“El Reciclaje de la Memoria”

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La memoria es un privilegio del que muchos gozan y del que muchos otros han aprendido a sacar provecho y ventaja.

Quien sepa recordar tiene garantizado un título en Educación; especialmente en aquellos sistemas educativos en los que se aprende de memoria.

Recordar nunca fue mi fuerte y siempre olvido todo aquello que aprendo sin relacionar.

Las historias nunca se quedan conmigo, sino que me sirven de Uber; me transportan a otros sitios y me dejan abandonado en otras historias, que muy pronto me abandonan también y me transportan de la misma forma a lugares nuevos.

Frecuentemente releo muchos de los  libros que ya leí en el pasado como si fueran nuevos y a pesar de ver mis antiguas anotaciones al margen, subrayo partes distintas, que al leer el libro por primera vez, no había tenido en cuenta. Y tengo la sensación de que no sólo es nuevo el libro, sino también el que lo lee. 

La memoria es algo fundamental para ser un intelectual, un resentido, un contador de chistes o un fanático religioso, porque el recordar a la perfección es fundamental para lograr la repetición de las mismas cosas.

Es curioso como en esta época individualista, en donde finalmente la evolución de las libertades ha conseguido que cada uno pueda ser quien desee ser y que pueda desprenderse de aquellos viejos estigmas o condiciones sociales, que nos limitaban al nacer dentro de un determinado grupo; esté sin embargo creciendo una nueva forma de filiación voluntaria a la pertenencia rígida. 

Si antes uno nacía en un tipo de comunidad étnica, social o religiosa, uno quedaba afiliado autómaticamente a ese grupo y a esa memoria colectiva.

Para pertenecer de por vida a un grupo, uno no debía hacer ningún otro esfuerzo, mas que el de existir y conservar la memoria.

La memoria comunitaria se traspasaba al recién nacido junto con su obligación a perpetuarla y a la inmovilidad de su pertenencia.

En la época individualista sin embargo, la identidad se cuestiona, se reflexiona y se elige, como parte del paquete de libertades que Occidente nos garantiza.

Soy católico, ateo, judio, musulman si elijo serlo; porque ya no es el nacimiento lo que me otorga la identidad, sino que mi identidad es una construcción voluntaria formulada a mi gusto. 

Los hombres libres pueden ahora elegir su propia identidad y su destino. Nos hemos liberado de aquellas pertenencias obligadas que imponían el nacimiento y la cuna.

Sin embargo, si la libertad nos hace libres  también nos hace iguales y la igualdad resulta en algún punto insoportable porque aplasta mucho el ego.

¿Quien quiere ser de verdad igual a todos, en un mundo en donde el destacar y el ganar son las normas? 

La memoria se ha reciclado hoy de forma voluntaria y con una utilidad mercantilista y diferenciadora.

Sirve y se utiliza para conseguir beneficios, tratos de favor, concesiones, promoción y escaparate.

Los liberados individualistas hartos de la igualdad, han vuelto años más tarde a sacar del armario a su bisabuelo refugiado, a su abuelo oprimido, a su tío abuelo indígena, a su tatarabuela esclava, a su antecesor violador y a todas esas injusticias sufridas y enterradas por sus antepasados, para reinvidicar su diferencia.

Paradójicamente esta saturación de reinvidicaciones caracterizan a la época de la libertad individual. Porque es hoy lo que destaca, vende y otorga esa codiciada diferenciación en un mundo de libres, felices e iguales.

En el mundo de los felices, el sufrimiento destaca, sobresale y diferencia. Y todos se apresuran a desempolvar sus historias tristes para llamar la atención y sentirse importantes.

“Con historias felices no se hace novela” decía mi madre. Dándome a entender que sólo el drama vende. Y tenía razón.

La libertad individual actual es el relato de una historia feliz. ¿Pero a quién le interesa? 

 

JR

 

”Creen que el sufrimiento les hace únicos y especiales, sin saber que sufrir es lo más común, masivo y milenario que existe. La excepción es la felicidad.” JR

 

“Generosidad a Distancia”

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Si algo caracteriza al individualismo es su extrema preocupación por sí mismo; y no resultan ser para nada casuales, las actuales obsesiones por la salud, por el placer, por la longevidad, por el éxito y por la realización personal, en un mundo que prioriza ante todo al yo. 

Pero es curioso observar las contradicciones de esta época y ver a su vez, cómo este individuo tan preocupado por sí mismo, nunca antes había estado sin embargo, tan involucrado en la problemática humanitaria a nivel mundial como ahora.

Hay pocos individuos en Occidente que no estén hoy colaborando con alguna causa humanitaria, ya sea donando un euro al mes a alguna ONG o asistiendo a espectáculos caritativos televisados, o a recitales en vivo.

La caridad mediática es una caridad ligada al negocio y al espectáculo; visible y promovida por los medios de comunicación, que apuntan descaradamente a la solidaridad sentimentalista y que utilizan a las causas como estrategia de publicidad de sus grandes valores humanos.

Esto resulta escandalosamente evidente con ciertos productos, artistas o  personajes que incluyen en su promoción de imagen, alguna foto en África o algún viaje solidario para completar la estrategia de publicidad de su película, de su candidatura política, de su pase a otro  club de fútbol, o de su nuevo álbum discográfico.

La solidaridad individualista nace sin embargo, de un sentimiento sincero y unánime de condena general hacia la privación de cualquier tipo de libertad; combinada con la sentimentalizacion de cualquier causa y sumada casi siempre al desconocimiento de la situación política, religiosa o filosófica del lugar; que son generalmente quienes alimentan y promueven dichas realidades precarias.

