“Infectado Acomplejado”

De todas las aleatoriedades que presenta la vida, la salud es sin duda la más impredecible de todas.

Uno puede ir por la vida presumiendo de que es muy sano, hasta que te detectan una enfermedad incurable.

Por lo cual, no es bueno colgarnos aquellos méritos que no nos son propios.

Muere antes el sano de la picadura de un mosquito que el enfermo de cancer terminal, porque gozar de una buena salud no es garantía de vida.

La enfermedad nunca es merecida; toca a cualquiera y en cualquier momento y sentirse superior a los demás por estar sano o por no haberse contagiado de algún virus, es una de las vanidades más ridículas de las que pueda presumir un ser humano.

Lo bueno de esta pandemia es que nos ha ayudado a descubrirnos el carácter.

Los valientes y los cobardes se han puesto en evidencia, los solidarios y los miserables, los cuidadosos y los traicioneros y los juzgones; esos que quemarían sin dudar en la hoguera a quien se baje un poco la mascarilla.

Luego nos extrañamos de aquellas épocas de barbarie en donde se quemaban a las brujas de Salem y nos preguntamos … cómo se podía ser tan cobarde y tan cruel con los demás…Lo seguimos siendo señores, sólo han cambiado las ropas y el skyline de las ciudades.

Cuando mi familia y yo pasamos el coronavirus sin ninguna complicación más que las molestias típicas de una gripe fuerte con tos, mis amistades me recomendaban no contarlo a nadie, para no ser estigmatizado.

Yo sin embargo, lo iba contando a todo el mundo, porque creía que la Edad Media ya había sido superada y porque siempre consideré que haber pasado una enfermedad podía conllevar un aporte de data valioso para cualquier otra persona, en vez de significar una vergüenza para mi.

Siempre admiré a los supervivientes de cancer y de todas esas duras patologías, que luchan con ímpetu y con dignidad y a quienes miro con admiración y respeto y de quienes siento que tengo mucho para aprender.

Pero parece que hay ciertas enfermedades que deberían darnos más vergüenza que otras. O contarse únicamente cuando ya no es posible seguir ocultándolas.

Es muy común que la gente esconda la dolencia, mientras va presumiendo sin pudor de su prepotencia y es que somos así, solemos equivocar mucho las vergüenzas.

Cuando observamos los alarmantes datos de los contagios por coronavirus en el mundo nos llama mucho la atención de que nadie conocido lo haya pasado. ¿Adónde están todos los contagiados?

Según mis amistades, están todos escondidos para no ser estigmatizados.

Pasa lo mismo que en las elecciones de 2016 en los Estados Unidos cuando ganó Trump sin que nadie confesara haberlo votado.

Y es que así funciona la condena a la estigmatizacion y el miedo que genera es igual en todos lados.

También están aquellos que alardean de que sus mentes fuertes les previenen de cualquier clase de enfermedad. “Las mentes fuertes somos immunes” me dijo un amigo hace unos días, ahora, lo malo de la locura es que no hay forma de auto percibirla, sino que siempre te la terminan detectando los demás.

Hay orgullos que matan y con la salud la mejor actitud es siempre la humildad, porque ella no discrimina a nadie y mucho menos a los sanos.

Y así van escondiéndose los millones y millones de infectados acomplejados, cómplices de la locura colectiva, en este mundo tan verde y solidario con el lejano y tan cruel y despiadado con el vecino.

Se comportan como si el coronavirus fuese una enfermedad crónica y eterna que no se cura nunca, contagiosa, vergonzosa y digna de estigma.

Como sospechaba, han cambiado las catedrales, pero la actitud medieval sigue siendo viral.

JR

“La peligrosidad de Vivir”

Durante estos tiempos de virus y de una prolongada y masificada campaña del miedo, muchos han confirmado su sospecha de que evidentemente, vivir era muy peligroso.

He notado últimamente, que toda la gente aprehensiva y temerosa que conozco, habita estos tiempos con la moral mucho más alta. Y no es otra cosa que la sensación de complacencia que otorga la confirmación de la propia sospecha.

-“Yo lo sabia…” parecen murmurar entre dientes, presumiendo de que por fin, sus vidas llenas de miedos, de fobias y de alergias, no sólo estaban justificadas, sino que ahora son trending topic global.

Lo sorprendente de esta pandemia no es que nos haya hecho valorar lo que teníamos antes, como dicen algunos, sino que nos haya inducido tan rápidamente hacia un pánico colectivo e irracional y hacia un aislamiento voluntario y patológico.

Siempre observé a mi alrededor vidas llenas de vida y vidas llenas de nada. Y curiosamente, los seres más aprehensivos y temerosos en esta pandemia son aquellos que tenían vidas llenas de nada.

