“La Castración de Don Juan”

F40CA53B-EE3D-439D-B204-6F1B3523F89F.jpeg

Todavía recuerdo la indignación de mi padre, al ver como mi hermano mayor cambiaba los pañales y daba los biberones a su primer hijo, todas las mañanas de los fines de semana,  mientras su esposa dormía plácidamente hasta las 12.

_”Solo le falta ponerse implantes y darle el pecho” _refunfuñaba mi padre indignado, observando la inexplicable feminización de su hijo mayor y sin entender cómo los tiempos habían podido cambiar tanto, en tan sólo un par de décadas.

Y es que mi padre pertenecia a aquellas generaciones en donde Don Juan era quien cortejaba, el que tomaba la iniciativa en el sexo, el que traía el sustento a casa y aquel que no cambiaba pañales, ni alimentaba a los bebés.

Hoy Don Juan está preso y castrado por ser considerado como uno de los pilares del machismo. Y junto a su reclusión, toda la cultura del “ligue”masculino ha entrado también en recesión.

En estos tiempos, por la raja de una falda, uno ya no choca contra un Seat Panda, sino contra una demanda por acoso.

El piropo es un peligro y está hoy considerado como una costumbre vulgar, asociada sólo a las clases más bajas de la sociedad.

Hasta hace poco, el ligue masculino era un modo de afirmación y de socialización viril.  Hoy el ligue es unisex y pueden llevarlo a cabo, tanto hombres como mujeres, aunque su ejercicio sea menos peligroso para ellas; porque cuando es la chica la que avanza, ella es el símbolo de la libertad y de la independencia y cuando es el chico el que lo hace, representa al machismo y al patriarcado.

Muchos recomiendan a sus hijos varones  que vayan con mucho cuidado en estos tiempos, en que toda profilaxis contra una demanda por acoso es poca.

“Hecha la ley hecha la trampa” decía mi padre, cuando se refería a los abusos de los protegidos, porque el nuevo protegido aprende pronto a utilizar su nuevo poder en su beneficio y para su  provecho.

Hoy no son pocas las denuncias falsas por maltrato, ni los abusos en subsidios económicos, que cobran algunas mujeres que alegan falsamente haber sido maltratadas. Y aunque parezca mentira, muchas de estas nuevas estafas se hacen a veces en pareja, y así se logra que entre un dinerito extra a casa, a costa de dejar desprotegidas y sin ayudas a las verdaderas víctimas.

Cuando recordamos a Don Juan desenvolverse en el mundo de las relaciones amorosas, notamos como es evidente, que existe actualmente una deserción de la antigua masculinidad y ésta se interpreta a veces, como el resultado de la inversión de los roles sexuales tradicionales. 

Hoy las mujeres, libres al fin, son mucho más accesibles en cuanto a compañeras sexuales, pero a la vez, resultan mucho más amenazadoras para el hombre, que en ocasiones no comprende qué es lo que se esperan de él. 

Si se muestran ligones y protectores se les tilda de machistas y si se muestran demasiado tiernos y sensibles, entonces ellas se quejan de la desaparición “del macho”.

Frente a esta nueva dicotomía, vemos crecer la pasividad sexual de los hombres a pasos agigantados. ¿Pero por qué?

Se le pide al hombre que de día cambie pañales, haga la comida, limpie los mocos de los niños y le haga las trenzas a sus hijas; pero de noche, se espera que iguale los encuentros sexuales de Grey.

Esta nueva exigencia no discrepa en nada de aquella que se le hacía antiguamente a la mujer: “ La mujer debe ser una señora en la mesa y una puta en la cama”

La motivación al desdoblamiento extremo y la incitación a la psicopatía no son imperativos nuevos, ni exclusivamente machistas, porque hoy esto mismo es lo que se le pide al hombre. ¿Pero es posible moverse tan cómoda y naturalmente en los extremos? ¿O esta demanda es en realidad, una invitación al fingimiento?

Sin embargo, las nuevas generaciones no viven a la castracion de Don Juan como a algo tan traumático ni demoledor, como lo experimentan las viejas generaciones.

Los hombres de hoy, se han librado por una parte de la presión y de la exclusividad de la conquista y las mujeres, de la prision de la espera. 

Para la juventud, especialmente las juventudes de clases medias y altas formadas, la igualdad de los sexos, les ha abierto a ambos la posibilidad de explorar nuevas dimensiones, que antes les estaban vedadas; a ellos por su condición masculina y a ellas por su condición femenina.

Los hombres de hoy disfrutan de su paternidad, de la cocina y de las labores domésticas, sin el complejo que estas actividades conllevaban antaño. Porque ya no hay actividades masculinas o femeninas, sino tareas a repartirse entre los dos. 

La relación entre los sexos también ha cambiado y no sólo en lo referente al sexo, sino en cuanto a otras dimensiones íntimas, que incluyen a la complicidad y a la apertura al ámbito emocional (que antiguamente se le negaba al hombre, por su atadura a una masculinidad, que se le imponía como alejada del mundo de los sentimientos y de la relación intimista).

Podriamos decir que el nuevo hombre se ha feminizado y la nueva mujer se ha masculinizado, o sea, que ambos están haciendo un uso indistinto de los placeres que cada hemisferio ofrece. 

