“Filosofía de la Inmediatez”

Estudiar filosofía no te convierte en un filósofo, ni estudiar medicina te garantiza ser capaz de curar un virus, porque una cosa es la mecánica y otra la creatividad; una cosa es saberte el manual de memoria y otra muy distinta es poder crear un manual nuevo.

Con esta pandemia pasa lo mismo, se mitigan los síntomas, se atienden las urgencias con lo conocido, con aquello mismo con lo que curamos lo de siempre; pero frente a lo desconocido, el manual ya no sirve o ya no basta.

Y lo mismo sucede con la organización de un estado frente a una pandemia.

No hay una única opción que sea válida para todos, sino que cada opción tiene que ir de acuerdo a la realidad de cada estado.

No es lo mismo gestionar una pandemia en Alemania que en Bolivia o en Brasil.

El mismo manual no sirve en esos casos y copiar del compañero en el examen, puede no traerte al final, los mismos resultados.

Es aquí cuando se pone en juego la creatividad y la libertad de cada uno; porque para crear hay que liberarse de lo establecido y del temor que implica innovar.

Cuando la pandemia comenzó en China, cerrar las fronteras o prohibir la entrada a los chinos, era una medida considerada por el buenismo europeo como una medida “racista”.

Había que seguir recibiendo a los chinos en masa e incluso hacer campañas como la del alcalde de Florencia “abrace a un chino” para mostrarle al mundo lo abiertos que eran los italianos.

Una semana después, Italia se convirtió en un cementerio. Pero habían demostrado que no eran racistas y eso parecía ser para algunos políticos, lo más importante.

Ahora China ya pasó el virus y lo primero que hizo fue cerrar sus fronteras. Pero ellos curiosamente no son tildados de racistas, sino de precavidos.

Ahora intentan además, ser los salvadores, ellos tan comunistas, tan crueles y genocidas con su población, los silenciadores de la mortalidad de su virus desde el principio; hoy sin embargo, parecen ser para algunos, los buenos de toda esta historia.

Y es que tanto buenismo mata y no sólo mata neuronas.

Si Platón es el filósofo del mundo ideal, Aristóteles es el filósofo de la inmediatez, de lo que sucede en el momento como viene y como es, sin divagaciones ni sueños.

Y es que Aristóteles fue un clasificador nato, un filósofo de lo útil, de la resolución de lo cotidiano.

Lo mismo pasa en el amor; está el amor platónico y está el amor aristotélico.

El platónico es un amor ideal, divino y buenista; el aristotélico en cambio, es ese amor real que se levanta todas las mañanas a hacer algo útil por ti.

El platónico es más romántico mientras que el aristotélico es más inmediato, práctico y eficiente.

Todos sabemos que son complicadas las decisiones en tiempos de pandemia y que hay mucho amor platónico de moda en esta cuarentena; mucho lavado de manos al estilo Poncio Pilatos; mucho ecológico deshumanizado y sin estudios; mucho filósofo de la Edad Media pronosticando castigos y profecías; pero hay muy pocos Aristóteles dando vueltas.

Es la inmediatez y su eficacia, lo que nos salvará, tanto en lo sanitario como en lo económico y en lo social. Esa mirada científica que clasifica y descubre lo mejor para cada uno en cada momento.

“El objeto condiciona el método” nos diría Aristóteles, obligándonos a repensar lo pensado y a acomodar la observación a cada circunstancia y a cada realidad.

Y es que a veces, la creatividad nace rompiendo barreras para crear nuevos moldes. Aunque los demás te critiquen.

Es un momento de experimentación, de trabajo, de constancia, de resistencia. Tanto para el que lleva semanas encerrado en un piso de 10 metros cuadrados con niños pequeños, como para los profesionales de todos los ámbitos.

Necesitamos encontrar, no aquello que funcione bajo condiciones ideales, sino aquello que funcione bajo condiciones reales.

Y en la política, se necesitan hoy menos divagues platónicos y muchos mas Aristóteles.

JR

“Aprender el NO”

Quienes han vivido en estos últimos 40 años, han conocido un mundo que no volverá a ser igual.

Estos individuos se han criado en un mundo analógico que vio nacer a un mundo digital; y estas personas hoy pueden relatar la experiencia de una infancia muy distinta a la actual y tener la sensación de ser muy viejos, sin serlo.

Lo que da la sensación de ser viejo, no es la edad, sino las experiencias distintas vividas. Quien ha vivido vidas diferentes a las que habita actualmente, siente la sensación de haber vivido más.

En cambio, quien ha vivido siempre lo mismo, no madura, aunque se vuelva físicamente viejo.

Las vidas monocromáticas no dan perspectiva ni profundidad, sino que se estancan en la frivolidad de “lo mismo de siempre” que detiene la mirada y genera enfermedades propias del aburrimiento; como son la depresión, la obesidad y demás trastornos alimenticios, la obsesión por la belleza, la imagen, la salud, los viajes, los bienes materiales, el éxito, el sexo y demás obsesiones que generan motivos superficiales de demencia.

La demencia de la post guerra era el resultado de experiencias traumáticas vividas, mientras que la demencia actual es generalmente el resultado de la frivolidad y del aburrimiento en el que se vive.

Hemos comprobado que en épocas de paz, de estabilidad y de Democracia son otras las enfermedades que prosperan y se caracterizan generalmente, por la inconformidad permanente y por la falta de voluntad para la superación; tanto de lo cotidiano, como de lo inevitable.

