“Becoming Resented”

Todavía recuerdo aquel día en que Barak Obama se convirtió en el primer presidente de color de los Estados Unidos. Sentí una emoción profunda y admiré a la sociedad norteamericana por dar una vez más, un ejemplo de Democracia al mundo.

El triunfo de Obama fue un símbolo de conciliación a nivel mundial, o al menos yo lo creí así durante mucho tiempo, y aunque no compartiese muchas de sus ideas políticas, su triunfo fue una alegría más allá de cualquier ideología.

Sin embargo, 8 años después, el triunfo de Trump no fue recibido con la misma tolerancia y durante toda su presidencia la oposición se empeñó en no hacer otra cosa que hostigarle sin descanso durante todo su gobierno.

Es curioso ver cómo aquellos que presumen de una superioridad moral y de una tolerancia inigualable, no lo demuestran cuando las cosas no salen como ellos quieren.

No recuerdo que durante ninguna de las dos presidencias de Obama se le haya hecho una persecución semejante a nivel mundial, como se hizo con Donald Trump.

Y es que queda claro, que cuando las cosas no son al gusto de la izquierda, arde Troya.

La Democracia es maravillosa cuando la izquierda puede manifestarse en la calle y romper y quemar todo, pero cuando el que se manifiesta y protesta pacíficamente contra las medidas de la izquierda es otro, ahí la democracia ya no sirve y hay que aplicar medidas estrictas de control y de represión. En ese caso, la policia opresora pasa a ser un aliado y las fuerzas militares, un recurso a tener en cuenta si hace falta más represión.

La Democracia ha demostrado ser la estrategia de acceso de aquellos que en realidad la usan para acceder al poder y una vez allí, instalar un gobierno totalitario.

Para airearme un poco de tanta polarización decidí ver el documental de Michelle Obama en Netflix, esperando encontrar un canto a la conciliación y al entendimiento democrático; pero para mí sorpresa, me encontré con un documental que resultó ser un canto al resentimiento.

Yo que veía a Michelle Obama como a la confirmación del sueño americano; una mujer afroamericana que estudió en Princeton y en Harvard y que llegó a ser primera dama; me encontré para mi sorpresa con anécdotas oscuras de racismo y de recuerdos de esos feos, que todos hemos tenido en nuestra vida, por muy rubios y de ojos azules que seamos.

¿Quién no fue alguna vez rechazado, discriminado, burlado, echado de un grupo, menospreciado o esnobeado?

Yo creí que Michelle Obama gozaba de una situación de compromiso y de privilegio, y que tenía también una responsabilidad de compromiso social conciliador.

Un compromiso destinado a curar desigualdades y no a seguir abriendo heridas y fomentando más división y resentimiento.

De más está decir que no me gustó cómo contó su historia, en donde no se nota el agradecimiento a un país al que debería querer. Sin embargo, en cada relato se percibe en ella un resentimiento y una falta de patriotismo casi alarmantes.

¿Qué esperar de quien accedió a todo y no es capaz de agradecer y dar un mensaje conciliador?

Después de ver el documental no me quedó ninguna duda de que esta grieta que promueve la polarización y que poco a poco se ha ido alimentando durante estas últimas décadas a nivel mundial, seguirá dando sus frutos.

Unos frutos amargos y destructivos que no fomentarán los principios del diálogo y de la comunicación que establece la Democracia, sino de confrontación y de rivalidad permanente, que imposibilitan cualquier proyecto común.

No hay recetas infalibles que aplaquen el resentimiento, porque todo depende de cómo cada uno viva, afronte y supere sus propias dificultades en la vida; pero la forma en que uno transmite sus dificultades es fundamental a la hora de curar o de perpetuar una herida.

No es lo que cuentas, sino cómo lo cuentas lo que definirá que tus interlocutores sanen o enfermen.

JR

“El Despotismo Suave”

De todas las formas de gobierno la más temida por la mayoría de filósofos fue siempre el despotismo.

Si tuviéramos que definirlo, diríamos que es la autoridad ejercida de manera absoluta y arbitraria, sin limitación alguna por parte de la ley o de otros poderes.

Si bien la Democracia en teoría nos proporcionaba la posibilidad de estar a salvo del despotismo, este estado de alarma eterno, nos ha desmentido con fuerza esta premisa.

Mucho se habla del temor al contagio, en una época en donde la pandemia azota al mundo entero, pero mucho menos se habla del temor a la pérdida de la libertad individual, a la que nos han condenado los gestores de esta pandemia.

La política y la salud van demasiado juntas en países como España y escasean profesionales especializados e independientes dirigiendo este tipo de crisis.

Lo que vemos al frente son personas sin ninguna experiencia sanitaria, utilizados como títeres del gobierno, que dicen o que callan, aquello que le conviene al presidente en cada momento.

