“Censura a la Diferencia”

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Hablar de multiculturidad y de diferencias es hoy en día arriesgarse a la censura y a la malinterpretación y son pocos los que se atreven a tocar estos temas sin temor, en una época en donde las sensibilidades se han inflado tanto, en pos de la obtención de atención y de poder.

Hace poco tiempo un profesor americano al que admiro profundamente aceptó dar una conferencia sobre el nuevo desafío de interculturalidad, que nos exige este siglo 21. Y para hacerlo, eligió como portada una imagen del dibujante y escritor Quino, en donde se muestra la diversidad en una actitud amigable y en un espacio en donde todos parecen disfrutar de esa cercanía.

Esta imagen que para mí transmitía una maravillosa inocencia sin malas intenciones, fue sin embargo censurada en la conferencia porque se alegó que los estereotipos de la imagen eran ofensivos  para los distintos colectivos.

Como Quino no vivió dentro de este momento histórico, en donde los movimientos del “black lives matters” el “me too” y el muro de Mexico ocupan hoy todas las portadas, es muy posible que no llegara a comprender hasta qué punto hoy en día todo molesta, todo hiere, todo discrimina y altera hasta la patología la sensibilidad del mundo occidental. 

La ofensa descripta en el estereotipo de Quino es la de representar al negro negro, al oriental oriental, al musulman musulman, al indígena indígena y al blanco blanco, habiendo tantas otras combinaciones distintas y posibles en la mezcla genética. O sea que la ofensa ¿es en realidad la representación de la sintetización?

Por más que haya miles de variantes distintas, el dibujo de Quino (a quien muchos catalogan ahora de racista) intentaba enfatizar y sintetizar una convivencia amigable entre todas las diferencias y no enfatizar la diferencia en sí, aunque el problema actual sea sin duda la aceptación de la diferencia.

Porque no hay que olvidar que este es un siglo en donde el eslogan de la igualdad es nuestro estandarte. 

¿Pero en una igualdad tan igualadora adónde se ubica la realidad? Porque aunque todos insistamos en erradicar la desigualdad (sobre todo la desigualdad de oportunidades) las diferencias en los resultados de las mismas oportunidades seguirán siempre existiendo y nos demostrarán que por más que intentemos igualarlo todo, la diferencia es la expresión innata de la libertad del individuo.

En un mundo sistemáticamente igual ¿en dónde queda entonces la diferencia?¿ Y en dónde queda ubicada la libertad de la existencia?

Existe actualmente una tendencia a utilizar cualquier cosa bien intencionada como material de protesta y de reivindicacion, aún sin existir ni ofensa, ni malas intenciones y este es un comportamiento muy habitual en estos tiempos en los Estados Unidos, en Europa y en America Latina y que dista mucho de ser altruista.

Esta tendencia a sentirse permanentemente ofendido o atacado está fomentada y alimentada por movimientos políticos cuya intención no es la lograr de una convivencia pacífica entre los distintos colectivos, sino todo lo contrario; se fomenta y se alienta el odio de los colectivos considerados oprimidos, hasta la violencia.

No se busca el mejoramiento de las oportunidades para los grupos más desfavorecidos, fomentando una actitud amigable y de colaboración y de integración, sino que se cultiva un ambiente de descontento, de odio y de rencor, necesarios para todo quiebre social, que viene seguido de una nueva forma política. 

La mira de estos grupos políticos está permanente puesta en encontrar la ofensa en todo e inventarla si hace falta, para seguir construyendo el camino hacia el quiebre social que les ubique en el poder. 

La pluriculturidad y la multiculturalidad son por definición la presencia de distintas etnias en un mismo espacio, pero no implican una relación entre ellas.

Sin embargo, la palabra que mejor  explica el fenómeno actual es la interculturalidad que es por definición la relación de las distintas etnias dentro de un mismo espacio.

Seguramente en esta definición estos grupos censurarían también la palabra “etnia”, por considerarla ofensiva, por lo cual seguiríamos eternamente sin poder hablar de este proceso tan urgente con comodidad, porque todo lo que digas será siempre utilizado en tu contra y como elemento de quiebre del diálogo.

Cuando las cosas no tienen manera de nombrarse sin ofender a nadie, entonces dejan de hablarse y se abandona el diálogo, quedando disponible sólo un único discurso o un único pensamiento: el discurso del ofendido, sin posibilidad de réplica.

¿Quién se atreve a replicar nada, si todo lo que diga será tachado de racista, sexista  etc?

Esta censura a la diferencia hace que sea imposible tratar los temas para encontrarse las soluciones.

La ofensa es una táctica muy hábil de poder. Uno se ofende, entonces la charla se interrumpe y el que se ofende hace callar al otro y gana. 

Estos temas se han vuelto tabú o inombrables porque ya nadie se atreve a disentir del discurso único. Y se fomenta la culpabilizacion sistemática del colectivo blanco, como generador de todos los problemas de los demás colectivos.

Poco a poco y a fuerza del insulto sistemático y curiosamente no censurado a este colectivo (white trash o basura blanca) se localiza al problema de la desigualdad en un grupo determinado: la culpa de todo la tienen los blancos. 

La problemática con aquello que se vuelve inombrable, como fue en su momento el sexo, es que el tema sigue  percibiéndose como un problema; porque la cualidad de aquello que no puede nombrarse ( al ser censurado)  es su persistencia y la continuidad de su percepción como la de un problema que en vez de tratarse con normalidad, sigue creciendo por debajo hasta que te estalla en la cara. 

Pero lo que se nos escapa, es que justamente es en la continuidad del problema, en donde radica su fuerza o su poder. 

Cuando un problema se soluciona o se supera, todos aquellos que vivían de ese problema ya no pueden vivir más de él y tienen que buscarse otra forma de sustento.