Los otros, siguen viviendo sin miedo, por lo cual, sospecho que la nada tiende a querer prolongarse indefinidamente en el tiempo, se cuida y se cultiva como si fuese valiosa.

La nada y el miedo se atraen y se potencian mutuamente y donde hay miedo no crece nunca nada.

Hace unos años, una amiga mía decidió estudiar para ser científica. A los pocos meses le pregunté cómo iba la carrera y me respondió que cuanto más estudiaba, más miedo a todo tenía.

“Que estemos vivos es un verdadero milagro” me decía, conociendo ya en profundidad, todos los ataques de agentes externos a los que un ser vivo está expuesto a cada instante.

Mi amiga no ha salido de su casa desde Marzo del 2020 y sigue aún, voluntariamente encerrada allí.

Por lo cual, no sé si será una buena científica o no, pero definitivamente el saber la ha conducido a una académica locura.

Muchos aseguran que para vivir intensamente hay que estar un poco loco, pero cuando veo a los encerrados, me pregunto si dejar de vivir en vida, no es en realidad la verdadera locura.

El trasfondo de la paranoia actual está en que hemos borrado a la muerte de nuestra agenda mental.

Nos hemos olvidado de que estamos en esta vida para vivir y para morir. Y si no es hoy, será mañana, pero es inevitable.

Que un chico de 20 años piense en la muerte es raro, pero que una persona de más de 80 años no lo haga, es patológico.

Un mundo en donde los viejos se sorprenden y se horrorizan ante la probabilidad de morir, es señal de que la muerte se ha eliminado hasta niveles alarmantes.

Pero existe una única cosa que podemos evitar y eso es el vivir muertos, podemos evitar desaprovechar la única oportunidad que tenemos de estar vivos, antes de que los presagios de mi amiga la científica acaben para siempre con nosotros.

Vivir siempre fue peligroso, pero no atreverse a hacerlo es una verdadera locura.

JR

“Elecciones Discriminadas”

La consigna de nuestras mentalidades contemporáneas consiste en propender hacia la autonomía y la independencia.

Todos hemos ido aprendiendo, nos guste o no, a amoldarnos a los nuevos tiempos y a sus nuevos paradigmas inclusivos; con coraje, con convicción o aceptación; pero ante todo, con respeto y elegancia.

Hoy, cada uno es dueño de su propio cuerpo, de su sexo, de su reproducción, de su muerte y de todas las elecciones que atañen a su libertad individual.

La eutanasia, el aborto, la maternidad subrogada, la libertad sexual o la elección del propio género, son algunas de las concesiones que nos atañen desde niños y por ley a casi todos.

Y todo aquello que vaya en contra de esas libres elecciones es considerado ilegal o discriminatorio.

Hemos conseguido a través de los siglos, ser nosotros quienes decidamos sobre nuestro propio cuerpo.

Podemos incluso decidir ser hombres, ser mujeres o ser seres “fluidos” (personas que fluyen de una sexualidad a otra, sin identificarse con ninguno de los dos sexos).

También podemos decidir si abortamos o si seguimos adelante con un embarazo, o si afrontamos una enfermedad mortal u optamos por la eutanasia.

Sin embargo, la aplicación de la vacuna contra el COVID no parece seguir este mismo patrón y comienza a circular que será obligatoria, con la excusa de que la negativa a darnos dicha vacuna, expone a los demás a una cruel enfermedad.

Pero en el caso de haber pasado la enfermedad y de haberla superado con mis propias defensas o simplemente, de no fiarme de los efectos colaterales de la vacuna a corto y a largo plazo. ¿Por qué estoy obligado a dármela?

¿No soy acaso dueño de mi cuerpo?

¿No era “my body my choice” el lema de toda esta civilización liberada occidental?

Este tipo de imposiciones nos sobresalta a todos aquellos que creemos vivir en un mundo en donde tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra propia vida, a cada momento.

La elección de ponernos o no una vacuna de dudosa efectividad y de múltiples efectos colaterales, pareciera no pertenecer al resto de libertades inclusivas, tan promocionadas por los movimientos de izquierdas.

Toda esa “libre elección”sobre el propio cuerpo, de pronto desaparece ante una imposición que descarrila el argumentario de libertad y de autonomía, en el que se nos ha ido adoctrinando durante décadas.

¿Soy o no soy dueño de mi cuerpo?

¿O es que sólo soy dueño de mi cuerpo para aquellas cosas que concuerden y promocionen a la ideología de turno?

¿Es acaso el concepto de libertad una falacia, acomodada a los intereses creados? ¿Una libertad que va variando de entonación y de color según la conveniencia del partido?

¿Es la liberación contemporánea un deseo real de libertad o es una excusa para fracturar aún más el tejido social, fomentando la creación de bandos rivales que fortalecen a los gobernantes y debilitan a los gobernados?