“Hasta que no haya testeo masivo no podremos salir a la calle”- dice el científico de turno para respaldar nuevas ampliaciones del estado de alarma.

Y a continuación le preguntan: ¿Por qué no hacen los test entonces?

“Es que no hay tests para todos”- contesta el doctor.

Si la solución que ofrecen no está disponible, entonces la única solución es que este confinamiento despótico dure para siempre.

Si hoy no hay test para que podamos recuperar nuestra libertad individual ¿qué nos garantiza que en un año haya vacunas para todos?

La realidad es que los políticos de izquierdas parecieran estar utilizando a a la pandemia como estrategia para implementar un nuevo régimen y a los científicos, como a sus aliados políticos en la causa.

Por lo cual, no se le puede creer a ninguno. Mientras no haya una división clara entre sanidad y gobierno; no hay confianza posible por parte del ciudadano.

Y es que poco a poco, nos empezamos a parecer mucho a China. Allí, si un científico no dice lo que manda el emperador, muere misteriosamente al día siguiente.

¿Cuál es el límite entre la protección y la esclavitud?

Tocqueville hablaba sobre los grandes riesgos que podía sufrir la Democracia y especialmente sobre la posibilidad de convertirse en un “despotismo suave”.

“El peligro es acabar en una esclavitud ordenada, dulce y pacífica, bajo las directrices de un Leviathan amable”; que no necesita levantar la voz para que el pueblo le obedezca.

Hay una diferencia fundamental entre un déspota absoluto y un déspota suave, y es que el déspota absoluto propende a un daño físico más fácil de reconocer, mientras que el déspota suave hace un daño psicológico ( daña el alma).

Esta desviación política impone vivir bajo un tipo de régimen despótico- administrativo, en donde el déspota no tiraniza, sino que ejerce un poder “paternal” sobre ciudadanos inmaduros; moldeados al gusto de la opinión pública y que se van dejando “cuidar” hasta la esclavitud.

En países como éstos, el mayor riesgo del coronavirus no es para salud, sino para la Democracia.

El déspota suave pregunta: ¿Salud o libertad?

¿Salud o privacidad?

¿Salud o Economía?

¿Salud o Democracia?

Y el pueblo contesta: “salud”

¿No es eso Democracia?

JR

“El Estado Absoluto”

Hobbes nos describía a un hombre guiado por su instinto de supervivencia, que teme a la muerte y al dolor y cuya única forma de evitarles es bajo la protección del estado.

Nuestra naturaleza primitiva se puso en evidencia en aquellos días de terror y de compras masivas en los supermercados. La pandemia del papel higiénico expuso nuestro lado más salvaje, junto a la percepción del otro como al enemigo contagioso y dejó clara nuestra gran disposición a dejarnos proteger por un Estado benefactor y patriarcal; que lejos de limitarse a sus funciones, no ha dejado de obtener beneficios de una situación desesperada.

Las compras de material a empresas fantasmas chinas coinciden curiosamente con la falta de material en los hospitales y el inexistente testeo a la población.

Todos se preguntan adónde están esos cientos de miles de euros en material que se gastó y que escasea, pero en un Estado absoluto el ciudadano no tiene derecho a preguntar, ni a exigir ninguna respuesta.

Toda protección se paga con otro tipo de desprotección. Es como la manta pequeña que si te tapa los riñones, te destapa los pies.

La indefensión del ciudadano ante un estado absoluto es total y ya nos lo anticipó Hobbes en su conocido “Leviathan”, que frente a los abusos de un estado absoluto el ciudadano no tiene ningún poder.

Ese es quizás el precio de tanta protección y cuidado paternalista; en que uno al fin de cuentas delega su libertad y queda irremediablemente en manos del otro y ese suele ser el precio de toda dependencia.

Esta actitud temerosa y dependiente desenmascara la gran cobardía ciudadana; que para solucionar su miedo termina pactando con el diablo al precio que sea, con tal de sentirse seguro.

Nada resulta más parecido al Leviathan de Hobbes que este estado de alarma, con la diferencia que Hobbes proponía a un estado no intervencionista, y en nuestro caso, la intervención de la empresa privada ( aquellas que sobrevivan) será el próximo paso a seguir en este abuso de poder estatal y del que tanto disfrutan los políticos de izquierdas.

Mientras nosotros compramos papel higiénico, enseñamos aritmética a nuestros hijos, tememos a la policia y a sus multas, denunciamos a los vecinos que pasean sin perro y fuera del horario establecido por el toque de queda, improvisamos despacho en la cocina y perdemos nuestra fuente de ingresos, ellos van cortando nuestras libertades individuales, sin nuestro consentimiento y en pos de un virus terrorífico que podría matarnos.

