“De Ganar a Perder”

“Ni el hábito hace al monje, ni los años hacen al sabio” JR

 

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Hay un proceso en la percepción de todo cambio y aunque el cambio suceda de forma continua e imperceptible a nuestra mirada y nuestra única forma de captarlo sea a través de la percepción fotográfica, (que para conocer detiene y retiene el cambio en un lugar fijo); este lugar sigue cambiando al instante siguiente del clic.

Esta continuidad es lo que define a un proceso, como a un suceder que no se detiene.

Uno se pasa casi la mitad de la vida pensando en lo que tiene aún por ganar; en todo aquello que puede obtener o conseguir de la vida; éxito, prestigio, sabiduría, afectos, conocimiento, experiencias, bienes materiales o espiritualidad. Y hay personas que nunca traspasan esta fase y se mantienen en ella, con la mirada fija en lo que tienen aún por ganar, hasta que mueren.

Pero el proceso vital completo debería mutar en algún momento desde la percepción de lo que tengo para ganar hacia la percepción de lo que tengo para perder.

En esta mutación de lo vital es en donde cambia el enfoque, de lo que uno tiene aún por ganar, a lo que uno empezará inevitablemente a perder a partir de ahora. 

Este viraje puede derivar o en una patología de ansiedad compulsiva depresiva e inútil, que no llevará más que a la propia destrucción de la psiquis, o, en una gratitud profunda y en una nueva forma de valoración. Y de nosotros depende la actitud que asumamos en este viraje.

Cuando el proceso muta desde la conciencia de lo que tengo para ganar a la conciencia de lo que tengo para perder, la mirada cambia.

La nueva mirada comienza a poner en valor cosas distintas o quizás a mirar de forma distinta las mismas cosas.

La conciencia sobre todo aquello que uno empezará a perder inevitablemente a partir de cierto momento vital, (la juventud, la salud, el trato cotidiano con los amados, el deleite por los sabores, por los olores, por la música, por la naturaleza, por la lectura, etc) se parece a la preparación para un viaje de desapego.

Y al tomar conciencia de él, produce un efecto similar al fotográfico.

Uno comienza a retener ciertos instantes y a inmortalizarlos en su corazón a modo de agradecimiento, con la conciencia de que quizás, no se repitan o no vuelvan.

Es muy curioso este proceso porque  cuando la conciencia sobre lo que uno tiene por perder aparece, uno empieza a valorar hasta las cosas mas pequeñas y así es como siente que en la vida ha ganado mucho más de lo que perderá inevitablemente.

 

JR

 

“ Hay procesos que para apreciarse necesitan distancia” JR

 

 

“Hipervisibles”

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En la época de la hiperproduccion no es casual que muchas otras cosas se hayan hiperactivado junto con ella.

La hiperproducción necesita del hiperconsumo para sostener su productividad y también de la hipercomunicación para publicitarla y ser hiperconsumida.

Este nuevo paradigma de lo “hiper” se traslada también al ser humano, al aplicarse el mismo formato “hiper”  para nosotros.

Todos aquellos que no tengan un producto determinado para vender, se convertirán ellos mismos en el producto en exhibición.

Las redes sociales nos han aportado además de un acceso directo e instantáneo al mundo, una plataforma de exhibición poderosisima, en donde nosotros también podemos producirnos, comunicar, publicitarnos y ser consumidos como si fuésemos un producto más en este mundo hiper consumista. 

Nos hemos convertido así, en posibles elementos consumibles de este nuevo ecosistema “pac man” dispuesto a devorárselo todo. 

El internet no ha derribado únicamente la barrera del tiempo y del espacio ofreciéndonos a la inmediatez y a la instantaneidad como a los nuevos valores espacio- temporales actuales, sino que ha derribado también la barrera de lo privado en pos de una moderna transparencia.

En esta modalidad transparente todo se ve y se muestra, pero sin obedecer a una coacción externa, sino autoabducidos hacia una hipertransparencia, que consiste en una exhibición voluntaria que nos empuja a mostrarnos, como nunca antes el ser humano se había mostrado.