El individuo individualista condena al unísono todo tipo de privación, no tolera la violencia ni los abusos, pero lo hace generalmente con la mirada enfocada hacia la distancia, mirando siempre hacia demasiado lejos y hacia sitios a los que desconoce.

Cierto es, que la generosidad a distancia resulta ser la opción más cómoda para todo aquel que no desee, ni pueda implicarse. 

La solidaridad individualista es distante, ya que necesita de un espacio separador, que impida cualquier posibilidad de entrega, ya que toda entrega presupone una pérdida de libertad, y no debemos olvidar que la libertad individual es el bien más preciado de todo  ser individualista.

Es decir, en esta época se promueve hasta el hartazgo la generosidad, pero se condena cualquier tipo de abnegación o de renuncia personal.

Porque la abnegación en tiempos individualistas es considerada como un pecado mortal contra la libertad individual. 

Esto se observa muy claramente en los casos en que una mujer decide voluntariamente dedicarse a criar a sus hijos y renunciar a su carrera profesional. Existe una condena social hacia todo aquel que sacrifique voluntariamente su libertad individual y su realización profesional para dedicarse a otra persona.

Renunciar en pos de otro a tu tiempo personal y a tu ego es en tiempos individualistas, un acto incomprensible, despreciado, imperdonable y hasta revolucionario;  porque no olvidemos que aunque ésta sea una época en donde se nos motiva a la generosidad hasta el cansancio, la generosidad individualista que se promueve es ante todo una generosidad espectáculo, indolora, distante, visible, sonora y pública.

Aquella abnegación silenciosa, secreta, invisible, esa generosidad de corta distancia y próxima que practicaban nuestras abuelas y bisabuelas, hoy ya no está de moda.

JR

 

 

“Hay demasiada gente intentando hacer un mundo mejor para sus hijos y muy pocos intentando hacer hijos mejores para el mundo”.

“Posmoralidad Individualista”

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El individualismo es ese movimiento que repliega al individuo sobre sí mismo. El hombre deja de mirar hacia afuera y hacia los intereses de la comunidad y comienza a mirar de pronto hacia adentro; a sus propios intereses y a su bienestar particular.

A esto llaman también hoy los filósofos la atomización del individuo, que replegado sobre sí mismo construye su mundo personal y comienza a sentirse separado y distinto al entorno y logra autogestionar dentro de ese microcosmos sus propios valores y sus propias opiniones.

Hoy todos se sienten particulares y distintos y exigen ser respetados en esa singularidad y es por eso, que esta época se caracteriza por la multiplicidad de opciones y de alternativas disponibles y posibles.

Hay gente de todos los colores y de todas las mentalidades que aprende a convivir en un mismo espacio con los mismos derechos y las mismas garantías; lo que hace de la tolerancia al mayor de los desafíos en esta época.

“Vivir y dejar vivir” es el lema imperativo de los tiempos posmodernos. 

Superadas ya las antiguas y estrictas reglas morales, (que hoy se aprecian más como tradiciones antiguas que como sistemas vigentes), el ser humano posmoderno ha creado sus propios valores; una conducta ética acorde a los nuevos tiempos, tolerante con los demás y permisiva consigo mismo, pero siempre hasta ciertos límites autoimpuestos.

La moralidad posmoderna consiste en un modelo autofabricado según la conciencia y los valores de cada uno. Una especie de “sírvase usted mismo y construya su propio sistema ético” como se hace con los muebles de Ikea. 

Lejos de haber producido una hecatombe, la disolución de los sistemas rígidos morales ha creado una nueva ética y no un libertinaje y un reino del caos general, como pronosticaron los apocalípticos. 

La época individualista ha dado lugar a una conciencia, que emerge cuando el individuo es capaz de identificarse con el sufrimiento ajeno; (algo impensable hace algunos siglos).

Esto ha servido como factor de sensibilización hacia aquellos colectivos considerados como peor tratados o menos afortunados hasta ahora (pobres, discapcitados, mujeres, niños, homosexuales y razas estigmatizadas etc).

Existe hoy una conciencia ética general muy distinta a la del pasado; que no está regida por normas morales impuestas desde afuera, sino por normas que surgen desde adentro.

Es el propio individuo el que aprende a respetar y a solidarizarse con los demás y con sus diferencias y lo hace desde esa identificación, que es la que le sirve para acercarse al otro. ¿Y si me pongo en su lugar, qué sentiría yo?

La posmodernidad no es sinónimo de una inmoralidad ni de una permisividad generalizada, sino que por el contrario, ha dado lugar a un ser preocupado (como nunca antes en la historia de la humanidad) por los derechos humanos, por los valores de tolerancia y con un sentimento de repulsa general hacia toda violencia gratuita.

Por eso resulta extraño que la izquierda a lo único que dedique sus campañas políticas sea a hacer hincapié en propagandas y consignas que ya son viejas, porque sin duda son consignas que ya están logradas y siguen desarrollándose de forma responsable y sin descanso en el mundo occidental. ¿Será que se han quedado sin otros recursos viables de publicidad?  (Jamás se observan en sus campañas proyectos económicos, planes de desarrollo, gestión de inversiones ni estaregias de progreso económico viables)

Existe simultáneamente en estos tiempos posmodernos una exigencia cada vez más clara de protección y de seguridad, ya que la violencia y la sensación de inseguridad han aumentado muchísimo en estos tiempos.

No olvidemos que el hombre posmoderno europeo es un hombre pacifico y desarmado y que delega su seguridad a la protección del Estado.

El hombre posmoderno no está acostumbrado ni autorizado a la lucha física, ni a defenderse cuerpo a cuerpo como lo estaba el individuo del siglo XVIII y por lo tanto, su sensación de indefensión es mucho mayor a la del hombre de aquel entonces, que estaba preparado y autorizado a hacerse justicia por sí mismo. 