Hay un virus mucho más peligroso dando vueltas, uno que no se esquiva con vacunas y es la manipulación reiterada y organizada, que arrea a las vacas hacia el matadero, tarareándoles cánticos de libertad.

JR

“El Reset de la Libertad”

Reset o reiniciar significa re programar y cuando algún robot de casa no funciona bien o comienza a dar problemas, el reseteo es generalmente la mejor opción.

Mediante este proceso toda información previa se anula y se elimina, para poder comenzar de cero.

El robot se resetea con nueva información y sigue funcionando acorde a las nuevas coordenadas.

Esto mismo es lo que se hace con nosotros; resetearnos para empezar de nuevo.

Muchos aseguran que muy pronto una nueva elite, no sujeta a elecciones democráticas, será quien lidere el mundo y dicte nuevas coordenadas sociales, económicas y políticas.

Nada de todo esto nos sorprende demasiado y más aún, sabiendo que la mayoría de jóvenes nacidos en Democracia detestan la Democracia y el capitalismo y abogan por la creación de un sistema diferente; aunque nunca hayan conocido ningún otro.

A mi modo de ver, el reseteo en la generación millenial no será para nada complicado, ya que la gran mayoría de jóvenes, ya ha sido reseatada a través de la educación pública (escolar y universitaria); en donde durante años se les ha provisto de información seleccionada y organizada para tal fin.

Se ha inflamado durante décadas a los jóvenes en el descontento, en el reclamo permanente de una sociedad más justa, en donde las condiciones sean iguales para todos.

Sin saber, que sus padres y abuelos fueron quienes lucharon cuerpo a cuerpo por esas mismas consignas y por conseguir que sus hijos y nietos vivieran en una Democracia, a la cual hoy sus vástagos repudian.

Toda la educación actual gira en torno a este nuevo reseteo y toda información previa (la que aún poseen padres y abuelos) es descartada de los temarios por anticuada o deformada, para favorecer la necesidad imperiosa de un nuevo orden.

El reset está organizado por una nueva elite, junto a activistas de 20 a 35 años desde centros informáticos; profesionales de sistemas, que pocas veces han han salido de la pantalla, para vivir, trabajar, viajar, o experimentar culturas no democráticas en carne propia.

Todo cambio suele ser tan paulatino y sutil que muchas veces se hace difícil establecer un límite físico o el momento preciso en el que éste sucede.

Los cambios son procesos que caen por su propio peso y en donde una infinidad de factores confluyen, para que todo vire hacia una dirección diferente.

Pero este reset se parece más a Hiroshima y Nagasaki, que a la caída del Imperio Romano.

La radicalidad de este “reset” es acorde a las velocidades que hoy manejamos. El cambio es acelerado y violento.

No debería extrañarnos que Bill Gates sea tan visionario en sus predicciones sobre el futuro, cuando el motivo real de tanta adivinación, es que nada de todo lo que nos está sucediendo está sujeto a la casualidad.

Desde hace mucho tiempo vienen estudiando que las pandemias son el mecanismo idóneo para crear cambios abruptos globales, en todos los ámbitos simultáneamente y a gran velocidad.

Y Gates no sólo predijo esta pandemia, sino que anticipa muchas más por venir.

Esta pandemia ha comprobado resultados grandiosos, no sólo a efectos de dominio y de control, sino como impacto ecológico.

Los científicos saben que el verdadero problema ecológico no es otro que la superpoblación humana.

Todos los demás problemas de contaminación son en realidad un derivado de que somos muchos; consumimos mucho, producimos mucho y ensuciamos mucho.

Para la ecología, cuantos menos seamos, mejor.

Esta pandemia se ha llevado casualmente a todo el elemento humano que no es productivo y que genera gasto; gente mayor y gente con patologías previas.

Es cruel, pero el plan que esta élite tan humanitaria y verde diseñó para salvar al planeta es un tratamiento de shock de reciclaje y limpieza.

Rediseñar la Democracia es otro de los puntos fundamentales de este reseteo y significa abolirla como tal; ya que la igualación de las condiciones de los ciudadanos, se basa en la representación de los intereses de todos los estratos y colectivos sociales y jamás se consigue de forma unilateral, radical y autoritaria, por muy eco-millenial que seas.

El reseteo es para muchos la implementación de un novedoso sistema feudal digital; en donde el poder se centralizará mucho más. Los países perderán su soberanía y se convertirán en un todo, dependiente de un único mando.. ¿Pero quién decidirá sobre ese todo?

La respuesta es: muchos menos que ahora.

La nueva “equidad” la decidirán nuevos parámetros. Lo que tengas ya no dependerá de tu capacidad, de tu trabajo, de tus méritos, sino que se regulará según unos nuevos paradigmas, que como ya se sabe, repudian el mérito.