Estamos hiperinformados, hipercomunicados y también hipervisibles para quien desee ver quienes somos, con quien estamos, qué pensamos, en qué creemos, qué nos gusta, qué consumimos y sobre todo de qué forma nos gusta ser vistos.

Esta exhibición de lo instantáneo esconde sin embargo, el peligro de prescindir de fecha de caducidad, ya que la red archiva y no perdona, ni olvida nada jamás.

La transparencia; que fue en los años 90 el estandarte de la sugestión; algo que mostraba a la vez que ocultaba; fue sin duda un componente importantísimo para la seducción.

Pero la transparencia actual, considerada por muchos como un valor de la mentalidad positiva, se ha llevado al extremo de lo “hiper”(alegando que quien no tiene nada que esconder, no debería temer ser transparente).

Pero cuando la hipertransparencia anula por completo lo oculto, el misterio y la privacidad, el individuo pierde entonces algo muy valioso en su condición de ser humano. 

Sabemos que a nivel mundial la privacidad es el precio a pagar por una supuesta seguridad, debido al tipo de controles necesarios para luchar contra las nuevas modalidades del mal, que ya no son enfrentamientos visibles ni declarados como lo eran antes, sino células infiltradas dentro de la propia cultura y del sistema, sin un uniforme en concreto, ni aquel antiguo distintivo de enemigo a la vista, que lo identificaba y que hoy nos convierte a todos, en posibles sospechosos.

Pero lo alarmante de esta hipertransparencia digital voluntaria, (que en ocasiones de tan transparente roza lo obsceno), es que ni siquiera es percibida como tal, por el individuo que hace de su exhibición cotidiana, una forma de vida.  Y que vive prescindiendo sin melancolía de lo privado, (eso que tanto solíamos cuidar los seres humanos pre-digitales como yo).

La privacidad era ese espacio personal  en donde casi nadie entraba y que no permanecia oculto por ser oscuro, sino por ser demasiado nuestro. 

Hoy la privacidad es un nuevo producto, que al ser hiperconsumible es también  hiperrentable.

La hipervisibilidad ha desencadenado junto a este exhibicionismo desmedido, otro vicio que no es otro, que el de la hiperhipocresía.

El exhibicionista desea ser hipervisible e hiperconsumido pero de una manera determinada y para serlo, busca a conciencia la forma de despertar el interés de su target.

Por lo que la hipervisibilidad se ha transformado también en la plataforma ideal para la hipermentira. 

El individuo en exhibición vive entonces una contradictoria realidad – virtual, entre lo que es, lo que desea ser, lo que cree que es, lo que quiere mostrar que es y lo que necesita ocultar en pos de esta hipertransparencia, que al acelerarse tanto, en vez de mostrar, finge y esconde.

Cuando la luz de los focos en vez de alumbrar nos ciega, deja de servir como plataforma para volvernos mas cercanos y accesibles y nos baja a la categoría de producto ávido de ser consumido a cualquier precio.

 

JR

“Vivo de aquello que los otros no saben de mí”   Peter Hadke

“Esclavos de la Planificación”

“Existe algo mágico y a la vez terrorífico en todo aquello que escapa a nuestros planes y es la toma de conciencia sobre nuestra falta de control” JR

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Es muy importante organizarse porque las cosas no suceden si no nos hacemos un plan de acción a conciencia.

Tanto en el trabajo como en la vida privada, la organización resulta fundamental para que las cosas funcionen. Si uno no se organiza bien, la casa es un caos, uno llega tarde al trabajo y no hay nada en la nevera a la hora de la cena.

No hay duda de que rendimos más  y funcionamos mejor con una agenda organizada y a medida que pasan los años y las tareas se diversifican y se multiplican, disminuyendo también proporcionalmente nuestra capacidad de memoria, contar con un sistema de planificación resulta fundamental para toda supervivencia organizada.

El problema aparece cuando la planificación se vuelve tan obsesiva que nada de lo que esté fuera de ella se contempla o se aprecia.

