien menos se permite estos lujos porque generalmente suele dedicar la mayor parte de su energía al trabajo y cuando lo hace, suele encarar a esta nueva opción de bienestar como a un nuevo objetivo, al que persigue con ese mismo ahínco y se dedica a los deportes, a los viajes y al ocio en general, con el mismo fanatismo con el que se dedica al trabajo.

Otros ven en la cultura del bienestar a una posibilidad de vivir sin trabajar y aprovechan este pseudoderecho que les corresponde, gozando de este imaginario estado, enmascarando a una sensación latente de inutilidad y de total dependencia.

Y aquellos que viven al trabajo con el esfuerzo y con la aceptación de sus luces y de sus sombras, entienden al bienestar como a la oportunidad para la desaceleración en todas sus formas.

JR

 

 

“Generación Netflix”

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Educar es como caminar sobre una cuerda floja, porque para mantener el equilibrio, uno no puede irse ni demasiado hacia un lado, ni demasiado hacia el otro.

Ni siempre “si” ni siempre “no”, porque cuando todo es “si” se acostumbra al niño a la irrealidad y cuando todo es “no “se lo conduce hacia la frustración y hacia el desánimo.

Los “no” dan el valor a los “si” y los “si” dan valor al “no”.

Todo buen funcionamiento responde siempre a un sistema de equilibrios, que actúa de forma alternada según la circunstancia, pero respondiendo a una causa y produciendo una consecuencia.

Asi funcionó siempre nuestra sociedad: de ambientes muy estructurados y moralistas salieron hijos hippies y de los hippies, salieron hijos que espantados volaron a trabajar a Wall Street.

Para dominar el equilibrio en estos tiempos digitales, mi amigo profesor enseña cada día llevando una peluca de un color distinto a clase. Los niños saben que en su clase hay un ambiente serio para el estudio, pero que en cualquier momento puede adquirir un tono festivo.

Sólo hay que estar atento a los distintos momentos dentro del aula. Y cuando empieza la fiesta, nadie se corta un pelo  porque… ¿Qué inhibiciones puede tener un niño pequeño que tiene un profesor con peluca?

La generación digital, acostumbrada a aprender, a informarse, a relacionarse, a jugar y a entretenerse a través de una pantalla, necesita un equilibrio que sólo lo proporciona el contacto humano.  Y la fiesta, también actúa como factor desestructurante y como contrapeso, porque de lo contrario,  el individuo digital reserva toda su diversión y su risa para el espacio privado que pasa frente a una pantalla. 

El joven actual, acostumbrado a relacionarse virtualmente y con emoticonos, teme además con pavor al discurso oral, por eso hoy existen cantidad de cursos para aprender a comunicarse verbalmente con personas off line y jóvenes que no se apañan ni para pedir una pizza por teléfono, sin atolondrarse y estropear el pedido.

La digitalización ha favorecido la hipercomunicación, pero a la vez, ha entumecido la comunicación física a todos los niveles. 

La generación Netflix sólo necesita de wiffi y una buena serie para pasar una buena velada y aquellas antiguas juventudes, desbocadas y alcoholizadas que se evadían en la fiesta permanente, no pertenecen ya a estas juventudes contemporáneas de las que hablo, porque la única adiccion peligrosa de la generación Netflix es el exceso de conectividad.

La generación Netflix disfruta de espacios recreativos individualistas y saludables, es adicta a las series, a los juegos y a la vida virtual, pero es consciente de que de vez en cuando, también necesita algunos espacios de alegría off line.

Una parte de esta generación, los mayores, acostumbrados al viejo hábito de conversar y a la reunión social pequeña, la protegen como si fuera un rito antiquísimo que no desean perder; pero en los más jóvenes la tendencia es diferente.

Al salir de su universo netflico individualista, sus preferencias son participar en eventos masivos de lo más diversos.

Lo mismo participan de la fiesta del Orgullo, como de la celebración de Halloween, del triunfo del campeonato de fútbol, de la feria del pueblo, de los encierros de Pamplona, del  Año nuevo Chino, de la tomatina, o de la Navidad; pero su pasaje de la pantalla a la alegría colectiva, continúa esquivando la comunicación, ya que se utiliza a este tipo de eventos únicamente como promotores de alegría masiva y no como encuentros comunicativos entre sus participantes.

De todas maneras, los individuos Netflix más jovenes pasan más tiempo subiendo fotos y respondiendo a comentarios en Instagram, de lo que están realmente presentes en estas celebraciones.