Esta es la época de la “asistencia” en donde el individuo necesita ayuda para todo.

Es una época marcada por la medicación y por los “coaches”y ha criado a individuos incapaces de bastarse por sí mismos en casi ninguna situación.

Somos una población de gente dependiente y deprimida, pero que justifica su incapacidad de bastarse solo, con la “necesidad social”, una que desde afuera se observa como una carencia profunda de voluntad y de fortaleza.

La gente no puede hoy en día ni hacer gimnasia sin alguien que le venga a buscar a su casa y lo saque a pasear como si fuera un perro.

Y esto que nos resulta tan moderno y normal, es un síntoma de ausencia de voluntad y de falta de autonomía muy grave.

Quien tiene todo, sin haber conocido el no tenerlo, suele sentir que siempre le falta algo. Y está en su derecho a sentirlo, porque lo que le falta es la experiencia de haber producido dicho cambio por sí mismo.

Quien sólo ha conocido las experiencias del “si”, necesita la experiencia del “no” para poder notar la diferencia.

El estado Democrático como padre protector y uno mismo como padre carnal, prefiere evitarle toda experiencia dolorosa a sus hijos, pero que a la larga, demuestran que son necesarias.

Los últimos 70 años marcaron un mundo sin grandes guerras; los combates se privatizaron y se sectorizaron, al igual que lo hizo la economía y la vida de los ciudadanos; y el bienestar general que proporcionó la Democracia se extendió promoviendo libertad, educación, derechos e igualdades de todo tipo.

La generación de los millenials vivió este apogeo de libertad, de derechos y de igualdades, pero no siempre lo apreció, porque quien no conoce lo diferente, permanece incapacitado para realizar una valoración adecuada.

Curiosamente, quienes más traumatizados estamos hoy con esta pandemia somos quienes menos cambios hemos sufrido en nuestra propia vida.

Y utilizo la palabra “sufrir” porque los cambios se reconocen como cambios porque duelen. Lo que no duele, no es cambio, sino simplemente una alternancia en la postura.

El número 40 en la historia de la humanidad es un número que siempre simbolizó el cambio.

Cuarenta fueron los años de las tribus en el desierto, cuarenta los días y cuarenta las noches del diluvio, cuarenta los días de Jesús en ayunas en el monte de los olivos y cuarenta son hoy los días que se estipulan en una cuarentena ante una pandemia.

El 40 es el símbolo de algo que cambia para convertirse en algo distinto a lo que fue, pero con dolor.

La cuarentena nos cuesta más a aquellos grupos acostumbrados a la bonanza, a la libre expresión, a la protesta permanente y a la malcríanza que nos ha generado la Democracia, en donde todo es posible, porque todos tenemos voz.

No es de extrañar que valoren más la Democracia los grupos que conocieron otra cosa distinta. Y que la rechacen y la desprotejan, justamente aquellos que desconocen totalmente las otras opciones.

El grupo más joven es justamente el que menos valora y agradece la Democracia y es también el que más celebra las muertes de las personas por esta pandemia, en pos de la naturaleza. Miedo daría quedar en manos de una generación tan ecológica, tan práctica y tan cruel.

La Democracia es el “si” por excelencia.

La generación que sólo ha conocido la vida en Democracia y en liberad tiene durante éstos 40 días de cuarentena, la oportunidad de aprender una palabra desconocida y sin duda la más difícil del diccionario: “NO”

JR

“La Ecología en Tiempos de Pandemia”

Si hay un colectivo que disfruta en estos tiempos de pandemia es el colectivo de los ecologistas.

Nada es permanente, “sólo el cambio permanece” decía Heráclito allá por la antigua Grecia y tomar conciencia de nuestra naturaleza no permanente, suele despertar algunas conciencias que se sienten eternas.

La contaminación tampoco será permanente, ya que las pandemias se encargarán de reciclar el ambiente cada tanto, por lo cual, los ecologistas pueden seguir durmiendo tranquilos.

Hoy los más fanáticos de Greenpeace disfrutan de cada muerte porque les dará cinco minutos más de glaciar, y mientras no sea ni su tía ni su madre, quienes reduzcan un par de grados la temperatura del planeta, todo habrá valido la pena y nos habrá salido muy barato.

¿Qué son acaso 10.000 muertes en un mes, si conseguimos que haya cisnes en los canales de Venecia?

-“Nos compensa perder a algunos, con tal de preservar el planeta”_ dicen los eco-friendly.

Y su argumento es totalmente cierto, pero estas almas caritativas, nunca se ofrecen como voluntarios para este imperioso reciclaje. Curioso ¿verdad?

El problema con el aislamiento y el racionamiento actualmente, parece ser que nadie da de comer a las gaviotas en las Islas Canarias, ni a los gatos callejeros de Madrid y éstos empiezan a mostrar su lado más salvaje ante la escasez.

Por lo cual, la presencia humana, tan contaminante por cierto, servía al menos para civilizar a las fieras.

Siempre recuerdo una historia rumana de la época del comunismo. Había tanto hambre en Rumania que los perros callejeros se habían vuelto lobos y si te cruzabas con uno por el campo te devoraba.

La gente mataba perros como si fueran hienas. Y esto mismo pasa en todos los paises pobres. Los perros allí no son esos animalitos indefensos occidentales y con derechos.