En la planificación obsesiva, todo aquello fuera de la lista se descarta sin más, como si fuese un estorbo. Cualquier situación espontánea o imprevista se esquiva en pos del cumplimiento del deber, como si nos hubiésemos convertido en empleados de nosotros mismos, sin derecho a vacaciones. 

Pero lo más curioso de toda nuestra organización es que ninguna de las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida figuran jamás en agenda.

Entablar una amistad inesperada, enamorarse, ponerse de parto, tener un accidente, reírse a carcajadas, contemplar una puesta de sol, ser feliz, abrazar a un hijo, tener una idea, contagiarse una neumonía o morir, son cosas que nunca encontrarás en la agenda de nadie y sin embargo, resultan ser las cosas más importantes de nuestra vida.

Es curioso con cuanta disciplina uno se prepara y se organiza para las cosas que en perspectiva no tienen tanta importancia y qué poco preparados estamos para esas pocas cosas que son las que de verdad importan.

JR

 

”Como sólo me preparo para lo que debería sucederme, no me hallo preparado para lo que me sucede, nunca” A. Porchia

“Identificar lo Valioso”

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No existe nada que sea valioso, si no hay alguien dispuesto a darle valor.

Pero el valor pasa muchas veces desapercibido, cuando nuestra mirada está enfocada hacia otro lado o hacia algo más.

La sensación de validez de las cosas, suele a veces aparecer luego de perderlas. Uno toma conciencia al perder, que aquello que ha perdido era valioso. Y al concientizarse de su valor se percata además, de la dificultad que tenemos para dar valor a las cosas “in situ” ( en el momento en que suceden o que están presentes).

La valorización de las cosas posee generalmente una cualidad retrospectiva, nostálgica e irrecuperable.

La dificultad en la percepción “in situ” del valor consiste en que tendemos a creer que podríamos tener algo más o mejor que aquello que tenemos en ese momento. 

Un corresponsal en Londres durante la Segunda Guerra Mundial escribía en una de sus crónicas para un periódico español: _ ¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad? _se preguntaba.

Los ingleses creían que sin aquellos valores no se podía ni se debía hacer la guerra y que si la guerra se hacía sin ellos, se perdía.

Porque cuando uno se enfrenta a otro es porque está convencido de que aquello que posee merece ser defendido y la mejor manera de defender tus valores no está en el frente, sino en la vida cotidiana.

Porque si ya has perdido tus valores en la vida cotidiana, ¿de qué sirve meterse en una guerra para luchar por ellos?

Lo primero que deberíamos hacer antes de entrar en cualquier enfrentamiento es tomar conciencia del valor que tiene aquello que defendemos. Y si aquello no resulta estar tan presente, entonces lo mejor es rendirse y dejarse conquistar por una cultura superior e impregnarse de nuevos valores, tradiciones y costumbres con resignada sabiduría.

¿Para qué defender aquello que no se practica porque ya no se considera valioso?

Lo importante para toda cultura es identificar sus verdaderos valores y sus verdaderas carencias y acorde a ello, evaluar qué cosas son las que merece la pena defender y qué otras es mejor perder.

Porque en ocasiones es mejor dejarse conquistar con humildad y sabiduría por el cambio, que presistir en la incongruencia.

A veces se gana mucho más perdiendo vicios tradicionales, que preservando con una irracional obstinación, quistes innecesarios.

JR

”Que lo tuve todo, lo sé»

«Lo sé porque después no lo tuve más.”

A Porchia

“El Lenguaje Textil”

“ Cuando me miro al espejo me pregunto ¿Qué pretenden verse los demás?”

A. Porchia.

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Hay muchas maneras de comunicar y de mostrarse y la indumentaria es una de aquellos recursos con las que contamos, para exhibir nuestra identidad.

Hoy las nuevas corrientes feministas abogan por que cada una sea libre de vestirse como quiera y en el mundo occidental de los libres, eso está por supuesto garantizado.

Pero lo que olvidamos es que por más que uno sea libre de ir vestido como quiera, tu indumentaria siempre comunica.

