“La Madre Patria”

Demasiado revuelo ha desatado últimamente la propuesta del pin parental; un sistema tan lógico como vigente actualmente en Occidente; ya que todos los padres hoy en día, son informados y requeridos a dar su consentimiento ante cualquier tipo de actividad extraescolar; ya sean salidas fuera del centro, como cursos o charlas fuera del programa académico.

Esta alternativa partidaria de la opción y de la libertad de elección, hoy parece sonar extraña y correr peligro en manos de las políticas de la ultra izquierda.

Algo tan común en nuestros tiempos como es la libertad individual comienza poco a poco, a plantearse como algo extraño, incluso fascista, para los colectivos de la ultra izquierda, que pretenden imponer sistemas totalitarios empezando por la educación.

Todos sabemos que nuestros hijos no son nuestros hijos, mucho antes de que traigan a su primer novio a casa. Uno comprende que debe soltar, dar libertad y potenciar el libre pensamiento y aquellas capacidades que les sean propias, aunque sean muy distintas a las nuestras.

Mucho se aprende al ser padres y sobre todo, que educar en libertad poco tiene que ver con el adoctrinamiento de ningún tipo.

Pero hay adoctrinamientos que son aceptados socialmente y otros que no lo son tanto, para ciertos colectivos, que consideran por ejemplo a la religión parental como a un cancer y a la ideología de género y al adoctrinamiento comunista como a una liberación, y viceversa.

La libertad siempre fue un concepto sumamente engañoso y resbaladizo, ya que siempre que intentas cogerlo por algún lado, se te escapa por el otro y siempre que intentas definirlo, terminas encarcelándole en un sistema totalitario.

“Ni tanto ni tan poco” decía mi abuela, bajando a lo cotidiano el concepto del término medio que nos proponía Aristóteles para tener una vida virtuosa; ese medio que parece ser tan sencillo y que al final siempre termina siendo el punto más difícil de alcanzar.

Pero todos sabemos que cuando se nos toca la libertad, uno salta como un loco, porque de ella depende todo nuestro sistema de vida.

Idealizar al comunismo o a la religión es desconocerlos por completo y lo que abunda en general es mucha ignorancia.

Si bien todos a los 20 años idealizamos al Che Guevara, a los 30, cuando vimos todo lo que se nos deducía de nuestra nómina laboral injustamente, tiramos al contenedor de reciclaje la bandera roja y la camiseta de don Ernesto.

Y aunque de niños fuésemos devotos monaguillos, la mayoría escapó de las doctrinas y de los dogmas en cuanto comenzó a vivir y a estudiar un poco sobre el defasaje de sus normas y las tremendas incongruencias de las instituciones religiosas.

Y es que a las ideologías hay que sufrirlas en carne propia para comprenderlas, hay que sudarlas primero, antes de defenderlas a capa y espada; porque ni el crucifijo, ni el libro, ni el porro y la marcha comunista con los amigos, son suficientes para llegar a comprender los verdaderos conceptos e intenciones que se esconden detrás de la palabra libertad.

A la libertad hay que perderla para valorarla y todo parece encaminarnos ahora hacia aquel reaprendizaje.

Vamos perdiendo libertades sin darnos cuenta y gustosos con nuestro voto, para volver a pasarnos décadas intentando recuperarlas.

Y es que somos una especie muy bestia y nos cuesta mucho aprender, sin tener que repetir.

Con pin o sin pin vamos directos a recuperar aquel examen de comunismo, vamos directos a quemarnos con la antigua experiencia roja; para volver a aprender como aprenden los niños de 3 años que al quemarse entienden al fin, que con eso no se juega y que eso no se toca.

JR

“Co- Co- Co Comunismo”

La nueva tendencia E- Co-lógica nos motiva a compartirlo todo en nombre de un mundo más sostenible.

¿Para qué tener tu propio piso de propiedad o de alquiler, si puedes compartirlo con 4 ocupantes alternantes más? ¿Para qué tener tu propio coche, si tú puedes usarlo en días pares y otra persona los días impares? ¿Para qué tener un despacho, si puedes compartirlo con otras 8 empresas más?

Todo suena muy económico y es verdad que al hacer las cuentas, nos sale mucho más barato compartirlo todo, que tener pagar lo que nos cobra el estado por poseer cualquier cosa.

Pero lo curioso de toda esta ecología de consumo es que se hace solamente a costa del contribuyente.

Este ahorro es a costa del ciudadano de a pie, ese que paga cada vez más impuestos. Mientras el estado, no hace más que agrandarse, crear nuevos ministerios y consejos, pagar asesores y departamentos extraordinarios para poder así, ir colocando a todos sus parientes y amigos en el gobierno y garantizarles una paga y una jubilación de por vida.

