“De la Linealidad a la Atomización”

“ Se mueven, no porque estén vivos, se mueven para creer que viven” A Porchia

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Si observas una mesa familiar contemporánea, ya casi no verás a un circulo lineal, conformado por puntos unidos alrededor de una mesa, sino a puntos aislados, cada uno girando en la órbita de su teléfono móvil.

Y es que el mundo digital ya no concibe al tiempo como a una linealidad, en donde el individuo se dirige hacia un destino o hacia una meta común, conformada por subidas y bajadas, valles y montañas, puentes y diques, que le marcan además, un ritmo con distintas velocidades.

El mundo digital no conoce la distancia lineal porque la ha trascendido y opera en un espacio distinto. 

Hoy la velocidad de la información y de los sucesos es tan precipitada, que ya no queda tiempo para la reflexión de nada de lo que pasa, ni de nada de lo que nos pasa.

La reflexión era el espacio vacío que existía entre un suceso y otro. Un bache de tiempo que quedaba disponible para pensar lo sucedido y aprender. Era el tiempo que existía entre una cosa y otra, entre una actividad y otra, entre un encuentro y otro. ( un vacío al que hoy se teme con espanto)

Cuando nuestra cotidianeidad sucede a mucha velocidad y esa velocidad no amengua, sino que sigue acelerándose cada vez más, el aprendizaje no tiene tiempo ni espacio para suceder. 

La linealidad del tiempo tejía historias, construía relaciones, vidas conjuntas y experiencias de las que nacían ideas, vínculos, aprendizajes y virtudes.

Hoy sin embargo, nada permanece en el tiempo, todo es efímero y volátil porque la falta de linealidad ha provocado también la falta de sostén.

Las cosas ya no pesan porque ya no duran, y no duran porque no tienen tiempo de detenerse. Y como no pesan ni duran, tampoco son valiosas. Todo es efímero, momentáneo y descartable. 

La atomización escapa a toda fuerza gravitatoria, manteniéndonos en un espacio aislado y girando sobre nosotros mismos, sin ninguna finalidad ni sentido. Porque el sentido de todo movimiento aparece recién cuando éste se detiene. Y no existe el sentido en el ámbito nuclear.

Todo viaje cobra sentido recién cuando uno vuelve a casa, porque el volver a casa implica detenerse. Y detenerse es valorar y dar sentido al movimiento. 

¿Está acaso el peso de las cosas relacionado con el valor y el sentido de las cosas?

Si, lo está. Porque para pesar, un objeto necesita permanecer. Y el permanecer es tiempo y el tiempo de permanencia es algo que desaparece en la época de la atomización y de lo instantáneo.

Aquí nada permanece, nada pesa, nada vale, nada es suficiente y nada satisface. 

Ya no es fácil terminar un libro, atender a una conversación, ni concentrarse en nada. Ni hablar de construir relaciones, familias o amistades duraderas que conlleven tiempo y permanencia y una dosis de quietud, (que hoy es considerada casi como un pecado mortal o una pérdida de tiempo). 

La tendencia es la urgencia por vivir conectado, eufórico, asombrado, excitado, motivado a toda hora, entretenido a toda hora, informado a toda hora y a la vez aislado a toda hora, en un espacio de soledad que gravita alejado de todo cuanto nos rodea y a la vez conectados con todo lo que no pesa, ni tiene duración, ni es importante.

Este tipo de aislamiento digital provoca un vacío que no es producto de la escasez, sino de la saturación.  

Mucha gente se queja; en estos tiempos de posibilidades infinitas de distracción; de sentirse presa de una falta de sentido.

Y no es casual que las enfermedades actuales estén relacionadas con este aislamiento hiperactivo, (el vacío y la tristeza) y que sean éstas la nueva peste del siglo de la hiperconexion.

El sentido no aparece porque no se dedica ningún tiempo a darle sentido a las cosas.

La hiperconexion atrofia la capacidad de conexión que da sentido a la vida. 

El sentido es tiempo y el tiempo es permanencia. No inmovilidad ni quietud estática; que llevarían inevitablemente al mismo vacío pero por una dirección distinta; sino ritmo.

Cuando la vida tiene un ritmo; uno con redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas y silencios; entonces hay música.