Dice quien eres, da a entender quien aspiras a ser y refleja tu posicionamiento en el mundo.

Cada uno puede ir vestido como quiera, siempre que se haga cargo de aquello que comunica con su atuendo.

Uno debería además, estar al tanto de que en ciertos barrios, algo que está bien visto en el tuyo puede resultar llamativo, extraño, ofensivo, pretencioso o  simplemente intolerable.

Siempre admiré la elegancia de mi padre y la dedicación que pone en elegir cada día su camisa, su traje, sus zapatos y hasta el pañuelo que sabe hacer combinar con la corbata.

Su elegancia no es otra cosa que la expresión de su alegría de vivir y el respeto de salir a la calle vestido de la mejor manera posible.

Su vestir no es sólo un vestir, sino una celebración de la vida, de la buena convivencia y de la buena educación. 

Pero hay muchos otros meticulosos del vestuario como mi padre; los que se visten de skaters, de surfers, de polistas, de pijos, de gimnastas, de ciclistas y hasta aquellos que van de rapers, de renegados o de sucios y que cuidan al máximo cada detalle de su vestuario porque buscan transmitir al salir al mundo, una forma de ser, de pensar o un estado de ánimo en particular.

Yo mismo he deseado algunas veces, tener a mano un burka para poder salir de casa con el pijama escondido debajo, en esos días en los que escribo y en los que no saldría de mi agujero por nada del mundo.

Pero como no tengo otra opción que la de volver a la vida, ni tampoco cuento con un burka en el armario, me peino y me visto de ciudadano estándar y resignado en mi igualdad, vuelvo a la realidad vestido con unos jeans y una camiseta.

El burka, el hábito, la kipa y todos los atuendos religiosos son también formas de comunicarle al mundo que eres diferente a los demás, aunque a nadie le interese saber a quien rezas por las noches.

Pero lo más extraño de algunas diferencias tan subrayadas es cuando empiezan a parecerse a aquello contra lo que se manifiestan ideológicamente contrarias.

Esto lo he visto en múltiples ocasiones cuando encuentro a los burkas integrales en la fila del Disneyland Paris, con las orejas de Mickey Mouse colocadas por encima.

Y es entonces cuando el cortocircuito del mensaje identitario me explota en el cerebro.

¿Un burka con orejas en la fila del emblema del mundo occidental norteamericano?

En esas situaciones, uno no distingue si la combinación del atuendo se debe a una intención integradora con el mundo occidental o a una ignorancia alarmante sobre la doctrina religiosa que se profesa. O una conveniencia, según la circunstancia.

Muchos tildan de frivolidad a la moda y es cierto que la frivolidad se cuela en todos los ámbitos de la vida, porque la frivolidad nace y crece dentro de todos los fanatismos.

Pero la verdadera importancia de la vestimenta radica en que ésta habla de ti, sin necesidad de que te presentes e incluso mucho antes de que salgas de casa.

Porque lo que cuenta no es solamente cómo te vean los demás, sino cómo deseas tú ser visto y que pretendes que vean cuando te ven.

JR

“En toda frivolidad extrema se esconde además de una evidente inseguridad, el deseo de ser distinto y mejor que los demás” JR

“El Trabajo Desvalorizado”

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Hace unos años, un amigo al que hace mucho no veía y que estaba pasando por una dura ruptura matrimonial me visitó en casa.

Al ver mi habitación hizo una exclamación que me dejó desconcertado.

– “Ahora entiendo porqué sigues casado y feliz.” _ “¡Es que tienes una manta morada sobre la cama! _  exclamó.

Ante mi mirada atónita, me explicó muy serio que en el feng shui tener elementos morados en la habitación matrimonial, augura armonía.

El comentario me resultó divertido y me alegré en ese momento de que hubiera sido esa casualidad, la que hubiese protegido a mi matrimonio durante tanto tiempo.

Pero al rato comprendí que atribuir mi éxito a la suerte, era la manera que tenía mi amigo de alivianar su fracaso.