Este es sin duda, el nuevo desafío en el ámbito relacional, un espacio tan intimo como particular, en donde cada pareja, hoy es libre para diseñar su propio modelo.  

 

JR

 

 

 

 

“Hacerse a Todo”

C804804F-6469-4E8F-913C-201EEACB7988.jpeg

Mucha gente cree estar hecha para cosas especiales y todo aquello que no vaya en esa dirección, lo rechazan con una frase que por cierto, suena bastante elitista.

“Yo no estoy hecho para eso” te dicen, cuando hablan de cosas que no les apetece hacer, como el matrimonio, la paternidad, la fidelidad, el trabajo, etc; y como si todos los demás hubiésemos nacido con un cartel tatuado en la frente, que dice “hecho para hacer cualquier cosa”.

Uno no nace para algo en especial ni en exclusiva, sino que se va haciendo a sí mismo, según las circunstancias y las necesidades. Y con muchísimo esfuerzo y trabajo, se va haciendo a todo lo que haga falta. 

Yo creía no estar hecho para ser padre y huía de los niños de mis amigos, como si tuvieran la peste cuando era soltero, hasta que nació mi primer hijo y tuve que hacer todo aquello, para lo que hasta hace poco, creía no haber estado hecho.

Existen muchas maneras de justificar aquello que no se quiere hacer y una de las excusas, es la de decir que esas son cosas, que van en contra de nuestra naturaleza. Como si hubiese algunas naturalezas inferiores o distintas, que si estuviesen preparadas, para hacer todo eso que yo no quiero hacer.

Sin embargo, nuestra naturaleza común consiste en la adaptación permanente a todo lo que haga falta.

Hay gente que no está hecha para trabajar y justifica así su vagancia, otros que no están hechos para ser monógamos y justifican así sus infidelidades, algunos que no están hechos para adaptarse a nada y justifican así sus fracasos, pero el mayor de los fracasos, es en realidad la incapacidad de adaptarse a las circunstancias que se nos presentan. 

Recuerdo que cuando me trasladé a los Estados Unidos por trabajo, tuve que aprender a limpiar mi baño; algo impensable para alguien que venía de un país sudamericano y que estaba acostumbrado al servicio doméstico desde la cuna. Porque aunque muchos no lo sepan, en el tercer mundo el individuo de clase media vive mucho más cómodo que el del primero, porque en el tercer mundo muchos desconocen al “do it yourself”, que es la fórmula que sigue al progreso.

El progreso consiste en que “todos” progresan, y cuando el servicio doméstico progresa, entonces eres tú quien tiene que limpiar el baño, la cocina y el culito de tus bebés.

Aún recuerdo las visitas de amigos tercermundistas que admiraban mi vida en los Estados Unidos, pero se excusaban diciendo que “no estaban hechos” para vivir en un mundo como ese, sin nanny y sin la empleada doméstica, o a sus mujeres, demasiado preocupadas por cómo conseguirían mantener en el extranjero las clases de tenis, o el color de sus reflejos, sin la peluquera de la esquina de su casa.

Comprendi así, que no todo el mundo estaba hecho para emigrar, ni para soportar las consecuencias que trae el progreso, y que por más que dijeran lo contrario, en realidad la mayoría no tenían ni idea, del trabajo extra que el verdadero progreso implicaba.

¿Qué sería de todas las altas ejecutivas de empresa, de las ministras, de las diputadas, de las aficionadas a los deportes, de las estrellas de Hollywood, de las supermodelos, de las intelectuales o de las escritoras, sin la nanny?

Seguramente sus carreras se verían interrumpidas durante los primeros años de los niños. Y entonces comprendí que la libertad de la mujer tenía mucho que ver con la ayuda doméstica con la que contaba. Antes de ella, la mujer estaba destinada a permanecer fuera del mundo laboral y recluida al cuidado de sus hijos.

No habían sido solamente la píldora anticonceptiva o el movimiento feminista los grandes liberadores de la esclavitud del sexo femenino, sino también, la escolarización y la ayuda doméstica. 

Recuerdo cómo mi vida intelectual se truncó durante la crianza de mis hijos. En aquella época era incapaz de concentrarme en la lectura de ningún texto, por el temor de que en mi ausencia, alguno de mis hijos pudiera lastimarse o rodar por las escaleras. Mi intelecto durante esos años, sólo podía  permanecer concentrado en papillas, pañales y libros de cuentos para niños. Y os aseguro que yo “no estaba hecho para eso”.

Es curioso cómo avanza el progreso y cómo nos obliga permanentemente a todos a adaptarnos a las nuevas realidades que introduce.

Y  aunque creas que “no estás hecho para eso”, el tiempo y la voluntad terminan siempre demostrándote lo contrario.

JR

 

“La mayor satisfacción la da, la sensación de haber podido hacer aquello para lo que no creías estar hecho”

 

“El Reciclaje de la Memoria”

FF4964F5-4FA9-447A-A3BC-78A299FC806A

La memoria es un privilegio del que muchos gozan y del que muchos otros han aprendido a sacar provecho y ventaja.