JR

 

 

“Sin ritmo no hay música, ni sentido, ni vida” JR

 

 

“La Belleza Ignorada”

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Pocas cosas son tan bellas como la virtud ignorada. Aquel que es bueno y no lo sabe, aquel que alumbra sin saber que es luz, aquel que es bello y desconoce su belleza o aquel que es sabio y siente que aún le queda todo por aprender.

Hay virtud en la ignorancia de las virtudes y es esta ignorancia la que otorga la cualidad de virtud a la virtud.

Porque hay algo de repugnante en el conocimiento de aquel que se sabe a sí mismo bueno, piadoso, hermoso o sabio. 

Algunos llaman a esta ignorancia bendita “inocencia”, y ésta no es una candidez que se deja engañar o que permite que la adulación y la vanidad le cieguen.

La ignorancia bendita no se deja medir ni con números ni con letras, porque lo supremo no se puede sumar, ni restar, ni contar.

La verdadera virtud es como una fiebre leve; algo que se tiene sin percatarse jamás que se tiene.   

JR

”Quien de verdad aprende, ignora que aprende y por dónde aprende” JR

“Inteligencia Artificial”

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Si nos remitimos a las definiciones de este concepto tan vigente, veremos que la inteligencia artificial es un conjunto de sistemas creados para desarrollar la racionalidad de una arquitectura, sea ésta una máquina o un ser humano.

El concepto “artificial” nos habla por lo tanto de algo que no es auténtico o propio, sino fabricado e introducido por otros, y esto no excluye a los sistemas educativos, que transmiten al individuo un aprendizaje ordenado de conceptos, con el fin de generar un funcionamiento intelectual determinado y con fines útiles.

Si el conocimiento es en realidad una acumulación de información y de datos introducidos en un mecanismo (en nuestro caso en un cerebro) estamos entonces estableciendo que aquella acumulación de conocimientos a los que comúnmente llamamos inteligencia, es algo también artificial, o lo que denominaríamos más concretamente como memoria.

Podríamos deducir entonces, que toda información que no es obtenida por la experiencia directa es algo adquirido artificialmente (no es propio, sino ajeno).

¿Y cuál es entonces el tipo de inteligencia que no es artificial?

Se podría decir que lo único realmente auténtico es aquello adquirido a través de nuestra propia experiencia, pero sólo si ésta deja de estar influida o condicionada por los aprendizajes e informaciones anteriores; cosa que resulta ser sumamente difícil, ya que liberarse de los condicionamientos que limitan la aparición de la inteligencia es un proceso que lleva muchos años de atención. Porque muchas veces, ni siquiera muestras propias experiencias son capaces de derribar los condicionamientos adquiridos de forma artificial.

Nuestra respuesta a los estímulos cotidianos no es muy distinta a las respuestas que podría dar una máquina programada con la misma información.

Vivimos casi toda nuestra vida en una especie de piloto automático, que nos permite reaccionar de una forma similar, estipulada y predecible a los estímulos que se nos presentan y sin esfuerzo.
Esta capacidad de funcionar de forma automática nos hace semejantes a cualquier máquina programada para la misma función.

La inteligencia artificial que nos implanta la Educación es sumamente útil y escencial para nuestra supervivencia, ya que uno no debería tener que experimentar ser arrollado por un coche para aprender a parar en un semáforo en rojo.
Gracias a la inteligencia artificial obtenida mediante la información que nos aporta la Educación a todos los niveles, evitamos tener que pasar por muchas experiencias dolorosas para aprender.
Por lo cual, la información de la Educación a todos los niveles es fundamental para nuestra supervivencia, pero a la vez insuficiente para nuestra superación.

Algo similar nos sucede con las emociones; quien no ha sufrido la muerte de un ser querido es incapaz de tener la experiencia de la pérdida de otro individuo y si se compadece de aquel que pierde a un ser querido, es sólo porque ha adquirido el concepto del dolor de forma artificial y el de la compasión como reacción o respuesta. Por lo que podemos deducir que la empatía también se aprende como conocimiento o como experiencia.

