“Intensidad Añorada”

Cuando uno observa las hazañas de los grandes hombres y mujeres de nuestra historia se asombra de ver cómo a los veintitantos años, muchos de ellos ya habían escrito, compuesto, creado, pensado y hecho tantas cosas, con tan pocos recursos.

Ni internet, ni avión, ni telecomunicaciones ni luz eléctrica en muchos casos, impidieron que la creatividad humana apareciera, creciera y se desarrollara.

Uno se queda pensando entonces, como es que con tantos años, uno no ha sido capaz de hacer casi nada valioso y vive sin embargo, ocupadisimo y sin tiempo para nada; aún teniendo las comodidades y facilidades actuales.

Y es que hay algo que vamos perdiendo con la velocidad y es la incapacidad de concentrarnos en algo.

Toda nuestra actividad diaria se vuelve veloz, precipitada, siempre con prisas por llegar a la actividad siguiente y sin lograr intensidad en nada de lo que hacemos.

La hiper comunicación que tanto nos comunica, nos tiene más solos que nunca. Rodeados de WhatsApp y de mensajes, pero sin comunicarnos verdaderamente con nadie.

Yo admiro en las películas el valor que tenía una carta y la intensidad de la comunicación que cabía en ella.

El remitente seguramente se había dedicado a escribirla en cuerpo y alma, y en esos diez minutos de intensidad, cabían mucho más que información y palabras.

Una carta era una forma de comunicación intensa; el papel nos traía la oportunidad de volcar en él sentimientos, secretos, dudas, sensaciones y hasta lágrimas, que hoy sólo existen en forma de emoticono.

Una carta era una forma de entrega; la entrega del tiempo, esos 10 o 20 minutos en los que uno era sólo para el otro. Y es que la intensidad necesita de esa exclusividad en la que no cabe nada más.

Uno se convertía entonces en un puente hacia el otro y deseaba con ansias llegar al otro lado, sin ninguna distracción más que la carta.

Recuerdo aquellas cartas escritas o recibidas como pedacitos de uno mismo o de otro, regalados con una intensidad hoy desconocida en cualquier otro tipo de comunicación digital.

Particularmente he cogido miedo hasta de llamar por teléfono a mis amigos; con quienes hace 10 años podía pasarme ratos largos de charlas telefónicas; y en donde nos contábamos de todo; podíamos reír o llorar, confesarnos o discutir sobre las distintas visiones del mundo.

Hoy en cambio, un WhatsApp ya me parece suficiente y casi un abuso, para alguien que seguramente esté muy ocupado y a quien no quiero nunca molestar.

Y si cada tanto les grabo un audio, controlo a rajatabla no pasarme de los minutos tolerados; porque pasarse de dos, lo convierten en un audio eterno, que amerita reproducirse a velocidad rápida.

Uno ya no tiene tiempo de escuchar a nadie, ni de llamar por teléfono; aunque si llamo es porque voy andando por la calle, estoy en el autobús, en el coche o en el supermercado. Llamo a veces, pero siempre que estoy haciendo otra cosa o pasando un tiempo muerto; porque la comunicación ya no nos parece importante, ni merecedora de ningún tipo de exclusividad.

La comunicación se ha convertido en un relleno, en un complemento de otra actividad a la que consideramos inevitable o más importante.

Muchas veces me pregunté cómo en un mundo tan comunicado, la gente se sentía cada vez más sola. Y ahora lo comprendo.

La comunicación actual no nos sacia la necesidad de conexión con alguien, porque en este nuevo tipo de comunicación, se evita toda conexión.

La cercanía que implicaba comunicarse con otro, hoy se ha reemplazado por una higiénica distancia de seguridad informativa, que necesito mantener siempre, para preservarme intacto.

No deseo realmente entrar en el mundo del otro, porque no quiero que me afecte, que me toque, ni que me modifique; sólo busco ser un espectador distante, que mientras te oye, hace otra cosa.

Esta es una distancia elegida, que huye de todo lo que me distraiga de mi superpoblada agenda y de mi calendario. Todo lo que me descentre de mi, es tóxico, porque cuando yo soy el principio y el fin de todo, toda intensidad y toda verdadera comunicación distraen.

¡Y con lo agradable que era perderse un rato de vista!

Uno termina entonces cualquier comunicación, igual de incomunicado que antes de tenerla. Igual de solo, igual de centrado en sí mismo e igual de distante.

Y aunque las redes sociales nos informen a cada paso adonde está el otro, qué hace, qué come y adónde va; uno lo siente igual de lejos.

La moda de hoy es evitar todo lo tóxico y lo distinto; que a nadie se le ocurra contarte un problema, una duda y sobre todo, que nadie nos distraiga de cumplir con nuestra agenda diaria de miles de cosas inútiles a las que creemos importantes; pero que aún no nos han convertido ni en un Beethoven, ni un Bach, ni en un Hemingway, ni en un Camus.

Todos ellos sin embargo, descubrieron en la intensidad, la mayor fuente de creación que existe y se dejaron intoxicar una y mil veces y sin distancia de seguridad, para lograr una comunicación sin tiempo.

JR

“La Generación del Juego”

Es bien sabido que en épocas de bonanza uno suele olvidarse de la necesidad, de la misma forma en que uno se olvida del cuerpo cuando no nos duele nada. Si me duele un brazo, entonces recuerdo que tengo un brazo, de lo contrario, pierdo esa conciencia.

Y en épocas de bonanza, nos asombra ver cómo crece el predio comunista/ socialista en las universidades europeas y americanas.

Hoy, estudiar en los Estados Unidos es someterse a un lavado de cerebro y a un adoctrinamiento compulsivo en feminismo, género, racismo, odio y demás valores que los socialistas se han adjudicado como temario indispensable para el alumnado; que acostumbrado a muchas décadas de bonanza, se ha criado entre regalos de navidad, zapatillas de marca, derechos, playstation y redes sociales; que desconoce la historia y no sabe a qué sabe la necesidad.