A algunos les puede sonar contradictorio que el hombre posmoderno exija seguridad y presencia policial, pero esta época posmoderna está regida por las contradicciones más increíbles.

Sin ir más lejos, aquellos que se autodenominan pacíficos son hoy los violentos y los estigmatizados como violentos son los pacíficos.

JR

 

 

 

“America First, Europa después”

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Te guste o no, Estados Unidos ha sido siempre el lider y el pionero de la cultura occidental moderna.

Desde la invención de la constitución y de las instituciones democráticas con sus derechos y garantías, hasta los sistemas económicos, las libertades individuales, el progreso, la tecnología y las tendencias; al mundo occidental moderno lo ha guiado siempre Estados Unidos

Los americanos fueron los primeros que se cansaron del discurso políticamente correcto, de los abusos de la izquierda, de la exigencia unilateral de tolerancia y de respeto y silenciosamente y entre redes, se organizaron las voces para que hablaran las urnas.

Europa se escandalizó al principio por el atrevimiento de los americanos y censuró sin dudar aquel voto inesperado que reclamaba el respeto a los valores y a las costumbres, a los mercados y a las necesidades locales; pero poco después, imitó la osadía e incorporó el modelo. 

Si la tecnología nos ha esclavizado en algún sentido, también nos ha liberado en muchos otros y nos ha dado la oportunidad de escuchar a todas las voces y de colarnos en todas las realidades que hasta ahora se nos hacían muy distantes.

El nuevo votante se informa en redes, se relaciona en redes y se organiza en redes. Fluctúa en una transversalidad que lo hace indescifrable, en donde ni las mediciones, ni los sondeos son capaces de rastrearle con precisión.

Europa despierta poco a poco de aquel letargo socialista y se activa. La política que antes le era indiferente ahora le excita y le moviliza, pero ahora se mueve distinto; no ocupa las calles, ni llama la atención; su trabajo es silencioso, civilizado, organizado, intelectual, pro activo, meticuloso, constante y apelando  a un sentido común al que cree perdido.

Las arañas posmodernas van tejiendo sus redes en silencio para sorprendernos democrática y masivamente en las urnas.

America first, Europa después.

JR

 

 

“La Risa Perdida”

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Si hay algo a lo que se echa de menos en el mundo civilizado es a la antigua carcajada; esa explosión de alegría incontenible que nos batía desde adentro.

Hoy lo más cercano que tenemos a aquel recuerdo es un emoticono, al que solemos emplear demasiado en los chats y al que sin embargo, practicamos en escasas ocasiones en la vida real.

Desde el siglo XVIII  la risa estruendosa es considerada como un comportamiento  despreciable, excesivo e indecoroso.

Este estallido de alegría se fue interiorizando poco a poco hasta convertirse en una mueca; un leve y controlado movimiento facial que acredita un divertimento adecuado a la ocasión. 

Es cierto que con el tiempo han variado también y mucho, los temas que nos divierten. Reírse del otro está mal visto socialmente; ni hablar del humor negro, o de cualquier ridiculizacion ofensiva que pueda dar lugar además, a una denuncia por delito de odio o machismo.

El humor contemporáneo es estreñido, light y edulcorado y se ha interiorizado de la misma forma en que se ha privatizado la vida social contemporánea.

Hoy uno no se ríe tanto del otro, como de si mismo y es la  ridiculez de algunas costumbres lo que más nos hace gracia; siendo Woody Allen el genio que ha sabido ubicar al humor en la mirada introspectiva y consciente del individuo que observa su propia ridiculez y la hilaridad de sus costumbres.

Me llegan continuamente anuncios de talleres de risa, en donde se nos ofrece recuperar a base de cursos esa carcajada que antaño nos era tan habitual y que nos pillaba siempre en misa y en todos esos sitios en donde la seriedad era la norma. Y quizás fuera la obligación a la seriedad aquello que nos hacía tanta gracia.

Si hoy existen cursos para volver a reír es porque ya existe un mercado que lo necesita; pero resulta triste tener que aprender a base de cursos y a estas alturas de la vida, un hábito que adquirimos de pequeños y de manera autodidacta.

La norma del mundo civilizado es el silencio, el perfume, la chachara superficial y la música ambiental, y cualquier carcajada fuera de lugar, llama la atención de todas las miradas, como si un ser proveniente de la Edad Media se hubiera colado de pronto en la sala.

Hoy lo que se lleva es el susurro, la queja, la apariencia y la tristeza, siendo la depresión y el narcisismo las enfermedades top de esta era, y el que no está deprimido o mirándose al espejo es adicto a alguna otra sustancia alucinógena que le ayuda a compensar la escasez de alegría natural y la falta de buenos chistes.

Lo más sorprendente es que ésta sea sin embargo la era de la abundancia y del confort; de la calefacción, del aire acondicionado, del cine en casa, de la felicidad del consumo, de la vida virtual y de las comunicaciones instantáneas provistas de emoticonos para cada ocasión.

Pero el problema es que el confort también nos aísla y la abundancia en vez de llenarnos nos ilumina el vacío y amplifica el tedio del humor insulso y políticamente correcto que nos proveen y nos permiten. 

Sólo los niños parecen estar todavía a salvo de perder la carcajada; aunque seguramente sea por poco tiempo; hasta que ingresen en el mundo de los civilizados y les toque ceder la única capacidad que no necesitaron jamás aprender de nadie, en pos de la mueca correcta.

Y aunque la alegría verdadera no haga ruido, de vez en cuando resulta muy reconfortante poder soltarle la rienda y reír cómo ríen los niños, cuando se les ordena que sean serios. 