Para hablar sobre nuestra reacción a aquello para la que no estamos  programados podríamos remontarnos a esos momentos en los que sufrimos un estado de parálisis momentánea al enfrentarnos con cosas nuevas, cosas para las cuales no estábamos preparados o programados. Y ante estas situaciones, se nos exige una acción nueva.
Frente a este “desconocido” surge un estrés, que es la reacción de la inteligencia despertándose, (no nos olvidemos que la introducción de inteligencia artificial en el ser humano presupone la existencia de una inteligencia dormida).

La diferencia de respuestas ante una situación no programada pueden ser dos: o respondemos en forma de reacción (mecanismo de respuesta de inteligencia artificial, que en estado de emergencia asocia a una situación desconocida con alguna otra ya conocida), o respondemos con acción ( mecanismo de respuesta nueva y libre de condicionamientos externos).

Esta última forma de respuesta es lo único que una máquina jamás podrá hacer porque la máquina no conoce a la excepción y como no es capaz de crear tampoco es capaz de distinguirla.

La repetición de mecanismos aprendidos es una función «no creativa», meramente reaccionaria y repetitiva, que tanto la máquina como el ser humano, son capaces de llevar a cabo.

Salvando a la creatividad, ( que es lo único que nos diferencia de las máquinas), en el resto de situaciones funcionamos exactamente igual a ellas, con la diferencia de que ellas son mucho más rápidas, no se cansan nunca y tienen mucha más memoria.

JR

«La Identidad cultural como Frontera”

“ Lo que está entre la manzana y el plato también se pinta” Georges Braque (pintor del siglo XX)

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Junto al resurgimiento de los tan temidos nacionalismos aparece la excusa de la identidad cultural como frontera y motivo de separación. 

Tenemos un sistema de pensamiento que para comprender cualquier cosa y reafirmar ese conocimiento, necesita separar y comparar a una cosa con otra.

Todos nuestros conceptos y nuestras conclusiones se forman entonces como resultado de una comparación y de una diferenciación de lo otro.

Lo que soy, se define por aquello que tengo distinto a ti.

Por lo cual, uno va forjando su identidad en relación a otro de una forma negativa (porque es en base a una diferencia)

No soy en cuanto soy, sino en cuanto soy distinto.

Al diferenciar, comprendemos y establecemos aquello que conocemos como identidad.

Esta identidad implica además, la continuidad de una forma específica de conocer y marca los parámetros de un tipo de pensamiento; el de una mentalidad a la que yo llamo mentalidad en blanco y negro.

Tanto el blanco como el negro marcan dos extremos fijos e inmóviles, separados por su diferencia. Pero esta distancia “entre” el blanco y el negro también se pinta, como diría Georges Braque. 

Nos dicen que la identidad cultural es la forma de pensar el mundo y para una mentalidad en blanco y negro es en realidad una construcción de cimientos fijos, en contraposición a grupos distintos.

Todo lo que no es blanco, es negro y el policromado o el espacio entre el uno y el otro, nunca se pinta.

¿Pero por qué no se pinta?  Porque no se conoce.

¿Y por qué no se conoce? Porque no está sujeto a ninguna comparación.

La identidad cultural es un concepto que amalgama dos valores que se contradicen entre sí (identidad y cultura) y este término se inventa para que sirva de frontera y como excusa para mantenerme indentificado y separado de aquello que es desconocido. 

La excusa suele ser el temor a la uniformidad o el temor por la desaparición de una cultura que desea preservarse intacta. Pero la cultura no es una cosa a la que puedas mantener inmutable, sino un proceso vivo, que nunca se mantiene separado o inmune al entorno.

Mantenerse separado no es sólo separado de algo, sino quieto, fijo, sin curiosidad, muerto. Algo que sin duda, contradice al concepto de cultura; que es por definición un proceso permeable y en continuo movimiento y transformación.

En cuanto la cultura se estanca, muere; como sucede con cualquier otro proceso que está vivo. 

Los vendedores de identidad cultural recurren a la identificación (identidad) como recurso para la inmovilidad, que cosecha el aislamiento y el sectarismo y cultiva el carácter temeroso y desconfiado de todo aquello que si no es blanco o negro, no debería pintarse. 

Pero la cultura no es una estatua griega a la que uno debe contemplar embobado e inmóvil, sino una bicicleta que está allí para que la uses y para que te lleve a todos lados.

