“Filosofía de la Inmediatez”

Estudiar filosofía no te convierte en un filósofo, ni estudiar medicina te garantiza ser capaz de curar un virus, porque una cosa es la mecánica de una disciplina y otra muy distinta es la creatividad; una cosa es saberte el manual de memoria y otra muy distinta es ser capaz de crear un manual nuevo.

Con esta pandemia pasa lo mismo, se mitigan los síntomas, se atienden las urgencias con lo conocido, con aquello mismo con lo que curamos lo de siempre; pero frente a lo desconocido,el manual ya no sirve o ya no basta.

Y lo mismo sucede con la organización de un estado frente a una pandemia.

No hay una única opción que sea válida para todos, sino que cada opción tiene que ir de acuerdo a la realidad de cada estado.

No es lo mismo gestionar una pandemia en Alemania que en Bolivia o en Brasil.

El mismo manual no sirve en esos casos y copiar del compañero en el examen, puede no traerte al final, los mismos resultados.

Es aquí cuando se pone en juego la creatividad y la libertad de cada uno; porque para crear hay que liberarse de lo establecido y del temor que implica innovar.

Cuando la pandemia comenzó en China, cerrar las fronteras o prohibir la entrada a los chinos en Europa o en Estados Unidos, era para el buenismo europeo una medida “racista”.

Había que seguir recibiendo a los chinos en masa e incluso hacer campañas como la del alcalde de Florencia “abrace a un chino” para mostrarle al mundo lo abiertos que eran los italianos.

Una semana después, Italia se convirtió en un cementerio. Pero al menos, habían demostrado que no eran racistas y eso parecía ser para algunos políticos lo más importante.

Ahora China ya pasó el virus y lo primero que hizo fue cerrar sus fronteras. Pero ellos curiosamente no son tildados de racistas, sino de precavidos.

Ahora intentan además, ser los salvadores, ellos tan comunistas, tan crueles y genocidas con su población, los silenciadores de la mortalidad de su virus desde el principio; hoy sin embargo, parecen ser para algunos, los buenos de toda esta historia.

Y es que tanto buenismo mata y no sólo mata neuronas.

Si Platón es el filósofo del mundo ideal, Aristóteles es el filósofo de la inmediatez, de lo que sucede en el momento como viene y como es, sin divagaciones ni sueños.

Y es que Aristóteles fue un clasificador nato, un filósofo de lo útil, de la resolución de lo cotidiano.

Lo mismo pasa en el amor; está el amor platónico y está el amor aristotélico.

El platónico es un amor ideal, divino y buenista; el aristotélico en cambio, es ese amor real que se levanta todas las mañanas a hacer algo útil por ti.

El platónico es más romántico mientras que el aristotélico es más inmediato, práctico y eficiente.

Todos sabemos que son complicadas las decisiones en tiempos de pandemia y que hay mucho amor platónico de moda en esta cuarentena; mucho lavado de manos al estilo Poncio Pilatos; mucho ecológico deshumanizado y sin estudios y mucho filósofo de la Edad Media pronosticando castigos y profecías; pero hay muy pocos Aristóteles dando vueltas.

Es la inmediatez y su eficacia lo que nos salvará, tanto en lo sanitario como en lo económico y en lo social. Esa mirada científica que clasifica y descubre lo mejor para cada uno en cada momento.

“El objeto condiciona el método” nos diría Aristóteles, obligándonos a repensar lo pensado y a acomodar la observación a cada circunstancia y a cada realidad.

Y es que a veces, la creatividad nace rompiendo barreras para crear nuevos moldes, aunque los demás te critiquen.

Es un momento de experimentación, de trabajo, de constancia y de resistencia; tanto para el que lleva semanas encerrado en un piso de 10 metros cuadrados con niños pequeños, como para los profesionales de todos los ámbitos.

Necesitamos encontrar, no aquello que funcione bajo condiciones ideales, sino aquello que funcione bajo condiciones reales.

Y en la política, se necesitan menos divagues y amores platónicos y muchos mas eficaces Aristóteles.

JR

“Aprender el NO”

Quienes han vivido en estos últimos 40 años han conocido un mundo que no volverá a ser igual.

Estos individuos se han criado en un mundo analógico que vio nacer a un mundo digital; y estas personas hoy pueden relatar la experiencia de una infancia muy distinta a la actual y tener la sensación de ser muy viejos, sin serlo.