El terror es el anzuelo de todo poder totalitario y a la vez es la gran oportunidad que les ha caído del cielo esta vez, para implantarnos, sin ninguna resistencia popular posible, un estado absoluto.

El Leviathan está aquí y es peor que el virus; porque a este monstruo no se le combate ni con jabón, ni con mascarillas.

JR

“Cuando la Política se desprendió del Buenismo”

Con los griegos ética y política iban siempre de la mano, porque no se trataba sólo de gobernar sino de gobernar éticamente.

En la Edad Media, que fue el resultado de la corrupción y el declive de los sistemas políticos romanos, la ética fue reemplazada por la teología; y religión y gobierno pasaron a ser lo mismo durante mil años.

Tomas de Aquino abrió el camino hacia la separación de estas dos fuerzas, pero fue Maquiavelo quien finalmente separó a la política de la falsa moral.

Si Maquiavelo tiene mala fama es porque consiguió darle a la política una autonomía hasta ahora inconcebible y la consideró como a una práctica totalmente separada, tanto de la ética como de la religión.

La política pasa a ser una herramienta específica para la acción de gobierno, que no es otra que la toma de desiciones en pos de resultados óptimos para la República.

La función de un gobernante es la de decidir; aunque no siempre sea para decidir entre un bien y un mal, sino también para decidir entre dos males.

Para Maquiavelo la política era una disciplina para conseguir los resultados deseados, que debían ser siempre los mejores para el bienestar de la República.

Habiendo sido un estudioso de la historia, Maquiavelo analizó con detalle todas las circunstancias políticas relevantes e hizo una recopilación de todas las tácticas, métodos y estrategias pasadas; y en el libro “el príncipe” concibe a la política como a un conjunto de acciones útiles, (no siempre ideales), para lograr un resultado óptimo.

Lejos de ser un promotor de tiranos, Maquiavelo fue un observador de la naturaleza real del ser humano y un promotor de la republica, dando pautas para conservarla, aún cuando por su natural tendencia cíclica, todos los sistemas políticos tiendan a un declive y a un reciclaje.

La utilidad es el punto clave de la política; siendo ésta la herramienta para lograr los beneficios necesarios para cada estado.

El problema con Maquiavelo es la mala interpretación que se le dio a sus reflexiones y el uso individualista al que fueron sujetas sus premisas y observaciones sobre las conductas humanas y políticas.

Pocas veces vemos hoy a los políticos pensar en el bienestar de la República por encima de sus intereses particulares.

La política se ha convertido en un medio para el bienestar personal del político y de su círculo de acomodados y sus desiciones poco tienen que ver con la búsqueda del bienestar del pueblo al que gobiernan.

Pero lo más curioso de todo este asunto es que utilizan una pseudoética para congraciarse con el pueblo.

Les gusta “hacerse los buenos” y el pueblo sigue sin entender que los políticos no están en su cargo para “hacer de buenos”, sino para tomar desiciones y para conseguir el progreso y el bienestar de su pueblo.

La política es una herramienta de trabajo en aras de resultados, no un altar en donde ser alabado, adular tus buenas intenciones y ocultar tu ineficacia

Costó siglos separar gobierno y religión y que cada rubro tuviese su sitio; para tener ahora que soportar a esta gentuza jugando a ser el Dalai Lama.

No votamos para Papa y no queremos políticos “hipócritas y santurrones”, sino políticos hacedores y eficaces que se atengan al respeto a la ley, la misma que acatamos todos.

Que cumplan con sus fines, que no deberían ser otros que nuestro progreso y bienestar en todos los ámbitos.

Ansiamos profesionales que utilicen a la política como a una herramienta y no como a un pedestal para ser beatificados.

La nueva ética es la de cumplir cada uno con nuestro trabajo y de manera eficaz.

No existe otra ética más loable que ésa, en momentos de crisis y de reconstrucción.

No queremos santurrones improvisados hablando con tono de párroco franciscano, sino líderes fuertes, firmes, trabajadores y profesionales.

JR

“Desafiar a la Simpatía”

Cuando uno hace la prueba y deja de leer el periódico o de ver las noticias, se vuelve sin duda una persona mucho más feliz.

No hay en realidad un gran misterio en este descubrimiento; la ignorancia siempre nos protege.

Aquel que ignora, transita mucho más tranquilo y liviano que aquel que conoce. Y la pesadez del informado es tremenda en algunos casos y muchos la evitan a toda costa.

Los informados son entretenidos un ratito, después de un rato, pedimos desesperadamente la presencia del payaso, para poder terminar felices la velada.

