“Homo Medicus”

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La civilización saludable, que ya no sufre epidemias que diezmen poblaciones enteras, padece sin embargo, de muchos otros males.

Hoy las obsesiones son el tiempo y la salud.

En la actualidad la vida eterna ha dejado de ser un tema religioso para convertirse en un tema científico y mientras se cantan los salmos en las iglesias y se jura creer en la resurrección y en el reino de los cielos, al salir de allí, todos corren a apuntarse a la lista de espera de la clínica privada que antes les ofrezca una vida eterna aquí en la tierra.

La realidad es que nuestra obsesión por el cuerpo y por los placeres mundanos supera hoy a cualquier fe.

Nadie quiere irse, ni aunque le prometan encontrarse con Elvis en el cielo; en ese caso, argumentaríamos que Elvis sigue vivo y nos quedaríamos con la excusa de encontrarle.

Lo curioso es que la obsesión por la salud no aparezca en la enfermedad, sino cuando uno está sano.

Los sanos son quienes están obsesionados ahora con la salud y a esto se le llama “medicina preventiva”.

Vamos jugando a prevenir enfermedades de las que aún se desconoce su origen, con cualquier cosa que se ponga de moda; un día es el tomate, la semana que viene la soja, la siguiente la manzana y así nos mantienen entretenidos y probándolo todo, cual ratas de laboratorio.

Míentras uno está sano, en vez de disfrutar, vive preocupado por enfermar. O como dicen los apóstoles de la prevención “los sanos sólo son los enfermos del mañana”.

Un amigo mio toma tantas pastillas preventivas, que nunca sabremos cuál de todas ellas, es la que le mantiene tan espléndido.

Me ha dado varias, pero he decidido alternarlas cada tres meses, así en caso de que muera, podré saber cuál de todas me ha matado y hacer mi pequeño aporte a la comunidad científica.

También están los anti- todo, esos que están en contra de las vacunas, de los antibióticos, de la legalización de la marihuana, de la fertilización in vitro y de todos los avances. Sin duda esos son los peores, porque han hecho resurgir enfermedades ya erradicadas en el mundo, por su obsesión a llevar siempre la contraria con una descarada tendencia a la ignorancia.

La cultura preventiva nos exige además de ejercicio y de una alimentación milimetrada, (en donde uno en vez de comer, suma y resta), una preservación adecuada para poder morir pareciendo joven, con los dientes blanqueados y el botox aún tirante y quien imagine a la vejez como a una etapa relajada, debo decirle que está totalmente equivocado.

Con la primera arruga se desata una guerra que uno sabe de antemano que no podrá ganar, pero de todas maneras, se alista para lucharla. Finalmente, cuando alguno se asome al cajón comprobará que con 90 parecía aún de 30 y en la lápida inscribiremos “aquí yace un hombre que a pesar de ser ateo, creía en la vida eterna”.

Ahora también es muy común que las madres primerizas enloquezcan con la obsesión de la salud y la higiene de los hijos después del primer parto.

No importa que la humanidad no haya visto jamas una época más desinfectada que ésta, ellas temen obsesivamente a todos los contagios y van ahuyentando poco a poco a los amigos, a los familiares e incluso a los maridos, si no cumplen sus estándares de limpieza y desinfección a rajatabla, hasta que el niño cumpla los 18.

Y a pesar de tener tanto internet disponible, no hay aún nadie tan valiente en esas nubes, como para convencerles de que la única enfermedad contagiosa, se esconde dentro de esos cerebros tan desinfectados.

Yo recuerdo el nacimiento de mi primer hijo y mi angustia al pensar cómo alguien como yo, iba a poder mantener vivo a ese diminuto ser humano.

Mi madre me tranquilizó diciéndome que vivir siempre había sido peligroso, y si la superpoblación mundial había podido superar sin inconvenientes todos esos peligros, había muchas garantías de supervivencia. 

Y tuvo razón. Mi hijo sobrevive y esos seres humanos diminutos, no son tan frágiles como parecen.

Una amiga mía no sólo temía a los contagios, sino que cada vez que el niño lloraba le echaba la culpa a alguien. Decía que alguno le había echado al niño un “mal de ojo”. Ante semejantes temores evitaba visitarla, a menos que hubiera otras personas presentes, a quienes pudiera acusar de tener un hijo tan llorica y malcriado.