Sabemos que un plan de redistribución de la riqueza no es una idea novedosa, ya que esta distribución está ya estipulada en todo sistema democrático, con los impuestos que pagamos sobre el fruto de nuestro trabajo.

Pero entonces, ¿Cuál es el elemento innovador en este nuevo concepto de reseteo y redistribución?

Todo apunta a que no existe en realidad ningún elemento nuevo; sino solamente un cambio de mando.

El eslogan de todo este reset es “menos es más” y suena muy bonito. El problema es quién decidirá ahora sobre lo que a ti te corresponde o te basta, en un mundo en donde el mérito, la libertad individual y la propiedad privada parecen ser malas palabras.

Pero no hay que desanimarse, ya que detrás de todo este eco-plan hay un promesa: seremos mucho más felices.

Y esta felicidad radica en que no tendrás que preocuparte por nada; ellos decidirán, ellos te guiarán, ellos te proveerán.

Este es un reseteo de confianza, de nuevas instituciones, de equidad, de paz mundial, de justicia, de ecología y de economía justa; en donde lo único que entregarás será tu libertad individual, bajo el ecológico slogan: “menos es más”

JR

“Los Anticapitalistas del iPhone 12”

Lo más complicado que existe en la vida es ser una persona coherente; un ser que vive de acuerdo a lo que profesa.

Posicionarse sobre cualquier tema es siempre una declaración de intenciones y un compromiso de acción, acorde al discurso dado.

Y aunque uno nunca se tome tan en serio las palabras que pronuncia, nuestros interlocutores están siempre esperando a vernos en acción.

Por esta razón mucha gente evita decir en qué cosas cree y se mantiene en un limbo durante todas las conversaciones; para no tener que sufrir a posteriori reclamos de ningún tipo.

Nos hemos ido acostumbrando a vivir, tanto en la tibieza de los inteligentes, como en la incoherencia de los valientes y ya nada nos produce cortocircuito.

Ver al comunista deslizar sin pudor un iPhone 12 sobre la mesa y al ecologista usar mascarillas descartables sin ningún remordimiento, o a la chica de bien alardear de sus encuentros sexuales diarios en tinder, no nos produce ya ni la más mínima irritación, porque sabemos, antes de sentarnos a cualquier mesa, que todos los comensales son unos mentirosos.

Tanto los tibios que se cuidan para no posicionarse nunca sobre nada, como los valientes que se rasgan las vestiduras por una causa, los santos, los verdes, los tolerantes, los solidarios, ninguno es real y ninguno de nosotros hablamos jamás, como lo que realmente somos en casa y sin maquillaje.

A pesar de que la Biblia nos asegura que lo primero fue la palabra, cuando llegó la acción, la palabra se fue al carajo y comenzaron las demandas, las excusas y las distintas versiones.

Y todo por la sencilla razón de que la palabra era un verbo. Una acción que, o demuestra o niega la palabra.

Nos hemos ido insensibilizando a la incoherencia, en parte como una forma de protección; para poder seguir viviendo con los dedos en el enchufe, sin que nos dé corriente, y continuar disimulando que cualquier mentira nos parece verdad.

Muchos son los sabios que antiguamente aconsejaban escuchar el doble que hablar, pero claro, ellos no tenían redes sociales que les impulsaran a opinar compulsivamente de todo y todo el tiempo.

Los estoicos valoraban al silencio por sobre todas las demás virtudes, y no solamente por su ausencia de ruido, sino por la ausencia de mentira.

Hablar es hoy en día disimular, venderse, promocionarse, ensalzarse y disfrazarse de algo que desearíamos ser, pero que no somos.

De todas formas, la mayoría de las personas nunca nos escucha, ni le interesa realmente lo que tenemos para decir; pero aún así, están muy atentos a nuestra incoherencia.

Por eso mi consejo es que uno nunca debería fiarse de la sordera de aquellos a los que cree sordos.

Porque en cuanto vean tu iPhone 12 sobre la mesa, aquel maravilloso discurso antiimperialista, anti capitalista, ecologista y comunista que bordaste, se les quedará en off y te habrán visto.

JR

“Dioses Contemporáneos”

Cada civilización tuvo sus divinidades, dioses a quienes se adoraba y a quienes se recurría en momentos de necesidad; y esos dioses decían mucho de cada civilización.

Los dioses griegos poseían cualidades humanas y divinas, representaban al ideal y al defecto, concentrados en una misma figura.

Pero no se escondían, ni el defecto ni la virtud; como si el reconocerse fuese parte de toda divinidad.

La hipocresía no formaba parte de la divinidad antigua porque un Dios podía permitirse ser dos polaridades sin ningún complejo.

La polaridad era parte del Dios como también es parte del hombre.