Porque ante la solución de cada problema, uno debe inventarse una nueva forma de existencia, que suele llevar mucho más esfuerzo que la antigua y sistemática protesta de toda la vida.

Hoy en dia la gente está callada y con miedo a decir algo que pueda ofender a alguien, e incluso yo, entro ya con cierto resquemor al “ Small World” de Disneyland Paris, por temor a que a la salida me llamen promotor del estereotipo racista creado por Walt Disney.

JR

 

“ Cuando cada uno cargue con sus culpas, no habrá culpables” A. Porchia

“ El Agobio Amable”

 

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Desde la invención del Whats App, (esa aplicación que todos utilizamos permanentemente), una nueva forma de comunicación efectiva, afectiva y a veces agobiante, se ha instalado entre nosotros.

Si bien la comunicación es necesaria y nos mantiene al tanto de todo lo que sucede en el mundo, el exceso de comunicación puede resultar no sólo asfixiante, sino también una forma de dominio muy sutil y enfermizo, aunque generalmente vaya disfrazado de cariño y de cercanía.

Yo agradezco que en mi juventud no existieran estas cosas y haber disfrutado la oportunidad de tener espacios de “nada”.

Si alguien te llamaba a casa y el teléfono comunicaba, (cosa muy frecuente en una casa con 5 hermanos), o insistía hasta el cansancio o llamaba a otra persona.

Uno sin duda perdía algunas oportunidades, pero también se libraba de la obligación de tener que estar siempre disponible.

En aquella época uno podía estudiar, leer un libro, ver una película en familia, tocar un instrumento, estar en silencio, cenar sin interrupciones o aburrirse, sin necesidad de tener que estar en línea con alguien.

Hoy en cambio, las comunicaciones son en ocasiones atocigantes. Estamos  permanentemente en línea con el novio, con los padres, con los amigos o con los hijos a quienes además, localizamos 24 horas al día con una aplicación radar.

El control y el mensajito son continuos y a toda hora y ni siquiera el vivir en el extranjero te garantiza el poder escapar de este agobio amable.

Pero como todo este aburrimiento canalizado en la comunicación se hace en nombre del amor, del interés y de la preocupación, se soporta en silencio; porque quien como yo se atreva a decir en voz alta que esto es un infierno, es catalogado de sociopata insensible.

La gente ya no tiene tiempo ni de vivir las vacaciones porque la foto, el Instagram o el mensajito instantáneo interrumpen todos los momentos.

“¿Cómo has pasado tu viaje?”- “En línea contigo. No me quedó tiempo para vivir nada más”.

Hoy en día la comunicación es un nuevo mandato y está sobrevalorada porque se la considera una parte escencial de la autoexposición imprescindible para el éxito. 

Pero también se considera a la comunicación como forjadora de todos los vínculos; aunque no hay duda de que en muchas ocasiones algunas distancias resultan ser mucho más saludables que ciertas cercanías.

Hace un tiempo un vecino de mi barrio sugirió armar un chat para poder conocer a todos los vecinos. Este era un barrio sumamente pacifico, en donde nadie se conocía y vivíamos en paz; pero a partir de este chat amistoso comenzaron las riñas, las peleas, las discusiones políticas y los insultos entre toda la comunidad, que hasta la aparición del chat había convivido siempre pacíficamente y a una sana distancia.

Esta innovadora tendencia a la cercanía y a la intimidad obligada con todo el mundo, no sólo resulta muchas veces en conflicto, sino que además es una utopía muy dañina que intenta anular el espacio privado.

El nuevo mandato de tener que estar permanentemente comunicados, generando y compartiendo información personal, no sólo provoca inestabilidad y desconcentración en unos y en otros, sino que además nos impide la oportunidad de nuestros espacios de soledad.

Y la soledad, que hoy es catalogada como un elemento altamente peligroso, era lo que nos daba estabilidad, reflexión, autonomía y paz. 

Mi hijo pequeño que es un chico muy querido por sus compañeros, siempre está rodeado de niños y niñas en el patio. Yo pensaba que era muy feliz siendo tan popular, pero el otro día me confesó que su situación era insoportable. “Todos me hablan sin parar y a veces hasta me mareo, entonces propongo jugar al escondite y me escondo en un aula vacía y así consigo estar un rato en silencio”.

En una generación en donde el ruido es una constante y la comunicación es potenciada incesantemente por el exceso de información y de competencia, la necesidad de generar espacios de silencio resulta urgente. 

Pero el silencio no es sólo la ausencia del sonido de una voz, sino también la ausencia del ruido digital.

Hay silencio en el juego libre, en la danza no pautada, en la contemplación desinteresada, en la música o en cualquier actividad recreativa cuyo único fin sea el disfrute.

Este exceso de comunicación disfrazado de interacción amable es en muchas ocasiones una forma de violencia y de control igual al de la gestapo.

“¿Adónde estás? ¿Qué haces? ¿Qué estás pensando?  Estabas en línea ¿con quién chateabas? ¿Has visto la foto de perfil de Fulanito? ¿Por qué has cambiado tu estado? Creo que Mengano me ha bloqueado.¿Un tic, dos tics, leído? ¿Hora de tu última conexión? ¿Te gusta?”

Y basta con que compres algo por internet para que de pronto en todas tus aplicaciones comiencen a ofrecerte amablemente un millón de accesorios para tu compra. Y entonces, comienzas a sospechar que de verdad estás viviendo bajo la mirada de la policia nazi.

Mi padre siempre decía “ No news, good news” ( sin noticias, buenas noticias) y tenía razón, porque la verdadera amabilidad no es la que te hostiga con información o te interroga permanentemente, sino la que te regala tu espacio y tu derecho al silencio.

Y ese tipo de cercanía, que como todo equilibrio es difícil de conseguir, se logra viviendo feliz y dejando también vivir feliz y en paz al otro.