La fiesta como evento identitario ya no existe para esta generación, porque ellos celebran sólo por celebrar, no por querer identificarse o pertenecer a un grupo, ni como acto que les vincule especialmente a ningún colectivo.

La generación Netflix es hija de la generación ideológica y comunitaria; por eso se ha desvinculado de las ideologías con asco y se ha sumado sin compromisos al interés general y al entretenimiento per-se. 

Esta tendencia a la transversalidad es como una línea que no se posiciona ni a la derecha, ni a la izquierda y puede percibirse desde fuera en ocasiones, como a una especie de ignorancia, una tibieza, una falta de interés o simplemente como a la pereza por posicionarse en algún lugar definido que les obligue a defender y a tener que sostener verbalmente una postura fija por demasiado tiempo. 

(No olvidemos tampoco, que el individuo Netflix está acostumbrado a ser un espectador)

Sin embargo, un individuo verdaderamente transversal es en realidad, aquel que renuncia a colocar sus ideas en el espectro político clásico de izquierda y derecha indefinidamente y que habita en una diagonal que toca puntos distintos y alternos, según la circunstancia.

Muchos lo llamarán oportunismo o conveniencia; pero para el hombre Netflix esto implica un ensanchamiento en la mirada, que ya no queda aprisionada en la ideología o en la visión pautada por una comunidad identitaria. 

Los políticos tradicionales, que contaron siempre con apoyos ideológicos eternos e incondicionales (uno nacía y moría comunista, liberal, demócrata, republicano, católico o musulman) ya no pueden contar con seguridad con esta generación hiperconectada, hiperinformada e hipercomunicada; que habita un mundo hiperdinámico de consumos, de entretenimiento, de redes y de cambio; que detesta la televisión común, desconfia de las noticias, evita los telediarios y no conoce ni concibe alianzas eternas con nadie.  Y que dirige su voto de la misma forma en que vive; mutando transversalmente de serie, según su perfil.

 

JR

 

 

 

“Homo Medicus”

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La civilización saludable, que ya no sufre epidemias que diezmen poblaciones enteras, padece sin embargo, de muchos otros males.

Hoy las obsesiones son el tiempo y la salud.

En la actualidad la vida eterna ha dejado de ser un tema religioso para convertirse en un tema científico y mientras se cantan los salmos en las iglesias y se jura creer en la resurrección y en el reino de los cielos, al salir de allí, todos corren a apuntarse a la lista de espera de la clínica privada que antes les ofrezca una vida eterna aquí en la tierra.

La realidad es que nuestra obsesión por el cuerpo y por los placeres mundanos supera hoy a cualquier fe.

Nadie quiere irse, ni aunque le prometan encontrarse con Elvis en el cielo; en ese caso, argumentaríamos que Elvis sigue vivo y nos quedaríamos con la excusa de encontrarle.

Lo curioso es que la obsesión por la salud no aparezca en la enfermedad, sino cuando uno está sano.

Los sanos son quienes están obsesionados ahora con la salud y a esto se le llama “medicina preventiva”.

Vamos jugando a prevenir enfermedades de las que aún se desconoce su origen, con cualquier cosa que se ponga de moda; un día es el tomate, la semana que viene la soja, la siguiente la manzana y así nos mantienen entretenidos y probándolo todo, cual ratas de laboratorio.

Míentras uno está sano, en vez de disfrutar, vive preocupado por enfermar. O como dicen los apóstoles de la prevención “los sanos sólo son los enfermos del mañana”.

Un amigo mio toma tantas pastillas preventivas, que nunca sabremos cuál de todas ellas, es la que le mantiene tan espléndido.

Me ha dado varias, pero he decidido alternarlas cada tres meses, así en caso de que muera, podré saber cuál de todas me ha matado y hacer mi pequeño aporte a la comunidad científica.

También están los anti- todo, esos que están en contra de las vacunas, de los antibióticos, de la legalización de la marihuana, de la fertilización in vitro y de todos los avances. Sin duda esos son los peores, porque han hecho resurgir enfermedades ya erradicadas en el mundo, por su obsesión a llevar siempre la contraria con una descarada tendencia a la ignorancia.

La cultura preventiva nos exige además de ejercicio y de una alimentación milimetrada, (en donde uno en vez de comer, suma y resta), una preservación adecuada para poder morir pareciendo joven, con los dientes blanqueados y el botox aún tirante y quien imagine a la vejez como a una etapa relajada, debo decirle que está totalmente equivocado.

