“La Reconquista de Europa”

( post escrito y censurado en 2015 y vuelto a publicar hoy, en vista de la aceleración de los acontecimientos)

Quien conozca bien el mundo islamico sabe que allí nada es lo que parece. Debajo de un burka se esconden una camisa Chanel y un bolso de Louis Vuitton y dentro de una choza en medio del desierto se esconde el arsenal de bombas mas poderoso de Medio Oriente.

Detrás de las barreras humanas de niños y mujeres se agazapan los terroristas más buscados del mundo y todo esto ocurre porque el Islam es un mundo lleno de contradicciones y de escaparates, que consiguen despistar al cándido mundo occidental.

Esta habilidad para el engaño está amparada y descrita en el Coran bajo el nombre de “Tarwriya”, que es la “mentira santa” del Islam.  En el Coran se autoriza al musulman a mentir siempre que sea para proteger al Islam.

Detrás de la pobreza que vemos en la mayoría de los paises musulmanes se esconde el dominio de un pueblo, al que se mantiene analfabeto y aislado de todo progreso y bienestar para poder así dominarle mejor.

Para entender al Islam, uno debe aprender primero a leer y a pensar distinto; de derecha a izquierda. Así se lee el islam. Y así se piensa el Islam: justamente al revés de como se lee y de como se piensa la cultura occidental. 

Los valores occidentales no nos sirven para entender el Islam porque la cultura occidental está fundada en la libertad y en la tolerancia; valores que el Islam no sólo desconoce, sino que son radicalmente opuestos a su filosofía. Para el Islam el valor absoluto es la sumisión. 

En esta cultura la educación es reemplazada por el adiestramiento militar y religioso de los niños y su posterior adoctrinamiento para inmolarse en nombre de Dios por una guerra a la que contradictoriamente Mahoma bautizó como guerra Santa.

El mundo islamico también carece de derechos para la mujer, que además está privada de cualquier tipo de formación académica, salvo la religiosa.

Este es un mundo muy diferente al mundo occidental y en donde se reza a un Dios que no pide a su pueblo poner la otra mejilla, sino ir cortando cabezas a los infieles en su nombre.

Si el mundo occidental se funda bajo el principio de tolerancia cristiano, el mundo islamico se funda bajo el principio de sumisión, en donde las opciones son únicamente sumisión o muerte.

Estamos hablando de una cultura en donde la pobreza es fomentada para lograr la desesperación de un pueblo que hará lo que sea por sobrevivir y destruir a su enemigo. Una cultura en donde el valor de la vida es escaso, comparado a los 8 paraísos y las 72 vírgenes que les esperan.

Un pueblo que ante la deseperacion se lanzará al océano con tal de entrar en Europa y no morir en Medio Oriente o en Africa, hechos de los que nos hemos acostumbrado mansamente a culpabilizar sistemáticamente a Europa.  Los ahogamientos en el mar no los provoca Europa, sino la desesperación  y la vida miserable que genera el Islam allí por dónde va. 

Sus pueblos viven como en la Edad Media en pleno siglo 21, con el mismo subdesarrollo, la misma ignorancia, el mismo hambre, las mismas costumbres medievales y el mismo terror.

La inmigración que presenciamos no es otra cosa que el resultado del mundo islamico; sus guerras, sus hambrunas, su falta de progreso; todo está organizado bajo régimenes políticos islamicos que los promueven y los multiplican.

El Islam sabe que cuanto mas pobre sea su pueblo, mas poderoso será su gobierno.

Y cuanto menos educado e inteligente sea sea su pueblo, menos riesgo habrá de perder su poder

¿Quién podrá debatir sus ideas o poner en duda sus creencias, sus condenas o sus órdenes siendo analfabeto?

La pobreza y la ignorancia son los dos elementos mas importantes a la hora de dominar a un pueblo.

El mundo Islámico lo sabe muy bien y lo aplica a la perfección.

Mientras la pobreza y la ignorancia habitan en todos los países islamicos, los hijos de los empresarios, políticos e imanes del Islam estudian en Londres, compran propiedades en toda Europa, visten en Luis Vuitton y se alojan en hoteles 5 estrellas porque la contradicción y el engaño son fundamentos primordiales para el Islam.

Para conquistar a un enemigo primero hace falta conocerlo bien. Y el mundo islámico conoce muy bien a Occidente.

Y sobre todo conocen bien a Europa; con sus organizaciones humanitarias, su condena al racismo, su solidaridad, su tolerancia, sus derechos, sus subsidios y su sistema de elecciones democráticas en donde todos tienen derecho al voto y cualquiera puede formar un partido político.

Una de las amenazas más conocidas del Islam es : “Destruiremos vuestra Democracia usando vuestra Democracia” esto significa llegar al gobierno mediante elecciones democráticas y una vez allí instaurar la Sharia. (el gobierno islamico) 

Si no puedes conquistar a tu enemigo con tus ejércitos,¿Por qué  no conquistarlos entonces con tu gente?