“Usted economice señor ciudadano y compártalo todo, sea ecológico y moderno, así el estado puede seguir agrandándose, pagando favores y adquiriendo más propiedades y cuentas bancarias; mientras tanto le ofrecemos la satisfacción de ser cada vez más “verde” y de estar cada vez más orgulloso de cuidar el planeta”

A este paso, y en pocos años llegarán a abolir la propiedad privada para el ciudadano de a pie, por ser muy contaminante. Y lo harán seguramente, con el consentimiento del pueblo.

Al paso que vamos y con el alarmante buenismo hipnótico reinante, no tardaremos demasiado en volver, sin darnos cuenta de nada, (como siempre) a un sistema comunista.

“¡Compartir, compartir!” gritan los buenos. ” es lo moderno, es la tendencia” y mientras, los vagos se aprovechan.

A este ritmo mis hijos compartirán los calzones con sus vecinos de co- living en días alternos; y Lunes, Miércoles y Viernes irán en culo al co- working y en el car- sharing, con tal de no contaminar en un mundo de iguales.

Toda esta onda verde tan promocionada por los movimientos de ultra izquierda, a muchos ya nos huele a gato podrido, porque se está pareciendo cada vez más, a un sistema que ya conocimos: el comunismo.

Dentro de nada, usted estará convencido de que no necesita tener nada en propiedad y de que compartir es la solución más lógica y adecuada a todos sus problemas económicos.

¿Pero quién causa sus problemas económicos? ¿Quién le agrega cada año un impuesto solidario, verde, sostenible a su ya larga carga impositiva? ¿Quién le impone pegatinas ecológicas, revisiones sostenibles, cambio de coche a eléctrico en 2 años? ¿Quién le sigue cobrando las autopistas que llevan ya más de 20 años pagadas con nuestros impuestos?

No se sorprenda señor contribuyente, que el recolector sea el mismo que le pide solidaridad sostenible y el que se va enriqueciendo año a año, a costa de su co-nciencia.

Los políticos cada vez tienen más coches, más propiedades, mas guardaespaldas, más empleados públicos y todo a costa de la co-solidaridad y de la ecología del eco- ciudadano.

Hace unos días estudiaba con mi hijo la historia de la Unión Europea y sus buenas intenciones originales; que eran por supuesto ventajas económicas. Hasta que llegó el momento de aprendernos la enorme cantidad de Consejos y de departamentos que esta Organizacion posee. Quedé impactado con la extensión y con la cantidad atroz de departamentos y de empleados que tiene la UE y entendí en pocos segundos, el porqué del Brexit.

Algunos, logran ver los abusos a tiempo y huyen antes de que tanto co-co-co les coma el coco y les arruine toda una historia de sacrificios, de independencia y de libertades individuales.

JR

“Cuando el Pobre se viste de Prada”

Lo maravilloso del capitalismo es que es el único sistema que no es estanco y en donde todo puede moverse y darse vuelta en un santiamén.

Quien nace pobre en un sistema capitalista, no tiene porqué permanecer siempre pobre, si se esfuerza y trabaja.

Y no sólo puedes dejar de ser pobre, sino que además, puedes llegar a ser más rico, que aquellos que eran ricos cuando tú eras pobre.

Esta movilidad, sólo sucede en los sistemas capitalistas o en las “democracias” corruptas de muchos países; pero en el caso de la corrupción, la movilidad sólo sucede para los políticos pobres, que luego de gobernar siendo pobres, terminan sus mandatos en la lista de las grandes fortunas del mundo.

En esos casos, no es el capitalismo quien ha ejercido su maravillosa movilidad, sino el arte de robarse el capital del contribuyente.

Pero dejando a un lado a los políticos y a su particular sistema de movilidad, el capitalismo es un sistema basado en el mérito y en el esfuerzo, en la competencia, en la inversión, en la innovación, en el ahorro y en la excelencia.

Existe por supuesto el factor suerte o visión, que hace que lo que tú hagas sea popular en la época en la que habitas.

Hay trabajos que pagan más que otros, dependiendo del siglo en que vivas y la importancia que tenga allí cada oficio.

Y no sólo dependerá del tipo de trabajo que ejerzas, sino de la forma en que lo hagas y cuánto tiempo le dediques.

El otro factor importante de nuestro siglo es el consumismo.

Uno podría pensar que el consumismo es proporcional a la riqueza. O al menos, yo siempre lo creí de esa manera.

Cuando yo era pobre trabajaba como pobre y gastaba como creía que gastaban todos los pobres (poquísimo y siempre comprando lo más barato).

