“Los Signos de la Desigualdad”

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El Mas y el Menos son los dos signos matemáticos que utilizamos cada vez que intentamos alterar una igualdad. Cualquier igualdad que vaya a dejar de serlo, tiene que ser sometida primero a cualquiera de estas dos operaciones, en donde toda cifra se convertirá en mayor o menor a su valor, una vez terminado este proceso.

La igualdad sin embargo, es la cualidad que nos conforma como seres humanos y se encuentra presente cada vez que nos sentimos en paz; solos o con la gente que nos rodea.

La necesidad de igualdad es aquella que nos impulsa a formar parte de un grupo. En él sentimos que existe una afinidad común, que nos convierte en iguales y decidimos entonces incluirnos allí, porque estar en ese grupo nos da un sentido de pertenencia y nos hace sentir seguros.

Este sentimiento de pertenencia es difícill de explicar, pero se parece mucho a volver a una escencia, en donde la igualdad nos relajaba, como si hubiéramos sido constituidos y soñados desde un principio por una fuerza emparejadora.

Sin embargo, el grupo deja de ser ese encuentro en cuanto se genera en él un clima de más o de menos en alguna de sus partes. Alguno de sus miembros se eleva o se reduce, rompiendo esa igualdad inicial  y así es como la relación del grupo se desequilibra.

Son momentos en donde uno deja de sentir esa comodidad que encontraba dentro de un grupo  y comienza a sentirse solo, aún rodeado de la misma gente.

Nuestra educación se ha basado siempre en la comparación, por la necesidad que tenemos de ella para incorporar todo conocimiento. Este mecanismo comparativo se ha hecho parte, no sólo de nuestra forma de conocer  las cosas, sino también de nuestra forma de conocer al otro.  Y la mirada comparativa desgraciadamente, es la forma en la que nos relacionamos con otros seres humanos.

Cuando un sentimiento me hermana con alguien a quien conozco, me siento igual a él. Algo mágico nos une porque de repente me siento en paz, me siento igual a esa persona y eso provoca en mí, una sensación parecida al descanso. Al fin puedo ser auténtico, al fin puedo dejar mis máscaras y mis poses porque lo igual  me salva y me devuelve la confianza.

Sin embargo, cuando estoy con alguien a quien no siento de esa manera, algo en mi se distancia y me veo a mi mismo separado de aquel ser humano, al que miro desde arriba o desde abajo y es en esa desigualdad en donde el encuentro se vuelve imposible. En esa separación del otro  me siento curiosamente también alejado del mundo.

Los niños pequeños traen a la igualdad aún impregnada en su naturaleza. Se relacionan de esa manera con su entorno y se sienten iguales a todo aquello que les rodea. La confianza de un niño hacia su entorno es siempre proporcional a su ignorancia y refleja claramente esa pertenencia a un todo, al que sienten como igual.

 Pero luego,  y mucho antes de que la escuela comience con sus cifras y sus desigualdades matemáticas, empieza la enseñanza de la desigualdad en el pequeño y cercano entorno del niño.  Mamá y papá empiezan a transmitirles a sus hijos los primeros mensajes sobre la desigualdad; que ellos son más guapos, más inteligentes,  mejores, o algo más que el otro al que tienen al lado. Correlativa a esta operación, también aparece su contraria, igual de dañina que la anterior, que les enseña que ellos son menos hábiles, que ellos son menos capaces, que ellos son menos inteligentes y demás restas que les van contagiando el otro polo de una misma enfermedad.

La desigualdad es una enfermedad que en sus dos formas de manifestarse lleva implícita una distancia con el otro. Y te va sugiriendo de a poco, que en realidad, siempre estarás solo. Porque estar por encima o por debajo de alguien, solo te coloca en un lugar de soledad que impide cualquier encuentro. Si en lo igual me acerco al mundo, en lo desigual me alejo de él.

Toda desigualdad me distancia. Todo aquello que me haga sentir más o menos me aleja del resto y también de mi mismo. En el más estoy solo aunque acompañado de un ego que me da una seguridad en el mundo, pero que no se parece en nada a la paz que emana de la igualdad.

