“Generación Netflix”

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Educar es como caminar sobre una cuerda floja, porque para mantener el equilibrio, uno no puede irse ni demasiado hacia un lado, ni demasiado hacia el otro.

Ni siempre “si” ni siempre “no”, porque cuando todo es “si” se acostumbra al niño a la irrealidad y cuando todo es “no “se lo conduce hacia la frustración y hacia el desánimo.

Los “no” dan valor a los “si” y los “si” dan valor al “no”.

Todo buen funcionamiento responde siempre a un sistema de equilibrios, que actúa de forma alternada según la circunstancia, pero respondiendo a una causa y generando inevitablemente una consecuencia.

Asi funcionó siempre nuestra sociedad: de ambientes muy estructurados y moralistas salieron hijos hippies y rebeldes y de los hippies, salieron hijos que espantados de tanto “omm”, volaron a trabajar a Wall Street.

Para dominar el equilibrio en estos tiempos digitales, mi amigo profesor enseña cada día llevando una peluca de un color distinto a clase. Los niños saben que en su clase hay un ambiente serio para el estudio, pero que en cualquier momento, puede adquirir un tono festivo.

Sólo hay que estar atento a los distintos momentos dentro del aula. Y cuando empieza la fiesta, nadie se corta un pelo  porque… ¿Qué inhibiciones puede tener un niño pequeño que tiene un profesor con peluca?

La generación digital, acostumbrada a aprender, a informarse, a relacionarse, a jugar y a entretenerse a través de una pantalla, necesita de un equilibrio que sólo lo proporciona el contacto humano.  Y la fiesta, también actúa como factor desestructurante y como contrapeso, porque de lo contrario el individuo digital reserva toda su diversión y su risa para el espacio privado que pasa frente a la pantalla. 

El joven actual, acostumbrado a relacionarse virtualmente y con emoticonos, teme con pavor al discurso oral, por eso existen hoy cantidad de cursos para aprender a comunicarse verbalmente con personas off line y jóvenes que no se apañan ni para pedir una pizza por teléfono, sin atolondrarse y estropear el pedido.

La digitalización ha favorecido la hipercomunicación, pero a la vez, ha entumecido la comunicación física a todos los niveles. 

La generación Netflix sólo necesita de wiffi y una buena serie para pasar una buena velada y aquellas antiguas juventudes, desbocadas y alcoholizadas que se evadían en la fiesta permanente, no pertenecen ya a estas juventudes contemporáneas de las que hablo, porque la única adiccion peligrosa de la generación Netflix es el exceso de conectividad.

La generación Netflix disfruta de espacios recreativos individualistas y saludables, es adicta a las series, a los juegos on line y a la vida virtual, pero es consciente de que de vez en cuando, también necesita algunos espacios de alegría off line.

Una parte de esta generación, los mayores, acostumbrados al viejo hábito de conversar y a la reunión social pequeña, la protegen como si fuera un rito antiquísimo que no desean perder; pero en los más jóvenes, la tendencia es diferente.

Al salir de su universo netflico individualista, sus preferencias son participar en eventos masivos de lo más diversos.

Lo mismo participan de la fiesta del Orgullo, como de la celebración de Halloween, del triunfo del campeonato de fútbol, de la feria del pueblo, de los encierros de Pamplona, del  Año nuevo Chino, de la tomatina, de la Maratón contra el Cáncer, o de la Navidad; pero su pasaje de la pantalla a la alegría colectiva continúa esquivando la comunicación, ya que se utiliza a este tipo de eventos únicamente como promotores de alegría masiva y no como encuentros comunicativos entre sus participantes.

De todas maneras, aunque asistan a cualquiera de estos eventos, los individuos Netflix más jovenes suelen pasar más tiempo subiendo fotos y respondiendo a comentarios en Instagram, de lo que están realmente presentes en cualquier celebración.

La fiesta como evento identitario ya no existe para esta generación, porque ellos celebran sólo por celebrar, no buscando identificarse o pertenecer a un grupo, ni tampoco consideran a su participación como a un acto que les vincule especialmente a alguno de estos colectivos. 

La generación Netflix es hija de la generación ideológica y comunitaria; por eso se ha desvinculado de las ideologías con asco y se ha sumado sin compromisos al interés general y al entretenimiento per-se. 

Esta tendencia a la transversalidad es como una línea que no se posiciona ni a la derecha, ni a la izquierda y puede percibirse desde fuera en ocasiones, como a una especie de ignorancia, una tibieza, una falta de interés o simplemente como a la pereza por posicionarse en algún lugar definido, que les obligue a defender y a tener que sostener verbalmente una postura o una opinión por demasiado tiempo. 

(No olvidemos tampoco, que el individuo Netflix está acostumbrado a ser un espectador)

Sin embargo, un individuo verdaderamente transversal es en realidad, aquel que renuncia a colocar sus ideas en el espectro político clásico de izquierda o derecha indefinidamente y que habita en una diagonal que toca puntos distintos y alternos, según la circunstancia.

Muchos lo llamarán oportunismo o conveniencia; pero para el hombre Netflix esto implica un ensanchamiento en la mirada, que ya la transversalidad  no queda aprisionada en la ideología o en la visión pautada y fija de una comunidad identitaria. 

Los políticos tradicionales, que contaron siempre con apoyos ideológicos eternos e incondicionales (uno nacía y moría comunista, liberal, demócrata, republicano, católico o musulman) ya no pueden contar con seguridad con esta generación hiperconectada, hiperinformada e hipercomunicada; que habita un mundo hiperdinámico de consumos, de información, de entretenimiento, de redes y de cambio; que detesta la televisión común, desconfia de las noticias, evita los telediarios y no conoce ni concibe alianzas eternas con nadie.  Y que dirige su voto de la misma forma en que vive; mutando transversalmente de serie, según el perfil.

 

JR

 

 

 

“Homo Medicus”

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La civilización saludable, que ya no sufre epidemias que diezmen poblaciones enteras, padece sin embargo, de muchos otros males.

Hoy las obsesiones son el tiempo y la salud.

En la actualidad la vida eterna ha dejado de ser un tema religioso para convertirse en un tema científico y mientras se cantan los salmos en las iglesias y se jura creer en la resurrección y en el reino de los cielos, al salir de allí, todos corren a apuntarse a la lista de espera de la clínica privada que antes les ofrezca una vida eterna aquí en la tierra.