Por eso a menudo me pregunto si aquel sueño tan caro de acceder a una educación universitaria de primer nivel internacional, no es hoy en realidad, más que una formación técnica, un adoctrinamiento ideológico.

Lo curioso de toda esta juventud universitaria y comunista es que el sueño de todos es el mismo: ser millonario.

El anti capitalismo que profesan es en realidad un discurso de odio que repiten sistemáticamente, pero que no refleja una una aversión real hacia el capital, sino una envidia patológica hacia aquel que lo tiene.

No es que odien al capitalismo como sistema, lo que odian en realidad, es que el rico sea el otro.

Yo recuerdo que de joven tenia sueños mucho más accesibles; poder ahorrar para mudarme de casa de mis padres y alquilar un pisito pequeño, conseguir un buen trabajo etc. Mis sueños eran grandes para mi, pero con el tiempo, fueron accesibles con mucho trabajo.

El problema con el sueño del actual adolescente es que el suyo es un sueño tan grande e improbable, que no es de extrañar que la depresión, la venganza, el suicidio y las adicciones a todo tipo de sustancias estén hoy a la orden del día.

Yo me pregunto qué será de estas juventudes cuando no consigan ser millonarios. E imagino con terror en qué desembocará toda la frustración de una generación acostumbrada al mimo, que no trabaja ni a los 20 ni a los 30, que vive de papa y de los abuelos desde la cuna, que busca el negocio fácil, rápido, frívolo y sin esfuerzo y que enarbola discursos políticos que ni siquiera entiende, con un fervor alarmante.

Muchos filósofos contemporáneos aseguran que la era del juego se aproxima, pero yo creo que la generación del juego ya está aquí y se ha criado en nuestros hogares.

La generación del juego es aquella que no conoce el trabajo y sólo sabe vivir de una manera: entretenida.

Las horas del día son muchas y las manos necesitan estar ocupadas. Si no están ocupadas en el trabajo se vuelven peligrosas o juguetonas. La industria del porno, de la droga, del mando a distancia o del vídeo stick crecen sin parar, en estas manos tan flojas y desocupadas.

Esta generación de manos de pianista, que considera al trabajo como un abuso, no está por llegar; ya está aquí.

Muchos sufrimos con la visión de un futuro en donde la digitalización nos quitará tantísimos puestos de trabajo, pero no nos damos cuenta de que la generación del juego no lo sufrirá como nosotros, porque ellos no están acostumbrados a trabajar, sino a jugar mientras son mantenidos por otros.

Desgraciadamente será la generación del trabajo quien mantendrá a la generación del juego toda la vida. ¿Cómo? Pagando con sus impuestos los subsidios del pan y circo 5.0.

Por eso, estemos tranquilos que la falta de trabajo no será un problema para aquellos que nunca lo necesitaron para poder sobrevivir.

El único pánico real de esa generación es un corte de luz, una caída de la red o que los padres les corten el grifo.

Mucho me temo que si la necesidad es la madre de todas las cosas, allí donde no exista, no crecerá nunca nada.

JR

“Subjetividad Marxista”

Todos sabemos que frente a un hecho determinado cada uno puede percibir el hecho de una u otra manera.

Esta percepción no cambia el hecho en sí mismo; el hecho es uno, pero las percepciones pueden ser infinitas e individuales.

Esta subjetividad natural se llama individualidad y es lo que significa ser un ser humano.

El problema de la subjetividad es cuando la percepción individual intenta imponerse a los demás o negar los hechos.

O sea, cuando llegamos a un parque y vemos una pared, cada uno es libre de interpretar a la pared como quiera, pero la pared está allí, existe y tiene una historia, más allá de tu percepción.

Cuando la subjetividad personal se intenta imponer como verdad absoluta, hablamos entonces, de una actitud autoritaria y opresora.

Esto está pasando hoy en el mundo. Cada subjetividad intenta imponer su mirada al otro y algunas subjetividades llegan a tal extremo, que logran negar la realidad y decir que la pared no existe, sólo porque ellos no la ven.

El problema con el Marxismo cultural es que se ha convertido en una fuerza opresora que obliga al otro a ver las cosas a su manera.

Ya no queda lugar para la libertad de la mirada o de la opinión ajena, sino que la realidad pasa a ser la subjetividad que ellos te imponen.

Se establece entonces un sistema de educación determinado, se cambia el lenguaje y demás estupideces, para adiestrar a las nuevas generaciones a negar la existencia de la pared.

Pero la pared está allí, puedo tocarla y verla; pero aún así debo fingir que no está, si quiero aprobar la materia y no molestar a los marxistas, que rápidamente se sienten “microagredidos” con cualquier opinión que sea distinta a la suya y que no repita el mantra del adoctrinado.

Y así vamos disimulando, negando las realidades para no disentir y para no crear problemas innecesarios y vamos poco a poco cediendo nuestra voz, nuestra libertad y la educación de nuestros hijos al marxismo cultural intolerante.

Y todo lo hacemos para evitar ser condenados al escarmiento público de las redes.

Comenzamos entonces a negar la realidad porque ellos nos dicen que lo que vemos no existe y todo aquel que lo vea, es un fascista.

Hemos comprobado con la pandemia que el miedo domina rápidamente y seguimos comprobándolo con esta izquierda que utiliza a la amenaza como forma de coacción permanente.

Otra de las tácticas que utilizan para silenciar y amedrentarnos es el color de la piel o el sexo.

La táctica del “White privilige” sirve de mordaza para hacer callar a todo aquel que tenga la piel blanca.

Los blancos son desacreditados automáticamente y no pueden opinar sobre ninguna cuestión porque son blancos (con excepción de los blancos de izquierda, que por supuesto, no son tan blancos)

Lo mismo sucede con los temas feministas, si no eres mujer no se te permite opinar sobre temas como desigualdad, violencia de género o aborto. Y aunque seas mujer, si opinas distinto a ellas, se dictamina unánimemente que no eres mujer, sino una bruja a la que queman rápidamente en la hoguera.