JR

 

 

“No hay nada más dañino que el aburrimiento mal canalizado” JR

“Amén Digital”

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Una vez intentaron insultarme y me llamaron “impredecible”, algo a lo que a partir de ese momento consideré como a una de mis escasas virtudes. Y una de esas pocas, que uno debe empeñarse en no domesticar jamás.

La predictibilidad no sólo te vuelve un tipo sumamente aburrido, sino también poco inteligente, porque uno se acostumbra a ir siempre por los mismos caminos, dejando de ver el entorno cambiante que le rodea y creyendo que éste siempre es y será el mismo.

Y así es como la predictibilidad se vuelve peligrosa para uno y para el entorno, porque cuando el mundo cambia, la respuesta debe ser también diferente.

Un primo mío que practicaba ser ciego para saltarse la mili, solía entrar en su casa cada noche sin encender ninguna luz, pero eso le exigía que el ambiente estuviera siempre igual y ordenado de la misma manera, porque en cuanto algo estaba fuera de lugar, se la pegaba contra algo.

Otra de las consecuencias de ser impredecible es la poca información que los demás pueden acumular sobre uno, porque según qué cosa y en qué circunstancias te ubicas arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda o en el centro, como deberíamos hacer todos; ya que la inmovilidad dificulta mucho la visión del panorama general y genera además entumecimiento muscular. 

Otro impedimento de la impredictibilidad  es la pertenencia a los grupos, porque el grupo te exige una concordancia incondicional, que no sólo dificulta la libertad y atrofia la inteligencia, sino que anula además toda posibilidad de opinión, obligándote al like como a aquel amén que se nos exigía responder después de las palabras de cualquiera; aunque no estuviéramos de acuerdo en la mayoría de los puntos expuestos.

La concordancia es sin lugar a dudas la condición imprescindible para pertenecer a cualquier grupo, porque en cuanto empiezas a desentonar, rápidamente te bloquean o te eliminan.

También existe la posibilidad de que los predecibles formen un grupo paralelo y te vayan dejando solo en el grupo anterior. Y un día por casualidad descubras que eres el administrador y el único miembro que queda en un grupo de predecibles fugados, incapaces de decir nada de frente, ni de soportar el dejar de mirarse al espejo del pensamiento idéntico.

El like no sólo reafirma la amistad y genera una sensación de felicidad en aquel que lo recibe, sino que obliga también a la continuidad. ¿Si ayer me pusiste un like, por qué hoy no me lo pones? ¿Es que hoy ya no te gusto?

Pero también perturba aquel likeador incondicional, porque con ellos empiezas a dudar si en realidad el like es un botón fijo, que mantienen siempre pulsado para que creas que todo lo tuyo les gusta, o si en realidad te likean porque no te leen.

La búsqueda del like genera patologías de lo más extrañas y también múltiples adicciones, como sucede con cualquier otro tipo de obsesión por la aprobación y por la reafirmación externa.

Uno se vuelve entonces como los drogadictos, dispuesto a hacer lo que sea por obtener su dosis diaria de adulación y de concordancia.

Algunos se hacen amigos de cualquiera, otros se fotografían desnudos, algunos se filman teniendo sexo o sufriendo accidentes y hay muchos otros extremistas, que se graban suicidándose. Todo sea por el like y por la búsqueda de la concordancia, aunque sea en el espanto.

Ser impredecible te permite escapar del compromiso del like incondicional y te da la posibilidad de disentir y de pensar por ti mismo y diferente a cómo pensabas ayer y a cómo pensarás mañana, porque los impredecibles no se sienten coaccionados ni siquiera por sí mismos.

Pero aún a pesar de sus múltiples soledades, la impredictibilidad es de todas las virtudes, la que más huele a libertad. 

 

JR

 

“ La liberación es completa cuando se libera de la aprobación de los unos, de los otros, de la del maestro, de la de uno mismo y finalmente se libera de la liberación” JR

 

 

 

 

 

 

 

“ARTE-tainment”

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Cuando todo el mundo canta, cuando todo el mundo pinta, cuando todo el mundo baila y cuando todo el mundo escribe ¿Adónde encontramos al arte? 

Cuando el arte deja de ser una excepcionalidad y se convierte en una forma de entretenimiento masivo, en donde todos cantan, todos bailan, todos pintan y todos escriben, ¿el arte gana o pierde?

A raíz de este nuevo fenómeno de masificación artística ha surgido un nuevo concepto que describe a esta nueva variante de una forma un poco más justa:  el ”artetainment”.

El artetainment es la utilización de métodos artísticos con el único fin de entretenernos.

No es casual que en un mundo en donde las comodidades han facilitado mucho las tareas cotidianas, el tiempo libre se haya multiplicado de forma alarmante.

Sobra el tiempo y a ese tiempo sobrante hay que llenarlo de alguna manera, antes de que lo ocupe nuestra conciencia del vacío o lo que actualmente denominamos como depresión.

Esta percepción del vacío se amplificó enormemente con la comodidad y la necesidad de llenar ese enorme hueco lo ocuparon la televisión, el shopping, el deporte, los viajes, los videojuegos, el yoga, netflix y también el arte. Porque está claro que uno hace lo que sea por evitar la nada. 

Antiguamente el arte les sucedía sólo a unos pocos y se lo colocaba en un lugar muy cercano a la patología; algo que emanaba del artista como una forma de expresión natural o como una enfermedad crónica incurable.

Ser artista es una profesión que en tiempos de productividad se asocia a la ocupación en lo inútil.

Cuando un hijo manifiesta que va a ser ingeniero o empresario, uno siente un alivio, que no se siente cuando nos dice que va a ser un artista.

En ese caso uno piensa:  “¡Qué desgracia! ¿De qué va a vivir este hombre? 

En estos tiempos en que el éxito va asociado inevitablemente al placer, el antiguo concepto del proceso creativo basado en el displacer del artista ha cambiado y esto también ha modificado  al arte.

