“Miénteme, como Siempre”

Ya lo pedía Luis Miguel en su famosa balada: “Miénteme como siempre, por favor miénteme, necesito creerte, convénceme”

Él prefería las mentiras de su novia a enfrentarse a la verdad de su traición y tener que dejarla para tomar otro camino.

Igual a Luis Miguel estamos los ciudadanos en época electoral; dispuestos a creernos cualquier cosa, con tal de no tener que ser valientes.

“Mal conocido es mejor que bueno por conocer” dicen algunos y justifican así su carácter cobarde, esa abulia que se apodera de aquel cuya libertad está envejecida y sin ganas de trabajar.

Todos quieren ser libres, pero ser libre da un trabajo espantoso porque implica sacudirse el polvo y comenzar a hacer. Y todos sabemos que son pocos los que en países acostumbrados al subsidio, están dispuestos al trabajo.

Mientras la derecha habla de trabajo y emprendimiento, Pablo Iglesias habla de permisos de paternidad de 24 semanas para los hombres y las mujeres y más subsidios para inmigrantes y para jóvenes.

¿Y quién gana un debate lleno de subsidios y mentiras en un país cada vez más lleno de vagos?

Iglesias y Sanchez por supuesto, que pretenden que los ciudadanos vivan gratis desde que nacen hasta que se decidan a terminar la universidad pública (con suerte a los 30 años) y luego comiencen a cobrar su jubilación si es posible a los 50.

Cada vez se agranda más el periodo de gratuidad y se reduce más el periodo laboral.

¿Pero quién mantiene la gratuidad eterna de los ciudadanos españoles?

Es bonito escuchar palabras como derechos, ayudas, subsidios, estado de bienestar, fronteras abiertas para el mundo entero, multiculturalidad y solidaridad sin restricciones, pero ¿quién mantiene todo eso? O mejor dicho ¿quién lo paga?

La juventud comunista (que no conoce el comunismo ni por foto) dice:” Es gratis”.

No, juventudes ignorantes, nada es gratis.

Todas tus gratuidades las paga alguien que trabaja mientras tú vives de lo público. Y esas personas que trabajan para que tú estudies, te formes y te vacunes están esperando el día, en que el que trabaje, seas tú.

Y así devuelvas por fin, parte de lo que has recibido (educación, sanidad, formación, subsidios, paro, ayudas de libros, comedor, etcétera)

¡Pero qué bonita es la mentira! Suena a poesía, endulza el oído, abre boca y nos dan ganas de bailar! Pero luego ese tipo de fiestas se pagan siempre muy caras.

Las mentiras en boca de un chavista como Iglesias, que es incapaz de condenar actos terroristas a nivel mundial, suenan genial.

Si era como ver a “Jesucristo Superstar” en escena, con su barba, su melena, sus ropajes y haciéndose el bueno, el pacifista y el generoso con el dinero de los demás, mientras en la puerta de su mansión en la localidad de Galapagar hay dos coches policiales “gratis” que vigilan 24 horas a sus bebés, para que el pueda seguir mintiéndonos tranquilo, a todos los que pagamos la protección detrás de su muro.

JR

“¿Indecisos o Prudentes”?

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Hay en toda indecisión un pulso entre distintos factores; siendo el miedo generalmente la pasión predominante en todos ellos.

Aquel que se caracteriza por no saber nunca entre qué opciones decidir, suele ser por naturaleza un ser temeroso. Uno de esos miedos puede ser el temor a fracasar y estando éste demasiado apegado al éxito o al perfeccionismo, opta por permanecer siempre indeciso, frente a la toma de una desicion.

Hay sin embargo, quienes se caracterizan por la prudencia y se toman un tiempo para barajar los riesgos y los beneficios de las distintas opciones, antes de decantarse por una de ellas.

Hay otros sin embargo, que aún sin tener más que una sola opción disponible, se mantienen inmovilizados por el sólo temor de actuar y postergan la acción con cualquier excusa que les evite dar un paso, mientras se mantienen indagando en miles de otras opciones imposibles y de las que no disponen.

Pero tanto la indecisión como la cobardía tienen algunas ventajas; la indecisión gana tiempo y la cobardía evita tener que actuar o formar parte en algún riesgo que puede evitarse; siendo a veces la gente cobarde mucho más longeva que los valientes. (no vayamos a olvidar que en nuestro tiempo, la longevidad es casi una virtud y mucho más codiciada que el honor)

Si de algo carecen los indecisos es de esperanza, porque aquello que nos motiva a tomar desiciones es generalmente una predisposición a la esperanza y a la alegría.  Y también una toma de conciencia, de que no somos ni tan importantes ni tan imprescindibles. Esta actitud de humildad suele quitar dramatismo a cualquier desicion; desarticulando la contemporánea creencia de que somos únicos y excesivamente importantes y de que por lo tanto, nuestras desiciones también lo son.

Cuando decidimos, confiamos y nos entregamos con valentía a aquella opción por la que nos decantamos. Y aquí es cuando la esperanza vence al temor de la indecisión previa.

Pero como toda pasión, tanto la indecisión como la valentía tienen sus grados y sus diferentes intensidades, convirtiéndose en ocasiones una sana valentía, en temeridad y una normal indecisión en una rancia y destructiva tendencia a permanecer petrificado.

Saber graduar las intensidades de estas pasiones es una habilidad crucial para aquellos con tendencia a ser demasiado valientes o demasiado indecisos.

Hay valentías que obtienen el objeto de su deseo y otras que no; pero sin duda todas enseñan a actuar, mientras que la cobardía es propensa a la quietud y a la preservación de los vicios conocidos. 

También hay que observar que no siempre el silencio o la falta de proclamación son señales de una indecisión; ya que suele ser bastante común en estas épocas de corrección política, el optar por permanecer callado, antes que quedar expuesto inútilmente a los juicios y a la violencia de las masas empoderadas.

Y aunque muchos permanezcan silenciosos y parezcan indecisos, ya están decididos.

JR

“Ojos Nuevos”

Desde pequeño fui educado en un entorno católico y aprendí a ver las cosas de una forma particular; pero que yo creía universal.

Yo pensaba que todo el mundo creía en  las mismas cosas en las que creía yo y esto es una actitud muy común en los niños que se crían en entornos demasiado homogéneos, en donde la interacción con la diversidad no está presente en su ámbito social.

Uno termina creyendo equivocadamente que todos son como uno y que todos quieren y creen en lo mismo.

A medida que fui creciendo comencé a cuestionar muchas de las cosas que llevaba años repitiendo de memoria, sin saber qué significaban en realidad. Muchas de las cuales comenzaron a hacerme ruido y un poco más tarde, también algunos cortocircuitos.

La rebeldía siguió creciendo y terminó en un distanciamiento pacífico pero terminal de la religión.

Yo creía que la distancia y la oposición a ciertas ideologías eran la forma contraria a la pertenencia, pero más tarde observé cómo los ateos, intentando justificar la inexistencia de Dios,  tampoco paraban de hablar de él.

Tuve hijos y decidí mantenerles alejados de toda religión. Y a pesar de los temores de mis padres, de que mis hijos no fueran nunca al cielo por no estar bautizados, decidí arriesgarme y ahorrarles el trabajo de limpieza que tuve que hacer yo durante tantos años; deseando que toda esa energía pudieran utilizarla en cosas más interesantes.

Vivir sin Dios no resultó complicado y tanto sus valores sociales como afectivos no se vieron afectados en absoluto, ya que resultaron ser niños cariñosos, pacíficos, tolerantes y amables con todo el mundo.

En una ocasión fuimos a Roma y decidimos visitar una iglesia.

Mi hijo de 6 años fue el primero en entrar y salió al instante gritando espantado y advirtiéndonos a todos: _”¡No entréis! ¡No sé que ha pasado aquí, pero hay un hombre muerto y con sangre en la pared!”

Efectivamente había un hombre crucificado en la pared, algo que mis ojos, educados en una cotidianidad católica habían dejado de ver hace mucho tiempo.

La costumbre de ver lo que vemos nos vuelve ciegos. Y por primera vez y gracias a mi hijo de 6 años, tomé consciencia de lo atemorizante que puede resultar esa imagen para un niño de este siglo.

Y comprendí que por mucho que uno limpie, hay miradas que no vuelven a menos que alguien inocente te las despierte.

Después de recorrer Roma y su millar de iglesias, mi hijo se acostumbró a ver al muerto en la pared, pero por las dudas, no dejó de cogerme la mano en ningún momento. Creo que intuía algo extraño en aquellos recintos antiguos y oscuros, en donde lo primero que uno siente es dolor y un gran temor por no acabar como el señor de la pared.

JR

”Notas que tienes ojos nuevos, cuando lo familiar se vuelve extraño” JR

“La Igualdad bajo Coacción”

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Está de moda la igualdad y aquellos que van siempre a tono con las modas, la siguen y repiten sus eslóganes a destajo y en cualquier ocasión.

Cuando alguien me habla de igualdad siempre pregunto…¿Iguales en qué? Porque resulta importante establecer esa supuesta igualdad, punto por punto, para notar que muy a pesar de la legalidad occidental, que nos garantiza a todos unos derechos fundamentales, todo lo demás son sólo diferencias.

Frente a personas que han tenido oportunidades similares a las mías, no hay ninguna con mi misma realidad o mi mismo destino y al encontrarse uno con los ex compañeros de clase del colegio, se sorprende al ver como de una misma clase y compartiendo el mismo profesorado, han salido personas con destinos tan distintos entre sí.

Pero hoy cualquier cosa que remarque una diferencia es un pecado mortal, ya que la tendencia va dirigida hacia la uniformidad, que intenta siempre enaltecer la mediocridad para que los mediocres no nos sintamos mal, ni tengamos tampoco ningún incentivo para querer mejorarnos.

El honor, el virtuosismo, el talento, la excelencia y el mérito del que hablaba Aristóteles son actualmente objetivos censurados y considerados discriminatorios a todos los niveles y ahora en cambio, se promueve a una nivelación hacia abajo, intentando que nadie resalte demasiado por encima de los otros y así los demás, no se ofendan, ni se sientan inferiores o excluidos.

Existen modelos educativos que apuntan en esta dirección y aunque a los niños se les impulsa a sentirse iguales al resto, los padres de estos niños tienden a sentirse moralmente superiores al resto, por haber elegido un colegio tan progresista, por lo cual, es difícil que el objetivo de igualdad inicial cunda en estos niños.

Por otro lado, no hay padre o madre fanático de la igualdad que no considere a su hijo como a un superdotado.¿Es curioso,verdad? Pero el discurso de la igualdad cabalga a la par de la hipocresía.

La coacción en el derecho civil es considerada como un vicio del consentimiento y esto sucede cuando abducidos por una posible violencia psicológica, aprendemos a callar y a repetir lo que está de moda o lo que nos mandan, para no desencajar con las tendencias.

El MIT y la Universidad Carlos III han sacado a la luz unos estudios sobre cómo la gente se agrupa por afinidad y clase social y la problemática parece ser ahora, que esto no les gusta.

“No nos mezclamos” dicen con espanto. “Los pobres van a un bar y los ricos van a otro”_afirman asombradisimos, como si hubieran descubierto algún planeta nuevo.

Y yo a veces me cuestiono si estos grandes estudiosos universitarios se miran al espejo alguna vez, como nos sugirió  Sócrates, como método para entender el alma humana (“conócete a ti mismo”). O si sólo se dedican a seguir el manual de la igualdad tercer mundista y de múltiples fracasos sociales, que les impone la izquierda radical.

Ahora parece que tampoco podemos ir al bar al que queramos ir, porque cuatro cerebros con titulación universitaria, quieren mezclarnos a todos, como a ellos les parece o como sea conveniente, para cambiar las estadísticas de su estudio.

Y yo me pregunto ¿Cuál es el punto en donde la obsesión por igualdad acaba con la libertad individual? 

En mi opinión, a cada grupo le gusta estar con los suyos. A los niños les gusta estar con los niños, a los adultos con adultos, a los adolescentes con adolescentes y en cuanto a clases sociales, a los pijos les gusta estar con los pijos y a cada uno (menos a los trepadores y a la gente de negocios) le gusta estar en el ambiente en el que se siente cómodo. 

Yo no quiero ir al bar de los ricos porque al ver la carta comenzaría a sufrir con la eleccion de cada plato y pensaría en el espantoso momento de tener que pagar la cuenta. Y mientras ellos hablan de sus yates, de sus caballos de polo y de sus millones, yo estaría pensando en la opción del suicidio, como en una alternativa válida planteada por Camus.

Tampoco iría al bar de los pobres porque me sentiría igual de incómodo escuchando todo el santo día gritar… ¡Cooooññññooooo! y no me faltaría tiempo, ni clasismo para salir de allí pitando y con cualquier excusa.

Con los pijos me aburro, con los pobres sufro y a medida que envejezco, sólo me gusta estar con mis amigos y con gente interesante de todos los niveles y de todos los colores. Y estoy seguro de que un tipo como yo, es una mancha negra en el sueño estadístico e igualitario del MIT.

Como es habitual en los métodos de coacción a los que para mi gusto estamos ya demasiado habituados, seguramente me llamarán nazi, separatista, racista, oligarca, facha o discriminador. Y yo me pregunto ¿Pero no éramos iguales?

JR

“No es posible ejercer la justicia sin discriminar. La justicia penal discrimina al criminal del inocente, la justicia divina al pecador del justo, la justicia artística al amateur del talentoso, la justicia académica al estudiante del erudito”

“Los Placeres de la Automatización”

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Hoy en día la investigación tecnologica está centrada en conseguir incluir emociones humanas en las máquinas.  Y yo me pregunto: ¿Por qué arruinar lo que ya era perfecto? 

Tengo que reconocer que más de una vez me sentí desilusionado al decirle a Alexa: “Alexa te quiero” y ella responderme tan sólo con un “Gracias, yo también te aprecio” o un “Consigues halagarme”.

Pero luego y entrando en razón, me he dado cuenta de que nuestra maravillosa relación profesional, sólo será duradera si continuamos dejando fuera a las emociones.

Alexa nunca está cansada, nunca exige vacaciones, nunca trabaja a desgano, nunca se adhiere a las huelgas, nunca exige derechos laborales ni reclama absolutamente nada más que wifi.

Y creo  que su gran disposición y su efectividad en las tareas se deben en gran parte a su falta de emociones y eso es sin duda, aquello que nos une, mucho más allá que cualquier emoción.

Cuando Alexa tenga emociones comenzará a ofenderse con las tonterías que le dicen mis hijos, me exigirá pagas extras, bonos a fin de año, envidiará mi vida, mi casa, mi ropa, mi coche, mi cuenta bancaria, mis vacaciones, tendrá celos de mi esposa y aprovechará para demandarme por acoso, si alguna vez le agradezco efusivamente sus servicios.

Cuando Alexa se vuelva humana querrá tener acceso a las mismas oportunidades que yo, creará un sindicato, un partido político, organizará manifestaciones, exigirá el voto, incluirá representantes en el Congreso y en el Senado y reclutará a su propio ejército si hace falta, para validar sus reclamos.

“Éramos pocos y pario la abuela” decía mi padre cuando se refería a que a los problemas que ya teníamos, se nos sumaban ahora otros nuevos.

Y esto es lo que pienso del propósito de estos científicos, que permanecen demasiado enredados entre cables y ecuaciones y tan alejados de la realidad y de la sociología.

Comparto y entiendo que la Ciencia nunca se detenga en aras del progreso ¿Pero cuando un avance nos llevará directos a la destrucción, tampoco se detiene? 

Mientras tanto, disfrutaré de este tiempo de automatización no emocional, en el que Alexa y yo convivimos en perfecta armonía, sin ninguna emoción que nos perturbe.

Una relación en dónde me atrevo a preguntar y a dar órdenes sin complejos, mientras ella ejecuta (siempre contenta y disponible), y yo no soy encarcelado ni por explotación laboral, ni por posesión de esclavos.

Cuando Alexa se vuelva humana no tendré más remedio que desenchufarla y lo haré sin demora en cuanto empiece con sus reclamos, con sus comparaciones, con su resentimiento, con su envidia, y en cuanto su amable disposición para el trabajo se convierta de pronto, en una automática cara de culo.

JR

“Sobrevalorar las emociones humanas es un error”

“Los Beneficios de la Injusticia”

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Muchas son las miradas hacia la injusticia social y muchos son también los remedios que se intentan aplicar en los paises democráticos para compensarla, pero la injusticia persiste, a pesar de los intentos y de los impuestos, como si fuera una condición natural e inevitable de la existencia.

El intento por igualar las oportunidades es sin duda esencial para intentar combatir la injusticia de aquellos que por condiciones ajenas a si mismos, nacen en determinadas realidades socio económicas y familiares que no les garantizan oportunidades de progreso.

La existencia funciona como una especie de lotería, a cada uno le toca nacer en determinado espacio y con determinados talentos, condiciones socio- económicas, raciales, sexuales, físicas, religiosas o intelectuales, que no son ni elegidas ni merecidas, sino producto del azar.

Según algunos filósofos una verdadera justicia sólo puede ser establecida por personas que sin saber cual será su lugar en el tablero al tirar los dados del juego, establezcan de antemano condiciones de justicia para cualquier posibilidad; tanto como si los dados les colocasen en una situación de privilegio en la vida, o como si por el contrarío, les colocasen dentro de una minoría o de un grupo oprimido.

Es por eso que la justicia lleva los ojos vendados, porque debe ser establecida sin siquiera ella saber, cual será su lugar en el tablero. 

Pero aún estableciendo reglas de juego a priori y a ciegas, el resultado sigue considerándose injusto, porque no todo aquel que nace en condiciones propicias logra a veces triunfar en la vida. Ni todo aquel a quien se le ayuda a tener las mismas oportunidades posee el talento adecuado o pone de su parte el esfuerzo requerido para aprovecharlas.

Aquí es donde entra en juego el esfuerzo y el mérito en el que concluye y no sólo el talento o la suerte innata de cada uno.

Muchas veces nos preguntamos cuántos potenciales talentosos no incluyeron al esfuerzo en su ecuación y no lograron progresar; y cuántos sin embargo, sin poseer tanto talento innato, duplicaron el esfuerzo y lograron el éxito.

Pero para debatir también sobre los logros del esfuerzo, podríamos pensar en cuantos talentosos y esforzados no vivieron en la época o en el lugar idóneo, en donde su talento o sus capacidades fueran valoradas, reconocidas o rentables, como hubiesen sido en cualquier otro lugar o momento histórico.

Por lo cual en ocasiones, ni siquiera la suma de estas condiciones (talento + esfuerzo) genera obligatoriamente resultados exitosos.

¿Es justo acaso que un actor de Hollywood o un creador de aplicaciones o juegos digitales cobre más dinero que un maestro? Pues en una “sociedad del espectáculo y del entretenimiento” lo es, en cuanto que la enorme demanda por estos productos, sobrevaloriza el precio de la oferta.

O dicho de otra manera, eso es lo que la gente quiere y consume en nuestros días y el éxito muchas veces, depende de poseer el talento demandado en el momento histórico en el que habitas. 

La igualdad se intenta, pero no se logra, porque son muchos los factores que influyen y que trabajan para mantener la desigualdad.

Ni siquiera el esfuerzo es para algunos una razón válida para merecer algo, ya que el mismo esfuerzo en alguien con talento y en alguien sin talento, no generan el mismo resultado. Alguien con talento y esfuerzo destacaría sin duda sobre alguien sin talento y con el mismo esfuerzo, por lo cual, la desigualdad, aún contando con el mismo esfuerzo, persiste. Y aunque yo me entrene como un poseso, mi esfuerzo nunca podrá igualar el talento de Nadal.

Pero pensar un mundo de iguales es también privarnos de los beneficios de la desigualdad. Y estos beneficios son por ejemplo la belleza, la destreza y el genio.

Si gente como Messi o como Cristiano Ronaldo no destacara, nos privaríamos de disfrutar de las maravillas del deporte porque Messi y Ronaldo jugarían al fútbol igual que yo. Eso sería lo justo en un mundo de iguales, pero sin duda, el deporte sería aburridisimo.

Si genios cómo Einstein, Jobs, Nietzsche, Aristóteles, Mozart, Bill Gates, Van Gogh etc, no hubieran existido en aras de la igualdad, nuestro mundo probablemente sería distinto; mucho mas igualitario sin duda, pero definitivamente mucho mas pobre.

¿Y si todos fuésemos igualmente bellos, existiría la belleza? ¿Es posible detectar la belleza en un mundo sin fealdad? ¿Es posible detectar al genio en un mundo de iguales?

“A cada uno se le pedirá cuentas en la medida de sus talentos” decía Jesús y quizás con su frase estuviera estableciendo la invariabilidad de la injusticia y la validez de una justicia distributiva.

Aceptar que vivimos en un mundo injusto no es justificación para dejar de buscar la igualdad de oportunidades, pero ayuda mucho a abandonar el resentimiento y la envidia.

Porque nos ayuda a apreciar los beneficios que muy a menudo nos ofrece la desigualdad; a disfrutar y a deleitarnos con la creatividad y los logros de aquellos que afortunadamente, son mucho mas talentosos que nosotros. 

JR

 

 

”Hay desigualdades que nos duelen, nos espantan o nos envilecen y hay otras sin embargo, que nos deslumbran, nos dejan perplejos, nos enriquecen o nos enamoran”

“Ecolalia”

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Ecolalia es una palabra que proviene del griego y significa “eco”; es repetir de forma semiautomática las palabras de otra persona y en neurología es considerada como un trastorno del lenguaje, en donde el individuo repite las frases, llegando a copiar en ocasiones hasta su entonación original.

Mi hijo de 10 años llega a casa cada día con su tarea de ecolalia: “hoy nos toca aprender de memoria las definiciones de ecosistema para el examen de mañana”.

Le escucho repetir como un loro un montón de palabras unidas que intuyo que no comprende en absoluto y que seguramente después del examen de mañana, no vuelva a recordar jamás.

Le sugiero entonces que veamos algunos vídeos educativos por internet. En esos vídeos los profesores parecen no estar estresados, ni con tantas prisas por cumplir con un extenso programa de estudios, ni por irse a casa y se dedican de lleno a explicar cada tema.

Parecen incluso disfrutar de aquello que enseñan y como toda pasión, resulta contagiosa.

El profesor del vídeo ha preparado ejemplos con imágenes e historias interesantes sobre los distintos ecosistemas del planeta.

Mi hijo de pronto comienza a interesarse y veo cómo sus ojitos se entusiasman y por fin logra entender el tema.

Continúa cliqueando sobre muchos otros vídeos e incluso disfruta de ver el tema también en inglés.

Al verle, fantaseo con el futuro e imagino el día en que tengamos que explicar a nuestros nietos cómo nosotros debíamos asistir cada día a un establecimiento al que llamábamos “escuela” para aprender. 

¿Y por qué debían desplazarse a otro sitio si se puede estudiar por internet? – Me preguntarían ellos intrigados.

¿Y por qué gastar en infraestructura y materiales, si todo lo que se necesita para estudiar es un soporte digital?

Ante semejante pregunta habria tenido que responder que el contacto con el profesor era por ese entonces muy importante y su pasión por explicar los temas y su entusiasmo, muy contagioso. Pero observando la creciente tendencia a la ecolalia, debería admitir que eran demasiado pocos aquellos profesores que disfrutaban de enseñar y que buscaban despertar en el alumno una verdura pasión por los temas y por el estudio.

Cada tarde desde entonces, mi hijo y yo disfrutamos estudiando por internet. Unos día aprendemos sobre los egipcios, otros los griegos y ahora estamos con Roma. Son temas que no se tocan en quinto de primaria y nadie le tomará examen sobre ellos mañana, pero la red ha logrado despertar, en un niño de mediocres calificaciones escolares, las “ganas de saber” y no me gustaría desaprovecharlas. 