En nuestro caso la divinidad ha perdido algunas cualidades y ha conservado defectos que se intentan esconder a toda costa.

No hay Dios contemporáneo que asuma ser un abusador de menores, un maltratador de mujeres, ni un mal padre.

Los dioses actuales adulan la hipocresía y lo mismo te los encuentras en una marcha feminista pro derechos humanos, que en una fiesta con menores no tutelados en las islas Balerares.

Y lo niegan todo, como nos cantaba Sabina hace poco.

Negarlo todo es suficiente en un mundo de justicia corrupta, en donde los jueces dictan sentencia contra la quema del Amazonas y se horrorizan a diario con alguna frase de Trump y al día siguiente consumen cocaina con Greta thumberg en un cabaret. Hay que ver cómo cambia la moralina de algunos según la circunstancia…

La civilización contemporánea justifica al hipócrita y establece al éxito como único estandarte realmente valioso y debajo de ese manto de triunfo, se eterniza al individuo hipócritamente incoherente, como si fuera un Dios.

La pérdida de valores va asociada a la pérdida de rumbo, igual que pasó en Roma, cuando las normas pasaron de guiar a desaparecer y el vicio pasó a disfrazarse de libertades individuales.

El lema contemporáneo es “no juzgar” y bajo esa consigna se consigue criar un pueblo no pensante. Porque ” no juzgues” equivale a “no pienses”.

Nos hemos tomado tan a pecho este mandato de no juzgar nada, que hasta los jueces son ahora incapaces de hacerlo.

El juez, cuyo gran desafío era erradicar la injusticia, hoy está más preocupado por agradar a los medios de comunicación y por satisfacer a la opinión pública que por hacer su trabajo.

Ya nadie juzga, por temor a ser censurado mediáticamente, en un mundo en donde la única censurada es la razón.

Ser un ser racional es imperdonable en tiempos de hipocresía, te borran de las redes sociales, de los medios y de los juzgados.

Hoy hay que ser un espectador silencioso, condescendiente, un aplaudidor espontáneo coreano y entender que cada vicio es ahora considerado una necesidad natural y un derecho adquirido.

El violador es una víctima, el asesino también, el abusador de menores es un gran futbolista y el comunista vive con las riquezas de un señor feudal de la Edad Media. Pero está todo bien y todos están en su derecho.

Mientras tanto, te encuentras a los mismos verdes que denuncian cada día la contaminación ambiental, promoviendo la prostitución infantil y tirando las mascarillas por el retrete; con ese doble discurso tan típico de nuestra época y que ya ni siquiera nos hace ruido.

No juzgue, no piense, no opine. Dedíquese a tragar silenciosamente todas las incongruencias que le proveen a diario los medios de comunicación y acostúmbrese a poner corazones y likes, si no quiere que le bloqueemos la cuenta.

No juzgue, que aquí el único que tiene derecho a juzgar es el ministerio de la verdad; un ministerio empeñado en destronar a un rey para enmarcar a otro y a bajar los crucifijos para ponernos como Dios a un gordo drogadicto, amigo de dictadores como Castro,Chávez y Maduro, abusador de niños y niñas en Cuba, comunista de raza pero con buena zurda.

Pero usted no juzgue. No sea cruel ni intolerante. Abra la boca y siga tragando.

JR

“ El sujeto Experimento”

Hemos leído mucho acerca de lo bueno que es detenerse en tiempos tan acelerados.

Y esta pseudo-pandemia que se cura con antibióticos y anti gripales, nos ha dado a más de uno la oportunidad de parar, de convivir meses en casa, de volver a encontrarle el gusto a la cocina, al orden, a la decoración, a la lectura, a los juegos de mesa y a la vida on-line.

Y así fueron pasando los meses; los primeros en un estado de terror profundo, en donde morían de a 700 personas diarias, pero no por la peste, sino por su falta de defensas o desatención, por su vejez, o por condiciones preexistentes y por la mala praxis de las curaciones que recibían.

Nadie quería ni quiere aún entrar en un hospital, en donde los médicos se comunicaban en un principio por un Whats up grupal, e iban probando con las víctimas distintas pociones y tratamientos experimentales. Muchos de los cuales eran recomendados por médicos de China, en quienes se confiaba ciegamente.

Después de tantos errores y de tantos muertos, comenzaron a desconfiar de los chinos y a curar con Azitromicina y amoxicilina, un virus al que en un principio consideraban altamente letal.

Todo eso, si tenías la suerte de que te dieran un antibiótico; porque en Europa es mucho más fácil comprar cocaina que conseguir que un médico te recete un antibiótico a tiempo.

Después de tantos meses, los gobiernos le encontraron el gusto a este encierro y el trabajador también.

Estar en casa cobrando sin trabajar y tener al pueblo sin libertad, son alternativas muy tentadoras para todo gobierno totalitario.