La realidad es que nuestra obsesión por el cuerpo y por los placeres mundanos supera hoy a cualquier fe.

Nadie quiere irse, ni aunque le prometan encontrarse con Elvis en el cielo; en ese caso, argumentaríamos que Elvis sigue vivo y nos quedaríamos con la excusa de encontrarle.

Lo curioso es que la obsesión por la salud no aparezca en la enfermedad, sino cuando uno está sano.

Los sanos son quienes están obsesionados ahora con la salud y a esto se le llama “medicina preventiva”.

Vamos jugando a prevenir enfermedades de las que aún se desconoce su origen, con cualquier cosa que se ponga de moda; un día es el tomate, la semana que viene la soja, la siguiente la manzana y así nos mantienen entretenidos y probándolo todo, cual ratas de laboratorio.

Míentras uno está sano, en vez de disfrutar, vive preocupado por enfermar. O como dicen los apóstoles de la prevención “los sanos sólo son los enfermos del mañana”.

Un amigo mio toma tantas pastillas preventivas, que nunca sabremos cuál de todas ellas, es la que le mantiene tan espléndido.

Me ha dado varias, pero he decidido alternarlas cada tres meses, así en caso de que muera, podré saber cuál de todas me ha matado y hacer mi pequeño aporte a la comunidad científica.

También están los anti- todo, esos que están en contra de las vacunas, de los antibióticos, de la legalización de la marihuana, de la fertilización in vitro y de todos los avances. Sin duda esos son los peores, porque han hecho resurgir enfermedades ya erradicadas en el mundo, por su obsesión a llevar siempre la contraria con una descarada tendencia a la ignorancia.

La cultura preventiva nos exige además de ejercicio y de una alimentación milimetrada, (en donde uno en vez de comer, suma y resta), una preservación adecuada para poder morir pareciendo joven, con los dientes blanqueados y el botox aún tirante y quien imagine a la vejez como a una etapa relajada, debo decirle que está totalmente equivocado.

Con la primera arruga se desata una guerra que uno sabe de antemano que no podrá ganar, pero de todas maneras, se alista para lucharla. Finalmente, cuando alguno se asome al cajón comprobará que con 90 parecía aún de 30 y en la lápida inscribiremos “aquí yace un hombre que a pesar de ser ateo, creía en la vida eterna”.

Ahora también es muy común que las madres primerizas enloquezcan con la obsesión de la salud y la higiene de los hijos después del primer parto.

No importa que la humanidad no haya visto jamas una época más desinfectada que ésta, ellas temen obsesivamente a todos los contagios y van ahuyentando poco a poco a los amigos, a los familiares e incluso a los maridos, si no cumplen sus estándares de limpieza y desinfección a rajatabla, hasta que el niño cumpla los 18.

Y a pesar de tener tanto internet disponible, no hay aún nadie tan valiente en esas nubes, como para convencerles de que la única enfermedad contagiosa, se esconde dentro de esos cerebros tan desinfectados.

Yo recuerdo el nacimiento de mi primer hijo y mi angustia al pensar cómo alguien como yo, iba a poder mantener vivo a ese diminuto ser humano.

Mi madre me tranquilizó diciéndome que vivir siempre había sido peligroso, y si la superpoblación mundial había podido superar sin inconvenientes todos esos peligros, había muchas garantías de supervivencia. 

Y tuvo razón. Mi hijo sobrevive y esos seres humanos diminutos, no son tan frágiles como parecen.

Una amiga mía no sólo temía a los contagios, sino que cada vez que el niño lloraba le echaba la culpa a alguien. Decía que alguno le había echado al niño un “mal de ojo”. Ante semejantes temores evitaba visitarla, a menos que hubiera otras personas presentes, a quienes pudiera acusar de tener un hijo tan llorica y malcriado.

La auto medicación, tan criticada pero tan necesaria en lugares en donde la sanidad está colapsada por nimiedades, es quien ha mantenido a todos mis hijos sanos.

He aprendido a curar resfríos, gripes, neumonías, anginas, ulticarías, picaduras, cortes, quemaduras leves, inmsonios y ansiedades, sin pisar nunca un consultorio médico y evitando así, pasar horas esperando a que me atiendan, mientras nos contagiábamos de todos los virus de la sala de espera.

A pesar de tener un seguro privado me considero, por ahora, uno de sus mejores clientes, porque sólo he acudido a la consulta para vacunar y para que nos cosan las brechas de la bicicleta, y eso, sólo porque la aguja aún no la domino a la perfección.

Pero creo que un buen curso de enfermería debería ser obligatorio en la escuela secundaria, dado que la sanidad pública está cada vez más colapsada y corta de presupuesto, y la gente cada vez más obsesionada con su salud.

¡Qué sería de nosotros sin la auto medicación! ¡Conseguir droga es hoy mucho más fácil que conseguir un antibiótico! Tienes que terminar ingresado con neumonía para que te receten uno, porque la sola pronunciación de la palabra “antibiótico” es hoy un pecado mortal. Y como todo lo prohibido, goza ya de su propio mercado negro.

Pero de todas ellas, son las nuevas enfermedades psicológicas, las que se curan mejor, porque éstas sólo necesitan de un buen proceso de limpieza y reseteo.

Sólo necesitas a alguien que sepa contar buenas historias y que esté un poco más loco que tú, para superarlas. Vuelves a casa sintiéndote cuerdo y hasta un poco rancio y aburrido en comparación, y cansado de darle siempre tantas vueltas al mismo problema.

La mente necesita, cada tanto, dar un salto cuántico porque ésta no tiene otra solución, que cambiar radicalmente de órbita de vez en cuando para mantenerse sana. 

Mi hijo de 10 años cuando tiene insomnio o está nervioso baja a mi habitación, le medico con un “tic tac” de naranja y duerme como un ángel y cuando le subo un poco la dosis, se queda dormido en la escalera y tengo que llevarle hasta su cama en brazos.

Así funciona la homeopatía y así se curan las mentes: sólo necesitas un poco de fe y alguien de mucha confianza. 

A todos nos asusta la enfermedad, pero lo que más miedo miedo nos da, es el dolor.

Yo he estado enfermo pocas veces, pero no tengo dudas de que la enfermedad es lo que te desapega de la vida y funciona como una ayuda para marcharse sin tantas resistencias.