Solía admirar a esa gente que nunca sabía nada de la vida de los demás; esa falta de interés me llamó siempre la atención y la consideré en ocasiones, como a un exceso de prudencia, de saber estar, de respeto a la intimidad y de contención.

Pero con el tiempo, descubrí que lejos de todo eso, hay personas a las que el otro le importa realmente un carajo.

Esto no significa que preguntar sea evidencia de que el otro te interese, porque hay muchas preguntas que son más por compromiso que por otra cosa y preguntar se ha vuelto más un tic, que un interés real.

¿Cuántas veces le preguntamos a alguien “cómo estás”esperando el correcto “bien” y en cambio comienza a relatarnos cómo está realmente y queremos morirnos y nos arrepentimos automáticamente del acto reflejo de nuestra pregunta?

Pocos escuchan realmente al otro y se interesan por él; otros preguntan, ponen la mente en blanco y piensan en sus cosas o en lo que deberían estar haciendo en ese momento y los más hábiles, evitan directamente tanta diplomacia.

No es extraño que la gente recurra a los terapeutas; no buscando sanar, sino para tener a alguien que les escuche, aunque tengan que pagarle durante toda la vida.

Tampoco es casual que ésta sea la época de los coaches, que aunque estén enfocados principalmente en tu éxito profesional y te prometan resultados más rápidos que cualquier otra terapia tradicional, saben que aquello que necesita el cliente, sigue siendo un par de oídos disponibles.

Pero ser “todo oídos” es un arte. No es fácil escuchar todo lo que uno escucha; soportarlo, digerirlo y ni hablar del desgaste de llegar a sentirlo.

Escuchar es un trabajo sumamente agotador y estresante, y también lo es aprender a filtrar y mantenerse a salvo del contagio de los problemas ajenos y quedar igual de limpio que antes.

La contaminación con la basura ajena es muy probable, a menos que tomes tus precauciones o que realmente quieras hacerlo porque el otro de verdad te importa.

Por eso resulta importante saber a quién y cuándo preguntar. Y dejar de usar la pregunta como muletilla, si en verdad no nos interesa para nada la respuesta.

Pero lo más importante es aprender a dejar de responder con detalles, si intuimos que del otro lado hay alguien a quien no le importamos nada de nada.

Desafiando la dictadura de la transparencia contemporánea, uno debería mantenerse conociendo algunas cosas e ignorando otras y otorgarle el mismo derecho al otro.

Y aunque se sobrevalore mucho el saber, la realidad es que son mucho más felices aquellos que ignoran.

Por eso uno debería preguntarse a menudo cuál es su objetivo; ¿saber o ser feliz? Porque las dos cosas, no se dan siempre juntas.

Si lo único que te interesa es tu propia felicidad, lo mejor es asumirte egoísta y dejar de preguntar.

Uno debería también aprender a contenerse y volver a la fuente para reaprender aquel viejo consejo (incompleto) de Sócrates; “conócete a ti mismo, porque eres al único al que en realidad le importas tanto”

JR

“El Miedo Útil”

Batman cumplió 80 años y cómo diría Robin: detrás de todo murciélago se esconde un hombre enmascarado.

No sucede algo muy distinto con nuestro virus chino; murciélago mal cocido y perfeccionado en un laboratorio de Wuhan, desparramado por toda Europa y Estados Unidos durante meses, negada su letalidad desde Noviembre y acusada de racista cualquier precaución o intento de cierre de fronteras.

Pero lo que viene detrás del murciélago es mucho peor que la enfermedad, porque es un intento de comunismo enmascarado, envasado con forma de Democracia; pero que huele a podrido como siempre.

Mientras los lideres de izquierda disfrutan de la victoria de China en esta tercera guerra mundial contra el capitalismo (según dicen); una guerra ganada sin lanzar una sola granada, ni haber apretado el famoso botón con el que nos tienen siempre tan asustados; nos mantienen encerrados, empobrecidos, callados, vigilados y a los decretazos en un estado de alarma que les interesa mucho prolongar, para evitar el buen funcionamiento de las instituciones democráticas, empobrecer rápidamente a la clase media y crear más pobres sostenibles a base de las dádivas y subsidios del estado.

No es casual que en la era del buenismo ya no se ganen las guerras con ametralladoras, sino con medios de comunicación comprados, con invasiones disfrazadas de crisis humanitarias, (amparadas por la vocación de solidaridad de pueblos europeos con valores cristianos) y con virus y miedos al contagio de una población adicta a la buena salud y a la longevidad.

Es cierto que hoy las guerras son muy distintas. El enemigo ya no se muestra fuerte sino débil, ya no se muestra como victimario, sino como víctima y esta táctica resulta letal cuando se le aplica a pueblos de gente de buena fe y mal informada.