Todavía tenemos a aquellos que ponderan el encierro, echan más leña al miedo y alimentan el quiebre de un sistema que los mantiene a todos.

El ser humano suele ser así de autodestructivo y cuanto más cae, más se empuja hacia el vacío.

Tengo que disentir con todos aquellos que creen que estamos más profundos, más conectados y más humanos después de la pandemia, porque yo veo suceder justamente lo contrario.

Este aislamiento ha creado a seres temerosos, cobardes, odiosos con el prójimo, alcahuetes, deprimidos, hipocondríacos, dependientes y profundamente enfermos.

Porque el miedo y la falta de libertad generan todas las dolencias típicas de la cobardía.

El internet ya nos había convertido antes de la pandemia en seres aislados, adictos al emoticono y a las faltas de ortografía. Ya éramos seres narcisistas, enganchados a un espejo que nos timbraba a cada rato para informarnos cuánto nos querían los otros y siempre desde lejos.

Cada like es para un narciso, lo que es para la planta cada gota de agua.

Ya éramos seres aislados en nosotros mismos, mucho antes de esta peste, atrofiados de valentía y alejados de la cercanía que nos alivia del “yo” y construye el “nosotros”.

Hoy esta patología se ha intensificado y la indignación de perder la libertad se ha calmado, como se enfría todo en los seres cobardes.

La indignación del nuevo esclavo se ha ido transformando en un descontento convivible, tibio, patológico, como cualquier enfermedad crónica sin síntomas ni solución.

El esclavo digital es un esclavo voluntario, cómodo y satisfecho.

El esclavo y el cobarde no se irritan y si lo hacen, se les pasa enseguida, con tal de no tener que actuar en consecuencia y verse obligados a esgrimir algún signo de valentía.

Uno se acostumbra a todo, incluso a perder la dignidad y se va enamorando poco a poco de su mal, como el secuestrado se enamora de su verdugo.

Así funcionan el aislamiento y el miedo; crean a pueblos cobardes, que se creen principalmente tolerantes, cívicos,resilientes, saludables y cautos.

El aislamiento borra al otro, lo demoniza y destruye la cercanía que necesita la acción común para todo progreso y para toda defensa, anula la negatividad de la ruptura que exige la valentía y nos condena a una esclavitud solitaria, silenciosa, yerma, consentida y perpetua.

JR

“La Base del comunista”

Conozco a muchos que se hacen pasar por comunistas.

Se sientan a tu mesa y dan esos bonitos discursos, tan humanos e igualitarios y que quedan tan bien en las reuniones sociales.

Pero cuando les conoces a fondo, sabes que les gusta el dinero que no tienen, más que el respirar. Aunque se empeñen en condenar al vil metal en todos sus discursos y nos intenten hacer creer que les gusta la vida sencilla.

Hacerse el comunista es fácil; basta con repetir cuatro eslóganes de moda para quedar como un ciudadano ilustre del mundo; …ahora…no les digas que hospeden a un refugiado; porque las fronteras le gustan siempre abiertas, pero no las de su casa.

Después de mucho conocer sus incongruencias y a costa de muchos cortocircuitos personales, he llegado a la conclusión de que lo único que les hermana es la envidia. Esa horrible tendencia a desear lo que el otro tiene.

Todos mis conocidos comunistas son profundamente envidiosos, odian los triunfos de sus mejores amigos, el progreso del hermano o que se haya curado sin entubar un amigo de coronavirus.

Son gente esencialmente resentida, llena de odio y de ignorancia, a la que erróneamente consideran sabiduría.

Van juntando datos aislados, información de panfleto y la repiten cual expertos, como si fuera una Biblia, pero si les preguntas un poquito sobre historia y les pides un par de datos, se quedan mudos y cambian rápidamente de tema.

No saben de Historia, de política, ni de Economía y ni falta que hace, porque quien sólo tiene por meta destruir lo existente, no necesita estudiar nada.

Siempre recuerdo aquella escena en la que Dostoyevski relata la destrucción de un astillero durante la revolución bolchevique; los obreros quemaban todas las fábricas mientras los ingenieros gritaban: – ¡No! ¿De qué vais a vivir?

– “ya pensaremos en algo” decían ellos.

Y así pasaron los rusos décadas de hambre y de retroceso comunista.

(De más está decir, que nunca se les ocurrió nada.)

Los comunistas hablan siempre con un tono pacífico y tolerante que esconde en realidad un odio visceral, un rencor profundo con el que suelen justificar cualquier ataque terrorista o cualquier asesinato, pero no perdonan jamás que ningún asesino vaya a la cárcel.

Para un comunista la víctima es siempre él. Los demás, se lo merecen. Si te pisaron los terroristas en las ramblas, pues que te jodas por turista y por la falta de solidaridad con la religión musulmana. Te lo mereces.