Cuando te sientes muy mal, el mundo desaparece y es mucho más fácil decir adiós. 

Una vez me descompuse en un barco y sentí que iba a morir. Quedé abrazado a una papelera junto a algunos turistas chinos que sollozaban y vomitaban a mi lado. Me olvide de mis hijos, (que andaban por ahí dentro del barco) y de todo lo demás.

Morir en ese momento hubiera sido un alivio. Me hubiera ido ese día sin ninguna resistencia y sin ningún apego, con tal de escapar a ese malestar y poder soltar de una vez esa papelera.

Es el bienestar y nuestro mundo confortable y afectivo lo que nos apega a la vida, es por eso que la vida ha cobrado una dimensión diferente en estos tiempos tan saludables.

Las vidas miserables, las vidas con dolor, no valen tanto, ni provocan tanto apego.

Está muy bien cuidarse, pero el cuidado no debería impedirnos ni la vida, ni sus encantos. 

Hay incluso gente que no se enamora para no sufrir. ¿Y así es como vivimos? ¿Evitando vivir?

Está claro que estar vivo conlleva siempre algunos riesgos, pero no somos ni tan frágiles ni tan necesarios como creemos ser y la muerte nos lo recuerda siempre, sin preservar eternamente a ninguno.

Ella se lleva a todos sin distinción y no ha hecho excepciones, ni con los Mozarts, ni con los Jesucristos, ni con los Einsteins, porque no considera que nadie sea imprescindible.

La vida es sólo una oportunidad que nos durará poco tiempo y deberíamos aprovecharla sin tantos miedos; porque vivir siempre ha sido peligroso, lo otro, se llama “vida preventiva”. 

JR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La letra Pequeña del Sueño”

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Cuando éramos niños y admirábamos con mis hermanos los yates majestuosos en los puertos, mi madre nos decía que esos enormes y preciosos yates, daban muchísimo trabajo a sus dueños.

De esa forma entendimos desde chicos que la riqueza era también una preocupación y algo sólo concebido para unos pocos.    

Desistimos así y sin ningún sufrimiento, de perseguir objetivos excéntricos o inalcanzables, a la vez que comprendimos que no teníamos tampoco la obligación de cumplir expectativas parentales de riqueza.

Hoy en cambio, los padres admiran y fomentan el deseo de riqueza frente a sus hijos ¿Quién no ha visto a un padre soñar con tener un hijo millonario o famoso como Messi, para que mantenga a toda la familia?

¿Y quién no ha visto a esos pobres pequeños que en cada partido corren por conseguir el sueño del padre ambicioso y que por desgracia sólo cumplirán muy pocos?

Al resto nos queda ser gente normal, trabajadora, emprendedora, feliz en lo nuestro, de esa que alquila un pedalin en la playa y se lo pasa de miedo.

En el mundo moderno se nos incita a soñar continuamente, pero no como sueña mi gato; (quien según mi hija pasará el 70 por ciento de su vida durmiendo); sino como sueñan los hombres, que no nos conformamos sólo con existir como el gato, sino que deseamos “ hacer”, “ser alguien”, “dejar un legado”, “cambiar algo”.

Sin duda todos debemos soñar, hacer e intentar dejar nuestro pequeño mundo mejor a cómo lo encontramos. Pero este objetivo parece no ser suficiente, si no somos vistos, reconocidos, exitosos y famosos.

Ya lo decía Nietzsche con su voluntad de poder, que lo que nos hace hombres es esa voluntad de superarnos, de querer dejar un rastro visible que nos haga sentir vivos y así dejar de ser sólo seres que existen.

Pero en estos tiempos de hiperconsumo la falta de reconocimiento o de éxito material no sólo provoca un sufrimiento extremo por las privaciones materiales que ofrece, sino que afecta psicológicamente a los individuos que la experimentan como a una crisis de identidad; una experiencia humillante y deprimente que acarrea sentimientos de vergüenza y de auto devaluación.

Hoy en día las enfermedades psicológicas están a la orden del día en todas sus variantes, y es que el “no cumplimiento del sueño” ha disparado enormemente  unos índices de depresión y de violencia alarmantes, porque esta nueva precariedad ( ya sea material o de reconocimiento) ha fomentado a un individuo que se descalifica sistemáticamente a sí mismo y está además ofendido con el entorno que según él, no le ha permitido cumplir el sueño del éxito.

La mala interpretación del sueño americano es interpretarlo como éxito y reconocimiento, en vez de entenderlo como a la  posibilidad de progreso y de superación que ofrecía America.

Lo que nadie nos cuenta es que el progreso duele, es incómodo, es madrugador, pasa noches en vela, no tiene fines de semana y trabaja hasta el cansancio, pero el éxito contemporáneo que desean algunos es instantáneo e indoloro. 

Todo aquel que sueña debería informarse bien sobre las condiciones y efectos secundarios de cada tipo de sueño, (esas que vienen en letra pequeña y que nadie te lee para no quedar como un pesimista).

Hoy el “american dream” es el emblema de la mentalidad occidental, que aspira a mejorar y a mejorarse, a superar y a superarse, pero quien lo identifique únicamente con el éxito material o con el reconocimiento, no encontrará en ese sueño realización, sino sufrimiento y frustración.

El éxito, entendido como reconocimiento y riqueza, lo consiguen poquísimos en vida, otros pocos después de muertos, algunos con suerte a los ojos de sus familiares y amigos, y el resto no lo consigue jamás.

La incitación permanente a “soñar”  ha generado sorpresivamente altos índices de frustración y de descontento, en aquellos que creían que perseguir el sueño les llevaría sin escalas al yate y se derrumban anímicamente cuando se ven remando un bote alquilado en el lago de El Retiro.

La “Relatividad” debería ser lo primero en enseñarse a los niños en la escuela, porque de todas las teorías resulta ser la más necesaria para aprender a mirar y a enfocar correctamente todas las cosas. Algo que para alguien es un bote alquilado, para otro es el paseo más relajante del mundo. Y así sucede con todas las demás cosas.

La disciplina, algo que hoy se asocia casi con el maltrato infantil, debería retomarse también y sin dudar, ( por supuesto sin la incoherencia y la violencia del siglo XIX), si el objetivo de la nueva población será la de cumplir sus sueños.

Una disciplina equilibrada ayuda sin duda a formar el carácter y a fortalecer la psiquis que se necesita para afrontar las dificultades, las pérdidas y las desilusiones que a todos nos deparará la vida.