Lo que da la sensación de ser viejo, no es la edad, sino las experiencias distintas vividas. Quien ha vivido vidas diferentes a las que habita actualmente siente la sensación de haber vivido más.

En cambio, quien ha vivido siempre lo mismo, no madura, aunque se vuelva físicamente viejo.

Las vidas monocromáticas no dan perspectiva ni profundidad, sino que se estancan en la frivolidad de “lo mismo de siempre” que detiene la mirada y genera enfermedades propias del aburrimiento; como son la depresión, la obesidad y demás trastornos alimenticios, la obsesión por la belleza, la imagen, la salud, los viajes, los bienes materiales, el éxito, el sexo y demás obsesiones que generan motivos superficiales de demencia.

La demencia de la post guerra era el resultado de experiencias traumáticas vividas, mientras que la demencia actual es generalmente el resultado de la frivolidad y del aburrimiento en el que se vive. Los tiempos demasiado cómodos generan personas enfermas de falta de un sentido profundo de la vida.

Hemos comprobado que en épocas de paz, de estabilidad y de Democracia son otras las enfermedades que prosperan y se caracterizan generalmente, por la inconformidad permanente y por la falta de voluntad para la superación; tanto de lo cotidiano, como de lo inevitable.

Esta es la época de la “asistencia” en donde el individuo necesita ayuda para todo.

Es una época marcada por la medicación y por los “coaches”y ha criado a individuos incapaces de bastarse por sí mismos en casi nada.

Somos una población de gente dependiente y deprimida, pero que justifica su incapacidad de bastarse solo con la “necesidad social”, una que desde afuera se observa como una carencia profunda de voluntad y de fortaleza.

La culpa suele estar puesta en el otro o en el entorno social que nos rodea, evitando así la responsabilidad personal y la superación individual.

La gente no puede hoy en día ni hacer gimnasia sin alguien que le venga a buscar a su casa y lo saque a pasear como si fuera un perro.

Y esto que nos resulta tan moderno y normal, es un síntoma de ausencia de voluntad y de falta de autonomía muy grave.

Quien tiene todo, sin haber conocido el no tenerlo, suele sentir que siempre le falta algo. Y está en su derecho a sentirlo, porque lo que le falta es la experiencia de haber producido dicho cambio por sí mismo.

Quien sólo ha conocido las experiencias del “si”, necesita la experiencia del “no” para poder notar la diferencia.

El estado Democrático como padre protector y uno mismo como padre carnal, prefiere evitarle toda experiencia dolorosa a sus hijos, pero que a la larga, demuestran haber sido necesarias.

Los últimos 70 años marcaron un mundo sin grandes guerras; los combates se privatizaron y se sectorizaron, al igual que lo hizo la economía y la vida de los ciudadanos; y el bienestar general que proporcionó la Democracia se extendió promoviendo libertad, educación, derechos e igualdades de todo tipo.

La generación de los millenials vivió este apogeo de libertad, de derechos y de igualdades, pero no siempre lo apreció, porque quien no conoce lo diferente, permanece incapacitado para realizar una valoración adecuada.

Curiosamente, quienes más traumatizados estamos hoy con esta pandemia somos quienes menos cambios hemos sufrido en nuestra propia vida.

Y utilizo la palabra “sufrir” porque los cambios se reconocen como cambios porque duelen. Lo que no duele, no es cambio, sino simplemente una alternancia en la postura.

El número 40 en la historia de la humanidad es un número que siempre simbolizó el cambio.

Cuarenta fueron los años de las tribus en el desierto, cuarenta los días y cuarenta las noches del diluvio, cuarenta los días de Jesús en ayunas en el monte de los olivos y cuarenta son hoy los días que se estipulan en una cuarentena ante una pandemia.

El 40 es el símbolo de algo que cambia para convertirse en algo distinto a lo que fue, pero con dolor.

La cuarentena nos cuesta más a aquellos grupos acostumbrados a la bonanza, a la libre expresión, a la protesta permanente y a la malcríanza que nos ha generado la Democracia, en donde todo es posible, porque todos tenemos voz.

No es de extrañar que valoren más la Democracia los grupos que conocieron otra cosa distinta. Y que la rechacen y la desprotejan, justamente aquellos que desconocen totalmente las otras opciones.

El grupo más joven es justamente el que menos valora y agradece la Democracia y es también el que más celebra las muertes de las personas por esta pandemia, en pos de la naturaleza. Miedo daría quedar en manos de una generación tan ecológica, tan ignorante y tan práctica y cruel.

