Los Blaquier: heredar una fortuna no es heredar grandeza.



¿Cuánto le debe una familia millonaria al país que hizo posible su fortuna?

La familia Blaquier ha decidido subastar en Nueva York doce obras extraordinarias de su colección de arte, entre ellas pinturas de Van Gogh y Cézanne, por un valor estimado de 450 millones de dólares.

¿Era indispensable buscar al mejor postor en Nueva York? ¿No habría sido posible hacer un esfuerzo genuino para que semejantes obras permanecieran en la Argentina?

Pienso, por ejemplo, en Eduardo Costantini, fundador del MALBA, que ha destinado parte de su fortuna a reunir y exhibir arte. ¿No habría sido razonable explorar si él, otros coleccionistas o instituciones argentinas estaban dispuestos a presentar ofertas competitivas?

La familia Blaquier tiene todo el derecho legal de vender, pero el derecho de propiedad no agota las obligaciones morales.

Hablamos de herederos de una de las grandes fortunas argentinas. Personas que han recibido un patrimonio inmenso sin haber tenido que construirlo, simplemente por el privilegio de haber nacido en una determinada familia. Y cabe preguntarse si, junto con semejante privilegio, no debería heredarse también algún sentido de gratitud hacia el país donde esa riqueza se consolidó.

Pero hay algo todavía más inquietante: estas obras salieron de la Argentina en 2019, durante el gobierno de Mauricio Macri, con autorizaciones oficiales para su exportación temporal. Fueron trasladadas a Luxemburgo y nunca regresaron.

La Aduana llegó a imponer sanciones millonarias por el incumplimiento de las condiciones de aquella exportación, posteriormente cuestionadas por la familia y dejadas sin efecto.

Resulta inevitable preguntarse qué responsabilidad tuvieron las autoridades de entonces en facilitar la salida de semejante patrimonio. No hay pruebas de favoritismo político, pero eso no impide cuestionar las decisiones de aquel gobierno ni exigir explicaciones sobre sus consecuencias.

Y hoy, siete años después, aquellas obras se preparan para convertirse en cientos de millones de dólares en una subasta internacional.

Es cierto que algunas obras tuvieron un procedimiento formal de ofrecimiento a compradores locales. Pero cumplir un trámite no es necesariamente lo mismo que hacer todo lo posible para conservar un patrimonio cultural en el país.

Lo más triste es que muchas de estas obras extraordinarias permanecieron durante décadas prácticamente invisibles para los argentinos. Guardadas en colecciones privadas, lejos de los ojos de quienes podrían haberlas admirado. Y ahora, cuando finalmente salen a la luz, lo hacen para encontrar nuevos propietarios en el mercado internacional.

Nelly Arrieta de Blaquier cultivó durante décadas una imagen de gran mecenas y amante del arte. Pero conviene recordar que el mecenazgo consiste en apoyar la creación artística, incluso cuando no existe garantía alguna de reconocimiento ni de rentabilidad.

Un mecenas pone su fortuna al servicio del arte; un comerciante pone el arte al servicio de su fortuna.

Ambas actividades son legítimas, pero no son lo mismo. Y resulta contradictorio invocar el prestigio del mecenazgo mientras los herederos convierten parte de aquella colección en una operación comercial millonaria. Porque una cosa es amar el arte y otra muy distinta es amar el dinero que puede obtenerse con él.

El arte puede ser una inversión, desde luego. Pero también es cultura, educación, belleza y patrimonio. Una obra que permanece en un museo argentino puede enriquecer a generaciones enteras. Una obra encerrada en una bóveda solo enriquece a su propietario.

No se trata de exigir que nadie regale su fortuna ni de negar el derecho a vender. Se trata de algo mucho más sencillo: pedirles a quienes tanto recibieron de la Argentina que alguna vez piensen en devolverle algo.

Porque una fortuna puede heredarse. El mérito, no. Y el patriotismo no se demuestra con discursos, apellidos ilustres ni declaraciones de amor a la patria, sino con decisiones concretas.

Quizá los Blaquier consigan otros cientos de millones de dólares. Pero habrán dejado pasar una oportunidad extraordinaria de convertir una operación comercial en un gesto de verdadera grandeza.

Y es que hay algo que ninguna herencia garantiza y ninguna subasta puede comprar: la belleza moral de ser agradecido.