Los animalitos monísimos del National Geographic también son muy ecológicos y si ven una presa humana a su alcance en un día en que tienen hambre, no se lo piensan dos veces y lo hacen por el planeta.

Hay que reconocer que es increíble ver cómo cambia el paisaje con algunos hombres menos. Los índices de mortalidad son inversamente proporcionales a los índices de contaminación. Cuantas más muertes, menos contaminación.

Ahora entiendo a la juventud europea y americana que persiste en el botellón multitudinario. No son malos, sino sabios.

Saben hacer cuentas y calcular que cuantos más viejos mueran, menos polución habrá.

Al menos hasta que empiecen a llegar ellos mismos a urgencias, no por el Corona virus, sino por los picotazos de las gaviotas hambrientas de la playa.

El problema con esta generación de ecologistas es que generalmente no crean empleo ni bienestar. Viven del bienestar creado por las generaciones que les preceden, pero no saben realmente hacer nada más que protestar.

Son como los hijos inútiles de los padres ricos. Esos que nunca lograron nada por sí mismos y lo saben.

Para olvidarlo se drogan y se emborrachan y llegan a la mansión de papá en estado de coma, para reprocharle que su problema es que les ha faltado cariño, cuando en realidad, lo que les ha faltado es hambre.

El hambre transforma mucho, motiva, moviliza y convierte a lo doméstico en salvaje, a la debilidad en fortaleza, al capricho en disciplina, a la carne fofa en músculo y a la manía en mano de obra.

¡Ay! ¡Dios nos libre de quedar vivos y a cargo de esta generación de blandos, alérgicos, inútiles, drogadictos y ecológicos!

Pero aún así, no puedo evitar seguir maravillándome con los bajos índices de polución que nos deja esta pandemia y me pregunto si los chinos no podrán la próxima vez mutar un poco más al murciélago y darle un envión, para que la selección mortal empiece la próxima vez por otro lado.

¡Qué limpios estarían los cielos, cuánto menos colapso tendríamos en el consumo de internet, de electricidad, de comida, cuánto menos gastaríamos en universidades, reduciríamos el narco tráfico, el consumo de alcohol, los atentados terroristas, las violaciones, los accidentes de tráfico!

Y así, mientras ellos ruegan por que se respete la cuarentena en la próxima epidemia que les afecte principalmente a ellos, los mayores podríamos hacer botellón y ocuparnos de lo verdaderamente importante: seguir alimentando a las gaviotas.

JR

“La Hipocresía en tiempos de Pandemia”

Lo único que nos salva en estos tiempos de encierro a los ciudadanos es el humor.

La gente se cura riéndose de sus propias desgracias y de su propia ridiculez en tiempos de desgracia y no hay nada que enferme más que la seriedad.

Abundan también las cadenas solidarias y los mensajes empalagosos que intentan convencernos de que el Corona nos trae la oportunidad de amar, de unir y de volver a plantearnos el sentido de la vida.

Particularmente, no he sufrido ningún tipo de transformación mística, quizás porque siempre he hecho lo que tenía que hacer aunque me costara, y no he llevado una vida que me convoque a grandes arrepentimientos, ni a cambios de rumbo urgentes.

Y para ser totalmente sincero, si salgo vivo del Corona, volveré a ser el mismo de siempre.

Sobre la oportunidad de amar al prójimo que plantean algunos en épocas de pandemia, tampoco estoy demasiado convencido.

En épocas de pandemia la gente se aísla, teme por su propia vida y la vida de quienes tiene a su cargo y evita todo contacto con alguien más, a menos que su trabajo esté en juego.

Si eres médico, enfermero, policía, farmacéutico o cajero de un supermercado, no te queda otra opción que estar allí, poner el cuerpo con la equipacion adecuada y darlo todo; pero la solidaridad para el resto de los ciudadanos, existe únicamente a golpe de WhatsApp.

En tiempos de pandemia todos nos amamos a distancia y móvil de por medio. La caridad tiene ahora unos límites de un metro bien definido. Y el confinamiento obligado, nos proporciona la excusa perfecta para no mover un dedo por nadie.

Y aunque los políticos intenten convencernos de que esto es una guerra, el comportamiento en tiempos de pandemia no es igual al de la guerra.

El ser humano se vuelve muy mezquino en épocas de pandemia, aunque se empeñe en hacer creer a todos lo contrario.

En la guerra, el individuo pone el cuerpo, en la pandemia lo esconde.

La guerra nos obliga a ser valientes, mientras que la pandemia nos permite seguir siendo unos cobardes.

Hay pocos generosos y entregados y generalmente, son aquellas personas que menos apegadas están a la vida.

Otra contradicción en los tiempos de pandemia es la poca empatía social de los que se autodenominaban socialistas y humanitarios y la poca fe de aquellos que se creían hombres de fe.

Todos aquellos que juraban creer en una vida mejor después de la muerte, hoy curiosamente no parecen estar ni tan entregados, ni tan convencidos de sus creencias.

Están igual de desesperados que los ateos, que sostienen que después de esto no hay nada más.

La fe no es rezar para que pase lo que tú quieres, la fe es entregarse a que pase lo que tenga que pasar.

Y es por eso, que el terror a la muerte de la gente religiosa nos alerta sobre su falta de fe y de religiosidad, así como la falta de solidaridad, deja al descubierto a los falsos socialistas y a los feministas millenials del cambio climático.