Sin embargo, la educación hiperpsicologizada contemporánea, contraria a cualquier tipo de límite, responsabilidad o sanción, que evita exponer al niño a cualquier tipo de frustración, ha creado a individuos volátiles y débiles psíquicamente, sin fronteras de contención ni fortaleza; acostumbrados a la felicidad inmediata y efervescente que les proporciona su mundo familiar, que se va amoldando gustoso e inmediatamente a todas sus necesidades y antojos. Niños que tiempo después en la vida adulta, sienten que el mundo les ha traicionado.

Para formar a hombres fuertes, hay que educar a niños flexibles en la mirada y resistentes en el carácter, porque aunque la publicidad engañosa nos venda como fáciles y posibles todos los sueños, los sueños suelen ser siempre muy duros y suelen estar muchas veces escondidos en lugares poco vistosos y en donde menos te los esperas.

JR

 

 

 

 

 

“La Reivindicación del Resentido”

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La crítica actual al mundo capitalista tiene muchos enfoques. Algunos desean una redistribución de la riqueza más equitativa que promueva las oportunidades y en consecuencia el acceso al bienestar material de todas las personas y de los paises menos desarrollados; pero sin condenar al bienestar material, sino todo lo contrario, exigiendo que todos puedan, en mayor o menor medida, tener acceso a el.

Hay sin embargo, otra postura mucho más extrema cuya queja se parece más al resentimiento, que a la reinvidicacion de un progreso para todos.

Esta tendencia crece cada vez más en los movimientos de izquierdas, que lejos de promover el progreso para todos, lo bloquea sistemáticamente, con la excusa de sus inamovibles y sagradas  convicciones anticapitalistas.

Estas convicciones sin embargo, mutan rápidamente en cuanto son ellos quienes acceden al capital. Y se mudan de aquel piso humilde en el que vivían, a un chalet de lujo acorde con su cargo y diametralmente opuesto a su discurso anti capitalista y antiprogreso.

Estos movimientos de izquierdas se parecen más a un partido del resentimiento organizado, que a una convicción política y pierden toda credibilidad y todo el respeto de sus votantes, que se sienten desconcertados al presenciar el cambio radical en el accionar de sus líderes en cuanto acceden al dinero público.

Estos partidos de ultra izquierda que nacieron en España con el descontento popular de una crisis económica y que hoy ocupan escaños en el Congreso de los Diputados, han incrementado su patrimonio personal enormemente, pero no han generado ningún progreso ni propiciado un mayor bienestar en la realidad de sus votantes, quienes hoy siguen descontentos y votarán en una gran mayoría a partidos de ultra derecha en las próximas elecciones.

Este giro de 180 grados parece ser inexplicable, pero no lo es, porque el descontento perdura y busca hoy quien le represente mejor. 

Hoy Páblo Iglesias no parece estar tan descontento como antes, gracias a su nueva realidad y por lo tanto, no representa a los actuales descontentos españoles en absoluto.

Pablo se ha quedado con el grupo de gente que sostiene sus mismos principios;   profesionales del discurso que saben cómo apelar a la conciencia y a los valores del resentido; esa pseudo convicción política antisistema, que se apacigua rápidamente después de un baño en una bonita piscina.

JR

( foto de la piscina de Pablo Iglesias, líder de Podemos, partido comunista bolivariano)

“DATAFOBIA”

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Muchos afirman que en donde hablan los datos se callan todas las teorías, pero yo creo que inevitablemente, siempre surgen otras nuevas.

Uno solía leer datos y porcentajes en revistas financieras y científicas; pero hoy están en todos los artículos filosóficos, porque esta nueva tendencia: “el dataismo” ha generado una euforia, típica del deslumbramiento que produce lo nuevo y sostiene que todo aquello que pueda ser medido, debe ser medido y contabilizado.

Estas nuevas corrientes que consideran al dato y a la información obtenida (el big data) como a la única e irrefutable verdad, sostienen que el dato proporciona una información absoluta e incomparable sobre el ser humano desde todas las perspectivas posibles.

Y seguramente sea cierto, ya que controlan cada una de las entradas que hacemos en internet, ya sea para comprar, consultar, opinar, “compartir”o leer.

¿Pero controlar es conocer? 

El ser humano tiene un estilo mucho mas lineal y narrativo que el dato, como creo que es también el estilo de la historia, de la vida, del autoconocimiento, el de todos los procesos y también el de la Filosofía.

Mientras que el dato es algo acabado y cerrado, sin continuidad, el ser humano es un “human being” o un humano que “está siendo”, por lo cual nunca es algo terminado.

El dataismo asusta igual que cualquier otra ideología extremista, porque vaya uno a saber quién y cómo controla todos esos datos y con qué beneficio.

La utilidad del dato está principalmente enfocada hacia fines económicos y políticos y resulta alarmante cómo dentro de este nuevo sistema, se han establecido distintos grupos sociales o castas, que nos agrupan según nuestro perfil de consumo, nivel económico, social y tendencia política.

Uno se pregunta con cierto resquemor en cuál de todos estos nuevos estratos psicopoliticos y socioeconómicos estará ubicado y reza para no pertenecer al grupo al que ellos bautizaron internamente como “waste” (desperdicio o basura); porque con tanto reciclaje, uno teme que los verdes le conviertan en mobiliario o en tinta de impresora 3 D en caso de extrema necesidad.

El dataismo no es un fenómeno aislado, sino que es una tendencia bastante contagiosa y avanza como las pestes del medioevo.

Nos hemos acostumbrado a controlarlo todo, numerando y contabilizando hasta las respiraciones diarias, a modo de medicina preventiva. 

Y en cada paseo turístico oigo a algún viejecito  que comenta _ “Hoy anduve 3 kilómetros, 3 mil pasos y tuve un millón y medio de pulsaciones por segundo”_  y yo pienso para mis adentros: qué pérdida de tiempo para alguien tan anciano el haberse puesto a contar y haberse perdido de disfrutar del paseo, siendo candidato a quedarle tan pocos.

Pero contabilizarse el rendimiento, las calorías, la temperatura corporal, la glucosa en sangre, se ha establecido hoy como una forma de autocontrol saludable, mucho más que disfrutar de los momentos de felicidad, que son justamente esos, en los que uno se olvida de contar y el tiempo pasa volando.

