“La Valentía que Iguala”

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Se habla mucho últimamente de la igualdad entre sexos; pero se habla mucho menos sobre las responsabilidades que implica ser igual al otro.

A mi parecer lo que algunas personas  desean es una igualdad selectiva; es decir, una igualdad sólo para aquellas cosas que interesan y una continuación de la desigualdad para aquellas cosas que conlleven una ventaja o que impliquen una responsabilidad o un esfuerzo extra; que en la mayoría de los casos no se está dispuesto a hacer.

Para educar la igualdad, lo primero que deberíamos hacer es exigir los mismos niveles de valentía en los dos sexos.

No puede educarse a los niños y a las niñas de forma distinta si se desea un resultado igualitario, especialmente en referencia a la superación de los temores, de los errores y de los fracasos; porque quien desea ser igual a otro, no debería esperar ser tratado con mayor blandura, ni ser inferior en fortaleza por su sexo. 

En la educación de la igualdad una lastimadura o un golpe deberían requerir los mismos cuidados en unos que en otros y no debería tratarse con mayor mimo a la niña por ser mujer, ni consentirle una justicia distinta a la de los varones en ningún aspecto. 

Para educar a niños y niñas iguales en valentía hace falta ayudarles a domar primero todos sus temores irracionales.

De todos los temores, el temor al misterio es el temor más primitivo e instintivo en el ser humano y el que ha generado todas las grandes supersticiones. Esta clase de miedo debería curarse desde temprano con explicaciones científicas.

La respuesta a un huracán, a un tsunami  o a un terremoto, no responde a un castigo divino como hubiera sido en la Edad Media, sino que se debe a procesos atmosféricos y geológicos determinados. Los niños en general, se interesan mucho y muy rápido por estas explicaciones racionales y éstas les motivan al estudio y a la investigación, en lugar de al temor y a la creencia supersticiosa.

Todo misterio responde generalmente a una ignorancia humana, más que a un designio divino o al enfado de alguien que nos castiga, y no hay ninguna razón que justifique que un adulto cuente mentiras que asusten a sus hijos.

La sensación que genera todo temor irracional superado es de gran satisfacción y en los niños esto se manifiesta con un estado de inmensa alegría y contento. Hay pocas cosas que produzcan más satisfacción a cualquier edad, que la superación de los temores irracionales. 

El temor nace de un instinto de supervivencia escencial y denota inteligencia; cuando el niño se hace mayor siente miedo ante un animal salvaje, algo que un niño de tres años no siente porque es menos inteligente a esa edad.

Hay un temor que preserva y otro que limita y el deber de los educadores es principalmente diferenciarlos y promover la superación de aquellos temores que limiten mediante la comprensión razonable de los peligros y la superación experimental de todo aquello que no debería ser temido.

Todo aquello que se hace familiar deja de provocar miedo, es por eso que resulta fundamental fomentar la experiencia repetida de todo aquel temor que sea irracional, en vez de promover una sobreprotección destructiva y limitante.

El adulto educador ( padre o maestro) no debería mostrar temor de ninguna índole frente a los niños, ya que el miedo es sumamente contagioso, y para cultivar el valor en los niños se necesita contagiar fortaleza. Esta valentía debería ser indispensable en todas las mujeres que pasen mucho tiempo con los niños.

La persona valiente no es el guerrero  temerario que no mide los peligros, sino aquella persona (hombre o mujer) que con un inteligente discernimiento es capaz de realizar cosas en cualquier ámbito, que otros dejarían de hacer sólo por miedo.

Si tuviese que definir a la valentía la llamaría la cualidad de salir de una igualdad conocida y confortable. Por lo cual la valentía sería en realidad lo único que nos diferenciaría a unos de otros, sin distinción alguna de raza, de sexo, ni de edad. 

 

JR

“En la historia de la humanidad la única forma justa de dividir a los individuos es entre valientes y cobardes; ya sean éstos hombres, mujeres o niños y sin hacer hincapié en ninguna otra distinción más que en la inteligencia y el discernimiento” JR

 

 

 

 

 

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