Esta es la táctica del mundo Islámico: conquistar a Occidente con su gente; pobre y desesperada, a quien obligan a escapar hacia Europa huyendo de las mas cruentas matanzas provocadas por sus mismos gobiernos islámicos.

Por supuesto, gran parte del pueblo no es consciente de que está siendo utilizado con estos fines, pero la gran mayoría lo sabe perfectamente.

La obligación del pueblo musulman en Europa es la fidelidad incondicional al Islam, su devoción y la obligación de preservar sus tradiciones rechazando todo tipo de integración a la cultura occidental, algo que Europa garantiza, facilita y además subsidia. 

Mientras la buena de Europa abre sus brazos y acepta las culpas de la miserable realidad musulmana; fiel a su culpabilidad cristiana;  el Islam avanza y arrasa con las laicidad europea basada en la tolerancia que tanto le ha costado a Occidente conseguir.

Europa cumple con sus pactos de ayuda y acepta las criticas de los movimientos de izquierda, que no pierden ocasión para hacer campaña y demagogia fomentando el Islam ( que es quien financia sus campañas)  y logrando así que Europa se quiebre por dentro.

Europa contra Europa.

¿Hay alguna manera más efectiva de destruir a tu enemigo que quebrándolo por dentro?

Quien conozca de estrategias, sabe que ésta nunca falla.

Para pensar el Islam debes olvidarte de los valores occidentales porque en el Islam una guerra, una catástrofe, un atentado o un drama humanitario esconden detrás a la reconquista de Europa.

 

JR

( publicado originalmente el 2/8/2015 )

“El Troll Desigual”

167AA6E7-2E06-4BC0-A976-C218EA4B101C.jpeg

 

Ayer leía un artículo del New York Times que dictaminaba con tristeza que la lucha contra los “trolls” está perdida y que nada puede hacerse para erradicarlos.

Me sentí identificado en algún punto con aquello, porque en muchísimas ocasiones se me ha catalogado de troll, simplemente por opinar distinto al clan.

Todo aquel que desacomode un poco la uniformidad de lo igual es considerado actualmente como un troll, aunque no lo sea.

Yo he probado de muchas formas poner en duda al pensamiento único, siempre con respeto y argumentos sólidos, y en todas esas ocasiones he sido agredido sin piedad por los grupos de clones que pueblan determinados periódicos digitales.

Toda población de clones, acostumbrada a sobrevivir en el eco, se suma en masa a la agresión al distinto y juntos y envalentonados iban a por mí (el supuesto troll) porque desencajaba sin miramientos en su cadena de comentarios idénticos.

He tenido muchas experiencias curiosas en las redes sociales, por ejemplo al cuestionar la violencia de distintos grupos supuestamente “pacifistas” y he terminado siendo agredido por los “pacíficos”, como uno nunca se hubiera imaginado que un pacifista fuese capaz de agredir.

Estas duras experiencias me han enseñado que el discurso digital dista mucho de la realidad y que internet se ha convertido en una plataforma de postureo y concordancia.

Todo aquello que no concuerde con uno es rápidamente agredido u eliminado; como si el verdadero afán de estar en redes fuera el encontrarse con lo mismo mirándose al espejo.

El individuo clon se siente rápidamente ofendido y agredido por una opinión distinta, aunque en esa opinión distinta no exista ningún tipo de agresión o de insulto.

Hoy la falta de concordancia en sí misma es considerada como una agresión, cosa que pone en duda y en riesgo nuestra libertad.

Pareciera que la libertad de expresión se le permite únicamente  a determinados grupos de clones, pero no a todos.  ¿O acaso yo, que pienso distinto a tu clan, no tengo también derecho a la libertad de expresión?

Contrariamente a los lectores del New York Times, la noticia de que no podremos deshacernos de los trolls me provocó un gran alivio, porque la sola idea de que el pensamiento único se apodere de la red me resulta escalofriante.

Estamos en redes en busca del like y quien lo niegue, miente. Pero también estamos en redes para aprender y para acercarnos a un mundo que piensa y siente distinto a nosotros.

Entrar en un periódico a leer opiniones de gente radicalmente opuesta a nosotros  nos abre una perspectiva diferente e incluso nos enseña. Yo he aprendido más de aquellos que piensan distinto, que de aquellos que piensan igual, porque aquello que piensan mis iguales, ya lo sé.

Gracias a mis incursiones en las redes sociales he accedido a bibliografía de todo tipo. He investigado más sobre Historia, Filosofía y Religión. He consultado datos y grupos sociales que desconocía y he conocido sus problemáticas particulares y sus motivaciones. Y aunque muchos de mis argumentos anteriores no se hayan modificado con esa investigación, he ampliado la mira y he encontrado nuevos argumentos para el debate.