Y así van callando con eslóganes inventados, a todos aquellos que no piensen como ellos.

Y así van robando sin que nadie se atreva a oponérseles al tan alclamado cuento verde.

Encontraron en el clima no sólo una religión, sino la excusa perfecta para robar sin que nadie se atreva a pedirles una factura.

¡Fascista! Te gritan si osas preguntarles a qué cuenta en Suiza van a parar los Eco/ green trillones de impuestos americanos.

Si como profesor te niegas a cambiar tu programa, se te hostiga y se te amenaza hasta hacerte renunciar.

El drama de la Educación en los Estados Unidos está servido; los profesores son supervisados, investigados y hostigados para enseñar lo que la izquierda manda y considera acorde a la nueva ideología.

Las asignaturas como Filosofía e Historia son suplantadas por doctorados en teoría crítica de la raza, maestrías en género etc, en donde se intenta establecer los nuevos fundamentos científicos de nuestra era marxista; que hombre y mujer son solamente dos subjetividades y demás negaciones que sirven para perpetuar el odio y la división racial por los siglos de los siglos… (eso si, mucho cuidado! Porque no conozco a nadie de izquierdas que no tenga a una chica de la limpieza o a una nanny en su casa , algo que curiosamente no es considerado esclavitud, ni opresión, ni privilegio por estos seres tan selectivamente subjetivos)

El problema del fracaso de la izquierda en el mundo es que pierden mucho tiempo con la pared.

En vez de ponerse a trabajar, hacen de la pared su forma de vida, y así mantienen al pueblo distraído, resentido, envenenado y siempre pobre.

El político pro activo en cambio, ve la pared, imagina que se construyó por algo, investiga, se informa y decide si es pertinente para el bien común derribarla o no.

Si hay que echarla abajo lo hace y termina con el tema de la pared para siempre. Y sigue trabajando.

El político de izquierda ve la pared, dictamina al instante que es mala, que va en contra de sus principios, la pinta, la decora, la disfraza y sigue hablando de la pared, luego la niega, la demoniza, vuelve a redecorarla, y sigue hablando de lo mala que es la pared.

Y si en algún momento se decide a derribarla, dice que sigue existiendo, niega que haya desaparecido y sigue hablando de la pared durante 10 años más.

El problema de la izquierda es que habla demasiado, miente demasiado, juzga demasiado , promete demasiadas falsedades, persigue demasiado , disfraza demasiado , adoctrina demasiado, se victimiza demasiado , inventa demasiado , vuelve a victimizarse demasiado, persigue, intimida y vuelve a victimizarse otra vez.

Si se decide a avanzar, lo hace siempre mirando hacia atrás y como es de preveer se hace mierda contra el muro; ¡que sigue ahí!, porque aunque cobró por el derribo, nunca lo derribó.

Y sigue así…siempre negándolo todo, porque para ellos la realidad siempre es subjetiva.

JR

“Marxismo SIN Mascarilla”

Existe un fenómeno mundial dando vueltas y este es el regreso del marxismo a los países democráticos occidentales.

Muchos son los países que se encuentran hoy con este nuevo desfile de personajes que reinvindican el socialismo duro, como opción viable para el planeta.

El marxismo azota países como Estados Unidos, Argentina, España, Peru, Colombia, Cuba y Venezuela.

Lo curioso de este revival comunista es que está liderado por adultos jóvenes que apoyan sus campañas con discursos sentimentales, victimistas y ansiosos de igualdad, todo conjugado como una fobia hacia la injusticia que curiosamente se les calma totalmente en cuanto acceden al poder.

Esta nueva casta política comunista cambia rápidamente sus viviendas en zonas poco glamourosas por instalaciones millonarias y sus atuendos informales por Teslas, smokings y fiestas de gala.

Y todo con una naturalidad y una cara dura que resulta asombrosa.

Sus medidas draconianas para con la sociedad se instalan en cuanto llegan al poder y su tan proclamada ansia de libertad se convierte mágicamente en una intolerancia irreversible hacia cualquier tipo de desobediencia o diferencia de opinión.

Sus impuestos y sus medidas sanitarias son extremas y sólo se relajan en cuanto les toca a ellos cumplirlas.

Y es que esta nueva pandilla de comunistas mundiales son la nueva casta de señores feudales que azota a nuestra era de buenistas, ciegos, distraídos y bien pensados; todos los que vivimos aguantando y tolerando de todo, con tal de no parecer intolerantes o extremistas.

Esta casta política comunista basa sus campañas en discursos sociales que quedan únicamente en eso, en bonitos discursos.

Nada de lo que hacen está destinado a mejorar la vida social, laboral o privada de las personas. Detestan a la policía, niegan la inseguridad, no se hacen cargo de ninguna de sus responsabilidades, ni de sus errores y toda aquella pregunta que no les interesa responder la tachan de racista, sexista, islamofobica, homofobica o fascista.

Son expertos en excusas, evasiones y distracción, incapaces de asumir sus incongruencias ni sus pésimas desiciones y profesionales en buscar culpables allí donde no los hay.

Se muestran extremadamente intolerantes con los ciudadanos, pero son incapaces de condenar el terrorismo en ninguna de sus versiones, ni de regular sus fronteras para proteger a esos votantes que tanto dicen querer.

De más está decir que en sus fiestas comunistas, los únicos que tienen obligación de llevar mascarilla son sus empleados; esos que en sus discursos dicen representar.

Y es que debemos entender que la nueva casta comunista ha llegado para quedarse y hacer lo que ha venido a hacer: robar, hacer sus negocios particulares, subir impuestos, arruinar la economía, abogar fervorosamente por el medio ambiente, financiar terroristas, dividir a los ciudadanos, sembrar miedo, pagar votos, destruir los valores sociales y morales, reventar las instituciones, adoctrinar a nuestros hijos y usar la ley como herramienta de dominación.