En el menos, también estoy solo, distanciado del resto, sintiendo dentro de mí la injusticia de que algo, ajeno a mi, me ha robado la igualdad que me hacía parte de ese todo.

Convertirnos en una parte nos divide por dentro, nos vuelve esquizofrénicos, acomplejados, resentidos, aislados y abandonados.  No sentirse parte de un todo, crea una profunda división interna.  Y aunque la enfermedad de la superioridad sea considerada como menos dañina que la inferioridad, por crear una sensación ficticia de bienestar, es igual de solitaria y de destructiva que su otra cara.

La  asociación de superioridad atribuida a las ventajas físicas, intelectuales, religiosas o materiales, sólo generan en mí el temor o la sospecha, de que si alguna vez alguna de estas cosas amenguan, mi validez también estará en riesgo.

Todas las cosas poseen la cualidad de convertirse en más o en menos entre ellas y están inevitablemente sujetas a todas las operaciones matemáticas. La operación matemática fue creada para sumar, dividir, multiplicar y restar cosas. El comercio necesitó a las matemáticas para efectuar una valoración sobre las mercancías y lograr así un comercio justo,  pero las matemáticas jamás fueron creadas para valorar seres humanos.

Todo ser humano posee un valor independiente a la cosa que le acompañe, por lo cual toda asociación o valoración humana en base a las cosas, será siempre errónea. No soy más o menos según la cosa que me acompañe, sino que poseo un valor independiente a todas ellas.

Mi valor no depende ni está condicionado por la cosa o los talentos que poseo. Valgo igual si vivo en un palacio que en una casa sencilla, si soy capaz de analizar ecuaciones físico- cuánticas o cultivo tomates en mi jardín.  Sin embargo, toda cosa, está  inevitablemente sujeta a cambios y a operaciones matemáticas destinadas a cambiar su valor. Y este destino cambiante de las cosas ,  las convierte  en una compañía temporal, en algo que al estar sujeto al cambio, mutará inevitablemente de valor en cualquier momento.

Por lo cual, definir a un ser humano con las mismas leyes matemáticas con la que definimos a las cosas, convierte a la persona también en una cosa.

Nos convertimos pues, en un ser “cosificado” que modificará su valor, de la mano del cambio de aquellas cosas que le acompañen.  Si hoy eres valioso por tu riqueza, tu pobreza te volverá insignificante. Si hoy eres valioso por tu capacidad mental, el día en que sufras un derrame cerebral, no serás nada.

Inevitablemente nuestra mente seguirá dividiendo para poder conocer. Hay mecanismos que responden a procesos que no pueden, ni deben modificarse porque son naturalmente útiles, pero sin duda, podemos llegar a comprenderlos mejor para así evitar mezclarlos.

 Una vez comprendido el mecanismo que me conforma para poder acceder a la información sobre las cosas, debo encontrar otro mecanismo que sea capaz de acceder a todo aquello, que no se refiera a ellas.  Y por lo tanto, necesitaré de un mecanismo distinto para poder abordar al hombre: El hombre  no puede ser abordado con métodos que modifiquen la composición original del ser humano porque este es naturalmente indivisible.

El ser humano es un ser completo y estoy convencida de que posee asimismo, un mecanismo particular  para abordar cada dimensión. Ubicar y acceder al mecanismo adecuado para poder cubrir cada necesidad, es nuestra tarea.  Encontrar la manera para poder acceder a lo igual de una forma adecuada, nos salvará de estas dos patológicas caras de una misma enfermedad que nos hace tanto daño: la superioridad y la inferioridad del ser humano.

 Debe de haber una manera para lograr una aproximación distinta al hombre, que prescinda de la división mental y sea capaz de acceder a la igualdad, prescindiendo de mecanismos divisorios.

Soy consciente de que ésta es una búsqueda extraña, pero el sólo pensar en la existencia de este misterioso mecanismo de aproximación que una en vez de dividir, me produce una sensación parecida a aquella que siento cada día al volver a casa.

JR

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