No voy a negar que codearse con lo desigual no sea sumamente peligroso, ni que uno no se llevará más de un insulto a casa por cada cuestionamiento inapropiado al grupo equivocado; pero a la larga, vivir peligrosamente siempre  enriquece.

 

JR

 

“ Ver el mundo es alejarse del espejo” JR

Del “Nice” al “Real”

BE622E3D-E990-47A7-BD93-67F2396CF264.jpeg

“Be nice” es el mandamiento que el mundo civilizado ha establecido como virtud en el mundo de los buenos. Y cuanto más civilizado es un pueblo, más “nice” se vuelve.

Una cosa es ser educado y otra muy distinta es ese empalagoso “nice incondicional” a base de hipocresía que hoy tanto se fomenta.

Uno debería aprender a ser normal desde pequeño, a pedir cuando necesita, a agradecer cuando le dan, a exigir cuando se le escatima, a amar cuando se siente amado, a reír cuando le hace gracia, a estar triste si hay motivos, a enfadarse si la circunstancia lo amerita y a reconocer como falsedad cualquier reacción que no responda a sus verdaderos sentimientos.

El adoctrinamiento en la hipocresía positiva no debería administrarse en los niños desde tan pequeños, ni en dosis tan elevadas, como se hace actualmente en el mundo de los buenos.

Mas allá de ir con cuidado para no herir deliberadamente a nadie, la falsedad debería tratarse como a una excepción piadosa, que uno debe hacer de vez en cuando, más que como a una forma de vida.

El no herir y el respetar la libertad de otro individuo debería ser nuestra primera norma, junto con la exigencia de esas mismas consideraciones para con nosotros.

Y nuestra meta debería ser la de llegar a ser justos, no buenos. Porque la bondad en dosis elevadas malogra tanto como la maldad.

Es por eso que un niño al que se le permite todo por pura bondad, se vuelve malo, dañino, caprichoso y carnaza disponible para todos los vicios.

Ser demasiado bueno genera inevitablemente un resultado demasiado malo. Por eso la bondad nunca fue una virtud divina, como lo es la justicia.

 Quien sólo está enfocado en convertirse en bueno, pierde además el valioso tiempo que tiene para descubrir quién es. Y sólo quienes se conocen a sí mismos pueden llegar a ser justos, porque el uno es la medida del todo.

Quienes adoctrinan en la santidad en cambio, evitan el uno y el autoconocimiento del que hablaba Sócrates y focalizan al niño desde pequeño en un ejemplo a imitar, un Dios, un maestro o un profeta al que tienen que seguir y copiar, desviándoles de esa manera de su propio camino.

La imitación te aleja de ti y es una empresa destinada al fracaso, por ser totalmente opuesta al ser uno mismo, que es en realidad tu único ser posible.

Tú solo puedes ser tú y yo sólo puedo ser yo.  Y esto es lo que cualquier niño debería responder a sus sacerdotes. ¿Qué hay tan malo en mi, para tener que pasarme la vida intentando ser otra persona? 

Cuando la patología “nice” se lleva al extremo, no solamente irrita e incita a la violencia al que recibe ese dulzor fingido, que destila hedor a falsete por los cuatro costados, sino que aspira a adiestrar a las nuevas generaciones en la hipocresía radical a base de ejemplo. 

Al cumplir los 20 años de edad, el individuo formateado en el programa “nice” se encuentra en facebook con un millón de amigos, pero sintiéndose muy solo. _ “Están todos menos yo”_ piensa, al darse cuenta de que no sabe bien quien es.

El psicólogo o el sacerdote, que se aseguraron el trabajo futuro colaborando en los programas educativos para el formateo en masa de estas mentes “nice”,  le dirán a su cliente 20 años después y sin ningún remordimiento, que durante los próximos 25 años las terapias estarán enfocadas en ayudarle a encontrar a su yo auténtico.

El individuo que ha gastado ya miles de dólares en educación, pensando que ésta consistía en un camino de conocimiento seguido de un adiestramiento acorde a cada originalidad, seguirá gastando ahora y hasta la edad de su jubilación una cantidad similar en terapias, retiros espirituales, cursos de milagros e insight, para reeducar esa mentalidad formateada en el “nice” y conducirla ahora hasta el “real”.

La otra opción disponible en estos casos,  aunque más riesgosa por supuesto, es la de tomar el atajo de las drogas, que le proporcionarían al individuo la sensación de lo real, pero sólo por un tiempo limitado.

Las crisis de identidad son muy frecuentes en el mundo de los clones y son poco comunes en el mundo de los individuos.

La rentabilidad de estas crisis la aprovechan los buenos; aquellos que primero producen el mal y luego amablemente se benefician también al intentar curarlo.

Psicologicamente nos han dañado más las religiones que las guerras, por eso uno aprende con el tiempo a temer mas a los buenos que a los malos, porque el bueno crea al fanático, que es de donde surgen todos los males.