Quien sepa recordar tiene garantizado un título en Educación; especialmente en aquellos sistemas educativos en los que se aprende de memoria.

Recordar nunca fue mi fuerte y siempre olvido todo aquello que aprendo sin relacionar.

Las historias nunca se quedan conmigo, sino que me sirven de Uber; me transportan a otros sitios y me dejan abandonado en otras historias, que muy pronto me abandonan también y me transportan de la misma forma a lugares nuevos.

Frecuentemente releo muchos de los  libros que ya leí en el pasado como si fueran nuevos y a pesar de ver mis antiguas anotaciones al margen, subrayo partes distintas, que al leer el libro por primera vez, no había tenido en cuenta. Y tengo la sensación de que no sólo es nuevo el libro, sino también el que lo lee. 

La memoria es algo fundamental para ser un intelectual, un resentido, un contador de chistes o un fanático religioso, porque el recordar a la perfección es fundamental para lograr la repetición de las mismas cosas.

Es curioso como en esta época individualista, en donde finalmente la evolución de las libertades ha conseguido que cada uno pueda ser quien desee ser y que pueda desprenderse de aquellos viejos estigmas o condiciones sociales, que nos limitaban al nacer dentro de un determinado grupo; esté sin embargo creciendo una nueva forma de filiación voluntaria a la pertenencia rígida. 

Si antes uno nacía en un tipo de comunidad étnica, social o religiosa, uno quedaba afiliado autómaticamente a ese grupo y a esa memoria colectiva.

Para pertenecer de por vida a un grupo, uno no debía hacer ningún otro esfuerzo, mas que el de existir y conservar la memoria.

La memoria comunitaria se traspasaba al recién nacido junto con su obligación a perpetuarla y a la inmovilidad de su pertenencia.

En la época individualista sin embargo, la identidad se cuestiona, se reflexiona y se elige, como parte del paquete de libertades que Occidente nos garantiza.

Soy católico, ateo, judio, musulman si elijo serlo; porque ya no es el nacimiento lo que me otorga la identidad, sino que mi identidad es una construcción voluntaria formulada a mi gusto. 

Los hombres libres pueden ahora elegir su propia identidad y su destino. Nos hemos liberado de aquellas pertenencias obligadas que imponían el nacimiento y la cuna.

Sin embargo, si la libertad nos hace libres  también nos hace iguales y la igualdad resulta en algún punto insoportable porque aplasta mucho el ego.

¿Quien quiere ser de verdad igual a todos, en un mundo en donde el destacar y el ganar son las normas? 

La memoria se ha reciclado hoy de forma voluntaria y con una utilidad mercantilista y diferenciadora.

Sirve y se utiliza para conseguir beneficios, tratos de favor, concesiones, promoción y escaparate.

Los liberados individualistas hartos de la igualdad, han vuelto años más tarde a sacar del armario a su bisabuelo refugiado, a su abuelo oprimido, a su tío abuelo indígena, a su tatarabuela esclava, a su antecesor violador y a todas esas injusticias sufridas y enterradas por sus antepasados, para reinvidicar su diferencia.

Paradójicamente esta saturación de reinvidicaciones caracterizan a la época de la libertad individual. Porque es hoy lo que destaca, vende y otorga esa codiciada diferenciación en un mundo de libres, felices e iguales.

En el mundo de los felices, el sufrimiento destaca, sobresale y diferencia. Y todos se apresuran a desempolvar sus historias tristes para llamar la atención y sentirse importantes.

“Con historias felices no se hace novela” decía mi madre. Dándome a entender que sólo el drama vende. Y tenía razón.

La libertad individual actual es el relato de una historia feliz. ¿Pero a quién le interesa? 

 

JR

 

”Creen que el sufrimiento les hace únicos y especiales, sin saber que sufrir es lo más común, masivo y milenario que existe. La excepción es la felicidad.” JR

 

“Generosidad a Distancia”

317C9415-C036-47D4-9B30-0B292C30B856.jpeg

Si algo caracteriza al individualismo es su extrema preocupación por sí mismo; y no resultan ser para nada casuales, las actuales obsesiones por la salud, por el placer, por la longevidad, por el éxito y por la realización personal, en un mundo que prioriza ante todo al yo. 

Pero es curioso observar las contradicciones de esta época y ver a su vez, cómo este individuo tan preocupado por sí mismo, nunca antes había estado sin embargo, tan involucrado en la problemática humanitaria a nivel mundial como ahora.

Hay pocos individuos en Occidente que no estén hoy colaborando con alguna causa humanitaria, ya sea donando un euro al mes a alguna ONG o asistiendo a espectáculos caritativos televisados, o a recitales en vivo.

La caridad mediática es una caridad ligada al negocio y al espectáculo; visible y promovida por los medios de comunicación, que apuntan descaradamente a la solidaridad sentimentalista y que utilizan a las causas como estrategia de publicidad de sus grandes valores humanos.

Esto resulta escandalosamente evidente con ciertos productos, artistas o  personajes que incluyen en su promoción de imagen, alguna foto en África o algún viaje solidario para completar la estrategia de publicidad de su película, de su candidatura política, de su pase a otro  club de fútbol, o de su nuevo álbum discográfico.

