“Adults Only/ Rich Only”

Las vacaciones representan la universalizacion del descanso. Un espacio en donde todos tienen derecho a parar y a alejarse de sus labores y de su rutina.

La realidad es que hay vacaciones que descansan y vacaciones que cansan aún más que el trabajo; pero cada uno las elige según sus preferencias.

Hay vacaciones sociales y vacaciones solitarias, vacaciones urbanas o playeras, vacaciones rurales, sibaritas, exóticas, aventureras, organizadas en tour o alejadas de todo tipo de agenda.

Mucho ha colaborado el progreso en establecer este derecho a descansar y a moverse; con las low cost, los arbnb y todo tipo de aplicaciones y facilidades económicas que nos permiten a todos; y ya no sólo a unos pocos, acceder y disfrutar de este derecho vacacional.

Pero toda popularización tiene también sus desventajas, en cuanto que es hoy difícil encontrar sitios alejados para desconectar.

Uno regresa de adulto a aquellos lugares vacacionales idílicos de la infancia y encuentra 25 autobuses aparcados en la cala paradisíaca y solitaria de su niñez.

Es difícil encontrar centímetros disponibles en donde aparcar la toalla y aquel mar transparente deja entrever los vasos de plástico, las bolsas y todo tipo de asquerosidades que la masa vacacional aporta a la naturaleza cada verano.

El progreso es sin duda maravilloso, pero el problema surge cuando el progreso económico y el acceso a las cosas no van de la mano de una educación que les acompañe.

No es de extrañar que hayan surgido también y a raudales, los «adults Only» y los «VIP»; parejas que escapan a los pañales, a los cochecitos y al griterío de los niños y se refugian detrás de unos muros que les aíslan de aquellas realidades estridentes y molestas; que algunos vivirán en su momento y otros ya han pasado, superado y dejado finalmente atrás.

Tampoco hay que negar, que en una época en donde la palabra igualdad es el estandarte y el eslogan de todas las campañas, uno añore, a veces, aquella desigualdad que le aseguraba el descanso.

Como afirmaba Camus hablando de las distintas acepciones de la rebeldía, toda libertad llevada al extremo garantiza la aniquilación. Y no puedo estar más de acuerdo en que hay algunos límites y barreras que protegen la libertad y no sólo la de aquellos que están dentro.

Yo estoy acostumbrado desde pequeño a los clubs, en donde sólo entraban los socios, y nunca me sentí ni ofendido ni discriminado, simplemente entendía que uno pertenecía o no, y según esa regla, se establecían las diferencias y sus normas.

Pero hoy todo concepto de club o de muro es intolerable porque esta es la época del «o todos o ninguno» y creo que desgraciadamente, este complejo de inferioridad disfrazado de rebeldía y de justicia social es lo que nos llevará a la aniquilación de todas aquellas virtudes y valores que deberían ser quienes realmente acompañen y justifiquen la verdadera desigualdad.

JR

“Hacerse el Bueno”

Muchos consideran a esta era como a la era líquida; un tiempo en donde nada obtiene el tiempo suficiente, como para poder solidificar.

Los tiempos veloces no dan cabida a que las relaciones, o ningún otro proceso se estabilice, se solidifique y dure lo suficiente, porque la tiranía de lo instantáneo anula cualquier continuidad.

Hacer una gelatina conlleva un proceso, un tiempo y una alternancia de temperaturas, que si vas con prisas no funciona; y entonces terminas echando todo el líquido rojo por el fregadero.

Yo creo sin embargo, que la era que nos ocupa hoy, es la era de la hipocresía; en donde la finalidad última es parecerse a algo, que uno no es.

Las redes sociales nos han ofrecido la plataforma ideal, para mostrarnos como no somos y como deseamos ser vistos.

Y ya no, para ser vistos por unos pocos conocidos, sino para ser vistos por millones de miradas desconocidas.

Hacerse el rico, el guapo, el feliz, el exitoso, el divertido o el bueno, son ahora una tendencia, en la que pueden instruirnos todos los creadores de imagen.

Esos gurús pueden enseñarnos a crear nuestra marca personal y convertirnos así, en un producto consumible y deseado por las masas.