Cuando se marchó y habiendo conocido  ya los detalles de su ruptura; que no eran más que una interminable lista de intolerancias, engaños, rivalidades y una falta de disciplina conjunta; su comentario dejó de parecerme tan simpático para generarme entonces, una rabia espantosa.

La manta morada había sido para él la responsable de mi éxito. No lo eran nuestro cariño, nuestra lealtad, la paciencia mutua, la superación de la monotonía de la crianza de los hijos con alegria y entusiasmo, la rutina vista como oportunidad para crear un hogar de paz y estabilidad, ni la aceptación de los tiempos difíciles, de los tiempos del otro, de los logros del otro y de los espacios del otro con respeto y disfrute.

No, todo eso para él no contaba, ya que él había reducido nuestro trabajo silencioso a la suerte de tener una manta morada sobre la cama; un detalle casual que había generado según él, un matrimonio feliz.

Existe una liviandad extraña que tiende a desvalorizar el trabajo del otro y a convertir en más pesada la carga de aquel que no está dispuesto a hacer ese esfuerzo.

Es mucho más fácil decir que el otro tuvo suerte, que reconocer que uno nunca quiso hacer el esfuerzo para tener esa suerte.

Esta tendencia a desvalorizar el trabajo ajeno, no sólo está presente en la vida privada, sino también en la vida profesional.

Si bien es cierto que uno está siempre expuesto a múltiples desgracias aleatorias en todos los ámbitos de la vida, también es cierto que el esfuerzo está actualmente a la baja y que todos sus resultados beneficiosos, suelen ser atribuidos posteriormente a la suerte.

Entre nosotros va creciendo una injusticia desvalorizante hacia todo aquel que logra las cosas con años de trabajo silencioso.

Se da más importancia al ruido, al éxito inmediato de aquel que de un día para el otro pasó de no tener nada a tenerlo todo, que al imperceptible trabajo de todos los días.

El hacer de la hormiga; organizado, tenaz, conjunto, estoico, previsor, incansable; ese trabajo invisible y constante es injustamente atribuido a la cómoda y liberadora superstición de haber contado con un amuleto o con una manta morada sobre la cama.

 

JR

“ La liviandad de una carga depende de la fuerza de las manos que la llevan” JR

 

“La Celebración de lo Distinto”

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Existe en la tendencia a sentirse distinto, una vanidad y una prepotencia. Y quien hable de las masas como de algo distanciado de sí mismo, se equivoca, porque sólo es capaz de hablar de las masas con conocimiento, aquel que las conoce desde adentro y que entiende tanto su motivación como sus carencias. 

Sólo la experiencia de haber sido masa en algún u otro sentido, nos otorga la comprensión y el posible análisis de su dinámica.

Porque uno en realidad, sólo es buen juez de aquello que también es, o ha sido parte alguna vez. 

Todos hemos sido masa en algún momento de nuestras vidas y de diversas maneras y esta toma de conciencia resulta escencial para poder erradicar el desprecio, que desprende todo aquel que habla de la masa, como de algo muy distante de sí mismo. 

Es por eso que la celebración de lo distinto resulta ser igual de desagradable que el enaltecimiento de lo igual y un delicado equilibrio entre los dos, sería el considerarles a ambos, como a dos extremos evitables.

Aquellos que se prodigan como distintos, son también seres desagradables, aunque ellos crean que en su vanidad existe una distinción justa y totalmente alejada de cualquier esnobismo.

Nuesta época, obnubilada por la salud y por la perdurabilidad de la vida material,  ha hecho de lo distinto, una salvación.

El que no es distinto por alérgico, lo es por celiaco o por ser intolerante a algo. Y el que no; lo es por “sano”.

De pequeños se nos enseñaba a comer de todo y a no hacer diferencias entre un alimento y otro.

Esta educación no era otra cosa que educar en la tolerancia. Y lo curioso es que cuando se comía de todo un poco, no había ni intolerancias, ni obesos.

Antiguamente uno aprendía a tolerar aquello que no era de su preferencia y el verde se comía de vez en cuando, igual que el rojo, que el amarillo o que el negro.