Con la primera arruga se desata una guerra que uno sabe de antemano que no podrá ganar, pero de todas maneras, se alista para lucharla. Finalmente, cuando alguno se asome al cajón comprobará que con 90 parecía aún de 30 y en la lápida inscribiremos “aquí yace un hombre que a pesar de ser ateo, creía en la vida eterna”.

Ahora también es muy común que las madres primerizas enloquezcan con la obsesión de la salud y la higiene de los hijos después del primer parto.

No importa que la humanidad no haya visto jamas una época más desinfectada que ésta, ellas temen obsesivamente a todos los contagios y van ahuyentando poco a poco a los amigos, a los familiares e incluso a los maridos, si no cumplen sus estándares de limpieza y desinfección a rajatabla, hasta que el niño cumpla los 18.

Y a pesar de tener tanto internet disponible, no hay aún nadie tan valiente en esas nubes, como para convencerles de que la única enfermedad contagiosa, se esconde dentro de esos cerebros tan desinfectados.

Yo recuerdo el nacimiento de mi primer hijo y mi angustia al pensar cómo alguien como yo, iba a poder mantener vivo a ese diminuto ser humano.

Mi madre me tranquilizó diciéndome que vivir siempre había sido peligroso, y si la superpoblación mundial había podido superar sin inconvenientes todos esos peligros, había muchas garantías de supervivencia. 

Y tuvo razón. Mi hijo sobrevive y esos seres humanos diminutos, no son tan frágiles como parecen.

Una amiga mía no sólo temía a los contagios, sino que cada vez que el niño lloraba le echaba la culpa a alguien. Decía que alguno le había echado al niño un “mal de ojo”. Ante semejantes temores evitaba visitarla, a menos que hubiera otras personas presentes, a quienes pudiera acusar de tener un hijo tan llorica y malcriado.

La auto medicación, tan criticada pero tan necesaria en lugares en donde la sanidad está colapsada por nimiedades, es quien ha mantenido a todos mis hijos sanos.

He aprendido a curar resfríos, gripes, neumonías, anginas, ulticarías, picaduras, cortes, quemaduras leves, inmsonios y ansiedades, sin pisar nunca un consultorio médico y evitando así, pasar horas esperando a que me atiendan, mientras nos contagiábamos de todos los virus de la sala de espera.

A pesar de tener un seguro privado me considero, por ahora, uno de sus mejores clientes, porque sólo he acudido a la consulta para vacunar y para que nos cosan las brechas de la bicicleta, y eso, sólo porque la aguja aún no la domino a la perfección.

Pero creo que un buen curso de enfermería debería ser obligatorio en la escuela secundaria, dado que la sanidad pública está cada vez más colapsada y corta de presupuesto, y la gente cada vez más obsesionada con su salud.

¡Qué sería de nosotros sin la auto medicación! ¡Conseguir droga es hoy mucho más fácil que conseguir un antibiótico! Tienes que terminar ingresado con neumonía para que te receten uno, porque la sola pronunciación de la palabra “antibiótico” es hoy un pecado mortal. Y como todo lo prohibido, goza ya de su propio mercado negro.

Pero de todas ellas, son las nuevas enfermedades psicológicas, las que se curan mejor, porque éstas sólo necesitan de un buen proceso de limpieza y reseteo.

Sólo necesitas a alguien que sepa contar buenas historias y que esté un poco más loco que tú, para superarlas. Vuelves a casa sintiéndote cuerdo y hasta un poco rancio y aburrido en comparación, y cansado de darle siempre tantas vueltas al mismo problema.

La mente necesita, cada tanto, dar un salto cuántico porque ésta no tiene otra solución, que cambiar radicalmente de órbita de vez en cuando para mantenerse sana. 

Mi hijo de 10 años cuando tiene insomnio o está nervioso baja a mi habitación, le medico con un “tic tac” de naranja y duerme como un ángel y cuando le subo un poco la dosis, se queda dormido en la escalera y tengo que llevarle hasta su cama en brazos.

Así funciona la homeopatía y así se curan las mentes: sólo necesitas un poco de fe y alguien de mucha confianza. 

A todos nos asusta la enfermedad, pero lo que más miedo miedo nos da, es el dolor.

Yo he estado enfermo pocas veces, pero no tengo dudas de que la enfermedad es lo que te desapega de la vida y funciona como una ayuda para marcharse sin tantas resistencias.