El individuo actual ve en el artetainment no sólo una forma de ocupación rentable y gratificante a la que apunta con codicia, sino que también vislumbra en el arte una acción terapéutica sumamente comercial. Porque el artetainment es hoy también utilizado con fines curativos en su versión de arteterapia.

Si estás triste o aburrido te recetan bailar, pintar, escribir poesía, o moldear arcilla; y  no lo hacen porque crean que tienes un talento especial para alguna de estas artes, sino a modo de analgésico paliativo sin graves efectos secundarios; una ayuda para sobrellevar el aburrimiento o el vacío de la vida. 

Esta finalidad calmante o anestesiante es otra de las diferencias fundamentales entre el verdadero arte y el artetainment.

Mientras que el artetainment se receta y se cultiva como un cuidado paliativo frente al dolor, el arte original por el contrario, evita y repudia cualquier método silenciador y distractor de masas, porque el trabajo del arte consiste en amplificar, poner color, forma, letra, ritmo y sonido a una realidad que es evidente para el artista.

El pintor pintaba para saciar su necesidad de expresarse, el bailarín bailaba intentando saltar de si mismo, el escritor escribía para deshacerse del machaque mental que le provocaban las ideas sobre el mundo en su cerebro. Había por lo tanto en el proceso creativo del artista, una disconformidad, una inquietud, una duda, una incomodidad o un displacer.

Aquel viejo concepto de que el arte sucede a pesar del artista, como una alergia inmune a toda resistencia, se ve poco, y es que el artetainment trabaja justamente en la dirección opuesta porque es un producto que pertenece a la industria más poderosa del mundo; la industria de la distracción o del entretenimiento.

El artetainment, como cualquier otro producto comercial, se cultiva  y se acomoda al gusto masivo, se rocía de fertilizante y se le da el color y la forma  adecuadas para satisfacer el gusto del mercado, apuntando sin concesiones a la concordancia, que le otorgan la seguridad y la rentabilidad de toda aceptación masiva.

Aprender cualquier forma de expresión artística es principalmente aprender a dominar un instrumento y en la vida los instrumentos son necesarios porque siempre nos acompañan, nos relajan y nos alivian.

Pero dominar un instrumento a la perfección no es ser un artista, ya que el arte sólo aparece cuando el instrumento sirve de pasaje y tiene algo nuevo que decir, porque la finalidad del el arte no es complacerte, sino despertarte. 

 

JR

 

 

“ Es curioso como la superficialidad te  hunde sin llevarte jamás a lo profundo y a su vez rescata a aquellos que se ahogan de profundidad” JR

 

“El Auténtico Placer”

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Mi abuela solía disimular la abundancia, porque así era como antiguamente la gente educada demostraba piedad.

Y esa piedad consistía en no provocar en el otro ni malos sentimientos, ni envidias.

Esta era una forma de consideración y de respeto, que incluía la profunda conciencia de que ser más feliz o tener más recursos disponibles que otras personas, no era algo de lo que uno debía presumir, sino algo que uno debía disfrutar.

Y el verdadero disfrute es siempre invisible y silencioso.

No comas pan delante de los pobres” solía decir mi abuela, implorando siempre la moderación adecuada en los relatos de las conquistas, de las capacidades y de las riquezas.

La ostentación no sólo era un símbolo de mala educación y de grosería, sino que además, reflejaba una falta de empatía enorme hacia el entorno. 

Esta tendencia a minimizar los logros o los progresos propios estuvo siempre muy dentro de mí, hasta el punto de traspasar el límite de la piedad y asentarme en el campo de la auto desvalorización.

Uno, intentando nunca herir a nadie, se reducía tanto, que al final desaparecía.

Mi padre, denotando esta falta de valoración en mí, me enseñó otro dicho popular que me ayudó a balancear tanta humildad innecesaria, hacia un punto más nutritivo.

No te agaches tanto, que se te ve el culo” me decía, viendo que en este mundo de show offs, ostentación y escaparates, tanta piedad no me hacía justicia.

Hoy sin embargo, esa piedad está olvidada y mucha gente vive, viaja y hace cosas únicamente para mostrarse y para generar envidia en su entorno.

Hay un disfrute extraño en la ostentación que incluye a modo de placer, la envidia del otro. Y que sin esa envidia, no logra nunca ser un disfrute completo. 

La obsesión actual con publicar en redes sociales todo movimiento, tiene que ver con esa forma de disfrutar ruidosa, que incluye a la mirada del otro en todos nuestros procesos felices, como si disfrutar incluyera ser visto.

Porque si nadie lo ve y lo envidia ¿para qué viajar o comprar el coche de lujo?

La ostentación es la característica escencial del nuevo rico. Aquel que necesita reafirmarse con la riqueza porque en esa reafirmación encuentra un poder que cuando era pobre no tenía.

El rico de siempre por el contrario, acostumbrado a la abundancia, percibe a la riqueza como a una normalidad; no como a algo que haya que mostrar, sino como a algo que debe esconder lo máximo posible, para asegurarse de que la gente no se acerca a él únicamente por su dinero o por su posición.

En este nuevo mundo de escaparates muchos buscan mostrarse y ser envidiados, porque consideran que el verdadero placer, no está en el placer en sí mismo, sino en la posibilidad que éste nos ofrece para generar envidia.

Y luego corren a ponerse cintas rojas, manitas y ojitos contra el mal de ojo, para curarse de la envidia que ellos mismos se provocan.

 

JR

 

“ La felicidad es invisible y silenciosa” JR

 

“La Reconquista de Europa”

 

 

Quien conozca bien el mundo islamico sabe que allí nada es lo que parece. Debajo de un burka se esconden una camisa Chanel y un bolso de Louis Vuitton y dentro de una choza en medio del desierto se esconde el arsenal de bombas mas poderoso de Medio Oriente.