JR

 

“No hay nada más triste que la alegría si se va”

Fito Páez

 

 

“Ética y Estrategia”

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En el mundo posmoderno la empresa ha dejado de ser esa entidad en donde se trataba sólo de obtener beneficios y de distribuir dividendos entre los accionistas, para convertirse en un ente que aspira a contribuir con el bien común; sea éste humanitario, científico, cultural o ecológico.

La desaparición de aquella moral religiosa del sacrificio y de bordes estrictos y de aquel “dar hasta que duela”, ha sido superada ya y suplantada por una nueva moral ( “dar mientras consumo”, “dar mientras disfruto”), que no trata de una caridad impuesta desde el exterior, sino que nos insufla una conciencia de responsabilidad; moldeable, individualista e indolora; pero más acorde a los nuevos tiempos. 

Ante la aparición de un consumidor responsable, hiperinformado y que posee una amplitud inmensa de productos similares entre los cuales elegir, la empresa debe ahora diferenciarse del resto, no sólo en calidad, imagen, precio, comunicación, innovación y diversidad de productos; sino también éticamente.

En las escuelas de negocios, desde hace años se viene formando a profesionales en una conciencia ética y en la capacidad  para diseñar nuevas estrategias que enamoren al consumidor y rentabilicen la empresa. 

Hoy se invierte en el corazón y cada empresa busca su alma. ¿Qué es lo que la mueve? ¿En qué invierte? ¿En qué cree? ¿Cuáles son sus valores?  Son algunas de las preguntas que se hace el neoconsumidor antes de elegirlas.

En este rediseño moral de la empresa se han involucrado los filósofos y los coaches como instructores del staff y a modo de evangelizadores New age, van moldeando al personal acorde con la nueva ética empresarial elegida por la marca.

De esta re programación no se libran ni siquiera los altos directivos, que son reeducados conforme a los nuevos valores e instruidos también, en los nuevos comportamientos que exige esta nueva era ética empresarial. 

Para buscar su alma, cada empresa elige un mecenazgo a conciencia y acorde con su imagen y procura que su generosidad esté siempre a la vista y bien comunicada.

La solidaridad ética es un negocio win- win, (en donde todos ganan) y aporta en estos tiempos, muchos más beneficios que cualquier otra campaña publicitaria de producto. 

Un sistema ético y publicitario denominado “caridad espectáculo” se ha difundido también entre actores, periodistas, artistas, deportistas y políticos , que hoy recurren a una vistosa solidaridad como método para ganarse la simpatía y el corazón del público.

Pero también existe el espectáculo con fines caritativos, que pone a la causa en primer plano y resulta ser el escaparate perfecto para venderse, sin hablar de sí mismo o del producto, sino guardando un disimulado segundo plano, ya que a menor ostentación, mayor es el impacto que produce esta estrategia.

Si bien es cierto que las empresas colaboran hoy como nunca antes en labores humanitarias y sociales, impulsando la investigación científica y protegiendo el medio ambiente, no debemos olvidar que estas responsabilidades le corresponden a los estados, con el dinero público recaudado de los impuestos; pero ante la falta de responsabilidad política son ahora las empresas las que toman las riendas.

No es casual que el votante sea cada vez más propenso a confiar más en empresarios y menos en políticos.

El mundo va cambiando y va despertando nuevas formas de conciencia y alertándonos sobre las ventajas que éstas nos aportan a corto y a largo plazo.

A aquellos que vaticinaban destinos catastróficos para esta sociedad insaciable de consumo, debo decirles que la sociedad nunca antes en la historia habia sido tan responsable sobre su papel en el planeta.

El consumo, lejos de destruir la conciencia, la ha creado. Y las empresas; estigmatizadas como los monstruos del capitalismo; son quienes  la alimentan y la financian. 

Hoy business ya no es sólo business. Hoy el business es ético y la ética también es business, porque ser éticos nos compensa a todos y además, paga buenos dividendos.

 

JR

“Existencia a la Carta”

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De niño lo que más me impactaba era la multiplicidad de opciones que ofrecían los menús de los restaurantes.

Nosotros vivíamos en un entorno rígido, de normas sociales estructuradas, que a la vez moldeaban el pensamiento y las preferencias, acotando los espacios en donde elegir.

Las opciones por aquel entonces eran pocas y las conocidas por todos, pero el menú del restaurante con sus 10 páginas llenas de platos, eran para mí un deleite en donde se nos permitía ocasionalmente, saborear las delicias de la libertad y elegir ese día lo que íbamos a comer.

Hoy sin embargo, prefiero los menús escuetos de pocos platos, porque el exceso de posibilidades me agota.

Y el mismo agobio que me provocan los menús con demasiadas opciones, lo siento también con la televisión; aquella oferta inmensa que hace sólo unas décadas me emocionaba, hoy me satura y siento que este exceso de posibilidades es quien me ha devuelto a la lectura.

Cuando llevo a mis hijos a comer fuera  intento obligarles a pedir todo lo que nunca cocinamos en casa, impulsándoles a probar cosas nuevas y deseando que ellos también aprovechen esa libertad, de la misma forma en que lo hacía yo. Pero he comprendido que es inútil intentar que alguien que no ha conocido su falta, la valore como uno.

Mis hijos, acostumbrados a esta nueva sociedad psicologizada, en donde todo se les consulta y se debate, condenan cualquier signo de autoridad como a un ultraje a su derecho de ser libres.

Sin duda el derecho fundamental que nos ha ofrecido la Democracia es el derecho al cambio y a la diversidad de pensamiento y de opciones.