Cuando te sientes muy mal, el mundo desaparece y es mucho más fácil decir adiós. 

Una vez me descompuse en un barco y sentí que iba a morir. Quedé abrazado a una papelera junto a algunos turistas chinos que sollozaban y vomitaban a mi lado. Me olvide de mis hijos, (que andaban por ahí dentro del barco) y de todo lo demás.

Morir en ese momento hubiera sido un alivio. Me hubiera ido ese día sin ninguna resistencia y sin ningún apego, con tal de escapar a ese malestar y poder soltar de una vez esa papelera.

Es el bienestar y nuestro mundo confortable y afectivo lo que nos apega a la vida, es por eso que la vida ha cobrado una dimensión diferente en estos tiempos tan saludables.

Las vidas miserables, las vidas con dolor, no valen tanto, ni provocan tanto apego.

Está muy bien cuidarse, pero el cuidado no debería impedirnos ni la vida, ni sus encantos. 

Hay incluso gente que no se enamora para no sufrir. ¿Y así es como vivimos? ¿Evitando vivir?

Está claro que estar vivo conlleva siempre algunos riesgos, pero no somos ni tan frágiles ni tan necesarios como creemos ser y la muerte nos lo recuerda siempre, sin preservar eternamente a ninguno.

Ella se lleva a todos sin distinción y no ha hecho excepciones, ni con los Mozarts, ni con los Jesucristos, ni con los Einsteins, porque no considera que nadie sea imprescindible.

La vida es sólo una oportunidad que nos durará poco tiempo y deberíamos aprovecharla sin tantos miedos; porque vivir siempre ha sido peligroso, lo otro, se llama “vida preventiva”. 

JR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La letra Pequeña del Sueño”

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Cuando éramos niños y admirábamos los yates majestuosos en los puertos, mi madre nos decía que esos enormes y preciosos yates, daban muchísimo trabajo a sus dueños.

De esa forma entendimos desde chicos que la riqueza era también una preocupación y algo sólo concebido para unos pocos.    

Desistimos así y sin ningún sufrimiento, de perseguir objetivos excéntricos o inalcanzables, a la vez que comprendimos que no teníamos tampoco la obligación de cumplir expectativas parentales de riqueza.

Hoy en cambio, los padres admiran y fomentan el deseo de riqueza frente a sus hijos ¿Quién no ha visto a un padre soñar con tener un hijo millonario o famoso como Messi, para que mantenga a toda la familia?

¿Y quién no ha visto a esos pobres pequeños que en cada partido corren por conseguir el sueño del padre ambicioso y que por desgracia sólo cumplirán muy pocos?

Al resto nos queda ser gente normal, trabajadora, emprendedora, feliz en lo nuestro, de esa que alquila un pedalin en la playa y se lo pasa de miedo.

En el mundo moderno se nos incita a soñar continuamente, pero no como sueña mi gato; (quien según mi hija pasará el 70 por ciento de su vida durmiendo); sino como sueñan los hombres, que no nos conformamos sólo con existir como el gato, sino que deseamos “ hacer”, “ser alguien”, “dejar un legado”, “cambiar algo”.

Sin duda todos debemos soñar, hacer e intentar dejar nuestro pequeño mundo mejor a cómo lo encontramos. Pero este objetivo parece no ser suficiente, si no somos vistos, reconocidos, exitosos o famosos.

Ya lo decía Nietzsche con su voluntad de poder, que lo que nos hace hombres es esa voluntad de superarnos, de querer dejar un rastro visible que nos haga sentir vivos y así dejar de ser sólo seres que existen.

Pero en estos tiempos de hiperconsumo la falta de reconocimiento o de éxito material no sólo provoca sufrimiento por las privaciones materiales que ofrece, sino que afecta psicológicamente a los individuos que la experimentan como a una crisis de identidad; una experiencia humillante y deprimente que acarrea sentimientos de vergüenza y de auto devaluación.

Hoy en día las enfermedades psicológicas están a la orden del día en todas sus variantes, y es que el “no cumplimiento del sueño” ha disparado enormemente  los índices de depresión y de violencia, porque esta nueva precariedad ( sea material o de reconocimiento) ha fomentado a un individuo que se descalifica sistemáticamente a sí mismo y está además ofendido con el entorno que según él, no le ha permitido cumplir el sueño.

La mala interpretación del sueño americano es interpretarlo como éxito y reconocimiento, en vez de entenderlo como a una posibilidad de progreso y de superación.