Detrás de las barreras humanas de niños y mujeres se agazapan los terroristas más buscados del mundo y todo esto ocurre porque el Islam es un mundo lleno de contradicciones y de escaparates, que consiguen despistar al cándido mundo occidental.

Esta habilidad para el engaño está amparada y descrita en el Coran bajo el nombre de “Tarwriya”, que es la “mentira santa” del Islam.  En el Coran se autoriza al musulman a mentir siempre que sea para proteger al Islam.

Detrás de la pobreza que vemos en la mayoría de los paises musulmanes se esconde el dominio de un pueblo, al que se mantiene analfabeto y aislado de todo progreso y bienestar para poder así dominarle mejor.

Para entender al Islam, uno debe aprender primero a leer y a pensar distinto; de derecha a izquierda. Así se lee el islam. Y así se piensa el Islam: justamente al revés de como se lee y de como se piensa la cultura occidental. 

Los valores occidentales no nos sirven para entender el Islam porque la cultura occidental está fundada en la libertad y en la tolerancia; valores que el Islam no sólo desconoce, sino que son radicalmente opuestos a su filosofía. Para el Islam el valor absoluto es la sumisión. 

En esta cultura la educación es reemplazada por el adiestramiento militar y religioso de los niños y su posterior adoctrinamiento para inmolarse en nombre de Dios por una guerra a la que contradictoriamente Mahoma bautizó como guerra Santa.

El mundo islamico también carece de derechos para la mujer, que además está privada de cualquier tipo de formación académica, salvo la religiosa.

Este es un mundo muy diferente al mundo occidental y en donde se reza a un Dios que no pide a su pueblo poner la otra mejilla, sino ir cortando cabezas a los infieles en su nombre.

Si el mundo occidental se funda bajo el principio de tolerancia cristiano, el mundo islamico se funda bajo el principio de sumisión, en donde las opciones son únicamente sumisión o muerte.

Estamos hablando de una cultura en donde la pobreza es fomentada para lograr la desesperación de un pueblo que hará lo que sea por sobrevivir y destruir a su enemigo. Una cultura en donde el valor de la vida es escaso, comparado a los 8 paraísos y las 72 vírgenes que les esperan.

Un pueblo que ante la deseperacion se lanzará al océano con tal de entrar en Europa y no morir en Medio Oriente o en Africa, hechos de los que nos hemos acostumbrado mansamente a culpabilizar sistemáticamente a Europa.  Los ahogamientos en el mar no los provoca Europa, sino la desesperación  y la vida miserable que genera el Islam allí por dónde va. 

Sus pueblos viven como en la Edad Media en pleno siglo 21, con el mismo subdesarrollo, la misma ignorancia, el mismo hambre, las mismas costumbres medievales y el mismo terror.

La inmigración que presenciamos no es otra cosa que el resultado del mundo islamico; sus guerras, sus hambrunas, su falta de progreso; todo está organizado bajo régimenes políticos islamicos que los promueven y los multiplican.

El Islam sabe que cuanto mas pobre sea su pueblo, mas poderoso será su gobierno.

Y cuanto menos educado e inteligente sea sea su pueblo, menos riesgo habrá de perder su poder

¿Quién podrá debatir sus ideas o poner en duda sus creencias, sus condenas o sus órdenes siendo analfabeto?

La pobreza y la ignorancia son los dos elementos mas importantes a la hora de dominar a un pueblo.

El mundo Islámico lo sabe muy bien y lo aplica a la perfección.

Mientras la pobreza y la ignorancia habitan en todos los países islamicos, los hijos de los empresarios, políticos e imanes del Islam estudian en Londres, compran propiedades en toda Europa, visten en Luis Vuitton y se alojan en hoteles 5 estrellas porque la contradicción y el engaño son fundamentos primordiales para el Islam.

Para conquistar a un enemigo primero hace falta conocerlo bien. Y el mundo islámico conoce muy bien a Occidente.

Y sobre todo conocen bien a Europa; con sus organizaciones humanitarias, su condena al racismo, su solidaridad, su tolerancia, sus derechos, sus subsidios y su sistema de elecciones democráticas en donde todos tienen derecho al voto y cualquiera puede formar un partido político.

Una de las amenazas más conocidas del Islam es : “Destruiremos vuestra Democracia usando vuestra Democracia” esto significa llegar al gobierno mediante elecciones democráticas y una vez allí instaurar la Sharia. (el gobierno islamico) 

Si no puedes conquistar a tu enemigo con tus ejércitos,¿Por qué  no conquistarlos entonces con tu gente?

Esta es la táctica del mundo Islámico: conquistar a Occidente con su gente; pobre y desesperada, a quien obligan a escapar hacia Europa huyendo de las mas cruentas matanzas provocadas por sus mismos gobiernos islámicos.

Por supuesto, gran parte del pueblo no es consciente de que está siendo utilizado con estos fines, pero la gran mayoría lo sabe perfectamente.

La obligación del pueblo musulman en Europa es la fidelidad incondicional al Islam, su devoción y la obligación de preservar sus tradiciones rechazando todo tipo de integración a la cultura occidental, algo que Europa garantiza, facilita y además subsidia. 

Mientras la buena de Europa abre sus brazos y acepta las culpas de la miserable realidad musulmana; fiel a su culpabilidad cristiana;  el Islam avanza y arrasa con las laicidad europea basada en la tolerancia que tanto le ha costado a Occidente conseguir.

Europa cumple con sus pactos de ayuda y acepta las criticas de los movimientos de izquierda, que no pierden ocasión para hacer campaña y demagogia fomentando el Islam ( que es quien financia sus campañas)  y logrando así que Europa se quiebre por dentro.

Europa contra Europa.

¿Hay alguna manera más efectiva de destruir a tu enemigo que quebrándolo por dentro?