Pero a la gran mayoría; que no somos ni ricos, ni guapos, ni divertidos, ni exitosos; sólo nos queda, hacernos los buenos.

Y así andamos por las redes, haciéndonos los sensibles, los solidarios con los impuestos ajenos, los llorones con la desgracia ajena, los generosos con la tierra ajena, los justicieros con luchas que no son las nuestras y desde casa, calentitos, subsidiados o con aire acondicionado.

Hacerse el bueno es fácil y es muy de izquierdas (aclaro antes de que te apuntes, que la bondad, es un sitio reservado exclusivamente para gente de izquierdas y que no hay cupo para nadie de centro ni de derechas, porque al igual que el orgullo o el día de la mujer, éstas son reinvindicaciones que han sido reservadas únicamente para la gente de izquierda)

La gente vende «bondad» porque los demás se la creen y se la compran. Total, nadie les ve luego en su casa, maltratando al personal cuando se va el wiffi.

Pero hacerse el bueno puede resultar agotador, porque la incoherencia siempre termina asomándose por algún lado y algún despierto acaba por descubrirte y casi siempre lo hace en público y en las redes sociales.

En ese caso, hay que hacerse el ofendido, para evitar tener que dar explicaciones de tus mentiras.

Uno se ofende instantáneamente y si pertenece a algún colectivo alega «discriminacion» inmediatamente.

Si eres homosexual, negro, mujer, musulman, chino o sudamericano estás salvado. Ahora, si eres blanco; aunque seas desdentado, feo y fracasado, estás, pero bien jodido.

Por eso digo; hacerse el bueno es agotador y sólo es aconsejable para los pocos que puedan salvarse con alguna excusa.

Los demás, tenemos que rendir cuentas, dar explicaciones, ir al juzgado y pagar defensas innecesarias ya que antes del juicio te habrán condenado por un color ( que el causante de todas las desgracias de la humanidad).

Por eso considero que la era de la Hipocresía, sólo les funciona a unos pocos.

Los demás, debemos regresar a la era líquida y a seguir intentándolo con la gelatina.

JR

“Educar a un Tuerto”

Mi hijo llegó a casa con los deberes y me comentó: _»Hoy nos toca estudiar los derechos del niño»

«¿ Y las obligaciones del niño?»- pregunte ante su mirada de desaprobación.

«Nooooo, eso no me lo han mandado»- me contestó.

«Entonces tus deberes están incompletos, ya que aprenderás sólo una parte del tema, porque no existen derechos sin obligaciones y enseñar la mitad de una ecuación es igual que educar a un tuerto; un ser que aprenderá a ver las cosas disociadas y a apreciar sólo una parte del entero.»

Lo más interesante de un derecho es que indefectiblemente le impone obligaciones a otro. Es decir, para que tú tengas un derecho, alguien tiene que tener una obligación y si el otro no cumple con su obligación, tu derecho no existe.

Por eso los derechos del niño son el resultado de las obligaciones de los padres y en su ausencia, del estado.

Por lo cual, la interconexión entre los derechos y las obligaciones resulta fundamental, porque el cumplimiento de tus obligaciones son lo que crea el derecho de otra persona.

Tu derecho al paro, al subsidio, a la educación pública, a la sanidad, a la seguridad y a la protección se generan a partir de los impuestos que pagan los trabajadores de su salario y los empresarios de sus ganancias.

Esa carga impositiva que deja de percibir aquel que trabaja y genera, la percibe el enfermo, el estudiante, el pensionista, el parado y todo aquel que es subsidiado de alguna manera por el estado.

El dinero al que el trabajador o el empresario renuncia de forma obligada, es dinero que él no percibe ni disfruta y supone en realidad, horas de trabajo que no cobra, para cubrir los gastos del estado.

Todo trabajador que paga impuestos dona determinadas horas al mes de su trabajo para cubrir tus derechos y tus prestaciones.

Mi hijo me miraba desconcertado._» ¿Pero no es el estado quien paga todas las prestaciones? » me preguntó, sin comprender que un estado es tan sólo el encargado de administrar el fruto del trabajo de las personas.