Lo que sucede es que el progreso duele, es incómodo, es madrugador, pasa noches en vela, no tiene fines de semana y trabaja hasta el cansancio, en cambio el éxito soñado es instantáneo e indoloro. 

Todo aquel que sueña debería informarse bien sobre las condiciones y efectos secundarios de cada tipo de sueño, (esos que vienen en letra pequeña y que nadie te lee para no quedar como un pesimista).

Hoy el “american dream” es el emblema de la mentalidad occidental que aspira a mejorar y a mejorarse, a superar y a superarse, pero quien lo identifique únicamente con el éxito material o el reconocimiento, no encontrará en ese sueño realización, sino sufrimiento y frustración.

El éxito, entendido como reconocimiento y riqueza, lo consiguen poquísimos en vida, otros pocos después de muertos, algunos con suerte a los ojos de sus familiares y amigos, y el resto no lo consigue jamás.

La incitación permanente a “soñar”  ha generado sorpresivamente altos índices de frustración y de descontento, en aquellos que creían que perseguir el sueño les llevaría sin escalas al yate y se derrumban anímicamente cuando se ven remando un bote alquilado en el lago de El Retiro.

La “Relatividad” debería ser lo primero en enseñarse a los niños en la escuela, porque de todas las teorías resulta ser la más necesaria para aprender a mirar y a enfocar correctamente todas las cosas. Algo que para alguien es un bote alquilado, para otro es el paseo más relajante del mundo. Y así sucede con todas las demás cosas.

La disciplina, algo que hoy se asocia casi con el maltrato infantil, debería retomarse también y sin dudar, ( por supuesto sin la incoherencia y la violencia del siglo XIX), si el objetivo de la nueva población será la de cumplir sus sueños.

Una disciplina equilibrada ayuda sin duda a formar el carácter y a fortalecer la psiquis que se necesita para afrontar las dificultades, las pérdidas y las desilusiones que a todos nos deparará la vida.

Sin embargo, la educación hiperpsicologizada contemporánea, contraria a cualquier tipo de límite, responsabilidad o sanción, que evita exponer al niño a cualquier tipo de frustración, ha creado a individuos volátiles y débiles psíquicamente, sin fronteras de contención ni fortaleza; acostumbrados a la felicidad inmediata y efervescente que les proporciona un mundo que se va amoldando gustoso e inmediatamente a todas sus necesidades y antojos, pero quien después en la vida adulta, sienten que les traiciona.

Para formar a hombres fuertes, hay que educar a niños flexibles en la mirada y resistentes en el carácter, porque aunque la publicidad engañosa nos venda como fáciles y posibles todos los sueños, los sueños suelen ser siempre muy duros y suelen estar muchas veces escondidos en lugares poco vistosos y en donde menos te los esperas.

JR

 

 

 

 

 

“La Reivindicación del Resentido”

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La crítica actual al mundo capitalista tiene muchos enfoques. Algunos desean una redistribución de la riqueza más equitativa que promueva las oportunidades y en consecuencia el acceso al bienestar material de todas las personas y de los paises menos desarrollados; pero sin condenar al bienestar material, sino todo lo contrario, exigiendo que todos puedan, en mayor o menor medida, tener acceso a el.

Hay sin embargo, otra postura mucho más extrema cuya queja se parece más al resentimiento, que a la reinvidicacion de un progreso para todos.

Esta tendencia crece cada vez más en los movimientos de izquierdas, que lejos de promover el progreso para todos, lo bloquea sistemáticamente, con la excusa de sus inamovibles y sagradas  convicciones anticapitalistas.

Estas convicciones sin embargo, mutan rápidamente en cuanto son ellos quienes acceden al capital. Y se mudan de aquel piso humilde en el que vivían, a un chalet de lujo acorde con su cargo y diametralmente opuesto a su discurso anti capitalista y antiprogreso.

Estos movimientos de izquierdas se parecen más a un partido del resentimiento organizado, que a una convicción política y pierden toda credibilidad y todo el respeto de sus votantes, que se sienten desconcertados al presenciar el cambio radical en el accionar de sus líderes en cuanto acceden al dinero público.

Estos partidos de ultra izquierda que nacieron en España con el descontento popular de una crisis económica y que hoy ocupan escaños en el Congreso de los Diputados, han incrementado su patrimonio personal enormemente, pero no han generado ningún progreso ni propiciado un mayor bienestar en la realidad de sus votantes, quienes hoy siguen descontentos y votarán en una gran mayoría a partidos de ultra derecha en las próximas elecciones.