La Democracia es el “si” por excelencia.

La generación que sólo ha conocido la vida en Democracia y en liberad tiene durante éstos 40 días de cuarentena, la oportunidad de aprender una palabra desconocida para ellos y sin duda la más difícil del diccionario: “NO”

JR

“La Ecología en Tiempos de Pandemia”

Si hay un colectivo que disfruta en estos tiempos de pandemia es el colectivo de los ecologistas.

Nada es permanente, “sólo el cambio permanece” decía Heráclito allá por la antigua Grecia y tomar conciencia de nuestra naturaleza no permanente, suele despertar algunas conciencias que se sienten eternas.

La contaminación tampoco será permanente, ya que las pandemias se encargarán de reciclar el ambiente cada tanto, por lo cual, los ecologistas pueden seguir durmiendo tranquilos.

Hoy los más fanáticos de Greenpeace disfrutan de cada muerte porque les dará cinco minutos más de glaciar, y mientras no sea ni su tía ni su madre, quienes reduzcan un par de grados la temperatura del planeta, todo habrá valido la pena y nos habrá salido muy barato.

¿Qué son acaso 10.000 muertes en un mes, si conseguimos que haya cisnes en los canales de Venecia?

-“Nos compensa perder a algunos, con tal de preservar el planeta”_ dicen los eco-friendly.

Y su argumento es totalmente cierto, pero estas almas caritativas, nunca se ofrecen como voluntarios para este imperioso reciclaje. Curioso ¿verdad?

El problema con el aislamiento y el racionamiento actualmente, parece ser que nadie da de comer a las gaviotas en las Islas Canarias, ni a los gatos callejeros de Madrid y éstos empiezan a mostrar su lado más salvaje ante la escasez.

Por lo cual, la presencia humana, tan contaminante por cierto, servía al menos para civilizar a las fieras.

Siempre recuerdo una historia rumana de la época del comunismo. Había tanto hambre en Rumania que los perros callejeros se habían vuelto lobos y si te cruzabas con uno por el campo te devoraba.

La gente mataba perros como si fueran hienas. Y esto mismo pasa en todos los paises pobres. Los perros allí no son esos animalitos indefensos occidentales y con derechos.

Los animalitos monísimos del National Geographic también son muy ecológicos y si ven una presa humana a su alcance en un día en que tienen hambre, no se lo piensan dos veces y lo hacen por el planeta.

Hay que reconocer que es increíble ver cómo cambia el paisaje con algunos hombres menos. Los índices de mortalidad son inversamente proporcionales a los índices de contaminación. Cuantas más muertes, menos contaminación.

Ahora entiendo a la juventud europea y americana que persiste en el botellón multitudinario. No son malos, sino sabios.

Saben hacer cuentas y calcular que cuantos más viejos mueran, menos polución habrá.

Al menos hasta que empiecen a llegar ellos mismos a urgencias, no por el Corona virus, sino por los picotazos de las gaviotas hambrientas de la playa.

El problema con esta generación de ecologistas es que generalmente no crean empleo ni bienestar. Viven del bienestar creado por las generaciones que les preceden, pero no saben realmente hacer nada más que protestar.

Son como los hijos inútiles de los padres ricos. Esos que nunca lograron nada por sí mismos y lo saben.

Para olvidarlo se drogan y se emborrachan y llegan a la mansión de papá en estado de coma, para reprocharle que su problema es que les ha faltado cariño, cuando en realidad, lo que les ha faltado es hambre.

El hambre transforma mucho, motiva, moviliza y convierte a lo doméstico en salvaje, a la debilidad en fortaleza, al capricho en disciplina, a la carne fofa en músculo y a la manía en mano de obra.

¡Ay! ¡Dios nos libre de quedar vivos y a cargo de esta generación de blandos, alérgicos, inútiles, drogadictos y ecológicos!

Pero aún así, no puedo evitar seguir maravillándome con los bajos índices de polución que nos deja esta pandemia y me pregunto si los chinos no podrán la próxima vez mutar un poco más al murciélago y darle un envión, para que la selección mortal empiece la próxima vez por otro lado.

¡Qué limpios estarían los cielos, cuánto menos colapso tendríamos en el consumo de internet, de electricidad, de comida, cuánto menos gastaríamos en universidades, reduciríamos el narco tráfico, el consumo de alcohol, los atentados terroristas, las violaciones, los accidentes de tráfico!