Quien conozca de estrategias, sabe que ésta nunca falla.

Para pensar el Islam debes olvidarte de los valores occidentales porque en el Islam una guerra, una catástrofe, un atentado o un drama humanitario esconden detrás a la reconquista de Europa.

 

JR

( publicado originalmente el 2/8/2015 )

“El Troll Desigual”

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Ayer leía un artículo del New York Times que dictaminaba con tristeza que la lucha contra los “trolls” está perdida y que nada puede hacerse para erradicarlos.

Me sentí identificado en algún punto con aquello, porque en muchísimas ocasiones se me ha catalogado de troll, simplemente por opinar distinto al clan.

Todo aquel que desacomode un poco la uniformidad de lo igual es considerado actualmente como un troll, aunque no lo sea.

Yo he probado de muchas formas poner en duda al pensamiento único, siempre con respeto y argumentos sólidos, y en todas esas ocasiones he sido agredido sin piedad por los grupos de clones que pueblan determinados periódicos digitales.

Toda población de clones, acostumbrada a sobrevivir en el eco, se suma en masa a la agresión al distinto y juntos y envalentonados iban a por mí (el supuesto troll) porque desencajaba sin miramientos en su cadena de comentarios idénticos.

He tenido muchas experiencias curiosas en las redes sociales, por ejemplo al cuestionar la violencia de distintos grupos supuestamente “pacifistas” y he terminado siendo agredido por los “pacíficos”, como uno nunca se hubiera imaginado que un pacifista fuese capaz de agredir.

Estas duras experiencias me han enseñado que el discurso digital dista mucho de la realidad y que internet se ha convertido en una plataforma de postureo y concordancia.

Todo aquello que no concuerde con uno es rápidamente agredido u eliminado; como si el verdadero afán de estar en redes fuera el encontrarse con lo mismo mirándose al espejo.

El individuo clon se siente rápidamente ofendido y agredido por una opinión distinta, aunque en esa opinión distinta no exista ningún tipo de agresión o de insulto.

Hoy la falta de concordancia en sí misma es considerada como una agresión, cosa que pone en duda y en riesgo nuestra libertad.

Pareciera que la libertad de expresión se le permite únicamente  a determinados grupos de clones, pero no a todos.  ¿O acaso yo, que pienso distinto a tu clan, no tengo también derecho a la libertad de expresión?

Contrariamente a los lectores del New York Times, la noticia de que no podremos deshacernos de los trolls me provocó un gran alivio, porque la sola idea de que el pensamiento único se apodere de la red me resulta escalofriante.

Estamos en redes en busca del like y quien lo niegue, miente. Pero también estamos en redes para aprender y para acercarnos a un mundo que piensa y siente distinto a nosotros.

Entrar en un periódico a leer opiniones de gente radicalmente opuesta a nosotros  nos abre una perspectiva diferente e incluso nos enseña. Yo he aprendido más de aquellos que piensan distinto, que de aquellos que piensan igual, porque aquello que piensan mis iguales, ya lo sé.

Gracias a mis incursiones en las redes sociales he accedido a bibliografía de todo tipo. He investigado más sobre Historia, Filosofía y Religión. He consultado datos y grupos sociales que desconocía y he conocido sus problemáticas particulares y sus motivaciones. Y aunque muchos de mis argumentos anteriores no se hayan modificado con esa investigación, he ampliado la mira y he encontrado nuevos argumentos para el debate.

No voy a negar que codearse con lo desigual no sea sumamente peligroso, ni que uno no se llevará más de un insulto a casa por cada cuestionamiento inapropiado al grupo equivocado; pero a la larga, vivir peligrosamente siempre  enriquece.

 

JR

 

“ Ver el mundo es alejarse del espejo” JR

Del “Nice” al “Real”

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“Be nice” es el mandamiento que el mundo civilizado ha establecido como virtud en el mundo de los buenos. Y cuanto más civilizado es un pueblo, más “nice” se vuelve.

Una cosa es ser educado y otra muy distinta es ese empalagoso “nice incondicional” a base de hipocresía que hoy tanto se fomenta.

Uno debería aprender a ser normal desde pequeño, a pedir cuando necesita, a agradecer cuando le dan, a exigir cuando se le escatima, a amar cuando se siente amado, a reír cuando le hace gracia, a estar triste si hay motivos, a enfadarse si la circunstancia lo amerita y a reconocer como falsedad cualquier reacción que no responda a sus verdaderos sentimientos.

El adoctrinamiento en la hipocresía positiva no debería administrarse en los niños desde tan pequeños, ni en dosis tan elevadas, como se hace actualmente en el mundo de los buenos.

Mas allá de ir con cuidado para no herir deliberadamente a nadie, la falsedad debería tratarse como a esa excepción piadosa, que uno debe hacer de vez en cuando, más que como a una forma de vida.

El no herir y el respetar la libertad de otro individuo debería ser nuestra primera norma, junto con la exigencia de esas mismas consideraciones para con nosotros.

Y nuestra meta debería ser la de llegar a ser justos, no buenos. Porque la bondad en dosis elevadas malogra tanto como la maldad.

Es por eso que un niño al que se le permite todo por pura bondad, se vuelve malo, dañino, caprichoso y carnaza disponible para todos los vicios.

Ser demasiado bueno genera inevitablemente un resultado demasiado malo. Por eso la bondad nunca fue una virtud divina, como lo es la justicia.

 Quien sólo está enfocado en convertirse en bueno, pierde además el valioso tiempo que tiene para descubrir quién es. Y sólo quienes se conocen a sí mismos pueden llegar a ser justos, porque el uno es la medida del todo.

Quienes adoctrinan en la santidad en cambio, evitan el uno y el autoconocimiento del que hablaba Sócrates y focalizan al niño desde pequeño en un ejemplo a imitar, un Dios, un maestro o un profeta al que tienen que seguir y copiar, desviándoles de esa manera de su propio camino.