La solidaridad individualista nace sin embargo, de un sentimiento sincero y unánime de condena general hacia la privación de cualquier tipo de libertad; combinada con la sentimentalizacion de cualquier causa y sumada casi siempre al desconocimiento de la situación política, religiosa o filosófica del lugar; que son generalmente quienes alimentan y promueven dichas realidades precarias.

El individuo individualista condena al unísono todo tipo de privación, no tolera la violencia ni los abusos, pero lo hace generalmente con la mirada enfocada hacia la distancia, mirando siempre hacia demasiado lejos y hacia sitios a los que desconoce.

Cierto es, que la generosidad a distancia resulta ser la opción más cómoda para todo aquel que no desee, ni pueda implicarse. 

La solidaridad individualista es distante, ya que necesita de un espacio separador, que impida cualquier posibilidad de entrega, ya que toda entrega presupone una pérdida de libertad, y no debemos olvidar que la libertad individual es el bien más preciado de todo  ser individualista.

Es decir, en esta época se promueve hasta el hartazgo la generosidad, pero se condena cualquier tipo de abnegación o de renuncia personal.

Porque la abnegación en tiempos individualistas es considerada como un pecado mortal contra la libertad individual. 

Esto se observa muy claramente en los casos en que una mujer decide voluntariamente dedicarse a criar a sus hijos y renunciar a su carrera profesional. Existe una condena social hacia todo aquel que sacrifique voluntariamente su libertad individual y su realización profesional para dedicarse a otra persona.

Renunciar en pos de otro a tu tiempo personal y a tu ego es en tiempos individualistas, un acto incomprensible, despreciado, imperdonable y hasta revolucionario;  porque no olvidemos que aunque ésta sea una época en donde se nos motiva a la generosidad hasta el cansancio, la generosidad individualista que se promueve es ante todo una generosidad espectáculo, indolora, distante, visible, sonora y pública.

Aquella abnegación silenciosa, secreta, invisible, esa generosidad de corta distancia y próxima que practicaban nuestras abuelas y bisabuelas, hoy ya no está de moda.

JR

 

 

“Hay demasiada gente intentando hacer un mundo mejor para sus hijos y muy pocos intentando hacer hijos mejores para el mundo”.

“Posmoralidad Individualista”

9D5FD3E6-09A6-49BE-8574-E1C1F7551E65

El individualismo es ese movimiento que repliega al individuo sobre sí mismo. El hombre deja de mirar hacia afuera y hacia los intereses de la comunidad y comienza a mirar de pronto hacia adentro; a sus propios intereses y a su bienestar particular.

A esto llaman también hoy los filósofos la atomización del individuo, que replegado sobre sí mismo construye su mundo personal y comienza a sentirse separado y distinto al entorno y logra autogestionar dentro de ese microcosmos sus propios valores y sus propias opiniones.

Hoy todos se sienten particulares y distintos y exigen ser respetados en esa singularidad y es por eso, que esta época se caracteriza por la multiplicidad de opciones y de alternativas disponibles y posibles.

Hay gente de todos los colores y de todas las mentalidades que aprende a convivir en un mismo espacio con los mismos derechos y las mismas garantías; lo que hace de la tolerancia al mayor de los desafíos en esta época.

“Vivir y dejar vivir” es el lema imperativo de los tiempos posmodernos. 

Superadas ya las antiguas y estrictas reglas morales, (que hoy se aprecian más como tradiciones antiguas que como sistemas vigentes), el ser humano posmoderno ha creado sus propios valores; una conducta ética acorde a los nuevos tiempos, tolerante con los demás y permisiva consigo mismo, pero siempre hasta ciertos límites autoimpuestos.

La moralidad posmoderna consiste en un modelo autofabricado según la conciencia y los valores de cada uno. Una especie de “sírvase usted mismo y construya su propio sistema ético” como se hace con los muebles de Ikea. 

Lejos de haber producido una hecatombe, la disolución de los sistemas rígidos morales ha creado una nueva ética y no un libertinaje y un reino del caos general, como pronosticaron los apocalípticos. 

La época individualista ha dado lugar a una conciencia, que emerge cuando el individuo es capaz de identificarse con el sufrimiento ajeno; (algo impensable hace algunos siglos).

Esto ha servido como factor de sensibilización hacia aquellos colectivos considerados como peor tratados o menos afortunados hasta ahora (pobres, discapcitados, mujeres, niños, homosexuales y razas estigmatizadas etc).

Existe hoy una conciencia ética general muy distinta a la del pasado; que no está regida por normas morales impuestas desde afuera, sino por normas que surgen desde adentro.

Es el propio individuo el que aprende a respetar y a solidarizarse con los demás y con sus diferencias y lo hace desde esa identificación, que es la que le sirve para acercarse al otro. ¿Y si me pongo en su lugar, qué sentiría yo?

La posmodernidad no es sinónimo de una inmoralidad ni de una permisividad generalizada, sino que por el contrario, ha dado lugar a un ser preocupado (como nunca antes en la historia de la humanidad) por los derechos humanos, por los valores de tolerancia y con un sentimento de repulsa general hacia toda violencia gratuita.