La bala del buenista nunca llega por donde te la esperas, sino justo por el otro lado.

El buenista ataca sin dar la cara y sin declarar la guerra, pero siempre recogiendo los beneficios de tu evidente derrota.

Muchos están cosechando los beneficios de este virus, empobreciendo a la clase media y dominando a la población, mientras hacen de superhéroes.

China se fortalece y junto con ella todos sus aliados; Rusia, Irán y aquellos paises latinoamericanos que reciben ayudas y suministros chinos con frases como “los hermanos sean unidos”.

Solidaridad comunista que devolverán muy pronto creando mas pobreza y más comunismo.

Da miedo ponerse una mascarilla enviada por China; alguien que fabrica un virus y luego te manda material para combatirlo… ¿No les suena a cuento chino?

Aristóteles fue sin lugar a dudas el promotor del camino del medio. Temía a los dos extremos; tanto a la tiranía de un poder oligárquico, como a la Democracia.

Si, para Aristóteles la Democracia era un extremo muy temido, el del poder del pueblo pobre; de aquellos que no estaban preparados para elegir un gobierno.

Su tan famoso “camino del medio” (la mesotes) sirvió como el gran impulsor para la creación de la clase media.

Por eso es que las Democracias sólo funcionan bien, en países en donde la franja más ancha de la población es la clase media y en donde el conflicto de clases no es ni tan fuerte, ni está tan extendido; sino que es un conflicto necesario, enriquecedor, constructivo y productivo.

En este tipo de estados, los extremos (ricos y pobres) ocupan porciones pequeñas del entero y la clase media es la franja más ancha y con más poder de desicion de las tres.

Este virus de murciélago enmascarado está justamente destinado a destruir a la clase media, al cimiento fundamental de toda Democracia óptima.

Casualmente, la clase media es inexistente en los regímenes comunistas.

¿Dónde quedó, por ejemplo, la clase media venezolana?

La Democracia era una de las “deformaciones” más temidas de Aristóteles, porque colocaba las desiciones más importante en manos de aquellos que estaban menos preparados para decidir sobre el bienestar de la polis.

Y tenía razón en temerle porque hoy en día, existen Democracias que impulsan a personas no aptas para sus funciones, enmascaran tiranías y utilizan “miedos útiles” para deslizarnos hacia el abismo.

JR

“El Ego Confinado”

No hay nada más difícil en esta vida que aprender a desaparecer.

El confinamiento no sólo nos ha hecho desaparecer de las calles, que hoy lucen preciosas sin el componente humano y la aglomeración, sino que nos ha condenado también a una desaparición en el ámbito social.

Hoy la gran mayoría de la población no tiene necesidad de vestirse, de maquillarse, ni de prepararse para salir y ser visto.

Y esta transparencia doméstica a la que nos ha obligado la pandemia, resulta relajante para algunos, (esos que disfrutan de un espacio en blanco entre tanto colorido) y sumamente estresante para otros.

No han sido pocos los que se han volcado a las redes sociales como locos, a hacer lo que sea, con tal de no desaparecer de la mirada externa; y son esas personas para los que la atención, resulta ser tan adictiva como la heroina.

Muchos se han aficionado a plataformas como tik tok o Instagram y han comenzado a subir historias de todo tipo, con la excusa de mantener entretenidas a las masas o vigente su imagen de persona pública.

Algunos han decido exponer su confinamiento familiar, sus pijamas de pandemia y demás intimidades, con la intención de entretener a la gente y evitar que se aburra.

Pero uno se queda dudando, si es en realidad la gente lo que de verdad les importa.

Si te empeñas en investigar un poco, existen exposiciones en este confinamiento para todos los gustos.

Personalmente, considero a la gente con capacidad para la invisibilidad como a gente especial.

Volverse invisible es un arte que no maneja la mayoría de las personas y cuando tienes la oportunidad de estar con alguien así, sientes que presencias un milagro.

Esta pandemia nos ha traído mucho sufrimiento por las personas enfermas, pero también nos ha dado la oportunidad de hacer muchos descubrimientos personales. No todos agradables, pero todos provechosos.

Este es un tiempo de invisibilidad profunda, de mascarillas que cubren la mayor parte de nuestro rostro, de distancias obligatorias, silenciosas y temerosas del contagio y del otro.

Pero la invisibilidad a la que yo me refiero, poco tiene que ver con el cuidado y con la preservación de la salud propia. No es una invisibilidad que me protege, sino una que se entrega.

Este otro tipo de invisibilidad abarca y no separa. Es una invisibilidad que tiene que ver con el desapego del yo y del mi.