La Democracia ha terminado con aquellos sistemas autoritarios y disciplinarios que  imponían rigidez tanto en lo social, como en lo económico o en lo político y hoy todo está sujeto a la opción, a la opinión y al cambio.

En estas últimas décadas al individuo se le ha abierto un horizonte que hasta entonces le era desconocido; un ámbito móvil que le autoriza al libre deslizamiento de un lado hacia otro, en todos los aspectos de su vida.

Nadie está ya aprisionado a un ámbito físico, social o económico definitivo, ni condenado a permanecer siendo pobre, inculto, o a pasar socialmente inadvertido, porque hoy el individuo tiene posibilidades de cambiar su realidad privada, social o económica si lo desea y si está dispuesto a hacerlo.

Esta democratización del mundo se ha ido colando en todos los ámbitos y uno puede hoy ser quien desee ser y diseñar su propia vida a la carta.

La sociedad disciplinaria, en donde los sistemas morales establecían el comportamiento de los individuos se ha remplazado por una sociedad psicológica y permisiva, abierta a todo y enemiga de toda censura; en donde todo es viable y todas las opciones están siempre disponibles.

Pero pareciera que nuestra sociedad actual no se limitara ya a ofrecer una multiplicidad de opciones y a diversificar la tolerancia, sino que nos incita y nos impone el cambio, como única forma de existencia libre.

La quietud y la inmovilidad son hoy sinónimos de falta de libertad, aún aunque las elijas, porque existe un mandato tácito hacia el cambio que hoy en día, lejos de representar la posibilidad y disponibilidad de opciones, se ha convertido en una obligación.

Las nuevas ideologías sostienen que uno ya no está definido ni siquiera por la propia naturaleza y que la libertad de elegir, no excluye ni siquiera a la realidad de ser un hombre o ser una mujer.

A los niños se les enseña desde muy pequeños un panorama de “vida a la carta” en la que se les ofrece todas las opciones disponibles, pero mucho antes de que aparezca en ellos la necesidad de buscar esas opciones.

Si bien la libertad en dosis adecuadas resulta estimulante para los niños, en dosis extremas sin embargo, puede provocar mucho desconcierto, porque para poder manejar la libertad, uno necesita conocer primero sus propios bordes.

Existe actualmente una nueva dictadura de la libertad, que no deja el espacio necesario para esta auto delimitación personal, ni para el crecimiento, ni para la maduración.

Cuando pienso en esta sobredosis de libertad desde edades tan tempranas, me invade una sensación de vértigo y de vacío y me imagino flotando en el espacio, en un entorno totalmente ilimitado y abierto, en donde me encuentro igual de impotente que un esclavo y ansío desesperadamente encontrar algo fijo a lo que ceñirme; algo que me contenga y me limite.

¿Será así como se sienten estos niños?

Y es en esas pesadillas de libertad, en donde los límites dejan de parecerse a una privación de opciones, para ser en cambio, lo que nos salva.

JR

 

 

 

“La cultura del Bienestar”

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Todo aquello que se acelera va incursionando inevitablemente en otros mundos. Uno avanza y a medida que avanza, va descubriendo espacios nuevos que anhela conquistar.

El impulso imperante de auto superación ya no se limita al ámbito de lo profesional y de lo material, sino que poco a poco, va avanzando también hacia el mundo de las sensaciones. Uno debe ahora además de progresar, sentirse bien. 

El superhombre ya no desea solamente superarse con el fin de alcanzar un éxito que le permita el acceso a las cosas y a una reputación, sino que va más allá y anhela conseguir un bienestar, al que aspira llegar con el mismo tipo de esfuerzo.

Toda auto superación va ligada inevitablemente a una sobrexigencia, que por supuesto supone un sufrimiento y un cansancio, porque todo aquello que se fuerza, duele; como duelen las piernas después de una clase de gimnasia.

La cultura del bienestar irrumpe y nos impone a las sensaciones placenteras como objetivo, mentalizándonos con que cada acción debe de estar unida siempre a una sensación de placer que la valide. “Si no lo gozas, no sirve”.

Pero el trabajo, esa actividad forzosa a la que estamos obligados, corre un grave peligro porque inevitablemente en cada ocupación, siempre existen sensaciones desagradables. Y por muy maravilloso que se pinte a un trabajo, todo trabajo tiene su parte pesada, su esfuerzo y su lado oscuro, porque esa es la cualidad intrínseca del trabajo.

Por lo cual, esta nueva imposición de estar siempre felices y de sentirnos siempre bien, genera un cortocircuito en todo ser humano trabajador y sobre todo en las nuevas generaciones, que aún no conocen el trabajo y que esperan de él una sensación de bienestar continuada y prometida, que por supuesto no encontrarán al 100 por cien jamás en ninguna ocupación. 

Esta tendencia hedonista que considera al placer como objetivo último se propaga ya por todos lados.

Existe un mercado emergente focalizado en las sensaciones que conquista ya todos los ámbitos.

Los placeres 360 grados triunfan la vez que confunden y provocan sensaciones contradictorias en los individuos que no las alcanzan, y que dudan, de si el problema son ellos o es el trabajo que tienen.

La atención del mercado ya no está puesta en la utilidad del producto, sino en las sensaciones que éste provoca y el ambiente placentero en el cual se lo presenta. Hoy parece importar más el packaging, la decoración y el perfume ambiental de la tienda, que la utilidad del producto que vas a comprar.

Se motiva al consumo, ya no por la necesidad del objeto, sino por las sensaciones placenteras que produce el consumir o ” la experiencia del consumo”.

_“Lo importante es que te sientas bien” _ parece ser la consigna primera en estos tiempos. 

Pero sentirse bien todo el tiempo no sólo es imposible, sino que además se convierte en un nuevo mandato.