Por eso resulta extraño que la izquierda a lo único que dedique sus campañas políticas sea a hacer hincapié en propagandas y consignas que ya son viejas, porque sin duda son consignas que ya están logradas y siguen desarrollándose de forma responsable y sin descanso en el mundo occidental. ¿Será que se han quedado sin otros recursos viables de publicidad?  (Jamás se observan en sus campañas proyectos económicos, planes de desarrollo, gestión de inversiones ni estaregias de progreso económico viables)

Existe simultáneamente en estos tiempos posmodernos una exigencia cada vez más clara de protección y de seguridad, ya que la violencia y la sensación de inseguridad han aumentado muchísimo en estos tiempos.

No olvidemos que el hombre posmoderno europeo es un hombre pacifico y desarmado y que delega su seguridad a la protección del Estado.

El hombre posmoderno no está acostumbrado ni autorizado a la lucha física, ni a defenderse cuerpo a cuerpo como lo estaba el individuo del siglo XVIII y por lo tanto, su sensación de indefensión es mucho mayor a la del hombre de aquel entonces, que estaba preparado y autorizado a hacerse justicia por sí mismo. 

A algunos les puede sonar contradictorio que el hombre posmoderno exija seguridad y presencia policial, pero esta época posmoderna está regida por las contradicciones más increíbles.

Sin ir más lejos, aquellos que se autodenominan pacíficos son hoy los violentos y los estigmatizados como violentos son los pacíficos.

JR

 

 

 

“America First, Europa después”

8A19546B-92A3-4543-AAA2-F39796FA3509.jpeg

Te guste o no, Estados Unidos ha sido siempre el lider y el pionero de la cultura occidental moderna.

Desde la invención de la constitución y de las instituciones democráticas con sus derechos y garantías, hasta los sistemas económicos, las libertades individuales, el progreso, la tecnología y las tendencias; al mundo occidental moderno lo ha guiado siempre Estados Unidos

Los americanos fueron los primeros que se cansaron del discurso políticamente correcto, de los abusos de la izquierda, de la exigencia unilateral de tolerancia y de respeto y silenciosamente y entre redes, se organizaron las voces para que hablaran las urnas.

Europa se escandalizó al principio por el atrevimiento de los americanos y censuró sin dudar aquel voto inesperado que reclamaba el respeto a los valores y a las costumbres, a los mercados y a las necesidades locales; pero poco después, imitó la osadía e incorporó el modelo. 

Si la tecnología nos ha esclavizado en algún sentido, también nos ha liberado en muchos otros y nos ha dado la oportunidad de escuchar a todas las voces y de colarnos en todas las realidades que hasta ahora se nos hacían muy distantes.

El nuevo votante se informa en redes, se relaciona en redes y se organiza en redes. Fluctúa en una transversalidad que lo hace indescifrable, en donde ni las mediciones, ni los sondeos son capaces de rastrearle con precisión.

Europa despierta poco a poco de aquel letargo socialista y se activa. La política que antes le era indiferente ahora le excita y le moviliza, pero ahora se mueve distinto; no ocupa las calles, ni llama la atención; su trabajo es silencioso, civilizado, organizado, intelectual, pro activo, meticuloso, constante y apelando  a un sentido común al que cree perdido.

Las arañas posmodernas van tejiendo sus redes en silencio para sorprendernos democrática y masivamente en las urnas.

America first, Europa después.

JR

 

 

“La Risa Perdida”

680386BB-9AEF-4460-B857-52EBA5E5E14F.png

Si hay algo a lo que se echa de menos en el mundo civilizado es a la antigua carcajada; esa explosión de alegría incontenible que nos batía desde adentro.

Hoy lo más cercano que tenemos a aquel recuerdo es un emoticono, al que solemos emplear demasiado en los chats y al que sin embargo, practicamos en escasas ocasiones en la vida real.

Desde el siglo XVIII  la risa estruendosa es considerada como un comportamiento  despreciable, excesivo e indecoroso.

Este estallido de alegría se fue interiorizando poco a poco hasta convertirse en una mueca; un leve y controlado movimiento facial que acredita un divertimento adecuado a la ocasión. 

Es cierto que con el tiempo han variado también y mucho, los temas que nos divierten. Reírse del otro está mal visto socialmente; ni hablar del humor negro, o de cualquier ridiculizacion ofensiva que pueda dar lugar además, a una denuncia por delito de odio o machismo.

El humor contemporáneo es estreñido, light y edulcorado y se ha interiorizado de la misma forma en que se ha privatizado la vida social contemporánea.

Hoy uno no se ríe tanto del otro, como de si mismo y es la  ridiculez de algunas costumbres lo que más nos hace gracia; siendo Woody Allen el genio que ha sabido ubicar al humor en la mirada introspectiva y consciente del individuo que observa su propia ridiculez y la hilaridad de sus costumbres.

Me llegan continuamente anuncios de talleres de risa, en donde se nos ofrece recuperar a base de cursos esa carcajada que antaño nos era tan habitual y que nos pillaba siempre en misa y en todos esos sitios en donde la seriedad era la norma. Y quizás fuera la obligación a la seriedad aquello que nos hacía tanta gracia.