La imitación te aleja de ti y es una empresa destinada al fracaso, por ser totalmente opuesta al ser uno mismo, que es en realidad tu único ser posible.

Tú solo puedes ser tú y yo sólo puedo ser yo.  Y esto es lo que cualquier niño debería responder a sus sacerdotes. ¿Qué hay tan malo en mi, para tener que pasarme la vida intentando ser otra persona? 

Cuando la patología “nice” se lleva al extremo, no solamente irrita e incita a la violencia al que recibe ese dulzor fingido, que destila hedor a falsete por los cuatro costados, sino que aspira a adiestrar a las nuevas generaciones en la hipocresía radical a base de ejemplo. 

Al cumplir los 20 años de edad, el individuo formateado en el programa “nice” se encuentra en facebook con un millón de amigos, pero sintiéndose muy solo. _ “Están todos menos yo”_ piensa, al darse cuenta de que no sabe bien quien es.

El psicólogo o el sacerdote, que se aseguraron el trabajo futuro colaborando en los programas educativos para el formateo en masa de estas mentes “nice”,  le dirán a su cliente 20 años más tarde y sin ningún remordimiento, que durante los próximos 25 años las terapias estarán ahora enfocadas en ayudarle a encontrar a su yo auténtico.

El individuo que ha gastado ya miles de dólares en educación, pensando que ésta consistía en un camino de conocimiento, seguido de un adiestramiento acorde a cada originalidad, seguirá gastando a partir de ahora y hasta la edad de su jubilación una cantidad similar en terapias, retiros espirituales, cursos de milagros e insight, para reeducar esa mentalidad formateada en el “nice” y conducirla ahora hasta el “real”.

La otra opción disponible en estos casos,  aunque más riesgosa por supuesto, es la de tomar el atajo de las drogas, que le proporcionarían al individuo la sensación de lo real, pero sólo por un tiempo limitado.

Las crisis de identidad son muy frecuentes en el mundo de los clones y son poco comunes en el mundo de los individuos.

La rentabilidad de estas crisis la aprovechan los buenos; aquellos que primero crean el mal y luego amablemente se benefician también al intentar curarlo.

Psicologicamente nos han dañado más las religiones que las guerras, por eso uno aprende con el tiempo a temer mas a los buenos que a los malos, porque el bueno crea al fanático, que es de donde surgen luego todos los males.

Y aunque el daño de los buenos sea menos notorio en un principio que el del malo, su silencioso trabajo lo hace aún  más profundo y difícil de sanar que el mal de los malos. 

Por el contrario, quien siempre se supo un individuo particular y libre, con posesion de sus capacidades de reacción individuales a estímulos distintos, no presenta generalmente la patología de no saber quién es, ni se cuestiona semejantes cuestiones existenciales.

Quien cuando está contento ríe y cuando está triste llora, cuando está enfadado se enfada, cuando te quiere se nota y cuando no te quiere también; vive de una forma auténtica conociendo tanto  sus motivaciones como sus reacciones. Y es en esa familiaridad con lo real que se vuelve capaz de moderarse según las circunstancias.

Porque la moderación real no es negación ni bloqueo, sino un esfuerzo consciente por reducir la intensidad de un impulso. Y en este proceso hay conciencia.

Vivir en el mundo de los falsos agota al falso y tensiona al receptor del falso,  porque uno no sabe en qué momento esa psiquis oprimida explotará y le clavará  a uno un puñal en el estómago, hastiada de ser “nice” toda la vida.

En cambio, con los reales uno se siente a salvo. Su sonrisa no es forzada y si se ríen de tu broma es porque fuiste de verdad gracioso. Su tono de voz te hace sentir como a un individuo al que se respeta y se valora y eso siempre tranquiliza,

Existe en el adiestramiento del “nice”una forma de sugestión que desvaloriza al individuo desde pequeño. A los niños se les habla como si fueran estupidos y sin ningún respeto se les evita la verdad enseñándoles a vivir en un mundo de mentiras, en el que admirar la vestimenta del emperador desnudo es lo correcto y ser un hipócrita es ser un hombre normal.

Nadie niega que a la hipocresía haya que aprenderla, pero siempre siendo consciente de ella.

Cuando uno es un hipócrita tiene que saber que está siendo un hipócrita.

El problema surge cuando el hipócrita se considera un santo. 

Ser real no es ni ser un santo, ni ser un maleducado, sino ser capaz de reconocerse a uno mismo en cada circunstancia.

JR

 

“La verdad da miedo porque como no tiene amigos ni familia, no siente la obligación de tener que quedar bien con nadie” JR

 

 

“De Ganar a Perder”

“Ni el hábito hace al monje, ni los años hacen al sabio” JR

 

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Hay un proceso en la percepción de todo cambio y aunque el cambio suceda de forma continua e imperceptible a nuestra mirada y nuestra única forma de captarlo sea a través de la percepción fotográfica, (que para conocer detiene y retiene el cambio en un lugar fijo); este lugar sigue cambiando al instante siguiente del clic.

Esta continuidad es lo que define a un proceso, como a un suceder que no se detiene.

Uno se pasa casi la mitad de la vida pensando en lo que tiene aún por ganar; en todo aquello que puede obtener o conseguir de la vida; éxito, prestigio, sabiduría, afectos, conocimiento, experiencias, bienes materiales o espiritualidad. Y hay personas que nunca traspasan esta fase y se mantienen en ella, con la mirada fija en lo que tienen aún por ganar, hasta que mueren.

Pero el proceso vital completo debería mutar en algún momento desde la percepción de lo que tengo para ganar hacia la percepción de lo que tengo para perder.

En esta mutación de lo vital es en donde cambia el enfoque, de lo que uno tiene aún por ganar, a lo que uno empezará inevitablemente a perder a partir de ahora. 