A nosotros sólo nos queda tragar, pagar, callar y disfrutar de tanto espectáculo.

JR

“Aborto Libre, Vacuna Obligatoria”

En esta nueva época caracterizada por el triunfo del storytelling, el postureo humanitario y la utilización del miedo como droga hipnótica; nos hemos acostumbrado a vivir en permanente cortocircuito, pero sin quemarnos ya con nada.

Nos tragamos el verso del murciélago como si fuera un tratado de física de Einstein. Y sin ninguna diferencia se lo tragaron igual los intelectuales que los niños y todos con la misma facilidad.

Hasta que algunos niños comenzaron a sospechar de esta historia tan inverosímil y fantástica y plantearon la duda sobre un complot malintencionado.

Por supuesto, los intelectualoides siguen firmes y aún hoy sostienen a capa y espada la mala cocción de un murciélago, como verdad irrevocable del origen del CoVid.

Lo curioso de este nuevo mundo que impone el ostracismo como nueva práctica social, el miedo a la muerte como único mandamiento y la condena implacable hacia todo aquel que elija algo distinto a lo mandado; es recordar que esos mismos individuos tan estrechos de miras hoy con el Covid, son los mismos que hace dos días chillaban en las calles exigiendo el derecho a la libertad sexual, la libre identidad, el derecho al aborto libre sin límite de edad ni tiempo de gestación, etc etc.

Aquel despliegue de libertades por las cuales estos pseudo-revolucionarios daban la vida hace unos días, hoy sin embargo, les resultan intolerables.

Quien no quiera vacunarse en estos tiempos es enemigo del régimen de los zurdo- revolucionarios y es condenado al ostracismo y al PCR diario; se le niega el saludo, el movimiento y la admisión a lugares públicos e incluso a su puesto de trabajo.

Hoy aquellos que condenaban a los gritos la discriminacion, discriminan sin complejos a todo aquel que rehuse cumplir con sus estándares de salud.

“Mi cuerpo, mi elección” (my body, my choice) parece ser un eslogan acomodaticio y apropiado según para qué ocasión. Si es para follar, abortar o solicitar la eutanasia, por supuesto que aplica, pero para el resto, uno ya no es dueño de nada.

Todos los revolucionarios hippies que decían que vacunarse contra la hepatitis era envenenarse y que llevaron durante décadas a sus hijos a la escuela o a cruzar fronteras sin un calendario de vacunación, se han vuelto ahora, los talibanes de la vacuna del covid. Te contagian cualquier cosa, desde la tuberculosis, hasta el sarampión o el sida, pero usted tranquilo, que se dieron la phizer gratis en Miami, todo pagado con los impuestos de los imperialistas americanos.

Los regímenes se caracterizan siempre por esta tendencia constante al cortocircuito; por un lado, el discurso libertario y por el otro, la taser en el culo, dándote caña 24 horas.

Y uno aprende a obedecer bajo amenaza y a la fuerza; uno se insensibiliza a la contradicción y se vacuna aunque haya pasado ya el corona y sobrevivido, se enmascara, baja códigos en el móvil para justificar a cada paso su obediencia ciega y su pertenecia al grupo de los “correctos”, acepta que sus hijos pasen 8 horas diarias en el colegio enmascarados y sin siquiera tener derecho a la cara descubierta en el patio, firma consentimientos y todo tipo de amenazas que la institución le envía, y en caso de estornudar por el polen, se atiene en silencio a las consecuencias de que le obliguen a volver a casa a meterse otra vez el palo hasta el cerebro, para quitarse de dudas.

Lo más astuto de todo este asunto es que la justificación de estos abusos y de toda esta locura extremista y contagiosa, es el “respeto” a los demás.

Quien no se atenga a estas normas totalitarias es que no ama suficientemente a su prójimo, es un asesino de abuelos y está condenado a la peor versión del infierno de Dante.

En fin, que uno llega a casa y se siente un gilipollas por callarse y aguantar, un cagon de mierda, de esos que denunciaban a los judios durante el régimen nazi, incapaces de contradecir una orden injusta, pero todo con tal de presumir de ser un ciudadano obediente, complaciente con las órdenes, amigo del tirano de turno, siempre a tono con lo mandado y que cumple y traga, (sin utilizar ni una neurona), con toda aquella orden o mentira que le cuenten.

Cuando uno estudia historia se pregunta muchas veces… ¿cómo esta barbarie no se paró a tiempo? ¿Cómo nadie reaccionó? ¿Cómo no se rebelaron? ¿Cómo obedecieron durante tanto tiempo, órdenes tan crueles e injustas?

Yo recomiendo que cuando la historia del mundo le sorprenda, le horrorice y le haga pensar cómo pudo pasar aquello que pasó, corra rápidamente hacia un espejo para encontrar en su imagen la respuesta: el mundo estuvo siempre sobrepoblado de cagones como usted y como yo.

JR

“La nueva Fábrica de terroristas”

El desastre de Afganistán no es sólo una demostración de la incompetencia de la izquierda radical que gobierna estos tiempos a los Estados Unidos, sino un riesgo para el mundo entero.

Muchos alegan que esta guerra era una guerra demasiado larga y demasiado ajena y que ya era hora de abandonar la protección y la ayuda al pueblo afgano; pero no comprenden que la base militar americana en Afganistán, era la barrera para proteger a Occidente del terrorismo islamico y garantizarle al pueblo afgano un poco de estabilidad, seguridad y algo de progreso.

La incapacidad de Biden ya se ha demostrado con creces en estos siete meses que lleva de incompetencia en el gobierno de los Estados Unidos; pero tanta incompetencia y tan mal hacer, resultan sospechosos.