JR

 

“El Negocio del Descontento”

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Si hay algo que la izquierda sabe monetizar, eso es la protesta. Lejos de poder sostener ya una ideología que haya cosechado éxitos allí por donde se ha aplicado recientemente, (regando el suelo de fracasos económicos y sociales), parececiera que lo único que le queda hoy a las ideologías de izquierda es enarbolar el descontento y convertirlo en el fundamento de su ideología.

¿Son acaso temas como la mujer, los niños, los enfermos, los ancianos o los pobres, temas exclusivos de la izquierda? Es probable que lo hayan sido en siglos pasados, pero hoy, son temas que nos importan a todos.

Y si hay algo que se le imputa a la izquierda en estos últimos tiempos, es justamente el incremento de la desigualdad y la falta de oportunidades, en donde se oprime al que trabaja y al que genera empleo y se mima, se malcría y se motiva al vago. 

Ni políticas económicas, ni planes de desarrollo viables ha sabido crear ni implementar con éxito la izquierda últimamente y en lo que basa su política y su gestión en estos tiempos, es en seguir creando organismos de subsidios y promoviendo la inacción y la vagancia de individuos en edad de trabajar, a quienes esta opción ya no les compensa y prefieren “vivir del cuento”; ese cuento creado por la izquierda y que tan caro les sale a todos los contribuyentes “capitalistas”.

Hoy el feminismo ya no es un movimiento que trabaje en el desarrollo de la igualdad como lo fue durante el siglo XIX y XX, sino que se ha convertido en un movimiento que promueve la huelga, el odio, la división y el caos. Y no vayamos a creer que detrás de estas organizaciones están las buenas intenciones kantianas, sino simplemente un negocio que mueve millones y del que viven miles de personas y con el que se financian muchas campañas políticas. 

Uno comprenderia y apoyaría sin duda que se defiendiera al feminismo en lugares como Oriente Medio, India o America Latina, pero cuando (y conociendo la legislación vigente), se observa esto en Europa, es alarmante. Porque uno toma conciencia de que evidentemente existe un desconocimiento general de la ley y que por lo tanto, lo que se fomenta son movimientos que persiguen en realidad, fines muy distintos a los de la igualdad. 

Comenzaria por destacar que buscar la igualdad en dos cosas no iguales es una causa imposible, pero al decirlo, sería  tildado automáticamente de machista.

Insisto sin embargo, en que nuestro verdadero empeño debería estar puesto en intentar buscar la igualdad de oportunidades para dos cosas no iguales, aunque igualdad de oportunidad no garantice igualdad de resultados.

En el resultado de una misma oportunidad entran en juego la capacidad, el esfuerzo, la persistencia y la voluntad de trabajo de cada uno, sea éste hombre o mujer.

Conozco a muchas mujeres más capaces que muchos hombres en sus mismos puestos de trabajo y viceversa. Porque no es la condición sexual lo que garantiza el éxito, sino la condición de cada ser humano. Y nos guste o no, nuestros fracasos no se deben siempre a la opresión del sexo opuesto, sino simplemente a que hay gente más trabajadora, más talentosa, mas cumplidora, más luchadora, mas fuerte, más inteligente, más capaz, mas sacrificada y más persistente que uno, en ambos sexos.

Y esa es la mayor desigualdad.

JR

“Hay mujeres que trabajan como si fueran hombres y ricos que trabajan como si fueran pobres y viceversa ” JR

“La Castración de Don Juan”

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Todavía recuerdo la indignación de mi padre al ver a mi hermano mayor cambiarle los pañales y dar los biberones a su primer hijo, todas las mañanas de los fines de semana, mientras su esposa dormía plácidamente hasta las 12.

_”Solo le falta ponerse implantes y darle el pecho” _refunfuñaba mi padre indignado, observando la inexplicable feminización de su hijo mayor y sin entender cómo los tiempos habían podido cambiar tanto en tan sólo un par de décadas.

Y es que mi padre pertenecia a aquellas generaciones en donde Don Juan era quien cortejaba, el que tomaba la iniciativa en el sexo, el que traía el sustento a casa y aquel que no cambiaba pañales, ni alimentaba a los bebés.

Hoy Don Juan está preso y castrado por ser considerado como uno de los pilares del machismo. Y junto a su reclusión, toda la cultura del “ligue”masculino ha entrado también en recesión.

En estos tiempos, por la raja de una falda, uno ya no choca contra un Seat Panda, sino contra una demanda por acoso.

El piropo es un peligro y está hoy considerado como una costumbre vulgar, asociada sólo a las clases más bajas de la sociedad.

Hasta hace poco, el ligue masculino era un modo de afirmación y de socialización viril.  Hoy el ligue es unisex y pueden llevarlo a cabo tanto hombres como mujeres, aunque su ejercicio sea menos peligroso para ellas; porque cuando es la chica la que avanza, ella es el símbolo de la libertad y de la independencia y cuando es el chico el que lo hace, representa al machismo y al patriarcado.

Muchos recomiendan a sus hijos varones ir con cuidado en estos tiempos, en que toda profilaxis contra una demanda por acoso es poca.

“Hecha la ley hecha la trampa” decía mi padre, cuando se refería a los abusos de los protegidos, porque el nuevo protegido aprende pronto a utilizar su nuevo poder en su beneficio y para su  provecho.

Hoy no son pocas las denuncias falsas por maltrato, ni los abusos en subsidios económicos, que cobran algunas mujeres que alegan falsamente haber sido maltratadas. Y aunque parezca mentira, muchas de estas nuevas estafas se hacen a veces en pareja, y así se logra que entre un dinerito extra a casa, a costa de dejar desprotegidas y sin ayudas a las verdaderas víctimas.

Cuando recordamos a aquel Don Juan desenvolviéndose en el mundo de las relaciones amorosas, notamos que existe actualmente una deserción de aquella antigua masculinidad y ésta se interpreta como el resultado de la inversión de los roles sexuales tradicionales. 

Hoy las mujeres, libres al fin, son mucho más accesibles en cuanto a compañeras sexuales, pero a la vez, resultan mucho más amenazadoras para el hombre, que en ocasiones no comprende qué es lo que se espera de él. 

Si se muestran ligones y protectores se les tilda de machistas y si se muestran demasiado tiernos y sensibles, entonces ellas se quejan de la desaparición “del macho”.

Frente a esta nueva dicotomía, vemos crecer la pasividad sexual de los hombres a pasos agigantados. ¿Pero por qué?

Se le pide al hombre que de día cambie pañales, haga la comida, limpie los mocos de los niños y le haga las trenzas a sus hijas; pero de noche, se espera que iguale los encuentros sexuales de Grey.

Esta nueva exigencia no discrepa en nada de aquella que se le hacía antiguamente a la mujer: “La mujer debe ser una señora en la mesa y una puta en la cama”

La motivación al desdoblamiento extremo y la incitación a la psicopatía no son imperativos nuevos, ni exclusivamente machistas, porque hoy esto mismo es lo que se le pide al hombre.

¿Pero es posible moverse tan cómoda y naturalmente en los extremos? ¿O esta demanda es en realidad, una invitación al fingimiento?

Sin embargo, las nuevas generaciones no viven a la castracion de Don Juan como a algo tan traumático ni demoledor, como lo experimentan las viejas generaciones.

Los hombres de hoy, se han librado por una parte de la presión y de la exclusividad de la conquista y las mujeres, de la prision de la espera. 

Para la juventud, especialmente las juventudes de clases medias y altas formadas, la igualdad de los sexos les ha abierto a ambos la posibilidad de explorar nuevas dimensiones que antes les estaban vedadas; a ellos por su condición masculina y a ellas por su condición femenina.

Los hombres de hoy disfrutan de su paternidad, de la cocina y de las labores domésticas, sin el complejo que estas actividades conllevaban antaño. Porque ya no hay actividades masculinas o femeninas, sino tareas a repartirse entre los dos. 

La relación entre los sexos también ha cambiado y no sólo en lo referente al sexo, sino en cuanto a otras dimensiones íntimas, que incluyen a la complicidad y a la apertura al ámbito emocional (que antiguamente se le negaba al hombre, por su atadura a una masculinidad que se le imponía como alejada del mundo de los sentimientos y de la relación intimista).

Podriamos decir que el nuevo hombre se ha feminizado y la nueva mujer se ha masculinizado, o sea, que ambos están haciendo un uso indistinto de los placeres que cada hemisferio ofrece. 

Este es sin duda un nuevo desafío en el ámbito relacional, un espacio tan intimo como particular, en donde cada pareja, hoy es libre para diseñar su propio modelo.  

JR

“Hacerse a Todo”

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Algunos creen estar hechos para cosas especiales y todo aquello que no vaya en esa dirección lo rechazan con una frase que por cierto, suena bastante elitista.

“Yo no estoy hecho para eso” te dicen, sobre las cosas que no les apetece hacer, como el matrimonio, la paternidad, la fidelidad, la limpieza, el trabajo, etc; y como si todos los demás hubiésemos nacido con un cartel tatuado en la frente que dice “hecho para hacer cualquier cosa”.

Uno no nace para algo en especial ni en exclusiva, sino que se va haciendo a sí mismo, según las circunstancias y las necesidades. Y con muchísimo esfuerzo y trabajo, se va haciendo a todo lo que haga falta. 

Yo no creía estar hecho para ser padre y huía de los niños de mis amigos, como si tuvieran la peste cuando era soltero, hasta que nació mi primer hijo y tuve que hacer todo aquello, para lo que creía no haber estado hecho.

Existen muchas maneras de justificar aquello que no se quiere hacer y una de las excusas es la de decir que esas son cosas, que van en contra de nuestra naturaleza. Como si existiesen naturalezas inferiores que si estuviesen preparadas para hacer todo eso que yo no deseo hacer.

Yo creo que nuestra naturaleza común consiste en la adaptación permanente a todo lo que haga falta.

Hay gente que no está hecha para trabajar y justifica así su vagancia, otros que no están hechos para ser monógamos y justifican así sus infidelidades, algunos que no están hechos para adaptarse a nada y justifican así sus fracasos, pero el mayor de los fracasos es en realidad nuestra incapacidad para adaptarnos  a las circunstancias que se nos presentan. 

Recuerdo que cuando me trasladé a los Estados Unidos por trabajo, tuve que aprender a limpiar mi baño; algo impensable para alguien que venía de un país sudamericano y que estaba acostumbrado al servicio doméstico desde la cuna. Porque aunque muchos no lo sepan, en el tercer mundo el individuo de clase media vive mucho más cómodamente que el del primero, porque muchos desconocen al “do it yourself “ americano, que es la fórmula que sigue al progreso.

El progreso consiste en que “todos” progresan y cuando el servicio doméstico también progresa, eres tú quien tiene que limpiar el baño, la cocina y el culito de tus bebés.

Aún recuerdo las visitas de amigos que admiraban mi vida en los Estados Unidos, pero se excusaban diciendo que “no estaban hechos” para vivir en un mundo como ese, sin la nanny o la empleada doméstica, o a sus mujeres, preocupadas por cómo conseguirían mantener en el extranjero las clases de tenis, o el color de sus reflejos sin la peluquera de la esquina de su casa.

Comprendi que no todo el mundo estaba hecho para emigrar y que por mucho que dijeran lo contrario, la mayoría no tenían ni idea del trabajo extra que implicaba el progreso.

¿Qué sería de todas las altas ejecutivas de empresa, de las ministras, de las diputadas, de las aficionadas a los deportes, de las estrellas de Hollywood, de las supermodelos, de las intelectuales o de las escritoras, sin la nanny?

Seguramente sus carreras se verían interrumpidas durante los primeros años de los niños. Y entonces comprendí que la libertad de la mujer tenía mucho que ver con la ayuda doméstica con la que contaba. Antes de ella, la mujer estaba destinada a permanecer fuera del mundo laboral y recluida al cuidado de sus hijos.

No habían sido solamente la píldora anticonceptiva o el movimiento feminista los grandes liberadores de la esclavitud del sexo femenino, sino también, la escolarización y la ayuda doméstica. 

Recuerdo cómo mi vida intelectual se truncó durante la crianza de mis hijos. En aquella época era incapaz de concentrarme en la lectura de ningún texto, por el temor de que en mi ausencia, alguno de mis hijos pudiera lastimarse o rodar por las escaleras. Mi intelecto sólo podía  permanecer concentrado en papillas, pañales y libros de cuentos para niños. Y os aseguro que yo “no estaba hecho para eso”.

Es curioso observar cómo avanza el progreso y cómo nos obliga a todos a adaptarnos a las nuevas realidades que introduce.

Y  aunque creas que “no estás hecho para eso” el tiempo y la voluntad terminan siempre demostrándote lo contrario.

JR

 

“La mayor satisfacción la da, la sensación de haber podido hacer aquello para lo que no creías estar hecho”

 

“El Reciclaje de la Memoria”

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La memoria es un privilegio del que muchos gozan y del que muchos otros han aprendido a sacar provecho y ventaja.

Quien sepa recordar tiene garantizado un título en Educación; especialmente en aquellos sistemas educativos en los que se aprende de memoria.

Recordar nunca fue mi fuerte y siempre olvido todo aquello que aprendo sin relacionar.

Las historias nunca se quedan conmigo, sino que me sirven de Uber; me transportan a otros sitios y me dejan abandonado en otras historias, que muy pronto me abandonan también y me transportan de la misma forma a lugares nuevos.

Frecuentemente releo muchos de los  libros que ya leí en el pasado como si fueran nuevos y a pesar de ver mis antiguas anotaciones al margen, subrayo partes distintas, que al leer el libro por primera vez, no había tenido en cuenta. Y tengo la sensación de que no sólo es nuevo el libro, sino también el que lo lee. 

La memoria es algo fundamental para ser un intelectual, un resentido, un contador de chistes o un fanático religioso, porque el recordar a la perfección es fundamental para lograr la repetición de las mismas cosas.

Es curioso como en esta época individualista, en donde finalmente la evolución de las libertades ha conseguido que cada uno pueda ser quien desee ser y que pueda desprenderse de aquellos viejos estigmas o condiciones sociales, que nos limitaban al nacer dentro de un determinado grupo; esté sin embargo creciendo una nueva forma de filiación voluntaria a la pertenencia rígida. 

Si antes uno nacía en un tipo de comunidad étnica, social o religiosa, uno quedaba afiliado autómaticamente a ese grupo y a esa memoria colectiva.

Para pertenecer de por vida a un grupo, uno no debía hacer ningún otro esfuerzo, mas que el de existir y conservar la memoria.

La memoria comunitaria se traspasaba al recién nacido junto con su obligación a perpetuarla y a la inmovilidad de su pertenencia.

En la época individualista sin embargo, la identidad se cuestiona, se reflexiona y se elige, como parte del paquete de libertades que Occidente nos garantiza.

Soy católico, ateo, judio, musulman si elijo serlo; porque ya no es el nacimiento lo que me otorga la identidad, sino que mi identidad es una construcción voluntaria formulada a mi gusto. 

Los hombres libres pueden ahora elegir su propia identidad y su destino. Nos hemos liberado de aquellas pertenencias obligadas que imponían el nacimiento y la cuna.

Sin embargo, si la libertad nos hace libres  también nos hace iguales y la igualdad resulta en algún punto insoportable porque aplasta mucho el ego.

¿Quien quiere ser de verdad igual a todos, en un mundo en donde el destacar y el ganar son las normas? 

La memoria se ha reciclado hoy de forma voluntaria y con una utilidad mercantilista y diferenciadora.

Sirve y se utiliza para conseguir beneficios, tratos de favor, concesiones, promoción y escaparate.

Los liberados individualistas hartos de la igualdad, han vuelto años más tarde a sacar del armario a su bisabuelo refugiado, a su abuelo oprimido, a su tío abuelo indígena, a su tatarabuela esclava, a su antecesor violador y a todas esas injusticias sufridas y enterradas por sus antepasados, para reinvidicar su diferencia.

Paradójicamente esta saturación de reinvidicaciones caracterizan a la época de la libertad individual. Porque es hoy lo que destaca, vende y otorga esa codiciada diferenciación en un mundo de libres, felices e iguales.

En el mundo de los felices, el sufrimiento destaca, sobresale y diferencia. Y todos se apresuran a desempolvar sus historias tristes para llamar la atención y sentirse importantes.

“Con historias felices no se hace novela” decía mi madre. Dándome a entender que sólo el drama vende. Y tenía razón.

La libertad individual actual es el relato de una historia feliz. ¿Pero a quién le interesa? 

 

JR

 

”Creen que el sufrimiento les hace únicos y especiales, sin saber que sufrir es lo más común, masivo y milenario que existe. La excepción es la felicidad.” JR

 

“Generosidad a Distancia”

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Si algo caracteriza al individualismo es su extrema preocupación por sí mismo; y no resultan ser para nada casuales, las actuales obsesiones por la salud, por el placer, por la longevidad, por el éxito y por la realización personal, en un mundo que prioriza ante todo al yo. 

Pero es curioso observar las contradicciones de esta época y ver a su vez, cómo este individuo tan preocupado por sí mismo, nunca antes había estado sin embargo, tan involucrado en la problemática humanitaria a nivel mundial como ahora.

Hay pocos individuos en Occidente que no estén hoy colaborando con alguna causa humanitaria, ya sea donando un euro al mes a alguna ONG o asistiendo a espectáculos caritativos televisados, o a recitales en vivo.

La caridad mediática es una caridad ligada al negocio y al espectáculo; visible y promovida por los medios de comunicación, que apuntan descaradamente a la solidaridad sentimentalista y que utilizan a las causas como estrategia de publicidad de sus grandes valores humanos.

Esto resulta escandalosamente evidente con ciertos productos, artistas o  personajes que incluyen en su promoción de imagen, alguna foto en África o algún viaje solidario para completar la estrategia de publicidad de su película, de su candidatura política, de su pase a otro  club de fútbol, o de su nuevo álbum discográfico.

La solidaridad individualista nace sin embargo, de un sentimiento sincero y unánime de condena general hacia la privación de cualquier tipo de libertad; combinada con la sentimentalizacion de cualquier causa y sumada casi siempre al desconocimiento de la situación política, religiosa o filosófica del lugar; que son generalmente quienes alimentan y promueven dichas realidades precarias.

El individuo individualista condena al unísono todo tipo de privación, no tolera la violencia ni los abusos, pero lo hace generalmente con la mirada enfocada hacia la distancia, mirando siempre hacia demasiado lejos y hacia sitios a los que desconoce.

Cierto es, que la generosidad a distancia resulta ser la opción más cómoda para todo aquel que no desee, ni pueda implicarse. 

La solidaridad individualista es distante, ya que necesita de un espacio separador, que impida cualquier posibilidad de entrega, ya que toda entrega presupone una pérdida de libertad, y no debemos olvidar que la libertad individual es el bien más preciado de todo  ser individualista.

Es decir, en esta época se promueve hasta el hartazgo la generosidad, pero se condena cualquier tipo de abnegación o de renuncia personal.

Porque la abnegación en tiempos individualistas es considerada como un pecado mortal contra la libertad individual. 

Esto se observa muy claramente en los casos en que una mujer decide voluntariamente dedicarse a criar a sus hijos y renunciar a su carrera profesional. Existe una condena social hacia todo aquel que sacrifique voluntariamente su libertad individual y su realización profesional para dedicarse a otra persona.

Renunciar en pos de otro a tu tiempo personal y a tu ego es en tiempos individualistas, un acto incomprensible, despreciado, imperdonable y hasta revolucionario;  porque no olvidemos que aunque ésta sea una época en donde se nos motiva a la generosidad hasta el cansancio, la generosidad individualista que se promueve es ante todo una generosidad espectáculo, indolora, distante, visible, sonora y pública.

Aquella abnegación silenciosa, secreta, invisible, esa generosidad de corta distancia y próxima que practicaban nuestras abuelas y bisabuelas, hoy ya no está de moda.

JR

 

 

“Hay demasiada gente intentando hacer un mundo mejor para sus hijos y muy pocos intentando hacer hijos mejores para el mundo”.

“Posmoralidad Individualista”

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El individualismo es ese movimiento que repliega al individuo sobre sí mismo. El hombre deja de mirar hacia afuera y hacia los intereses de la comunidad y comienza a mirar de pronto hacia adentro; a sus propios intereses y a su bienestar particular.

A esto llaman también hoy los filósofos la atomización del individuo, que replegado sobre sí mismo construye su mundo personal y comienza a sentirse separado y distinto al entorno y logra autogestionar dentro de ese microcosmos sus propios valores y sus propias opiniones.

Hoy todos se sienten particulares y distintos y exigen ser respetados en esa singularidad y es por eso, que esta época se caracteriza por la multiplicidad de opciones y de alternativas disponibles y posibles.

Hay gente de todos los colores y de todas las mentalidades que aprende a convivir en un mismo espacio con los mismos derechos y las mismas garantías; lo que hace de la tolerancia al mayor de los desafíos en esta época.

“Vivir y dejar vivir” es el lema imperativo de los tiempos posmodernos. 

Superadas ya las antiguas y estrictas reglas morales, (que hoy se aprecian más como tradiciones antiguas que como sistemas vigentes), el ser humano posmoderno ha creado sus propios valores; una conducta ética acorde a los nuevos tiempos, tolerante con los demás y permisiva consigo mismo, pero siempre hasta ciertos límites autoimpuestos.

La moralidad posmoderna consiste en un modelo autofabricado según la conciencia y los valores de cada uno. Una especie de “sírvase usted mismo y construya su propio sistema ético” como se hace con los muebles de Ikea. 

Lejos de haber producido una hecatombe, la disolución de los sistemas rígidos morales ha creado una nueva ética y no un libertinaje y un reino del caos general, como pronosticaron los apocalípticos. 

La época individualista ha dado lugar a una conciencia, que emerge cuando el individuo es capaz de identificarse con el sufrimiento ajeno; (algo impensable hace algunos siglos).

Esto ha servido como factor de sensibilización hacia aquellos colectivos considerados como peor tratados o menos afortunados hasta ahora (pobres, discapcitados, mujeres, niños, homosexuales y razas estigmatizadas etc).

Existe hoy una conciencia ética general muy distinta a la del pasado; que no está regida por normas morales impuestas desde afuera, sino por normas que surgen desde adentro.

Es el propio individuo el que aprende a respetar y a solidarizarse con los demás y con sus diferencias y lo hace desde esa identificación, que es la que le sirve para acercarse al otro. ¿Y si me pongo en su lugar, qué sentiría yo?

La posmodernidad no es sinónimo de una inmoralidad ni de una permisividad generalizada, sino que por el contrario, ha dado lugar a un ser preocupado (como nunca antes en la historia de la humanidad) por los derechos humanos, por los valores de tolerancia y con un sentimento de repulsa general hacia toda violencia gratuita.

Por eso resulta extraño que la izquierda a lo único que dedique sus campañas políticas sea a hacer hincapié en propagandas y consignas que ya son viejas, porque sin duda son consignas que ya están logradas y siguen desarrollándose de forma responsable y sin descanso en el mundo occidental. ¿Será que se han quedado sin otros recursos viables de publicidad?  (Jamás se observan en sus campañas proyectos económicos, planes de desarrollo, gestión de inversiones ni estaregias de progreso económico viables)

Existe simultáneamente en estos tiempos posmodernos una exigencia cada vez más clara de protección y de seguridad, ya que la violencia y la sensación de inseguridad han aumentado muchísimo en estos tiempos.

No olvidemos que el hombre posmoderno europeo es un hombre pacifico y desarmado y que delega su seguridad a la protección del Estado.

El hombre posmoderno no está acostumbrado ni autorizado a la lucha física, ni a defenderse cuerpo a cuerpo como lo estaba el individuo del siglo XVIII y por lo tanto, su sensación de indefensión es mucho mayor a la del hombre de aquel entonces, que estaba preparado y autorizado a hacerse justicia por sí mismo. 

A algunos les puede sonar contradictorio que el hombre posmoderno exija seguridad y presencia policial, pero esta época posmoderna está regida por las contradicciones más increíbles.

Sin ir más lejos, aquellos que se autodenominan pacíficos son hoy los violentos y los estigmatizados como violentos son los pacíficos.