El creía que el estado era el proveedor del dinero y educado en mirar con un solo ojo, había obviado totalmente al verdadero generador del capital administrado.

¿Y entonces, por qué todos odian a los que trabajan y a los empresarios?_ preguntó.

«Porque han sido educados como tuertos»

JR

“El Espacio Creativo”

Tengo la costumbre de trabajar en espacios pequeños, porque la inmensidad me deja siempre sin palabras y sin pensamientos.

Hay algo en los espacios abiertos que nos relaja y nos deja mudos y silenciosos por dentro.Las playas, el mar, la montaña, me relajan y es sólo cuando estoy en esos espacios inmensos, cuando me siento realmente de vacaciones.

El pensamiento surgió siempre en la cueva, en espacios cerrados en donde el hombre se encuentra ensimismado y confrontado a sus carencias y necesidades y abocado a crear y a crearse soluciones, sin escapatoria.

Crear está ligado a la subsistencia y no hay mejores obras, que aquellas que se escriben y se realizan con desesperación.

Y no hay subsistencia posible, sin creatividad.

¿Quién escribe, sino está carcomido por las ideas que le zumban en la cabeza?

¿Quién crea, sino es por la necesidad de inventarse algo nuevo, sean soluciones científicas, tecnológicas, literarias, políticas, personales o económicas?

La creatividad se alimenta de cierto grado de anhelo y de los fanáticos.

Los tibios no crean, los tibios disfrutan y transitan tranquilos por la época que les toca, acomodándose a todo y sin sentir el ardor de tener que cambiar nunca nada.

¡Y yo cómo les envidio!¡Quién pudiera ser tan feliz! Reconociendo a tiempo la insignificancia de nuestra nimia existencia, en un mundo milenario de millones y millones de nadies. Pero unos «nadies» que en dos mil años crearon un mundo.

La creatividad se dispersa en la inmensidad, los cuadros se acaban a puertas cerradas, los libros se escriben a puertas cerradas, los licenciados se gradúan a puertas cerradas, los descubrimientos científicos se hacen a puertas cerradas y los inventos se plasman a puertas cerradas.

Si abres las puertas, la creatividad se te escapa por la ventana.

Hay que crear y crearse adentro.

En la reunión de padres de primero de primaria la maestra me dijo muy preocupada que mi hijo siempre estaba mirando por la ventana. Tenía 5 años y quería escaparse al patio a cada rato. Era normal, ¿quién no quiere escapar?

Pero si todos escapamos por la ventana al patio y a la playa ¿quién crea? ¿Quién piensa y cambia el mundo?

La creatividad no es un halo de luz agradable y suave que uno espera y recibe con alegría, sino un tipo de radiación contaminante de la que uno no puede, ni debe escapar.

Por eso los creativos se instauran unas rutinas con horarios rígidos y los respetan como si fueran condenas.

A la creatividad hay que hacerle un espacio; uno pequeño, sencillo y sin distracciones, hay que alimentarla con quietud, con horas de trabajo y de aburrimiento.

Hay que cerrar las ventanas y con el recuerdo del patio, de la playa, del mar, de la montaña, hay que inventarse un mundo nuevo.

JR

«NUBE SIN ALMA»

Se acercó intrigado y me preguntó: _¿Qué es la «nube»?

Es el lugar en donde suelo estar cuando intentas contarme tus cosas. El lugar en donde trabajo, estudio y aprendo; me informo y progreso, juego y cotilleo.

Aquel lugar que me eleva, pero que jamás me llevará al cielo.

Pero volvió a preguntarme:_¿Qué es la «nube»?

Es ese lugar mágico en donde no existen las distancias. En donde me encuentro con mis amigos, sin necesidad de ponerme los zapatos y me despido de ellos, sin sentir el calor de sus abrazos.

Donde encuentro un consejo sin una mano tendida y un consuelo sin pañuelos, lloro sin mojar un hombro y río a carcajadas en emoticonos.

Es un lugar que me transporta y me lleva a descubrir nuevos mundos, sin tener que hacer las maletas.