Si hoy existen cursos para volver a reír es porque ya existe un mercado que lo necesita; pero resulta triste tener que aprender a base de cursos y a estas alturas de la vida, un hábito que adquirimos de pequeños y de manera autodidacta.

La norma del mundo civilizado es el silencio, el perfume, la chachara superficial y la música ambiental, y cualquier carcajada fuera de lugar, llama la atención de todas las miradas, como si un ser proveniente de la Edad Media se hubiera colado de pronto en la sala.

Hoy lo que se lleva es el susurro, la queja, la apariencia y la tristeza, siendo la depresión y el narcisismo las enfermedades top de esta era, y el que no está deprimido o mirándose al espejo es adicto a alguna otra sustancia alucinógena que le ayuda a compensar la escasez de alegría natural y la falta de buenos chistes.

Lo más sorprendente es que ésta sea sin embargo la era de la abundancia y del confort; de la calefacción, del aire acondicionado, del cine en casa, de la felicidad del consumo, de la vida virtual y de las comunicaciones instantáneas provistas de emoticonos para cada ocasión.

Pero el problema es que el confort también nos aísla y la abundancia en vez de llenarnos nos ilumina el vacío y amplifica el tedio del humor insulso y políticamente correcto que nos proveen y nos permiten. 

Sólo los niños parecen estar todavía a salvo de perder la carcajada; aunque seguramente sea por poco tiempo; hasta que ingresen en el mundo de los civilizados y les toque ceder la única capacidad que no necesitaron jamás aprender de nadie, en pos de la mueca correcta.

Y aunque la alegría verdadera no haga ruido, de vez en cuando resulta muy reconfortante poder soltarle la rienda y reír cómo ríen los niños, cuando se les ordena que sean serios. 

JR

 

“No hay nada más triste que la alegría si se va”

Fito Páez

 

 

“Ética y Estrategia”

EEA5FF40-D5BB-49D3-94A0-0B5AA0D152CE

En el mundo posmoderno la empresa ha dejado de ser esa entidad en donde se trataba sólo de obtener beneficios y de distribuir dividendos entre los accionistas, para convertirse en un ente que aspira a contribuir con el bien común; sea éste humanitario, científico, cultural o ecológico.

La desaparición de aquella moral religiosa del sacrificio y de bordes estrictos y de aquel “dar hasta que duela”, ha sido superada ya y suplantada por una nueva moral ( “dar mientras consumo”, “dar mientras disfruto”), que no trata de una caridad impuesta desde el exterior, sino que nos insufla una conciencia de responsabilidad; moldeable, individualista e indolora; pero más acorde a los nuevos tiempos. 

Ante la aparición de un consumidor responsable, hiperinformado y que posee una amplitud inmensa de productos similares entre los cuales elegir, la empresa debe ahora diferenciarse del resto, no sólo en calidad, imagen, precio, comunicación, innovación y diversidad de productos; sino también éticamente.

En las escuelas de negocios, desde hace años se viene formando a profesionales en una conciencia ética y en la capacidad  para diseñar nuevas estrategias que enamoren al consumidor y rentabilicen la empresa. 

Hoy se invierte en el corazón y cada empresa busca su alma. ¿Qué es lo que la mueve? ¿En qué invierte? ¿En qué cree? ¿Cuáles son sus valores?  Son algunas de las preguntas que se hace el neoconsumidor antes de elegirlas.

En este rediseño moral de la empresa se han involucrado los filósofos y los coaches como instructores del staff y a modo de evangelizadores New age, van moldeando al personal acorde con la nueva ética empresarial elegida por la marca.

De esta re programación no se libran ni siquiera los altos directivos, que son reeducados conforme a los nuevos valores e instruidos también, en los nuevos comportamientos que exige esta nueva era ética empresarial. 

Para buscar su alma, cada empresa elige un mecenazgo a conciencia y acorde con su imagen y procura que su generosidad esté siempre a la vista y bien comunicada.

La solidaridad ética es un negocio win- win, (en donde todos ganan) y aporta en estos tiempos, muchos más beneficios que cualquier otra campaña publicitaria de producto. 

Un sistema ético y publicitario denominado “caridad espectáculo” se ha difundido también entre actores, periodistas, artistas, deportistas y políticos , que hoy recurren a una vistosa solidaridad como método para ganarse la simpatía y el corazón del público.

Pero también existe el espectáculo con fines caritativos, que pone a la causa en primer plano y resulta ser el escaparate perfecto para venderse, sin hablar de sí mismo o del producto, sino guardando un disimulado segundo plano, ya que a menor ostentación, mayor es el impacto que produce esta estrategia.

Si bien es cierto que las empresas colaboran hoy como nunca antes en labores humanitarias y sociales, impulsando la investigación científica y protegiendo el medio ambiente, no debemos olvidar que estas responsabilidades le corresponden a los estados, con el dinero público recaudado de los impuestos; pero ante la falta de responsabilidad política son ahora las empresas las que toman las riendas.

No es casual que el votante sea cada vez más propenso a confiar más en empresarios y menos en políticos.

El mundo va cambiando y va despertando nuevas formas de conciencia y alertándonos sobre las ventajas que éstas nos aportan a corto y a largo plazo.