Niegan siempre todo plan maquiavélico que intentan ocultar y lo llaman teoría de la conspiración; todas son teorías conspiratorias, menos las suyas.

A la juventud, tan ignorante pobrecita y con esos profesores universitarios coaccionados a enseñar la historia desde una perspectiva pro-comunista, uno hasta les perdona tanta estupidez; pero a los mayores… les delata siempre su incoherencia.

JR

“Palabras nuevas para decir las mismas cosas”

Explicar la materia “Filosofía” se ha vuelto una rutina cotidiana en mi casa.

Mi hija de 16 años está convencida últimamente, de que no sabe pensar.

Su nueva asignatura de Filosofía; la ha atiborrado de conceptos inútiles e intelectualoides, a los que cuesta mucho darles un sentido.

Esta materia debería de haberle causado justamente el efecto contrario; ella debería llegar a casa diciendo .. “estoy empezando a pensar y a cuestionarme cosas que nunca antes me había preguntado”. Porque ése es el resultado consecuente de una buena clase de Filosofía.

Me resulta sumamente preocupante que se provoque en los jóvenes esta aversión a la Filosofía y al pensamiento, desde tan pequeños.

A cierta edad, se debería incentivar al individuo a ejercitarse en el pensar por sí mismo.

Es muy habitual que se usen palabras raras y complicadas para explicar las cosas más sencillas. Y es que la gente necesita sentirse importante, creativa, intelectual, reciclada, inteligente y original al repetir lo mismo de siempre.

La nueva filosofía se ha plagado de intelectuales que hablan de cosas básicas en terminología difícil, para justificar los argumentos de sus patrocinadores y la falta de valentía y de creatividad de su existencia.

Cuando bajamos del pedestal a Popper o a Kuhn nos damos cuenta de que dicen lo mismo de siempre con un montón de palabras nuevas, pero terminan diciendo lo mismo que decía Platón; (no podemos acceder a la verdad absoluta, sino que solamente accedemos a ver sombras de una verdad temporal, condicionada por nuestro tiempo/ espacio y por nuestra forma específica de mirar).

Se ha puesto de moda inventar palabras raras y conceptos difíciles para decir lo mismo de siempre y para ocultar siempre las mismas cosas.

Todo filósofo fuera de su contexto temporal, social y cultural es solamente un loco; un ser delirante al que nadie comprende.

Y es que el buen filósofo debe de responder a una realidad, a sus circunstancias y a las problemáticas concretas de su propio tiempo.

Todo aquel que se considera un filósofo es aquel que analiza los problemas reales y cotidianos de su tiempo, (de su hoy).

Y si aún existen conceptos atemporales es porque tenemos aún, las mismas preguntas sin respuesta y el mismo elemento natural y humano insondable e indescifrable.

Volver a nombrar no es crear, sino disfrazar a lo mismo con un traje distinto; pero en donde la esencia continúa siendo la misma.

Llamar “ministerio de defensa” o “ministerio de la Paz” (según 1984 de Orwell) a un ministerio de guerra, es un re -branding emocional acorde a los nuevos tiempos.

Porque ese ministerio, nunca dejó de ser el mismo ministerio de guerra que era antes.

Nombrar distinto no es transformar algo, sino transformar la percepción sobre las mismas cosas.

Si llamas al ministerio de Guerra “ministerio de defensa”, de pronto te sientes aliviado y autorizado a poseer un derecho inalienable a preservarte; pero si lo llamas directamente ministerio de la Paz, sientes que de él emana una justificación y una justicia suprema, sin derecho a la opinión, ni al reclamo de nadie.

Lo mismo sucede con el nuevo “ministerio de la censura” español; al que se llamará “Ministerio de la Verdad”, para disfrazar de Sacra filosofía de estado, el control total de la información que se nos provee.

Y por lo tanto, diseñar al antojo del Estado, la percepción de la realidad en la que vivimos; sin otras versiones, mas que la oficial.

Cuando se escogen palabras tan nobles como “paz” o “verdad” para disfrazar otras cosas, no se hace al azar, sino que se apunta directamente a la percepción emocional que todo ciudadano tiene de dichos términos.

Es decir, se escogen las palabras como anzuelos de manipulación. ¿Quién está en contra de la paz o de la verdad?

Mi hija llega a casa creyendo que no sabe pensar y sospecho que ése es sin duda el verdadero plan.

Y me temo que muy pronto no sea para ellos necesario ni conveniente pensar, porque un “ministerio del pensamiento” les dará los conceptos y las coordenadas necesarias para conducirse según la “nueva verdad”.

