
Gracias Israel por intentar abrir los ojos durante décadas a quienes se negaban a mirar.
Gracias Francia, por haber sufrido en tu propio territorio las consecuencias de unas políticas de derechos humanos para los terroristas, que tú misma creaste y proclamaste con aires de superioridad moral bien perfumada.
Hoy, esas decisiones están expuestas ante el mundo.
Europa lleva demasiado tiempo creyendo que basta con proclamar la paz para garantizarla, como si las amenazas desaparecieran al negarse a reconocerlas.
Ya ocurrió en los años treinta. Mientras Hitler rearmaba Alemania, las potencias europeas, con Francia entre las principales defensoras de la negociación y las concesiones, intentaban preservar la paz.
El cáncer del pacifismo no fue querer evitar la guerra, sino creer que bastaba con renunciar a defenderse para combatirla.
El pacifismo no detuvo la expansión nazi, por el contrario, la motivó. Y Francia terminó viendo cómo el ejército alemán ocupaba París en junio de 1940.
La historia nos demostró que ignorar una amenaza no la hace desaparecer.
Hoy el escenario es el mismo y surge la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad se niega a reconocer los peligros que tiene delante en nombre de la paz?
Durante años, el extremismo islamista ha aprovechado las libertades europeas para desarrollar redes de radicalización y reclutamiento, instrumentalizando incluso los mecanismos de integración y financiación pública.
Todo ello, acompañado por la llegada de millones de personas procedentes de países musulmanes a territorio europeo, en un contexto en el que la propaganda sobre las víctimas palestinas y los pueblos sin derechos se utiliza para blanquear el terrorismo, convertir a los terroristas en víctimas y transformar su violencia en una causa moral.
El terrorismo no deja de ser terrorismo porque se lo disfrace de justicia y se lo coloree con caras de niños palestinos, que son únicamente víctimas de sus propios padres palestinos.
Francia nos ha mostrado estos dias hasta qué punto una democracia puede verse desafiada desde dentro.
Y Europa deberá ahora debatir cuánto invertir en su defensa, cómo combatir la radicalización y decidir si desea proteger sus fronteras, sus leyes y sus libertades o prefiere entregarse al Islam en nombre de la paz y del desarme.
Un caballo de Troya no necesita destruir las puertas de una ciudad cuando encuentra dentro de ella a políticos corruptos, que prefieren no preguntarse qué lleva adentro, defenderlo, financiarlo y promocionarlo con alegría.
La historia se repite casi exacta y la curiosa ceguera política también.
Gracias Francia por el perfume que disimuló durante largo tiempo tu olor a podrido.
Y perdón Israel, por ignorar al monstruo que sólo tú denuciabas y crecía ante nuestros ojos.
JR