Nuestro pensamiento en blanco y negro no es capaz de conceptualizar algo inacabado como son todos los procesos; ya que por definición un concepto es la reducción de un proceso a una definición estanca.

En la lengua sajona el término “human being” resulta ser mucho más acertado que el término castellano “ser humano”.

Su traducción literal sería “siendo humano” y este “siendo” es mucho más preciso para referirnos a algo que es un proceso inacabado. Porque el ser humano es una continuidad. 

Y lo mismo sucede con la cultura. La cultura es también un “culturizando”; un proceso inacabado en constante movimiento, tensión y formación.

Concebir a la cultura como a una identidad fija es un error y usarla como frontera es condenarla a que en vez de pintarse, se momifique. 

JR

“Algo que tiene ruedas y no puede transportarte a lugares distintos y desconocidos, está averiado” JR

“Una silla es una Silla”

El valor real de una silla lo marca el culo” JR

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Siempre me llamó la atención la gente que tarda meses en elegir una silla y que hace de la elección de un objeto un asunto de estado.

La silla es importante y es fundamental para un diseñador de asientos o para un carpintero; pero si tan sólo eres alguien que la necesita como parte del mobiliario, una silla no deja de ser un objeto igual a cualquier otro.

Cuando algo poco importante me arranca  de la proporcionalidad que tienen las cosas, me repito a modo de mantra “una silla es una silla” y así es como me recupero rápidamente de esa locura transitoria y contemporánea de darle un valor desproporcionado a los objetos. 

Nuestro mundo de consumo nos empuja a que una silla no sea una silla, sino una manera de ser y de mirar el mundo. Y uno entra por el aro de la estupidez de creer que las cosas nos definen y nos clasifican.

Pero lo que no vemos, es que al producirse el cambio de roles, la silla pasa a ser tú y tú la cosa. Porque la cosificacion del individuo y la humanización de la cosa, son dos procesos simultáneos.

La cosificacion no repercute a un sólo sexo, aunque es hoy una denuncia de la que se ha apropiado el feminismo actual.

Ellas no desean ser cosificadas por los hombres porque prefieren cosificarse solas, (igual que ellos). Y están en todo su derecho.

Cada uno es libre de ser el hombre o la mujer de la silla, del pantalón o del coche de moda; porque el coche habla de ti, el pantalón de tus valores y la silla de tus sueños, de tus principios y de tu forma de ser.

Porque desgraciadamente la cosa es ahora mucho más hombre que uno y uno mucho menos cosa que un hombre. 

 

JR

 

“Una cosa tiene derecho a romperse, un hombre tiene el deber de levantarse” JR

“Las Ciencias Benditas”

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De todas las ciencias considero a las Matemáticas como a la reina entre todas ellas; a pesar de encontrarme más a gusto  entre letras y poseer el horrible defecto de contar con los dedos.

Aún así, no puedo evitar quedar fascinado cada vez que leo sobre los nuevos avances en el campo de la inteligencia artificial y admiro profundamente a quienes son capaces de utilizar la razón pura y la abstracción para entender y abordar el mundo.

Las Matemáticas han sido la ciencia que mayor progreso ha aportado a la humanidad; sin olvidarnos por supuesto de la Medicina, que ha sido la encargada de mantener a nuestra especie con vida. Pero todas las grandes revoluciones humanas han estado siempre motivadas por los descubrimientos matemáticos.

La electricidad en su momento y hoy en día la informática y la ingeniería de la inteligencia artificial, revolucionaron y seguirán revolucionando nuestra vida en este planeta.

Platón afirmaba que las Matemáticas eran “una necesidad divina” y que …”sin su conocimiento el hombre es incapaz de llegar a ser Dios, ni espíritu, ni siquiera héroe, ni puede de todo corazón pensar en el hombre o preocuparse por él”…

Lo triste es que los matemáticos no lean a Platón y que los que leemos a Platón no sepamos Matemáticas; aunque esto refuerce aún más la necesidad de la acción cooperativa para que se dé entonces el milagro.

Porque es desde la interacción entre las ciencias de donde surge el genio, ya que toda especialización cerrada en sí misma, sólo logra enfrascarnos en un oscurantismo desconectado de lo general.

