“Ética y Estrategia”

EEA5FF40-D5BB-49D3-94A0-0B5AA0D152CE

En el mundo posmoderno la empresa ha dejado de ser esa entidad en donde se trataba sólo de obtener beneficios y de distribuir dividendos entre los accionistas, para convertirse en un ente que aspira a contribuir con el bien común; sea éste humanitario, científico, cultural o ecológico.

La desaparición de aquella moral religiosa del sacrificio y de bordes estrictos de aquel “dar hasta que duela”, ha sido superada por una nueva moral, que no se basa ya en una caridad impuesta desde el exterior, sino que procura darnos una conciencia de responsabilidad; moldeable, individualista e indolora; pero más acorde a los nuevos tiempos. 

En vista de la aparición de un consumidor responsable, hiperinformado y que posee una amplitud enorme de productos similares entre los cuales elegir, la empresa debe ahora diferenciarse del resto, no sólo en calidad, imagen, precio, comunicación, innovación y diversidad de productos; sino también éticamente.

En las escuelas de negocios desde hace años se viene formando a profesionales en una conciencia ética y en la capacidad  para diseñar nuevas estrategias que enamoren al consumidor y rentabilicen a la empresa. 

Hoy se invierte en el corazón y cada empresa busca su alma. ¿Qué es lo que la mueve? ¿En qué invierte? ¿En qué cree? ¿Cuáles son sus valores?  Son algunas de las preguntas que se hace el neoconsumidor antes de elegirlas.

En este rediseño moral de la empresa se han involucrado los filósofos y los coaches como parte del staff, a modo de evangelizadores New age, que van moldeando al personal en concordancia con la nueva ética empresarial elegida por la marca.

De esta re programación no se libran ni los altos directivos, que son reeducados sistemáticamente en los nuevos valores y en los nuevos comportamientos que exige esta nueva era empresarial. 

Para buscar su alma cada empresa elige un mecenazgo a conciencia y acorde con su imagen y procura que su generosidad esté siempre a la vista y bien comunicada.

La solidaridad mediática es un negocio win- win, (en donde todos ganan) y aporta en estos tiempos muchos más beneficios que cualquier otra campaña publicitaria de producto. 

Esta estrategia publicitaria se ha difundido también entre actores, periodistas, artistas, deportistas, políticos y banqueros, que hoy recurren a una vistosa solidaridad como método para ganarse la simpatía y el corazón del público.

La caridad espectáculo que pone a la causa en primer plano es el escaparate perfecto para venderse sin hablar de sí mismo o del producto y guardando un disimulado segundo plano, ya que está comprobándose que a menor ostentación, mayor es el impacto que produce esta estrategia.

Si bien es cierto que las empresas colaboran hoy como nunca antes en labores humanitarias y sociales, impulsando la investigación científica y protegiendo el medio ambiente, no debemos olvidar que estas responsabilidades le corresponden en realidad a los estados con el dinero público,pero ante la falta de responsabilidad política son las empresas las que hoy toman las riendas.

Por eso el votante es cada vez más propenso a confiar más en empresarios y menos en políticos.

El mundo va cambiando y va despertando con su movimiento nuevas formas de conciencia y alertándonos sobre las ventajas que éstas nos aportan a corto y a largo plazo.

A aquellos que vaticinaban destinos catastróficos para esta sociedad insaciable de consumo, debo decirles que la sociedad nunca antes en la historia habia sido tan responsable sobre su papel en el planeta.

El consumo, lejos de destruir la conciencia, la ha creado. 

Hoy el Business ya no es sólo business. Hoy el business es ético y la ética es business; porque nos compensa a todos y además, paga buenos dividendos.

 

JR

“Existencia a la Carta”

57CFAC03-0213-498C-8DA4-CF35FCB5CF45.jpeg

De niño lo que más me impactaba era la multiplicidad de opciones que ofrecían los menús de los restaurantes.

Nosotros vivíamos en un entorno rígido, de normas sociales estructuradas, que a la vez moldeaban el pensamiento y las preferencias, acotando los espacios en donde elegir.

Las opciones por aquel entonces eran pocas y las conocidas por todos, pero el menú del restaurante con sus 10 páginas llenas de platos, eran para mí un deleite en donde se nos permitía ocasionalmente, saborear las delicias de la libertad y elegir ese día lo que íbamos a comer.

Hoy sin embargo, prefiero los menús escuetos de pocos platos, porque el exceso de posibilidades me agota.