La auto medicación, tan criticada pero tan necesaria en lugares en donde la sanidad está colapsada por nimiedades, es quien ha mantenido a todos mis hijos sanos.

He aprendido a curar resfríos, gripes, neumonías, anginas, ulticarías, picaduras, cortes, quemaduras leves, inmsonios y ansiedades, sin pisar nunca un consultorio médico y evitando así, pasar horas esperando a que me atiendan, mientras nos contagiábamos de todos los virus de la sala de espera.

A pesar de tener un seguro privado me considero, por ahora, uno de sus mejores clientes, porque sólo he acudido a la consulta para vacunar y para que nos cosan las brechas de la bicicleta, y eso, sólo porque la aguja aún no la domino a la perfección.

Pero creo que un buen curso de enfermería debería ser obligatorio en la escuela secundaria, dado que la sanidad pública está cada vez más colapsada y corta de presupuesto, y la gente cada vez más obsesionada con su salud.

¡Qué sería de nosotros sin la auto medicación! ¡Conseguir droga es hoy mucho más fácil que conseguir un antibiótico! Tienes que terminar ingresado con neumonía para que te receten uno, porque la sola pronunciación de la palabra “antibiótico” es hoy un pecado mortal. Y como todo lo prohibido, goza ya de su propio mercado negro.

Pero de todas ellas, son las nuevas enfermedades psicológicas, las que se curan mejor, porque éstas sólo necesitan de un buen proceso de limpieza y reseteo.

Sólo necesitas a alguien que sepa contar buenas historias y que esté un poco más loco que tú, para superarlas. Vuelves a casa sintiéndote cuerdo y hasta un poco rancio y aburrido en comparación, y cansado de darle siempre tantas vueltas al mismo problema.

La mente necesita, cada tanto, dar un salto cuántico porque ésta no tiene otra solución, que cambiar radicalmente de órbita de vez en cuando para mantenerse sana. 

Mi hijo de 10 años cuando tiene insomnio o está nervioso baja a mi habitación, le medico con un “tic tac” de naranja y duerme como un ángel y cuando le subo un poco la dosis, se queda dormido en la escalera y tengo que llevarle hasta su cama en brazos.

Así funciona la homeopatía y así se curan las mentes: sólo necesitas un poco de fe y alguien de mucha confianza. 

A todos nos asusta la enfermedad, pero lo que más miedo miedo nos da, es el dolor.

Yo he estado enfermo pocas veces, pero no tengo dudas de que la enfermedad es lo que te desapega de la vida y funciona como una ayuda para marcharse sin tantas resistencias.

Cuando te sientes muy mal, el mundo desaparece y es mucho más fácil decir adiós. 

Una vez me descompuse en un barco y sentí que iba a morir. Quedé abrazado a una papelera junto a algunos turistas chinos que sollozaban y vomitaban a mi lado. Me olvide de mis hijos, (que andaban por ahí dentro del barco) y de todo lo demás.

Morir en ese momento hubiera sido un alivio. Me hubiera ido ese día sin ninguna resistencia y sin ningún apego, con tal de escapar a ese malestar y poder soltar de una vez esa papelera.

Es el bienestar y nuestro mundo confortable y afectivo lo que nos apega a la vida, es por eso que la vida ha cobrado una dimensión diferente en estos tiempos tan saludables.

Las vidas miserables, las vidas con dolor, no valen tanto, ni provocan tanto apego.

Está muy bien cuidarse, pero el cuidado no debería impedirnos ni la vida, ni sus encantos. 

Hay incluso gente que no se enamora para no sufrir. ¿Y así es como vivimos? ¿Evitando vivir?

Está claro que estar vivo conlleva siempre algunos riesgos, pero no somos ni tan frágiles ni tan necesarios como creemos ser y la muerte nos lo recuerda siempre, sin preservar eternamente a ninguno.

Ella se lleva a todos sin distinción y no ha hecho excepciones, ni con los Mozarts, ni con los Jesucristos, ni con los Einsteins, porque no considera que nadie sea imprescindible.

La vida es sólo una oportunidad que nos durará poco tiempo y deberíamos aprovecharla sin tantos miedos; porque vivir siempre ha sido peligroso, lo otro, se llama “vida preventiva”. 

JR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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