JR

Don Quijote: cuatro siglos de Buenismo

¿Y si lleváramos cuatro siglos interpretando el Quijote exactamente al revés?

¿Y si Cervantes no pretendía que admiráramos tanto a su caballero, sino que comprendiéramos sus peligros?

Hay algo en la izquierda contemporánea que me resulta inquietante: su proclamada superioridad moral, su pretensión de representar todas las causas justas y su capacidad para justificar cualquier atropello en nombre del bien.

Un buenismo que sirve de disfraz a los abusos, la corrupción y el desprecio por los derechos ajenos. Grandes ideales, nobles palabras y, al final, otros pagando las consecuencias.

¿Y si Cervantes ya hubiera desenmascarado este mecanismo hace cuatro siglos?

Don Quijote sale al mundo convencido de su misión de impartir justicia. Pero ¿qué hace realmente?

Agrede a inocentes, deja malheridos a quienes confunde con enemigos, libera a presos condenados por la justicia, entre ellos delincuentes violentos, y arrebata al barbero su bacía, un instrumento de trabajo, convencido de haber conquistado un yelmo.

Una auténtica expropiación que, bajo el disfraz de una causa noble, deja de parecer un robo para convertirse en un acto de justicia. Al menos ante los ojos de quien lo comete y de quienes prefieren creer en el ideal antes que mirar la realidad de los hechos.

También pretende salvar a un muchacho de los golpes de su amo, pero su intervención termina provocándole una paliza todavía peor. El propio muchacho le ruega que jamás vuelva a ayudarlo.

Mientras tanto, Don Quijote continúa hablando de justicia, libertad y defensa de los débiles. Jamás parece cuestionar su propia superioridad moral ni los desastres que provoca a su paso. Golpea y atropella a personas inocentes, deja a un hombre con una pierna maltrecha y arremete contra una comitiva fúnebre, atacando a quienes acompañan un cadáver. Nada parece hacerle dudar de su misión. Sus buenas intenciones lo absuelven de las consecuencias. La nobleza de sus ideales justifica cualquier atropello.

¿No resulta inquietantemente familiar?

La izquierda contemporánea y los políticos que impulsan la Agenda 2030 parecen haber perfeccionado este mecanismo: proclamarse defensores del bien para sentirse autorizados a atropellar los derechos de los ciudadanos y hacer añicos los valores de la democracia.

Bajo grandes proclamas de justicia social, sostenibilidad y progreso —como las que inspiran la Agenda 2030—, cabe preguntarse si determinadas políticas no terminan sacrificando libertades, debilitando instituciones y comprometiendo aquello que dicen proteger.

Como Don Quijote, sus promotores parecen convencidos de que la nobleza de sus fines los exime de responder por las consecuencias de sus actos.

Se sienten investidos de tal superioridad moral que se creen autorizados no solo a atropellar los derechos de los ciudadanos, sino también a destruir, en nombre de un supuesto bien superior, los valores que una civilización ha tardado siglos en construir.

Y quien se atreve a cuestionarlos queda automáticamente situado del lado del mal o, directamente, es tachado de fascista.

Pero quizá la mayor ironía de Cervantes esté en el nombre que elige para su personaje cuando, al final de la novela, recupera la cordura: Alonso Quijano, el Bueno.

¿Por qué precisamente el Bueno y no cualquier otro calificativo? Tal vez porque quiso mostrarnos la diferencia entre la verdadera bondad y el buenismo.

La bondad respeta la realidad y los derechos ajenos; el buenismo se proclama moralmente superior y justifica cualquier atropello en nombre del bien.

Solo cuando Don Quijote recupera la razón y abandona sus delirios de salvador puede volver a ser Alonso Quijano, el Bueno.

Quizá Cervantes no pretendía que admiráramos tanto a su caballero, sino que comprendiéramos el peligro de confundir las buenas intenciones con la bondad.

Y quizá la mayor genialidad de Cervantes haya sido conseguir que sus lectores se enamoraran precisamente del personaje cuyos delirios estaba desenmascarando.

Cuatro siglos después, seguimos confundiendo el idealismo con la virtud, las buenas intenciones con los buenos actos y la superioridad moral con la justicia.

Tal vez no hayamos entendido el Quijote. Tal vez, durante cuatrocientos años, hemos sido víctimas del mismo buenismo que Cervantes quiso poner en evidencia.

JR