¿Existe detrás de esta rendición innecesaria y desorganizada un acuerdo? ¿Existe la posibilidad de que detrás de este escándalo se esconda la excusa para desestimar al viejo Biden y hacer que asuma la presidencia Kamala Harris?

¿Existen alianzas secretas entre la extrema izquierda y el terrorismo islamico? Los dos odian a Occidente, se excusan siempre entre ellos y reniegan de todos sus principios, por lo cual, no sería nada descabellado pensar en que haya un acuerdo secreto detrás de este desastre humanitario sin precedentes.

Los errores son tan graves que uno ya descree de que hayan sido casuales. ¿Existe detrás de este episodio nefasto un plan organizado por la administración de Biden?

Mientras el anciano evita las preguntas de los periodistas sobre Afganistán; cambia el tema como es habitual en los políticos de izquierda y se dedica a hablar de su negocio “el green deal”, dejando sólo los últimos minutos para decir las necedades de siempre sobre Afganistán, que por supuesto lee de la pantalla; se niega a contestar preguntas y consulta a su equipo cuando podrá retomar sus vacaciones.

Mientras tanto, los americanos retenidos en Afganistán y los afganos colaboracionistas con los Estados Unidos siguen prisioneros allí y no les dejarán salir, porque los talibanes les necesitan para organizar y manejar la tecnología, la maquinaria y la información que dejaron los americanos en sus instalaciones y por supuesto, para sus habituales extorsiones con rehenes.

Lo más probable es que Afganistán se convierta ahora en una fábrica de terroristas; gente amenazada y torturada que hará lo que sea por preservar su vida y la vida de sus familias.

Y mientras aterrizan en USA y EU los aviones de refugiados con lo mismo de siempre; (pocas mujeres y niños y muchos hombres afganos entre los 20 y 30 años sin documentación ni análisis de antecedentes), se han identificado ya, las conexiones de muchos de ellos con asociaciones terroristas como el ISIS.

Cuando uno observa con atención el procedimiento diseñado por Biden y por su equipo, piensa… ¡todo se ha hecho mal!

¿Pero si por el contrario, toda esta artimaña ha salido tal como esperaban?

Mi abuela siempre rezaba… “Señor protégeme de los tontos, que de los malos me cuido sola”.

Dicen que hace más daño un tonto que un malo; pero en el caso de Biden, se combinaron los dos.

JR

“La Satisfacción del agujero”

Los filósofos contemporáneos hablan sobre la transformación que ha sufrido el “homo politicus” hasta convertirse en “homo psicológicus”.

Esta nueva dimensión traslada el interés por lo colectivo hacia un interés meramente individual.

Cada uno mira por lo suyo, por su bienestar y por su presente. Ya no existe una visión de futuro, en donde quepa el esfuerzo o el sacrificio del presente, en pos del mejoramiento de lo colectivo, sino todo lo contrario.

Se reduce a su máxima expresión el afuera para poder amplificar así, desmesuradamente el adentro.

Lamentablemente, muchos de los que en estos tiempos individualistas profesan causas colectivas, suelen usarlas únicamente como estrategia de negocio, campaña política o como parte de una inclusión social o adherencia a la moda actual, parándose siempre estratégicamente del lado de lo políticamente correcto.

Defender la ecología, abogar por los derechos humanos, condenar el racismo a cada segundo o defender la libertad sexual, son causas políticamente correctas, pero que conviven con la total indiferencia hacia todo lo demás.

La hipersensibilidad contemporánea convive con la indiferencia más radical, como si fuesen la misma cara de una moneda y el hipersensible es igual o más fanático que el indiferente. Y suelen ser las dos caras de una misma persona. Hipersensible para algunas cosas e hiper indiferente para otras.

Las causas han dejado de ser una finalidad, para convertirse en un escalón hacia otro objetivo, que suele ser: la popularidad, el dinero, el like y la aceptación de determinados ámbitos o círculos sociales, políticos o económicos.

La causa ha pasado de ser finalidad, para convertirse en un medio.

En conclusión, pocos son los que realmente creen en una causa y menos aún, los que viven de acuerdo a ella.

El individualismo contemporáneo hace que el individuo pase del interés hacia el afuera del homo politicus, a una mirada exclusiva hacia su ombligo, que le impide cualquier interés real por otra cosa, que no sea él mismo.

La dieta, la salud, el cuerpo, su bienestar y su mejoramiento personal constante, son la agenda del sujeto contemporáneo, que con una mano levanta la pancarta de protesta y con la otra, se hace un selfie para compartir su momento “rebelde” en Instagram.

El sujeto se va encerrando dentro de una burbuja en donde la indiferencia hacia todo lo que esté fuera de si mismo crece, abriéndole a su vez, un nuevo universo de hipersensibilidad fingida y promovida por esa misma hiper atención a sí mismo.

Las necesidades fisiológicas individualistas incluyen el control de la glucosa, la tensión, la obsesión por la salud, el peso, la clase de gimnasia, la cita para la revisión médica semanal, el yoga, la compra macrobiótica o el suplemento proteico diario, y la publicación instantánea de cualquier tipo de satisfacción personal en las redes sociales.

Sin todo esto, la vida nos resulta incompleta y uno se siente en deuda con uno mismo; siente que no se está cuidando como se merece o compartiendo lo suficiente.

Las películas de Woody Allen reflejan muy bien el paso hacia este homo psicologicus, que no para de mirarse, medicarse y analizarse y sin embargo, cada vez es más infeliz y tiene más problemas.

El universo interno es insondable y por supuesto muy rentable para todo aquel que se dedique a comercializarlo.

Lo curioso del narcisismo actual es que el Narciso de hoy, vive su vanidad sin ninguna culpa ni conciencia; uno ya no es un desmesurado o un vanidoso, sino solamente un hombre moderno, adaptado a las nuevas normas que nos impone este tiempo basado en el cuidado personal, por sobre todas las demás cosas.