Un hombre de fe es un hombre tranquilo; aún en tiempos de pandemia. Y un hombre digno es un hombre coherente.

Otro agradable entretenimiento en este encierro son las cadenas de los alegres ecologistas, que disfrutan de las aguas cristalinas de Venecia, ahora llenas de cisnes y de patos, las calles vacías de Roma, la reducción del smog en ciudades como Madrid, que ahora brilla con cielos azules, pero que nos han costado ya más de mil muertos.

Es curioso ver a esta gente tan eco-sensible disfrutar de tanta pureza a costa del reciclaje humano y del derrumbe de las economías. Que todo estará más limpio cuando estemos todos muertos, eso es seguro.

Y volverán los cisnes y las aguas transparentes, las ballenas y los glaciares para el deleite de Greta Thunberg y de los sensibles millenials.

Hay que cuidarse de lo que uno desea con tanto fanatismo, porque a veces, se hace realidad y hasta resulta que con viento a favor, no se mueren sólo los viejos.

El encierro cuesta al principio, pero poco a poco, uno va acostumbrándose a él cada vez más.

Durante las primeras semanas nos pica todo el cuerpo, pero en las semanas siguientes, uno se deja de rascar.

Después de todo, antes del encierro también vivíamos cada uno en nuestro mundo virtual, el encierro exterior no es tan distinto a nuestro ser interior, ni al confinamiento digital en el que habitamos habitualmente.

Seguramente las semanas siguientes a la liberación, valoraremos volver a andar por la calle, circular libremente o ir al trabajo; pero mucho me temo que seguiremos distanciados del otro, tocaremos menos, estockearemos más y olvidaremos pronto.

La humanidad se repone a todo, sigue adelante y resetea, pero el distanciamiento, la frivolidad, la estupidez y la desconfianza seguirán creciendo, por mucha cadena sentimental que enviemos por WhatsApp.

JR

“La Pandemia del Papel higiénico”

El pánico suele desatar todo tipo de reacciones porque nos alerta sobre la posibilidad inminente de morir; o simplemente nos hace conscientes de nuestra inevitable mortalidad.

El Corona virus, que no es un virus que provoque diarrea, ha desatado sin embargo, formas muy peculiares de locura.

La obsesión por estoquear papel higiénico ha sido increíble durante los días previos a la cuarentena, como si todos deseáramos llegar al cielo con el culo limpio.

La compulsión enfermiza hacia este artículo, que ha desatado incluso peleas en algunos supermercados y ha sido trending topic en las redes sociales; ha puesto en evidencia que nuestra postura ecológica sobre la moderación en el consumo de papel, es en realidad una falacia políticamente correcta apropiada únicamente para tiempos no pandemicos.

Aunque debemos reconocer que no todos están tan alarmados; a mí me han llegado convocatorias para discotecas bajo el lema “fiesta del Corona virus” para este fin de semana, junto con promociones tan tentadoras como: “los primeros 100 en llegar a la fiesta tendrán mascarillas gratis”. Y tengo que reconocer que sólo por conseguir la mascarilla hubiera ido; ya que las mascarillas escasean aún más que el papel higiénico.

Mientras unos bailan y propagan el contagio, disfrutando de las vacaciones universitarias, nosotros cuidamos niños y abuelos en casa, cerrando nuestros locales de trabajo y observando las recomendaciones de cuarentena que nos ha trasmitido la OMS.

En fin, a veces me pregunto si el virus más peligroso de todos, no será esta generación ecológica de descerebrados que se viene.

Es cierto que los datos sobre las víctimas de este virus aumentan en algunos países, pero también nos demuestran que todos aquellos países que cerraron a tiempo sus fronteras, no tienen hoy la pandemia y han logrado erradicar la enfermedad rápidamente.

Aún recuerdo las condenas a Rusia por racismo y por estigmatizar a los enfermos, cuando en Enero, Putin decidió cerrar sus fronteras para evitar la propagación del virus.

Viendo los resultados, ha quedado demostrado que una buena reacción, y a tiempo, tiene sus beneficios, aunque toda la izquierda inclusiva te acuse de loco y de racista por impedir que entre una epidemia peligrosa a minar tu población.

Ver a esta pandemia como a una oportunidad política para algunos, debería ser nuestra obligación en momentos como éstos, ya que las diferentes reacciones de los distintos jefes de estado en estos casos, exponen sus diferentes intereses y posturas.

El alcalde de Florencia por ejemplo, montó una campaña anti racista promoviendo los abrazos a personas chinas unas semanas antes de tener que cerrar la ciudad, dejando claro que el extremismo en la corrección política es mortal cuando se mezcla con la estupidez de izquierdas.

La presencia de una pandemia en los Estados Unidos podría ser quizás lo que necesitaban los demócratas para desestabilizar el gobierno de Trump y poder debilitar su exitosa economía, crear el pánico y lograr así, dar vuelta un resultado casi inevitable: Trump 2020.

Hiciera lo que hiciera Trump con respecto al virus, iba a ser juzgado sin piedad por sus adversarios demócratas y considerado mal hecho. Si cerraba las fronteras como hizo Rusia, las ordas fanáticas de izquierdas habrían reaccionado como lo hicieron contra el muro, porque para la izquierda todo es racismo y discriminacion. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, ellos tienen preparado al colectivo de ofendidos, que saldrá a la calle a reclamar y a romperlo todo sin mascarillas.