El lugar en donde me conecto con todos aquellos a quienes tengo lejos; mientras los que están a mi lado anhelan mi presencia.

Es un lugar misterioso, que hace que todo parezca cerca, que todo parezca fácil y que todo parezca posible.

Un lugar parecido al que me encuentro cuando escribo; conectado pero ausente.

Adonde estoy cuando no respondo a ningún nombre, cuando soy sordo a tu llamado, a tus pedidos, a tus urgencias.

Y me respondió:_”Pues entonces, «llueve».

De vez en cuando, baja de tu nube y lluéveme un poquito.

Transforma tanto aire en agua, alquimiza el vacio y conviértelo en materia.

Baja al mundo y llueve cargado de contenido y de cosas nuevas; de ideas, de risas con ruido y de abrazos apretados.

Llueve y moja la tierra con todo lo nuevo que has aprendido del aire, porque sin lo real, nada cunde. Y sin la experiencia, nada está vivo.

Llueve mucho y llueve fuerte porque ninguna otra cosa hace crecer a un alma.

Sólo la acción lo logra y es en la tierra, en donde todo germina.

Llueve, baja de la nube y «VIVE».

J.R

29/8/2014

«Una carta de amor, será tan solo un calco, una copia frugal del sentimiento, una carta de amor, no es el amor, sino un informe de ausencia» Mario Benedetti.

“Todos Menos Tú”

Pocos libros han tenido tanto consenso y han hecho tanto daño, como esta saga de manuales de ayuda para detectar a la gente tóxica que te rodea.

Aún recuerdo a amigos alabando el libro, como si se tratara de la aparición de un nuevo Evangelio.

Lo curioso del libro es que servía como un detector y todo el mundo reconocía al instante a los millones de tóxicos que le rodeaban, pero nadie nunca se reconocía a si mismo como tóxico.

Si los tóxicos son todos los que nos rodean y los que nos rodean también detectan a los tóxicos a su alrededor. ¿Adónde están los tóxicos? ¿Quiénes son los tóxicos?

El gran éxito de esta saga consistió en que eran libros para aprender a echar la culpa de todo al otro y ese fue en realidad su anzuelo.

No eran libros de autoayuda o de introspección, como tantos otros, sino un concepto ideado para adiestrarnos a tirar la mierda afuera.

Tirar la mierda afuera es sencillo y no conlleva demasiado esfuerzo y podríamos decir, que nos sale de forma bastante natural.

A esta tarea nos apuntamos todos sin problema, pero en donde no queda nadie, es en el aula de mirar hacia adentro y de hacernos cargo de nuestra propia toxicidad y responsabilidades.

No siempre es el otro el culpable de nuestros fracasos, de nuestras derrotas, de nuestras frustraciones o malestares. Y seguir motivando a una sociedad a tirar la mierda afuera, será seguramente muy rentable para este psicólogo que escribe, pero es poco productivo para una sociedad que intenta avanzar en la diversidad y en la conciliación.

«Cargue cada uno con sus culpas y no habrá culpables» decía el sabio Antonio Porchia, dándonos una lección de responsabilidad infinita; porque cuando uno acepta sus propias toxicidades, rebaja también las ajenas.

Ni yo estoy tan desinfectado, ni tú tan infesto.

Aquel antiguo e incómodo «Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra» nos intimaba a la reflexión y costaba mucho más digerirlo, de lo que nos cuesta ahora, terminar el manual sobre la detección de culpables de Bernardo Stamateas.

El problema es que estos best sellers han llenado al mundo de víctimas, pero nadie se reconoce como culpable.

Leer estos libros es una fiesta, como aquella que se arma en los pueblos cuando se llenan de cotilleos malignos sobre los vecinos. Uno disfruta secretamente de la fiesta, que es igualita a aquella sobre la que nos cantaba Joaquin Sabina, en la que estaban «todos menos tú».

JR

«La Cultura de la Manía»

«Descubrir la utilidad de tus manías es el primer paso para liberarte de ellas, o para aferrarte a ellas aún mas» JR

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De aquel viaje que hice a la Argentina me traje a casa un souvenir y éste fue la palabra “hinchapelotas”.