En algunos casos el Narciso suele considerarse una víctima de la imposición social y jamás se considera responsable de nada.

Personalmente, veo a esta época como la oportunidad ideal para vivir con un único objetivo en la vida que no es otro que “la satisfacción de todos los agujeros”.

Pasando además, totalmente desapercibido y como una persona normal, embajadora de su tiempo.

El exceso de cualquier tipo se ha normalizado y a tal punto lo ha hecho, que se ha convertido en un derecho inalienable.

La obsesión por la felicidad de los agujeros incluye la obsesión por la alimentación, las terapias digestivas, las limpiezas de colon rutinarias, la motivación ocular permanente a través de la imagen, redes, fotos, películas, viajes; el auricular permanente, incrustado en una oreja cada vez más sorda, la inhalación terapéutica constante de fragancias motivadoras y de drogas y por supuesto, la tan promovida obsesión por el sexo de toda clase y sabor.

La única lucha revolucionaria que se promueve en esta época es la de mantener a cada agujero activo, entretenido y motivado; cueste lo que cueste, caiga quien caiga y sin importar la edad que tengas. “Disfrutar de todos los excesos y hasta la tumba” es el legado que dejamos .

Este ser psicologicus, que ha normalizado varios tipos de locura, vive su día a día con una sola pregunta, que se hace a sí mismo a cada momento: ¿Soy feliz? ¿Soy feliz? ¿Soy feliz?

Curiosamente, en una época en donde se prioriza al extremo la felicidad personal, los arquitectos ingenian edificaciones con barandillas y máxima seguridad para evitar que la juventud hipersensible se suicide cada semana, lanzándose desde sus edificios más emblemáticos.

El presente ha ocupado todo el espacio de un ser que ha cambiado todos los objetivos a largo plazo, por una sensación instantánea.

La hipersensibilidad hacia las causas más ridículas; conviven hoy, con la indiferencia patológica hacia todo su entorno.

El narciso hipersensible de hoy, se niega en rotundo a jugar al ajedrez por considerarlo un juego de clases, racista y sexista, pero a la vez, defiende a ultranza que los talibanes recuperen su tierra e impongan la sharia.

Y mientras se conoce a la perfección la cantidad de carbohidratos y demás componentes químicos que consume con cada bocado, es incapaz de ubicar a Afganistán en un mapa.

Por eso en esta época de narcisos hiper conectados e hipersensibilizados, lo mejor es ir con mucho cuidado; descreer de todo lo que profesan y publican en las redes y mirar muy bien cómo estos seres tan selectivamente sensibles e informados, se mueven con aquello que tienen más cerca.

JR

“Indiferencia Mortal”

De todas las expresiones que utilizan los jóvenes, hay una que me preocupa especialmente y es aquella que emplean cuando tienen la oportunidad de elegir una opción. “Da igual” me dicen siempre que les incito a elegir entre dos cosas.

No señor, las cosas no dan siempre igual, uno tiene que saber que elegir es importante; en primer lugar porque son muy pocas aquellas ocasiones en las que se nos permite elegir en la vida, y cuando esas escasas oportunidades aparecen, hay que aprovecharlas.

Sin embargo, las nuevas generaciones están demasiado acostumbradas a ser permanentemente consultadas.

Muchos padres toleran desde la infancia una tiranía en donde es el niño quien decide y marca el ritmo en casi todos los ámbitos. Y es que en esta sociedad sólo nos importa que el niño sea feliz. ¿Pero es realmente feliz?

Denoto en las nuevas generaciones una mezcla de indiferencia hacia el mundo que les rodea con sobredosis de opciones, con una obsesión por las causas intangibles, como son el clima, el medioambiente, las intolerancias universales y diversas temáticas sociales que les mantienen siempre en combate y demasiado ocupados en las redes sociales. Les veo demasiado preocupados por la opinión ajena, por los seguidores, los likes y los haters, el bullying y el acoso, mientras sobrexponen su existencia generalmente irrelevante y superficial ante una audiencia universal que los ama y los detesta en público y sin que realmente les importen nada a nadie.

Sospecho que quizás esa multitud de oportunidades disponibles sea lo que les convierte a su vez, en seres un poco abúlicos, faltos de pasión y poco dispuestos para la actividad y para el trabajo.

Deberíamos empezar con analizar este fenómeno contemporáneo occidental que es “la abolición patológica de la necesidad”, para comprender mejor la falta de energía creativa.

Como decía mi abuela “la necesidad es la madre de todas las cosas” por lo tanto, aquel que no necesita, no siente necesidad de moverse.

Aquel que sabe que puede sobrevivir sin tener que mover un dedo, no siente el hormigueo de aquel que es consciente de que si no se moviliza no come.

Esta cultivada y promocionada indiferencia criada a base de derechos y pagas estatales por el sólo hecho de existir, ha fomentado a un individuo exigente, pretensioso, deprimido y dependiente de todo tipo de sustancia o dispositivo que le posibilite la distracción.

“Todo me da igual” en el momento en el que yo dejo de sentir responsabilidad alguna. Yo quedo fuera del juego cuando lo observo desde fuera y no tengo ningún tipo de implicación en él.

Cuando en cambio, asumo que toda decisión que tome me acarreará una responsabilidad por la que debo responder, la cosa cambia.

Uno comienza a mirar con más detalle los contratos y elige sólo aquellos por lo que se encuentra dispuesto a dar la cara y a poner el cuerpo.

Sin embargo, esta indiferencia selectiva no se manifiesta en el ámbito material.

La juventud es exigente, no le da igual un iPhone que un móvil de cualquier otra marca y no se conforma nunca con menos, que con lo mejor.

Por lo cual, esta indiferencia que pudiera ser en apariencia una actitud hippie de austeridad, desinterés, de paz, amor y tolerancia, no es tal.