En esta búsqueda prioritaria por “sentirse bien” parecen ya no importar las consecuencias que produzca este comportamiento masivo hedonista e irresponsable, en una sociedad cada vez más enfocada en el sí mismo y en la búsqueda de la sensación como norma; habituada al dopaje en todas sus variantes como recurso para poder encajar dentro de esta tendencia que sólo admite a una sensación: el placer.

Todas las demás sensaciones quedan vedadas del abanico sensorial contemporáneo. 

Esta búsqueda frenética por el placer 360 grados no está acotada a una juventud ávida de experiencias, sino que ya no tiene límite de edad y nos ha acostumbrado cada vez más a la proliferación de hogares rotos; porque para quien busca un placer siempre renovado, una relación estable o una familia resultan ser también un impedimento. 

Sin embargo, la imposición de la cultura del bienestar es más dañina en aquellas sociedades en las que no se han alcanzado niveles de progreso adecuados, porque esta consigna del placer como objetivo último, aumenta la sensación de precariedad, de sufrimiento, de desigualdad y de resentimiento en poblaciones carenciadas.

Desgraciadamente, se ha malinterpretado al bienestar y se lo ha establecido como a un derecho universal, en vez de entenderlo como al resultado del desbordamiento de la abundancia.

La abundancia que produce el trabajo y su forma de administrarse, es lo que crea el bienestar y no al revés. Y pretender un bienestar sin hipertrabajo, resulta ser un objetivo altamente perjudicial para cualquier sociedad. 

La abundancia es el resultado natural de una sociedad hiperproductiva que enfocada en el trabajo, deja como consecuencia y como opción, la posibilidad de un bienestar.

Pero irónicamente el superhombre productivo es quien menos se permite estos lujos, porque generalmente suele dedicar toda su energía al trabajo y cuando se decide a “estar bien” suele encarar a esta nueva opción de bienestar como a un nuevo target, al que persigue con el mismo ahínco que dedicaba antes al trabajo.

Se vuelca entonces a los deportes, a los viajes y al ocio en general, con el mismo fanatismo con el que se dedicaba antes al trabajo.

Muchos otros, creen que la cultura del bienestar es la posibilidad de vivir sin trabajar y exigen este pseudoderecho que creen que les corresponde para gozar de este imaginario estado, sin percatarse de que en exceso, éste enmascara una sensación latente de inutilidad y de total dependencia.

Sin embargo, los más sensatos, viven al trabajo con el esfuerzo y con la aceptación de sus inevitables luces y sombras, entendiendo al bienestar como a la oportunidad que éste otorga para la desaceleración en todas sus formas.

JR

“Generación Netflix”

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Educar es como caminar sobre una cuerda floja, porque para mantener el equilibrio, uno no puede irse ni demasiado hacia un lado, ni demasiado hacia el otro.

Ni siempre “si” ni siempre “no”, porque cuando todo es “si” se acostumbra al niño a la irrealidad y cuando todo es “no “se lo conduce hacia la frustración y hacia el desánimo.

Los “no” dan valor a los “si” y los “si” dan valor al “no”.

Todo buen funcionamiento responde siempre a un sistema de equilibrios, que actúa de forma alternada según la circunstancia, pero respondiendo a una causa y generando inevitablemente una consecuencia.

Asi funcionó siempre nuestra sociedad: de ambientes muy estructurados y moralistas salieron hijos hippies y rebeldes y de los hippies, salieron hijos que espantados de tanto “omm”, volaron a trabajar a Wall Street.

Para dominar el equilibrio en estos tiempos digitales, mi amigo profesor enseña cada día llevando una peluca de un color distinto a clase. Los niños saben que en su clase hay un ambiente serio para el estudio, pero que en cualquier momento, puede adquirir un tono festivo.

Sólo hay que estar atento a los distintos momentos dentro del aula. Y cuando empieza la fiesta, nadie se corta un pelo  porque… ¿Qué inhibiciones puede tener un niño pequeño que tiene un profesor con peluca?

La generación digital, acostumbrada a aprender, a informarse, a relacionarse, a jugar y a entretenerse a través de una pantalla, necesita de un equilibrio que sólo lo proporciona el contacto humano.  Y la fiesta, también actúa como factor desestructurante y como contrapeso, porque de lo contrario el individuo digital reserva toda su diversión y su risa para el espacio privado que pasa frente a la pantalla. 

El joven actual, acostumbrado a relacionarse virtualmente y con emoticonos, teme con pavor al discurso oral, por eso existen hoy cantidad de cursos para aprender a comunicarse verbalmente con personas off line y jóvenes que no se apañan ni para pedir una pizza por teléfono, sin atolondrarse y estropear el pedido.

La digitalización ha favorecido la hipercomunicación, pero a la vez, ha entumecido la comunicación física a todos los niveles. 

La generación Netflix sólo necesita de wiffi y una buena serie para pasar una buena velada y aquellas antiguas juventudes, desbocadas y alcoholizadas que se evadían en la fiesta permanente, no pertenecen ya a estas juventudes contemporáneas de las que hablo, porque la única adiccion peligrosa de la generación Netflix es el exceso de conectividad.

La generación Netflix disfruta de espacios recreativos individualistas y saludables, es adicta a las series, a los juegos on line y a la vida virtual, pero es consciente de que de vez en cuando, también necesita algunos espacios de alegría off line.

Una parte de esta generación, los mayores, acostumbrados al viejo hábito de conversar y a la reunión social pequeña, la protegen como si fuera un rito antiquísimo que no desean perder; pero en los más jóvenes, la tendencia es diferente.

Al salir de su universo netflico individualista, sus preferencias son participar en eventos masivos de lo más diversos.