Uno de los principales fines de las Matemáticas es despertar el uso de la razón, la confianza en la verdad y el valor de la demostración. Y mientras describo a esta ciencia, no puedo dejar de pensar en que éstos son exactamente los mismos objetivos que tiene la Filosofía.

Lo más triste de todo esto, es que actualmente la enseñanza de ninguna de estas dos disciplinas logre satisfacer esos objetivos en el aula y el alumno salga de clase desconfiando de la utilidad y de la interconexión que tiene todo aquello que aprende de memoria para aprobar el examen. Sin que la asignatura le haya generado la satisfacción del proceso intelectual, que siente todo aquel que razonando llega a una conclusión.

El impulso intelectual funciona como un músculo que se forja cultivando el amor por el sistema empleado y por la experiencia de la interrelacion; algo que sólo es posible a través de la comprensión de los procesos en las demostraciones.

(Cuando me refiero al amor por el sistema empleado me remito a mi propia experiencia; el año que me enamoré de la Historia de Grecia y Roma fue porque mi profesora de primero de Secundaria estaba enamorada de la Historia de Grecia y Roma, y fue esa pasión la que nos contagió  a todos).

La comprensión de las demostraciones matemáticas o filosóficas generan en el aprendiz una satisfacción enorme y esto sucede cuando algo que antes creías inútil comienza a cobrar sentido. No es que antes no lo tuviera, pero como el trabajo intelectual no estaba presente en los procesos cognitivos, el interés no aparecía.

Cuando el alumno experimenta el placer que genera razonar, ya no quiere dejar de practicar ese arte y a partir de esa experiencia empieza a demandar la comprensión y la demostración de todo aquello que se le enseña. (algo que por supuesto resulta sumamente incómodo para el profesor acostumbrado a enseñar de memoria y también riesgoso en asuntos de fe y de creencias) 

Este es el impulso intelectual que debe despertarse en el aula, el ansia por  conocer y por encaminarse hacia  procesos que arriben a conclusiones y que a la vez despierten nuevos intereses y nuevos procesos cognitivos en el individuo. 

Lo que debe despertarse es la inteligencia y las asignaturas constituyen sólo los medios para movilizarla, pero nunca deben confundirse con el fin.

Porque el fin del conocimiento, como el de todo proceso, es movilizar el mecanismo y crear el movimiento; que es el hábito de pensaruna capacidad motriz a la que comúnmente se denomina inteligencia o creatividad.

Asi es como debería también funcionar en nosotros la Literatura; cada historia nos debería conducir siempre hacia nuevas letras, porque todo conocimiento debería servir como un pasaje.

Ningún estudio debería ser un fin en sí mismo, sino un medio para mantener un hábito mental superior en constante ejercicio y aplicable a cualquier circunstancia. 

Y de todas las habilidades posibles, la conexión entre los distintos fragmentos que representan nuestro saber, será siempre la que más nos acerque a la comprensión de un todo.

JR

 

“Cuantos más intereses tenga un individuo y cuánto más dispares sean esos intereses entre sí, será más feliz y más inteligente “ JR

 

 

 

 

 

 

 

 

“La Valentía que Iguala”

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Se habla mucho últimamente de la igualdad entre sexos; pero se habla mucho menos sobre las responsabilidades que implica ser igual al otro.

A mi parecer, lo que algunas personas pretenden es una igualdad selectiva; es decir, una igualdad sólo para aquellas cosas que interesan y una continuidad en la desigualdad para aquellas diferencias que conlleven una ventaja e impliquen una responsabilidad o un esfuerzo extra.

Para educar en la igualdad, lo primero que deberíamos hacer es exigir los mismos niveles de valentía en los dos sexos.

No puede educarse a los niños y a las niñas de forma distinta, si se desea un resultado igualitario, especialmente en referencia a la superación de los temores, de las desgracias, de los errores y de los fracasos; porque quien desee ser igual a otro, no debería esperar ser tratado con mayor blandura, ni ser inferior en fortaleza por su sexo. 

En la educación de la igualdad se deberían tener los mismos cuidados para unos que para otros y también los mismos castigos; y no debería tratarse con mayor mimo a la niña por ser mujer, ni consentírsele una justicia distinta a la de los varones en ningún aspecto. 