Y aunque el daño de los buenos sea menos estridente que el del malo, su silencioso trabajo lo hace mucho más profundo y difícil de sanar. 

Por el contrario,  quien siempre se supo un individuo particular y libre, con posesion de sus capacidades de reacción individuales a estímulos distintos, no presenta generalmente la patología de no saber quién es, ni se cuestiona semejantes cuestiones.

Quien cuando está contento ríe y cuando está triste llora, cuando está enfadado se enfada, cuando te quiere se nota y cuando no te quiere también, vive de una forma auténtica conociendo sus motivaciones y sus reacciones. Y en esa familiaridad con lo real, se vuelve capaz de moderarse según las circunstancias.

Porque la moderación real no es negación ni bloqueo, sino un esfuerzo consciente por reducir la intensidad de un impulso. Y en este proceso hay conciencia.

Vivir en el mundo de los falsos agota al falso y tensiona al receptor del falso,  porque uno no sabe en qué momento esa psiquis oprimida explotará y le clavará  a uno un puñal en el estómago, hastiada de ser “nice” toda la vida.

En cambio, con los reales uno se siente a salvo. Su sonrisa no es forzada y si se ríen de tu broma es porque fuiste de verdad gracioso y su tono de voz te hace sentir como a un individuo al que se respeta y se valora.

Existe en el adiestramiento del “nice” una forma de sugestión que desvaloriza al individuo desde pequeño. A los niños se les habla como si fueran estupidos y sin ningún respeto se les evita la verdad y se les enseña a vivir en un mundo de mentiras, en el que admirar la vestimenta del emperador desnudo es lo correcto y ser un hipócrita es ser un hombre normal.

Nadie niega que a la hipocresía haya que aprenderla, pero siendo consciente de ella.

Cuando uno es un hipócrita tiene que saber que está siendo un hipócrita. El problema surge cuando el hipócrita se considera un santo. 

Ser real no es ni ser un santo, ni ser un maleducado, sino ser capaz de reconocerse en toda circunstancia.

JR

 

“ La verdad da miedo porque como no tiene amigos ni familia, no siente la obligación de tener que quedar bien con nadie” JR

 

 

“De Ganar a Perder”

“Ni el hábito hace al monje, ni los años hacen al sabio” JR

 

D06AFAC3-AD79-4FFA-B1D8-24102009EFE8

Hay un proceso en la percepción de todo cambio y aunque el cambio suceda de forma continua e imperceptible a nuestra mirada y nuestra única forma de captarlo sea a través de la percepción fotográfica, (que para conocer detiene y retiene el cambio en un lugar fijo); este lugar sigue cambiando al instante siguiente del clic.

Esta continuidad es lo que define a un proceso, como a un suceder que no se detiene.

Uno se pasa casi la mitad de la vida pensando en lo que tiene aún por ganar; en todo aquello que puede obtener o conseguir de la vida; éxito, prestigio, sabiduría, afectos, conocimiento, experiencias, bienes materiales o espiritualidad. Y hay personas que nunca traspasan esta fase y se mantienen en ella, con la mirada fija en lo que tienen aún por ganar, hasta que mueren.

Pero el proceso vital completo debería mutar en algún momento desde la percepción de lo que tengo para ganar hacia la percepción de lo que tengo para perder.

En esta mutación de lo vital es en donde cambia el enfoque, de lo que uno tiene aún por ganar, a lo que uno empezará inevitablemente a perder a partir de ahora. 

Este viraje puede derivar o en una patología de ansiedad compulsiva depresiva e inútil, que no llevará más que a la propia destrucción de la psiquis, o, en una gratitud profunda y en una nueva forma de valoración. Y de nosotros depende la actitud que asumamos en este viraje.

Cuando el proceso muta desde la conciencia de lo que tengo para ganar a la conciencia de lo que tengo para perder, la mirada cambia.

La nueva mirada comienza a poner en valor cosas distintas o quizás a mirar de forma distinta las mismas cosas.

La conciencia sobre todo aquello que uno empezará a perder inevitablemente a partir de cierto momento vital, (la juventud, la salud, el trato cotidiano con los amados, el deleite por los sabores, por los olores, por la música, por la naturaleza, por la lectura, etc) se parece a la preparación para un viaje de desapego.

Y al tomar conciencia de él, produce un efecto similar al fotográfico.

Uno comienza a retener ciertos instantes y a inmortalizarlos en su corazón a modo de agradecimiento, con la conciencia de que quizás, no se repitan o no vuelvan.

Es muy curioso este proceso porque  cuando la conciencia sobre lo que uno tiene por perder aparece, uno empieza a valorar hasta las cosas mas pequeñas y así es como siente que en la vida ha ganado mucho más de lo que perderá inevitablemente.

 

JR

 

“ Hay procesos que para apreciarse necesitan distancia” JR

 

 

“Hipervisibles”

19BA98A1-BE6C-4AC5-AA61-D39EC445307D.jpeg

En la época de la superproducción no es casual que muchas otras cosas se hayan hiperactivado junto con ella.