La escribí con rotulador indeleble en la puerta de la nevera, para estar advertido en todo momento.

Esta palabra me resultó sumamente atractiva, tanto en su pronunciación, como en la amplitud de su contenido, ya que abarcaba tantas cosas, que sustituirla en inglés, me hubiera llevado a articular un montón de palabras distintas.

Ser un «hinchapelotas» es una característica que aparece cuando las cosas, en vez de convertirte en un ser mas relajado y natural, te convierten en un fanático que no disfruta de nada, ni deja disfrutar a nadie.

Este impedimento se debe siempre a la aparición de algún inconveniente, al que el maniático considera ajeno a si mismo y que logra interferir en su proceso de disfrutar de las cosas.

Hay muchos tipos y clases de «hinchapelotas», como son por ejemplo el naturista fanático, el deportista fanático, el religioso fanático, la madre obsesiva, el intelectual fanático, el ecologista fanático, el hipocondriaco, el paranoico, el perfeccionista, el adicto a internet, etc.

Son muchos y muy variados los caminos de los que disponemos para convertirnos en auténticos hinchapelotas.

Esta característica tan común, comienza a manifestarse cuando sientes que la vida en vez de ensanchar tus horizontes, empieza a limitarte, hasta el punto en el que vivir, ir a cualquier parte o tomar cualquier decisión, se vuelven un trastorno para ti y para todo aquel que te rodea.

Salir a cualquier parte se vuelve un inconveniente, porque todo fanatismo te va limitando a un espacio que está acotado a unas condiciones determinadas.

Ya no puedes ir libre a cualquier sitio, ni gozar de las cosas que los distintos momentos y espacios te ofrecen, porque te descubres a ti mismo atado a determinadas rutinas y estilos de vida, sin los cuales te vuelves un discapacitado para poder sobrevivir.

El hinchapelotas depende de una estructura determinada que él mismo se ha impuesto y que le va limitando cada vez más, en los distintos aspectos de su vida.

Mucha gente se queja hoy, de que vive una vida sin sentido y la describe como a una sensación de infelicidad que crece y que está plagada de múltiples obligaciones y rutinas inamovibles, siendo incapaces de reconocer que son ellos mismos, quienes se han impuesto las prisiones que les encarcelan.

Convertirte en un «hinchapelotas» es un proceso lento y silencioso, que ocurre mientras tú no te das cuenta e incluye a las manías mas extrañas y diversas, que van desde temores de todo tipo, hasta múltiples obsesiones; que pueden incluir a la alimentación, la limpieza, el deporte, la dependencia del lujo, del orden, o de la tecnología y todas esas costumbres, sin las cuales el individuo es incapaz de subsistir a corto plazo.

El «hinchapelotas»sufre al sentirse incapaz de desenvolverse en ámbitos que no le provean de sus amuletos y que le impidan aquellas rutinas obsesivas, de las que se ha vuelto dependiente.

Las personas que le rodean también sufren teniéndole cerca, porque son quienes deben soportar las consecuencias directas de todas sus limitaciones y en estos casos, tienen la opción o de sobrevivir volviéndose igual de hinchapelotas que ellos, o de sufrir para siempre permaneciendo a su lado.

El contagio es sin embargo lo que abunda, procreando además a nuevas generaciones de «hinchapelotas» que avanzan, criados a base de manías e intolerancias. Una generación que aún desconocemos en qué decantará.

Esta es una generación criada entre la limitación, la alergia, los tabúes, las intolerancias variadas y el miedo hacia todo aquello que rompa con los moldes rígidos en los que han sido obligados a crecer, siempre alimentados a base de temores y de inseguridades o hacia el terror frente a la escasez de cualquier abundancia.

Sin embargo, la reacción espontánea de todo adulto medianamente sano, que se expone a sufrir a un «hinchapelotas», es tratar de evitarle a toda costa.

Y así es como uno deja de invitar al «hinchapelotas» a su casa y evita compartir espacios y momentos con él, ya que el «hinchapelotas» logra con sus manías, complicar toda convivencia y estropear, sin tener conciencia de su mal, todos los momentos en los que el grupo pareciera tener la posibilidad de ser feliz.