Y el mismo agobio que me provocan los menús con demasiadas opciones, lo siento también con la televisión; aquella oferta inmensa que hace sólo unas décadas me emocionaba, hoy me satura y siento que este exceso de posibilidades es quien me ha devuelto a la lectura.

Cuando llevo a mis hijos a comer fuera  intento obligarles a pedir todo lo que nunca cocinamos en casa, impulsándoles a probar cosas nuevas y deseando que ellos también aprovechen esa libertad, de la misma forma en que lo hacía yo. Pero he comprendido que es inútil intentar que alguien que no ha conocido su falta, la valore como uno.

Mis hijos, acostumbrados a esta nueva sociedad psicologizada, en donde todo se les consulta y se debate, condenan cualquier signo de autoridad como a un ultraje a su derecho de ser libres.

Sin duda el derecho fundamental que nos ha ofrecido la Democracia es el derecho al cambio y a la diversidad de pensamiento y de opciones.

La Democracia ha terminado con aquellos sistemas autoritarios y disciplinarios que  imponían rigidez tanto en lo social, como en lo económico o en lo político y hoy todo está sujeto a la opción, a la opinión y al cambio.

En estas últimas décadas al individuo se le ha abierto un horizonte que hasta entonces le era desconocido; un ámbito móvil que le autoriza al libre deslizamiento de un lado hacia otro, en todos los aspectos de su vida.

Nadie está ya aprisionado a un ámbito físico, social o económico definitivo, ni condenado a permanecer siendo pobre, inculto, o a pasar socialmente inadvertido, porque hoy el individuo tiene posibilidades de cambiar su realidad privada, social o económica si lo desea y si está dispuesto a hacerlo.

Esta democratización del mundo se ha ido colando en todos los ámbitos y uno puede hoy ser quien desee ser y diseñar su propia vida a la carta.

La sociedad disciplinaria, en donde los sistemas morales establecían el comportamiento de los individuos se ha remplazado por una sociedad psicológica y permisiva, abierta a todo y enemiga de toda censura; en donde todo es viable y todas las opciones están siempre disponibles.

Pero pareciera que nuestra sociedad actual no se limitara ya a ofrecer una multiplicidad de opciones y a diversificar la tolerancia, sino que nos incita y nos impone el cambio, como única forma de existencia libre.

La quietud y la inmovilidad son hoy sinónimos de falta de libertad, aún aunque las elijas, porque existe un mandato tácito hacia el cambio que hoy en día, lejos de representar la posibilidad y disponibilidad de opciones, se ha convertido en una obligación.

Las nuevas ideologías sostienen que uno ya no está definido ni siquiera por la propia naturaleza y que la libertad de elegir, no excluye ni siquiera a la realidad de ser un hombre o ser una mujer.

A los niños se les enseña desde muy pequeños un panorama de “vida a la carta” en la que se les ofrece todas las opciones disponibles, pero mucho antes de que aparezca en ellos la necesidad de buscar esas opciones.

Si bien la libertad en dosis adecuadas resulta estimulante para los niños, en dosis extremas sin embargo, puede provocar mucho desconcierto, porque para poder manejar la libertad, uno necesita conocer primero sus propios bordes.

Existe actualmente una nueva dictadura de la libertad, que no deja el espacio necesario para esta auto delimitación personal, ni para el crecimiento, ni para la maduración.

Cuando pienso en esta sobredosis de libertad desde edades tan tempranas, me invade una sensación de vértigo y de vacío y me imagino flotando en el espacio, en un entorno totalmente ilimitado y abierto, en donde me encuentro igual de impotente que un esclavo y ansío desesperadamente encontrar algo fijo a lo que ceñirme; algo que me contenga y me limite.

¿Será así como se sienten estos niños?

Y es en esas pesadillas de libertad, en donde los límites dejan de parecerse a una privación de opciones, para ser en cambio, lo que nos salva.

JR

 

 

 

“La cultura del Bienestar”

25EA20A4-E000-41ED-8FE4-C6D19BAE8462

Todo aquello que se acelera va incursionando inevitablemente en otros mundos. Uno avanza y a medida que avanza, va descubriendo espacios nuevos que anhela conquistar.

El impulso imperante de auto superación no se limita en estos tiempos al ámbito de lo profesional y de lo material, sino que poco a poco, avanza también hacia el mundo de las sensaciones. Uno debe ahora además de progresar, sentirse bien. 

El superhombre ya no desea superarse con el único fin de alcanzar un éxito que le permita el acceso a las cosas y a una reputación, sino que va más allá y anhela ahora conseguir un bienestar, al que aspira llegar con ese mismo tipo de esfuerzo.

