“Inmortalidad interrumpida”

La inmortalidad fue siempre observada como esa eterna permanencia a la que la mayoría aspiramos.

Muy pocos son los que consideran haber vivido lo suficiente y se entregan al descanso eterno agradecidos y satisfechos.

La mayoría seguimos aferrados como sea y de cualquier manera al vicio de permanecer y si nos toca marchar y nos enteramos de ello, maldecimos nuestro destino y a todo aquel que se nos cruce en el camino.

Nunca del todo resignados en nuestra lucha por la eternidad, intentamos poco a poco y racionalmente convencernos de que la inmortalidad desgraciadamente, no será posible.

Si personas maravillosas, indispensables y creativas se han ido prematuramente ¿Por qué no debería irme yo? ¿Qué me hace merecedor de una ventaja por sobre aquellas mentes brillantes y creativas como la de Sócrates, Platón, Aristóteles, Camus, Modigliani o Leonardo?

Ante la imposibilidad de permanecer, comenzamos entonces a aspirar a otro tipo de inmortalidad, que no es otro que el de dejar un legado, una huella, un recuerdo que permanezca para siempre en la memoria de la humanidad.

Muchos grandes hombres, conscientes de una muerte inminente se dedicaron presurosos a escribir sus memorias; procurando así, plasmar su vida con la secreta intención de hacerlo antes de que lo hiciera otro, que no tuviera con ellos la misma benevolencia.

Y es que la historia cambia mucho según quien la escriba. No es lo mismo que cuente tu historia tu abuela, que tu exesposa o tu vecino.

El problema con la especulación de la inmortalidad es que suele ser impredecible.

Uno cree que será recordado por alguna obra específica y luego termina siendo inmortalizado por algo totalmente distinto e inesperado.

Yo recuerdo a una empresaria que fue precursora en el mundo del aeróbic, abrió gimnasios y creó innovadoras técnicas del body- fit en los años 80.

Pero un día, en una clase de gimnasia televisada, a la pobre mujer se le escapó un pedo en cámara y fue finalmente ese pedo, lo que la inmortalizó para siempre.

Ya nadie se acordó jamás de su impresionante trayectoria empresarial, sino que pasó a ser reconocida como la señora del pedo, para toda la eternidad.

Es por eso, que hagas lo que hagas, nunca sabes qué será, lo que finalmente te inmortalice.

Esto mismo sienten los artistas, que son plenamente conscientes de que a nadie le interesan realmente sus obras, sino sus pedos.

Y por eso andan siempre con cuidado a base de pastillas de carbón y de discursos armados acordes a la ideología de turno, disimulando como sea, para evitar el pedo en cámara.

La industria del chisme se basa principalmente en inmortalizar el mal olor por sobre cualquier otro talento o aporte valioso de un artista.

¿A quién le importa verdaderamente el arte, la ciencia o la cultura?

El interés del cotilla vira siempre de la obra a la persona.

Y aquella aspiración al legado inmortal, trabajada en la novela o sobre el lienzo, pasa a ser sólo un decorado para el chisme; que es en realidad lo único que importa.

Conscientes de este viraje, el mundo de las redes sociales ha optado por simplificarnos el camino.

¿Para qué perder tiempo en hacer o crear algo trabajoso que nos inmortalice, si en realidad lo que interesa es el pedo?

Las redes se han llenado entonces de aspirantes a inmortales, sin obras maestras, pero que saben qué vende y qué permanece.

Más de la mitad de la humanidad está en redes sociales inmortalizándose a diario entre escándalos, tonterías, eructos, culos, tetas, insultos y demás olores imperecederos; intentando hacerse famosa, facturar, ser trending topic, you tuber o influencer y permanecer lo máximo posible en el instante de la eternidad prefabricada.

Pero desafortunadamente, la gran ironía de la verdadera inmortalidad es que sólo permanecen en ella, aquellos que se han entregado al momento, desvinculados del entorno, reacios a la mirada externa, trabajando en esa oscuridad en la que trabaja la autenticidad, la ciencia y la verdad.

Alejados del ruido y de toda aspiración a permanecer, de la opinón y del comentario; con ese único apego al instante intuitivo que requiere la genialidad.

Esa creación que sólo nace en silencio y en privado y en donde el autor desaparece, para que lo que perdure no sea él, sino su obra.

Lo demás…son sólo pedos.

JR

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