Desgraciadamente, no todo son cacerolas y agradecimientos a las 8 de la tarde. Y los mismos que golpean eufóricos las cacerolas a una hora, a la siguiente y con la misma mano, redactan una carta al personal sanitario que vive en el edificio, solicitándole que se mude para no poner en riesgo al resto de propietarios.

Hay mascarillas que ocultan una gran miseria humana y que seguramente prevengan el contagio del coronavirus, pero no ayuden a dejar de ser una persona de mierda.

Y es que se nos está yendo mucha gente buena, generosa, entregada, invisible. Y nos quedan muchos sanos, llenos de gel desinfectante, mascarillas de protección triple A, cristales de coche anti Coronavirus y corazones de piedra.

Quedan muchos sanos, pero podridos.

He oído a muchos que se dicen religiosos hablar del Apocalipsis y de Purificaciones, con cara de piedra y sin quitarse la mascarilla.

¿Qué significa “purificar” para un hombre verdaderamente religioso?

Algunos consideran a la purificación como a ese consagrarse dentro del grupo del pueblo elegido; se purifica el mundo cuando mueren todos menos yo y los míos.

Pero para aquel capaz de hacerse invisible, la verdadera purificación empieza por casa.

La purificación para el verdadero santo, no tiene forma de pueblo elegido, ni de plaga, ni de arca, sino de cruz.

JR

“Retrato de un Infectado”

Si todo viaje nos desapega de lo cotidiano y nos hace conscientes de que poseemos una liviandad extraña a la que percibimos como libertad, el encierro nos proporciona justamente la sensación contraria.

La pesadez de los días que se van tornando casi todos iguales, junto a las mismas caras que se conjugan además, con la falta de ocurrencia para los menús del día y para los juegos y entretenimientos compartidos.

Pero toda esa problemática tan habitual y masificada, se vuelve frívola en el momento en el que aparecen los síntomas del virus en tu casa.

Entonces, aquel encierro pasa a ser el paraíso, frente al encierro de aquel que empieza a sentir que la muerte por coronavirus no era algo de lo que morían los otros, sino algo que empieza a pasarle a uno.

Hoy no es tiempo para enfermos y si te enfermas, lo mejor es curarte en casa para no ir a parar a un gimnasio lleno de camas, en donde serás un número entre miles y en donde estarás totalmente aislado de tus familiares hasta que te den el alta o mueras.

Frente a los síntomas del contagiado, uno al principio lo minimiza, luego si avanza lo asume y acata entonces las normas del paracetamol, que es totalmente inútil para curar el coronavirus, pero que es el remedio que dan a todos los gilipollas que llaman por teléfono.

Mientras te dilatan la muerte con paracetamol en casa, por si te mueres antes de gastarles un test o de ocuparles una cama, genial.

Y sino, puedes volver a insistir y pedir una cita para que te hagan el test en un par de semanas, dando tu dni y tus datos para que ellos te tengan localizado y controlado.

Si no llegas vivo a la cita, genial, entonces no estarás en el conteo de muertos por coronavirus y así reducirás el número de víctimas publicadas oficialmente.

Si en cambio resistes y te presentas al test y das positivo, entonces sabes que no verás más a nadie y que te recluirán inmediatamente en un predio con camas de militares de campaña.

Muchas personas, frente a aquel escenario desolador, intentaron huir para volver a morir o a curarse en casa, pero fueron más tarde denunciadas por familiares o vecinos, localizados por la Policia y devueltos al predio hospitalario de las camas de campaña.

Por eso la mayoría no vamos a ir a hacernos el test.

Como la medicina privada fue intervenida ni bien empezó la cuarentena, da igual que hayas pagado toda la vida una mutua privada; hoy irás directamente al hospital público, para dejarles el sitio en la clínica privada a los políticos de izquierdas y a sus familiares, que evitan los hospitales públicos a toda costa.

Una vez dentro del predio público empieza el otro viaje, aquel en el que descubres que no eres nada, ni eres nadie.

Unos enmascarados te revisan dos veces al día y te medican con cosas que nadie sabe que son y si no te coges algún otro virus hospitalario, puede ser que con el tiempo te recuperes y vuelvas a tu casa.

O que no tengas tanta suerte y la cosa se complique y no dispongas de un respirador a tiempo para poder salvarte la vida.

En ese caso, te embolsarán junto a los otros cientos de cadavéres diarios y te llevarán a la pista de patinaje sobre hielo habilitada como morgue.

Esta pandemia es también un viaje sin duda hacia una muerte desagradable y solitaria como nunca nadie se la imaginó.

Uno siempre fantaseó con una despedida, con el calor de la gente cotidiana alrededor, con esos últimos mensajes, esos últimos abrazos, ese cariño queal final de cuentas, es lo único que va a extrañar.

Lo más duro de esta pandemia es la soledad mortal a la que nos condena.