A aquellos que vaticinaban destinos catastróficos para esta sociedad insaciable de consumo, debo decirles que la sociedad nunca antes en la historia habia sido tan responsable sobre su papel en el planeta.

El consumo, lejos de destruir la conciencia, la ha creado. Y las empresas; estigmatizadas como los monstruos del capitalismo; son quienes  la alimentan y la financian. 

Hoy business ya no es sólo business. Hoy el business es ético y la ética también es business, porque ser éticos nos compensa a todos y además, paga buenos dividendos.

 

JR

“Existencia a la Carta”

57CFAC03-0213-498C-8DA4-CF35FCB5CF45.jpeg

De niño lo que más me impactaba era la multiplicidad de opciones que ofrecían los menús de los restaurantes.

Nosotros vivíamos en un entorno rígido, de normas sociales estructuradas, que a la vez moldeaban el pensamiento y las preferencias, acotando los espacios en donde elegir.

Las opciones por aquel entonces eran pocas y las conocidas por todos, pero el menú del restaurante con sus 10 páginas llenas de platos, eran para mí un deleite en donde se nos permitía ocasionalmente, saborear las delicias de la libertad y elegir ese día lo que íbamos a comer.

Hoy sin embargo, prefiero los menús escuetos de pocos platos, porque el exceso de posibilidades me agota.

Y el mismo agobio que me provocan los menús con demasiadas opciones, lo siento también con la televisión; aquella oferta inmensa que hace sólo unas décadas me emocionaba, hoy me satura y siento que este exceso de posibilidades es quien me ha devuelto a la lectura.

Cuando llevo a mis hijos a comer fuera  intento obligarles a pedir todo lo que nunca cocinamos en casa, impulsándoles a probar cosas nuevas y deseando que ellos también aprovechen esa libertad, de la misma forma en que lo hacía yo. Pero he comprendido que es inútil intentar que alguien que no ha conocido su falta, la valore como uno.

Mis hijos, acostumbrados a esta nueva sociedad psicologizada, en donde todo se les consulta y se debate, condenan cualquier signo de autoridad como a un ultraje a su derecho de ser libres.

Sin duda el derecho fundamental que nos ha ofrecido la Democracia es el derecho al cambio y a la diversidad de pensamiento y de opciones.

La Democracia ha terminado con aquellos sistemas autoritarios y disciplinarios que  imponían rigidez tanto en lo social, como en lo económico o en lo político y hoy todo está sujeto a la opción, a la opinión y al cambio.

En estas últimas décadas al individuo se le ha abierto un horizonte que hasta entonces le era desconocido; un ámbito móvil que le autoriza al libre deslizamiento de un lado hacia otro, en todos los aspectos de su vida.

Nadie está ya aprisionado a un ámbito físico, social o económico definitivo, ni condenado a permanecer siendo pobre, inculto, o a pasar socialmente inadvertido, porque hoy el individuo tiene posibilidades de cambiar su realidad privada, social o económica si lo desea y si está dispuesto a hacerlo.

Esta democratización del mundo se ha ido colando en todos los ámbitos y uno puede hoy ser quien desee ser y diseñar su propia vida a la carta.

La sociedad disciplinaria, en donde los sistemas morales establecían el comportamiento de los individuos se ha remplazado por una sociedad psicológica y permisiva, abierta a todo y enemiga de toda censura; en donde todo es viable y todas las opciones están siempre disponibles.

Pero pareciera que nuestra sociedad actual no se limitara ya a ofrecer una multiplicidad de opciones y a diversificar la tolerancia, sino que nos incita y nos impone el cambio, como única forma de existencia libre.

La quietud y la inmovilidad son hoy sinónimos de falta de libertad, aún aunque las elijas, porque existe un mandato tácito hacia el cambio que hoy en día, lejos de representar la posibilidad y disponibilidad de opciones, se ha convertido en una obligación.

Las nuevas ideologías sostienen que uno ya no está definido ni siquiera por la propia naturaleza y que la libertad de elegir, no excluye ni siquiera a la realidad de ser un hombre o ser una mujer.

A los niños se les enseña desde muy pequeños un panorama de “vida a la carta” en la que se les ofrece todas las opciones disponibles, pero mucho antes de que aparezca en ellos la necesidad de buscar esas opciones.

Si bien la libertad en dosis adecuadas resulta estimulante para los niños, en dosis extremas sin embargo, puede provocar mucho desconcierto, porque para poder manejar la libertad, uno necesita conocer primero sus propios bordes.

Existe actualmente una nueva dictadura de la libertad, que no deja el espacio necesario para esta auto delimitación personal, ni para el crecimiento, ni para la maduración.

Cuando pienso en esta sobredosis de libertad desde edades tan tempranas, me invade una sensación de vértigo y de vacío y me imagino flotando en el espacio, en un entorno totalmente ilimitado y abierto, en donde me encuentro igual de impotente que un esclavo y ansío desesperadamente encontrar algo fijo a lo que ceñirme; algo que me contenga y me limite.

¿Será así como se sienten estos niños?

Y es en esas pesadillas de libertad, en donde los límites dejan de parecerse a una privación de opciones, para ser en cambio, lo que nos salva.