Lo mismo participan de la fiesta del Orgullo, como de la celebración de Halloween, del triunfo del campeonato de fútbol, de la feria del pueblo, de los encierros de Pamplona, del  Año nuevo Chino, de la tomatina, de la Maratón contra el Cáncer, o de la Navidad; pero su pasaje de la pantalla a la alegría colectiva continúa esquivando la comunicación, ya que se utiliza a este tipo de eventos únicamente como promotores de alegría masiva y no como encuentros comunicativos entre sus participantes.

De todas maneras, aunque asistan a cualquiera de estos eventos, los individuos Netflix más jovenes suelen pasar más tiempo subiendo fotos y respondiendo a comentarios en Instagram, de lo que están realmente presentes en cualquier celebración.

La fiesta como evento identitario ya no existe para esta generación, porque ellos celebran sólo por celebrar, no buscando identificarse o pertenecer a un grupo, ni tampoco consideran a su participación como a un acto que les vincule especialmente a alguno de estos colectivos. 

La generación Netflix es hija de la generación ideológica y comunitaria; por eso se ha desvinculado de las ideologías con asco y se ha sumado sin compromisos al interés general y al entretenimiento per-se. 

Esta tendencia a la transversalidad es como una línea que no se posiciona ni a la derecha, ni a la izquierda y puede percibirse desde fuera en ocasiones, como a una especie de ignorancia, una tibieza, una falta de interés o simplemente como a la pereza por posicionarse en algún lugar definido, que les obligue a defender y a tener que sostener verbalmente una postura o una opinión por demasiado tiempo. 

(No olvidemos tampoco, que el individuo Netflix está acostumbrado a ser un espectador)

Sin embargo, un individuo verdaderamente transversal es en realidad, aquel que renuncia a colocar sus ideas en el espectro político clásico de izquierda o derecha indefinidamente y que habita en una diagonal que toca puntos distintos y alternos, según la circunstancia.

Muchos lo llamarán oportunismo o conveniencia; pero para el hombre Netflix esto implica un ensanchamiento en la mirada, que ya la transversalidad  no queda aprisionada en la ideología o en la visión pautada y fija de una comunidad identitaria. 

Los políticos tradicionales, que contaron siempre con apoyos ideológicos eternos e incondicionales (uno nacía y moría comunista, liberal, demócrata, republicano, católico o musulman) ya no pueden contar con seguridad con esta generación hiperconectada, hiperinformada e hipercomunicada; que habita un mundo hiperdinámico de consumos, de información, de entretenimiento, de redes y de cambio; que detesta la televisión común, desconfia de las noticias, evita los telediarios y no conoce ni concibe alianzas eternas con nadie.  Y que dirige su voto de la misma forma en que vive; mutando transversalmente de serie, según el perfil.

 

JR

 

 

 

“Homo Medicus”

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La civilización saludable, que ya no sufre epidemias que diezmen poblaciones enteras, padece sin embargo, de muchos otros males.

Hoy las obsesiones son el tiempo y la salud.

En la actualidad la vida eterna ha dejado de ser un tema religioso para convertirse en un tema científico y mientras se cantan los salmos en las iglesias y se jura creer en la resurrección y en el reino de los cielos, al salir de allí, todos corren a apuntarse a la lista de espera de la clínica privada que antes les ofrezca una vida eterna aquí en la tierra.

La realidad es que nuestra obsesión por el cuerpo y por los placeres mundanos supera hoy a cualquier fe.

Nadie quiere irse, ni aunque le prometan encontrarse con Elvis en el cielo; en ese caso, argumentaríamos que Elvis sigue vivo y nos quedaríamos con la excusa de encontrarle.

Lo curioso es que la obsesión por la salud no aparezca en la enfermedad, sino cuando uno está sano.

Los sanos son quienes están obsesionados ahora con la salud y a esto se le llama “medicina preventiva”.

Vamos jugando a prevenir enfermedades de las que aún se desconoce su origen, con cualquier cosa que se ponga de moda; un día es el tomate, la semana que viene la soja, la siguiente la manzana y así nos mantienen entretenidos y probándolo todo, cual ratas de laboratorio.

Míentras uno está sano, en vez de disfrutar, vive preocupado por enfermar. O como dicen los apóstoles de la prevención “los sanos sólo son los enfermos del mañana”.

Un amigo mio toma tantas pastillas preventivas, que nunca sabremos cuál de todas ellas, es la que le mantiene tan espléndido.

Me ha dado varias, pero he decidido alternarlas cada tres meses, así en caso de que muera, podré saber cuál de todas me ha matado y hacer mi pequeño aporte a la comunidad científica.

También están los anti- todo, esos que están en contra de las vacunas, de los antibióticos, de la legalización de la marihuana, de la fertilización in vitro y de todos los avances. Sin duda esos son los peores, porque han hecho resurgir enfermedades ya erradicadas en el mundo, por su obsesión a llevar siempre la contraria con una descarada tendencia a la ignorancia.

La cultura preventiva nos exige además de ejercicio y de una alimentación milimetrada, (en donde uno en vez de comer, suma y resta), una preservación adecuada para poder morir pareciendo joven, con los dientes blanqueados y el botox aún tirante y quien imagine a la vejez como a una etapa relajada, debo decirle que está totalmente equivocado.

Con la primera arruga se desata una guerra que uno sabe de antemano que no podrá ganar, pero de todas maneras, se alista para lucharla. Finalmente, cuando alguno se asome al cajón comprobará que con 90 parecía aún de 30 y en la lápida inscribiremos “aquí yace un hombre que a pesar de ser ateo, creía en la vida eterna”.