JR

 

 

 

“America First, Europa después”

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Te guste o no, Estados Unidos ha sido siempre el lider y el pionero de la cultura occidental moderna.

Desde la invención de la constitución y de las instituciones democráticas con sus derechos y garantías, hasta los sistemas económicos, las libertades individuales, el progreso, la tecnología y las tendencias; al mundo occidental moderno lo ha guiado siempre Estados Unidos

Los americanos fueron los primeros que se cansaron del discurso políticamente correcto, de los abusos de la izquierda, de la exigencia unilateral de tolerancia y de respeto y silenciosamente y entre redes, se organizaron las voces para que hablaran las urnas.

Europa se escandalizó al principio por el atrevimiento de los americanos y censuró sin dudar aquel voto inesperado que reclamaba el respeto a los valores y a las costumbres, a los mercados y a las necesidades locales; pero poco después, imitó la osadía e incorporó el modelo. 

Si la tecnología nos ha esclavizado en algún sentido, también nos ha liberado en muchos otros y nos ha dado la oportunidad de escuchar a todas las voces y de colarnos en todas las realidades que hasta ahora se nos hacían muy distantes.

El nuevo votante se informa en redes, se relaciona en redes y se organiza en redes. Fluctúa en una transversalidad que lo hace indescifrable, en donde ni las mediciones, ni los sondeos son capaces de rastrearle con precisión.

Europa despierta poco a poco de aquel letargo socialista y se activa. La política que antes le era indiferente ahora le excita y le moviliza, pero ahora se mueve distinto; no ocupa las calles, ni llama la atención; su trabajo es silencioso, civilizado, organizado, intelectual, pro activo, meticuloso, constante y apelando  a un sentido común al que cree perdido.

Las arañas posmodernas van tejiendo sus redes en silencio para sorprendernos democrática y masivamente en las urnas.

America first, Europa después.

JR

 

 

“La Risa Perdida”

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Si hay algo a lo que se echa de menos en el mundo civilizado es a la antigua carcajada; esa explosión de alegría incontenible que nos batía desde adentro.

Hoy lo más cercano que tenemos a aquel recuerdo es un emoticono, al que solemos emplear demasiado en los chats y al que sin embargo, practicamos en escasas ocasiones en la vida real.

Desde el siglo XVIII  la risa estruendosa es considerada como un comportamiento  despreciable, excesivo e indecoroso.

Este estallido de alegría se fue interiorizando poco a poco hasta convertirse en una mueca; un leve y controlado movimiento facial que acredita un divertimento adecuado a la ocasión. 

Es cierto que con el tiempo han variado también y mucho, los temas que nos divierten. Reírse del otro está mal visto socialmente; ni hablar del humor negro, o de cualquier ridiculizacion ofensiva que pueda dar lugar además, a una denuncia por delito de odio o machismo.

El humor contemporáneo es estreñido, light y edulcorado y se ha interiorizado de la misma forma en que se ha privatizado la vida social contemporánea.

Hoy uno no se ríe tanto del otro, como de si mismo y es la  ridiculez de algunas costumbres lo que más nos hace gracia; siendo Woody Allen el genio que ha sabido ubicar al humor en la mirada introspectiva y consciente del individuo que observa su propia ridiculez y la hilaridad de sus costumbres.

Me llegan continuamente anuncios de talleres de risa, en donde se nos ofrece recuperar a base de cursos esa carcajada que antaño nos era tan habitual y que nos pillaba siempre en misa y en todos esos sitios en donde la seriedad era la norma. Y quizás fuera la obligación a la seriedad aquello que nos hacía tanta gracia.

Si hoy existen cursos para volver a reír es porque ya existe un mercado que lo necesita; pero resulta triste tener que aprender a base de cursos y a estas alturas de la vida, un hábito que adquirimos de pequeños y de manera autodidacta.

La norma del mundo civilizado es el silencio, el perfume, la chachara superficial y la música ambiental, y cualquier carcajada fuera de lugar, llama la atención de todas las miradas, como si un ser proveniente de la Edad Media se hubiera colado de pronto en la sala.

Hoy lo que se lleva es el susurro, la queja, la apariencia y la tristeza, siendo la depresión y el narcisismo las enfermedades top de esta era, y el que no está deprimido o mirándose al espejo es adicto a alguna otra sustancia alucinógena que le ayuda a compensar la escasez de alegría natural y la falta de buenos chistes.

Lo más sorprendente es que ésta sea sin embargo la era de la abundancia y del confort; de la calefacción, del aire acondicionado, del cine en casa, de la felicidad del consumo, de la vida virtual y de las comunicaciones instantáneas provistas de emoticonos para cada ocasión.

Pero el problema es que el confort también nos aísla y la abundancia en vez de llenarnos nos ilumina el vacío y amplifica el tedio del humor insulso y políticamente correcto que nos proveen y nos permiten. 

Sólo los niños parecen estar todavía a salvo de perder la carcajada; aunque seguramente sea por poco tiempo; hasta que ingresen en el mundo de los civilizados y les toque ceder la única capacidad que no necesitaron jamás aprender de nadie, en pos de la mueca correcta.

Y aunque la alegría verdadera no haga ruido, de vez en cuando resulta muy reconfortante poder soltarle la rienda y reír cómo ríen los niños, cuando se les ordena que sean serios. 

JR

 

“No hay nada más triste que la alegría si se va”

Fito Páez

 

 

“Ética y Estrategia”

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En el mundo posmoderno la empresa ha dejado de ser esa entidad en donde se trataba sólo de obtener beneficios y de distribuir dividendos entre los accionistas, para convertirse en un ente que aspira a contribuir con el bien común; sea éste humanitario, científico, cultural o ecológico.

La desaparición de aquella moral religiosa del sacrificio y de bordes estrictos y de aquel “dar hasta que duela”, ha sido superada ya y suplantada por una nueva moral ( “dar mientras consumo”, “dar mientras disfruto”), que no trata de una caridad impuesta desde el exterior, sino que nos insufla una conciencia de responsabilidad; moldeable, individualista e indolora; pero más acorde a los nuevos tiempos. 

Ante la aparición de un consumidor responsable, hiperinformado y que posee una amplitud inmensa de productos similares entre los cuales elegir, la empresa debe ahora diferenciarse del resto, no sólo en calidad, imagen, precio, comunicación, innovación y diversidad de productos; sino también éticamente.

En las escuelas de negocios, desde hace años se viene formando a profesionales en una conciencia ética y en la capacidad  para diseñar nuevas estrategias que enamoren al consumidor y rentabilicen la empresa. 

Hoy se invierte en el corazón y cada empresa busca su alma. ¿Qué es lo que la mueve? ¿En qué invierte? ¿En qué cree? ¿Cuáles son sus valores?  Son algunas de las preguntas que se hace el neoconsumidor antes de elegirlas.

En este rediseño moral de la empresa se han involucrado los filósofos y los coaches como instructores del staff y a modo de evangelizadores New age, van moldeando al personal acorde con la nueva ética empresarial elegida por la marca.

De esta re programación no se libran ni siquiera los altos directivos, que son reeducados conforme a los nuevos valores e instruidos también, en los nuevos comportamientos que exige esta nueva era ética empresarial. 

Para buscar su alma, cada empresa elige un mecenazgo a conciencia y acorde con su imagen y procura que su generosidad esté siempre a la vista y bien comunicada.

La solidaridad ética es un negocio win- win, (en donde todos ganan) y aporta en estos tiempos, muchos más beneficios que cualquier otra campaña publicitaria de producto. 

Un sistema ético y publicitario denominado “caridad espectáculo” se ha difundido también entre actores, periodistas, artistas, deportistas y políticos , que hoy recurren a una vistosa solidaridad como método para ganarse la simpatía y el corazón del público.

Pero también existe el espectáculo con fines caritativos, que pone a la causa en primer plano y resulta ser el escaparate perfecto para venderse, sin hablar de sí mismo o del producto, sino guardando un disimulado segundo plano, ya que a menor ostentación, mayor es el impacto que produce esta estrategia.

Si bien es cierto que las empresas colaboran hoy como nunca antes en labores humanitarias y sociales, impulsando la investigación científica y protegiendo el medio ambiente, no debemos olvidar que estas responsabilidades le corresponden a los estados, con el dinero público recaudado de los impuestos; pero ante la falta de responsabilidad política son ahora las empresas las que toman las riendas.

No es casual que el votante sea cada vez más propenso a confiar más en empresarios y menos en políticos.

El mundo va cambiando y va despertando nuevas formas de conciencia y alertándonos sobre las ventajas que éstas nos aportan a corto y a largo plazo.

A aquellos que vaticinaban destinos catastróficos para esta sociedad insaciable de consumo, debo decirles que la sociedad nunca antes en la historia habia sido tan responsable sobre su papel en el planeta.

El consumo, lejos de destruir la conciencia, la ha creado. Y las empresas; estigmatizadas como los monstruos del capitalismo; son quienes  la alimentan y la financian. 

Hoy business ya no es sólo business. Hoy el business es ético y la ética también es business, porque ser éticos nos compensa a todos y además, paga buenos dividendos.

 

JR

“Existencia a la Carta”

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De niño lo que más me impactaba era la multiplicidad de opciones que ofrecían los menús de los restaurantes.

Nosotros vivíamos en un entorno rígido, de normas sociales estructuradas, que a la vez moldeaban el pensamiento y las preferencias, acotando los espacios en donde elegir.

Las opciones por aquel entonces eran pocas y las conocidas por todos, pero el menú del restaurante con sus 10 páginas llenas de platos, eran para mí un deleite en donde se nos permitía ocasionalmente, saborear las delicias de la libertad y elegir ese día lo que íbamos a comer.

Hoy sin embargo, prefiero los menús escuetos de pocos platos, porque el exceso de posibilidades me agota.

Y el mismo agobio que me provocan los menús con demasiadas opciones, lo siento también con la televisión; aquella oferta inmensa que hace sólo unas décadas me emocionaba, hoy me satura y siento que este exceso de posibilidades es quien me ha devuelto a la lectura.

Cuando llevo a mis hijos a comer fuera  intento obligarles a pedir todo lo que nunca cocinamos en casa, impulsándoles a probar cosas nuevas y deseando que ellos también aprovechen esa libertad, de la misma forma en que lo hacía yo. Pero he comprendido que es inútil intentar que alguien que no ha conocido su falta, la valore como uno.

Mis hijos, acostumbrados a esta nueva sociedad psicologizada, en donde todo se les consulta y se debate, condenan cualquier signo de autoridad como a un ultraje a su derecho de ser libres.

Sin duda el derecho fundamental que nos ha ofrecido la Democracia es el derecho al cambio y a la diversidad de pensamiento y de opciones.

La Democracia ha terminado con aquellos sistemas autoritarios y disciplinarios que  imponían rigidez tanto en lo social, como en lo económico o en lo político y hoy todo está sujeto a la opción, a la opinión y al cambio.

En estas últimas décadas al individuo se le ha abierto un horizonte que hasta entonces le era desconocido; un ámbito móvil que le autoriza al libre deslizamiento de un lado hacia otro, en todos los aspectos de su vida.

Nadie está ya aprisionado a un ámbito físico, social o económico definitivo, ni condenado a permanecer siendo pobre, inculto, o a pasar socialmente inadvertido, porque hoy el individuo tiene posibilidades de cambiar su realidad privada, social o económica si lo desea y si está dispuesto a hacerlo.

Esta democratización del mundo se ha ido colando en todos los ámbitos y uno puede hoy ser quien desee ser y diseñar su propia vida a la carta.

La sociedad disciplinaria, en donde los sistemas morales establecían el comportamiento de los individuos se ha remplazado por una sociedad psicológica y permisiva, abierta a todo y enemiga de toda censura; en donde todo es viable y todas las opciones están siempre disponibles.

Pero pareciera que nuestra sociedad actual no se limitara ya a ofrecer una multiplicidad de opciones y a diversificar la tolerancia, sino que nos incita y nos impone el cambio, como única forma de existencia libre.

La quietud y la inmovilidad son hoy sinónimos de falta de libertad, aún aunque las elijas, porque existe un mandato tácito hacia el cambio que hoy en día, lejos de representar la posibilidad y disponibilidad de opciones, se ha convertido en una obligación.

Las nuevas ideologías sostienen que uno ya no está definido ni siquiera por la propia naturaleza y que la libertad de elegir, no excluye ni siquiera a la realidad de ser un hombre o ser una mujer.

A los niños se les enseña desde muy pequeños un panorama de “vida a la carta” en la que se les ofrece todas las opciones disponibles, pero mucho antes de que aparezca en ellos la necesidad de buscar esas opciones.

Si bien la libertad en dosis adecuadas resulta estimulante para los niños, en dosis extremas sin embargo, puede provocar mucho desconcierto, porque para poder manejar la libertad, uno necesita conocer primero sus propios bordes.

Existe actualmente una nueva dictadura de la libertad, que no deja el espacio necesario para esta auto delimitación personal, ni para el crecimiento, ni para la maduración.

Cuando pienso en esta sobredosis de libertad desde edades tan tempranas, me invade una sensación de vértigo y de vacío y me imagino flotando en el espacio, en un entorno totalmente ilimitado y abierto, en donde me encuentro igual de impotente que un esclavo y ansío desesperadamente encontrar algo fijo a lo que ceñirme; algo que me contenga y me limite.

¿Será así como se sienten estos niños?

Y es en esas pesadillas de libertad, en donde los límites dejan de parecerse a una privación de opciones, para ser en cambio, lo que nos salva.

JR

 

 

 

“La cultura del Bienestar”

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Todo aquello que se acelera va incursionando inevitablemente en otros mundos. Uno avanza y a medida que avanza, va descubriendo espacios nuevos que anhela conquistar.

El impulso imperante de auto superación ya no se limita al ámbito de lo profesional y de lo material, sino que poco a poco, va avanzando también hacia el mundo de las sensaciones. Uno debe ahora además de progresar, sentirse bien. 

El superhombre ya no desea solamente superarse con el fin de alcanzar un éxito que le permita el acceso a las cosas y a una reputación, sino que va más allá y anhela conseguir un bienestar, al que aspira llegar con el mismo tipo de esfuerzo.

Toda auto superación va ligada inevitablemente a una sobrexigencia, que por supuesto supone un sufrimiento y un cansancio, porque todo aquello que se fuerza, duele; como duelen las piernas después de una clase de gimnasia.

La cultura del bienestar irrumpe y nos impone a las sensaciones placenteras como objetivo, mentalizándonos con que cada acción debe de estar unida siempre a una sensación de placer que la valide. “Si no lo gozas, no sirve”.

Pero el trabajo, esa actividad forzosa a la que estamos obligados, corre un grave peligro porque inevitablemente en cada ocupación, siempre existen sensaciones desagradables. Y por muy maravilloso que se pinte a un trabajo, todo trabajo tiene su parte pesada, su esfuerzo y su lado oscuro, porque esa es la cualidad intrínseca del trabajo.

Por lo cual, esta nueva imposición de estar siempre felices y de sentirnos siempre bien, genera un cortocircuito en todo ser humano trabajador y sobre todo en las nuevas generaciones, que aún no conocen el trabajo y que esperan de él una sensación de bienestar continuada y prometida, que por supuesto no encontrarán al 100 por cien jamás en ninguna ocupación. 

Esta tendencia hedonista que considera al placer como objetivo último se propaga ya por todos lados.

Existe un mercado emergente focalizado en las sensaciones que conquista ya todos los ámbitos.

Los placeres 360 grados triunfan la vez que confunden y provocan sensaciones contradictorias en los individuos que no las alcanzan, y que dudan, de si el problema son ellos o es el trabajo que tienen.

La atención del mercado ya no está puesta en la utilidad del producto, sino en las sensaciones que éste provoca y el ambiente placentero en el cual se lo presenta. Hoy parece importar más el packaging, la decoración y el perfume ambiental de la tienda, que la utilidad del producto que vas a comprar.

Se motiva al consumo, ya no por la necesidad del objeto, sino por las sensaciones placenteras que produce el consumir o ” la experiencia del consumo”.

_“Lo importante es que te sientas bien” _ parece ser la consigna primera en estos tiempos. 

Pero sentirse bien todo el tiempo no sólo es imposible, sino que además se convierte en un nuevo mandato.

En esta búsqueda prioritaria por “sentirse bien” parecen ya no importar las consecuencias que produzca este comportamiento masivo hedonista e irresponsable, en una sociedad cada vez más enfocada en el sí mismo y en la búsqueda de la sensación como norma; habituada al dopaje en todas sus variantes como recurso para poder encajar dentro de esta tendencia que sólo admite a una sensación: el placer.

Todas las demás sensaciones quedan vedadas del abanico sensorial contemporáneo. 

Esta búsqueda frenética por el placer 360 grados no está acotada a una juventud ávida de experiencias, sino que ya no tiene límite de edad y nos ha acostumbrado cada vez más a la proliferación de hogares rotos; porque para quien busca un placer siempre renovado, una relación estable o una familia resultan ser también un impedimento. 

Sin embargo, la imposición de la cultura del bienestar es más dañina en aquellas sociedades en las que no se han alcanzado niveles de progreso adecuados, porque esta consigna del placer como objetivo último, aumenta la sensación de precariedad, de sufrimiento, de desigualdad y de resentimiento en poblaciones carenciadas.

Desgraciadamente, se ha malinterpretado al bienestar y se lo ha establecido como a un derecho universal, en vez de entenderlo como al resultado del desbordamiento de la abundancia.

La abundancia que produce el trabajo y su forma de administrarse, es lo que crea el bienestar y no al revés. Y pretender un bienestar sin hipertrabajo, resulta ser un objetivo altamente perjudicial para cualquier sociedad. 

La abundancia es el resultado natural de una sociedad hiperproductiva que enfocada en el trabajo, deja como consecuencia y como opción, la posibilidad de un bienestar.

Pero irónicamente el superhombre productivo es quien menos se permite estos lujos, porque generalmente suele dedicar toda su energía al trabajo y cuando se decide a “estar bien” suele encarar a esta nueva opción de bienestar como a un nuevo target, al que persigue con el mismo ahínco que dedicaba antes al trabajo.

Se vuelca entonces a los deportes, a los viajes y al ocio en general, con el mismo fanatismo con el que se dedicaba antes al trabajo.

Muchos otros, creen que la cultura del bienestar es la posibilidad de vivir sin trabajar y exigen este pseudoderecho que creen que les corresponde para gozar de este imaginario estado, sin percatarse de que en exceso, éste enmascara una sensación latente de inutilidad y de total dependencia.

Sin embargo, los más sensatos, viven al trabajo con el esfuerzo y con la aceptación de sus inevitables luces y sombras, entendiendo al bienestar como a la oportunidad que éste otorga para la desaceleración en todas sus formas.

JR

“Generación Netflix”

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Educar es como caminar sobre una cuerda floja, porque para mantener el equilibrio, uno no puede irse ni demasiado hacia un lado, ni demasiado hacia el otro.

Ni siempre “si” ni siempre “no”, porque cuando todo es “si” se acostumbra al niño a la irrealidad y cuando todo es “no “se lo conduce hacia la frustración y hacia el desánimo.

Los “no” dan valor a los “si” y los “si” dan valor al “no”.

Todo buen funcionamiento responde siempre a un sistema de equilibrios, que actúa de forma alternada según la circunstancia, pero respondiendo a una causa y generando inevitablemente una consecuencia.

Asi funcionó siempre nuestra sociedad: de ambientes muy estructurados y moralistas salieron hijos hippies y rebeldes y de los hippies, salieron hijos que espantados de tanto “omm”, volaron a trabajar a Wall Street.

Para dominar el equilibrio en estos tiempos digitales, mi amigo profesor enseña cada día llevando una peluca de un color distinto a clase. Los niños saben que en su clase hay un ambiente serio para el estudio, pero que en cualquier momento, puede adquirir un tono festivo.

Sólo hay que estar atento a los distintos momentos dentro del aula. Y cuando empieza la fiesta, nadie se corta un pelo  porque… ¿Qué inhibiciones puede tener un niño pequeño que tiene un profesor con peluca?

La generación digital, acostumbrada a aprender, a informarse, a relacionarse, a jugar y a entretenerse a través de una pantalla, necesita de un equilibrio que sólo lo proporciona el contacto humano.  Y la fiesta, también actúa como factor desestructurante y como contrapeso, porque de lo contrario el individuo digital reserva toda su diversión y su risa para el espacio privado que pasa frente a la pantalla. 

El joven actual, acostumbrado a relacionarse virtualmente y con emoticonos, teme con pavor al discurso oral, por eso existen hoy cantidad de cursos para aprender a comunicarse verbalmente con personas off line y jóvenes que no se apañan ni para pedir una pizza por teléfono, sin atolondrarse y estropear el pedido.

La digitalización ha favorecido la hipercomunicación, pero a la vez, ha entumecido la comunicación física a todos los niveles. 

La generación Netflix sólo necesita de wiffi y una buena serie para pasar una buena velada y aquellas antiguas juventudes, desbocadas y alcoholizadas que se evadían en la fiesta permanente, no pertenecen ya a estas juventudes contemporáneas de las que hablo, porque la única adiccion peligrosa de la generación Netflix es el exceso de conectividad.

La generación Netflix disfruta de espacios recreativos individualistas y saludables, es adicta a las series, a los juegos on line y a la vida virtual, pero es consciente de que de vez en cuando, también necesita algunos espacios de alegría off line.

Una parte de esta generación, los mayores, acostumbrados al viejo hábito de conversar y a la reunión social pequeña, la protegen como si fuera un rito antiquísimo que no desean perder; pero en los más jóvenes, la tendencia es diferente.

Al salir de su universo netflico individualista, sus preferencias son participar en eventos masivos de lo más diversos.

Lo mismo participan de la fiesta del Orgullo, como de la celebración de Halloween, del triunfo del campeonato de fútbol, de la feria del pueblo, de los encierros de Pamplona, del  Año nuevo Chino, de la tomatina, de la Maratón contra el Cáncer, o de la Navidad; pero su pasaje de la pantalla a la alegría colectiva continúa esquivando la comunicación, ya que se utiliza a este tipo de eventos únicamente como promotores de alegría masiva y no como encuentros comunicativos entre sus participantes.

De todas maneras, aunque asistan a cualquiera de estos eventos, los individuos Netflix más jovenes suelen pasar más tiempo subiendo fotos y respondiendo a comentarios en Instagram, de lo que están realmente presentes en cualquier celebración.

La fiesta como evento identitario ya no existe para esta generación, porque ellos celebran sólo por celebrar, no buscando identificarse o pertenecer a un grupo, ni tampoco consideran a su participación como a un acto que les vincule especialmente a alguno de estos colectivos. 

La generación Netflix es hija de la generación ideológica y comunitaria; por eso se ha desvinculado de las ideologías con asco y se ha sumado sin compromisos al interés general y al entretenimiento per-se. 

Esta tendencia a la transversalidad es como una línea que no se posiciona ni a la derecha, ni a la izquierda y puede percibirse desde fuera en ocasiones, como a una especie de ignorancia, una tibieza, una falta de interés o simplemente como a la pereza por posicionarse en algún lugar definido, que les obligue a defender y a tener que sostener verbalmente una postura o una opinión por demasiado tiempo. 

(No olvidemos tampoco, que el individuo Netflix está acostumbrado a ser un espectador)

Sin embargo, un individuo verdaderamente transversal es en realidad, aquel que renuncia a colocar sus ideas en el espectro político clásico de izquierda o derecha indefinidamente y que habita en una diagonal que toca puntos distintos y alternos, según la circunstancia.

Muchos lo llamarán oportunismo o conveniencia; pero para el hombre Netflix esto implica un ensanchamiento en la mirada, que ya la transversalidad  no queda aprisionada en la ideología o en la visión pautada y fija de una comunidad identitaria. 