Pero no hay nada que enseñe tanto, como los números y el tiempo.

Hoy podemos observar que cerrar las fronteras era sin duda, la solución adecuada y que el supuesto racismo y la estigmatizacion de controlar a todos los viajeros que procedían de lugares de riesgo, era algo imprescindible para evitar los contagios masivos.

Ojalá tomemos nota y aprendamos que a veces, cerrar es proteger y proteger a la ciudadanía es la función que tiene todo mandatario de estado.

Actualmente la economía ha colapsado, los sistemas sanitarios no dan abasto y sus empleados están al borde de la locura, y casi sin tiempo para canalizar la angustia, ni en la fiesta del Corona, ni arremetiendo sin control contra el papel higiénico.

JR

“Las Oportunidades de la Pandemia”

Muchas son las posturas frente a la posibilidad de una pandemia.

La prensa disfruta de la rentabilidad de las desgracias, las bolsas caen mientras muchos se enriquecen durante las caídas, las empresas fomentan el stock de alimentos e impulsan la previsión frente a la amenaza, los restaurantes y los espacios públicos multitudinarios se vacían y los políticos utilizan la desgracia y empiezan a echarse culpas unos a otros, de las malas gestiones y del origen de todos los males, mientras aprovechan la oportunidad perfecta para distraer la atención de la población, de otros temas candentes.

Lo cierto es que los métodos comunistas siempre fueron muy prácticos contra la superpoblación. Ellos evitan los congresos, los acuerdos, los derechos humanos y van directos al laboratorio.

Y es que en épocas de bombas nucleares y de longevidad, ya no hay posibilidad de grandes disminuciones de población y se hace lo que se puede para quitarse a algunos de encima, reducir gasto y polución medioambiental.

Antiguamente las guerras cumplían una función de limpieza y reciclaje; pero hoy las guerras ya no son como las guerras de antes, ni los glaciares se descongelaban tan rápidamente, ni los números eran los mismos.

Hay claramente una franja de población productiva y otra que no lo es. Casualmente el virus afecta a esta última franja; los ancianos y los enfermos, a quienes se considera una carga muy alta para la economía de los países.

Quizás por eso, al final de cuentas, unos cuantos miles de pensiones menos, se termina considerando como un beneficio para algunas economías y compensa el no cerrar las fronteras.

Mientras los políticos intentan quedar bien apelando a la libertad del individuo a circular libremente, los sistemas sanitarios se colapsan de gente que ante un estornudo se presenta en los hospitales creyendo que se muere.

Y como no podía ser de otra manera, la izquierda vuelve a sacar la bandera del racismo; que es el encargado de patrocinar todas sus campañas y sus eventos.

Frente a cualquier oportunidad sacan la misma bandera y logran acomodarla a toda ocasión. Como aquel cartel de “Feliz cumpleaños” que venimos reciclando en casa desde hace una década; cumpla quien cumpla, el cartel siempre está ahí, listo para volver a colgarse en el cumpleaños de 2 años de un sobrino o en el de 85 del abuelo.

Racismo o no racismo, si los rubios de ojos azules portaran un grano contagioso, yo también intentaría evitarles, por muy rubios, altos y de ojos azules que sean. El miedo es el miedo y no entiende de colores.

La prensa se ocupa primero de hacerlo crecer y después castiga al oyente por temeroso y además por racista. Y es que la prensa es un negocio de ida vuelta, no tiene pérdida; crean al monstruo primero y luego debaten en cómo hacer para derrocarlo. Así son. Y así somos de inocentes.

Resulta un poco triste vernos a todos tan aferrados a la vida, por muy miserable que ésta sea; en momentos de pandemia todo aquello que antes despreciábamos lo apreciamos ahora, como si fuera maravilloso.

Mientras era vida era ignorada; pero con la posibilidad de una pandemia, lo opaco se vuelve brillante, único, adorado, irreemplazable.

Son muchas las oportunidades que trae la pandemia.

Mientras unos la utilizan para inventarse nuevas conspiraciones imperialistas de Trump, otros están encerrados en los laboratorios de Estados Unidos e Israel trabajando en la vacuna que protegerá al mundo entero.

Cada uno elige a quien creer, pero es importante observar qué cosas ha logrado cada uno; más que escuchar bonitos y victimistas discursos, es importante remitirse a los hechos y a los resultados.

Como siempre y frente a cada cosa existe una oportunidad. Y cada uno decide cuál es la suya.

Lo mismo que unos usan para crear, lo utilizan otros para destruir, el mismo dedo que unos usan para acusar, lo usan otros para curar y la misma pandemia que nos vislumbra la posibilidad de morir, puede servirnos como la oportunidad para valorar la vida que tenemos.

JR

“Avanzar en Equilibrio”

La sociedad va avanzando espasmodicamente y como es nuestra costumbre, lo nuevo siempre nos deslumbra y nos arrastra.

Lo triste es que con la incorporación de lo nuevo, comenzamos a perder aquello viejo que también era valioso; por lo cual, en realidad no avanzamos nunca.

Se pierde por un lado, lo que se gana por otro y estas mudanzas, no constituyen en realidad verdaderos mejoramientos.