La hiperproducción necesita del hiperconsumo para sostener su productividad y también de la hipercomunicación para publicitarla y ser hiperconsumida.

Este nuevo paradigma de lo “hiper” se traslada también al ser humano, al aplicarse el mismo formato para nosotros.  Y aquellos que no tengan un producto determinado para vender, se convertirán ellos mismos en el producto en exhibición.

Las redes sociales nos han aportado además de un acceso directo e instantáneo al mundo y a los demás, una plataforma de exhibición poderosisima, en donde nosotros también podemos producirnos, comunicar, publicitarnos y ser consumidos como si fuésemos un producto más de este mundo hiper.

Nos hemos convertido así, en posibles elementos consumibles de este nuevo ecosistema “pac man” dispuesto a devorárselo todo. 

El internet no ha derribado únicamente la barrera del tiempo y del espacio ofreciéndonos a la inmediatez y a la instantaneidad como a los nuevos valores espacio- temporales actuales, sino que ha derribado también la barrera de lo privado en pos de una moderna transparencia.

En esta modalidad transparente todo se ve y se muestra, pero sin obedecer a una coacción externa, sino abducidos hacia una hipertransparencia, que consiste en una exhibición voluntaria que nos empuja a mostrarnos, como nunca antes el ser humano se había mostrado.

Estamos hiperinformados, hipercomunicados y también hipervisibles para quien desee ver quienes somos, con quien estamos, qué pensamos, en qué creemos, qué nos gusta, qué consumimos y sobre todo de qué forma nos gusta ser vistos.

Esta exhibición de lo instantáneo esconde sin embargo, el peligro de prescindir de fecha de caducidad, ya que la red archiva y no perdona, ni olvida nada jamás.

La transparencia; que fue en los años 90 el estandarte de la sugestión; algo que mostraba a la vez que ocultaba; fue sin duda un componente importantísimo para la seducción.

Pero la transparencia actual, considerada por muchos como un valor de la mentalidad positiva, se ha llevado al extremo de lo “hiper”(alegando que quien no tiene nada que esconder, no debería temer ser transparente).

Pero cuando la hipertransparencia anula por completo lo oculto, el misterio y la privacidad, el individuo pierde entonces algo muy valioso en su condición de ser humano. 

Sabemos que a nivel mundial la privacidad es el precio a pagar por una supuesta seguridad, debido al tipo de controles necesarios para luchar contra las nuevas modalidades del mal, que ya no son enfrentamientos visibles ni declarados como lo eran antes, sino células infiltradas dentro de la propia cultura y del sistema, sin un uniforme en concreto, ni aquel antiguo distintivo de enemigo a la vista, que lo identificaba y que hoy nos convierte a todos, en posibles sospechosos.

Pero lo alarmante de esta hipertransparencia digital voluntaria, (que en ocasiones de tan transparente roza lo obsceno), es que ni siquiera es percibida como tal por el individuo que hace de su exhibición cotidiana, una forma de vida.  Y que vive prescindiendo sin ninguna melancolía de lo privado, (eso que tanto solíamos cuidar los seres humanos pre-digitales como yo).

La privacidad era ese espacio personal  en donde casi nadie entraba y que no permanecia oculto por ser oscuro, sino por ser demasiado nuestro. 

Hoy la privacidad es un nuevo producto, que al ser hiperconsumible es también  hiperrentable.

La hipervisibilidad ha desencadenado junto a este exhibicionismo desmedido, otro vicio que no es otro, que el de la hiperhipocresía.

El exhibicionista desea ser hipervisible e hiperconsumido pero de una manera determinada y para serlo, busca a conciencia la forma de despertar el interés de su target.

Por lo que la hipervisibilidad se ha transformado también en la plataforma ideal para la hipermentira. 

El individuo en exhibición vive entonces una contradictoria realidad – virtual, entre lo que es, lo que desea ser, lo que cree que es, lo que quiere mostrar que es y lo que necesita ocultar en pos de esta hipertransparencia, que al acelerarse tanto, en vez de mostrar, finge y esconde.

Cuando la luz de los focos en vez de alumbrar nos ciega, deja de servir como plataforma para volvernos mas cercanos y accesibles y nos baja a la categoría de producto ávido de ser consumido a cualquier precio.

 

JR

“Vivo de aquello que los otros no saben de mí”   Peter Hadke

“Esclavos de la Planificación”

“Existe algo mágico y a la vez terrorífico en todo aquello que escapa a nuestros planes y es la toma de conciencia sobre nuestra falta de control” JR

8828245D-60FF-4BB4-AA19-1D42AC2C82E9.jpeg

 

Es muy importante organizarse porque las cosas no suceden si no nos hacemos un plan de acción a conciencia.