Hoy se miden las pulsaciones incluso aquellos que practican meditación; esas prácticas espirituales que importaron desde la India a Occidente y que ahora se usan aquí con fines anti estrés; pero sus practicantes curiosamente no dejan nunca de contar, para ver si mañana superan o disminuyen el rendimiento espiritual y lo suben al Facebook

Yo me lo imagino al Budha observando a estos extremistas del rendimiento con las pulseras de cuentas tibetanas y el iWatch en la misma muñeca, midiendo a base de pulsaciones los likes del nirvana.

Hay en la autogestión de esta contabilidad autómata, típica del dataismo, una falta de profundidad y de sentido alarmantes, que en la juventud uno hasta perdona, pero en la vejez resulta irritante.

Y a uno se le viene entonces a la cabeza aquella casta dataista “waste” y se enfoca entonces en no desperdiciar con gilipolleces el poco tiempo que le queda.

Este dataismo es eso mismo que enferma a algunas mentes digitales, que piensan que la vida empieza y acaba en un Mac Book, en la partida de fortnite, en la opinión de un hater, en la cantidad de likes o de retuits o en la selfie de Instagram y que el paisaje que se ve a través de la ventana, es sólo una locación 6 D de realidad virtual.

O esos que escogen a la novia llenando una planilla que les asegure al menos un 80 por ciento de probabilidades de éxito, porque el objetivo es la eficiencia y el rendimiento más óptimo, incluso en la vida conyugal.

Y cuentan las copulas y los orgasmos semanales con especial detalle, para mantener el rendimiento adecuado y poder llamar al abogado a tiempo en caso contrario y así no perder la posibilidad de encontrar a Grey.

La infalibilidad y el máximo rendimiento son la finalidad última del dato, no lo es la felicidad, la construcción, el conocimiento, ni la experiencia.

Pareciera que uno ya no tiene tiempo ni de enamorarse, ni de equivocarse con tanto posgrado por delante y tanto menos de sufrir, si el dolor puede ser evitado con pastillas o con un buen dato recopilado a tiempo.

Todo está automatizado y librado al dato como hacían nuestras abuelas con el tarot. Uno se fía hoy ciegamente del dato, como lo hacían ellas antaño de la superstición.

Y hay que ver las caras de sorpresa después de cada elección presidencial. Los datos de la intención de voto nunca coinciden con los resultados. Y es que la gente aprende rápidamente a callar y a mentir, cuando se siente tan controlada.

Reconozco que frente a este nuevo KGB digital soy impotente, pero mi derecho a la resistencia lo ejerzo igualmente y lo aplico ocultando siempre mi información, usando perfiles falsos y múltiples, según el medio y mintiendo sistemáticamente en todas las encuestas.

Los dataistas no soportan ni la espera, ni el riesgo y desean contabilizar, manipular y organizarnos a todos el futuro, diciéndonos además, que nos hacen un favor y que todo es para que estemos más cómodos. Cuando la realidad es que tu data la utilizará siempre aquel a quien menos le importas.

Mi resistencia a su promesa de “veracidad” es mentir todo lo posible, para que todos los datos les salgan siempre mal y para que vean que los seres humanos, aún tenemos algunos recursos para hacer valer nuestro derecho al secreto.

JR

 

 

“ La infalibilidad del Big Data no ha tenido en cuenta ni a los mentirosos, ni a los impredecibles” JR

 

 

 

 

 

 

“La Democratización de la Vigilancia”

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Cuando necesito información sobre alguien, lo mejor es consultárselo a mi sobrina de quince años, quien a pesar de su cara de ángel, se ha convertido en una efectiva espía digital.

Ella sabe adonde están todos sus conocidos, amigos, familiares y vecinos en tiempo real, donde veranean, donde compran, donde cenaron anoche, cuando salen y cuando regresan de viaje e incluso en qué hotel se han hospedado y hasta los lugares que han visitado.

Ella no accede a toda esta data de forma ilegal, sino que esta información es ofrecida y expuesta por los vigilados de forma voluntaria. 

Pero curiosamente, no encontrarás información sobre ella en las redes sociales, porque mi sobrina ha descubierto que el poder no está en mostrarse y en exponerse, sino en observar sin ser visto.

La transparencia voluntaria a la que nos prestamos gustosos en estos tiempos, sin que nadie nos obligue a ella, nos expone y nos convierte en seres vigilados por entes invisibles.

En un principio la idea de la red social era que la vigilancia fuera mutua o recíproca, porque esto equiparaba entonces el poder. Si yo sé todo sobre ti, pero tú sabes todo sobre mí, la relación de poder queda igualada, porque frente a una total transparencia mutua, los dos tenemos el mismo poder sobre el otro; y ese poder lo da el acceso a la información del otro. 

El aumento imparable de la información proporcionada voluntariamente en redes sociales se debe además, a que se cuenta con los egos, que en su afán natural por superarse entre sí, llevan al límite su búsqueda de atención y exposición de la intimidad, aumentando día a día el caudal y la intensidad de la información proporcionada. (porque el ego suele ser generalmente proporcional al nivel de auto exposición)

En esta modalidad transparente cada uno entrega al otro una total visibilidad motivada en muchos casos por el ego, pero dispensada a modo de confianza, que termina convirtiéndonos en una sociedad de control, controlada. 

El inconveniente es la incompatibilidad que existe entre la transparencia y el poder, porque el poder necesita de la confianza, mientras que la transparencia la elimina, en pos de un control que nos iguala. 

Es por eso que el verdadero poder del político radica en la confianza que deposita en él su pueblo y ese es el verdadero poder de cualquier líder: la confianza de sus seguidores. Sin esa confianza, ni la política ni ningún tipo de liderazgo es posible. 

El problema que surge en las sociedades transparentes como la nuestra, es que la confianza está siendo desplazada por la transparencia y se le exige al líder político la total transparencia en todo momento, lo que pone de manifiesto a pueblos sumamente desconfiados de sus líderes ( no sin motivos) y produce a líderes con mucha menos capacidad de acción política.

La confianza era ese espacio en donde uno dejaba de saber; porque confiar era una entrega voluntaria de poder de acción, un voto de confianza que eximía al otro de la obligación a la información permanente.

En las relaciones de confianza, tanto públicas como privadas, se le permitía al otro la accion libre, sin el control desmedido que exige actualmente un pueblo con linterna.