Y así, mientras ellos ruegan por que se respete la cuarentena en la próxima epidemia que les afecte principalmente a ellos, los mayores podríamos hacer botellón y ocuparnos de lo verdaderamente importante: seguir alimentando a las gaviotas.

JR

“La Hipocresía en tiempos de Pandemia”

Lo único que nos salva en estos tiempos de encierro a los ciudadanos es el humor.

La gente se cura riéndose de sus propias desgracias y de su propia ridiculez en tiempos de desgracia y no hay nada que enferme más que la seriedad.

Abundan también las cadenas solidarias y los mensajes empalagosos que intentan convencernos de que el Corona nos trae la oportunidad de amar, de unir y de volver a plantearnos el sentido de la vida.

Particularmente, no he sufrido ningún tipo de transformación mística, quizás porque siempre he hecho lo que tenía que hacer aunque me costara, y no he llevado una vida que me convoque a grandes arrepentimientos, ni a cambios de rumbo urgentes.

Y para ser totalmente sincero, si salgo vivo del Corona, volveré a ser el mismo de siempre.

Sobre la oportunidad de amar al prójimo que plantean algunos en épocas de pandemia, tampoco estoy demasiado convencido.

En épocas de pandemia la gente se aísla, teme por su propia vida y la vida de quienes tiene a su cargo y evita todo contacto con alguien más, a menos que su trabajo esté en juego.

Si eres médico, enfermero, policía, farmacéutico o cajero de un supermercado, no te queda otra opción que estar allí, poner el cuerpo con la equipacion adecuada y darlo todo; pero la solidaridad para el resto de los ciudadanos, existe únicamente a golpe de WhatsApp.

En tiempos de pandemia todos nos amamos a distancia y móvil de por medio. La caridad tiene ahora unos límites de un metro bien definido. Y el confinamiento obligado, nos proporciona la excusa perfecta para no mover un dedo por nadie.

Y aunque los políticos intenten convencernos de que esto es una guerra, el comportamiento en tiempos de pandemia no es igual al de la guerra.

El ser humano se vuelve muy mezquino en épocas de pandemia, aunque se empeñe en hacer creer a todos lo contrario.

En la guerra, el individuo pone el cuerpo, en la pandemia lo esconde.

La guerra nos obliga a ser valientes, mientras que la pandemia nos permite seguir siendo unos cobardes.

Hay pocos generosos y entregados y generalmente, son aquellas personas que menos apegadas están a la vida.

Otra contradicción en los tiempos de pandemia es la poca empatía social de los que se autodenominaban socialistas y humanitarios y la poca fe de aquellos que se creían hombres de fe.

Todos aquellos que juraban creer en una vida mejor después de la muerte, hoy curiosamente no parecen estar ni tan entregados, ni tan convencidos de sus creencias.

Están igual de desesperados que los ateos, que sostienen que después de esto no hay nada más.

La fe no es rezar para que pase lo que tú quieres, la fe es entregarse a que pase lo que tenga que pasar.

Y es por eso, que el terror a la muerte de la gente religiosa nos alerta sobre su falta de fe y de religiosidad, así como la falta de solidaridad, deja al descubierto a los falsos socialistas y a los feministas millenials del cambio climático.

Un hombre de fe es un hombre tranquilo; aún en tiempos de pandemia. Y un hombre digno es un hombre coherente.

Otro agradable entretenimiento en este encierro son las cadenas de los alegres ecologistas, que disfrutan de las aguas cristalinas de Venecia, ahora llenas de cisnes y de patos, las calles vacías de Roma, la reducción del smog en ciudades como Madrid, que ahora brilla con cielos azules, pero que nos han costado ya más de mil muertos.

Es curioso ver a esta gente tan eco-sensible disfrutar de tanta pureza a costa del reciclaje humano y del derrumbe de las economías. Que todo estará más limpio cuando estemos todos muertos, eso es seguro.

Y volverán los cisnes y las aguas transparentes, las ballenas y los glaciares para el deleite de Greta Thunberg y de los sensibles millenials.

Hay que cuidarse de lo que uno desea con tanto fanatismo, porque a veces, se hace realidad y hasta resulta que con viento a favor, no se mueren sólo los viejos.

El encierro cuesta al principio, pero poco a poco, uno va acostumbrándose a él cada vez más.

Durante las primeras semanas nos pica todo el cuerpo, pero en las semanas siguientes, uno se deja de rascar.

Después de todo, antes del encierro también vivíamos cada uno en nuestro mundo virtual, el encierro exterior no es tan distinto a nuestro ser interior, ni al confinamiento digital en el que habitamos habitualmente.