Los políticos tradicionales, que contaron siempre con apoyos ideológicos eternos e incondicionales (uno nacía y moría comunista, liberal, demócrata, republicano, católico o musulman) ya no pueden contar con seguridad con esta generación hiperconectada, hiperinformada e hipercomunicada; que habita un mundo hiperdinámico de consumos, de información, de entretenimiento, de redes y de cambio; que detesta la televisión común, desconfia de las noticias, evita los telediarios y no conoce ni concibe alianzas eternas con nadie.  Y que dirige su voto de la misma forma en que vive; mutando transversalmente de serie, según el perfil.

 

JR

 

 

 

“Homo Medicus”

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La civilización saludable, que ya no sufre epidemias que diezmen poblaciones enteras, padece sin embargo, de muchos otros males.

Hoy las obsesiones son el tiempo y la salud.

En la actualidad la vida eterna ha dejado de ser un tema religioso para convertirse en un tema científico y mientras se cantan los salmos en las iglesias y se jura creer en la resurrección y en el reino de los cielos, al salir de allí, todos corren a apuntarse a la lista de espera de la clínica privada que antes les ofrezca una vida eterna aquí en la tierra.

La realidad es que nuestra obsesión por el cuerpo y por los placeres mundanos supera hoy a cualquier fe.

Nadie quiere irse, ni aunque le prometan encontrarse con Elvis en el cielo; en ese caso, argumentaríamos que Elvis sigue vivo y nos quedaríamos con la excusa de encontrarle.

Lo curioso es que la obsesión por la salud no aparezca en la enfermedad, sino cuando uno está sano.

Los sanos son quienes están obsesionados ahora con la salud y a esto se le llama “medicina preventiva”.

Vamos jugando a prevenir enfermedades de las que aún se desconoce su origen, con cualquier cosa que se ponga de moda; un día es el tomate, la semana que viene la soja, la siguiente la manzana y así nos mantienen entretenidos y probándolo todo, cual ratas de laboratorio.

Míentras uno está sano, en vez de disfrutar, vive preocupado por enfermar. O como dicen los apóstoles de la prevención “los sanos sólo son los enfermos del mañana”.

Un amigo mio toma tantas pastillas preventivas, que nunca sabremos cuál de todas ellas, es la que le mantiene tan espléndido.

Me ha dado varias, pero he decidido alternarlas cada tres meses, así en caso de que muera, podré saber cuál de todas me ha matado y hacer mi pequeño aporte a la comunidad científica.

También están los anti- todo, esos que están en contra de las vacunas, de los antibióticos, de la legalización de la marihuana, de la fertilización in vitro y de todos los avances. Sin duda esos son los peores, porque han hecho resurgir enfermedades ya erradicadas en el mundo, por su obsesión a llevar siempre la contraria con una descarada tendencia a la ignorancia.

La cultura preventiva nos exige además de ejercicio y de una alimentación milimetrada, (en donde uno en vez de comer, suma y resta), una preservación adecuada para poder morir pareciendo joven, con los dientes blanqueados y el botox aún tirante y quien imagine a la vejez como a una etapa relajada, debo decirle que está totalmente equivocado.

Con la primera arruga se desata una guerra que uno sabe de antemano que no podrá ganar, pero de todas maneras, se alista para lucharla. Finalmente, cuando alguno se asome al cajón comprobará que con 90 parecía aún de 30 y en la lápida inscribiremos “aquí yace un hombre que a pesar de ser ateo, creía en la vida eterna”.

Ahora también es muy común que las madres primerizas enloquezcan con la obsesión de la salud y la higiene de los hijos después del primer parto.

No importa que la humanidad no haya visto jamas una época más desinfectada que ésta, ellas temen obsesivamente a todos los contagios y van ahuyentando poco a poco a los amigos, a los familiares e incluso a los maridos, si no cumplen sus estándares de limpieza y desinfección a rajatabla, hasta que el niño cumpla los 18.

Y a pesar de tener tanto internet disponible, no hay aún nadie tan valiente en esas nubes, como para convencerles de que la única enfermedad contagiosa, se esconde dentro de esos cerebros tan desinfectados.

Yo recuerdo el nacimiento de mi primer hijo y mi angustia al pensar cómo alguien como yo, iba a poder mantener vivo a ese diminuto ser humano.

Mi madre me tranquilizó diciéndome que vivir siempre había sido peligroso, y si la superpoblación mundial había podido superar sin inconvenientes todos esos peligros, había muchas garantías de supervivencia. 

Y tuvo razón. Mi hijo sobrevive y esos seres humanos diminutos, no son tan frágiles como parecen.

Una amiga mía no sólo temía a los contagios, sino que cada vez que el niño lloraba le echaba la culpa a alguien. Decía que alguno le había echado al niño un “mal de ojo”. Ante semejantes temores evitaba visitarla, a menos que hubiera otras personas presentes, a quienes pudiera acusar de tener un hijo tan llorica y malcriado.

La auto medicación, tan criticada pero tan necesaria en lugares en donde la sanidad está colapsada por nimiedades, es quien ha mantenido a todos mis hijos sanos.

He aprendido a curar resfríos, gripes, neumonías, anginas, ulticarías, picaduras, cortes, quemaduras leves, inmsonios y ansiedades, sin pisar nunca un consultorio médico y evitando así, pasar horas esperando a que me atiendan, mientras nos contagiábamos de todos los virus de la sala de espera.

A pesar de tener un seguro privado me considero, por ahora, uno de sus mejores clientes, porque sólo he acudido a la consulta para vacunar y para que nos cosan las brechas de la bicicleta, y eso, sólo porque la aguja aún no la domino a la perfección.

Pero creo que un buen curso de enfermería debería ser obligatorio en la escuela secundaria, dado que la sanidad pública está cada vez más colapsada y corta de presupuesto, y la gente cada vez más obsesionada con su salud.

¡Qué sería de nosotros sin la auto medicación! ¡Conseguir droga es hoy mucho más fácil que conseguir un antibiótico! Tienes que terminar ingresado con neumonía para que te receten uno, porque la sola pronunciación de la palabra “antibiótico” es hoy un pecado mortal. Y como todo lo prohibido, goza ya de su propio mercado negro.

Pero de todas ellas, son las nuevas enfermedades psicológicas, las que se curan mejor, porque éstas sólo necesitan de un buen proceso de limpieza y reseteo.

Sólo necesitas a alguien que sepa contar buenas historias y que esté un poco más loco que tú, para superarlas. Vuelves a casa sintiéndote cuerdo y hasta un poco rancio y aburrido en comparación, y cansado de darle siempre tantas vueltas al mismo problema.

La mente necesita, cada tanto, dar un salto cuántico porque ésta no tiene otra solución, que cambiar radicalmente de órbita de vez en cuando para mantenerse sana. 

Mi hijo de 10 años cuando tiene insomnio o está nervioso baja a mi habitación, le medico con un “tic tac” de naranja y duerme como un ángel y cuando le subo un poco la dosis, se queda dormido en la escalera y tengo que llevarle hasta su cama en brazos.

Así funciona la homeopatía y así se curan las mentes: sólo necesitas un poco de fe y alguien de mucha confianza. 

A todos nos asusta la enfermedad, pero lo que más miedo miedo nos da, es el dolor.

Yo he estado enfermo pocas veces, pero no tengo dudas de que la enfermedad es lo que te desapega de la vida y funciona como una ayuda para marcharse sin tantas resistencias.

Cuando te sientes muy mal, el mundo desaparece y es mucho más fácil decir adiós. 

Una vez me descompuse en un barco y sentí que iba a morir. Quedé abrazado a una papelera junto a algunos turistas chinos que sollozaban y vomitaban a mi lado. Me olvide de mis hijos, (que andaban por ahí dentro del barco) y de todo lo demás.

Morir en ese momento hubiera sido un alivio. Me hubiera ido ese día sin ninguna resistencia y sin ningún apego, con tal de escapar a ese malestar y poder soltar de una vez esa papelera.

Es el bienestar y nuestro mundo confortable y afectivo lo que nos apega a la vida, es por eso que la vida ha cobrado una dimensión diferente en estos tiempos tan saludables.

Las vidas miserables, las vidas con dolor, no valen tanto, ni provocan tanto apego.

Está muy bien cuidarse, pero el cuidado no debería impedirnos ni la vida, ni sus encantos. 

Hay incluso gente que no se enamora para no sufrir. ¿Y así es como vivimos? ¿Evitando vivir?

Está claro que estar vivo conlleva siempre algunos riesgos, pero no somos ni tan frágiles ni tan necesarios como creemos ser y la muerte nos lo recuerda siempre, sin preservar eternamente a ninguno.

Ella se lleva a todos sin distinción y no ha hecho excepciones, ni con los Mozarts, ni con los Jesucristos, ni con los Einsteins, porque no considera que nadie sea imprescindible.

La vida es sólo una oportunidad que nos durará poco tiempo y deberíamos aprovecharla sin tantos miedos; porque vivir siempre ha sido peligroso, lo otro, se llama “vida preventiva”. 

JR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“DATAFOBIA”

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Muchos afirman que en donde hablan los datos se callan todas las teorías, pero yo creo que inevitablemente, siempre surgen otras nuevas.

Uno solía leer datos y porcentajes en revistas financieras y científicas; pero hoy están en todos los artículos filosóficos, porque esta nueva tendencia: “el dataismo” ha generado una euforia, típica del deslumbramiento que produce lo nuevo y sostiene que todo aquello que pueda ser medido, debe ser medido y contabilizado.

Estas nuevas corrientes que consideran al dato y a la información obtenida (el big data) como a la única e irrefutable verdad, sostienen que el dato proporciona una información absoluta e incomparable sobre el ser humano desde todas las perspectivas posibles.

Y seguramente sea cierto, ya que controlan cada una de las entradas que hacemos en internet, ya sea para comprar, consultar, opinar, “compartir”o leer.

¿Pero controlar es conocer? 

El ser humano tiene un estilo mucho mas lineal y narrativo que el dato, como creo que es también el estilo de la historia, de la vida, del autoconocimiento, el de todos los procesos y también el de la Filosofía.

Mientras que el dato es algo acabado y cerrado, sin continuidad, el ser humano es un “human being” o un humano que “está siendo”, por lo cual nunca es algo terminado.

El dataismo asusta igual que cualquier otra ideología extremista, porque vaya uno a saber quién y cómo controla todos esos datos y con qué beneficio.

La utilidad del dato está principalmente enfocada hacia fines económicos y políticos y resulta alarmante cómo dentro de este nuevo sistema, se han establecido distintos grupos sociales o castas, que nos agrupan según nuestro perfil de consumo, nivel económico, social y tendencia política.

Uno se pregunta con cierto resquemor en cuál de todos estos nuevos estratos psicopoliticos y socioeconómicos estará ubicado y reza para no pertenecer al grupo al que ellos bautizaron internamente como “waste” (desperdicio o basura); porque con tanto reciclaje, uno teme que los verdes le conviertan en mobiliario o en tinta de impresora 3 D en caso de extrema necesidad.

El dataismo no es un fenómeno aislado, sino que es una tendencia bastante contagiosa y avanza como las pestes del medioevo.

Nos hemos acostumbrado a controlarlo todo, numerando y contabilizando hasta las respiraciones diarias, a modo de medicina preventiva. 

Y en cada paseo turístico oigo a algún viejecito  que comenta _ “Hoy anduve 3 kilómetros, 3 mil pasos y tuve un millón y medio de pulsaciones por segundo”_  y yo pienso para mis adentros: qué pérdida de tiempo para alguien tan anciano el haberse puesto a contar y haberse perdido de disfrutar del paseo, siendo candidato a quedarle tan pocos.

Pero contabilizarse el rendimiento, las calorías, la temperatura corporal, la glucosa en sangre, se ha establecido hoy como una forma de autocontrol saludable, mucho más que disfrutar de los momentos de felicidad, que son justamente esos, en los que uno se olvida de contar y el tiempo pasa volando.

Hoy se miden las pulsaciones incluso aquellos que practican meditación; esas prácticas espirituales que importaron desde la India a Occidente y que ahora se usan aquí con fines anti estrés; pero sus practicantes curiosamente no dejan nunca de contar, para ver si mañana superan o disminuyen el rendimiento espiritual y lo suben al Facebook

Yo me lo imagino al Budha observando a estos extremistas del rendimiento con las pulseras de cuentas tibetanas y el iWatch en la misma muñeca, midiendo a base de pulsaciones los likes del nirvana.

Hay en la autogestión de esta contabilidad autómata, típica del dataismo, una falta de profundidad y de sentido alarmantes, que en la juventud uno hasta perdona, pero en la vejez resulta irritante.

Y a uno se le viene entonces a la cabeza aquella casta dataista “waste” y se enfoca entonces en no desperdiciar con gilipolleces el poco tiempo que le queda.

Este dataismo es eso mismo que enferma a algunas mentes digitales, que piensan que la vida empieza y acaba en un Mac Book, en la partida de fortnite, en la opinión de un hater, en la cantidad de likes o de retuits o en la selfie de Instagram y que el paisaje que se ve a través de la ventana, es sólo una locación 6 D de realidad virtual.

O esos que escogen a la novia llenando una planilla que les asegure al menos un 80 por ciento de probabilidades de éxito, porque el objetivo es la eficiencia y el rendimiento más óptimo, incluso en la vida conyugal.

Y cuentan las copulas y los orgasmos semanales con especial detalle, para mantener el rendimiento adecuado y poder llamar al abogado a tiempo en caso contrario y así no perder la posibilidad de encontrar a Grey.

La infalibilidad y el máximo rendimiento son la finalidad última del dato, no lo es la felicidad, la construcción, el conocimiento, ni la experiencia.

Pareciera que uno ya no tiene tiempo ni de enamorarse, ni de equivocarse con tanto posgrado por delante y tanto menos de sufrir, si el dolor puede ser evitado con pastillas o con un buen dato recopilado a tiempo.

Todo está automatizado y librado al dato como hacían nuestras abuelas con el tarot. Uno se fía hoy ciegamente del dato, como lo hacían ellas antaño de la superstición.

Y hay que ver las caras de sorpresa después de cada elección presidencial. Los datos de la intención de voto nunca coinciden con los resultados. Y es que la gente aprende rápidamente a callar y a mentir, cuando se siente tan controlada.

Reconozco que frente a este nuevo KGB digital soy impotente, pero mi derecho a la resistencia lo ejerzo igualmente y lo aplico ocultando siempre mi información, usando perfiles falsos y múltiples, según el medio y mintiendo sistemáticamente en todas las encuestas.

Los dataistas no soportan ni la espera, ni el riesgo y desean contabilizar, manipular y organizarnos a todos el futuro, diciéndonos además, que nos hacen un favor y que todo es para que estemos más cómodos. Cuando la realidad es que tu data la utilizará siempre aquel a quien menos le importas.

Mi resistencia a su promesa de “veracidad” es mentir todo lo posible, para que todos los datos les salgan siempre mal y para que vean que los seres humanos, aún tenemos algunos recursos para hacer valer nuestro derecho al secreto.

JR

 

 

“ La infalibilidad del Big Data no ha tenido en cuenta ni a los mentirosos, ni a los impredecibles” JR

 

 

 

 

 

 

“La Democratización de la Vigilancia”

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Cuando necesito información sobre alguien, lo mejor es consultárselo a mi sobrina de quince años, quien a pesar de su cara de ángel, se ha convertido en una efectiva espía digital.

Ella sabe adonde están todos sus conocidos, amigos, familiares y vecinos en tiempo real, donde veranean, donde compran, donde cenaron anoche, cuando salen y cuando regresan de viaje e incluso en qué hotel se han hospedado y hasta los lugares que han visitado.

Ella no accede a toda esta data de forma ilegal, sino que esta información es ofrecida y expuesta por los vigilados de forma voluntaria. 

Pero curiosamente, no encontrarás información sobre ella en las redes sociales, porque mi sobrina ha descubierto que el poder no está en mostrarse y en exponerse, sino en observar sin ser visto.

La transparencia voluntaria a la que nos prestamos gustosos en estos tiempos, sin que nadie nos obligue a ella, nos expone y nos convierte en seres vigilados por entes invisibles.

En un principio la idea de la red social era que la vigilancia fuera mutua o recíproca, porque esto equiparaba entonces el poder. Si yo sé todo sobre ti, pero tú sabes todo sobre mí, la relación de poder queda igualada, porque frente a una total transparencia mutua, los dos tenemos el mismo poder sobre el otro; y ese poder lo da el acceso a la información del otro. 

El aumento imparable de la información proporcionada voluntariamente en redes sociales se debe además, a que se cuenta con los egos, que en su afán natural por superarse entre sí, llevan al límite su búsqueda de atención y exposición de la intimidad, aumentando día a día el caudal y la intensidad de la información proporcionada. (porque el ego suele ser generalmente proporcional al nivel de auto exposición)

En esta modalidad transparente cada uno entrega al otro una total visibilidad motivada en muchos casos por el ego, pero dispensada a modo de confianza, que termina convirtiéndonos en una sociedad de control, controlada. 

El inconveniente es la incompatibilidad que existe entre la transparencia y el poder, porque el poder necesita de la confianza, mientras que la transparencia la elimina, en pos de un control que nos iguala. 

Es por eso que el verdadero poder del político radica en la confianza que deposita en él su pueblo y ese es el verdadero poder de cualquier líder: la confianza de sus seguidores. Sin esa confianza, ni la política ni ningún tipo de liderazgo es posible. 

El problema que surge en las sociedades transparentes como la nuestra, es que la confianza está siendo desplazada por la transparencia y se le exige al líder político la total transparencia en todo momento, lo que pone de manifiesto a pueblos sumamente desconfiados de sus líderes ( no sin motivos) y produce a líderes con mucha menos capacidad de acción política.

La confianza era ese espacio en donde uno dejaba de saber; porque confiar era una entrega voluntaria de poder de acción, un voto de confianza que eximía al otro de la obligación a la información permanente.

En las relaciones de confianza, tanto públicas como privadas, se le permitía al otro la accion libre, sin el control desmedido que exige actualmente un pueblo con linterna.

Toda confianza para suceder, necesita de ese espacio libre de información, porque si ya lo sé todo en tiempo real sobre ti ¿ De qué me sirve tenerte confianza?

La confianza es ya un valor del pasado, porque en un mundo transparente como el nuestro, en donde no hay espacio que no exija ser iluminado por el foco de la autoexposición, es quien controla la información quien ha tomado el mando. 

 

JR

 

 

“El cuarto poder es hoy el nuevo tirano” JR

 

 

“Censura a la Diferencia”

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Hablar de multiculturidad y de diferencias es hoy en día arriesgarse a la censura y a la malinterpretación y son pocos los que se atreven a tocar estos temas sin temor, en una época en donde las sensibilidades se han inflado tanto, en pos de la obtención de atención y de poder.

Hace poco tiempo un profesor americano al que admiro profundamente aceptó dar una conferencia sobre el nuevo desafío de interculturalidad, que nos exige este siglo 21. Y para hacerlo, eligió como portada una imagen del dibujante y escritor Quino, en donde se muestra la diversidad en una actitud amigable y en un espacio en donde todos parecen disfrutar de esa cercanía.

Esta imagen que para mí transmitía una maravillosa inocencia sin malas intenciones, fue sin embargo censurada en la conferencia porque se alegó que los estereotipos de la imagen eran ofensivos  para los distintos colectivos.

Como Quino no vivió dentro de este momento histórico, en donde los movimientos del “black lives matters” el “me too” y el muro de Mexico ocupan hoy todas las portadas, es muy posible que no llegara a comprender hasta qué punto hoy en día todo molesta, todo hiere, todo discrimina y altera hasta la patología la sensibilidad del mundo occidental. 

La ofensa descripta en el estereotipo de Quino es la de representar al negro negro, al oriental oriental, al musulman musulman, al indígena indígena y al blanco blanco, habiendo tantas otras combinaciones distintas y posibles en la mezcla genética. O sea que la ofensa ¿es en realidad la representación de la sintetización?

Por más que haya miles de variantes distintas, el dibujo de Quino (a quien muchos catalogan ahora de racista) intentaba enfatizar y sintetizar una convivencia amigable entre todas las diferencias y no enfatizar la diferencia en sí, aunque el problema actual sea sin duda la aceptación de la diferencia.

Porque no hay que olvidar que este es un siglo en donde el eslogan de la igualdad es nuestro estandarte. 

¿Pero en una igualdad tan igualadora adónde se ubica la realidad? Porque aunque todos insistamos en erradicar la desigualdad (sobre todo la desigualdad de oportunidades) las diferencias en los resultados de las mismas oportunidades seguirán siempre existiendo y nos demostrarán que por más que intentemos igualarlo todo, la diferencia es la expresión innata de la libertad del individuo.

En un mundo sistemáticamente igual ¿en dónde queda entonces la diferencia?¿ Y en dónde queda ubicada la libertad de la existencia?

Existe actualmente una tendencia a utilizar cualquier cosa bien intencionada como material de protesta y de reivindicacion, aún sin existir ni ofensa, ni malas intenciones y este es un comportamiento muy habitual en estos tiempos en los Estados Unidos, en Europa y en America Latina y que dista mucho de ser altruista.

Esta tendencia a sentirse permanentemente ofendido o atacado está fomentada y alimentada por movimientos políticos cuya intención no es la lograr de una convivencia pacífica entre los distintos colectivos, sino todo lo contrario; se fomenta y se alienta el odio de los colectivos considerados oprimidos, hasta la violencia.

No se busca el mejoramiento de las oportunidades para los grupos más desfavorecidos, fomentando una actitud amigable y de colaboración y de integración, sino que se cultiva un ambiente de descontento, de odio y de rencor, necesarios para todo quiebre social, que viene seguido de una nueva forma política. 

La mira de estos grupos políticos está permanente puesta en encontrar la ofensa en todo e inventarla si hace falta, para seguir construyendo el camino hacia el quiebre social que les ubique en el poder. 

La pluriculturidad y la multiculturalidad son por definición la presencia de distintas etnias en un mismo espacio, pero no implican una relación entre ellas.

Sin embargo, la palabra que mejor  explica el fenómeno actual es la interculturalidad que es por definición la relación de las distintas etnias dentro de un mismo espacio.

Seguramente en esta definición estos grupos censurarían también la palabra “etnia”, por considerarla ofensiva, por lo cual seguiríamos eternamente sin poder hablar de este proceso tan urgente con comodidad, porque todo lo que digas será siempre utilizado en tu contra y como elemento de quiebre del diálogo.

Cuando las cosas no tienen manera de nombrarse sin ofender a nadie, entonces dejan de hablarse y se abandona el diálogo, quedando disponible sólo un único discurso o un único pensamiento: el discurso del ofendido, sin posibilidad de réplica.

¿Quién se atreve a replicar nada, si todo lo que diga será tachado de racista, sexista  etc?

Esta censura a la diferencia hace que sea imposible tratar los temas para encontrarse las soluciones.

La ofensa es una táctica muy hábil de poder. Uno se ofende, entonces la charla se interrumpe y el que se ofende hace callar al otro y gana. 

Estos temas se han vuelto tabú o inombrables porque ya nadie se atreve a disentir del discurso único. Y se fomenta la culpabilizacion sistemática del colectivo blanco, como generador de todos los problemas de los demás colectivos.

Poco a poco y a fuerza del insulto sistemático y curiosamente no censurado a este colectivo (white trash o basura blanca) se localiza al problema de la desigualdad en un grupo determinado: la culpa de todo la tienen los blancos. 

La problemática con aquello que se vuelve inombrable, como fue en su momento el sexo, es que el tema sigue  percibiéndose como un problema; porque la cualidad de aquello que no puede nombrarse ( al ser censurado)  es su persistencia y la continuidad de su percepción como la de un problema que en vez de tratarse con normalidad, sigue creciendo por debajo hasta que te estalla en la cara. 

Pero lo que se nos escapa, es que justamente es en la continuidad del problema, en donde radica su fuerza o su poder. 

Cuando un problema se soluciona o se supera, todos aquellos que vivían de ese problema ya no pueden vivir más de él y tienen que buscarse otra forma de sustento.