Siempre aparece algún inconveniente o alguna carencia que imposibilita que florezcan los momentos agradables y relajados en el grupo, y éste se ve obligado a soportar continuamente sus prisiones, que suelen incluir desde la necesidad vegetariana hasta la obligación de la proteína, pasando por la rigidez de sus horarios o por cualquier tipo de superstición, temor o contagio con respecto a casi cualquier cosa.

La cultura del «hinchapelotas» incluye al arte de amargarse la vida por nimiedades, pero es curioso como hoy en día, esta modalidad de vida ha logrado ponerse de moda y ser venerada por una sociedad de consumo, que consume entusiasta hasta las manías que le venden.

La gente asocia a la estrechez con una superioridad intelectual, social o moral, y presiente que las manías son el sello que pueden convertirles en gente «especial», gente que posee una sensibilidad extrema y que es intolerablemente consciente de todos los peligros.

Convengamos que la única superioridad del ser humano, radicó siempre en su capacidad de ser flexible y de haber podido adaptarse a las distintas realidades existentes de una manera sencilla.

Ser un maniático hoy se promociona como un elemento «chic», que incluye además, a la posibilidad de convertirte en un ser superior, en algún extraño sentido.

La gente hoy aspira a la manía de la misma forma en que ansía ser aceptada dentro de cualquier club selecto.

Las modas se imponen a su vez con nuevos productos que acompañan y motivan a la manía y la elevan a una categoría de lujo, ganando nuevos adeptos y generando una rentabilidad altísima, cosa que incentiva aún más al mercado, a seguir desarrollando nuevas formas de alimentar la manía.

Hoy las marcas buscan nuevas y originales maneras de sacar provecho a la obsesión, convirtiendo a la locura, en el nuevo articulo de lujo.

Ls locura lleva hoy nuevos nombres y muchos nuevos fanatismos son enaltecidos con la excusa de responder a ideales mas puros, más tec, y mas sanos; pero sin la conciencia de que la condición de inmovilidad y estrechez que caracteriza a toda manía, es aquello que la descubre como a la locura de toda la vida; disfrazada ahora de limpieza, de sanidad, de cuidado, de tecnología, de espiritualidad o de puro narcisismo; pero loca como siempre.

El «hinchapelotas» no es otro que el loco de ayer, el de hoy y el de siempre: aquel que habita en una rigidez de convicciones tal, que ni vive, ni deja vivir a nadie.

Desgraciadamente, todos aquellos buenos momentos que el hinchapelotas se pierde, mientras se distrae con otras cosas; y que logra también hacer perder a todo aquel que le acompaña, son en realidad el único alimento que nutre de igual manera el cuerpo, el alma y el intelecto.

Me traje como souvenir una palabra, que desde hoy me acompaña para siempre, como recordatorio y como advertencia, y he decidido en este tiempo, purgar con ímpetu muchas de mis manías, quedándome únicamente con aquellas que sean ya incurables.

JR

“¿Qué esconde la Urgencia?”

Algo urgente es algo que urge hacer cuando apremia el tiempo.

Todos estamos sin embargo, muy habituados a esta palabra, tanto en el trabajo como en la vida. ¿Pero qué nos muestra la urgencia?

La urgencia denota una falta de previsión, un mal diagnóstico sobre una situación o tarea determinada y una mala gestión o administración en el empleo del tiempo para alcanzar un objetivo.

Llega el verano y uno apunta como urgente bajar un poco de peso. Ya quedan escasos meses para ponerse el bañador y la dieta se impone como algo urgente.

Esta urgencia denota en realidad, que no existió durante el año una mesura en la alimentación, de lo contrario, esta urgencia hoy no existiría.

Lo mismo nos sucede en época de exámenes o ante la entrega de un trabajo. Si uno hubiese administrado bien su tiempo de estudio y de trabajo, la urgencia hoy no sería tan apremiante.

La falta de previsibilidad también da lugar a la urgencia; uno no prevee determinadas circunstancias adversas posibles o realiza un diagnóstico equivocado sobre una situación, subestimando la complejidad de una tarea. Y al descubrir su error, siente la urgencia de repararlo o compensarlo de forma inmediata.