Toda confianza para suceder, necesita de ese espacio libre de información, porque si ya lo sé todo en tiempo real sobre ti ¿ De qué me sirve tenerte confianza?

La confianza es ya un valor del pasado, porque en un mundo transparente como el nuestro, en donde no hay espacio que no exija ser iluminado por el foco de la autoexposición, es quien controla la información quien ha tomado el mando. 

 

JR

 

 

“El cuarto poder es hoy el nuevo tirano” JR

 

 

“Costumbre de Certeza”

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Todo aquello que se repite a diario se va haciendo costumbre.

Uno se acostumbra a la queja y a la infelicidad, igual que se acostumbra a ser dichoso, porque todas las costumbres se alimentan de las mismas pequeñas cosas y de muchos días de práctica.

Mientras alguien se acostumbra a ser dichoso y aprecia lleno de alegría una mañana de sol, otro se empeña en ver a esa misma mañana como a una nueva amenaza de rayos UVA.

Algunos se acostumbran a los vicios y otros a las manías y en dosis muy elevadas resultan ser igual de perjudiciales los dos, porque tanto la adiccion del primero como la intolerancia del segundo, se vuelven destructivos para nosotros mismos y aburren y avergüenzan al entorno.

Lo mejor es no volverse ni tan vicioso ni tan maniático; pero teniendo que elegir, es siempre más recomendable estar un poco borracho para soportar al maniático.

Es imprescindible preguntarnos de vez en cuando, a qué cosas nos estamos acostumbrando, porque hay costumbres que más vale erradicar de cuajo, ni bien nos entre la sospecha de que pudiesen convertirse en un mal hábito.

Uno de los riesgos de un mal hábito cuando se hace costumbre, está en que la descendencia tienda a endiosarlo y a perpetuarlo; con ese afán que tenemos siempre por enaltecer cualquier vicio o manía, sólo por considerarles antiguos y familiares.

Hay que acostumbrarse a desacostumbrarse de todo aquello que nos haga ruido, porque no por muy repetidas que estén las cosas, tienden a ser ciertas, saludables o correctas. 

Uno debe dudar de todas las historias porque todas las historias tienen mil miradas distintas y sólo basta preguntarse, qué cosas contaría de los tiempos que corren, nuestro vecino.

Seguramente su lectura de la actualidad sería muy distinta a la nuestra y da curiosidad imaginarse las cosas que contarán en 100 años los libros de Historia sobre nuestra historia. ¿Será mi versión o la del vecino?

Por eso es importante desconfiar debidamente de todas las historias y deshacerse de cualquier costumbre de certeza, que inutilice a la inteligencia y premie sólo a la memoria, porque no por mucho repetir se sabe o se conoce.

Al fin y al cabo la Historia es sólo la historia del hombre y difícilmente nos sirva aprenderla de memoria, sin detenernos a estudiar bien al personaje en su tiempo.

Para llegar a la conclusión de que toda certeza es relativa, he presenciado el relato de una pelea entre dos niños de la escuela. Cada uno contaba una historia distinta sobre el origen, el transcurso y el desenlace de la misma riña, de la cual no hubo testigos.

Este episodio me llevó a desconfiar de todas mis certezas sobre los enfrentamientos de los libros de Historia, porque de todas las historias, el único misterio será siempre la verdad.

JR

“ La inteligencia se obstruye con el exceso de memoria porque para conocer es necesario olvidar” JR

“Censura a la Diferencia”

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Hablar de multiculturidad y de diferencias es hoy en día arriesgarse a la censura y a la malinterpretación y son pocos los que se atreven a tocar estos temas sin temor, en una época en donde las sensibilidades se han inflado tanto, en pos de la obtención de atención y de poder.

Hace poco tiempo un profesor americano al que admiro profundamente aceptó dar una conferencia sobre el nuevo desafío de interculturalidad, que nos exige este siglo 21. Y para hacerlo, eligió como portada una imagen del dibujante y escritor Quino, en donde se muestra la diversidad en una actitud amigable y en un espacio en donde todos parecen disfrutar de esa cercanía.

Esta imagen que para mí transmitía una maravillosa inocencia sin malas intenciones, fue sin embargo censurada en la conferencia porque se alegó que los estereotipos de la imagen eran ofensivos  para los distintos colectivos.

Como Quino no vivió dentro de este momento histórico, en donde los movimientos del “black lives matters” el “me too” y el muro de Mexico ocupan hoy todas las portadas, es muy posible que no llegara a comprender hasta qué punto hoy en día todo molesta, todo hiere, todo discrimina y altera hasta la patología la sensibilidad del mundo occidental. 

La ofensa descripta en el estereotipo de Quino es la de representar al negro negro, al oriental oriental, al musulman musulman, al indígena indígena y al blanco blanco, habiendo tantas otras combinaciones distintas y posibles en la mezcla genética. O sea que la ofensa ¿es en realidad la representación de la sintetización?

Por más que haya miles de variantes distintas, el dibujo de Quino (a quien muchos catalogan ahora de racista) intentaba enfatizar y sintetizar una convivencia amigable entre todas las diferencias y no enfatizar la diferencia en sí, aunque el problema actual sea sin duda la aceptación de la diferencia.

Porque no hay que olvidar que este es un siglo en donde el eslogan de la igualdad es nuestro estandarte. 

¿Pero en una igualdad tan igualadora adónde se ubica la realidad? Porque aunque todos insistamos en erradicar la desigualdad (sobre todo la desigualdad de oportunidades) las diferencias en los resultados de las mismas oportunidades seguirán siempre existiendo y nos demostrarán que por más que intentemos igualarlo todo, la diferencia es la expresión innata de la libertad del individuo.

En un mundo sistemáticamente igual ¿en dónde queda entonces la diferencia?¿ Y en dónde queda ubicada la libertad de la existencia?

Existe actualmente una tendencia a utilizar cualquier cosa bien intencionada como material de protesta y de reivindicacion, aún sin existir ni ofensa, ni malas intenciones y este es un comportamiento muy habitual en estos tiempos en los Estados Unidos, en Europa y en America Latina y que dista mucho de ser altruista.

Esta tendencia a sentirse permanentemente ofendido o atacado está fomentada y alimentada por movimientos políticos cuya intención no es la lograr de una convivencia pacífica entre los distintos colectivos, sino todo lo contrario; se fomenta y se alienta el odio de los colectivos considerados oprimidos, hasta la violencia.