Porque ante la solución de cada problema, uno debe inventarse una nueva forma de existencia, que suele llevar mucho más esfuerzo que la antigua y sistemática protesta de toda la vida.

Hoy en dia la gente está callada y con miedo a decir algo que pueda ofender a alguien, e incluso yo, entro ya con cierto resquemor al “ Small World” de Disneyland Paris, por temor a que a la salida me llamen promotor del estereotipo racista creado por Walt Disney.

JR

 

“ Cuando cada uno cargue con sus culpas, no habrá culpables” A. Porchia

“ El Agobio Amable”

 

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Desde la invención del Whats App, (esa aplicación que todos utilizamos permanentemente), una nueva forma de comunicación efectiva, afectiva y a veces agobiante, se ha instalado entre nosotros.

Si bien la comunicación es necesaria y nos mantiene al tanto de todo lo que sucede en el mundo, el exceso de comunicación puede resultar no sólo asfixiante, sino también una forma de dominio muy sutil y enfermiza, aunque generalmente vaya disfrazada de cariño y de cercanía.

Yo agradezco que en mi juventud no existieran estas cosas y haber disfrutado de tener espacios de “nada”.

Si alguien te llamaba a casa y el teléfono comunicaba, (cosa muy frecuente en una casa con 5 hermanos), o insistía hasta el cansancio o llamaba a otra persona.

Uno sin duda perdía algunas oportunidades, pero también se libraba de la obligación de tener que estar siempre disponible.

En aquella época uno podía estudiar, leer un libro, ver una película en familia, tocar un instrumento, estar en silencio, cenar sin interrupciones o aburrirse, sin necesidad de tener que estar simultáneamente en línea con alguien.

Hoy en cambio, las comunicaciones son en ocasiones atocigantes. Estamos  permanentemente en línea con el novio, con los padres, con los amigos o con los hijos, a quienes además, localizamos 24 horas al día con una aplicación radar.

El control y el mensajito son continuos y a toda hora, y ni siquiera el vivir en el extranjero te garantiza ya el poder escapar de este agobio amable.

Todo este aburrimiento canalizado en la comunicación se hace en nombre del amor, del interés y de la preocupación y se soporta en silencio; porque quien como yo, se atreva a decir en voz alta que esto esto es un agobio, es catalogado de sociopata insensible.

La gente ya no tiene tiempo ni de vivir las vacaciones porque la foto, el Instagram o el mensajito instantáneo interrumpen todos los momentos.

“¿Cómo has pasado tu viaje?”-

“En línea contigo. No me quedó tiempo para vivir nada más”_

Hoy en día la comunicación permanente se ha convertido en un nuevo mandato y está sobrevalorada porque se la considera como a una parte escencial de la autoexposición obligada contemporánea, imprescindible para no desaparecer del radar de los demás. 

Se considera a la comunicación además, como a la forjadora de todos los vínculos; aunque no haya duda de que en muchas ocasiones algunas distancias resulten ser mucho más saludables que ciertas cercanías.

Hace un tiempo un vecino de mi barrio sugirió armar un chat para poder conocer mejor a todos los vecinos. Este era un barrio sumamente pacifico, en donde nadie se conocía y vivíamos en paz; pero a partir de este chat amistoso comenzaron las riñas, las peleas, las discusiones políticas y los insultos entre toda la comunidad, que hasta la aparición de este chat había convivido siempre pacíficamente y manteniendo una incomunicada y sana distancia.

Esta innovadora tendencia a la cercanía y a la intimidad obligada con todo el mundo, no sólo termina muchas veces en conflicto, sino que además es una utopía muy dañina que intenta anular el espacio privado.

El nuevo mandato de tener que estar permanentemente comunicados, generando y compartiendo información personal, no sólo provoca inestabilidad y desconcentración en unos y en otros, sino que también nos impide la oportunidad de vivir y potenciar nuestros espacios de soledad.

La soledad, que hoy es catalogada como un elemento altamente peligroso, era lo que nos daba estabilidad, reflexión, autonomía y paz. 

Mi hijo pequeño que es un chico muy querido por sus compañeros, siempre está rodeado de niños y niñas en el patio. Yo pensaba que era muy feliz siendo tan popular, pero el otro día me confesó que su situación era insoportable.

_”Todos me hablan sin parar y a veces hasta me mareo, entonces propongo jugar al escondite y me escondo en un aula vacía y así consigo estar un rato en silencio”.

En una generación en donde el ruido es una constante y la comunicación es potenciada incesantemente por el exceso de información, exposición y competencia, la necesidad de generar espacios de silencio resulta ser más que nunca urgente. 

El silencio no es sólo la ausencia del sonido de una voz, sino también la ausencia del ruido digital.

Hay silencio en el juego libre, en la danza no pautada, en la contemplación desinteresada, en la música o en cualquier actividad recreativa cuyo único fin sea el disfrute y no el compartir instantáneamente en las redes cualquier cosa que disfruto.

Este exceso de comunicación disfrazado de interacción amable es en muchas ocasiones una forma de violencia y de control igual al de la gestapo.

“¿Adónde estás? ¿Qué haces? ¿Qué estás pensando?  Estabas en línea ¿con quién chateabas? ¿Has visto la foto de perfil de Fulanito? ¿Por qué has cambiado tu estado? Creo que Mengano me ha bloqueado.Un tic, dos tics, leído.¿por qué no me contestas? ¿Hora de tu última conexión? ¿Te gusta?”

Y basta con que compres algo por internet para que de pronto en todas tus aplicaciones comiencen a ofrecerte amablemente un millón de accesorios para tu compra. Y entonces, comienzas a sospechar que de verdad estás viviendo bajo la mirada de la policia nazi.

Mi padre siempre decía “ No news, good news” ( sin noticias, buenas noticias) y tenía razón, porque la verdadera amabilidad no es la que te hostiga permanentemente con información o la que te interroga permanentemente, sino la que te regala tu espacio y tu derecho al silencio.

Y ese tipo de cercanía, que como todo equilibrio es difícil de conseguir, se logra viviendo feliz y dejando también vivir feliz y en paz al otro.

JR

 

 

“No hay nada más dañino que el aburrimiento mal canalizado” JR

“Amén Digital”

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Una vez intentaron insultarme y me llamaron “impredecible”, algo a lo que a partir de ese momento consideré como a una de mis escasas virtudes. Y una de esas pocas, que uno debe empeñarse en no domesticar jamás.

La predictibilidad no sólo te vuelve un tipo sumamente aburrido, sino también poco inteligente, porque uno se acostumbra a ir siempre por los mismos caminos, dejando de ver el entorno cambiante que le rodea y creyendo que éste siempre es y será el mismo.

Y así es como la predictibilidad se vuelve peligrosa para uno y para el entorno, porque cuando el mundo cambia, la respuesta debe ser también diferente.

Un primo mío que practicaba ser ciego para saltarse la mili, solía entrar en su casa cada noche sin encender ninguna luz, pero eso le exigía que el ambiente estuviera siempre igual y ordenado de la misma manera, porque en cuanto algo estaba fuera de lugar, se la pegaba contra algo.

Otra de las consecuencias de ser impredecible es la poca información que los demás pueden acumular sobre uno, porque según qué cosa y en qué circunstancias te ubicas arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda o en el centro, como deberíamos hacer todos; ya que la inmovilidad dificulta mucho la visión del panorama general y genera además entumecimiento muscular. 

Otro impedimento de la impredictibilidad  es la pertenencia a los grupos, porque el grupo te exige una concordancia incondicional, que no sólo dificulta la libertad y atrofia la inteligencia, sino que anula además toda posibilidad de opinión, obligándote al like como a aquel amén que se nos exigía responder después de las palabras de cualquiera; aunque no estuviéramos de acuerdo en la mayoría de los puntos expuestos.

La concordancia es sin lugar a dudas la condición imprescindible para pertenecer a cualquier grupo, porque en cuanto empiezas a desentonar, rápidamente te bloquean o te eliminan.

También existe la posibilidad de que los predecibles formen un grupo paralelo y te vayan dejando solo en el grupo anterior. Y un día por casualidad descubras que eres el administrador y el único miembro que queda en un grupo de predecibles fugados, incapaces de decir nada de frente, ni de soportar el dejar de mirarse al espejo del pensamiento idéntico.

El like no sólo reafirma la amistad y genera una sensación de felicidad en aquel que lo recibe, sino que obliga también a la continuidad. ¿Si ayer me pusiste un like, por qué hoy no me lo pones? ¿Es que hoy ya no te gusto?

Pero también perturba aquel likeador incondicional, porque con ellos empiezas a dudar si en realidad el like es un botón fijo, que mantienen siempre pulsado para que creas que todo lo tuyo les gusta, o si en realidad te likean porque no te leen.

La búsqueda del like genera patologías de lo más extrañas y también múltiples adicciones, como sucede con cualquier otro tipo de obsesión por la aprobación y por la reafirmación externa.

Uno se vuelve entonces como los drogadictos, dispuesto a hacer lo que sea por obtener su dosis diaria de adulación y de concordancia.

Algunos se hacen amigos de cualquiera, otros se fotografían desnudos, algunos se filman teniendo sexo o sufriendo accidentes y hay muchos otros extremistas, que se graban suicidándose. Todo sea por el like y por la búsqueda de la concordancia, aunque sea en el espanto.

Ser impredecible te permite escapar del compromiso del like incondicional y te da la posibilidad de disentir y de pensar por ti mismo y diferente a cómo pensabas ayer y a cómo pensarás mañana, porque los impredecibles no se sienten coaccionados ni siquiera por sí mismos.

Pero aún a pesar de sus múltiples soledades, la impredictibilidad es de todas las virtudes, la que más huele a libertad. 

 

JR

 

“ La liberación es completa cuando se libera de la aprobación de los unos, de los otros, de la del maestro, de la de uno mismo y finalmente se libera de la liberación” JR

 

 

 

 

 

 

 

“ARTE-tainment”

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Cuando todo el mundo canta, cuando todo el mundo pinta, cuando todo el mundo baila y cuando todo el mundo escribe ¿Adónde encontramos al arte? 

Cuando el arte deja de ser una excepcionalidad y se convierte en una forma de entretenimiento masivo, en donde todos cantan, todos bailan, todos pintan y todos escriben, ¿el arte gana o pierde?

A raíz de este nuevo fenómeno de masificación artística ha surgido un nuevo concepto que describe a esta nueva variante de una forma un poco más justa:  el ”artetainment”.

El artetainment es la utilización de métodos artísticos con el único fin de entretenernos.

No es casual que en un mundo en donde las comodidades han facilitado mucho las tareas cotidianas, el tiempo libre se haya multiplicado de forma alarmante.

Sobra el tiempo y a ese tiempo sobrante hay que llenarlo de alguna manera, antes de que lo ocupe nuestra conciencia del vacío o lo que actualmente denominamos como depresión.

Esta percepción del vacío se amplificó enormemente con la comodidad y la necesidad de llenar ese enorme hueco lo ocuparon la televisión, el shopping, el deporte, los viajes, los videojuegos, el yoga, netflix y también el arte. Porque está claro que uno hace lo que sea por evitar la nada. 

Antiguamente el arte les sucedía sólo a unos pocos y se lo colocaba en un lugar muy cercano a la patología; algo que emanaba del artista como una forma de expresión natural o como una enfermedad crónica incurable.

Ser artista es una profesión que en tiempos de productividad se asocia a la ocupación en lo inútil.

Cuando un hijo manifiesta que va a ser ingeniero o empresario, uno siente un alivio, que no se siente cuando nos dice que va a ser un artista.

En ese caso uno piensa:  “¡Qué desgracia! ¿De qué va a vivir este hombre? 

En estos tiempos en que el éxito va asociado inevitablemente al placer, el antiguo concepto del proceso creativo basado en el displacer del artista ha cambiado y esto también ha modificado  al arte.

El individuo actual ve en el artetainment no sólo una forma de ocupación rentable y gratificante a la que apunta con codicia, sino que también vislumbra en el arte una acción terapéutica sumamente comercial. Porque el artetainment es hoy también utilizado con fines curativos en su versión de arteterapia.

Si estás triste o aburrido te recetan bailar, pintar, escribir poesía, o moldear arcilla; y  no lo hacen porque crean que tienes un talento especial para alguna de estas artes, sino a modo de analgésico paliativo sin graves efectos secundarios; una ayuda para sobrellevar el aburrimiento o el vacío de la vida. 

Esta finalidad calmante o anestesiante es otra de las diferencias fundamentales entre el verdadero arte y el artetainment.

Mientras que el artetainment se receta y se cultiva como un cuidado paliativo frente al dolor, el arte original por el contrario, evita y repudia cualquier método silenciador y distractor de masas, porque el trabajo del arte consiste en amplificar, poner color, forma, letra, ritmo y sonido a una realidad que es evidente para el artista.

El pintor pintaba para saciar su necesidad de expresarse, el bailarín bailaba intentando saltar de si mismo, el escritor escribía para deshacerse del machaque mental que le provocaban las ideas sobre el mundo en su cerebro. Había por lo tanto en el proceso creativo del artista, una disconformidad, una inquietud, una duda, una incomodidad o un displacer.

Aquel viejo concepto de que el arte sucede a pesar del artista, como una alergia inmune a toda resistencia, se ve poco, y es que el artetainment trabaja justamente en la dirección opuesta porque es un producto que pertenece a la industria más poderosa del mundo; la industria de la distracción o del entretenimiento.

El artetainment, como cualquier otro producto comercial, se cultiva  y se acomoda al gusto masivo, se rocía de fertilizante y se le da el color y la forma  adecuadas para satisfacer el gusto del mercado, apuntando sin concesiones a la concordancia, que le otorgan la seguridad y la rentabilidad de toda aceptación masiva.

Aprender cualquier forma de expresión artística es principalmente aprender a dominar un instrumento y en la vida los instrumentos son necesarios porque siempre nos acompañan, nos relajan y nos alivian.

Pero dominar un instrumento a la perfección no es ser un artista, ya que el arte sólo aparece cuando el instrumento sirve de pasaje y tiene algo nuevo que decir, porque la finalidad del el arte no es complacerte, sino despertarte. 

 

JR

 

 

“ Es curioso como la superficialidad te  hunde sin llevarte jamás a lo profundo y a su vez rescata a aquellos que se ahogan de profundidad” JR

 

“El Auténtico Placer”

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Mi abuela solía disimular la abundancia, porque así era como antiguamente la gente educada demostraba piedad.

Y esa piedad consistía en no provocar en el otro ni malos sentimientos, ni envidias.

Esta era una forma de consideración y de respeto, que incluía la profunda conciencia de que ser más feliz o tener más recursos disponibles que otras personas, no era algo de lo que uno debía presumir, sino algo que uno debía disfrutar.

Y el verdadero disfrute es siempre invisible y silencioso.

No comas pan delante de los pobres” solía decir mi abuela, implorando siempre la moderación adecuada en los relatos de las conquistas, de las capacidades y de las riquezas.

La ostentación no sólo era un símbolo de mala educación y de grosería, sino que además, reflejaba una falta de empatía enorme hacia el entorno. 

Esta tendencia a minimizar los logros o los progresos propios estuvo siempre muy dentro de mí, hasta el punto de traspasar el límite de la piedad y asentarme en el campo de la auto desvalorización.

Uno, intentando nunca herir a nadie, se reducía tanto, que al final desaparecía.

Mi padre, denotando esta falta de valoración en mí, me enseñó otro dicho popular que me ayudó a balancear tanta humildad innecesaria, hacia un punto más nutritivo.

No te agaches tanto, que se te ve el culo” me decía, viendo que en este mundo de show offs, ostentación y escaparates, tanta piedad no me hacía justicia.

Hoy sin embargo, esa piedad está olvidada y mucha gente vive, viaja y hace cosas únicamente para mostrarse y para generar envidia en su entorno.

Hay un disfrute extraño en la ostentación que incluye a modo de placer, la envidia del otro. Y que sin esa envidia, no logra nunca ser un disfrute completo. 

La obsesión actual con publicar en redes sociales todo movimiento, tiene que ver con esa forma de disfrutar ruidosa, que incluye a la mirada del otro en todos nuestros procesos felices, como si disfrutar incluyera ser visto.

Porque si nadie lo ve y lo envidia ¿para qué viajar o comprar el coche de lujo?

La ostentación es la característica escencial del nuevo rico. Aquel que necesita reafirmarse con la riqueza porque en esa reafirmación encuentra un poder que cuando era pobre no tenía.

El rico de siempre por el contrario, acostumbrado a la abundancia, percibe a la riqueza como a una normalidad; no como a algo que haya que mostrar, sino como a algo que debe esconder lo máximo posible, para asegurarse de que la gente no se acerca a él únicamente por su dinero o por su posición.

En este nuevo mundo de escaparates muchos buscan mostrarse y ser envidiados, porque consideran que el verdadero placer, no está en el placer en sí mismo, sino en la posibilidad que éste nos ofrece para generar envidia.

Y luego corren a ponerse cintas rojas, manitas y ojitos contra el mal de ojo, para curarse de la envidia que ellos mismos se provocan.

 

JR

 

“ La felicidad es invisible y silenciosa” JR

 

“El Troll Desigual”

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Ayer leía un artículo del New York Times que dictaminaba con tristeza que la lucha contra los “trolls” está perdida y que nada puede hacerse para erradicarlos.

Me sentí identificado en algún punto con aquello, porque en muchísimas ocasiones se me ha catalogado de troll, simplemente por opinar distinto al clan.

Todo aquel que desacomode un poco la uniformidad de lo igual es considerado actualmente como un troll, aunque no lo sea.

Yo he probado de muchas formas poner en duda al pensamiento único, siempre con respeto y argumentos sólidos, y en todas esas ocasiones he sido agredido sin piedad por los grupos de clones que pueblan determinados periódicos digitales.

Toda población de clones, acostumbrada a sobrevivir en el eco, se suma en masa a la agresión al distinto y juntos y envalentonados iban a por mí (el supuesto troll) porque desencajaba sin miramientos en su cadena de comentarios idénticos.

He tenido muchas experiencias curiosas en las redes sociales, por ejemplo al cuestionar la violencia de distintos grupos supuestamente “pacifistas” y he terminado siendo agredido por los “pacíficos”, como uno nunca se hubiera imaginado que un pacifista fuese capaz de agredir.

Estas duras experiencias me han enseñado que el discurso digital dista mucho de la realidad y que internet se ha convertido en una plataforma de postureo y concordancia.

Todo aquello que no concuerde con uno es rápidamente agredido u eliminado; como si el verdadero afán de estar en redes fuera el encontrarse con lo mismo mirándose al espejo.

El individuo clon se siente rápidamente ofendido y agredido por una opinión distinta, aunque en esa opinión distinta no exista ningún tipo de agresión o de insulto.

Hoy la falta de concordancia en sí misma es considerada como una agresión, cosa que pone en duda y en riesgo nuestra libertad.

Pareciera que la libertad de expresión se le permite únicamente  a determinados grupos de clones, pero no a todos.  ¿O acaso yo, que pienso distinto a tu clan, no tengo también derecho a la libertad de expresión?

Contrariamente a los lectores del New York Times, la noticia de que no podremos deshacernos de los trolls me provocó un gran alivio, porque la sola idea de que el pensamiento único se apodere de la red me resulta escalofriante.

Estamos en redes en busca del like y quien lo niegue, miente. Pero también estamos en redes para aprender y para acercarnos a un mundo que piensa y siente distinto a nosotros.

Entrar en un periódico a leer opiniones de gente radicalmente opuesta a nosotros  nos abre una perspectiva diferente e incluso nos enseña. Yo he aprendido más de aquellos que piensan distinto, que de aquellos que piensan igual, porque aquello que piensan mis iguales, ya lo sé.

Gracias a mis incursiones en las redes sociales he accedido a bibliografía de todo tipo. He investigado más sobre Historia, Filosofía y Religión. He consultado datos y grupos sociales que desconocía y he conocido sus problemáticas particulares y sus motivaciones. Y aunque muchos de mis argumentos anteriores no se hayan modificado con esa investigación, he ampliado la mira y he encontrado nuevos argumentos para el debate.

No voy a negar que codearse con lo desigual no sea sumamente peligroso, ni que uno no se llevará más de un insulto a casa por cada cuestionamiento inapropiado al grupo equivocado; pero a la larga, vivir peligrosamente siempre  enriquece.

 

JR

 

“ Ver el mundo es alejarse del espejo” JR

Del “Nice” al “Real”

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“Be nice” es el mandamiento que el mundo civilizado ha establecido como virtud en el mundo de los buenos. Y cuanto más civilizado es un pueblo, más “nice” se vuelve.

Una cosa es ser educado y otra muy distinta es ese empalagoso “nice incondicional” a base de hipocresía que hoy tanto se fomenta.

Uno debería aprender a ser normal desde pequeño, a pedir cuando necesita, a agradecer cuando le dan, a exigir cuando se le escatima, a amar cuando se siente amado, a reír cuando le hace gracia, a estar triste si hay motivos, a enfadarse si la circunstancia lo amerita y a reconocer como falsedad cualquier reacción que no responda a sus verdaderos sentimientos.

El adoctrinamiento en la hipocresía positiva no debería administrarse en los niños desde tan pequeños, ni en dosis tan elevadas, como se hace actualmente en el mundo de los buenos.

Mas allá de ir con cuidado para no herir deliberadamente a nadie, la falsedad debería tratarse como a esa excepción piadosa, que uno debe hacer de vez en cuando, más que como a una forma de vida.

El no herir y el respetar la libertad de otro individuo debería ser nuestra primera norma, junto con la exigencia de esas mismas consideraciones para con nosotros.

Y nuestra meta debería ser la de llegar a ser justos, no buenos. Porque la bondad en dosis elevadas malogra tanto como la maldad.

Es por eso que un niño al que se le permite todo por pura bondad, se vuelve malo, dañino, caprichoso y carnaza disponible para todos los vicios.

Ser demasiado bueno genera inevitablemente un resultado demasiado malo. Por eso la bondad nunca fue una virtud divina, como lo es la justicia.

 Quien sólo está enfocado en convertirse en bueno, pierde además el valioso tiempo que tiene para descubrir quién es. Y sólo quienes se conocen a sí mismos pueden llegar a ser justos, porque el uno es la medida del todo.

Quienes adoctrinan en la santidad en cambio, evitan el uno y el autoconocimiento del que hablaba Sócrates y focalizan al niño desde pequeño en un ejemplo a imitar, un Dios, un maestro o un profeta al que tienen que seguir y copiar, desviándoles de esa manera de su propio camino.

La imitación te aleja de ti y es una empresa destinada al fracaso, por ser totalmente opuesta al ser uno mismo, que es en realidad tu único ser posible.

Tú solo puedes ser tú y yo sólo puedo ser yo.  Y esto es lo que cualquier niño debería responder a sus sacerdotes. ¿Qué hay tan malo en mi, para tener que pasarme la vida intentando ser otra persona? 

Cuando la patología “nice” se lleva al extremo, no solamente irrita e incita a la violencia al que recibe ese dulzor fingido, que destila hedor a falsete por los cuatro costados, sino que aspira a adiestrar a las nuevas generaciones en la hipocresía radical a base de ejemplo. 

Al cumplir los 20 años de edad, el individuo formateado en el programa “nice” se encuentra en facebook con un millón de amigos, pero sintiéndose muy solo. _ “Están todos menos yo”_ piensa, al darse cuenta de que no sabe bien quien es.

El psicólogo o el sacerdote, que se aseguraron el trabajo futuro colaborando en los programas educativos para el formateo en masa de estas mentes “nice”,  le dirán a su cliente 20 años más tarde y sin ningún remordimiento, que durante los próximos 25 años las terapias estarán ahora enfocadas en ayudarle a encontrar a su yo auténtico.

El individuo que ha gastado ya miles de dólares en educación, pensando que ésta consistía en un camino de conocimiento, seguido de un adiestramiento acorde a cada originalidad, seguirá gastando a partir de ahora y hasta la edad de su jubilación una cantidad similar en terapias, retiros espirituales, cursos de milagros e insight, para reeducar esa mentalidad formateada en el “nice” y conducirla ahora hasta el “real”.