Este giro de 180 grados parece ser inexplicable, pero no lo es, porque el descontento perdura y busca hoy quien le represente mejor. 

Hoy Páblo Iglesias no parece estar tan descontento como antes, gracias a su nueva realidad y por lo tanto, no representa a los actuales descontentos españoles en absoluto.

Pablo se ha quedado con el grupo de gente que sostiene sus mismos principios;   profesionales del discurso que saben cómo apelar a la conciencia y a los valores del resentido; esa pseudo convicción política antisistema, que se apacigua rápidamente después de un baño en una bonita piscina.

JR

( foto de la piscina de Pablo Iglesias, líder de Podemos, partido comunista bolivariano)

“DATAFOBIA”

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Muchos afirman que en donde hablan los datos se callan todas las teorías, pero yo creo que inevitablemente siempre surgen otras nuevas.

Uno solía leer datos y porcentajes en revistas financieras y científicas; pero hoy están en todos los artículos filosóficos, porque esta nueva tendencia: “el dataismo” ha generado una euforia típica del deslumbramiento que produce lo nuevo, y sostiene que todo aquello que pueda ser medido debe ser medido y contabilizado.

Estas nuevas corrientes que consideran al dato y a la información obtenida (el big data) como a la única e irrefutable verdad, sostienen que el dato proporciona una información absoluta e incomparable sobre el ser humano y desde todas las perspectivas posibles.

Y seguramente sea cierto, ya que controlan cada una de las entradas que hacemos en internet ya sea para comprar, consultar, opinar, “compartir”o leer.

¿Pero controlar es conocer? 

El ser humano tiene un estilo mucho mas lineal y narrativo que el dato, como creo que es también el estilo de la historia, de la vida, del autoconocimiento, el de todos los procesos y también el de la Filosofía.

Mientras que el dato es algo acabado y cerrado, sin continuidad, el ser humano es un “ human being” o un humano que está siendo, por lo cual nunca es algo terminado.

El dataismo asusta igual que cualquier otra ideología extremista, porque vaya uno a saber quién y cómo controla todos esos datos y con qué beneficio.

La utilidad del dato está principalmente enfocada hacia fines económicos y políticos y resulta alarmante como dentro de este nuevo sistema se han establecido distintos grupos sociales o castas, que nos agrupan según nuestro perfil de consumo, nivel económico, social y tendencia política.

Uno se pregunta con cierto resquemor en cuál de todos estos nuevos estratos psicopoliticos y socioeconómicos estará ubicado y reza para no pertenecer al grupo al que ellos bautizaron internamente como “waste” (desperdicio o basura); porque con tanto reciclaje, uno teme que los verdes le conviertan en mobiliario o en tinta de impresora 3 D en caso de extrema necesidad.

El dataismo no es un fenómeno aislado, sino que es una tendencia bastante contagiosa y avanza como las pestes del medioevo.

Nos hemos acostumbrado a controlarlo todo, numerando y contabilizando hasta las respiraciones diarias, a modo de medicina preventiva. 

Y en cada paseo turístico oigo a algún viejecito  que comenta _ “Hoy anduve 3 kilómetros, 3 mil pasos y tuve un millón y medio de pulsaciones por segundo”_  y yo pienso para mis adentros: qué pérdida de tiempo para alguien tan anciano el haberse puesto a contar y haberse perdido de disfrutar del paseo, y más, siendo candidato a quedarle tan pocos.

Pero contabilizar el rendimiento, las calorías, la temperatura corporal, la glucosa en sangre, se ha establecido hoy como una forma de autocontrol saludable sin fecha límite. mucho más que disfrutar de los momentos de felicidad, que son justamente esos, en los que uno se olvida de contar y el tiempo pasa volando.

Hoy se miden las pulsaciones incluso aquellos que practican meditación; esas prácticas espirituales que importaron desde la India a Occidente y que ahora se usan aquí con fines anti estrés; pero sus practicantes curiosamente no dejan nunca de contar, para ver si mañana superan o disminuyen el rendimiento espiritual y lo suben al Facebook

Yo me lo imagino al Budha observando a estos extremistas del rendimiento con las pulseras de cuentas tibetanas y el iWatch en la misma muñeca, midiendo a base de pulsaciones los likes del nirvana.

Hay en la autogestión de esta contabilidad autómata típica del dataismo, una falta de profundidad y de sentido alarmantes, que en la juventud uno hasta perdona, pero en la vejez resultan irritantes.