Tanto en el trabajo como en la vida privada, la organización resulta fundamental para que las cosas funcionen. Si uno no se organiza bien, la casa es un caos, uno llega tarde al trabajo y no hay nada en la nevera a la hora de la cena.

No hay duda de que rendimos más  y funcionamos mejor con una agenda organizada y a medida que pasan los años y las tareas se diversifican y se multiplican, disminuyendo también proporcionalmente nuestra capacidad de memoria, contar con un sistema de planificación resulta fundamental para toda supervivencia organizada.

El problema aparece cuando la planificación se vuelve tan obsesiva que nada de lo que esté fuera de ella se contempla o se aprecia.

En la planificación obsesiva, todo aquello fuera de la lista se descarta sin más, como si fuese un estorbo. Cualquier situación espontánea o imprevista se esquiva en pos del cumplimiento del deber, como si nos hubiésemos convertido en empleados de nosotros mismos, sin derecho a vacaciones. 

Pero lo más curioso de toda nuestra organización es que ninguna de las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida figuran jamás en agenda.

Entablar una amistad inesperada, enamorarse, ponerse de parto, tener un accidente, reírse a carcajadas, contemplar una puesta de sol, ser feliz, abrazar a un hijo, tener una idea, contagiarse una neumonía o morir, son cosas que nunca encontrarás en la agenda de nadie y sin embargo, resultan ser las cosas más importantes de nuestra vida.

Es curioso con cuanta disciplina uno se prepara y se organiza para las cosas que en perspectiva no tienen tanta importancia y qué poco preparados estamos para esas pocas cosas que son las que de verdad importan.

JR

 

”Como sólo me preparo para lo que debería sucederme, no me hallo preparado para lo que me sucede, nunca” A. Porchia

“Identificar lo Valioso”

30BAD23E-961C-4F6A-A66C-A8C8FD2B11EE.gif

No existe nada que sea valioso, si no hay alguien dispuesto a darle valor.

Pero el valor pasa muchas veces desapercibido cuando nuestra mirada está enfocada hacia otro lado o hacia algo más.

La sensación de validez de las cosas suele venir luego de perderlas. Uno toma conciencia al perder, que aquello que ha perdido era valioso. Y al concientizarse de su valor se percata además, de la dificultad que tenemos para dar valor a las cosas “in situ” ( en el momento en que suceden o están presentes).

La valorización de las cosas posee generalmente una cualidad retrospectiva, nostálgica e irrecuperable.

La dificultad en la percepción “in situ” del valor consiste en que tendemos a creer que podríamos tener algo más o mejor que aquello que tenemos en ese momento. 

Un corresponsal en Londres durante la Segunda Guerra Mundial escribía en una de sus crónicas para un periódico español: _ ¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad?

Los ingleses creían que sin aquellos valores no se podía ni se debía hacer la guerra y que si se hacía sin ellos, se perdía.

Porque cuando uno se enfrenta a otro es porque está convencido de que aquello que posee merece ser defendido y la mejor manera de defender tus valores no está en el frente, sino en la vida cotidiana.

Porque si ya has perdido tus valores en la vida cotidiana, ¿de qué sirve meterse en una guerra para luchar por ellos?

Lo primero que deberíamos a hacer antes de entrar en cualquier enfrentamiento es tomar conciencia del valor que tiene aquello que defendemos. Y si aquello no resulta estar tan presente, entonces lo mejor es rendirse y dejarse conquistar por una cultura superior e impregnarse de nuevos valores, tradiciones y costumbres con resignada sabiduría.

¿Para qué defender aquello que no se practica porque ya no se considera valioso?

Lo importante para toda cultura es identificar sus verdaderos valores y sus verdaderas carencias y acorde a ello, evaluar qué cosas son las que merece la pena defender y qué otras es mejor perder.

Porque ocasiones es mejor dejarse conquistar con humildad y sabiduría por el cambio, que presistir en la incongruencia.

A veces se gana mucho más perdiendo vicios tradicionales, que preservando con una irracional obstinación, quistes innecesarios.

JR

”Que lo tuve todo lo sé. Lo sé porque después no lo tuve más.” A Porchia

 

“El Lenguaje Textil”

“ Cuando me miro al espejo me pregunto ¿Qué pretenden verse los demás?”

A. Porchia.

 

209A954B-5960-4799-A104-4AF2843ED298.jpeg

Hay muchas maneras de comunicar y de mostrarse y la indumentaria es una de aquellas formas con las que contamos para exhibir nuestra identidad.

Hoy las nuevas corrientes feministas abogan por que cada una sea libre de vestirse como quiera y en el mundo occidental de los libres, eso está por supuesto garantizado.

Pero lo que olvidamos es que por más que uno sea libre de ir vestido como quiera, tu indumentaria comunica.

Dice quien eres, da a entender quien aspiras a ser y refleja tu posicionamiento en el mundo.