Y ahora que ya no me considero pobre, sigo trabajando como cuando era pobre y sigo gastando como cuando era pobre (siempre ahorrando y comprando poco y barato, para poder darme de vez en cuando, algún gusto bueno)

Yo creía que los ricos consumían más y que los pobres consumían menos, de acuerdo a su nivel adquisitivo; pero viéndome a mi, he comprobado que quien es austero y ahorrativo nunca cambia; sea rico o sea pobre.

Si bien es verdad que al consumismo te lo limita el límite de la tarjeta de crédito, por mas que quieras seguir comprando, el deseo no se para nunca ahí.

Y el ansia por consumir es más dolorosa en el pobre que en el rico.

Pero lo más doloroso de todo, es ser pobre y tener gustos caros.

Puedo imaginarme la desesperación que genera desear algo que no está a tu alcance, además de la envidia y del odio que se debe sentir, hacia todo aquel que lo posee. Por lo cual, el incentivar el consumo sin escrúpulos ni cabeza, ejerce un daño social, que al final nos daña a todos.

Pero el meollo de esta cuestión social es que el pobre de ahora, no es igual al pobre de antes.

El pobre de hoy, quiere iPhone, quiere Prada, quiere Audi y Ferrari. El pobre actual es un pobre distinto al pobre que nosotros conocimos y que fuimos.

Siempre recuerdo un dicho que usábamos para aquel que se iba con cualquiera con tal de ligar: “cualquier autobús le deja bien” decíamos, cuando alguien se iba con la más fea de la noche.

Para mi, la pobreza tenía que ver con conformarse con lo que uno tenía y disfrutarlo sin resentimiento. Uno era pobre, pero sin sentir que le faltaban tantas cosas.

Es curioso, pero los gurús actuales afirman que esta misma receta sirve para alcanzar la felicidad.

Pero el pobre de hoy no se conforma, porque el pobre de hoy es un pobre pretencioso.

Hoy el pobre sufre mucho más y está lleno de odio porque no quiere conformarse, el pobre quiere la “marca”.

Uno siempre pensó que el consumismo y el amor a la “marca” eran un lujo que sólo podían darse los ricos, pero hoy en día, un pobre hipoteca su casa con tal de tener un BMW aparcado en la puerta y el último iPhone de moda.

Hay un dolor que es el dolor de la pobreza y a ese dolor lo conozco, pero hay otro tipo de dolor que es el dolor por el consumo y por la apariencia.

Cuando mis tres hijos eran pequeños, una chica joven venía unas horas una vez por semana a ayudarnos con las tareas de la casa.

Se abría la puerta y aparecía ella vestida como salida de la revista Vogue, con su IPhone último modelo, sus zapatillas nuevas y su pelo lleno de reflejos y peinado de peluquería. Mi esposa siempre le decía “yo te veo a ti y aprendo sobre tendencias”.

Esta chica ya no limpia casas y es blogger de moda ( y todo gracias al capitalismo).

Mientras ella pasaba la aspiradora con el iPhone en el bolsillo, mi mujer iba al supermercado en su coche segunda mano y llenaba la nevera con productos de marca blanca y atendía llamadas en una Blackberry de segunda mano, que usó durante 8 años y se resistió siempre a cambiar.

No es de extrañar que muchos jóvenes con poco material estudiado y poco comunismo conocido, opine hoy con odio y con desagrado sobre el capitalismo.

El problema con el capitalismo es que estuvo siempre pensado para gente trabajadora y ahorrativa y no para cómodos y malcriados como ellos.

La finalidad del capitalismo era que cada individuo consiguiera su propio capital a base de trabajo duro, ahorro y reinversión. La ociosidad, el vivir por encima de tus posibilidades, el consumo frívolo, excesivo y sin conciencia, nunca lo permiten.

Hoy todos estos malcriados pobres, pero vestidos de Prada, capaces de hipotecar a la abuela con tal de no pederse una fiesta o un verano en la playa, votan al comunismo.

Yo recomiendo a esta generación sin formación ni información, que cuiden mucho su iPhone último modelo, sus zapatillas de marca y lustren bien sus Ray-Ban porque una vez que llegue el comunismo, el consumismo también se les acabó.

Con el comunismo se aprende.

Se aprende sobre austeridad, ahorro y pobreza estanca, sobre inmovilidad económica, sobre reciclaje obligado pero sin el glamour de Greta; uno aprende a coser y a vestirse con las camisetas heredadas de los primos mayores, se aprende a cocinar con las sobras del día anterior, se aprende de mecánica para hacer que el móvil y el coche familiar duren otros 20 años más, se aprende sobre pensamiento único y sobre terror.

Y se te hace carne aquel viejo dicho: “cualquier autobús te dejaba bien” cuando un día siendo aún libre, votaste por irte con la más fea de la noche.

JR

“Ecología antes del Desayuno”

Existe un momento por las mañanas; ese que está entre el café y la ducha; que nos vislumbra una oportunidad para cambiar.