Uno tenía sus preferencias por supuesto, pero sabía ser tolerante cuando estas cosas no estaban disponibles. 

Hoy en cambio, todos en la mesa expresan abiertamente sus intolerancias con orgullo, luego de darte el respectivo discurso en contra de los alimentos que has servido y que estás por comer.

Y sin ningún respeto ni tacto, te advierten sobre los posibles daños y catástrofes que pueden ocasionarte dichos alimentos.

Uno, acostumbrado a tolerarlo todo en cantidades razonables, desea en esos momentos mandar a callar a su invitado, pero se controla, porque en vista de que es el único tolerante en la mesa, es a uno a quien le toca además, aguantar al hipersensible maleducado.

Y es que hay en la intolerancia alimenticia una falta de educación, como derrocha abiertamente y sin cortarse un pelo el niño invitado, que prolifera barbaridades espontáneas contra la carne, la pizza, los helados, el azúcar o la harina; repitiendo como un loro todo lo que oye en su casa; y al que uno apunta rápidamente a la lista de invitados a los que no volverá a invitar jamás.

– “A ese niño ya no me le traigas, es mejor que venga comido de su casa” – les digo a mis hijos. Y así es como los distintos se van quedando solos.

– “Es que son complicados y en estos tiempos de poco servicio, ya no queda tiempo para tanto menú especial” – respondo ante la insistencia de mis hijos, que acostumbrados a comer de todo, aguantan y superan casi cualquier cosa.

Y es que al final, tanta intolerancia es contagiosa. Y tanto intolerante te vuelve intolerante.

Se cree equivocadamente que las diversas intolerancias no están relacionadas entre sí, pero ese es un grave error.

Estamos educando a una generación de intolerantes, que luego además, tienen la caradura de ir catalogando de intolerantes a todos los que no les aguantamos.

JR

 

 

 

 

“La Proliferación de lo Idéntico”

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Toda proliferación de lo idéntico, supone la eliminación de lo distinto. Y se concibe a lo distinto, como a aquellas posturas o miradas no coincidentes con la propia mirada.

Lo idéntico alude sin embargo, en su etimología a una “identidad” a la que se establece como diferenciadora del resto.

Cuando el ser humano se enmarca en una identidad, se diferencia del otro y pasa a ser considerado entonces, como un individuo perteneciente a un grupo diferente a los demás.

Toda identidad supone un corte, una delimitación o una libertad que diferencia y hace que el uno, tenga un borde o una frontera con el otro.

Sería entonces, el punto en donde termino yo y empiezas tú.  

(todos sabemos que hablar de bordes y de fronteras es hoy casi un pecado mortal, porque desgraciadamente prolifera la tendencia a igualarlo todo, a establecer a toda diferencia como a una discriminacion y como a un rechazo hacia lo distinto. Cuando en realidad la identidad, es la base de la individualización, o sea del respeto a la identidad individual y a la diferencia)

Para la proliferación de lo idéntico se selecciona primero a una “identidad tipo” o «ideal» como se hace en toda ideología totalitaria y se la pasa a la linea de producción masiva, como se hace con cualquier otro producto en una fábrica.

La identidad entonces, que era en un principio un diferenciador que individualizaba, se masifica, convirtiéndose así, en una identidad de masas acorde a los tiempos semejante a las ideologías totalitarias del siglo XX ( comunismo y fascismo).

No es casual que la palabra “auténtico” esté hoy tan desgastada y haya perdido todo su significado.

Hoy los eslóganes nos impulsan a ser auténticos sin descanso, pero el traje de auténtico que nos ofrecen, es el mismo para todos, e insisten en que “one size fits all”.

La uniformidad es señal de una confortable pertenencia a la masa, pero también es el signo de la dictadura de lo igual. 

Ser auténtico es hoy en día, coincidir con una lista de requisitos que te otorgan esa distinción. Es la pertenecia al grupo de los “me too”. Y aunque no sepas bien de qué va el tema, lo importante en estos tiempos, es no desentonar con lo políticamente correcto para no ser eliminado.