Seguramente las semanas siguientes a la liberación, valoraremos volver a andar por la calle, circular libremente o ir al trabajo; pero mucho me temo que seguiremos distanciados del otro, tocaremos menos, estockearemos más y olvidaremos pronto.

La humanidad se repone a todo, sigue adelante y resetea, pero el distanciamiento, la frivolidad, la estupidez y la desconfianza seguirán creciendo, por mucha cadena sentimental que enviemos por WhatsApp.

JR

“La Pandemia del Papel higiénico”

El pánico suele desatar todo tipo de reacciones porque nos alerta sobre la posibilidad inminente de morir; o simplemente nos hace conscientes de nuestra inevitable mortalidad.

El Corona virus, que no es un virus que provoque diarrea, ha desatado sin embargo, formas muy peculiares de locura.

La obsesión por estoquear papel higiénico ha sido increíble durante los días previos a la cuarentena, como si todos deseáramos llegar al cielo con el culo limpio.

La compulsión enfermiza hacia este artículo, que ha desatado incluso peleas en algunos supermercados y ha sido trending topic en las redes sociales; ha puesto en evidencia que nuestra postura ecológica sobre la moderación en el consumo de papel, es en realidad una falacia políticamente correcta apropiada únicamente para tiempos no pandemicos.

Aunque debemos reconocer que no todos están tan alarmados; a mí me han llegado convocatorias para discotecas bajo el lema “fiesta del Corona virus” para este fin de semana, junto con promociones tan tentadoras como: “los primeros 100 en llegar a la fiesta tendrán mascarillas gratis”. Y tengo que reconocer que sólo por conseguir la mascarilla hubiera ido; ya que las mascarillas escasean aún más que el papel higiénico.

Mientras unos bailan y propagan el contagio, disfrutando de las vacaciones universitarias, nosotros cuidamos niños y abuelos en casa, cerrando nuestros locales de trabajo y observando las recomendaciones de cuarentena que nos ha trasmitido la OMS.

En fin, a veces me pregunto si el virus más peligroso de todos, no será esta generación ecológica de descerebrados que se viene.

Es cierto que los datos sobre las víctimas de este virus aumentan en algunos países, pero también nos demuestran que todos aquellos países que cerraron a tiempo sus fronteras, no tienen hoy la pandemia y han logrado erradicar la enfermedad rápidamente.

Aún recuerdo las condenas a Rusia por racismo y por estigmatizar a los enfermos, cuando en Enero, Putin decidió cerrar sus fronteras para evitar la propagación del virus.

Viendo los resultados, ha quedado demostrado que una buena reacción, y a tiempo, tiene sus beneficios, aunque toda la izquierda inclusiva te acuse de loco y de racista por impedir que entre una epidemia peligrosa a minar tu población.

Ver a esta pandemia como a una oportunidad política para algunos, debería ser nuestra obligación en momentos como éstos, ya que las diferentes reacciones de los distintos jefes de estado en estos casos, exponen sus diferentes intereses y posturas.

El alcalde de Florencia por ejemplo, montó una campaña anti racista promoviendo los abrazos a personas chinas unas semanas antes de tener que cerrar la ciudad, dejando claro que el extremismo en la corrección política es mortal cuando se mezcla con la estupidez de izquierdas.

La presencia de una pandemia en los Estados Unidos podría ser quizás lo que necesitaban los demócratas para desestabilizar el gobierno de Trump y poder debilitar su exitosa economía, crear el pánico y lograr así, dar vuelta un resultado casi inevitable: Trump 2020.

Hiciera lo que hiciera Trump con respecto al virus, iba a ser juzgado sin piedad por sus adversarios demócratas y considerado mal hecho. Si cerraba las fronteras como hizo Rusia, las ordas fanáticas de izquierdas habrían reaccionado como lo hicieron contra el muro, porque para la izquierda todo es racismo y discriminacion. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, ellos tienen preparado al colectivo de ofendidos, que saldrá a la calle a reclamar y a romperlo todo sin mascarillas.

Pero no hay nada que enseñe tanto, como los números y el tiempo.

Hoy podemos observar que cerrar las fronteras era sin duda, la solución adecuada y que el supuesto racismo y la estigmatizacion de controlar a todos los viajeros que procedían de lugares de riesgo, era algo imprescindible para evitar los contagios masivos.