Sin duda vivimos en un tiempo lleno de cosas urgentes; en donde todo era para ayer; en gran parte por un exceso de tareas y en otras, por una falta de organización o por la carencia de una acción constante y persistente hacia un objetivo.

Pero de todas las urgencias, las más dolorosas son aquellas que tienen que ver con lo afectivo. Porque son aquellas que ponen en evidencia nuestra falta en términos de atención, de presencia, de ocupación, de estar en donde se nos necesitaba, cuando se nos necesitaba.

Esas urgencias suelen ser aplazadas por la urgencia de otras cosas, a las que consideramos en su momento, como mucho más urgentes.

En este tipo de urgencias se nos exige una acción inmediata, reparadora o salvadora de un daño.

A veces el daño es ya irreparable y el tiempo que nos queda para subsanarlo es escaso, pero es ante estas urgencias, en donde uno aprende a conocer el valor del tiempo que ha dedicado a cada cosa.

Hay un tiempo para todo, dicen algunos, pero la realidad es que nunca hay tiempo para todo, porque el tiempo es limitado y el «todo» representa una infinidad de deseos inabarcables en ese espacio.

Desgraciadamente no es cierto que haya tiempo para todo y debemos aprender a conciliar todas las urgencias; pero sin perder de vista jamás, cuáles son las más urgentes.

JR

“Rebelarse a la Homogeneidad”

La homogeneidad se presenta en Matemáticas cuando el término independiente es nulo, en industria es la estandarización de las propiedades de un producto y en Filosofía es la reducción de la identidad a un pensamiento único.

Si algo valioso nos han aportado las Repúblicas Democráticas es sin duda, el permiso para no ser homogéneos. Esa es la libertad de la que disponemos para disentir y para construir nuestra propia identidad dentro del conjunto.

Existe en nosotros una necesidad natural de certeza, tras la cual emprendemos esta búsqueda de identidad, con el fin de asentarnos finalmente en alguna.

El problema aparece sin embargo, cuando se produce este asentamiento, en el que dejamos aquella actitud nómade del buscador, para establecernos y anclarnos en una forma de pensamiento, bajo la cual damos por terminado nuestro peregrinaje.

Cuando uno se establece en una identidad determinada, no deja sólo de buscar, sino también de «buscarse» como singularidad dentro de un conjunto.

Uno fija entonces su mirada y compacta su pensamiento acotándose a sí mismo, bajo una identidad fija e inamovible y siempre concordante con el grupo elegido.

Si bien es cierto que el asentamiento nos da una seguridad y nos habilita la pertenencia a un grupo afín a nuestra propia identidad, también comienza a condicionarnos y a limitarnos la mirada.

La homogeneidad es sin duda ese ambiente cómodo en el que uno se mueve, sin tener que hacer grandes esfuerzos de adaptación ni de tolerancia.

Y que nos facilita un medio conocido, familiar, en donde uno conoce las preguntas y sabe de memoria las respuestas a cada una de esas preguntas; pero en donde poco a poco, uno también se va olvidando de preguntarse cosas distintas y de crecer.

Hay en la homogeneidad un silencio que no es espiritual sino monótono y una afinación monocorde que hipnotiza y adormece el pensamiento. Y si bien es relajante por momentos el no tener que pensar, renunciar a esa capacidad delegándosela permanentemente a otro, es sumamente peligroso.

Hace unas semanas en mi edificio, hubo una reunión de comunidad para establecer los periodos de duración de la presidencia de dicha comunidad.

Mi opción fue la de sugerir periodos relativamente cortos, en donde la rotación fuese cada cierto tiempo imprescindible; pero para mi sorpresa la mayoría prefería una presidencia casi vitalicia.

El argumento era que si a alguien le «gustaba» ser presidente ¿por qué no dejarlo desempeñar ese cargo todo el tiempo posible?