La otra opción disponible en estos casos,  aunque más riesgosa por supuesto, es la de tomar el atajo de las drogas, que le proporcionarían al individuo la sensación de lo real, pero sólo por un tiempo limitado.

Las crisis de identidad son muy frecuentes en el mundo de los clones y son poco comunes en el mundo de los individuos.

La rentabilidad de estas crisis la aprovechan los buenos; aquellos que primero crean el mal y luego amablemente se benefician también al intentar curarlo.

Psicologicamente nos han dañado más las religiones que las guerras, por eso uno aprende con el tiempo a temer mas a los buenos que a los malos, porque el bueno crea al fanático, que es de donde surgen luego todos los males.

Y aunque el daño de los buenos sea menos notorio en un principio que el del malo, su silencioso trabajo lo hace aún  más profundo y difícil de sanar que el mal de los malos. 

Por el contrario, quien siempre se supo un individuo particular y libre, con posesion de sus capacidades de reacción individuales a estímulos distintos, no presenta generalmente la patología de no saber quién es, ni se cuestiona semejantes cuestiones existenciales.

Quien cuando está contento ríe y cuando está triste llora, cuando está enfadado se enfada, cuando te quiere se nota y cuando no te quiere también; vive de una forma auténtica conociendo tanto  sus motivaciones como sus reacciones. Y es en esa familiaridad con lo real que se vuelve capaz de moderarse según las circunstancias.

Porque la moderación real no es negación ni bloqueo, sino un esfuerzo consciente por reducir la intensidad de un impulso. Y en este proceso hay conciencia.

Vivir en el mundo de los falsos agota al falso y tensiona al receptor del falso,  porque uno no sabe en qué momento esa psiquis oprimida explotará y le clavará  a uno un puñal en el estómago, hastiada de ser “nice” toda la vida.

En cambio, con los reales uno se siente a salvo. Su sonrisa no es forzada y si se ríen de tu broma es porque fuiste de verdad gracioso. Su tono de voz te hace sentir como a un individuo al que se respeta y se valora y eso siempre tranquiliza,

Existe en el adiestramiento del “nice”una forma de sugestión que desvaloriza al individuo desde pequeño. A los niños se les habla como si fueran estupidos y sin ningún respeto se les evita la verdad enseñándoles a vivir en un mundo de mentiras, en el que admirar la vestimenta del emperador desnudo es lo correcto y ser un hipócrita es ser un hombre normal.

Nadie niega que a la hipocresía haya que aprenderla, pero siempre siendo consciente de ella.

Cuando uno es un hipócrita tiene que saber que está siendo un hipócrita.

El problema surge cuando el hipócrita se considera un santo. 

Ser real no es ni ser un santo, ni ser un maleducado, sino ser capaz de reconocerse a uno mismo en cada circunstancia.

JR

 

“La verdad da miedo porque como no tiene amigos ni familia, no siente la obligación de tener que quedar bien con nadie” JR

 

 

“De Ganar a Perder”

“Ni el hábito hace al monje, ni los años hacen al sabio” JR

 

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Hay un proceso en la percepción de todo cambio y aunque el cambio suceda de forma continua e imperceptible a nuestra mirada y nuestra única forma de captarlo sea a través de la percepción fotográfica, (que para conocer detiene y retiene el cambio en un lugar fijo); este lugar sigue cambiando al instante siguiente del clic.

Esta continuidad es lo que define a un proceso, como a un suceder que no se detiene.

Uno se pasa casi la mitad de la vida pensando en lo que tiene aún por ganar; en todo aquello que puede obtener o conseguir de la vida; éxito, prestigio, sabiduría, afectos, conocimiento, experiencias, bienes materiales o espiritualidad. Y hay personas que nunca traspasan esta fase y se mantienen en ella, con la mirada fija en lo que tienen aún por ganar, hasta que mueren.

Pero el proceso vital completo debería mutar en algún momento desde la percepción de lo que tengo para ganar hacia la percepción de lo que tengo para perder.

En esta mutación de lo vital es en donde cambia el enfoque, de lo que uno tiene aún por ganar, a lo que uno empezará inevitablemente a perder a partir de ahora. 

Este viraje puede derivar o en una patología de ansiedad compulsiva depresiva e inútil, que no llevará más que a la propia destrucción de la psiquis, o, en una gratitud profunda y en una nueva forma de valoración. Y de nosotros depende la actitud que asumamos en este viraje.

Cuando el proceso muta desde la conciencia de lo que tengo para ganar a la conciencia de lo que tengo para perder, la mirada cambia.

La nueva mirada comienza a poner en valor cosas distintas o quizás a mirar de forma distinta las mismas cosas.

La conciencia sobre todo aquello que uno empezará a perder inevitablemente a partir de cierto momento vital, (la juventud, la salud, el trato cotidiano con los amados, el deleite por los sabores, por los olores, por la música, por la naturaleza, por la lectura, etc) se parece a la preparación para un viaje de desapego.

Y al tomar conciencia de él, produce un efecto similar al fotográfico.

Uno comienza a retener ciertos instantes y a inmortalizarlos en su corazón a modo de agradecimiento, con la conciencia de que quizás, no se repitan o no vuelvan.

Es muy curioso este proceso porque  cuando la conciencia sobre lo que uno tiene por perder aparece, uno empieza a valorar hasta las cosas mas pequeñas y así es como siente que en la vida ha ganado mucho más de lo que perderá inevitablemente.

 

JR

 

“ Hay procesos que para apreciarse necesitan distancia” JR

 

 

“Hipervisibles”

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En la época de la hiperproduccion no es casual que muchas otras cosas se hayan hiperactivado junto con ella.

La hiperproducción necesita del hiperconsumo para sostener su productividad y también de la hipercomunicación para publicitarla y ser hiperconsumida.

Este nuevo paradigma de lo “hiper” se traslada también al ser humano, al aplicarse el mismo formato “hiper”  para nosotros.

Todos aquellos que no tengan un producto determinado para vender, se convertirán ellos mismos en el producto en exhibición.

Las redes sociales nos han aportado además de un acceso directo e instantáneo al mundo, una plataforma de exhibición poderosisima, en donde nosotros también podemos producirnos, comunicar, publicitarnos y ser consumidos como si fuésemos un producto más en este mundo hiper consumista. 

Nos hemos convertido así, en posibles elementos consumibles de este nuevo ecosistema “pac man” dispuesto a devorárselo todo. 

El internet no ha derribado únicamente la barrera del tiempo y del espacio ofreciéndonos a la inmediatez y a la instantaneidad como a los nuevos valores espacio- temporales actuales, sino que ha derribado también la barrera de lo privado en pos de una moderna transparencia.

En esta modalidad transparente todo se ve y se muestra, pero sin obedecer a una coacción externa, sino autoabducidos hacia una hipertransparencia, que consiste en una exhibición voluntaria que nos empuja a mostrarnos, como nunca antes el ser humano se había mostrado.

Estamos hiperinformados, hipercomunicados y también hipervisibles para quien desee ver quienes somos, con quien estamos, qué pensamos, en qué creemos, qué nos gusta, qué consumimos y sobre todo de qué forma nos gusta ser vistos.

Esta exhibición de lo instantáneo esconde sin embargo, el peligro de prescindir de fecha de caducidad, ya que la red archiva y no perdona, ni olvida nada jamás.

La transparencia; que fue en los años 90 el estandarte de la sugestión; algo que mostraba a la vez que ocultaba; fue sin duda un componente importantísimo para la seducción.

Pero la transparencia actual, considerada por muchos como un valor de la mentalidad positiva, se ha llevado al extremo de lo “hiper”(alegando que quien no tiene nada que esconder, no debería temer ser transparente).

Pero cuando la hipertransparencia anula por completo lo oculto, el misterio y la privacidad, el individuo pierde entonces algo muy valioso en su condición de ser humano. 

Sabemos que a nivel mundial la privacidad es el precio a pagar por una supuesta seguridad, debido al tipo de controles necesarios para luchar contra las nuevas modalidades del mal, que ya no son enfrentamientos visibles ni declarados como lo eran antes, sino células infiltradas dentro de la propia cultura y del sistema, sin un uniforme en concreto, ni aquel antiguo distintivo de enemigo a la vista, que lo identificaba y que hoy nos convierte a todos, en posibles sospechosos.

Pero lo alarmante de esta hipertransparencia digital voluntaria, (que en ocasiones de tan transparente roza lo obsceno), es que ni siquiera es percibida como tal, por el individuo que hace de su exhibición cotidiana, una forma de vida.  Y que vive prescindiendo sin melancolía de lo privado, (eso que tanto solíamos cuidar los seres humanos pre-digitales como yo).

La privacidad era ese espacio personal  en donde casi nadie entraba y que no permanecia oculto por ser oscuro, sino por ser demasiado nuestro. 

Hoy la privacidad es un nuevo producto, que al ser hiperconsumible es también  hiperrentable.

La hipervisibilidad ha desencadenado junto a este exhibicionismo desmedido, otro vicio que no es otro, que el de la hiperhipocresía.

El exhibicionista desea ser hipervisible e hiperconsumido pero de una manera determinada y para serlo, busca a conciencia la forma de despertar el interés de su target.

Por lo que la hipervisibilidad se ha transformado también en la plataforma ideal para la hipermentira. 

El individuo en exhibición vive entonces una contradictoria realidad – virtual, entre lo que es, lo que desea ser, lo que cree que es, lo que quiere mostrar que es y lo que necesita ocultar en pos de esta hipertransparencia, que al acelerarse tanto, en vez de mostrar, finge y esconde.

Cuando la luz de los focos en vez de alumbrar nos ciega, deja de servir como plataforma para volvernos mas cercanos y accesibles y nos baja a la categoría de producto ávido de ser consumido a cualquier precio.

 

JR

“Vivo de aquello que los otros no saben de mí”   Peter Hadke

“Esclavos de la Planificación”

“Existe algo mágico y a la vez terrorífico en todo aquello que escapa a nuestros planes y es la toma de conciencia sobre nuestra falta de control” JR

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Es muy importante organizarse porque las cosas no suceden si no nos hacemos un plan de acción a conciencia.

Tanto en el trabajo como en la vida privada, la organización resulta fundamental para que las cosas funcionen. Si uno no se organiza bien, la casa es un caos, uno llega tarde al trabajo y no hay nada en la nevera a la hora de la cena.

No hay duda de que rendimos más  y funcionamos mejor con una agenda organizada y a medida que pasan los años y las tareas se diversifican y se multiplican, disminuyendo también proporcionalmente nuestra capacidad de memoria, contar con un sistema de planificación resulta fundamental para toda supervivencia organizada.

El problema aparece cuando la planificación se vuelve tan obsesiva que nada de lo que esté fuera de ella se contempla o se aprecia.

En la planificación obsesiva, todo aquello fuera de la lista se descarta sin más, como si fuese un estorbo. Cualquier situación espontánea o imprevista se esquiva en pos del cumplimiento del deber, como si nos hubiésemos convertido en empleados de nosotros mismos, sin derecho a vacaciones. 

Pero lo más curioso de toda nuestra organización es que ninguna de las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida figuran jamás en agenda.

Entablar una amistad inesperada, enamorarse, ponerse de parto, tener un accidente, reírse a carcajadas, contemplar una puesta de sol, ser feliz, abrazar a un hijo, tener una idea, contagiarse una neumonía o morir, son cosas que nunca encontrarás en la agenda de nadie y sin embargo, resultan ser las cosas más importantes de nuestra vida.

Es curioso con cuanta disciplina uno se prepara y se organiza para las cosas que en perspectiva no tienen tanta importancia y qué poco preparados estamos para esas pocas cosas que son las que de verdad importan.

JR

 

”Como sólo me preparo para lo que debería sucederme, no me hallo preparado para lo que me sucede, nunca” A. Porchia

“Identificar lo Valioso”

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No existe nada que sea valioso, si no hay alguien dispuesto a darle valor.

Pero el valor pasa muchas veces desapercibido cuando nuestra mirada está enfocada hacia otro lado o hacia algo más.

La sensación de validez de las cosas suele venir luego de perderlas. Uno toma conciencia al perder, que aquello que ha perdido era valioso. Y al concientizarse de su valor se percata además, de la dificultad que tenemos para dar valor a las cosas “in situ” ( en el momento en que suceden o están presentes).

La valorización de las cosas posee generalmente una cualidad retrospectiva, nostálgica e irrecuperable.

La dificultad en la percepción “in situ” del valor consiste en que tendemos a creer que podríamos tener algo más o mejor que aquello que tenemos en ese momento. 

Un corresponsal en Londres durante la Segunda Guerra Mundial escribía en una de sus crónicas para un periódico español: _ ¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad?

Los ingleses creían que sin aquellos valores no se podía ni se debía hacer la guerra y que si se hacía sin ellos, se perdía.

Porque cuando uno se enfrenta a otro es porque está convencido de que aquello que posee merece ser defendido y la mejor manera de defender tus valores no está en el frente, sino en la vida cotidiana.

Porque si ya has perdido tus valores en la vida cotidiana, ¿de qué sirve meterse en una guerra para luchar por ellos?

Lo primero que deberíamos a hacer antes de entrar en cualquier enfrentamiento es tomar conciencia del valor que tiene aquello que defendemos. Y si aquello no resulta estar tan presente, entonces lo mejor es rendirse y dejarse conquistar por una cultura superior e impregnarse de nuevos valores, tradiciones y costumbres con resignada sabiduría.

¿Para qué defender aquello que no se practica porque ya no se considera valioso?

Lo importante para toda cultura es identificar sus verdaderos valores y sus verdaderas carencias y acorde a ello, evaluar qué cosas son las que merece la pena defender y qué otras es mejor perder.

Porque ocasiones es mejor dejarse conquistar con humildad y sabiduría por el cambio, que presistir en la incongruencia.

A veces se gana mucho más perdiendo vicios tradicionales, que preservando con una irracional obstinación, quistes innecesarios.

JR

”Que lo tuve todo lo sé. Lo sé porque después no lo tuve más.” A Porchia

 

“El Lenguaje Textil”

“ Cuando me miro al espejo me pregunto ¿Qué pretenden verse los demás?”

A. Porchia.

 

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Hay muchas maneras de comunicar y de mostrarse y la indumentaria es una de aquellas formas con las que contamos para exhibir nuestra identidad.

Hoy las nuevas corrientes feministas abogan por que cada una sea libre de vestirse como quiera y en el mundo occidental de los libres, eso está por supuesto garantizado.

Pero lo que olvidamos es que por más que uno sea libre de ir vestido como quiera, tu indumentaria comunica.

Dice quien eres, da a entender quien aspiras a ser y refleja tu posicionamiento en el mundo.

Cada uno puede ir vestido como quiera, siempre que se haga cargo de aquello que comunica con su atuendo.

Uno debería además, estar al tanto de que en ciertos barrios, algo que está bien visto en el tuyo puede resultar llamativo, extraño, ofensivo, pretencioso o  simplemente intolerable.

Siempre admiré la elegancia de mi padre y la dedicación que pone en elegir cada día su camisa, su traje, sus zapatos y hasta el pañuelo que combina con la corbata.

Su elegancia no es otra cosa que la expresión de su alegría de vivir y el respeto de salir a la calle vestido de la mejor manera posible. 

Su vestir no es sólo un vestir, sino una celebración de la vida, de la buena convivencia y de la buena educación. 

Pero hay muchos otros meticulosos del vestuario como mi padre; los que se visten de skaters, de surfers, de polistas, de gimnastas, de ciclistas y hasta aquellos que van de rapers, de renegados o de sucios y que cuidan al máximo cada detalle de su vestuario porque buscan transmitir al salir al mundo, una forma de ser o un estado de ánimo en particular.

Yo mismo he deseado algunas veces, tener a mano un burka para poder salir de casa con el pijama debajo, en esos días en los  que escribo y en los que no saldría de mi agujero por nada del mundo.

Pero como no tengo otra opción que la de volver a la vida, ni tampoco cuento con un burka en el armario, me peino y me visto de ciudadano estándar y resignado en mi igualdad, vuelvo a la realidad vestido con unos jeans y una camiseta.

El burka y todos los atuendos religiosos son también formas de comunicarle al mundo que eres diferente a los demás.

Pero lo extraño de algunas diferencias tan subrayadas es cuando empiezan a parecerse a aquello contra lo que se manifiestan ideológicamente contrarias.

Esto lo he visto en múltiples ocasiones cuando encuentro a los burkas integrales  en la fila del Disneyland Paris, con las orejas de Mickey Mouse colocadas por encima.

Y es entonces cuando el cortocircuito del mensaje identitario me explota en el cerebro.

¿Un burka con orejas en la fila del emblema del mundo occidental norteamericano, creado además por un judio? ( el maravilloso Walt Disney)

En esas situaciones, uno no distingue si la combinación del atuendo se debe a una intención integradora con el mundo occidental o a una ignorancia alarmante sobre la doctrina religiosa que se profesa.

Muchos tildan de frivolidad a la moda y es cierto que la frivolidad se cuela en todos los ámbitos de la vida, porque la frivolidad nace y crece dentro de todos los fanatismos.

Pero la verdadera importancia de la vestimenta radica en que ésta habla de ti, sin necesidad de que te presentes e incluso mucho antes de que salgas de casa.

Porque lo que cuenta no es solamente cómo te vean los demás, sino cómo deseas tú ser visto.

 

JR

“En toda frivolidad extrema se esconde además de una evidente inseguridad, el deseo de ser distinto y mejor que los demás” JR

 

 

“El Trabajo Desvalorizado”

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Hace unos años, un amigo al que hace mucho no veía y que estaba pasando por una dura ruptura matrimonial me visitó en casa.

Al ver mi habitación hizo una exclamación que me dejó desconcertado.

– “Ahora entiendo porqué sigues casado y feliz.” _ “¡Es que tienes una manta morada sobre la cama! _  exclamó.

Ante mi mirada atónita, me explicó muy serio que en el feng shui tener elementos morados en la habitación matrimonial, augura armonía.

El comentario me resultó divertido y me alegré en ese momento de que hubiera sido esa casualidad, la que hubiese protegido a mi matrimonio durante tanto tiempo.

Pero al rato comprendí que atribuir mi éxito a la suerte, era la manera que tenía mi amigo de alivianar su fracaso.

Cuando se marchó y habiendo conocido  ya los detalles de su ruptura; que no eran más que una interminable lista de intolerancias, engaños, rivalidades y una falta de disciplina conjunta; su comentario dejó de parecerme tan simpático para generarme entonces, una rabia espantosa.

La manta morada había sido para él la responsable de mi éxito. No lo eran nuestro cariño, nuestra lealtad, la paciencia mutua, la superación de la monotonía de la crianza de los hijos con alegria y entusiasmo, la rutina vista como oportunidad para crear un hogar de paz y estabilidad, ni la aceptación de los tiempos difíciles, de los tiempos del otro, de los logros del otro y de los espacios del otro con respeto y disfrute.

No, todo eso para él no contaba, ya que él había reducido nuestro trabajo silencioso a la suerte de tener una manta morada sobre la cama; un detalle casual que había generado según él, un matrimonio feliz.

Existe una liviandad extraña que tiende a desvalorizar el trabajo del otro y a convertir en más pesada la carga de aquel que no está dispuesto a hacer ese esfuerzo.

Es mucho más fácil decir que el otro tuvo suerte, que reconocer que uno nunca quiso hacer el esfuerzo para tener esa suerte.

Esta tendencia a desvalorizar el trabajo ajeno, no sólo está presente en la vida privada, sino también en la vida profesional.

Si bien es cierto que uno está siempre expuesto a múltiples desgracias aleatorias en todos los ámbitos de la vida, también es cierto que el esfuerzo está actualmente a la baja y que todos sus resultados beneficiosos, suelen ser atribuidos posteriormente a la suerte.

Entre nosotros va creciendo una injusticia desvalorizante hacia todo aquel que logra las cosas con años de trabajo silencioso.

Se da más importancia al ruido, al éxito inmediato de aquel que de un día para el otro pasó de no tener nada a tenerlo todo, que al imperceptible trabajo de todos los días.

El hacer de la hormiga; organizado, tenaz, conjunto, estoico, previsor, incansable; ese trabajo invisible y constante es injustamente atribuido a la cómoda y liberadora superstición de haber contado con un amuleto o con una manta morada sobre la cama.

 

JR

“ La liviandad de una carga depende de la fuerza de las manos que la llevan” JR

 

“La Celebración de lo Distinto”

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Existe en la tendencia a sentirse distinto, una vanidad y una prepotencia. Y quien hable de las masas como de algo distanciado de sí mismo, se equivoca, porque sólo es capaz de hablar de las masas con conocimiento, aquel que las conoce desde adentro y que entiende tanto su motivación como sus carencias. 

Sólo la experiencia de haber sido masa en algún u otro sentido, nos otorga la comprensión y el posible análisis de su dinámica.

Porque uno en realidad, sólo es buen juez de aquello que también es, o ha sido parte alguna vez. 

Todos hemos sido masa en algún momento de nuestras vidas y de diversas maneras y esta toma de conciencia resulta escencial para poder erradicar el desprecio, que desprende todo aquel que habla de la masa, como de algo muy distante de sí mismo. 

Es por eso que la celebración de lo distinto resulta ser igual de desagradable que el enaltecimiento de lo igual y un delicado equilibrio entre los dos, sería el considerarles a ambos, como a dos extremos evitables.

Aquellos que se prodigan como distintos, son también seres desagradables, aunque ellos crean que en su vanidad existe una distinción justa y totalmente alejada de cualquier esnobismo.

Nuesta época, obnubilada por la salud y por la perdurabilidad de la vida material,  ha hecho de lo distinto, una salvación.

El que no es distinto por alérgico, lo es por celiaco o por ser intolerante a algo. Y el que no; lo es por “sano”.

De pequeños se nos enseñaba a comer de todo y a no hacer diferencias entre un alimento y otro.

Esta educación no era otra cosa que educar en la tolerancia. Y lo curioso es que cuando se comía de todo un poco, no había ni intolerancias, ni obesos.

Antiguamente uno aprendía a tolerar aquello que no era de su preferencia y el verde se comía de vez en cuando, igual que el rojo, que el amarillo o que el negro.

Uno tenía sus preferencias por supuesto, pero sabía ser tolerante cuando estas cosas no estaban disponibles. 

Hoy en cambio, todos en la mesa expresan abiertamente sus intolerancias con orgullo, luego de darte el respectivo discurso en contra de los alimentos que has servido y que estás por comer.

Y sin ningún respeto ni tacto, te advierten sobre los posibles daños y catástrofes que pueden ocasionarte dichos alimentos.

Uno, acostumbrado a tolerarlo todo en cantidades razonables, desea en esos momentos mandar a callar a su invitado, pero se controla, porque en vista de que es el único tolerante en la mesa, es a uno a quien le toca además, aguantar al hipersensible maleducado.

Y es que hay en la intolerancia alimenticia una falta de educación, como derrocha abiertamente y sin cortarse un pelo el niño invitado, que prolifera barbaridades espontáneas contra la carne, la pizza, los helados, el azúcar o la harina; repitiendo como un loro todo lo que oye en su casa; y al que uno apunta rápidamente a la lista de invitados a los que no volverá a invitar jamás.

– “A ese niño ya no me le traigas, es mejor que venga comido de su casa” – les digo a mis hijos. Y así es como los distintos se van quedando solos.

– “Es que son complicados y en estos tiempos de poco servicio, ya no queda tiempo para tanto menú especial” – respondo ante la insistencia de mis hijos, que acostumbrados a comer de todo, aguantan y superan casi cualquier cosa.

Y es que al final, tanta intolerancia es contagiosa. Y tanto intolerante te vuelve intolerante.

Se cree equivocadamente que las diversas intolerancias no están relacionadas entre sí, pero ese es un grave error.