La sociedad se enriquece con las nuevas tecnologías, se agiliza el trabajo y se acortan las distancias, pero a su vez, vamos perdiendo capacidades sociales, tiempo de reflexión, memoria y esa creatividad que radicaba en todo lo esencial o primitivo.

El nuevo abanico de entretenimiento se considera ahora casi como el único espacio creativo.

Pero el entretenimiento como concepto, es el espacio que existe entre dos acciones.

Entre hacer y hacer uno se entretiene. ¿Pero dónde empieza y termina el hacer, en un mundo que está permanentemente entreteniéndose?

Las nuevas generaciones ya no ven el valor, ni encuentran el tiempo para los encuentros físicos, fuera del espacio virtual del entretenimiento.

(Nos vemos en la play, en WhatsApp, en snapchat, en instagram, en Tiktok).

Conozco jóvenes que evitan a conciencia el espacio físico y a toda costa, porque les cuesta la expresión oral y ni que hablar de la escrita, si no disponen de un teclado con emoticonos.

Y es que vamos enriqueciéndonos con artes nuevas, pero perdiendo a la vez nuestros antiguos instintos.

Es triste recorrer pueblos con ancestrales tradiciones que no tienen ya quien las continúe ni las preserve. A nadie le interesa el queso que hacían los abuelos, ni las plantas medicinales indígenas que curaron a tantas civilizaciones.

Las personas mueren y junto con ellas, muere toda esa experiencia y sabiduría.

Las nuevas generaciones están demasiado entretenidas para poder ocuparse de nada más.

Tuve un jardinero hace unos años que me enseñó todo sobre las plantas de mi jardín. Yo sabia que no estaría conmigo toda la vida y necesitaba aprenderlo todo, para cuando él ya no estuviera.

Trabajábamos codo a codo cada día que venía. Aprendí a sembrar, a podar cada planta, cada árbol, a pasar la sopladora, la cortadora, a resembrar y a fumigar los frutales.

“Usted robarme trabajo” me decía entre risas, mientras compartíamos tardes de instrucción, anécdotas, guantes, palas, bolsas de tierra y macetas con flores.

Hoy el ya no está conmigo, pero conozco mi jardín y sé llevarlo bien.

Cuando trabajo en él, suelo llamar a mis hijos para enseñarles, pero ellos están siempre demasiado ocupados con el entretenimiento digital y dando likes a las causas de Greta Thunberg.

Y entonces pienso …”cuando yo ya no esté, ¿qué será de mi jardín?”

Hay en la novedad millones de posibilidades y oportunidades maravillosas, pero hay en lo sencillo; milagro, fortaleza y tesoro.

No hay que olvidar que Colón encontró el nuevo mundo navegando en una carabela y Galileo con una lupa descubrió más que cualquier otro, con mucha más tecnología años después.

El hombre tecnológico gana en efectividad y rapidez lo que va perdiendo en memoria, en reflexión, en atención, en perseverancia, en silencio, en instinto y en fortaleza.

Existe en lo esencial un secreto que se desvela sólo a quien está dispuesto a escuchar y a volver de tanto en tanto, a las raíces.

JR

“Especial”

Existe en esta época una tendencia a sentirse especial. Y todos hemos aprendido poco a poco, a sentirnos especiales.

Este mal, nació con la publicidad y con el consumo. “Eres tan especial que te mereces este coche, este viaje, o esta casa”. Y así la gente especial, hipotecaba su vida para vivir de acuerdo a su gran importancia.

Antiguamente, la gente se sentía corriente y no tenía tantas pretensiones, estaba contenta con la vida, con sus logros y no sentía que mereciera tanto más de lo que tenía.

El individualismo es sano en cuanto nos da autoestima, empuje y seguridad, pero en su extremo, hace que perdamos la noción de nuestra verdadera valía, colocando nuestras aspiraciones particulares muy por encima de donde deberían estar.

El individualismo extremo prioriza lo particular por sobre lo colectivo. Ya no importan las causas, sino mi beneficio particular.

Hoy las causas importan en la medida en la que beneficien mi imagen o mi cuenta bancaria.

Las causas tienden a parecerse más a una estrategia con un fin individualista, que a la disolución de lo particular en pos de un ideal más grande.

Otro problema con sentir que uno es especial es que va asociado al pensamiento de que uno merece algo, y su resultado no siempre es el trabajo acorde a ese merecimiento, sino el reproche.

Uno le reprocha a la vida no haberle dado algo, que a su parecer se merecía. Esa sensación de que la vida está en deuda con nosotros.

¿Pero quién es uno para merecer algo? Uno es una persona corriente como todas las demás. ¿Y por qué justamente yo voy a merecer algo más?

La realidad es que ninguno de nosotros es especial. Solamente aquello que hagamos con nuestra vida puede hacer que nuestras acciones sean especiales. Es lo que hacemos, no lo que somos, lo que nos hace especiales.

Uno es especial para su madre, para su abuela y para su hermano. Porque lo especial que uno pueda ser para otro, tiene que ver con el vínculo, pero no es una cuestión de naturaleza.

Lo único que nos diferencia es la acción. ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Has dejado algo bonito en el planeta, si tuvieras que marcharte hoy?

Sentirse especial no nos ha ayudado tanto como creemos, al contrario, ha generado mucho resentimiento, mucha envidia y mucha depresión. ¿Cómo es que yo que soy tan especial, no tengo esto o aquello?