Este viraje puede derivar o en una patología de ansiedad compulsiva depresiva e inútil, que no llevará más que a la propia destrucción de la psiquis, o, en una gratitud profunda y en una nueva forma de valoración. Y de nosotros depende la actitud que asumamos en este viraje.

Cuando el proceso muta desde la conciencia de lo que tengo para ganar a la conciencia de lo que tengo para perder, la mirada cambia.

La nueva mirada comienza a poner en valor cosas distintas o quizás a mirar de forma distinta las mismas cosas.

La conciencia sobre todo aquello que uno empezará a perder inevitablemente a partir de cierto momento vital, (la juventud, la salud, el trato cotidiano con los amados, el deleite por los sabores, por los olores, por la música, por la naturaleza, por la lectura, etc) se parece a la preparación para un viaje de desapego.

Y al tomar conciencia de él, produce un efecto similar al fotográfico.

Uno comienza a retener ciertos instantes y a inmortalizarlos en su corazón a modo de agradecimiento, con la conciencia de que quizás, no se repitan o no vuelvan.

Es muy curioso este proceso porque  cuando la conciencia sobre lo que uno tiene por perder aparece, uno empieza a valorar hasta las cosas mas pequeñas y así es como siente que en la vida ha ganado mucho más de lo que perderá inevitablemente.

 

JR

 

“ Hay procesos que para apreciarse necesitan distancia” JR

 

 

“Hipervisibles”

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En la época de la superproducción no es casual que muchas otras cosas se hayan hiperactivado junto con ella.

La hiperproducción necesita del hiperconsumo para sostener su productividad y también de la hipercomunicación para publicitarla y ser hiperconsumida.

Este nuevo paradigma de lo “hiper” se traslada también al ser humano, al aplicarse el mismo formato para nosotros.  Y aquellos que no tengan un producto determinado para vender, se convertirán ellos mismos en el producto en exhibición.

Las redes sociales nos han aportado además de un acceso directo e instantáneo al mundo y a los demás, una plataforma de exhibición poderosisima, en donde nosotros también podemos producirnos, comunicar, publicitarnos y ser consumidos como si fuésemos un producto más de este mundo hiper.

Nos hemos convertido así, en posibles elementos consumibles de este nuevo ecosistema “pac man” dispuesto a devorárselo todo. 

El internet no ha derribado únicamente la barrera del tiempo y del espacio ofreciéndonos a la inmediatez y a la instantaneidad como a los nuevos valores espacio- temporales actuales, sino que ha derribado también la barrera de lo privado en pos de una moderna transparencia.

En esta modalidad transparente todo se ve y se muestra, pero sin obedecer a una coacción externa, sino abducidos hacia una hipertransparencia, que consiste en una exhibición voluntaria que nos empuja a mostrarnos, como nunca antes el ser humano se había mostrado.

Estamos hiperinformados, hipercomunicados y también hipervisibles para quien desee ver quienes somos, con quien estamos, qué pensamos, en qué creemos, qué nos gusta, qué consumimos y sobre todo de qué forma nos gusta ser vistos.

Esta exhibición de lo instantáneo esconde sin embargo, el peligro de prescindir de fecha de caducidad, ya que la red archiva y no perdona, ni olvida nada jamás.

La transparencia; que fue en los años 90 el estandarte de la sugestión; algo que mostraba a la vez que ocultaba; fue sin duda un componente importantísimo para la seducción.

Pero la transparencia actual, considerada por muchos como un valor de la mentalidad positiva, se ha llevado al extremo de lo “hiper”(alegando que quien no tiene nada que esconder, no debería temer ser transparente).

Pero cuando la hipertransparencia anula por completo lo oculto, el misterio y la privacidad, el individuo pierde entonces algo muy valioso en su condición de ser humano. 

Sabemos que a nivel mundial la privacidad es el precio a pagar por una supuesta seguridad, debido al tipo de controles necesarios para luchar contra las nuevas modalidades del mal, que ya no son enfrentamientos visibles ni declarados como lo eran antes, sino células infiltradas dentro de la propia cultura y del sistema, sin un uniforme en concreto, ni aquel antiguo distintivo de enemigo a la vista, que lo identificaba y que hoy nos convierte a todos, en posibles sospechosos.

Pero lo alarmante de esta hipertransparencia digital voluntaria, (que en ocasiones de tan transparente roza lo obsceno), es que ni siquiera es percibida como tal por el individuo que hace de su exhibición cotidiana, una forma de vida.  Y que vive prescindiendo sin ninguna melancolía de lo privado, (eso que tanto solíamos cuidar los seres humanos pre-digitales como yo).

La privacidad era ese espacio personal  en donde casi nadie entraba y que no permanecia oculto por ser oscuro, sino por ser demasiado nuestro. 

Hoy la privacidad es un nuevo producto, que al ser hiperconsumible es también  hiperrentable.

La hipervisibilidad ha desencadenado junto a este exhibicionismo desmedido, otro vicio que no es otro, que el de la hiperhipocresía.

El exhibicionista desea ser hipervisible e hiperconsumido pero de una manera determinada y para serlo, busca a conciencia la forma de despertar el interés de su target.

Por lo que la hipervisibilidad se ha transformado también en la plataforma ideal para la hipermentira. 

El individuo en exhibición vive entonces una contradictoria realidad – virtual, entre lo que es, lo que desea ser, lo que cree que es, lo que quiere mostrar que es y lo que necesita ocultar en pos de esta hipertransparencia, que al acelerarse tanto, en vez de mostrar, finge y esconde.

Cuando la luz de los focos en vez de alumbrar nos ciega, deja de servir como plataforma para volvernos mas cercanos y accesibles y nos baja a la categoría de producto ávido de ser consumido a cualquier precio.

 

JR

“Vivo de aquello que los otros no saben de mí”   Peter Hadke