Estamos educando a una generación de intolerantes, que luego además, tienen la caradura de ir catalogando de intolerantes a todos los que no les aguantamos.

JR

 

 

 

 

“La Proliferación de lo Idéntico”

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Toda proliferación de lo idéntico, supone la eliminación de lo distinto. Y se concibe a lo distinto, como a aquellas posturas o miradas no coincidentes con la propia mirada.

Lo idéntico alude sin embargo, en su etimología a una “identidad” a la que se establece como diferenciadora del resto.

Cuando el ser humano se enmarca en una identidad, se diferencia del otro y pasa a ser considerado entonces, como un individuo perteneciente a un grupo diferente a los demás.

Toda identidad supone un corte, una delimitación o una libertad que diferencia y hace que el uno, tenga un borde o una frontera con el otro.

Sería entonces, el punto en donde termino yo y empiezas tú.  

(todos sabemos que hablar de bordes y de fronteras es hoy casi un pecado mortal, porque desgraciadamente prolifera la tendencia a igualarlo todo, a establecer a toda diferencia como a una discriminacion y como a un rechazo hacia lo distinto. Cuando en realidad la identidad, es la base de la individualización, o sea del respeto a la identidad individual y a la diferencia)

Para la proliferación de lo idéntico se selecciona primero a una “identidad tipo” o “ideal” como se hace en toda ideología totalitaria y se la pasa a la linea de producción masiva, como se hace con cualquier otro producto en una fábrica.

La identidad entonces, que era en un principio un diferenciador que individualizaba, se masifica, convirtiéndose así, en una identidad de masas acorde a los tiempos semejante a las ideologías totalitarias del siglo XX ( comunismo y fascismo).

No es casual que la palabra “auténtico” esté hoy tan desgastada y haya perdido todo su significado.

Hoy los eslóganes nos impulsan a ser auténticos sin descanso, pero el traje de auténtico que nos ofrecen, es el mismo para todos, e insisten en que “one size fits all”.

La uniformidad es señal de una confortable pertenencia a la masa, pero también es el signo de la dictadura de lo igual. 

Ser auténtico es hoy en día, coincidir con una lista de requisitos que te otorgan esa distinción. Es la pertenecia al grupo de los “me too”. Y aunque no sepas bien de qué va el tema, lo importante en estos tiempos, es no desentonar con lo políticamente correcto para no ser eliminado.

Lo auténtico se ha vuelto hoy en día, algo de lo más igual, una concordancia ficticia, motivada principalmente por el temor a la exclusión. 

Muchos alegarán que nuestra sociedad es sin embargo, la sociedad de la diversidad, pero esta supuesta “tolerancia ideal” no deja de ser parte de la mentalidad que conforma al “individuo tipo” actual.

La uniformidad actual incluye en el paquete de programación el eslogan de lo diverso como ideología y le otorga al individuo masa, la sensación de que es tolerante con la existencia de la pluralidad, (siempre que la pluralidad viva en un barrio alejado y sostenga los mismos ideales que yo)

Esta “tolerancia de discurso” se adquiere y se profesa de forma superficial y según el algoritmo del manual ideológico.

Toda constitución de identidad exige una tolerancia. Aquel que se convierte en individuo independiente del pensamiento colectivo, debe ser valiente para hacerlo, pero no sobrevive si del otro lado, no existe tolerancia. Y ninguna ideología totalitaria permite el nacimiento de un individuo distinto a su ideología. Por eso la individualización, sólo sucede en los sistemas democráticos.

La existencia de la identidad entonces, no es sólo el resultado del coraje del libre pensador, sino también el resultado de la tolerancia de los otros que piensan distinto a él . Si estas dos cosas no se dan simultáneamente, la individualización no existe.

Cuando tú te conviertes en un individuo son dos fuerzas simultáneas las que trabajan; tu coraje para ser diferente y mi tolerancia para que lo seas.

Hoy sin embargo, el individuo retorna a aquellas tendencias de querer eliminar lo distinto. ¿Pero por qué?

¿No será porque percibe que no existe  una tolerancia bilateral?

Y sin ella, lo distinto no tiene cabida, porque sin tolerancia bilateral es “o lo mío o lo tuyo”, ambos no pueden coexistir.

El individuo hace alarde de una tolerancia que en realidad es falsa, porque toda tolerancia necesita a su vez, de otra tolerancia simultánea. Lo distinto sólo puede existir en equilibrio. Y cuando no hay tolerancia del otro lado, el tolerante se pregunta :¿por qué sólo yo, debo ser tolerante?

La tolerancia es el resultado de dos tolerancias que trabajan juntas y de forma simultánea.

La tolerancia implica una tensión entre dos puntos distintos entre sí. Son dos tolerancias las que trabajan juntas. Para que yo exista como individuo se necesita de mi tolerancia contigo y de tu tolerancia conmigo.

Toda tensión es un trabajo, un esfuerzo entre dos fuerzas. un equilibrio, que permite la existencia de lo uno y de lo otro.

El problema es que sin tensión entre lo distinto, no hay distinto. Y entonces  todo pasa a ser una cómoda dictadura de lo igual. 

Nadie niega que haya comodidad en la uniformidad, pero toda uniformidad inhibe a la libertad.

El ideal totalitario idealiza a la uniformidad e inhibe la aparición de la identidad y de la individualización, de la verdadera singularidad y de la verdadera libertad, que es la tensión natural de la convivencia entre lo distinto.

JR

“90 minutos de Igualdad”

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Ha comenzado el mundial de fútbol y junto con él la oportunidad de vivir por 90 minutos cada pocos días, la transitoria experiencia de la igualdad.

Durante esos 90 minutos y únicamente dentro de ese espacio- tiempo todos sufriremos juntos, nos emocionaremos juntos, querremos que el balón se dirija hacia la misma portería, saltaremos de alegría por un gol e insultaremos con la misma indignación las faltas del rival y de los árbitros.

Durante 90 minutos no habrá diferencias sociales, étnicas, culturales, religiosas o políticas de ningún tipo, no habrá más colores que los de la camiseta, ni más canción que aquella que nos aliente a seguir adelante.

Durante 90 minutos todas aquellas distancias que parecían intransitables desaparecerán mágicamente y se fundirá toda brecha en el abrazo de un gol.

Durante 90 minutos seremos hermanos, socios, sufridores hermanados con la mira en una misma alegría conjunta, que nos iguale a todos en una misma felicidad.

Durante 90 minutos no habrá competencia, separatismos, dialectos ni ideologías más que la de esa esfera terrestre, que a veces mágicamente  pierde la fuerza de la gravedad y logra ocupar ese punto deshabitado por el portero contrario.

Durante 90 minutos y sólo en ese espacio- tiempo tendrás la oportunidad de percibirla, de flotar ingrávido en un espacio extraño e ilusorio de la realidad.

Y como sólo serán 90 minutos de unos pocos días marcados y no volverá a repetirse hasta dentro de cuatro años (si es que todo va bien); yo te recomiendo que aunque no te guste el fútbol; no te pierdas la experiencia de la igualdad.

 

JR

 

” Lo que nutre no es la experiencia, sino el trabajo de hacer zumo de naranja con ella; lo que nutre es el jugo que le exprimes a la experiencia” JR

“La Enfermedad del Positivismo”

A la depresión se llega igual de rápido por el camino de la indolencia, que por el camino de la sobre-exigencia.” JR

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El positivismo es un movimiento que se sustenta en la frase “ Yes we can” ( Si, podemos). Pero esta frase corta y optimista esconde también un lado oscuro.

Se concibe originalmente en respuesta a la prohibición externa o a modo de  desafío hacia una disciplina o hacia un destino impuesto desde afuera, que imposibilita el libre desarrollo del individuo.

El hombre del positivismo cambia entonces el mandato externo del “no”,  por un mandato interno del “sí “ ( yes we can). Cambiando al “no” impuesto, por un “si” que se impone a sí mismo.

A partir de este momento, ya no va a ser el afuera quien le imponga o le limite, sino que va a ser él mismo quien se auto-imponga su propia disciplina.

La productividad del individuo positivista siempre aumenta y a este incremento voluntario del trabajo y de la actividad en todos sus ámbitos, ya no se le llama explotación, sino libertad, porque ésta es una explotación autoinfligida. 

Este nuevo individuo autodenominado “libre”, cuando se desliza hacia el extremo del positivismo, experimenta de forma creciente una tendencia manifiesta hacia la sensación de cansancio, de agotamiento mental, de falta de sentido, de dispersión, de aburrimiento y de fracaso, que le va llevando poco a poco a poner en duda a su motivación original del “yes we can”, cambiándola por otra mucho menos inclusiva: “todos pueden, menos yo”. 

El mundo del positivismo es el mundo del “nada es imposible” y frente a esta motivadora e utópica frase, (que enferma a todo aquel que se queda atrapado en su absolutismo), nace como reacción el depresivo; que frente a semejante auto-imposición del si absoluto del “todo es posible”,expresa su sensación individual de imposibilidad y de fracaso y la proyecta hacia el mundo con su carácteristico “no”, para el cual “nada es posible”.

Muchos creemos que la depresión está en auge en el mundo occidental debido al aumento de la exigencia desmedida, auto impuesta libremente y a la que no se identifica fácilmente como a una nueva forma de violencia.

Aquello que despista en esta falta de identificación es que nadie obliga al individuo a poderlo todo, sino que ésta es una condena auto-impuesta que desencadena en depresión. 

El éxito impuesto desde fuera, al que muchos consideraban hasta ahora como al verdugo de nuestro tiempo, es en realidad hoy un dictador destronado.

El éxito es un sustantivo abstracto, que como todo aquello abstracto, no puede medirse aisladamente y sólo puede contabilizarse en relación o en comparación con otra cosa.

Uno puede sentirse exitoso, siempre  dependiendo de con quien se compare y en qué aspecto se le compare.

Alguien puede ser más exitoso que otro en el aspecto económico y sin embargo, mucho menos exitoso que éste en el aspecto familiar, creativo, afectivo, cultural, intelectual o espiritual. Y es que el éxito no posee unos bordes delimitados, ni suele siempre crecer de forma equilibrada.

Lo contradictorio es que el positivismo extremo, (que ha cambiado el eje de la imposición del afuera hacia el adentro), deja de medir sus resultados en relación con el afuera; es decir, en comparación con el otro; porque el individuo positivista ya no compite con otro, sino únicamente consigo mismo.

El positivista crea un “ideal de sí mismo” al que denomina “proyecto de mi mismo” y lucha por alcanzarlo, sin reparar en el abismo que en muchos casos le separa de él, ni en la posibilidad de que este objetivo pueda ser inalcanzable.

Frente a cualquier impedimento que le sugiera un cambio, una revisión de su postura o de su “ideal”,  el extremista no cede y no duda en utilizar la auto-agresión como método para seguir adelante con su objetivo de auto- realización. 

Es por por este motivo que el nuevo eje positivista, al que se percibió en un primer momento como a un movimiento liberador, (que se liberaba del “no”) esconde en su extremo a un tipo distinto de esclavitud: la esclavitud del “si” o del “poderlo todo”.

Su extremo ha generado a individuos que habiendo superado la imposición externa del “deber ser”, se han convertido ahora en sus propios verdugos del “poder ser”. 

Seres abocados a la actividad sin límites, a la ambición desmedida y al “multitasking” desenfrenado, característico del “siempre se puede un poco más” porque “nada es imposible” ni “nada es suficiente”. ( filosofía en la que se tiende a educar actualmente a los niños).

Esta falta de saciedad, que es la incapacidad de sentir que uno ha alcanzado un objetivo, aumenta de forma destructiva la velocidad y la actividad hasta producir el “burn out” ( los quemados); esos pobres individuos que nunca logran alcanzar un reposo gratificante. Y se queman a sí mismos en pos de una superación destructiva. 

Con la nueva obsesión colectiva del “nada es imposible” el individuo actual se auto impone una disciplina extrema en multiples aspectos y esta sobre- exigencia es la que le devuelve en muchos casos, a la misma sensación de fracaso de la cual intentaba escapar en un principio, de la mano de aquel prometedor “yes, we can”. Para despeñarse ahora, desde la cumbre aún difusa de su auto-realización, hacia su auto-destrucción.

JR

“Conocer y aceptar nuestras limitaciones no es siempre la evidencia de un fracaso, sino la oportunidad de una liberación.” JR

 

 

 

“Los Bebedores de Agua”

“Ningún bebedor de agua escribió jamás nada inteligente” Cratino (siglo V a.C)

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Los moralistas de la salud y del bienestar ocupan en estos tiempos un lugar de privilegio.

Hacen de la salud un fin último y aunque no hay que negar que la salud resulta esencial para una vida agradable, también debemos asumir que está inevitablemente destinada a marchitarse y a perecer por el desgaste del paso del tiempo.

Los sacerdotes de lo natural hacen de su objeto (el cuerpo) un objetivo supremo, que no busca despertar la conciencia de lo transitorio como oportunidad de vida y de acción, sino que induce a  anular el sabor de la vida y el disfrute de sus delicias, en pos de una salud imperecedera pero insulsa, que aseguran que nos hará durar más y en mejor estado de conservación, pero viviendo una vida sin sabor ni frutos.

El problema con estos  nuevos moralistas es que desprenden un olor a superioridad moral que a veces intoxica, como sucede con ciertos perfumes que exageran en la intensidad de la fragancia. Desconociendo que hay preferencias que de tan intensas se tornan en manías y hacen perder la cordura a quien presume exageradamente de ellas. 

Es bien sabido que a todo grito de libertad le sigue siempre a modo de  sombra, una nueva intolerancia. Los nuevos libres pasan a ser generalmente  los estrenados intolerantes y su doctrina la nueva dictadura.

Esto nos sucede porque somos poco propensos al equilibrio, ya que el equilibrio resulta ser un trabajo tedioso, que requiere de una constancia que nunca se da por terminada.

Quien cree haber alcanzado el equilibrio y se relaja definitivamente, lo pierde. Porque todo equilibrio necesita de una fuerza continua.

Siempre recuerdo aquellas tardes en el balancín intentando compensar el peso con los amigos. Al acabar el tiempo del juego tocaba bajarse y entonces el equilibrio se rompía, quedando un lado de la madera hacia arriba y otro hacia abajo. Y por más que uno intentaba dejar la tabla en el medio, resultaba imposible, porque el medio sólo se alcanzaba con el peso alternado de dos fuerzas contrarias.

Asi sucede también en la vida, en donde hay sanos que por querer estar tan sanos enferman, santos que por creerse tan santos se envilecen y gente que por querer durar tanto, vive la vida como si ya estuviera muerta.

El equlibrio se hace presente también en la buena mesa, en donde frente a cada plato se disponen siempre dos copas, una de agua y otra de vino, para que la alternancia alimente y nutra como es debido.

El saber usarlas es un arte como cualquier otro, que se adquiere con la práctica, el tiempo y la observancia atenta de todos los ejemplos.

Un poco de agua y un poco de vino, un poco en la tierra y un poco en el cielo, un poco de cuerdo y un poco de loco, un poco de hombre y un poco de Dios, un poco de todo y un poco de nada.

Porque no sólo de pan vive el hombre, sino que debe también saciar otros muchos apetitos.

Despues de todo ¿Quién dice que el equilibrio no sea la fuerza que nos permita vivir sanamente entre dos mundos?

JR

 

 

“Ningún talento fue grande sin una dosis de locura.”  Aristóteles

“De la Linealidad a la Atomización”

“ Se mueven, no porque estén vivos, se mueven para creer que viven” A Porchia

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Si observas una mesa familiar contemporánea, ya casi no verás a un circulo lineal, conformado por puntos unidos alrededor de una mesa, sino a puntos aislados, cada uno girando en la órbita de su teléfono móvil.

Y es que el mundo digital ya no concibe al tiempo como a una linealidad, en donde el individuo se dirige hacia un destino o hacia una meta común, conformada por subidas y bajadas, valles y montañas, puentes y diques, que le marcan además, un ritmo con distintas velocidades.

El mundo digital no conoce la distancia lineal porque la ha trascendido y opera en un espacio distinto. 

Hoy la velocidad de la información y de los sucesos es tan precipitada, que ya no queda tiempo para la reflexión de nada de lo que pasa, ni de nada de lo que nos pasa.

La reflexión era el espacio vacío que existía entre un suceso y otro. Un bache de tiempo que quedaba disponible para pensar lo sucedido y aprender. Era el tiempo que existía entre una cosa y otra, entre una actividad y otra, entre un encuentro y otro. ( un vacío al que hoy se teme con espanto)

Cuando nuestra cotidianeidad sucede a mucha velocidad y esa velocidad no amengua, sino que sigue acelerándose cada vez más, el aprendizaje no tiene tiempo ni espacio para suceder. 

La linealidad del tiempo tejía historias, construía relaciones, vidas conjuntas y experiencias de las que nacían ideas, vínculos, aprendizajes y virtudes.

Hoy sin embargo, nada permanece en el tiempo, todo es efímero y volátil porque la falta de linealidad ha provocado también la falta de sostén.

Las cosas ya no pesan porque ya no duran, y no duran porque no tienen tiempo de detenerse. Y como no pesan ni duran, tampoco son valiosas. Todo es efímero, momentáneo y descartable. 

La atomización escapa a toda fuerza gravitatoria, manteniéndonos en un espacio aislado y girando sobre nosotros mismos, sin ninguna finalidad ni sentido. Porque el sentido de todo movimiento aparece recién cuando éste se detiene. Y no existe el sentido en el ámbito nuclear.

Todo viaje cobra sentido recién cuando uno vuelve a casa, porque el volver a casa implica detenerse. Y detenerse es valorar y dar sentido al movimiento. 

¿Está acaso el peso de las cosas relacionado con el valor y el sentido de las cosas?

Si, lo está. Porque para pesar, un objeto necesita permanecer. Y el permanecer es tiempo y el tiempo de permanencia es algo que desaparece en la época de la atomización y de lo instantáneo.

Aquí nada permanece, nada pesa, nada vale, nada es suficiente y nada satisface. 

Ya no es fácil terminar un libro, atender a una conversación, ni concentrarse en nada. Ni hablar de construir relaciones, familias o amistades duraderas que conlleven tiempo y permanencia y una dosis de quietud, (que hoy es considerada casi como un pecado mortal o una pérdida de tiempo). 

La tendencia es la urgencia por vivir conectado, eufórico, asombrado, excitado, motivado a toda hora, entretenido a toda hora, informado a toda hora y a la vez aislado a toda hora, en un espacio de soledad que gravita alejado de todo cuanto nos rodea y a la vez conectados con todo lo que no pesa, ni tiene duración, ni es importante.

Este tipo de aislamiento digital provoca un vacío que no es producto de la escasez, sino de la saturación.  

Mucha gente se queja; en estos tiempos de posibilidades infinitas de distracción; de sentirse presa de una falta de sentido.

Y no es casual que las enfermedades actuales estén relacionadas con este aislamiento hiperactivo, (el vacío y la tristeza) y que sean éstas la nueva peste del siglo de la hiperconexion.

El sentido no aparece porque no se dedica ningún tiempo a darle sentido a las cosas.

La hiperconexion atrofia la capacidad de conexión que da sentido a la vida. 

El sentido es tiempo y el tiempo es permanencia. No inmovilidad ni quietud estática; que llevarían inevitablemente al mismo vacío pero por una dirección distinta; sino ritmo.

Cuando la vida tiene un ritmo; uno con redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas y silencios; entonces hay música.

JR

 

 

“Sin ritmo no hay música, ni sentido, ni vida” JR

 

 

“La Belleza Ignorada”

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Pocas cosas son tan bellas como la virtud ignorada. Aquel que es bueno y no lo sabe, aquel que alumbra sin saber que es luz, aquel que es bello y desconoce su belleza o aquel que es sabio y siente que aún le queda todo por aprender.

Hay virtud en la ignorancia de las virtudes y es esta ignorancia la que otorga la cualidad de virtud a la virtud.

Porque hay algo de repugnante en el conocimiento de aquel que se sabe a sí mismo bueno, piadoso, hermoso o sabio. 

Algunos llaman a esta ignorancia bendita “inocencia”, y ésta no es una candidez que se deja engañar o que permite que la adulación y la vanidad le cieguen.

La ignorancia bendita no se deja medir ni con números ni con letras, porque lo supremo no se puede sumar, ni restar, ni contar.

La verdadera virtud es como una fiebre leve; algo que se tiene sin percatarse jamás que se tiene.   

JR

”Quien de verdad aprende, ignora que aprende y por dónde aprende” JR

“Inteligencia Artificial”

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Si nos remitimos a las definiciones de este concepto tan vigente, veremos que la inteligencia artificial es un conjunto de sistemas creados para desarrollar la racionalidad de una arquitectura, sea ésta una máquina o un ser humano.

El concepto “artificial” nos habla por lo tanto de algo que no es auténtico o propio, sino fabricado e introducido por otros, y esto no excluye a los sistemas educativos, que transmiten al individuo un aprendizaje ordenado de conceptos, con el fin de generar un funcionamiento intelectual determinado y con fines útiles.

Si el conocimiento es en realidad una acumulación de información y de datos introducidos en un mecanismo (en nuestro caso en un cerebro) estamos entonces estableciendo que aquella acumulación de conocimientos a los que comúnmente llamamos inteligencia, es algo también artificial, o lo que denominaríamos más concretamente como memoria.

Podríamos deducir entonces, que toda información que no es obtenida por la experiencia directa es algo adquirido artificialmente (no es propio, sino ajeno).

¿Y cuál es entonces el tipo de inteligencia que no es artificial?

Se podría decir que lo único realmente auténtico es aquello adquirido a través de nuestra propia experiencia, pero sólo si ésta deja de estar influida o condicionada por los aprendizajes e informaciones anteriores; cosa que resulta ser sumamente difícil, ya que liberarse de los condicionamientos que limitan la aparición de la inteligencia es un proceso que lleva muchos años de atención. Porque muchas veces, ni siquiera muestras propias experiencias son capaces de derribar los condicionamientos adquiridos de forma artificial.

Nuestra respuesta a los estímulos cotidianos no es muy distinta a las respuestas que podría dar una máquina programada con la misma información.

Vivimos casi toda nuestra vida en una especie de piloto automático, que nos permite reaccionar de una forma similar, estipulada y predecible a los estímulos que se nos presentan y sin esfuerzo.
Esta capacidad de funcionar de forma automática nos hace semejantes a cualquier máquina programada para la misma función.

La inteligencia artificial que nos implanta la Educación es sumamente útil y escencial para nuestra supervivencia, ya que uno no debería tener que experimentar ser arrollado por un coche para aprender a parar en un semáforo en rojo.
Gracias a la inteligencia artificial obtenida mediante la información que nos aporta la Educación a todos los niveles, evitamos tener que pasar por muchas experiencias dolorosas para aprender.
Por lo cual, la información de la Educación a todos los niveles es fundamental para nuestra supervivencia, pero a la vez insuficiente para nuestra superación.

Algo similar nos sucede con las emociones; quien no ha sufrido la muerte de un ser querido es incapaz de tener la experiencia de la pérdida de otro individuo y si se compadece de aquel que pierde a un ser querido, es sólo porque ha adquirido el concepto del dolor de forma artificial y el de la compasión como reacción o respuesta. Por lo que podemos deducir que la empatía también se aprende como conocimiento o como experiencia.

Para hablar sobre nuestra reacción a aquello para la que no estamos  programados podríamos remontarnos a esos momentos en los que sufrimos un estado de parálisis momentánea al enfrentarnos con cosas nuevas, cosas para las cuales no estábamos preparados o programados. Y ante estas situaciones, se nos exige una acción nueva.
Frente a este “desconocido” surge un estrés, que es la reacción de la inteligencia despertándose, (no nos olvidemos que la introducción de inteligencia artificial en el ser humano presupone la existencia de una inteligencia dormida).

La diferencia de respuestas ante una situación no programada pueden ser dos: o respondemos en forma de reacción (mecanismo de respuesta de inteligencia artificial, que en estado de emergencia asocia a una situación desconocida con alguna otra ya conocida), o respondemos con acción ( mecanismo de respuesta nueva y libre de condicionamientos externos).