Para educar a niños y niñas iguales en valentía, hace falta ayudarles a domar primero todos sus temores irracionales y sus prejuicios de género.

La sensación que genera el temor irracional superado, es de gran satisfacción y en los niños esto se manifiesta con un estado de inmensa alegría y contento.

Hay pocas cosas que produzcan más satisfacción a cualquier edad, que la superación de los temores irracionales. 

El temor nace de un instinto de supervivencia básico y denota inteligencia; cuando el niño se hace mayor siente miedo ante un animal salvaje, algo que un niño de tres años no siente, porque es menos inteligente a esa edad.

Hay un temor que preserva y otro que limita y el deber de los educadores es principalmente diferenciarlos y promover la superación de aquellos temores que limiten, mediante la comprensión razonable de los posibles peligros y la superación experimental de todo aquello que no debería de ser temido.

Se debería promover también, la superación de aquellos peligros que se hacen realidad cuando uno sale al mundo y vive, en vez de estimular una sobreprotección destructiva y limitante y dotarles de las herramientas necesarias para superar el miedo. 

El adulto educador ( padres o maestros) no debería mostrar temor de ninguna índole frente a los niños, ya que el miedo es sumamente contagioso, y para cultivar el valor en los niños y en las niñas, se necesita contagiar fortaleza.

Esta valentía debería ser indispensable en todas los hombres y mujeres que pasen mucho tiempo con niños. De más está decir, que ser mujer no es una excusa para ser cobarde.

La persona valiente no es el guerrero temerario que no mide los peligros, sino aquella persona (hombre o mujer) que con un inteligente discernimiento de las circunstancias y de sus capacidades y aptitudes es capaz de realizar cosas en cualquier ámbito, que otros dejarían de hacer sólo por miedo. 

La valentía es en realidad lo único que nos diferencia a unos de otros, sin distinción alguna de raza, de sexo, ni de edad. 

La igualdad tiene muchas ventajas y algunos inconvenientes; pero quien la desea, debe estar dispuesto a aceptarlos a ambos.

JR

“El Molde”

“No es el perfeccionamiento de la máquina lo que mejorará al ser humano, sino el mejoramiento del ser humano lo que perfeccionará a la máquina” JR

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Muchos se alarman ante las novedades tecnológicas que nos permitirán en el futuro elegir y diseñar a nuestros propios hijos.

Este es un sistema de “hijos a la carta” en donde podrás diseñar el exterior, la personalidad, las capacidades y las destrezas del individuo que concebirás a tu antojo. 

Particularmente me resulta asombrosa la capacidad que tenemos los seres humanos para percibir como novedad todo aquello que ya es viejo; repeticiones de lo mismo con otro nombre, otro diseño y un método de fabricación más sofisticado que generan sin embargo, un producto muy similar al conocido.

“El hijo de molde” es algo tan viejo, que llama la atención que hoy nos resulte una idea novedosa y que tantos se rasguen las vestiduras por la falta de libertad de este nuevo individuo artificial, cuando toda su vida se han empeñado en moldear a la carta a sus hijos de carne y hueso; anulando cualquier atisbo de autenticidad y sin ningún remordimiento. 

Uno moldea a los hijos en primer lugar con la suscripción a la creencia religiosa, algo que el niño (aún en estado de inconsciencia) adquiere sin ningún tipo de opinión u intervencion por su parte. Más tarde se continúa con la Educación escolar, que salvo raras excepciones suele ser bastante homogénea y fundamental para el desarrollo de sus capacidades intelectuales, a esto se le agrega la pertenencia a un determinado ámbito social, étnico o político y poco a poco se le va perfilando la preferencia hacia determinados grupos y el rechazo hacia otros.

Todo aquello que se aprende y se adquiere se convierte con el tiempo en hábito en el individuo y tiende a ser transmitido y perpetuado; en la mayoría de los casos, sin la intervención de una convicción racional y sin siquiera plantearnos si uno está haciendo o no lo correcto. Todo este proceso que se lleva a cabo en el hijo humano es igual al que requerirá la programación de un robot de sus mismas características. 