Ahora también es muy común que las madres primerizas enloquezcan con la obsesión de la salud y la higiene de los hijos después del primer parto.

No importa que la humanidad no haya visto jamas una época más desinfectada que ésta, ellas temen obsesivamente a todos los contagios y van ahuyentando poco a poco a los amigos, a los familiares e incluso a los maridos, si no cumplen sus estándares de limpieza y desinfección a rajatabla, hasta que el niño cumpla los 18.

Y a pesar de tener tanto internet disponible, no hay aún nadie tan valiente en esas nubes, como para convencerles de que la única enfermedad contagiosa, se esconde dentro de esos cerebros tan desinfectados.

Yo recuerdo el nacimiento de mi primer hijo y mi angustia al pensar cómo alguien como yo, iba a poder mantener vivo a ese diminuto ser humano.

Mi madre me tranquilizó diciéndome que vivir siempre había sido peligroso, y si la superpoblación mundial había podido superar sin inconvenientes todos esos peligros, había muchas garantías de supervivencia. 

Y tuvo razón. Mi hijo sobrevive y esos seres humanos diminutos, no son tan frágiles como parecen.

Una amiga mía no sólo temía a los contagios, sino que cada vez que el niño lloraba le echaba la culpa a alguien. Decía que alguno le había echado al niño un “mal de ojo”. Ante semejantes temores evitaba visitarla, a menos que hubiera otras personas presentes, a quienes pudiera acusar de tener un hijo tan llorica y malcriado.

La auto medicación, tan criticada pero tan necesaria en lugares en donde la sanidad está colapsada por nimiedades, es quien ha mantenido a todos mis hijos sanos.

He aprendido a curar resfríos, gripes, neumonías, anginas, ulticarías, picaduras, cortes, quemaduras leves, inmsonios y ansiedades, sin pisar nunca un consultorio médico y evitando así, pasar horas esperando a que me atiendan, mientras nos contagiábamos de todos los virus de la sala de espera.

A pesar de tener un seguro privado me considero, por ahora, uno de sus mejores clientes, porque sólo he acudido a la consulta para vacunar y para que nos cosan las brechas de la bicicleta, y eso, sólo porque la aguja aún no la domino a la perfección.

Pero creo que un buen curso de enfermería debería ser obligatorio en la escuela secundaria, dado que la sanidad pública está cada vez más colapsada y corta de presupuesto, y la gente cada vez más obsesionada con su salud.

¡Qué sería de nosotros sin la auto medicación! ¡Conseguir droga es hoy mucho más fácil que conseguir un antibiótico! Tienes que terminar ingresado con neumonía para que te receten uno, porque la sola pronunciación de la palabra “antibiótico” es hoy un pecado mortal. Y como todo lo prohibido, goza ya de su propio mercado negro.

Pero de todas ellas, son las nuevas enfermedades psicológicas, las que se curan mejor, porque éstas sólo necesitan de un buen proceso de limpieza y reseteo.

Sólo necesitas a alguien que sepa contar buenas historias y que esté un poco más loco que tú, para superarlas. Vuelves a casa sintiéndote cuerdo y hasta un poco rancio y aburrido en comparación, y cansado de darle siempre tantas vueltas al mismo problema.

La mente necesita, cada tanto, dar un salto cuántico porque ésta no tiene otra solución, que cambiar radicalmente de órbita de vez en cuando para mantenerse sana. 

Mi hijo de 10 años cuando tiene insomnio o está nervioso baja a mi habitación, le medico con un “tic tac” de naranja y duerme como un ángel y cuando le subo un poco la dosis, se queda dormido en la escalera y tengo que llevarle hasta su cama en brazos.

Así funciona la homeopatía y así se curan las mentes: sólo necesitas un poco de fe y alguien de mucha confianza. 

A todos nos asusta la enfermedad, pero lo que más miedo miedo nos da, es el dolor.

Yo he estado enfermo pocas veces, pero no tengo dudas de que la enfermedad es lo que te desapega de la vida y funciona como una ayuda para marcharse sin tantas resistencias.

Cuando te sientes muy mal, el mundo desaparece y es mucho más fácil decir adiós. 

Una vez me descompuse en un barco y sentí que iba a morir. Quedé abrazado a una papelera junto a algunos turistas chinos que sollozaban y vomitaban a mi lado. Me olvide de mis hijos, (que andaban por ahí dentro del barco) y de todo lo demás.

Morir en ese momento hubiera sido un alivio. Me hubiera ido ese día sin ninguna resistencia y sin ningún apego, con tal de escapar a ese malestar y poder soltar de una vez esa papelera.

Es el bienestar y nuestro mundo confortable y afectivo lo que nos apega a la vida, es por eso que la vida ha cobrado una dimensión diferente en estos tiempos tan saludables.

Las vidas miserables, las vidas con dolor, no valen tanto, ni provocan tanto apego.

Está muy bien cuidarse, pero el cuidado no debería impedirnos ni la vida, ni sus encantos. 

Hay incluso gente que no se enamora para no sufrir. ¿Y así es como vivimos? ¿Evitando vivir?

Está claro que estar vivo conlleva siempre algunos riesgos, pero no somos ni tan frágiles ni tan necesarios como creemos ser y la muerte nos lo recuerda siempre, sin preservar eternamente a ninguno.

Ella se lleva a todos sin distinción y no ha hecho excepciones, ni con los Mozarts, ni con los Jesucristos, ni con los Einsteins, porque no considera que nadie sea imprescindible.

La vida es sólo una oportunidad que nos durará poco tiempo y deberíamos aprovecharla sin tantos miedos; porque vivir siempre ha sido peligroso, lo otro, se llama “vida preventiva”. 

JR