“The Happy Life”

Mucho cambian las cosas de una época a otra; se actualizan los valores, las consignas, las prioridades y las metas.

A una parte de este proceso se le llama evolución, pero otra desgraciadamente, se parece más a una involución.

Será quizás que no todo aquello que se mueve, avanza.

Mucho han cambiado nuestros valores en una sociedad orientada al narcisismo como agenda y al objetivo de una “happy life” como el fin próximo y último de nuestra existencia.

Aquella ética del trabajo, del esfuerzo y de la lucha por un bien mayor más allá de la satisfacción de los propios deseos, se difumina en una nueva sociedad que condena el esfuerzo, el sacrificio y el trabajo duro, y que exige todo “ya”.

El éxito fácil promueve la preocupante y creciente prostitución infantil de muchos niños que son víctimas de ella y de muchos otros, que voluntariamente se prostituyen, porque descubren en la prostitución el camino rápido hacia el dinero fácil.

Muchos de nuestros objetivos han cambiado y los matrimonios también duran cada vez menos.

Al menor esfuerzo, las parejas se cansan, se desenamoran, desean al compañero de trabajo, al jardinero o al personal trainer.

Y en un mundo happy, en donde “nothing is imposible” y en donde toda represión es síntoma de enfermedad, engañar y traicionar está permitido siempre que se trate de tu felicidad y de complacer los deseos inmediatos de una “happy life”; que nos exige ser felices a toda costa y a cada momento.

La publicidad nos programa a que” si lo deseas, lo tienes”; ya no importan los medios ni las consecuencias, porque lo único válido es tu deseo.

“¿Te gusta conducir?” _te preguntan, como si ese gusto fuese suficiente para que te merezcas un bmw.

Detrás de este narcisismo justificado como religión moderna y promovido hasta la tumba, está también el healthy life, la obligación a la duración infinita en una vida de narciso.

Si antes uno veía en la gente mayor una sabiduría, hoy te los encuentras igual de tarados que una chica de 15 años y en las mismas tiendas de ropa de tus hijos adolescentes, viejos comprando pantalones pitillo y gafas de sol estrambóticas.

_¿Para tener un coche descapotable, hay que ser calvo?_ me preguntaba mi hijo hace unos años. _”No querido, tienes que tener pasta y trabajar mucho”_

(Frente a semejante panorama desolador para los jóvenes es mejor crearse una página porno a tiempo y llegar al descapotable antes de que la calvicie aparezca).

La urgencia por el placer no sólo frustra, sino que prostituye. Y no sólo lo hace con los cuerpos, sino también con los valores.

Los viejos no se hacen sabios, los jóvenes no se hacen adultos y los niños juegan a ser modelos porno en redes sociales peligrosas.

Hay un enmarañado social profundo, en donde nadie ocupa su lugar, ni deja lugar al otro.

Si la longevidad se vuelve un problema de cupos, no es solamente porque los viejos duren más que antes, sino también porque los jóvenes no están nunca lo suficientemente preparados para ocupar sus sitios con valentía.

Nuestra sociedad hiperinformada es a la vez manipulada con información a cada momento. Entre el instagran, el gimnasio, la depilación láser, el botox y la peluquería ya no queda tiempo para comprobar la información recibida.

Deglutimos información falsa y manipulada a diario.

Nuestra hiper conexión es a base de eslóganes que vamos repitiendo, sin ninguna investigación previa y sólo para tener algo que comentar en las redes sociales y hacernos los que estamos al día.

Ni vimos el debate presidencial de Estados Unidos, ni sabemos nada de lo que ocurre allí, pero hay que ver cómo estamos opinando en las redes. (mejor dicho; qué bien repetimos el eslogan de la ideología de turno).

Aquel que crea esos eslóganes es quien de verdad maneja nuestro pensamiento.

Pero en una época abocada al narcisismo desde la cuna a la tumba, ¿quién tiene tiempo de pensar o de investigar una información?

Ni que hablar de ponerse el despertador para ver en vivo lo que pasa del otro del mundo. Pero hay que aguantar a diario a los opinólogos de la ignorancia más absoluta.

Si con suerte llegamos a los 70 estaremos o en la consulta de la cirugía estética o haciéndonos la quimioterapia. No hay término medio, ni sabiduría posible en la vida de un Narciso.

Pasamos del Botox y el shopping a los cuidados paleativos; sin tiempo para madurar.

El problema no es la juventud, ni es la ancianidad, sino la sociedad entera.

Hemos contraído un virus igualmente degenerativo para niños, jóvenes, adultos y ancianos; el síndrome narcisista de la “Happy Life”; en donde la sobrevaloracion del placer inmediato, no deja lugar a ninguna trascendencia.

JR

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