Lo auténtico se ha vuelto hoy en día, algo de lo más igual, una concordancia ficticia, motivada principalmente por el temor a la exclusión. 

Muchos alegarán que nuestra sociedad es sin embargo, la sociedad de la diversidad, pero esta supuesta “tolerancia ideal” no deja de ser parte de la mentalidad que conforma al “individuo tipo” actual.

La uniformidad actual incluye en el paquete de programación el eslogan de lo diverso como ideología y le otorga al individuo masa, la sensación de que es tolerante con la existencia de la pluralidad, (siempre que la pluralidad viva en un barrio alejado y sostenga los mismos ideales que yo)

Esta “tolerancia de discurso” se adquiere y se profesa de forma superficial y según el algoritmo del manual ideológico.

Toda constitución de identidad exige una tolerancia. Aquel que se convierte en individuo independiente del pensamiento colectivo, debe ser valiente para hacerlo, pero no sobrevive si del otro lado, no existe tolerancia. Y ninguna ideología totalitaria permite el nacimiento de un individuo distinto a su ideología. Por eso la individualización, sólo sucede en los sistemas democráticos.

La existencia de la identidad entonces, no es sólo el resultado del coraje del libre pensador, sino también el resultado de la tolerancia de los otros que piensan distinto a él . Si estas dos cosas no se dan simultáneamente, la individualización no existe.

Cuando tú te conviertes en un individuo son dos fuerzas simultáneas las que trabajan; tu coraje para ser diferente y mi tolerancia para que lo seas.

Hoy sin embargo, el individuo retorna a aquellas tendencias de querer eliminar lo distinto. ¿Pero por qué?

¿No será porque percibe que no existe  una tolerancia bilateral?

Y sin ella, lo distinto no tiene cabida, porque sin tolerancia bilateral es “o lo mío o lo tuyo”, ambos no pueden coexistir.

El individuo hace alarde de una tolerancia que en realidad es falsa, porque toda tolerancia necesita a su vez, de otra tolerancia simultánea. Lo distinto sólo puede existir en equilibrio. Y cuando no hay tolerancia del otro lado, el tolerante se pregunta :¿por qué sólo yo, debo ser tolerante?

La tolerancia es el resultado de dos tolerancias que trabajan juntas y de forma simultánea.

La tolerancia implica una tensión entre dos puntos distintos entre sí. Son dos tolerancias las que trabajan juntas. Para que yo exista como individuo se necesita de mi tolerancia contigo y de tu tolerancia conmigo.

Toda tensión es un trabajo, un esfuerzo entre dos fuerzas. un equilibrio, que permite la existencia de lo uno y de lo otro.

El problema es que sin tensión entre lo distinto, no hay distinto. Y entonces  todo pasa a ser una cómoda dictadura de lo igual. 

Nadie niega que haya comodidad en la uniformidad, pero toda uniformidad inhibe a la libertad.

El ideal totalitario idealiza a la uniformidad e inhibe la aparición de la identidad y de la individualización, de la verdadera singularidad y de la verdadera libertad, que es la tensión natural de la convivencia entre lo distinto.

JR

“90 minutos de Igualdad”

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Ha comenzado el mundial de fútbol y junto con él la oportunidad de vivir por 90 minutos cada pocos días, la transitoria experiencia de la igualdad.

Durante esos 90 minutos y únicamente dentro de ese espacio- tiempo todos sufriremos juntos, nos emocionaremos juntos, querremos que el balón se dirija hacia la misma portería, saltaremos de alegría por un gol e insultaremos con la misma indignación las faltas del rival y de los árbitros.

Durante 90 minutos no habrá diferencias sociales, étnicas, culturales, religiosas o políticas de ningún tipo, no habrá más colores que los de la camiseta, ni más canción que aquella que nos aliente a seguir adelante.

Durante 90 minutos todas aquellas distancias que parecían intransitables desaparecerán mágicamente y se fundirá toda brecha en el abrazo de un gol.

Durante 90 minutos seremos hermanos, socios, sufridores hermanados con la mira en una misma alegría conjunta, que nos iguale a todos en una misma felicidad.

