“La Proliferación de lo Idéntico”

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Toda proliferación de lo idéntico supone la eliminación de lo distinto. Y se concibe a lo distinto como a aquellas posturas o miradas no coincidentes con la hegemonía del entorno.

Lo idéntico alude sin embargo, en su etimología a una “identidad” a la que se establece como diferenciadora del resto.

Cuando el ser humano se enmarcaba en una identidad se diferenciaba del otro y pasaba a ser considerado entonces, como un individuo.

Toda identidad supone un corte, una delimitación que diferencia y hace que el uno tenga un borde o una frontera con el otro. Sería entonces, el punto en donde termino yo y empiezas tú.  

(Pero todos sabemos que hablar de bordes y de fronteras es hoy casi un pecado mortal, porque lo igual establece que toda diferencia sea considerada como una segregación).

Para la proliferación de lo idéntico se selecciona primero a una “identidad tipo” que esté en sincronía con los tiempos; para pasarla luego a la linea de producción masiva, como se hace con cualquier otro producto en una fábrica.

La identidad entonces, que era en un principio un diferenciador se masifica convirtiéndose así, en una identidad de masas acorde a los tiempos.

No es casual que la palabra “auténtico” esté hoy muy desgastada y haya perdido todo su significado.

Hoy los eslóganes nos impulsan a ser auténticos sin descanso, pero el traje de auténtico que nos ofrecen es el mismo para todos e insisten en que “one size fits all” ( una talla vale para todos).

La uniformidad es señal de una confortable pertenencia, pero también es el signo de la dictadura de lo igual. 

Ser auténtico es hoy en día coincidir con una lista de requisitos que te otorgan esa distinción. Es una pertenecia al grupo de los “me too”. Y aunque no sepas bien de qué va el tema, lo importante en estos tiempos es no ser eliminado.

Lo auténtico se ha vuelto hoy en día una distinción de lo más igual, una concordancia ficticia, motivada principalmente por el temor a la exclusión. 

Muchos alegarán que nuestra sociedad es sin embargo la sociedad de la diversidad,  pero esta supuesta “diversidad” no deja de ser parte de la mentalidad que conforma al “individuo tipo” actual.

La uniformidad incluye en el paquete de programación al eslogan de lo diverso y le otorga al individuo masa, la sensación de que es tolerante con la existencia de la pluralidad.

Pero esta tolerancia adquirida es también superficial porque la tolerancia del algoritmo es selectiva y se aplica sólo a aquello que esté en conformidad con el sistema. 

El problema con la dictadura de la uniformidad es que marca no sólo tus preferencias, sino también a tus enemigos. Ellos te dicen a quien amar y a quien odiar. Y uno, con tal de no discrepar y ser eliminado, se adhiere al “me too” incondicionalmente.

La antigua constitución de la identidad exigía una tolerancia. Aquel que se convertía en individuo era valiente para hacerlo, pero esa valentía no sobrevivía si del otro lado no había también una tolerancia.

La existencia de la identidad entonces, no era sólo el resultado del coraje del solicitante, sino también el resultado de la tolerancia ajena. Cuando tú te conviertes en un individuo son dos fuerzas simultáneas las que trabajan; tu coraje y mi tolerancia.

Hoy sin embargo, el individuo tipo masivo necesita eliminar lo distinto porque se ha deshecho de la verdadera tolerancia. Y sin ella, lo distinto no tiene cabida.

El individuo tipo posee una tolerancia aparente, en cuanto ésta es una tolerancia pautada y selectiva. 

La tolerancia real en cambio, implica una tensión entre dos puntos distintos entre sí. Y toda tensión es un trabajo, un esfuerzo, un desgaste que es quien hace que ese equilibrio, que permite la existencia de lo distinto, se mantenga.

Pero hoy la tensión está mal vista. La sociedad del confort no sólo desea comodidades materiales, sino también comodidades psicológicas.

La comodidad no tolera la tensión del dolor, de la tristeza, del fracaso ni la del pensamiento y para evitar todo eso,  existen hoy todo tipo de inhibidores y de pastillas.

Nos hemos desacostumbrado a la tensión y cualquier conflicto colapsa el sistema de quien está acostumbrado a vivir sedado y confortable entre seres idénticos. 

El problema es que sin tensión entre lo distinto, no hay distinto.  Y entonces  todo pasa a ser una cómoda dictadura de lo igual. 

Nadie niega que haya comodidad en la uniformidad, pero toda comodidad inhibe algo.  

La comodidad de la uniformidad inhibe la aparición de la verdadera tolerancia, de la verdadera singularidad y de la verdadera inteligencia.

JR

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