Y a uno se le viene entonces a la cabeza aquella casta dataista “waste” y se enfoca entonces en no desperdiciar con gilipolleces el poco tiempo que le queda.

Este dataismo es eso mismo que enferma a algunas mentes digitales que piensan que la vida empieza y acaba en un Mac Book, en la partida de fortnite, en la cantidad de likes o de retuits o en la selfie de Instagram y que el paisaje que se ve a través de la ventana, es una locación 6 D de realidad virtual.

O esos que escogen a la novia llenando una planilla que les asegure al menos un 80 por ciento de probabilidades de éxito porque el objetivo es la eficiencia y el rendimiento más óptimo, incluso en la vida conyugal.

Y cuentan las copulas y los orgasmos semanales con especial detalle, para mantener el rendimiento adecuado y poder llamar al abogado a tiempo en caso contrario y así no perder la posibilidad de encontrar a Grey.

La infalibilidad y el máximo rendimiento son la finalidad última del dato, no lo es la felicidad, la construcción, el conocimiento ni la experiencia.

Pareciera que uno ya no tiene tiempo ni de enamorarse ni de equivocarse con tanto posgrado por delante y tanto menos de sufrir, si el dolor puede ser evitado con pastillas o con un buen dato recopilado a tiempo.

Todo está automatizado y librado al dato como hacían nuestras abuelas con el tarot. Uno se fía hoy ciegamente del dato, como lo hacían ellas antaño de la superstición.

Reconozco que frente a este nuevo KGB digital soy impotente, pero mi derecho a la resistencia lo ejerzo igualmente y lo aplico ocultando siempre mi información, usando perfiles falsos y múltiples, según el medio y mintiendo sistemáticamente en todas las encuestas.

Los dataistas no soportan ni la espera, ni el riesgo y desean contabilizar, manipular y organizarnos a todos el futuro, diciéndonos además, que nos hacen un favor y que todo es para que estemos más cómodos. Cuando la realidad es que tu data la utilizará siempre aquel a quien menos le importas.

Mi resistencia a su promesa de “veracidad” es mentir todo lo posible, para que todos los datos les salgan siempre mal y para que vean que los seres humanos aún tenemos algunos recursos para hacer valer nuestro derecho al secreto.

JR

 

 

“ La infalibilidad del Big Data no ha tenido en cuenta ni a los mentirosos, ni a los impredecibles” JR

 

 

 

 

 

 

“La Democratización de la Vigilancia”

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Cuando necesito información sobre alguien, lo mejor es consultárselo a mi sobrina de quince años, quien a pesar de su cara de ángel, se ha convertido en una efectiva espía digital.

Ella sabe adonde están todos sus conocidos, amigos, familiares y vecinos en tiempo real, donde veranean, donde compran, donde cenaron anoche, cuando salen y cuando regresan de viaje e incluso en qué hotel se han hospedado y hasta los lugares que han visitado.

Ella no accede a toda esta data de forma ilegal, sino que esta información es ofrecida y expuesta por los vigilados de forma voluntaria. 

Pero curiosamente, no encontrarás información sobre ella en las redes sociales, porque mi sobrina ha descubierto que el poder no está en mostrarse y en exponerse, sino en observar sin ser visto.

La transparencia voluntaria a la que nos prestamos gustosos en estos tiempos, sin que nadie nos obligue a ella, nos expone y nos convierte en seres vigilados por entes invisibles.

En un principio la idea de la red social era que la vigilancia fuera mutua o recíproca, porque esto equiparaba entonces el poder. Si yo sé todo sobre ti, pero tú sabes todo sobre mí, la relación de poder queda igualada, porque frente a una total transparencia mutua, los dos tenemos el mismo poder sobre el otro; y ese poder lo da el acceso a la información del otro. 

El aumento imparable de la información proporcionada voluntariamente en redes sociales se debe además, a que se cuenta con los egos, que en su afán natural por superarse entre sí, llevan al límite su búsqueda de atención y exposición de la intimidad, aumentando día a día el caudal y la intensidad de la información proporcionada. (porque el ego suele ser generalmente proporcional al nivel de auto exposición)

En esta modalidad transparente cada uno entrega al otro una total visibilidad motivada en muchos casos por el ego, pero dispensada a modo de confianza, que termina convirtiéndonos en una sociedad de control, controlada. 