Un joven puede pasarse cuatro semanas analizando la elección de un móvil, pero a la hora de votar en unas elecciones generales es incapaz de leer las propuestas de los distintos candidatos. “Da igual” responden, con esa sutil indiferencia que los desresponsabiliza de cualquier libre elección.

A veces me pregunto si esta indiferencia selectiva es un signo de los tiempos, o es simplemente un cansancio hacia todo aquello que no sea lo meramente material o digital.

Hay que ver sin embargo, el esmero que ponen en las fotos de Instagram, tanto, que algunos llegan a caer de precipicios con tal de conseguir una imagen más influyente.

Comprendo sin embargo, que un señor de 80 años, ya mareado de ver girar tanto el planeta me diga “da igual”.

Pero que una juventud que aún no ha producido nada más que gasto, tenga esa respuesta, realmente me alarma.

¿De qué están tan cansados estos jóvenes?

Quizás era como decía mi abuela aquello de que “la pereza por ser amiga empieza y cuando es amiga es tirana, quita la tranquilidad, roba la calma y destroza sin piedad el alma.”

No hay nada mejor que cubrir todas las necesidades de un ser humano para transformarlo en una ameba, en un esclavo o en un ser infeliz y falto de energía.

Uno a veces cree que ama y destruye, malcría y arruina, protege y mutila, lo da todo, y sin embargo, lo quita todo.

JR

“El Frankenstein del estado del Bienestar ”

Cuanto más viajo por los países europeos más me percato del daño moral que le ha hecho el estado de bienestar al espíritu del trabajo.

Si bien el estado de bienestar es un bien muy promocionado actualmente por todas las ideologías de izquierda, bajo el cual se le garantiza al ciudadano una cobertura completa de sus necesidades (salud, vivienda, educación, subsidios, alimento, pensión), es mi deber decir también, que su producto no es un hombre trabajador sino “el hombre vago”.

Este nuevo engendro es un ser que habita en un estado de bienestar constante, en donde se le garantiza que todas sus necesidades estarán cubiertas sin necesidad de trabajar.

Poco a poco, este ser va relajando la musculatura y comienza a necesitar un gimnasio, y va agudizando su astucia y estrategia para perpetuar su estado de abulia en todas las direcciones posibles.

Se vuelve un lince para inventar, detectar y exprimir beneficios que le sigan manteniendo la condición de vagancia durante toda la vida.

Este ser es el equivalente al nuevo niño de 30 años, que sigue viviendo con papá y mamá toda la vida, con tal de no renunciar a los beneficios y comodidades que le proporciona la dependencia.

¿Para qué privarme de algo que pueda motivar mi ansia de superarme, si puedo seguir cómodo, inútil y tranquilito donde estoy?

Mientras el huevón treitañero expresa con soltura y a viva voce su estupidez, la mamá le sonríe y dice orgullosa… ¡claro! ¿Adónde va a estar mejor el nene que en casa?

Pero bueno, todos sabemos que la gillipollez es hereditaria y cultivada y además, ¿qué podemos esperar de unas generaciones amamantadas a base de dependencia eterna y de derechos inalienables?…

Lo peor de todo este malentendido de conceptos es la alteración de las potencias; aquello que antes se conseguía con años de trabajo,(salud. vivienda, alimento, educación etc) hoy es un derecho y de cualquiera.

Todos tenemos “derecho” a todo, no importa si lo merecemos o no.

Y como decía el tango…”da lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que mata, que el que bura o está fuera de la ley”

Son pocas las diferencias con aquel cambalache del siglo XX y es que hoy, todos tienen derecho a todo, a costa del trabajador y del empresario.

Si algo memoriza bien el Frankenstein actual, es la lista de derechos que posee y que desde pequeño le motivan a reivindicar sin descanso, cortando el tráfico con sus marchas y protestas, al pobre trabajador que es quien viene pagándole su material escolar y sus vacunas desde el parvulario.

El engendro moderno, amamantado a base de ignorancia democrática y con un bajisimo nivel de contabilidad, desconoce que en toda cuenta, para sacar de un lado, hace falta siempre poner del otro.

Detrás de todo ese bienestar y del derecho inalienable del vago moderno, hay una sobredosis de impuestos amplicada sin piedad al trabajador, que por ser ambicioso y tener la osadía de trabajar, se merece pagar y mucho, para mantener al ejército de vagos promovido por la izquierda, que tiene el derecho a seguir siendo vago toda la vida.

El empresario grande o pequeño siempre merece pagar y ese es el único merecimiento que aceptan los comunistas sin condiciones.

Porque el otro mérito; ese que tiene que ver con el esfuerzo y con la recompensa al trabajo; ese no les gusta nada, porque según ellos toda meritocracia está asociada a la ambición capitalista y al privilegio; que aunque la desconozcan por su alarmante falta de neuronas y exceso de derechos, es ese mismo capitalismo quien mantiene económicamente su condición de vagancia inalienable.

El verdadero daño que ha ocasionado el estado de bienestar se lo ha hecho al esfuerzo y al trabajo, condenando cualquier tipo de esfuerzo, de ambición y de deseo de progreso como se condena a una actitud ridícula e innecesaria. ¿Para qué trabajar duro, si ya nos dan todo?

El daño es tremendo porque al dañar la ambición y ese afán que nace del “hambre espiritual” de todo hombre valioso, se daña también toda posibilidad de progreso.

Hace unos días escuché una conversación que me erizó los pelos. El conserje de mi urbanización (un ejemplar de vago digno de estudio) se entrometía en los trabajos que estaba haciendo un señor rumano en la piscina de un vecino.

Desde el principio de su charla se encargó de subestimar la actitud de trabajo de estos hombres duros, que emigran para hacerse un lugar en la “europa libre” después de vivir casi una vida bajo el yugo de regímenes comunistas.

“¿Sabes lo que hago yo, para mantenerme así de joven? se auto preguntaba el vago del conserje.

-“Pues trabajar lo menos posible” se auto respondía el ejemplar español, dedicado a vivir del cuento e intentando a su vez ridiculizar el trabajo ajeno.