Y si no eres capaz de reconocerlo antes de encender el piloto automático que te convierte en el robot de siempre, deberás esperar a encontrarlo, recién al día siguiente.

Todo cambio empieza allí, en ese instante en el que aún estás medio dormido y en el que tu personaje habitual todavía no se ha despertado.

La terapia nunca sirvió más que para crear ejércitos de resentidos; o al menos yo no he visto nunca a nadie convertirse en nada distinto, al personaje infeliz que era antes de entrar a la consulta.

Eso si, de cada sesión se salía con más culpables y con más excusas, cada cual más remota, insólita y alejada en el tiempo. (tengo un amigo sudamericano que luego de 20 años de terapia llegó a la conclusión de que el culpable de toda su miseria era Cristóbal Colón)

Esto mismo hicieron en Madrid en el congreso del clima. Llegaron, gastaron el dinero de los contribuyentes, contaminaron la ciudad durante dos semanas, echaron la culpa a Trump, hicieron sus negocios particulares y se marcharon.

No tomaron desiciones, ni cambiaron absolutamente nada. Vinieron a llorar, a quejarse, a hacerse las víctimas entre banquetes, guardaespaldas y hoteles cinco estrellas y se fueron con más contactos y con más negocios.

Buscaron culpables, criticaron a Trump (como establece la normativa general) y promocionaron a la súper Heidi vestida de verde, que viajaba en yate, en Tesla y posaba en un sillón de piel de vaca.

En fin, que los verdes vinieron a contaminar y a hacer terapia, la pagaron con nuestro dinero y se fueron igual de enfermos y de hipócritas que antes.

Mi ventaja personal en el aspecto terapéutico fue que mi abuela odiaba escuchar problemas. Y si venías a plantearle alguno, te miraba mal y te reprochaba tu falta de inteligencia y de creatividad para salirte inmediatamente con todos los recursos disponibles que tu tiempo te ofrecía; de ese lugar de víctima tan espantoso, en el que te habías metido gustoso.

A mi tía se le ocurrió una vez hablarle de su mal matrimonio, a lo que mi abuela le respondió inmediatamente: …”¡Pero chica, sepárate ya! ¡El divorcio es legal ahora! ¡Aprovecha!”

El regazo en donde yo podía ir a llorar ante un problema fue siempre una especie de empujón o de patada en el culo hacia el cambio o hacia una pronta solución; impulsos que me acostumbraron desde muy pequeño a salir sin demora de aquel cómodo y patético lugar de ser una víctima.

Este tipo de educación; a lo que hoy muchos considerarían como a un maltrato infantil; me ha ayudado muchísimo en la vida.

Me ha hecho hábil para encontrar soluciones rápidas, me ha ahorrado mucho tiempo y dinero en terapias interminables y costosas y me ha empujado hacia la acción, hacia el viraje, hacia la toma de desiciones a tiempo y hacia los libros de Filosofía.

(El filósofo no hace otra cosa que buscar una respuesta racional a la realidad de su tiempo, pero como los tiempos cambian, sólo perduran aquellas observaciones atemporales, que encajan en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Saber identificar estas observaciones, me llevará toda una vida de estudio y de constante satisfacción).

Existe actualmente una tendencia creciente y alarmante hacia el enaltecimiento del victimismo, que espantaría sin duda a mi valiente abuela.

Somos un planeta de llorones, de fanáticos, de resentidos y con una masiva y alarmante tendencia al aborrecimiento del trabajo.

Hoy el ser humano considera al trabajo como una aberración y no como a una bendición, como lo fue siempre para nuestros abuelos.

Dices “trabajo” y la gente se echa para atrás, como si les amenazaras con una navaja. Y ya si dices “sacrificio” se tiran por los balcones.

Se echa tanto de menos a aquella generación de la post guerra, que con trabajo duro y el cumplimiento de sus obligaciones nos proporcionó un mundo de comodidades impensables, de innumerables derechos y de placeres infinitos.

Se echa de menos a aquella sencillez, a aquella fuerza, a aquel agradecimiento y a aquella valentía; en un mundo de gente cada vez más floja, cada vez mas “verde” para lo que le conviene, cada vez más adicta al subsidio y al bienestar sin trabajo, alérgica al esfuerzo y al ahorro, enemiga de la coherencia y de la autocrítica; que aprendió desde la cuna y reforzado a diario en la escuela pública, que es más fácil, echarle siempre la culpa de lo que te haces a ti mismo, a otra persona.

Hay mañanas entre el café y la ducha; esos momentos anteriores a entrar en mi personaje habitual, en los que aún le oigo decir entre risas …”aunque la masa que te aplaste se duplique, nunca empezará a aplastarte, en tanto tu reacción sea igual a la acción”

JR