Durante 90 minutos no habrá competencia, separatismos, dialectos ni ideologías más que la de esa esfera terrestre, que a veces mágicamente  pierde la fuerza de la gravedad y logra ocupar ese punto deshabitado por el portero contrario.

Durante 90 minutos y sólo en ese espacio- tiempo tendrás la oportunidad de percibirla, de flotar ingrávido en un espacio extraño e ilusorio de la realidad.

Y como sólo serán 90 minutos de unos pocos días marcados y no volverá a repetirse hasta dentro de cuatro años (si es que todo va bien); yo te recomiendo que aunque no te guste el fútbol; no te pierdas la experiencia de la igualdad.

 

JR

 

» Lo que nutre no es la experiencia, sino el trabajo de hacer zumo de naranja con ella; lo que nutre es el jugo que le exprimes a la experiencia” JR

“Los Bebedores de Agua”

“Ningún bebedor de agua escribió jamás nada inteligente” Cratino (siglo V a.C)

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Los moralistas de la salud y del bienestar ocupan en estos tiempos un lugar de privilegio.

Hacen de la salud un fin último y aunque no haya que negar que la salud resulta esencial para una vida agradable, también debemos asumir que está inevitablemente destinada a marchitarse y a perecer por el desgaste del paso del tiempo.

Los sacerdotes de lo natural hacen de su objeto (el cuerpo) un objetivo supremo, que no busca despertar la conciencia de lo transitorio como oportunidad de vida y de acción, sino que induce a anular el sabor de la vida y el disfrute de sus delicias, en pos de una salud imperecedera pero insulsa, que aseguran que nos hará durar más y en mejor estado de conservación, pero viviendo una vida, sin sabor ni frutos.

El problema con estos  nuevos moralistas es que desprenden un olor a superioridad moral que a veces intoxica, como sucede con ciertos perfumes que exageran en la intensidad de la fragancia. Desconociendo que hay preferencias que de tan intensas se tornan en manías y hacen perder la cordura a quien presume exageradamente de ellas. 

Es bien sabido que a todo grito de libertad le sigue siempre a modo de  sombra, una nueva intolerancia. Los nuevos libres pasan a ser generalmente  los estrenados intolerantes y su doctrina la nueva dictadura.

Esto nos sucede porque somos poco propensos al equilibrio, ya que el equilibrio resulta ser un trabajo tedioso, que requiere de una constancia que nunca se da por terminada.

Quien cree haber alcanzado el equilibrio y se relaja definitivamente, lo pierde. Porque todo equilibrio necesita de una fuerza continua.

Siempre recuerdo aquellas tardes en el balancín intentando compensar el peso con los amigos. Al acabar el tiempo del juego tocaba bajarse y entonces el equilibrio se rompía, quedando un lado de la madera hacia arriba y otro hacia abajo. Y por más que uno intentaba dejar la tabla en el medio, resultaba imposible, porque el medio sólo se alcanzaba con el peso alternado de dos fuerzas contrarias.

Asi sucede también en la vida, en donde hay sanos que por querer estar tan sanos enferman, santos que por creerse tan santos se envilecen y gente que por querer durar tanto, vive la vida como si ya estuviera muerta.

El equlibrio se hace presente también en la buena mesa, en donde frente a cada plato se disponen siempre dos copas, una de agua y otra de vino, para que la alternancia alimente y nutra como es debido.

El saber usarlas es un arte como cualquier otro, que se adquiere con la práctica, el tiempo y la observancia atenta de todos los ejemplos.

Un poco de agua y un poco de vino, un poco en la tierra y un poco en el cielo, un poco de cuerdo y un poco de loco, un poco de hombre y un poco de Dios, un poco de todo y un poco de nada.

Porque no sólo de pan vive el hombre, sino que debe también saciar otros muchos apetitos.

Despues de todo ¿Quién dice que el equilibrio no sea la fuerza que nos permita vivir sanamente entre dos mundos?

JR

“Ningún talento fue grande sin una dosis de locura.”  Aristóteles