Una muerte en la más absoluta soledad, rodeados de astronautas encapuchados desconocidos, como si fuera uno el último protagonista de una película de ciencia ficción.

Frente a tal escenario uno se mantiene encerrado en casa con alegría y va buscando en las redes muchas sugerencias de medicación que puedan serle útiles y si tienes mucha suerte, te encuentras en el viejo cajón de las medicinas de casa aquella caja de pastillas contra la malaria, que tu hijo se olvidó en casa cuando se fue a trabajar a Nepal.

Y entonces, pasas a considerarte salvado.

En el fondo sabes muy bien que la azitromicina a tiempo y el Hydroxychloroquine que recomendó Trump es lo único que te puede salvar de terminar en el predio de las camas de campaña.

Y aunque se haya prohibido su venta al público para desestimar su recomendación (porque la izquierda odia mucho más a Trump de lo que le interesa combatir al coronavirus) es sin embargo, lo que está salvando a mucha de la gente que se cura en casa.

Paralelamente nos intentan lavar ahora la imagen de China, pero hay que ser muy estúpido o muy comunista para no ver quienes fueron los que crearon, silenciaron y desparramaron por occidente el virus chino. Dejaron abiertas sus fronteras todo el tiempo y cuando remitieron los casos en su país y estallaron en Europa y en USA, se cerraron al mundo.

Este virus es un viaje, pero puedes elegir de la mano de quien lo haces, mientras tengas disponibles las opciones.

JR

“El Profesorado en Tiempos de Pandemia”

La pandemia ha reflejado claramente la falta de digitalización en la mayoría de las escuelas primarias, secundarias y universitarias.

Durante estos días de encierro, muchas fueron las escuelas que mandaban un temario con deberes para que madres, padres y alumnos, se arreglaran solos con el programa del curso en casa.

Ante la desesperación de los padres en buscar plataformas virtuales con los temas escolares de los niños; sumado a su propio teletrabajo y a la presión por hacerlo bien, para no entrar en la lista de despidos de la empresa; las primeras semanas de encierro se volvieron un caos.

Mandar deberes no es enseñar. Mandar un temario para que aprendas por tu cuenta y de plataformas digitales, no es enseñar.

Siempre consideré el trabajo del maestro como algo relativamente cómodo y compatible con la vida familiar; muchos meses de vacaciones, las mismas fiestas de los niños y descuentos en los centros para tus propios hijos.

Pero sobre todo en tiempos de pandemia, ser profesor pareciera ser un verdadero chollo; cobrar sin dar ni siquiera una clase virtual, ni una explicación sobre ninguno de los temas.

“Nos conectaremos para ver si hay alguna duda” era la consigna de muchos profesores de primaria y secundaria durante estas semanas, una vez por semana.

No señor, usted debería montarse en su casa un aula virtual, con una pizarra o una cartulina blanca detrás y enseñar como si estuviera cumpliendo con su horario habitual (que por supuesto seguimos pagando, sin ningún tipo de descuento, mientras hacemos homeschooling)

Mientras las madres enseñan a sus hijos, van descubriendo también, que el trabajo del profesor analógico en el aula se ha vuelto prescindible.

Existen hoy en día múltiples plataformas de homeschooling con clases virtuales sobre distintos temas escolares, con profesores que tienen ganas de enseñar y que se esfuerzan por tener muchas visitas en sus sitios web.

Por lo cual, suelen brindar clases on- line entretenidas y didácticas para que sus alumnos aprendan y se enganchen a sus plataformas.

Muchas instituciones educativas alegaban como excusa que no se encontraban preparadas para una situación así.

Y la verdad es que nadie se encuentra nunca preparado para una pandemia, pero la digitalización no es un tema que haya aparecido esta mañana.

Seguir insistiendo en una educación del siglo XIX es resistirse a los cambios y también negarse a evolucionar con ellos.

Por supuesto que es difícil al principio, pero el tiempo nos ha demostrado que era urgente.

Y sino, vean ahora lo desfasados que están y el trabajo que han delegado en los padres.

Lamentablemente, nuestra percepción de la educación escolar no será la misma después de la pandemia.

Han quedado en evidencia los métodos viejos, la falta de iniciativa y de preparación del personal docente, la pereza de un rubro que enseña sin ganas, ni entusiasmo, y sobre todo, la gran apatía que demuestran hacia el mundo digital que les espera a nuestros jóvenes, que gracias a esta pandemia han descubierto infinidad de plataformas virtuales, que en muchos aspectos, realizan un trabajo mejor que el vuestro.

Lo triste para algunos de nosotros y lo liberador para muchos también, será descubrir que muy pronto, los estudiantes ya no les necesiten presentes en el aula para aprender.