No se busca el mejoramiento de las oportunidades para los grupos más desfavorecidos, fomentando una actitud amigable y de colaboración y de integración, sino que se cultiva un ambiente de descontento, de odio y de rencor, necesarios para todo quiebre social, que viene seguido de una nueva forma política. 

La mira de estos grupos políticos está permanente puesta en encontrar la ofensa en todo e inventarla si hace falta, para seguir construyendo el camino hacia el quiebre social que les ubique en el poder. 

La pluriculturidad y la multiculturalidad son por definición la presencia de distintas etnias en un mismo espacio, pero no implican una relación entre ellas.

Sin embargo, la palabra que mejor  explica el fenómeno actual es la interculturalidad que es por definición la relación de las distintas etnias dentro de un mismo espacio.

Seguramente en esta definición estos grupos censurarían también la palabra “etnia”, por considerarla ofensiva, por lo cual seguiríamos eternamente sin poder hablar de este proceso tan urgente con comodidad, porque todo lo que digas será siempre utilizado en tu contra y como elemento de quiebre del diálogo.

Cuando las cosas no tienen manera de nombrarse sin ofender a nadie, entonces dejan de hablarse y se abandona el diálogo, quedando disponible sólo un único discurso o un único pensamiento: el discurso del ofendido, sin posibilidad de réplica.

¿Quién se atreve a replicar nada, si todo lo que diga será tachado de racista, sexista  etc?

Esta censura a la diferencia hace que sea imposible tratar los temas para encontrarse las soluciones.

La ofensa es una táctica muy hábil de poder. Uno se ofende, entonces la charla se interrumpe y el que se ofende hace callar al otro y gana. 

Estos temas se han vuelto tabú o inombrables porque ya nadie se atreve a disentir del discurso único. Y se fomenta la culpabilizacion sistemática del colectivo blanco, como generador de todos los problemas de los demás colectivos.

Poco a poco y a fuerza del insulto sistemático y curiosamente no censurado a este colectivo (white trash o basura blanca) se localiza al problema de la desigualdad en un grupo determinado: la culpa de todo la tienen los blancos. 

La problemática con aquello que se vuelve inombrable, como fue en su momento el sexo, es que el tema sigue  percibiéndose como un problema; porque la cualidad de aquello que no puede nombrarse ( al ser censurado)  es su persistencia y la continuidad de su percepción como la de un problema que en vez de tratarse con normalidad, sigue creciendo por debajo hasta que te estalla en la cara. 

Pero lo que se nos escapa, es que justamente es en la continuidad del problema, en donde radica su fuerza o su poder. 

Cuando un problema se soluciona o se supera, todos aquellos que vivían de ese problema ya no pueden vivir más de él y tienen que buscarse otra forma de sustento.

Porque ante la solución de cada problema, uno debe inventarse una nueva forma de existencia, que suele llevar mucho más esfuerzo que la antigua y sistemática protesta de toda la vida.

Hoy en dia la gente está callada y con miedo a decir algo que pueda ofender a alguien, e incluso yo, entro ya con cierto resquemor al “ Small World” de Disneyland Paris, por temor a que a la salida me llamen promotor del estereotipo racista creado por Walt Disney.

JR

 

“ Cuando cada uno cargue con sus culpas, no habrá culpables” A. Porchia

“ El Agobio Amable”

 

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Desde la invención del Whats App, (esa aplicación que todos utilizamos permanentemente), una nueva forma de comunicación efectiva, afectiva y a veces agobiante, se ha instalado entre nosotros.

Si bien la comunicación es necesaria y nos mantiene al tanto de todo lo que sucede en el mundo, el exceso de comunicación puede resultar no sólo asfixiante, sino también una forma de dominio muy sutil y enfermiza, aunque generalmente vaya disfrazada de cariño y de cercanía.

Yo agradezco que en mi juventud no existieran estas cosas y haber disfrutado de tener espacios de “nada”.

Si alguien te llamaba a casa y el teléfono comunicaba, (cosa muy frecuente en una casa con 5 hermanos), o insistía hasta el cansancio o llamaba a otra persona.

Uno sin duda perdía algunas oportunidades, pero también se libraba de la obligación de tener que estar siempre disponible.

En aquella época uno podía estudiar, leer un libro, ver una película en familia, tocar un instrumento, estar en silencio, cenar sin interrupciones o aburrirse, sin necesidad de tener que estar simultáneamente en línea con alguien.

Hoy en cambio, las comunicaciones son en ocasiones atocigantes. Estamos  permanentemente en línea con el novio, con los padres, con los amigos o con los hijos, a quienes además, localizamos 24 horas al día con una aplicación radar.

El control y el mensajito son continuos y a toda hora, y ni siquiera el vivir en el extranjero te garantiza ya el poder escapar de este agobio amable.

Todo este aburrimiento canalizado en la comunicación se hace en nombre del amor, del interés y de la preocupación y se soporta en silencio; porque quien como yo, se atreva a decir en voz alta que esto esto es un agobio, es catalogado de sociopata insensible.

La gente ya no tiene tiempo ni de vivir las vacaciones porque la foto, el Instagram o el mensajito instantáneo interrumpen todos los momentos.

“¿Cómo has pasado tu viaje?”-

“En línea contigo. No me quedó tiempo para vivir nada más”_

Hoy en día la comunicación permanente se ha convertido en un nuevo mandato y está sobrevalorada porque se la considera como a una parte escencial de la autoexposición obligada contemporánea, imprescindible para no desaparecer del radar de los demás. 

Se considera a la comunicación además, como a la forjadora de todos los vínculos; aunque no haya duda de que en muchas ocasiones algunas distancias resulten ser mucho más saludables que ciertas cercanías.

Hace un tiempo un vecino de mi barrio sugirió armar un chat para poder conocer mejor a todos los vecinos. Este era un barrio sumamente pacifico, en donde nadie se conocía y vivíamos en paz; pero a partir de este chat amistoso comenzaron las riñas, las peleas, las discusiones políticas y los insultos entre toda la comunidad, que hasta la aparición de este chat había convivido siempre pacíficamente y manteniendo una incomunicada y sana distancia.

Esta innovadora tendencia a la cercanía y a la intimidad obligada con todo el mundo, no sólo termina muchas veces en conflicto, sino que además es una utopía muy dañina que intenta anular el espacio privado.