Y el problema es que nos cambia el foco. El hecho de “ser” o “existir” no es lo que nos hace especiales, sino nuestra obra durante esa existencia.

Una característica de las personas que se sienten especiales por naturaleza es el desagradecimiento; que a mi parecer, es el peor de todos los defectos.

Quien se cree especial no agradece porque siente que está en su derecho a recibir.

No se sorprende, ni se asombra de lo que recibe. Lo da por hecho. Y generalmente nunca queda contento. Nada es suficiente para alguien tan especial.

Y esa falta de agradecimiento, de contento, de sorpresa y de alegría es su propia amargura.

Las personas corrientes siguen asombrándose del cariño que reciben, sin sentir que se lo merezcan. Cada cosa que reciben de la vida es una fiesta.

Muchos son los males que aquejan a esta época de confort. Pero el más dañino ha sido el sentirse tan especial. No lo somos.

Y cada cosa que recibimos, debería ser una fiesta.

JR

“El ego pregunta: ¿Por qué a mi? Y el alma responde: ¿y por qué no?

“Época de Correcciones”

Uno corrige cuando se ha equivocado y podríamos definir a la acción de corregir, con la de deshacer aquello que estaba hecho y a lo que luego se considera erróneo, falso, incompleto, injusto o hiriente.

Muchas son las correcciones a las que esta época nos impulsa y existe a mi parecer, un despertar de la sensibilidad, que a veces resulta ser bastante extremo y partidista.

La corrección política se ha impuesto como norma diplomática del existir.

Uno ya no puede ir por el mundo diciendo lo que piensa y no basta ya con disimular, como hacíamos hasta ahora.

Desde pequeños se nos enseñaba que decir la verdad podía ser en ocasiones ofensivo y entonces, uno aprendía a callarse ciertas cosas, en pos de una buena convivencia.

Pero ahora vamos un paso más allá. Ahora no sólo se deben callar verdades evitables, en pos de una vida civilizada, sino que debemos empeñarnos en hacer que lo falso sea verdad.

De niños observábamos a nuestra madre ser simpática con aquella vecina a la que odiaba y uno aprendía con el ejemplo sobre corrección política; o en otras palabras, aprendía a ser un falso.

Hoy sin embargo, hemos ido más allá, ahora los niños nos observan aclamar a viva voz las virtudes y hazañas inexistentes de la vecina a la que odiamos.

Porque ya no se promueve el disimulo diplomático y la corrección política, sino la mentira descarada y su propagación indiscriminada.

Igual que el agua caliente, todo tiene sus grados. Una cosa es un disimulo en aras de una buena convivencia y otra, la instauración de la hipocresía como norma absoluta.

Mi bisabuela que era una persona extremadamente positiva y educada, insistía en ponderar siempre a todo el mundo.

Una tarde charlaba con el verdulero del barrio; el pobre era feo y tenía un solo diente. Pero mi abuela que era tan educada, le decía con toda su buena intención:”¡Ese diente que tiene señor Mario, qué bonito es!”

Por supuesto que debería existir un límite, entre la extrema educación, la falta de educación y la hipocresía más radical, pero aunque parezca mentira, ese límite no es tan fácil de encontrar. Y menos ahora, en donde todos se ofenden por cualquier cosa.

En estos años hemos aprendido que ofenderse es un negocio. El que se ofende gana siempre y el que dice la verdad es quien debe pedir perdón.

Hoy tenemos correcciones hasta en la Historia. Si no nos gusta, puede cambiarse, derrumbarse o quitarse de los libros, en aras de no herir ninguna sensibilidad que esté a flor de piel.

Todos sabemos que la historia de la humanidad fue un asco; pero lo que sucede, es que la vida antiguamente también era un asco.

¡Uno sólo piensa en volver a 1990 a vivir sin wiffi y se quiere morir!

¡Imaginad entonces, lo que sería la Edad Media, el Imperio Romano, el Renacimiento, la primera y Segunda Guerra Mundial! ¡Toda vuelta atrás sería un verdadero castigo!

Pero que algo no te guste, no significa que no haya existido.

La historia de la humanidad es la que es; violenta, olorosa, contaminante, carnívora, sanguinaria, injusta, bélica y cruenta. Lo importante es conocerla, aprender y tirar para adelante.

Porque seguir mirando hacia atrás y cultivar odios ancestrales, no ayuda, ni cambia nada.

Aunque no vamos a negar que los políticos saben que desenterrar odios, hace campaña y da muchos votos.

Otro rasgo peculiar de la relación de nuestra época con la Historia es el complejo.

Hoy la población blanca se ha asumido como culpable de todas las desgracias del mundo. Y lo hemos hecho a conciencia y con buena voluntad.

Poco a poco, se nos ha ido responsabilizando de cosas que no hemos presenciado más que en Netflix o en los libros de historia. Pero como debemos disculparnos de alguna forma por todo, nos vemos obligados a corregir.

La compañía de aviación escandinava SAS hizo pública una publicidad en la que intentaba promocionar sus destinos en Escandinavia, pero que escandalizó a los escandinavos.

En la publicidad se informaba que en Escandinavia no había en realidad, nada que fuera realmente escandinavo. Todas aquellas cosas por las que uno viajaba para conocer el país, eran en realidad extranjeras.

Ni la repostería, ni las sillas, ni las albóndigas y hasta los vikingos, parece que tampoco eran los rubios que pensábamos que eran.