JR

“La Era del Social Distancing”

El miedo suele mostrarnos más de lo que creemos. El miedo descubre al desamor, descubre a la cobardía, a la falsedad en los sentimientos y también en los ideales.

Una cosa es la afirmación del sentimiento o de la virtud en la seguridad y otra muy distinta, en los momentos de temor.

Son pocos los que atraviesan el temor igual de firmes e íntegros que la bonanza.

El miedo es algo que habíamos logrado erradicar en aras de un mundo seguro.

La seguridad era un artículo de lujo y un invento occidental por excelencia, que nos hizo creer durante mucho tiempo, que si podíamos acceder a ella, no teníamos nada mas que temer.

Pero frente a una pandemia como ésta, ya no se está seguro de nada, ni de la vida, ni de los ideales, ni de los afectos.

La gente empieza a alejarse cada vez más cuando percibe en el otro un peligro para su propia seguridad. Y lo hace naturalmente y sin necesidad de que la obliguen.

Las relaciones se vuelven más frías, más distantes, más desconfiadas. Las parejas duermen en cuartos separados, los hijos ya no besan, ni abrazan y todos miran con recelo al infectado con síntomas; ignorando que quizás ellos fueron los portadores silenciosos que le infectaron.

El peligro está en el otro y de esa distancia de seguridad depende la mía.

El mundo que nos espera en los meses siguientes a la cuarentena será decisivo; no sólo en nuestra percepción del otro, sino también en nuestra capacidad de controlar y de superar nuestros miedos.

Ya están los movimientos comunistas esperando con ganas el declive económico; lo esperan como la oportunidad para echar por tierra a los gobiernos parlamentarios y democráticos y para cambiar un sistema económico capitalista, al que detestan desde hace décadas.

Y lo dicen sin pudor en las redes. Ellos son los únicos contentos con la epidemia, los portadores silenciosos de un nuevo ideal político, social y económico tiránico, que incluye el pensamiento único, el control total del ciudadano, de la prensa, de los datos, de los números, de la información, la dependencia total del estado y el dominio total de una población aterrada y que se deja hacer, sin resistirse demasiado.

La pandemia es la oportunidad que muchos han estado esperando durante décadas. Y el miedo es tierra fértil, al igual que la cobardía de una población que resulta fácil de manipular con frases hechas y eslóganes bonitos, cuando se siente insegura y frágil.

Muchos son los cambios que vendrán en los países más débiles y con menos recursos, o de gente cobarde, buenista, poco inteligente o bien pensada.

Es bonito ser bien pensado; pero no cuando te gobiernan oportunistas; en ese caso, es un peligro ser demasiado ingenuo o demasiado educado.

El Presidente español, actualmente aliado de comunistas, se presenta como buen manipulador, haciéndose el bueno y diciendo a los jóvenes que seguramente el coronavirus se cargará su futuro. Ya no podrán estudiar sin trabajar hasta los 30, como hacían hasta ahora, porque el estado de bienestar se verá limitado por todo lo que se está gastando en salvar a los ancianos.

Han estudiado muy bien los mensajes que deben llegar a la juventudes votantes, que pronto echarán la culpa de todos sus males venideros a los viejos.

Ellos, que eran la generación del bienestar gracias al sacrificio de los abuelos españoles, tendrán que salir a buscar trabajo por primera vez en su vida en un mundo sin empleo. Pobrecitos. No es de extrañar que luego de semejante mensaje, comiencen a caer abuelos por los balcones.

Hay técnicas de desunión que son tan maquiavélicas y tan evidentes para los mal pensados como yo. Técnicas tan burdas como hacerse el bueno sin serlo y echar la culpa de tus malas gestiones a la franja más débil de la población.

O disfrutar de lo cristalinas que están las aguas sin gente y de cómo corretean las ardillas por los parques; ese tan normalizado “el mundo verde se lo merece”.

Si, el mundo, claro, se merece que desaparezcan todos menos yo.

La cosa empieza a cambiar cuando la que muere es mi madre y no la tuya.

Cuando eras tú el que tosía, el mundo se lo merecía; cuando empiezo a toser yo, entonces esto es una injusticia sin ninguna explicación.

El social distancing da una perspectiva muy distinta de las mismas cosas.

Pero a medida que las cosas se acercan y te tocan, uno ya no es ni tan bueno, ni tan solidario, ni tan profético, ni tan democrático, ni tan valiente, ni tan ecologista como antes.

Por eso aprender a dominar el temor para no arriesgar los principios, resulta ser hoy tan importante.

Que el social distancing no nos sirva para seguir alejándonos y para hacernos cada vez mas cobardes; sino como perspectiva para poder ver mejor las cosas que vendrán, si no las paramos a tiempo.

JR