Toda auto superación va ligada a una sobrexigencia, que por supuesto supone un sufrimiento y un cansancio, porque todo aquello que se fuerza, duele; como duelen las piernas después de una clase de gimnasia.

La cultura del bienestar impone a las sensaciones placenteras como objetivo y nos mentaliza en que cada acción debe de estar unida siempre a una sensación de placer que la valide. “Si no lo gozas, no sirve”.

Pero el trabajo, esa actividad forzosa a la que estamos obligados, corre un grave peligro porque inevitablemente en cada ocupación, siempre hay sensaciones desagradables. Y por muy maravilloso que se pinte a un trabajo, todo trabajo tiene su parte pesada, su esfuerzo y su lado oscuro, porque esa es la cualidad intrínseca del trabajo.

Por lo cual, esta nueva imposición de ser siempre felices y de sentirnos siempre bien, genera un cortocircuito en todo ser humano trabajador y sobre todo en las nuevas generaciones, que aún no conocen el trabajo y que esperan de él una sensación de bienestar continua y prometida, que por supuesto no encontrarán al 100 por cien jamás en ninguna ocupación. 

Esta tendencia hedonista que considera al placer como objetivo último se propaga ya por todos lados.

Existe un mercado emergente focalizado en las sensaciones que conquista todos los ámbitos.

Los placeres 360 grados triunfan y a la vez confunden y provocan sensaciones contradictorias en los individuos que no las alcanzan, y que dudan, de si el problema son ellos o es el trabajo.

En estos tiempos la atención no está puesta en la utilidad del producto, sino en las sensaciones que provoca y en el ambiente placentero en el cual se lo presenta. Hoy importa más el packaging, la decoración y el perfume ambiental de la tienda, que la utilidad del producto en si mismo.

Se motiva al consumo, ya no por la necesidad del objeto, sino por las sensaciones placenteras que produce el consumir. 

_“Lo importante es que te sientas bien” _ es la consigna en estos tiempos. 

Pero sentirse bien todo el tiempo no sólo es imposible, sino que además se convierte en un nuevo mandato.

En esta búsqueda prioritaria por “sentirse bien” parecen ya no importar las consecuencias que produzca un comportamiento hedonista e irresponsable, en una sociedad cada vez más enfocada en el sí mismo y en la búsqueda de la sensación como norma y habituada al dopaje en todas sus variantes como única opción para encajar dentro de esta tendencia que sólo admite a una sensación: el placer.

Todas las demás sensaciones quedan vedadas del abanico sensorial contemporáneo. 

Esta búsqueda frenética por el placer 360 grados no está acotada a una juventud ávida de experiencias, sino que no tiene límite de edad y nos ha acostumbrado cada vez más, a la proliferación de hogares rotos, porque para quien busca un placer siempre renovado, una relación estable o una familia resultan un impedimento. 

Pero la imposición de la cultura del bienestar es más dañina en aquellas sociedades en las que no se han alcanzado los niveles de progreso adecuados, porque esta consigna del placer como objetivo último, aumenta la sensación de precariedad, de sufrimiento, de desigualdad y de resentimiento en poblaciónes carenciadas.

Desgraciadamente, se ha malinterpretado al bienestar y se lo ha establecido como a un derecho universal, en vez de entenderlo como al resultado del desbordamiento de la abundancia.

La abundancia que produce el trabajo, es lo que crea el bienestar y no al revés. Y pretender un bienestar sin hipertrabajo, resulta altamente perjudicial para cualquier sociedad. 

La abundancia es el resultado natural  de una sociedad hiperproductiva que enfocada en el trabajo, deja como consecuencia y como opción, la posibilidad de un bienestar.

El superhombre productivo es sin embargo, quien menos se permite estos lujos porque generalmente suele dedicar la mayor parte de su energía al trabajo y cuando lo hace, suele encarar a esta nueva opción de bienestar como a un nuevo objetivo, al que persigue con ese mismo ahínco y se dedica a los deportes, a los viajes y al ocio en general, con el mismo fanatismo con el que se dedica al trabajo.

Otros ven en la cultura del bienestar a una posibilidad de vivir sin trabajar y aprovechan este pseudoderecho que les corresponde, gozando de este imaginario estado, enmascarando a una sensación latente de inutilidad y de total dependencia.

Y aquellos que viven al trabajo con el esfuerzo y con la aceptación de sus luces y de sus sombras, entienden al bienestar como a la oportunidad para la desaceleración en todas sus formas.

JR