¿Qué diría Ragnar Lothbrock de tanta corrección histórica?

Yo tenía ganas de ir este verano hacia el norte, pero después del anuncio de SAS, creo que al final me saldrá más barato pasarme una tarde por Ikea.

Se advierte claramente una intención conciliadora e integradora en el comercial, pero…¿hace falta? ¿y en qué medida?

¿Vamos a tener que modificar nuestra historia para no herir a nadie y para que incluya forzosamente a todos?

¿Vamos a tener que renunciar a nuestra cultura, a nuestra identidad, para que nadie se ofenda? ¿O con permitir la expropiación cultural será suficiente? ¿Adónde está el límite? ¿Habrá límite?

Hoy enseñar Historia o Filosofía es un riesgo que no todos están dispuestos a correr. Demandas, protestas, manifestaciones fuera de clase, son el pan de cada día. Hay que enseñar con mucho cuidado porque hoy, todo hiere a todo el mundo.

Hasta Sócrates y Platón están siempre en el banquillo de los acusados en las universidades americanas, por avalar la existencia de esclavos en el siglo V a.c.

¡Cuidado! porque todo lo que digas ha de ser utilizado en tu contra siglos después, y mirado a través de otra lente.

Por eso recomiendo siempre a todos aquellos que tengan asistencia doméstica o profesional de cualquier tipo, que actúen y se deshagan de ella, antes de que sea demasiado tarde, para evitar que sus tataranietos escupan en sus tumbas.

En Ciencias en cambio, todo parece ser mucho mas tolerante. Aunque yo siempre consideré a los números primos como súper racistas.

¿Por qué el 4 es discriminado y no puede ser un número primo? ¿Con qué derecho? ¿Y por qué los números llevan el artículo masculino?

Tiempo al tiempo compañeras y compañeros, que la reivindicación llegará pronto, porque no hay límites para el absurdo.

Y nosotros los arrepentidos, seguiremos corrigiendo.

JR

“ El Distrito Rojo”

El formato digital nos ha permitido acceder a muchas cosas, sin tener que movernos de casa.

Antiguamente, para saber lo que era un distrito rojo, uno debía adentrarse en zonas poco seguras de la ciudad.

Hoy en cambio, el distrito rojo está a un sólo clic de tu ordenador o de tu teléfono; solamente tienes que entrar en instagram o en algunas otras plataformas para ver la cantidad de mujeres y de hombres exponiéndose semi desnudos, a todas horas y en todas las circunstancias imaginables.

Sin tener que pagar entrada ni reservar un Vip, uno accede hoy en día, a contenidos sugestivos y casi pornograficos,de personas que desean conseguir atención como sea.

En la época de la propiedad privada, lo único que parece no ser privado, es la intimidad.

Uno, que creía que sólo debía ser íntimo con los más íntimos, descubre a estas alturas de la vida, que la intimidad es pública y que se vende muy bien en la red.

Es curioso que en esta época en que los partidos de izquierdas han logrado resucitar el boom del feminismo del siglo XIX, movilizando a masas juveniles en pos de una causa que reacciona ante la represión; (cosa que ni conocen, ni vivieron los jóvenes occidentales actuales) y en donde se manifiestan como abusados y exigen no ser tratados como objetos sexuales, pero cuando llegan a casa, se disfrazan de cabaret y suben sus fotos provocativas y sus vídeos sugerentes a la red.

En casa nos enseñaban a que si uno quería respeto, debía respetarse primero a sí mismo. Hoy, imagino que existen otras opciones.

Según me han informado, los creadores de este tipo de plataformas son gente muy cool, generalmente de izquierdas y afiliadas a movimientos verdes y sostenibles, pero que cuando ven una oportunidad, nunca la desaprovechan.

Y observando el gap de niños menores disponibles, estos maravillosos y solidarios humanistas, han creado ahora Tic toc; una aplicación en donde los adolescentes y los niños también pueden jugar a estar en el barrio rojo de Amsterdam.

Todo muy cool, muy inclusivo, muy liberal, muy fluido y progresista.

Son muchos los cortocircuitos a los que estamos sometidos diariamente; y el doble discurso y la doble moral, son sin duda la tendencia.

Uno tiene que cuidarse, porque cualquier denuncia a todo este exhibicionismo virtual es rápidamente tildado de fascista y condenado en aras del libre albedrío de la juventud.

Lo asombroso es que esta nueva generación en luz roja, cree estar creando contenido en la red, sin darse cuenta de que en realidad trabaja en pos de su propia cosificacion y explotación sexual.

Siempre me consideré una persona liberal, pero en esta época y viendo el espanto que veo, suelo sentirme a veces como si fuera un monje budista.

“Las sombras de Grey” es ahora la Biblia de una generación que dice sentirse abusada y utilizada como objeto y que reclama a los gritos a las madres, criar a hombres “buenos” y no machistas; pero a la vez, aspira a pasar noches de torturas sexuales con alguien como Grey. ¿A que todo esto, suena un poco contradictorio?

Y uno acaba sospechando de que esta postura tan victimista es en realidad, una estrategia para enmascarar otras cosas; entre ellas la normalización de la promiscuidad, la vanidad y el exhibicionismo y después, el poder echarle la culpa a otro, de lo que uno se hace públicamente a sí mismo.

JR