Ojalá tomemos nota y aprendamos que a veces, cerrar es proteger y proteger a la ciudadanía es la función que tiene todo mandatario de estado.

Actualmente la economía ha colapsado, los sistemas sanitarios no dan abasto y sus empleados están al borde de la locura, y casi sin tiempo para canalizar la angustia, ni en la fiesta del Corona, ni arremetiendo sin control contra el papel higiénico.

JR

“Las Oportunidades de la Pandemia”

Muchas son las posturas frente a la posibilidad de una pandemia.

La prensa disfruta de la rentabilidad de las desgracias, las bolsas caen mientras muchos se enriquecen durante las caídas, las empresas fomentan el stock de alimentos e impulsan la previsión frente a la amenaza, los restaurantes y los espacios públicos multitudinarios se vacían y los políticos utilizan la desgracia y empiezan a echarse culpas unos a otros, de las malas gestiones y del origen de todos los males, mientras aprovechan la oportunidad perfecta para distraer la atención de la población de otros temas candentes y a los decretazos van virando el sistema de gobierno ajustándolo a sus intereses particulares.

Lo cierto es que los métodos comunistas siempre fueron muy prácticos contra la superpoblación. Ellos evitan los congresos, los acuerdos, los derechos humanos y van directos al laboratorio.

Y es que en épocas de bombas nucleares y de longevidad, ya no hay posibilidad de grandes disminuciones de población y se hace lo que se puede para quitarse a algunos de encima, reducir gasto y de paso aludir a que todo es en favor de reducir la polución medioambiental.

Antiguamente las guerras cumplían una función de limpieza y reciclaje; pero hoy las guerras ya no son como las guerras de antes, ni los glaciares se descongelaban tan rápidamente, ni los números eran los mismos.

Hay claramente una franja de población productiva y otra que no lo es. Casualmente el virus afecta a esta última franja; los ancianos y los enfermos, a quienes se considera una carga muy alta para la economía de los países.

Quizás por eso, al final de cuentas, unos cuantos miles de pensiones menos, se termine considerando como un beneficio para algunas economías y compense el no cerrar las fronteras a tiempo.

Mientras los políticos intentan quedar bien apelando a la libertad del individuo a circular libremente, los sistemas sanitarios se colapsan de gente que ante un estornudo se presenta en los hospitales creyendo que se muere.

Y como no podía ser de otra manera, la izquierda vuelve a sacar la bandera del racismo; que es el encargado de patrocinar todas sus campañas y sus eventos.

Frente a cualquier oportunidad sacan la misma bandera y logran acomodarla a toda ocasión. Como aquel cartel de “Feliz cumpleaños” que venimos reciclando en casa desde hace una década; cumpla quien cumpla, el cartel siempre está ahí, listo para volver a colgarse en el cumpleaños de 2 años de un sobrino o en el de 85 del abuelo.

Racismo o no racismo, si los rubios de ojos azules portaran un grano contagioso, yo también intentaría evitarles, por muy rubios, altos y de ojos azules que sean. El miedo es el miedo y no entiende de colores.

La prensa se ocupa primero de hacerlo crecer y después castiga al oyente por temeroso y además por racista. Y es que la prensa es un negocio de ida vuelta, no tiene pérdida; crean al monstruo primero y luego debaten en cómo hacer para derrocarlo. Así son. Y así somos de inocentes.

Resulta un poco triste vernos a todos tan aferrados a la vida, por muy miserable que ésta sea; en momentos de pandemia todo aquello que antes despreciábamos lo apreciamos ahora, como si fuera maravilloso.

Mientras era vida era ignorada; pero con la posibilidad de una pandemia, lo opaco se vuelve brillante, único, adorado, irreemplazable.

Son muchas las oportunidades que trae la pandemia.

Mientras unos la utilizan para inventarse nuevas conspiraciones imperialistas de Trump, otros están encerrados en los laboratorios de Estados Unidos e Israel trabajando en la vacuna que protegerá al mundo entero.

Cada uno elige a quien creer, pero es importante observar qué cosas ha logrado cada uno; más que escuchar bonitos y victimistas discursos, es importante remitirse a los hechos y a los resultados.

Como siempre y frente a cada cosa existe una oportunidad. Y cada uno decide cuál es la suya.

Lo mismo que unos usan para crear, lo utilizan otros para destruir, el mismo dedo que unos usan para acusar, lo usan otros para curar y la misma pandemia que nos vislumbra la posibilidad de morir, puede servirnos como la oportunidad para valorar la vida que tenemos.

JR