Don Quijote: cuatro siglos de Buenismo

¿Y si lleváramos cuatro siglos interpretando el Quijote exactamente al revés?

¿Y si Cervantes no pretendía que admiráramos tanto a su caballero, sino que comprendiéramos sus peligros?

Hay algo en la izquierda contemporánea que me resulta inquietante: su proclamada superioridad moral, su pretensión de representar todas las causas justas y su capacidad para justificar cualquier atropello en nombre del bien.

Un buenismo que sirve de disfraz a los abusos, la corrupción y el desprecio por los derechos ajenos. Grandes ideales, nobles palabras y, al final, otros pagando las consecuencias.

¿Y si Cervantes ya hubiera desenmascarado este mecanismo hace cuatro siglos?

Don Quijote sale al mundo convencido de su misión de impartir justicia. Pero ¿qué hace realmente?

Agrede a inocentes, deja malheridos a quienes confunde con enemigos, libera a presos condenados por la justicia, entre ellos delincuentes violentos, y arrebata al barbero su bacía, un instrumento de trabajo, convencido de haber conquistado un yelmo.

Una auténtica expropiación que, bajo el disfraz de una causa noble, deja de parecer un robo para convertirse en un acto de justicia. Al menos ante los ojos de quien lo comete y de quienes prefieren creer en el ideal antes que mirar la realidad de los hechos.

También pretende salvar a un muchacho de los golpes de su amo, pero su intervención termina provocándole una paliza todavía peor. El propio muchacho le ruega que jamás vuelva a ayudarlo.

Mientras tanto, Don Quijote continúa hablando de justicia, libertad y defensa de los débiles. Jamás parece cuestionar su propia superioridad moral ni los desastres que provoca a su paso. Golpea y atropella a personas inocentes, deja a un hombre con una pierna maltrecha y arremete contra una comitiva fúnebre, atacando a quienes acompañan un cadáver. Nada parece hacerle dudar de su misión. Sus buenas intenciones lo absuelven de las consecuencias. La nobleza de sus ideales justifica cualquier atropello.

¿No resulta inquietantemente familiar?

La izquierda contemporánea y los políticos que impulsan la Agenda 2030 parecen haber perfeccionado este mecanismo: proclamarse defensores del bien para sentirse autorizados a atropellar los derechos de los ciudadanos y hacer añicos los valores de la democracia.

Bajo grandes proclamas de justicia social, sostenibilidad y progreso —como las que inspiran la Agenda 2030—, cabe preguntarse si determinadas políticas no terminan sacrificando libertades, debilitando instituciones y comprometiendo aquello que dicen proteger.

Como Don Quijote, sus promotores parecen convencidos de que la nobleza de sus fines los exime de responder por las consecuencias de sus actos.

Se sienten investidos de tal superioridad moral que se creen autorizados no solo a atropellar los derechos de los ciudadanos, sino también a destruir, en nombre de un supuesto bien superior, los valores que una civilización ha tardado siglos en construir.

Y quien se atreve a cuestionarlos queda automáticamente situado del lado del mal o, directamente, es tachado de fascista.

Pero quizá la mayor ironía de Cervantes esté en el nombre que elige para su personaje cuando, al final de la novela, recupera la cordura: Alonso Quijano, el Bueno.

¿Por qué precisamente el Bueno y no cualquier otro calificativo? Tal vez porque quiso mostrarnos la diferencia entre la verdadera bondad y el buenismo.

La bondad respeta la realidad y los derechos ajenos; el buenismo se proclama moralmente superior y justifica cualquier atropello en nombre del bien.

Solo cuando Don Quijote recupera la razón y abandona sus delirios de salvador puede volver a ser Alonso Quijano, el Bueno.

Quizá Cervantes no pretendía que admiráramos tanto a su caballero, sino que comprendiéramos el peligro de confundir las buenas intenciones con la bondad.

Y quizá la mayor genialidad de Cervantes haya sido conseguir que sus lectores se enamoraran precisamente del personaje cuyos delirios estaba desenmascarando.

Cuatro siglos después, seguimos confundiendo el idealismo con la virtud, las buenas intenciones con los buenos actos y la superioridad moral con la justicia.

Tal vez no hayamos entendido el Quijote. Tal vez, durante cuatrocientos años, hemos sido víctimas del mismo buenismo que Cervantes quiso poner en evidencia.

JR

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