El inconveniente es la incompatibilidad que existe entre la transparencia y el poder, porque el poder necesita de la confianza, mientras que la transparencia la elimina, en pos de un control que nos iguala. 

Es por eso que el verdadero poder del político radica en la confianza que deposita en él su pueblo y ese es el verdadero poder de cualquier líder: la confianza de sus seguidores. Sin esa confianza, ni la política ni ningún tipo de liderazgo es posible. 

El problema que surge en las sociedades transparentes como la nuestra, es que la confianza está siendo desplazada por la transparencia y se le exige al líder político la total transparencia en todo momento, lo que pone de manifiesto a pueblos sumamente desconfiados de sus líderes ( no sin motivos) y produce a líderes con mucha menos capacidad de acción política.

La confianza era ese espacio en donde uno dejaba de saber; porque confiar era una entrega voluntaria de poder de acción, un voto de confianza que eximía al otro de la obligación a la información permanente.

En las relaciones de confianza, tanto públicas como privadas, se le permitía al otro la accion libre, sin el control desmedido que exige actualmente un pueblo con linterna.

Toda confianza para suceder, necesita de ese espacio libre de información, porque si ya lo sé todo en tiempo real sobre ti ¿ De qué me sirve tenerte confianza?

La confianza es ya un valor del pasado, porque en un mundo transparente como el nuestro, en donde no hay espacio que no exija ser iluminado por el foco de la autoexposición, es quien controla la información quien ha tomado el mando. 

 

JR

 

 

“El cuarto poder es hoy el nuevo tirano” JR

 

 

“Costumbre de Certeza”

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Todo aquello que se repite a diario se va haciendo costumbre.

Uno se acostumbra a la queja y a la infelicidad, igual que se acostumbra a ser dichoso, porque todas las costumbres se alimentan de las mismas pequeñas cosas y de muchos días de práctica.

Mientras alguien se acostumbra a ser dichoso y aprecia lleno de alegría una mañana de sol, otro se empeña en ver a esa misma mañana como a una nueva amenaza de rayos UVA.

Algunos se acostumbran a los vicios y otros a las manías y en dosis muy elevadas resultan ser igual de perjudiciales los dos, porque tanto la adiccion del primero como la intolerancia del segundo, se vuelven destructivos para nosotros mismos y aburren y avergüenzan al entorno.

Lo mejor es no volverse ni tan vicioso ni tan maniático; pero teniendo que elegir, es siempre más recomendable estar un poco borracho para soportar al maniático.

Es imprescindible preguntarnos de vez en cuando, a qué cosas nos estamos acostumbrando, porque hay costumbres que más vale erradicar de cuajo, ni bien nos entre la sospecha de que pudiesen convertirse en un mal hábito.

Uno de los riesgos de un mal hábito cuando se hace costumbre, está en que la descendencia tienda a endiosarlo y a perpetuarlo; con ese afán que tenemos siempre por enaltecer cualquier vicio o manía, sólo por considerarles antiguos y familiares.

Hay que acostumbrarse a desacostumbrarse de todo aquello que nos haga ruido, porque no por muy repetidas que estén las cosas, tienden a ser ciertas, saludables o correctas. 

Uno debe dudar de todas las historias porque todas las historias tienen mil miradas distintas y sólo basta preguntarse, qué cosas contaría de los tiempos que corren, nuestro vecino.

Seguramente su lectura de la actualidad sería muy distinta a la nuestra y da curiosidad imaginarse las cosas que contarán en 100 años los libros de Historia sobre nuestra historia. ¿Será mi versión o la del vecino?

Por eso es importante desconfiar debidamente de todas las historias y deshacerse de cualquier costumbre de certeza, que inutilice a la inteligencia y premie sólo a la memoria, porque no por mucho repetir se sabe o se conoce.

Al fin y al cabo la Historia es sólo la historia del hombre y difícilmente nos sirva aprenderla de memoria, sin detenernos a estudiar bien al personaje en su tiempo.

Para llegar a la conclusión de que toda certeza es relativa, he presenciado el relato de una pelea entre dos niños de la escuela. Cada uno contaba una historia distinta sobre el origen, el transcurso y el desenlace de la misma riña, de la cual no hubo testigos.

Este episodio me llevó a desconfiar de todas mis certezas sobre los enfrentamientos de los libros de Historia, porque de todas las historias, el único misterio será siempre la verdad.

JR

“ La inteligencia se obstruye con el exceso de memoria porque para conocer es necesario olvidar” JR