Esta última forma de respuesta es lo único que una máquina jamás podrá hacer porque la máquina no conoce a la excepción y como no es capaz de crear tampoco es capaz de distinguirla.

La repetición de mecanismos aprendidos es una función “no creativa”, meramente reaccionaria y repetitiva, que tanto la máquina como el ser humano, son capaces de llevar a cabo.

Salvando a la creatividad, ( que es lo único que nos diferencia de las máquinas), en el resto de situaciones funcionamos exactamente igual a ellas, con la diferencia de que ellas son mucho más rápidas, no se cansan nunca y tienen mucha más memoria.

JR

“La Identidad cultural como Frontera”

“ Lo que está entre la manzana y el plato también se pinta” Georges Braque (pintor del siglo XX)

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Junto al resurgimiento de los tan temidos nacionalismos aparece la excusa de la identidad cultural como frontera y motivo de separación. 

Tenemos un sistema de pensamiento que para comprender cualquier cosa y reafirmar ese conocimiento, necesita separar y comparar a una cosa con otra.

Todos nuestros conceptos y nuestras conclusiones se forman entonces como resultado de una comparación y de una diferenciación de lo otro.

Lo que soy, se define por aquello que tengo distinto a ti.

Por lo cual, uno va forjando su identidad en relación a otro de una forma negativa (porque es en base a una diferencia)

No soy en cuanto soy, sino en cuanto soy distinto.

Al diferenciar, comprendemos y establecemos aquello que conocemos como identidad.

Esta identidad implica además, la continuidad de una forma específica de conocer y marca los parámetros de un tipo de pensamiento; el de una mentalidad a la que yo llamo mentalidad en blanco y negro.

Tanto el blanco como el negro marcan dos extremos fijos e inmóviles, separados por su diferencia. Pero esta distancia “entre” el blanco y el negro también se pinta, como diría Georges Braque. 

Nos dicen que la identidad cultural es la forma de pensar el mundo y para una mentalidad en blanco y negro es en realidad una construcción de cimientos fijos, en contraposición a grupos distintos.

Todo lo que no es blanco, es negro y el policromado o el espacio entre el uno y el otro, nunca se pinta.

¿Pero por qué no se pinta?  Porque no se conoce.

¿Y por qué no se conoce? Porque no está sujeto a ninguna comparación.

La identidad cultural es un concepto que amalgama dos valores que se contradicen entre sí (identidad y cultura) y este término se inventa para que sirva de frontera y como excusa para mantenerme indentificado y separado de aquello que es desconocido. 

La excusa suele ser el temor a la uniformidad o el temor por la desaparición de una cultura que desea preservarse intacta. Pero la cultura no es una cosa a la que puedas mantener inmutable, sino un proceso vivo, que nunca se mantiene separado o inmune al entorno.

Mantenerse separado no es sólo separado de algo, sino quieto, fijo, sin curiosidad, muerto. Algo que sin duda, contradice al concepto de cultura; que es por definición un proceso permeable y en continuo movimiento y transformación.

En cuanto la cultura se estanca, muere; como sucede con cualquier otro proceso que está vivo. 

Los vendedores de identidad cultural recurren a la identificación (identidad) como recurso para la inmovilidad, que cosecha el aislamiento y el sectarismo y cultiva el carácter temeroso y desconfiado de todo aquello que si no es blanco o negro, no debería pintarse. 

Pero la cultura no es una estatua griega a la que uno debe contemplar embobado e inmóvil, sino una bicicleta que está allí para que la uses y para que te lleve a todos lados.

Nuestro pensamiento en blanco y negro no es capaz de conceptualizar algo inacabado como son todos los procesos; ya que por definición un concepto es la reducción de un proceso a una definición estanca.

En la lengua sajona el término “human being” resulta ser mucho más acertado que el término castellano “ser humano”.

Su traducción literal sería “siendo humano” y este “siendo” es mucho más preciso para referirnos a algo que es un proceso inacabado. Porque el ser humano es una continuidad. 

Y lo mismo sucede con la cultura. La cultura es también un “culturizando”; un proceso inacabado en constante movimiento, tensión y formación.

Concebir a la cultura como a una identidad fija es un error y usarla como frontera es condenarla a que en vez de pintarse, se momifique. 

JR

“Algo que tiene ruedas y no puede transportarte a lugares distintos y desconocidos, está averiado” JR

“Una silla es una Silla”

El valor real de una silla lo marca el culo” JR

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Siempre me llamó la atención la gente que tarda meses en elegir una silla y que hace de la elección de un objeto un asunto de estado.

La silla es importante y es fundamental para un diseñador de asientos o para un carpintero; pero si tan sólo eres alguien que la necesita como parte del mobiliario, una silla no deja de ser un objeto igual a cualquier otro.

Cuando algo poco importante me arranca  de la proporcionalidad que tienen las cosas, me repito a modo de mantra “una silla es una silla” y así es como me recupero rápidamente de esa locura transitoria y contemporánea de darle un valor desproporcionado a los objetos. 

Nuestro mundo de consumo nos empuja a que una silla no sea una silla, sino una manera de ser y de mirar el mundo. Y uno entra por el aro de la estupidez de creer que las cosas nos definen y nos clasifican.

Pero lo que no vemos, es que al producirse el cambio de roles, la silla pasa a ser tú y tú la cosa. Porque la cosificacion del individuo y la humanización de la cosa, son dos procesos simultáneos.

La cosificacion no repercute a un sólo sexo, aunque es hoy una denuncia de la que se ha apropiado el feminismo actual.

Ellas no desean ser cosificadas por los hombres porque prefieren cosificarse solas, (igual que ellos). Y están en todo su derecho.

Cada uno es libre de ser el hombre o la mujer de la silla, del pantalón o del coche de moda; porque el coche habla de ti, el pantalón de tus valores y la silla de tus sueños, de tus principios y de tu forma de ser.

Porque desgraciadamente la cosa es ahora mucho más hombre que uno y uno mucho menos cosa que un hombre. 

 

JR

 

“Una cosa tiene derecho a romperse, un hombre tiene el deber de levantarse” JR

“Las Ciencias Benditas”

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De todas las ciencias considero a las Matemáticas como a la reina entre todas ellas; a pesar de encontrarme más a gusto  entre letras y poseer el horrible defecto de contar con los dedos.

Aún así, no puedo evitar quedar fascinado cada vez que leo sobre los nuevos avances en el campo de la inteligencia artificial y admiro profundamente a quienes son capaces de utilizar la razón pura y la abstracción para entender y abordar el mundo.

Las Matemáticas han sido la ciencia que mayor progreso ha aportado a la humanidad; sin olvidarnos por supuesto de la Medicina, que ha sido la encargada de mantener a nuestra especie con vida. Pero todas las grandes revoluciones humanas han estado siempre motivadas por los descubrimientos matemáticos.

La electricidad en su momento y hoy en día la informática y la ingeniería de la inteligencia artificial, revolucionaron y seguirán revolucionando nuestra vida en este planeta.

Platón afirmaba que las Matemáticas eran “una necesidad divina” y que …”sin su conocimiento el hombre es incapaz de llegar a ser Dios, ni espíritu, ni siquiera héroe, ni puede de todo corazón pensar en el hombre o preocuparse por él”…

Lo triste es que los matemáticos no lean a Platón y que los que leemos a Platón no sepamos Matemáticas; aunque esto refuerce aún más la necesidad de la acción cooperativa para que se dé entonces el milagro.

Porque es desde la interacción entre las ciencias de donde surge el genio, ya que toda especialización cerrada en sí misma, sólo logra enfrascarnos en un oscurantismo desconectado de lo general.

Uno de los principales fines de las Matemáticas es despertar el uso de la razón, la confianza en la verdad y el valor de la demostración. Y mientras describo a esta ciencia, no puedo dejar de pensar en que éstos son exactamente los mismos objetivos que tiene la Filosofía.

Lo más triste de todo esto, es que actualmente la enseñanza de ninguna de estas dos disciplinas logre satisfacer esos objetivos en el aula y el alumno salga de clase desconfiando de la utilidad y de la interconexión que tiene todo aquello que aprende de memoria para aprobar el examen. Sin que la asignatura le haya generado la satisfacción del proceso intelectual, que siente todo aquel que razonando llega a una conclusión.

El impulso intelectual funciona como un músculo que se forja cultivando el amor por el sistema empleado y por la experiencia de la interrelacion; algo que sólo es posible a través de la comprensión de los procesos en las demostraciones.

(Cuando me refiero al amor por el sistema empleado me remito a mi propia experiencia; el año que me enamoré de la Historia de Grecia y Roma fue porque mi profesora de primero de Secundaria estaba enamorada de la Historia de Grecia y Roma, y fue esa pasión la que nos contagió  a todos).

La comprensión de las demostraciones matemáticas o filosóficas generan en el aprendiz una satisfacción enorme y esto sucede cuando algo que antes creías inútil comienza a cobrar sentido. No es que antes no lo tuviera, pero como el trabajo intelectual no estaba presente en los procesos cognitivos, el interés no aparecía.

Cuando el alumno experimenta el placer que genera razonar, ya no quiere dejar de practicar ese arte y a partir de esa experiencia empieza a demandar la comprensión y la demostración de todo aquello que se le enseña. (algo que por supuesto resulta sumamente incómodo para el profesor acostumbrado a enseñar de memoria y también riesgoso en asuntos de fe y de creencias) 

Este es el impulso intelectual que debe despertarse en el aula, el ansia por  conocer y por encaminarse hacia  procesos que arriben a conclusiones y que a la vez despierten nuevos intereses y nuevos procesos cognitivos en el individuo. 

Lo que debe despertarse es la inteligencia y las asignaturas constituyen sólo los medios para movilizarla, pero nunca deben confundirse con el fin.

Porque el fin del conocimiento, como el de todo proceso, es movilizar el mecanismo y crear el movimiento; que es el hábito de pensaruna capacidad motriz a la que comúnmente se denomina inteligencia o creatividad.

Asi es como debería también funcionar en nosotros la Literatura; cada historia nos debería conducir siempre hacia nuevas letras, porque todo conocimiento debería servir como un pasaje.

Ningún estudio debería ser un fin en sí mismo, sino un medio para mantener un hábito mental superior en constante ejercicio y aplicable a cualquier circunstancia. 

Y de todas las habilidades posibles, la conexión entre los distintos fragmentos que representan nuestro saber, será siempre la que más nos acerque a la comprensión de un todo.

JR

 

“Cuantos más intereses tenga un individuo y cuánto más dispares sean esos intereses entre sí, será más feliz y más inteligente “ JR

 

 

 

 

 

 

 

 

“La Valentía que Iguala”

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Se habla mucho últimamente de la igualdad entre sexos; pero se habla mucho menos sobre las responsabilidades que implica ser igual al otro.

A mi parecer, lo que algunas personas  desean es una igualdad selectiva; es decir, una igualdad sólo para aquellas cosas que interesan y una continuidad en la desigualdad para aquellas diferencias que conlleven una ventaja y  que impliquen una responsabilidad o un esfuerzo extra.

Para educar en la igualdad, lo primero que deberíamos hacer es exigir los mismos niveles de valentía en los dos sexos.

No puede educarse a los niños y a las niñas de forma distinta, si se desea un resultado igualitario, especialmente en referencia a la superación de los temores, de las desgracias, de los errores y de los fracasos; porque quien desee ser igual a otro, no debería esperar ser tratado con mayor blandura, ni ser inferior en fortaleza por su sexo. 

En la educación de la igualdad se deberían tener los mismos cuidados para  unos que para otros y también los mismos castigos; y no debería tratarse con mayor mimo a la niña por ser mujer, ni consentírsele una justicia distinta a la de los varones en ningún aspecto. 

Para educar a niños y niñas iguales en valentía, hace falta ayudarles a domar primero todos sus temores irracionales y sus prejuicios de género.

La sensación que genera el temor irracional superado, es de gran satisfacción y en los niños esto se manifiesta con un estado de inmensa alegría y contento. Hay pocas cosas que produzcan más satisfacción a cualquier edad, que la superación de los temores irracionales. 

El temor nace de un instinto de supervivencia básico y denota inteligencia; cuando el niño se hace mayor siente miedo ante un animal salvaje, algo que un niño de tres años no siente, porque es menos inteligente a esa edad.

Hay un temor que preserva y otro que limita y el deber de los educadores es principalmente diferenciarlos y promover la superación de aquellos temores que limiten, mediante la comprensión razonable de los posibles peligros y la superación experimental de todo aquello que no debería de ser temido.

Se debería promover también, la superación de aquellos peligros que se hacen realidad cuando uno sale al mundo y vive, y en vez de estimular una sobreprotección destructiva y limitante, dotarles de las herramientas necesarias para superar el miedo. 

El adulto educador ( padres o maestros) no debería mostrar temor de ninguna índole frente a los niños, ya que el miedo es sumamente contagioso, y para cultivar el valor en los niños y en las niñas, se necesita contagiar fortaleza.

Esta valentía debería ser indispensable en todas los hombres y mujeres que pasen mucho tiempo con niños. De más está decir que ser mujer no es una excusa para ser cobarde.

La persona valiente no es el guerrero  temerario que no mide los peligros, sino aquella persona (hombre o mujer) que con un inteligente discernimiento, es capaz de realizar cosas en cualquier ámbito, que otros dejarían de hacer sólo por miedo. 

La valentía es en realidad lo único que nos diferencia a unos de otros, sin distinción alguna de raza, de sexo, ni de edad. 

La igualdad tiene muchas ventajas y algunos inconvenientes; pero quien la desea, debe estar dispuesto a aceptar a ambos.

 

JR

 

 

 

 

 

 

“El Molde”

“No es el perfeccionamiento de la máquina lo que mejorará al ser humano, sino el mejoramiento del ser humano lo que perfeccionará a la máquina” JR

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Muchos se alarman ante las novedades tecnológicas que nos permitirán en el futuro elegir y diseñar a nuestros propios hijos.

Este es un sistema de “hijos a la carta” en donde podrás diseñar el exterior, la personalidad, las capacidades y las destrezas del individuo que concebirás a tu antojo. 

Particularmente me resulta asombrosa la capacidad que tenemos los seres humanos para percibir como novedad todo aquello que ya es viejo; repeticiones de lo mismo con otro nombre, otro diseño y un método de fabricación más sofisticado que generan sin embargo, un producto muy similar al conocido.

“El hijo de molde” es algo tan viejo, que llama la atención que hoy nos resulte una idea novedosa y que tantos se rasguen las vestiduras por la falta de libertad de este nuevo individuo artificial, cuando toda su vida se han empeñado en moldear a la carta a sus hijos de carne y hueso; anulando cualquier atisbo de autenticidad y sin ningún remordimiento. 

Uno moldea a los hijos en primer lugar con la suscripción a la creencia religiosa, algo que el niño (aún en estado de inconsciencia) adquiere sin ningún tipo de opinión u intervencion por su parte. Más tarde se continúa con la Educación escolar, que salvo raras excepciones suele ser bastante homogénea y fundamental para el desarrollo de sus capacidades intelectuales, a esto se le agrega la pertenencia a un determinado ámbito social, étnico o político y poco a poco se le va perfilando la preferencia hacia determinados grupos y el rechazo hacia otros.

Todo aquello que se aprende y se adquiere se convierte con el tiempo en hábito en el individuo y tiende a ser transmitido y perpetuado; en la mayoría de los casos, sin la intervención de una convicción racional y sin siquiera plantearnos si uno está haciendo o no lo correcto. Todo este proceso que se lleva a cabo en el hijo humano es igual al que requerirá la programación de un robot de sus mismas características. 

El instinto humano funciona también a modo de memoria y repetición y todo aquel que ha sido moldeado, tiende a moldear a su imagen. No lo hará porque esté orgulloso de haberse convertido en un individuo excepcional con derecho a ser clonado, sino porque no ha conocido otra cosa, y en el caso de haber conocido algo más adecuado, pocas veces se atreve a romper el molde que todas las generaciones anteriores han dejado preparado para él y para su descendencia; cosa que es aún más grave, porque esta inmovilidad ya no se debe a una ignorancia inocente, sino a una alarmante falta de valentía.

Lo que más escandaliza es el rigor con el que se juzga la novedad y la ceguera permisiva con la que se percibe el ancestral hábito familiar. 

¿Cómo puede alguien que ha diseñado hijos a la carta durante generaciones, escandalizarse ahora con los proyectos tecnológicos que facilitan la concepción de hijos a la carta? 

La única respuesta que encuentro a esta cuestión es que los conceptos de “libertad” suelen ser muy acomodaticios.

Algunos consideran que uno es libre porque puede elegir el color de sus zapatos y otros porque pueden acceder a una rinoplastia para deshacerse de la herencia del abuelo; pero la libertad para abandonar las creencias o las supersticiones de la tatarabuela a conciencia, no se le toleran con agrado ni al científico más reputado. Por eso es bien sabido que la libertad hay que procurársela solito y sin pedir tantos permisos. Y así es como trabaja el progreso.

Son muchas las acepciones que tiene la palabra libertad y los permisos a la carta que ésta otorga, sobre todo cuando es malentendida y dirigida estratégicamente  para avalar y moldear los intereses más convenientes.

Existe además, una preponderancia a la pseudo sensibilidad; esa tendencia tan moderna de tener la lágrima fácil para todo lo que no es importante.

A estos seres súper sensibles les da mucha pena todo ente concebido y destinado a ser esclavo, pero no se les mueve un pelo por esos pequeños individuos reales  moldeados a la tradición de sus progenitores, que van perdiendo a ciegas toda posibilidad de autenticidad y de libertad, que es lo que caracteriza a todo lo que tiene vida. 

Asi es como la sensibilidad; una palabra que antiguamente hacía referencia a un carácter noble y valiente que conducía desinteresadamente al otro hacia la libertad, aún a costa de cargarse una tradición o de un perjuicio personal; ahora trabaja para enaltecer la postura del hipócrita, que condena (sintiéndose muy ético) la esclavitud que creará la tecnología, mientras persiste en santificar la propia.

JR

“Somos como el niño que mientras con el pie aplasta al pichón, llora por la soledad del espantapájaros” JR

 

“La Utilidad de lo No Útil ”

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Cuando la Educación tiene una orientación utilitaria se ocupa de formar a personas que fabriquen cosas.

En un mundo como el nuestro en donde el valor de la vida está puesto en la cantidad de cosas y de comodidades que poseemos, la instrucción de fabricantes resulta fundamental, no sólo para generar riqueza, sino para mantener en auge los ritmos de progreso.

Está claro que las civilizaciones que no se han enfocado en la Educación utilitaria,  no han logrado jamás ningún progreso material.

Esto puede observarse en la diferencia que existía antiguamente entre Oriente y Occidente. Mientras Occidente producía individuos productores y generadores de progreso material, Oriente se enfocaba en la inacción como método para el progreso espiritual, dando como resultado a civilizaciones que vivían en la pobreza, (que crece inevitablemente en toda quietud) y provocando una falta de  bienestar económico y material alarmante.

Buscar la utilidad en la Educación es sin duda una labor fundamental para cualquier civilización contemporánea que desee sobrevivir y desarrollarse; pero también es cierto, que sin el cultivo de lo no útil, resulta imposible darle a lo útil una buena utilidad.

Es por eso que la unidad simbólica entre Oriente y Occidente; entre el cultivo de lo útil sumado al cultivo de lo no útil; no sólo resulta beneficiosa en cuanto a riqueza de contrastes, sino primordial como protección para la humanidad; porque aquello mismo que da progreso, si no se conduce de una forma consciente puede causar tu destrucción.

Cuando lo no útil deja de cultivarse se corre el riego de no contar con las armas necesarias para anticipar posibles riesgos y para trazar el camino satisfactorio de lo útil.

Aquellas civilizaciones que dejan de fomentar el enriquecimiento de lo no útil, terminan generalmente sin saber qué utilidad darle a las cosas útiles o aplastados por el armario de su casa.

Toda excesiva cuantía produce, contrariamente a lo estipulado, un vacío imposible de llenar. 

Un poco de todo y un poco de nada, resulta ser siempre una buena combinación para una vida sana y  equilibrada, en donde lo útil deje siempre espacio para lo no útil.

Y así lo útil nunca perderá su sentido, ni la orientación adecuada. 

JR

“Quién ha visto vaciarse todo, sabe de qué  se llena todo.” A. Porchia

“El Obstáculo de la Felicidad”

“ La felicidad es lo que buscan los felices” JR

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Si viajáramos a través del tiempo y tuviéramos la oportunidad de hablar con alguien de otro siglo, nos daríamos cuenta de que nuestra actual obsesión por encontrar la felicidad es un producto relativamente moderno.

Nuestra carrera por encontrar la felicidad avanza de la mano de unos altísimos índices de depresión, y esto nos hace pensar que quizás sea la misma búsqueda obsecada de la felicidad aquello que la ahuyenta, provocando como reacción su efecto contrario.

Antiguamente la gente no buscaba ser feliz, sino poder hacer un buen plato de comida, cuidar bien de sus hijos, realizar  bien su trabajo diario, plantar un bonito jardín, escribir un buen libro, ser un buen estudiante, redactar un buen poema, disfrutar de su pareja, ser un buen profesor o crear una buena melodía.

Nadie iba por la vida repitiendo “estoy buscando la felicidad” y si lo hacía muy a menudo, se lo encerraba sin demora.

Antes de la aparición de esta nueva forma de locura, el foco estaba puesto en realizar con entusiasmo la tarea que tuviéramos delante y encargarnos de tener siempre algo para hacer; ya fuese nuestro trabajo dirigir una nación, o cocinar una buena salsa. No era el ansia del sustantivo abstracto aquello que obsesionaba a las personas, sino la aspiración a la excelencia en la acción concreta que uno ejecutaba a cada momento.

La acción, no sólo es el medio de subsistencia de todo ser humano, sino la materia de la que se compone nuestra vida y la vida de toda persona al morir se reduce a una lista de las acciones realizadas. Y para los que nos quieren, a una lista de momentos compartidos.

La vida de cada uno de nosotros al fin y al cabo no es otra cosa que una continuación de rutinas, que desembocan en nuevas rutinas, que a su vez llevan a otras nuevas y así hasta morirnos; con la excepcion de las vacaciones que la descomponen en alguna medida, en cuanto al entorno, actividades y clima, aunque uno siga repitiéndose igualito tanto en la playa como en casa, en bañador o con corbata.

Uno sigue siendo uno, y si uno es un buscador empedernido de la felicidad la busca en el trabajo y luego la sigue buscando también en vacaciones.

Muchos dicen que la gente era más feliz durante épocas de guerra, y aunque esto no sea del todo cierto, si es verdad que durante las épocas más duras la búsqueda de la felicidad no aparece, porque el individuo está enfocado sólo en sobrevivir al día y en pasar el momento lo mejor que pueda.

Así es como se puede hablar sin censura sobre la búsqueda de la felicidad en los paises ricos de Occidente, pero hacerlo en sitios en donde hay extrema necesidad, hambrunas y guerras, “la felicidad” se vuelve una temática bastante extraña, además de denotar una falta de empatía importante hacia el entorno. 

Lo más chocante de todo esto es que al nuevo producto “felicidad” que hemos comprado casi todos los occidentales bien avenidos, se le ha sumado ahora otro más novedoso que se llama “presencia” y aquí es en donde comienza el cortocircuito; porque cuando induces a alguien a buscar la felicidad lo quitas del presente y le colocas la mirada fija en el futuro.

Pedirle a alguien que busque la felicidad y pedirle a la vez “Presencia” es motivarlo a la locura; porque uno o está aquí o está buscando; las dos cosas simultáneas no pueden suceder.

Si estás aquí, entonces puede que descubras que la felicidad estaba en esos momentos en los que estuviste presente y entusiasmado y te olvidaste de buscar.

JR

“Cuando todo está hecho las mañanas son tristes” A.Porchia