Cada uno puede ir vestido como quiera, siempre que se haga cargo de aquello que comunica con su atuendo.

Uno debería además, estar al tanto de que en ciertos barrios, algo que está bien visto en el tuyo puede resultar llamativo, extraño, ofensivo, pretencioso o  simplemente intolerable.

Siempre admiré la elegancia de mi padre y la dedicación que pone en elegir cada día su camisa, su traje, sus zapatos y hasta el pañuelo que combina con la corbata.

Su elegancia no es otra cosa que la expresión de su alegría de vivir y el respeto de salir a la calle vestido de la mejor manera posible. 

Su vestir no es sólo un vestir, sino una celebración de la vida, de la buena convivencia y de la buena educación. 

Pero hay muchos otros meticulosos del vestuario como mi padre; los que se visten de skaters, de surfers, de polistas, de gimnastas, de ciclistas y hasta aquellos que van de rapers, de renegados o de sucios y que cuidan al máximo cada detalle de su vestuario porque buscan transmitir al salir al mundo, una forma de ser o un estado de ánimo en particular.

Yo mismo he deseado algunas veces, tener a mano un burka para poder salir de casa con el pijama debajo, en esos días en los  que escribo y en los que no saldría de mi agujero por nada del mundo.

Pero como no tengo otra opción que la de volver a la vida, ni tampoco cuento con un burka en el armario, me peino y me visto de ciudadano estándar y resignado en mi igualdad, vuelvo a la realidad vestido con unos jeans y una camiseta.

El burka y todos los atuendos religiosos son también formas de comunicarle al mundo que eres diferente a los demás.

Pero lo extraño de algunas diferencias tan subrayadas es cuando empiezan a parecerse a aquello contra lo que se manifiestan ideológicamente contrarias.

Esto lo he visto en múltiples ocasiones cuando encuentro a los burkas integrales  en la fila del Disneyland Paris, con las orejas de Mickey Mouse colocadas por encima.

Y es entonces cuando el cortocircuito del mensaje identitario me explota en el cerebro.

¿Un burka con orejas en la fila del emblema del mundo occidental norteamericano, creado además por un judio? ( el maravilloso Walt Disney)

En esas situaciones, uno no distingue si la combinación del atuendo se debe a una intención integradora con el mundo occidental o a una ignorancia alarmante sobre la doctrina religiosa que se profesa.

Muchos tildan de frivolidad a la moda y es cierto que la frivolidad se cuela en todos los ámbitos de la vida, porque la frivolidad nace y crece dentro de todos los fanatismos.

Pero la verdadera importancia de la vestimenta radica en que ésta habla de ti, sin necesidad de que te presentes e incluso mucho antes de que salgas de casa.

Porque lo que cuenta no es solamente cómo te vean los demás, sino cómo deseas tú ser visto.

 

JR

“En toda frivolidad extrema se esconde además de una evidente inseguridad, el deseo de ser distinto y mejor que los demás” JR

 

 

“El Trabajo Desvalorizado”

32118700-AA0A-44E9-BF3E-968C1D06E77D.jpeg

Hace unos años, un amigo al que hace mucho no veía y que estaba pasando por una dura ruptura matrimonial me visitó en casa.

Al ver mi habitación hizo una exclamación que me dejó desconcertado.

– “Ahora entiendo porqué sigues casado y feliz.” _ “¡Es que tienes una manta morada sobre la cama! _  exclamó.

Ante mi mirada atónita, me explicó muy serio que en el feng shui tener elementos morados en la habitación matrimonial, augura armonía.

El comentario me resultó divertido y me alegré en ese momento de que hubiera sido esa casualidad, la que hubiese protegido a mi matrimonio durante tanto tiempo.

Pero al rato comprendí que atribuir mi éxito a la suerte, era la manera que tenía mi amigo de alivianar su fracaso.

Cuando se marchó y habiendo conocido  ya los detalles de su ruptura; que no eran más que una interminable lista de intolerancias, engaños, rivalidades y una falta de disciplina conjunta; su comentario dejó de parecerme tan simpático para generarme entonces, una rabia espantosa.

La manta morada había sido para él la responsable de mi éxito. No lo eran nuestro cariño, nuestra lealtad, la paciencia mutua, la superación de la monotonía de la crianza de los hijos con alegria y entusiasmo, la rutina vista como oportunidad para crear un hogar de paz y estabilidad, ni la aceptación de los tiempos difíciles, de los tiempos del otro, de los logros del otro y de los espacios del otro con respeto y disfrute.

No, todo eso para él no contaba, ya que él había reducido nuestro trabajo silencioso a la suerte de tener una manta morada sobre la cama; un detalle casual que había generado según él, un matrimonio feliz.

Existe una liviandad extraña que tiende a desvalorizar el trabajo del otro y a convertir en más pesada la carga de aquel que no está dispuesto a hacer ese esfuerzo.