Lo que enmascaraba esta postura tan generosa era en realidad, que ninguno de los presentes quería ocuparse de los asuntos de la comunidad y esta tendencia al poder vitalicio, no era otra cosa que el encubrimiento de la pereza del conjunto y de su intento por evadir su responsabilidad individual, con aquella frase tan conocida «que se ocupe otro».

De más está decir, que ganó la mayoría.

Cuando renunciamos a nuestra singularidad, renunciamos también a nuestra capacidad de actuar y de pensar de forma autónoma, delegando en otro esa responsabilidad, como si de todas las ocupaciones diarias que tiene un homo sapiens en el día, no fuera «pensar» y repensar lo pensado, la más importante de todas y la única que siempre, marcó la diferencia.

JR

“Empatizar con el Pueblo”

Empatizar es prestar atención al dolor del otro, es hacer una pausa, acortar las distancias y acercarse al que padece.

Hay gente que es naturalmente más empatica que otra, y son los dolores sufridos, quienes nos vinculan irremediablemente al dolor ajeno.

Quien no ha sufrido nada, lo tiene más difícil, porque la escasez de sufrimiento hace mucho más complicado ese tipo de acercamiento.

A veces los «no empaticos» no lo son por «malos», sino por mera ignorancia y por desconocimiento de lo que es el dolor.

Muchas veces en la vida uno se pregunta para qué sirve sufrir y a veces no encuentras respuesta. Pero si hay algo que el dolor nos aporta, eso es sin duda, la posibilidad de la empatía.

Quien ha sufrido alguna vez, tiene disponible el desarrollo de esa capacidad, y digo disponible, porque no todo el mundo aprovecha el sufrimiento, ni lo capitaliza transformándolo en capacidad empatica.

Una vez a la semana suelo utilizar el transporte público y lo hago adrede y como un ejercicio para no perder el contacto con la realidad. Creo que salir del habitáculo automovilístico, de vez en cuando, nos previene del aislamiento y nos embebe de lo que pasa en el mundo.

En el aislamiento uno comienza a creer, que la realidad es eso cotidiano que uno vive en su propio mundo. Sin duda esa es «una» realidad, pero no es «la» realidad.

Cuando subes al metro en hora punta, te percatas de que en ciertas percepciones a la distancia, estabas equivocado.

Uno ve las caras, las posturas, el cansancio, la pobreza; la incertidumbre de los jóvenes y la resignación de los ancianos; el consuelo y la compañía permanente del móvil (que funciona a la vez de espejo y de escudo), las soledades, las pequeñas generosidades a bordo, la indiferencia y el hartazgo.

Los médicos recomiendan no perder nunca el contacto con la realidad porque perderlo implica también, perder la cabeza.

Quien vive en una realidad ficticia por demasiado tiempo, tiende a sufrir una desconexión a la que llaman locura. Y hay muchos tipos de locuras; pero todas ellas coinciden, en mayor o en menor grado, con una apatía hacia el mundo; porque la locura es un tipo de aislamiento patológico del que no puedes regresar.

Siempre recuerdo aquella anécdota en la que Churchill tenía que tomar la terrible decisión de rendirse ante los nazis o de luchar contra ellos hasta el final.

Churchill sube al metro por primera vez en su vida y empieza a preguntarle a los viajeros del metro qué hacer.

La gente rechaza fervientemente la posibilidad de rendirse ante el mal o de pactar con Hitler para prevenir una guerra y Churchill confirma, que el pueblo es mucho más valiente de lo que él creía.

Hay en esa anécdota además, una solicitud de permiso para el dolor y para el sacrificio; que es la actitud de un buen servidor del pueblo.

Los políticos hoy en día dan primordial importancia a las palabras, a la imagen, a la pose y a la buena comunicación; pero sólo como un medio para convencer a sus audiencias.

Son como aquellos sofistas contra los que Sócrates protestaba; diciendo que la dialéctica no era ética, porque no buscaba la verdad.

Convencer, no implicaba decir la verdad, porque para los sofistas la verdad nunca fue importante.

La mala comunicación no siempre se debe a un problema de dialéctica, sino que muchas veces, es un problema de distancia.

Y son la falta de verdad y de empatía, las verdaderas barreras del lenguaje.

JR