“El Ciclo del Hipócrita”

La cultura occidental, basada en la filosofía judeo-cristiana ha condenado siempre a la hipocresía como al peor de los pecados.

“Lobos vestidos de ovejas” les llamó Jesús o “generación de víboras” les bautizó su primo Juan el Bautista.

Siempre la hemos condenado; pero muy poco hemos hablado sobre las múltiples ventajas que nos aporta ser un hipócrita.

Uno puede ir por la vida haciéndose el ecologista, mientras aterriza su jet privado en Ibiza, o puede comprarse el último iphone mientras prepara la pancarta para la marcha anticapitalista o puede también condenar la esclavitud del siglo XVIII, mientras le abre la puerta a la chica de la limpieza y le indica fregar los baños, cambiar sábanas y limpiar cristales, y por favor que no olvide dejar la cena lista para cuando el niño socialista vuelva de la marcha por los derechos humanos.

Lo más bonito de la hipocresía es la libertad que te otorga, para ser lo que quieras ser, en cada momento.

Y estos son, sin lugar a dudas, los valores supremos de nuestra época: “ser quien quieras ser en cada momento y porque tú lo vales”

La hipocresía está de moda y es un mecanismo muy útil para la exaltación de la libertad, la reinvención permanente y la aceptación social.

Lo más envidiable de la hipocresía no es únicamente la autorización que te da para ser quien quieras ser en cada momento, sino el auto convencimiento de que uno habita a cada paso de su hipocresía, en la coherencia más absoluta.

Esa seguridad y esa auto- justificación para la mentira son sin duda, envidiables.

Pero lo que realmente me asombra del hipócrita es la facilidad que tiene para dormir bien de noche.

Mentir todos mentimos, fingir algo que no somos, o saludar con calidez a alguien a quien no tragamos, lo hemos hecho todos en alguna que otra ocasión; pero esa liviandad de conciencia que tienen algunos, es un verdadero privilegio.

Mi madre siempre me decía …«nosotros somos culposos» y es verdad, no dejamos de ser hipócritas porque seamos buenos, sino porque la culpa nos mata.

Pero más que la culpa, la verdadera razón es que la mentira no deja dormir bien. Creo que no son los principios, sino el terror al insomnio lo que nos detiene.

Una de las últimas veces en que asistí a misa un Domingo, conté la cantidad de veces que voluntariamente me echaba la culpa de todo.

“Por mi culpa, por mi culpa por mi gran culpa” repetí ininterrumpidamente desde los 7 hasta los 18 años de edad, sin casi darme cuenta.

No es de extrañar que después de tantos años de sugestión uno termine siendo un culposo patológico y que el mundo te utilice luego, como al chivo expiatorio de todos sus males.

Y lo peor de todo este asunto es que además, de tan acostumbrados que estamos a ser culpables, aceptamos toda culpabilidad sin siquiera protestar.

Uno va pidiendo perdón por la calle como un loco y sin haber molestado nunca a nadie.

Pero volvamos a la hipocresía y a sus múltiples ventajas; aunque tengo que admitir que su falta de publicidad me resulta imperdonable, porque ser un hipócrita es sin duda lo más rentable, tanto en lo social, como en lo económico y en lo político.

Y todo hay que decirlo; la gente prefiere siempre al hipócrita que al sincero en cualquier ámbito.

Las reuniones de hipócritas son sumamente placenteras, allí todos fingen ser lo que no son; el ignorante se hace el culto, el pobre se hace el rico, el racista con valla perímetral y alarma en casa se hace el “open borders”, el superficial se hace el artista, el empresario se hace el misionero, el activista incendiario se hace el santo, el capitalista se hace el socialista, el drogadicto se hace el verde etc…

Y así uno pasa una noche en una fiesta de máscaras venecianas, sin enterarse jamás de quién es quien.

“Se descubre antes a un mentiroso que a un cojo” decía mi abuela. Pero yo no creo que sea realmente así, porque el hipócrita no se considera a sí mismo un mentiroso, sino un convencido.

El mentiroso pide perdón, el convencido en cambio, busca a un culpable.

Y siempre encuentra a un culposo cerca, a quien cargarle con sus culpas.

No nos olvidemos tampoco que la culpa y el sentimiento de responsabilidad son características judeo-cristianas, de las cuales reniega todo comunista; para quien la responsabilidad siempre es de alguien que no es él.

Históricamente los socialistas/comunistas nunca abdican ni renuncian a sus cargos frente a un escándalo político.

Y esto siempre nos llamó la atención. Yo creo que la falta de vergüenza se da porque no ha florecido en ellos ningún tipo de responsabilidad, ni de culpa, ni de conciencia de sus horrores.

La justificación permanente de la hipocresía es parte de la cultura de izquierdas sobre la reinvención, la obediencia al ideal, a la liberación, a la causa, el derecho a la venganza, la extorsión con el apocalípsis climático y la tendencia al reciclaje selectivo.

El reciclaje selectivo significa que el único que recicla y ahorra debe ser usted.

Mientras haya culposos disponibles habrá mercado para el hipócrita, pero el problema aparecerá con la extinción del chivo expiatorio. ¿Quién se hará entonces responsable?

Cuando uno comprende al fin la cadena alimenticia del hipócrita empieza a entender el porqué de su gran preocupación por la preservación animal y la ecología.

¡Que nunca les falte un chivo!

JR

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