El nuevo mandato de tener que estar permanentemente comunicados, generando y compartiendo información personal, no sólo provoca inestabilidad y desconcentración en unos y en otros, sino que también nos impide la oportunidad de vivir y potenciar nuestros espacios de soledad.

La soledad, que hoy es catalogada como un elemento altamente peligroso, era lo que nos daba estabilidad, reflexión, autonomía y paz. 

Mi hijo pequeño que es un chico muy querido por sus compañeros, siempre está rodeado de niños y niñas en el patio. Yo pensaba que era muy feliz siendo tan popular, pero el otro día me confesó que su situación era insoportable.

_”Todos me hablan sin parar y a veces hasta me mareo, entonces propongo jugar al escondite y me escondo en un aula vacía y así consigo estar un rato en silencio”.

En una generación en donde el ruido es una constante y la comunicación es potenciada incesantemente por el exceso de información, exposición y competencia, la necesidad de generar espacios de silencio resulta ser más que nunca urgente. 

El silencio no es sólo la ausencia del sonido de una voz, sino también la ausencia del ruido digital.

Hay silencio en el juego libre, en la danza no pautada, en la contemplación desinteresada, en la música o en cualquier actividad recreativa cuyo único fin sea el disfrute y no el compartir instantáneamente en las redes cualquier cosa que disfruto.

Este exceso de comunicación disfrazado de interacción amable es en muchas ocasiones una forma de violencia y de control igual al de la gestapo.

“¿Adónde estás? ¿Qué haces? ¿Qué estás pensando?  Estabas en línea ¿con quién chateabas? ¿Has visto la foto de perfil de Fulanito? ¿Por qué has cambiado tu estado? Creo que Mengano me ha bloqueado.Un tic, dos tics, leído.¿por qué no me contestas? ¿Hora de tu última conexión? ¿Te gusta?”

Y basta con que compres algo por internet para que de pronto en todas tus aplicaciones comiencen a ofrecerte amablemente un millón de accesorios para tu compra. Y entonces, comienzas a sospechar que de verdad estás viviendo bajo la mirada de la policia nazi.

Mi padre siempre decía “ No news, good news” ( sin noticias, buenas noticias) y tenía razón, porque la verdadera amabilidad no es la que te hostiga permanentemente con información o la que te interroga permanentemente, sino la que te regala tu espacio y tu derecho al silencio.

Y ese tipo de cercanía, que como todo equilibrio es difícil de conseguir, se logra viviendo feliz y dejando también vivir feliz y en paz al otro.

JR

 

 

“No hay nada más dañino que el aburrimiento mal canalizado” JR

“Amén Digital”

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Una vez intentaron insultarme y me llamaron “impredecible”, algo a lo que a partir de ese momento consideré como a una de mis escasas virtudes. Y una de esas pocas, que uno debe empeñarse en no domesticar jamás.

La predictibilidad no sólo te vuelve un tipo sumamente aburrido, sino también poco inteligente, porque uno se acostumbra a ir siempre por los mismos caminos, dejando de ver el entorno cambiante que le rodea y creyendo que éste siempre es y será el mismo.

Y así es como la predictibilidad se vuelve peligrosa para uno y para el entorno, porque cuando el mundo cambia, la respuesta debe ser también diferente.

Un primo mío que practicaba ser ciego para saltarse la mili, solía entrar en su casa cada noche sin encender ninguna luz, pero eso le exigía que el ambiente estuviera siempre igual y ordenado de la misma manera, porque en cuanto algo estaba fuera de lugar, se la pegaba contra algo.

Otra de las consecuencias de ser impredecible es la poca información que los demás pueden acumular sobre uno, porque según qué cosa y en qué circunstancias te ubicas arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda o en el centro, como deberíamos hacer todos; ya que la inmovilidad dificulta mucho la visión del panorama general y genera además entumecimiento muscular. 

Otro impedimento de la impredictibilidad  es la pertenencia a los grupos, porque el grupo te exige una concordancia incondicional, que no sólo dificulta la libertad y atrofia la inteligencia, sino que anula además toda posibilidad de opinión, obligándote al like como a aquel amén que se nos exigía responder después de las palabras de cualquiera; aunque no estuviéramos de acuerdo en la mayoría de los puntos expuestos.

La concordancia es sin lugar a dudas la condición imprescindible para pertenecer a cualquier grupo, porque en cuanto empiezas a desentonar, rápidamente te bloquean o te eliminan.

También existe la posibilidad de que los predecibles formen un grupo paralelo y te vayan dejando solo en el grupo anterior. Y un día por casualidad descubras que eres el administrador y el único miembro que queda en un grupo de predecibles fugados, incapaces de decir nada de frente, ni de soportar el dejar de mirarse al espejo del pensamiento idéntico.

El like no sólo reafirma la amistad y genera una sensación de felicidad en aquel que lo recibe, sino que obliga también a la continuidad. ¿Si ayer me pusiste un like, por qué hoy no me lo pones? ¿Es que hoy ya no te gusto?

Pero también perturba aquel likeador incondicional, porque con ellos empiezas a dudar si en realidad el like es un botón fijo, que mantienen siempre pulsado para que creas que todo lo tuyo les gusta, o si en realidad te likean porque no te leen.

La búsqueda del like genera patologías de lo más extrañas y también múltiples adicciones, como sucede con cualquier otro tipo de obsesión por la aprobación y por la reafirmación externa.

Uno se vuelve entonces como los drogadictos, dispuesto a hacer lo que sea por obtener su dosis diaria de adulación y de concordancia.

Algunos se hacen amigos de cualquiera, otros se fotografían desnudos, algunos se filman teniendo sexo o sufriendo accidentes y hay muchos otros extremistas, que se graban suicidándose. Todo sea por el like y por la búsqueda de la concordancia, aunque sea en el espanto.

Ser impredecible te permite escapar del compromiso del like incondicional y te da la posibilidad de disentir y de pensar por ti mismo y diferente a cómo pensabas ayer y a cómo pensarás mañana, porque los impredecibles no se sienten coaccionados ni siquiera por sí mismos.

Pero aún a pesar de sus múltiples soledades, la impredictibilidad es de todas las virtudes, la que más huele a libertad. 

 

JR

 

“ La liberación es completa cuando se libera de la aprobación de los unos, de los otros, de la del maestro, de la de uno mismo y finalmente se libera de la liberación” JR