El instinto humano funciona también a modo de memoria y repetición y todo aquel que ha sido moldeado, tiende a moldear a su imagen. No lo hará porque esté orgulloso de haberse convertido en un individuo excepcional con derecho a ser clonado, sino porque no ha conocido otra cosa, y en el caso de haber conocido algo más adecuado, pocas veces se atreve a romper el molde que todas las generaciones anteriores han dejado preparado para él y para su descendencia; cosa que es aún más grave, porque esta inmovilidad ya no se debe a una ignorancia inocente, sino a una alarmante falta de valentía.

Lo que más escandaliza es el rigor con el que se juzga la novedad y la ceguera permisiva con la que se percibe el ancestral hábito familiar. 

¿Cómo puede alguien que ha diseñado hijos a la carta durante generaciones, escandalizarse ahora con los proyectos tecnológicos que facilitan la concepción de hijos a la carta? 

La única respuesta que encuentro a esta cuestión es que los conceptos de “libertad” suelen ser muy acomodaticios.

Algunos consideran que uno es libre porque puede elegir el color de sus zapatos y otros porque pueden acceder a una rinoplastia para deshacerse de la herencia del abuelo; pero la libertad para abandonar las creencias o las supersticiones de la tatarabuela a conciencia, no se le toleran con agrado ni al científico más reputado. Por eso es bien sabido que la libertad hay que procurársela solito y sin pedir tantos permisos. Y así es como trabaja el progreso.

Son muchas las acepciones que tiene la palabra libertad y los permisos a la carta que ésta otorga, sobre todo cuando es malentendida y dirigida estratégicamente  para avalar y moldear los intereses más convenientes.

Existe además, una preponderancia a la pseudo sensibilidad; esa tendencia tan moderna de tener la lágrima fácil para todo lo que no es importante.

A estos seres súper sensibles les da mucha pena todo ente concebido y destinado a ser esclavo, pero no se les mueve un pelo por esos pequeños individuos reales  moldeados a la tradición de sus progenitores, que van perdiendo a ciegas toda posibilidad de autenticidad y de libertad, que es lo que caracteriza a todo lo que tiene vida. 

Asi es como la sensibilidad; una palabra que antiguamente hacía referencia a un carácter noble y valiente que conducía desinteresadamente al otro hacia la libertad, aún a costa de cargarse una tradición o de un perjuicio personal; ahora trabaja para enaltecer la postura del hipócrita, que condena (sintiéndose muy ético) la esclavitud que creará la tecnología, mientras persiste en santificar la propia.

JR

“Somos como el niño que mientras con el pie aplasta al pichón, llora por la soledad del espantapájaros” JR

 

“La Utilidad de lo No Útil ”

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Cuando la Educación tiene una orientación utilitaria se ocupa de formar a personas que fabriquen cosas.

En un mundo como el nuestro en donde el valor de la vida está puesto en la cantidad de cosas y de comodidades que poseemos, la instrucción de fabricantes resulta fundamental, no sólo para generar riqueza, sino para mantener en auge los ritmos de progreso.

Está claro que las civilizaciones que no se han enfocado en la Educación utilitaria,  no han logrado jamás ningún progreso material.

Esto puede observarse en la diferencia que existía antiguamente entre Oriente y Occidente. Mientras Occidente producía individuos productores y generadores de progreso material, Oriente se enfocaba en la inacción como método para el progreso espiritual, dando como resultado a civilizaciones que vivían en la pobreza, (que crece inevitablemente en toda quietud) y provocando una falta de  bienestar económico y material alarmante.

Buscar la utilidad en la Educación es sin duda una labor fundamental para cualquier civilización contemporánea que desee sobrevivir y desarrollarse; pero también es cierto, que sin el cultivo de lo no útil, resulta imposible darle a lo útil una buena utilidad.

Es por eso que la unidad simbólica entre Oriente y Occidente; entre el cultivo de lo útil sumado al cultivo de lo no útil; no sólo resulta beneficiosa en cuanto a riqueza de contrastes, sino primordial como protección para la humanidad; porque aquello mismo que da progreso, si no se conduce de una forma consciente puede causar tu destrucción.

Cuando lo no útil deja de cultivarse se corre el riego de no contar con las armas necesarias para anticipar posibles riesgos y para trazar el camino satisfactorio de lo útil.

