“Anti vacunas y la Nueva Policia”

Siempre que entrevisté a gente sobre la Segunda Guerra Mundial les preguntaba cómo fue posible que nadie reaccionara a tiempo, frente a las barbaridades de Hitler y de Mussolini.

Y todos me respondían siempre lo mismo: “No nos dimos cuenta, porque todo iba pasando muy poco a poco, primero una ley, al año siguiente otra ley y así sucesivamente, hasta llegar al horror y a la injusticia total”

Otra de las respuestas era siempre :”Nunca creímos que nos pasaría a nosotros, pensábamos que el nazismo era algo local, algo que sólo sucedía en Alemania”

Si hemos aprendido algo de tanta historia nefasta es que el totalitarismo no viene jamás anunciado con carteles y luces de neón, sino que viene disfrazado de otra cosa y revestido de palabras bonitas como equidad, libertad, igualdad, sanidad, dignidad y fraternidad.

Poco a poco, igual que aquellas personas que no se vieron venir nada, también nos hemos ido acostumbrando a la nueva policia; esa que va sin uniforme y que se encarga de pedirnos pasaportes covid y documentos hasta para tomarnos un café y cuyo procedimiento ya nos parece de lo más normal, porque el abuso está hoy organizado, justificado y soportado en nombre de la salud.

Incluso infligir estos abusos está hoy muy bien visto. Ya sea por una mascarilla baja o inexistente o por no tener el pase, se nos ha hecho costumbre el mirar mal a la gente y sentirnos con derecho a disciplinarla.

Hablamos de libertad y de humanidad en Facebook, nos hacemos los buenos y los “diversos”, siempre publicamos corazones y perritos, hacemos huelga de hambre por la extinción de la abeja de montaña, damos nuestro comprometido “like” a cualquier campaña humanitaria virtual; pero cuando salimos por fin del escaparate digital, no toleramos ninguna diferencia, nos espanta la falta de subordinación al mandato y estamos siempre dispuestos a denunciar, a apalear o a humillar a cualquiera públicamente, por la cruzada nazi sanitaria.

Nos hemos convertido en una civilización de nazis asquerosos y orgullosos, convencidos de estar haciendo lo correcto por la salud.

Somos nazis, pero con buenos y saludables motivos: evitar todo contagio y permanecer siempre sanos.

Tuve varios amigos que nunca vacunaron a sus niños, eran anti vacunas de toda la vida, pero nadie les negó jamás el saludo, ni dejó de invitarles a los cumpleaños infantiles por no tener la vacuna de la polio, de la hepatitis A o de la varicela.

Hoy, todos esos “no vacunados contra nada”, están vacunados contra el COVID. (sólo contra el COVID) y ahora se han vuelto los más nazis de todos.

Dicen que esto mismo sucedía en los campos de concentración, en donde los guardias más crueles eran los guardias judios, porque éstos debían demostrar que eran más nazis que los nazis.

La otra noche estaba cenando en un restaurante callejero y una pareja de ancianos de casi 90 años se sentó en la mesa de al lado. Apenas entraron, el “camarero- policia” de 20 años, les solicitó su green pass.

Los dos viejitos buscaban con dificultad en sus abrigos, aquel papel plastificado con el código de vacuna nazi, que seguramente alguno de sus nietos les había impreso para que pudiesen salir de casa.

Uno de los ancianos lo encontró y finalmente lo enseñó con sus manos temblorosas, mientras que el otro, nunca llegó a encontrarlo en el abrigo.

El “camarero- policia” les informó que si el señor no tenía el pase, debían retirarse. Y sin chistar, los dos pobres ancianos comenzaron a ponerse de pie y a colocarse los abrigos, mientras enfilaban hacia la salida.

Nadie reaccionó. Nadie movió un dedo para ayudarles, ni para intervenir frente a tanto abuso disparatado. ¡Ellos! La generación eco humanitaria que llora a moco tendido en las redes por la extinción abeja de montaña, es incapaz de sentir nada por otro ser humano al que se le deniega un derecho fundamental.

Me levanté furioso y fui a buscar al dueño del restaurante, que resultó ser una mujer de más de 70 años. La mujer comprendió enseguida la ridiculez de la situación y les dijo a los ancianos que por favor, volviesen a su mesa.

Muchos me preguntan ¿cómo se hace para parar el totalitarismo? Y mi respuesta es que se debe parar igual que como se empieza: poco a poco y con la ayuda de todos.

Pero eso si, los miedosos, los juzgones, los policías y los colaboradores del régimen se abstendrán de intervenir por principios de salud y no reaccionarán, por supuesto.

Hasta que les toque a ellos.

JR

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