Es mucho más fácil decir que el otro tuvo suerte, que reconocer que uno nunca quiso hacer el esfuerzo para tener esa suerte.

Esta tendencia a desvalorizar el trabajo ajeno, no sólo está presente en la vida privada, sino también en la vida profesional.

Si bien es cierto que uno está siempre expuesto a múltiples desgracias aleatorias en todos los ámbitos de la vida, también es cierto que el esfuerzo está actualmente a la baja y que todos sus resultados beneficiosos, suelen ser atribuidos posteriormente a la suerte.

Entre nosotros va creciendo una injusticia desvalorizante hacia todo aquel que logra las cosas con años de trabajo silencioso.

Se da más importancia al ruido, al éxito inmediato de aquel que de un día para el otro pasó de no tener nada a tenerlo todo, que al imperceptible trabajo de todos los días.

El hacer de la hormiga; organizado, tenaz, conjunto, estoico, previsor, incansable; ese trabajo invisible y constante es injustamente atribuido a la cómoda y liberadora superstición de haber contado con un amuleto o con una manta morada sobre la cama.

 

JR

“ La liviandad de una carga depende de la fuerza de las manos que la llevan” JR

 

“La Celebración de lo Distinto”

043276E8-784E-48D3-A535-DBC70B7840B0.jpeg

Existe en la tendencia a sentirse distinto, una vanidad y una prepotencia. Y quien hable de las masas como de algo distanciado de sí mismo, se equivoca, porque sólo es capaz de hablar de las masas con conocimiento, aquel que las conoce desde adentro y que entiende tanto su motivación como sus carencias. 

Sólo la experiencia de haber sido masa en algún u otro sentido, nos otorga la comprensión y el posible análisis de su dinámica.

Porque uno en realidad, sólo es buen juez de aquello que también es, o ha sido parte alguna vez. 

Todos hemos sido masa en algún momento de nuestras vidas y de diversas maneras y esta toma de conciencia resulta escencial para poder erradicar el desprecio, que desprende todo aquel que habla de la masa, como de algo muy distante de sí mismo. 

Es por eso que la celebración de lo distinto resulta ser igual de desagradable que el enaltecimiento de lo igual y un delicado equilibrio entre los dos, sería el considerarles a ambos, como a dos extremos evitables.

Aquellos que se prodigan como distintos, son también seres desagradables, aunque ellos crean que en su vanidad existe una distinción justa y totalmente alejada de cualquier esnobismo.

Nuesta época, obnubilada por la salud y por la perdurabilidad de la vida material,  ha hecho de lo distinto, una salvación.

El que no es distinto por alérgico, lo es por celiaco o por ser intolerante a algo. Y el que no; lo es por “sano”.

De pequeños se nos enseñaba a comer de todo y a no hacer diferencias entre un alimento y otro.

Esta educación no era otra cosa que educar en la tolerancia. Y lo curioso es que cuando se comía de todo un poco, no había ni intolerancias, ni obesos.

Antiguamente uno aprendía a tolerar aquello que no era de su preferencia y el verde se comía de vez en cuando, igual que el rojo, que el amarillo o que el negro.

Uno tenía sus preferencias por supuesto, pero sabía ser tolerante cuando estas cosas no estaban disponibles. 

Hoy en cambio, todos en la mesa expresan abiertamente sus intolerancias con orgullo, luego de darte el respectivo discurso en contra de los alimentos que has servido y que estás por comer.

Y sin ningún respeto ni tacto, te advierten sobre los posibles daños y catástrofes que pueden ocasionarte dichos alimentos.

Uno, acostumbrado a tolerarlo todo en cantidades razonables, desea en esos momentos mandar a callar a su invitado, pero se controla, porque en vista de que es el único tolerante en la mesa, es a uno a quien le toca además, aguantar al hipersensible maleducado.

Y es que hay en la intolerancia alimenticia una falta de educación, como derrocha abiertamente y sin cortarse un pelo el niño invitado, que prolifera barbaridades espontáneas contra la carne, la pizza, los helados, el azúcar o la harina; repitiendo como un loro todo lo que oye en su casa; y al que uno apunta rápidamente a la lista de invitados a los que no volverá a invitar jamás.

– “A ese niño ya no me le traigas, es mejor que venga comido de su casa” – les digo a mis hijos. Y así es como los distintos se van quedando solos.

– “Es que son complicados y en estos tiempos de poco servicio, ya no queda tiempo para tanto menú especial” – respondo ante la insistencia de mis hijos, que acostumbrados a comer de todo, aguantan y superan casi cualquier cosa.

Y es que al final, tanta intolerancia es contagiosa. Y tanto intolerante te vuelve intolerante.

Se cree equivocadamente que las diversas intolerancias no están relacionadas entre sí, pero ese es un grave error.

Estamos educando a una generación de intolerantes, que luego además, tienen la caradura de ir catalogando de intolerantes a todos los que no les aguantamos.

JR