JR

 

 

 

“La cultura del Bienestar”

25EA20A4-E000-41ED-8FE4-C6D19BAE8462

Todo aquello que se acelera va incursionando inevitablemente en otros mundos. Uno avanza y a medida que avanza, va descubriendo espacios nuevos que anhela conquistar.

El impulso imperante de auto superación no se limita en estos tiempos al ámbito de lo profesional y de lo material, sino que poco a poco, avanza también hacia el mundo de las sensaciones. Uno debe ahora además de progresar, sentirse bien. 

El superhombre ya no desea superarse con el único fin de alcanzar un éxito que le permita el acceso a las cosas y a una reputación, sino que va más allá y anhela ahora conseguir un bienestar, al que aspira llegar con ese mismo tipo de esfuerzo.

Toda auto superación va ligada a una sobrexigencia, que por supuesto supone un sufrimiento y un cansancio, porque todo aquello que se fuerza, duele; como duelen las piernas después de una clase de gimnasia.

La cultura del bienestar impone a las sensaciones placenteras como objetivo y nos mentaliza en que cada acción debe de estar unida siempre a una sensación de placer que la valide. “Si no lo gozas, no sirve”.

Pero el trabajo, esa actividad forzosa a la que estamos obligados, corre un grave peligro porque inevitablemente en cada ocupación, siempre hay sensaciones desagradables. Y por muy maravilloso que se pinte a un trabajo, todo trabajo tiene su parte pesada, su esfuerzo y su lado oscuro, porque esa es la cualidad intrínseca del trabajo.

Por lo cual, esta nueva imposición de ser siempre felices y de sentirnos siempre bien, genera un cortocircuito en todo ser humano trabajador y sobre todo en las nuevas generaciones, que aún no conocen el trabajo y que esperan de él una sensación de bienestar continua y prometida, que por supuesto no encontrarán al 100 por cien jamás en ninguna ocupación. 

Esta tendencia hedonista que considera al placer como objetivo último se propaga ya por todos lados.

Existe un mercado emergente focalizado en las sensaciones que conquista todos los ámbitos.

Los placeres 360 grados triunfan y a la vez confunden y provocan sensaciones contradictorias en los individuos que no las alcanzan, y que dudan, de si el problema son ellos o es el trabajo.

En estos tiempos la atención no está puesta en la utilidad del producto, sino en las sensaciones que provoca y en el ambiente placentero en el cual se lo presenta. Hoy importa más el packaging, la decoración y el perfume ambiental de la tienda, que la utilidad del producto en si mismo.

Se motiva al consumo, ya no por la necesidad del objeto, sino por las sensaciones placenteras que produce el consumir. 

_“Lo importante es que te sientas bien” _ es la consigna en estos tiempos. 

Pero sentirse bien todo el tiempo no sólo es imposible, sino que además se convierte en un nuevo mandato.

En esta búsqueda prioritaria por “sentirse bien” parecen ya no importar las consecuencias que produzca un comportamiento hedonista e irresponsable, en una sociedad cada vez más enfocada en el sí mismo y en la búsqueda de la sensación como norma y habituada al dopaje en todas sus variantes como única opción para encajar dentro de esta tendencia que sólo admite a una sensación: el placer.

Todas las demás sensaciones quedan vedadas del abanico sensorial contemporáneo. 

Esta búsqueda frenética por el placer 360 grados no está acotada a una juventud ávida de experiencias, sino que no tiene límite de edad y nos ha acostumbrado cada vez más, a la proliferación de hogares rotos, porque para quien busca un placer siempre renovado, una relación estable o una familia resultan un impedimento. 

Pero la imposición de la cultura del bienestar es más dañina en aquellas sociedades en las que no se han alcanzado los niveles de progreso adecuados, porque esta consigna del placer como objetivo último, aumenta la sensación de precariedad, de sufrimiento, de desigualdad y de resentimiento en poblaciónes carenciadas.

Desgraciadamente, se ha malinterpretado al bienestar y se lo ha establecido como a un derecho universal, en vez de entenderlo como al resultado del desbordamiento de la abundancia.

La abundancia que produce el trabajo, es lo que crea el bienestar y no al revés. Y pretender un bienestar sin hipertrabajo, resulta altamente perjudicial para cualquier sociedad. 

La abundancia es el resultado natural  de una sociedad hiperproductiva que enfocada en el trabajo, deja como consecuencia y como opción, la posibilidad de un bienestar.

El superhombre productivo es sin embargo, quien menos se permite estos lujos porque generalmente suele dedicar la mayor parte de su energía al trabajo y cuando lo hace, suele encarar a esta nueva opción de bienestar como a un nuevo objetivo, al que persigue con ese mismo ahínco y se dedica a los deportes, a los viajes y al ocio en general, con el mismo fanatismo con el que se dedica al trabajo.

Otros ven en la cultura del bienestar a una posibilidad de vivir sin trabajar y aprovechan este pseudoderecho que les corresponde, gozando de este imaginario estado, enmascarando a una sensación latente de inutilidad y de total dependencia.

Y aquellos que viven al trabajo con el esfuerzo y con la aceptación de sus luces y de sus sombras, entienden al bienestar como a la oportunidad para la desaceleración en todas sus formas.

JR