La llenarán de palabras nuevas, permitidas y bonitas, que no discriminan a nadie, a las que disfrazarán de nueva ética y de “nuevo orden mundial” para administrar pacífica e igualitariamente el re-branding del control y de la desigualdad de siempre.

JR

“El Enfermo”

La enfermedad siempre es un engorro y nunca se presenta en buen momento.

Ni el más simple resfriado es oportuno cuando tenemos trabajo pendiente, algún viaje de negocios o unas esperadas vacaciones.

Pero es cierto que hay lugares más adecuados que otros para enfermar.

Estar lejos de casa nunca es oportuno cuando aparece el malestar, ya que uno suele requerir de unos cuidados y de un ambiente amable, en donde poder enfermar con un poco de dignidad.

También es cierto que los parámetros del dolor varían mucho de un paciente a otro.

Hay gente que muere de pie o arando el campo y hay otros que ante la caída de una pestaña, ya están en cama hace rato.

La enfermedad es cruel y arbitraria; no tiene amigos ni preferidos y va creando enemigos allí por donde va.

Pero también existe quien la utiliza como mecanismo de dominio, de llamada de atención o como cultivo de la flojera.

No son pocas las personas a quienes siempre les pasa algo y nunca están lo suficientemente fuertes como para cumplir con sus obligaciones, sin aquejarse de algún mal.

Pero cuando alguna peste aparece en el ambiente, declaran que a ellos no les pillará porque son muy sanos. Y uno se queda entonces recapitulando, en cortocircuito y sin cobertura por unos momentos.

También están aquellos que temen perderse. Se consideran tan imprescindibles, que ante cualquier peste se mantienen recluidos y en formol. No vaya a ser que el mundo deje de contar con ellos.

De pequeño tenía compañeros que siempre estaban enfermos y a quienes siempre les dolía algo, y faltaban tanto al colegio, que a mitad de curso debían solicitar permisos especiales en la consejería de educación para no repetir.

Sus madres eran amables hasta tal extremo, que eran capaces de consentir la flojera como parte de una buena educación.

Y desde pequeños se les enseñaba la enfermedad como táctica y como modo de vida; como si esa condición escondiera una baraja ganadora o una sabida ventaja.

Yo sin embargo les envidiaba. ¡Y de qué manera! En mi casa la enfermedad no era jamás bienvenida y uno prefería no sentirse mal, para no incordiar a nadie.

Y las pocas veces en que caías en cama era porque no te quedaba otro remedio. Pero la curación era inmediata, mi madre sabía curar, conocía todos los antibióticos y nos medicaba sin demora y sin ningún temor.

Hoy sin embargo, la flojera es tan intensa que ante la aparición de un moco se colapsan los hospitales y renuncian los sanitarios. Y es que las madres modernas, no saben curar, ni guisar y le tienen miedo a todo.

Existen también distintos tipos de enfermos.

Están los enfermos llevaderos, que son esos que de tan malos que están, desaparecen. Y están aquellos enfermos que se creen los únicos enfermos del universo.

La verdadera enfermedad produce esa sensación; en la que todo desaparece; el mundo, la agenda, la gente e incluso el deseo de vivir.

Pero esto sólo sucede cuando la enfermedad es grave y el dolor profundo. Cuando es leve, la enfermedad es insoportable, el carácter se vuelve áspero y el reproche constante. Uno desea volver a ser lo que era antes de estar enfermo: una persona sin una verdadera preocupación.

La intensidad ayuda al desapego y al desprendimiento porque en ese estado de ausencia, uno no reprocha, sino que se entrega.

Y se sospecha que toda enfermedad es en realidad una ayuda para poder morir, sin estar tan aferrado.

Hay dolencias crueles, que exponen nuestra fragilidad a tal extremo que resultan humillantes. Pero hay personas que las dignifican porque son capaces de atravesarlas con una sonrisa.

En un mundo tan agitado y tan apresurado, parar es siempre un contratiempo. Detenerse es síntoma de estar perdiendo el tiempo, pero hay veces, en que es el tiempo quien le para a uno.

Y aquel que despreciaba su vida comienza a valorarla y aquel que endiosaba su vida, comienza a ver la superficialidad de toda su existencia.

Y entonces aparece el gran absurdo y el depresivo se apega mas que nunca a una vida que hasta hace poco detestaba y el frívolo comienza a detestar la vida vacía a la que amaba.

“Dime cómo vives y te diré como mueres” nos diría algún sabio si nos conociera. Porque no siempre quien desdeña la vida sabe morir, ni quien la idolatra se aferra tanto a ella.

Saber enfermar es importante, incluso he llegado a considerarlo como a un tipo de educación en la conciencia de la propia fragilidad, de la propia fortaleza y de la propia vida; ni tan grandiosa, ni tan miserable, pero siempre finita.

Y es esa finitud lo que le otorga toda su valía.

JR