Aquellas civilizaciones que dejan de fomentar el enriquecimiento de lo no útil, terminan generalmente sin saber qué utilidad darle a las cosas útiles o aplastados por el armario de su casa.

Toda excesiva cuantía produce, contrariamente a lo estipulado, un vacío imposible de llenar. 

Un poco de todo y un poco de nada, resulta ser siempre una buena combinación para una vida sana y  equilibrada, en donde lo útil deje siempre espacio para lo no útil.

Y así lo útil nunca perderá su sentido, ni la orientación adecuada. 

JR

“Quién ha visto vaciarse todo, sabe de qué  se llena todo.” A. Porchia

“El Obstáculo de la Felicidad”

“ La felicidad es lo que buscan los felices” JR

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Si viajáramos a través del tiempo y tuviéramos la oportunidad de hablar con alguien de otro siglo, nos daríamos cuenta de que nuestra actual obsesión por encontrar la felicidad es un producto relativamente moderno.

Nuestra carrera por encontrar la felicidad avanza de la mano de unos altísimos índices de depresión, y esto nos hace pensar que quizás sea la misma búsqueda obsecada de la felicidad aquello que la ahuyenta, provocando como reacción su efecto contrario.

Antiguamente la gente no buscaba ser feliz, sino poder hacer un buen plato de comida, cuidar bien de sus hijos, realizar  bien su trabajo diario, plantar un bonito jardín, escribir un buen libro, ser un buen estudiante, redactar un buen poema, disfrutar de su pareja, ser un buen profesor o crear una buena melodía.

Nadie iba por la vida repitiendo “estoy buscando la felicidad” y si lo hacía muy a menudo, se lo encerraba sin demora.

Antes de la aparición de esta nueva forma de locura, el foco estaba puesto en realizar con entusiasmo la tarea que tuviéramos delante y encargarnos de tener siempre algo para hacer; ya fuese nuestro trabajo dirigir una nación, o cocinar una buena salsa. No era el ansia del sustantivo abstracto aquello que obsesionaba a las personas, sino la aspiración a la excelencia en la acción concreta que uno ejecutaba a cada momento.

La acción, no sólo es el medio de subsistencia de todo ser humano, sino la materia de la que se compone nuestra vida y la vida de toda persona al morir se reduce a una lista de las acciones realizadas. Y para los que nos quieren, a una lista de momentos compartidos.

La vida de cada uno de nosotros al fin y al cabo no es otra cosa que una continuación de rutinas, que desembocan en nuevas rutinas, que a su vez llevan a otras nuevas y así hasta morirnos; con la excepcion de las vacaciones que la descomponen en alguna medida, en cuanto al entorno, actividades y clima, aunque uno siga repitiéndose igualito tanto en la playa como en casa, en bañador o con corbata.

Uno sigue siendo uno, y si uno es un buscador empedernido de la felicidad la busca en el trabajo y luego la sigue buscando también en vacaciones.

Muchos dicen que la gente era más feliz durante épocas de guerra, y aunque esto no sea del todo cierto, si es verdad que durante las épocas más duras la búsqueda de la felicidad no aparece, porque el individuo está enfocado sólo en sobrevivir al día y en pasar el momento lo mejor que pueda.

Así es como se puede hablar sin censura sobre la búsqueda de la felicidad en los paises ricos de Occidente, pero hacerlo en sitios en donde hay extrema necesidad, hambrunas y guerras, “la felicidad” se vuelve una temática bastante extraña, además de denotar una falta de empatía importante hacia el entorno. 

Lo más chocante de todo esto es que al nuevo producto “felicidad” que hemos comprado casi todos los occidentales bien avenidos, se le ha sumado ahora otro más novedoso que se llama “presencia” y aquí es en donde comienza el cortocircuito; porque cuando induces a alguien a buscar la felicidad lo quitas del presente y le colocas la mirada fija en el futuro.

Pedirle a alguien que busque la felicidad y pedirle a la vez “Presencia” es motivarlo a la locura; porque uno o está aquí o está buscando; las dos cosas simultáneas no pueden suceder.

Si estás aquí, entonces puede que descubras que la felicidad estaba en esos momentos en los que estuviste presente y entusiasmado y te olvidaste de buscar.

JR

“Cuando todo está hecho las mañanas son tristes” A.Porchia