El rumano que seguía imparable trabajando bajo el sol, le contestó: “vete ya, que no tenemos tiempo de charla, tengo que dejar lista esta piscina para esta tarde”

La diferencia entre quien se cria a base de derechos y quien se cria a base de obligaciones es abismal.

Y si vas a necesitar a alguien que te haga algún trabajo, ya sabes a quien llamar. Ahora, si quieres algún truco de belleza y de salud, te mando por privado el número del conserje.

Otro de los aspectos que ha perdido el trabajo es la capacidad de motivación.

El joven de 30 años que luego de 3 décadas de formación se decide a buscar empleo, suele desilusionarse de no encontrar jamás la horma de su zapato.

Se siente tan preparado académicamente…”tanto master, tanto curso, tanto currículum para ganar una mierda y encima tener un jefe” … es lo que suelen pensar estos jóvenes con sobredosis de aula.

Los currículums son escalofriantes, ahora, cuando entran a trabajar, no saben hacer ni la “o” con un canuto. Se venden como ingenieros nucleares, pero si se funde una bombilla se ven obligados a llamar de urgencia a un manitas.

¡Pero cuidado con decirles algo! Ellos son ultra sensibles, usan lenguaje inclusivo y se ofenden por cualquier cosa y aunque tengan más años de clase que Aristóteles, no son nunca valorados, apreciados, ni remunerados como se merecen.

¡Ah si! Porque a pesar de odiar con devoción a la meritocracia, ellos y sólo ellos, se lo merecen todo!

Otro de los problemas actuales es la falta de hambre, esa ambición que hizo crecer siempre al hombre inquieto y consecuentemente al mundo.

A ellos no se les ha dado la oportunidad de conocerla y esperan que el trabajo sea una actividad motivacional continua y no una rutina dura, pareja, cansina y agotadora que posibilita la subsistencia.

A los dos meses en el puesto de trabajo ya están cansados, sufren de ansiedad o de depresión, solicitan baja por alguna enfermedad psicológica incomprobable y comienzan a preguntarse por el sentido de la vida, están siempre a un paso de apuntarse a estudiar filosofía, de huir a un templo budista o de inventarse alguna estafa nueva, para seguir mantenido por papá estado toda la vida.

La desmotivación es un tema recurrente para esta generación, acostumbrada a vivir a través de netflix, de instagram y del videojuego.

Ellos se han acostumbrado a que la vida es un entretenimiento y cualquier trabajo les resulta traumático e insoportable y rápidamente salen en busca de algún tipo de analgésico, de subsidio, de diagnóstico falso o de medicación que les facilite la evasión.

Frente a semejante panorama no es de extrañar que los gobiernos de izquierdas se empeñen ahora en postergar lo más posible nuestra jubilación, porque viendo el relevo de flojos disponible para mantener las arcas de estado, no les queda otra opción.

¡El monstruo del estado de bienestar que ellos mismos han creado, no es capaz de mantenerles como es debido!

Desgraciadamente, este Frankenstein de izquierdas, acostumbrado al derecho eterno e inalienable a la quietud, a la necesidad de motivación constante, al reclamo, a la protesta, a la exigencia permanente y a la súper sensibilidad para todo, nos obligará a que trabajemos toda la vida, para seguir manteniéndoles intactos todos sus vicios.

JR

“¿Clan o Clon?”

Una cosa es pertenecer a un clan y otra muy distinta es convertirse en un clon del clan.

Todos pertenecemos a un clan desde que nacemos. Una familia,una comunidad, una afición artística o deportiva nos convierten en parte de distintos clanes a lo largo de nuestra vida.

Si bien compartimos historias y experiencias comunes con los miembros de los distintos clanes a los que pertenecemos en distintos momentos de nuestra vida, ser un clon no es parte del contrato.

La conquista de la individualidad es sin duda lo que nos convierte en individuos. Uno se diferencia del otro y se delimita; va marcando sus bordes y creando unas distancias en el proceso de “crearse” a sí mismo.

Uno no solamente se descubre a sí mismo en sus similitudes y en sus diferencias con el resto, sino que también se crea según su propio diseño.

En el proceso de “descubrirse” no está implicada la libertad porque uno descubre únicamente aquello que ya existía; pero crear, es sin duda, un proceso totalmente distinto al de descubrir.

Para crear hace falta libertad; es más, todo el proceso de “crearse” no es otra cosa, que la aplicación de la libertad en uno mismo.

Uno se aplica la libertad a sí mismo cuando se contruye a si mismo como un individuo.

En este proceso no se descubre sólo lo que uno es, sino que se decide además, como uno quiere llegar a ser.

La construcción de la identidad no es únicamente inevitable, sino también elegible, consciente y trabajada en busca de un ideal.

Si bien hay cosas que no puedo cambiar; hay también muchas otras partes de mi identidad que son producto de mi elección personal y de mi voluntad.

Actualmente, la pertenencia a determinados clanes nos obliga también a convertirnos en clones. Pero esa exigencia nos implica una renuncia a nuestra individualidad.

Pertenecer a un grupo no debería conllevarnos de ninguna manera, convertirnos en una pertenencia de ese grupo.

Toda individualidad conlleva un proceso doloroso porque diferenciarme es delimitarme y cortarme en algún punto del resto. Delimitarse es siempre soledad, ser uno es soledad.

Toda separación resulta dolorosa en tanto que al separarme quedo solo, pero en todos los casos, la creación de la individualidad resulta generalmente liberadora.

En muchas ocasiones la separación que implica el nacimiento de la individualidad es percibida por el clan como una traicion al grupo o a los valores compartidos. Por eso la individualidad conlleva muchas veces sufrimiento tanto de un lado, como del otro.

El nacimiento de un individuo duele un poco a todos; al que nace, al que se resiste a soltar y al que deja nacer. Pero vale la pena.

JR